Source: http://mujerdelmediterraneo.heroinas.net/2015/10/
Timestamp: 2017-11-19 03:06:05
Document Index: 387089137

Matched Legal Cases: ['artículo 16', 'artículo 2', 'artículo 3', 'artículo 6', 'artículo 1', 'artículo 55']

mujer del mediterraneo: octubre 2015
A. La insuficiencia de los instrumentos generales de vocación universal 4 /12
42. Los textos internacionales, desde la Carta de las Naciones Unidas, pasando por la Declaración Universal, hasta los pactos internacionales de derechos humanos, no abordan, por lo menos de manera directa, la cuestión de la discriminación contra la mujer en relación con la religión y las tradiciones. Por lo demás, esos textos se han limitado a prohibir las discriminaciones y apenas se han preocupado por definir ni por describir las discriminaciones contra la mujer. La Declaración Universal reconoce y protege varios derechos y libertades sin distinción de sexo ni de religión; todos los derechos mencionados se refieren indistintamente al hombre y a la mujer. Por lo demás, salvo en el artículo 16 que trata del matrimonio y la protección de la familia, muy pocos preceptos utilizan el término «mujer»; el individuo o la persona es el objeto principal de la Declaración.
43. Precisamente la lectura conjunta de ese texto con otros permite trazar un marco jurídico de la cuestión que constituye el tema del presente estudio. Conviene citar aquí el artículo 2 de la Declaración de 1981 sobre la eliminación de todas las formas de intolerancia y discriminación fundadas en la religión o las convicciones, que define esas formas de intolerancia y discriminación como «toda distinción, exclusión, restricción o preferencia fundada en la religión o en las convicciones y cuyo fin o efecto sea la abolición o el menoscabo del reconocimiento, el goce o el ejercicio en pie de igualdad de los derechos humanos y las libertades fundamentales». Así, pues, la mujer queda protegida por los derechos indicados y por el principio general de no discriminación y, además, por el principio concreto fundado en la religión o las convicciones. Hay que reconocer, sin embargo, que esa protección parece insuficiente o está insuficientemente desarrollada. Queda dispersa en varios textos de naturaleza y de contenido muy diversos; tampoco se refiere especialmente a la mujer en su condición en relación con la religión y las tradiciones.
44. Desde el punto de vista de nuestro estudio, podría decirse incluso que hay cierta ambigüedad en el campo de aplicación de la Declaración de 1981; cuando ésta define la discriminación o la intolerancia, o declara que «la discriminación entre los seres humanos por motivos de religión o convicciones constituye una ofensa a la dignidad humana…» (artículo 3), lo que al parecer se pretende es más bien la protección de la libertad de religión y de convicciones, en particular en una situación de pluralidad religiosa y confesional. Además, el artículo 6 puntualiza los componentes de esa libertad tal como se proclama en el artículo 1 de la Declaración, cuya finalidad no se refiere especialmente a las mujeres que profesan la misma religión que el autor de la discriminación. En pocas palabras, considerada por separado, la Declaración está enderezada a proteger la libertad de religión o de convicciones más que la condición de la mujer en relación con la religión y las tradiciones. En el mismo sentido, los demás instrumentos de derechos humanos protegen efectivamente muchos derechos y libertades, pero su contenido se caracteriza por una gran abstracción en lo que se refiere a la mujer, en particular, cuando ésta es víctima de una discriminación basada en la religión o las tradiciones en relación con su condición exclusiva de mujer.
45. El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, en realidad, sólo ha de considerarse en el presente estudio en la medida en que el Comité de Derechos Humanos le ha dado una interpretación que atañe directamente a la condición de la mujer en relación con las prácticas religiosas.
Universalidad de los derechos de la mujer y especificidades culturales 3/12
25. Utilizado para explicar los obstáculos a la modernidad y a la universalidad de los derechos humanos, el término "cultura" tiene, desde ese punto de vista, una connotación negativa. Así ocurre que la cultura se asocia con el relativismo, en cuanto fenómeno reductor del universalismo de los derechos humanos y, en particular, de los derechos de la mujer. Ahora bien, todas las prácticas y valores culturales y religiosos no son negativos ni perjudiciales para la condición o la salud de la mujer; algunas, incluso, deben mantenerse y fomentarse. Tal es el caso de ciertas prácticas médicas tradicionales o de ciertas prácticas vinculadas al matrimonio1 . Lo mismo es propio de otros valores asociados al aspecto femenino, como el espíritu comunitario, la ayuda mutua, el sentido de la unidad familiar, el cuidado y el respeto de los mayores, etc. Las culturas tradicionales, en particular en África, transmiten también valores comunitarios que permiten, en especial, proteger a los niños de la prostitución .
26. Los derechos humanos y, en particular, los derechos de la mujer, considerados a escala universal, nos enfrentan, como proclamó el Secretario General de las Naciones Unidas en la Conferencia Mundial de Derechos Humanos de Viena, en 1993, a la dialéctica más exigente que existe: la dialéctica de la identidad y de la alteridad, del "yo" y del "otro"; nos enseñan, sin rodeos, que somos a un tiempo idénticos y diferentes .
27. La universalidad es inherente a los derechos humanos ; así lo afirma la Carta de las Naciones Unidas sin ambigüedad en el artículo 55; el título mismo de la Declaración "Universal" -y no internacional- de Derechos Humanos confirma esa vocación. El objetivo consiste en aunar a todos los individuos más allá de sus diferencias raciales, étnicas, religiosas o sexuales, en hacer compatibles unidad y diversidad en aras de la dignidad igual dentro de las diferencias de identidad .
28. Las tradiciones son diferentes a ese respecto. Se puede considerar, por ejemplo, que las diferenciaciones en materia de herencia, de responsabilidades familiares, de tutela de los hijos, de acceso de la mujer a responsabilidades políticas o religiosas no constituyen discriminaciones porque forman parte de un sistema coherente basado en las obligaciones y los papeles respectivos del hombre y de la mujer dentro de la sociedad y de la familia y pueden entonces encontrar una justificación, tanto más cuanto que pueden tener su fundamento en preceptos religiosos. Podrían multiplicarse los ejemplos; ya se trate de las mutilaciones genitales o de ciertas prácticas que afectan a la salud o incluso la vida de la mujer (esos aspectos se estudiarán más adelante en el capítulo II). Por supuesto, la respuesta a las objeciones de ese tipo dista mucho de ser fácil: contra lo que ocurre en el caso de otros derechos humanos, nos encontramos en un terreno en que las consideraciones relativas a las creencias se superponen a lo temporal, en que lo sagrado se mezcla con lo social y lo cultural y en que lo irracional bordea las exigencias de la vida social y del respeto de los derechos humanos; con todo, merece la pena recordar ciertos puntos de referencia.
29. Como se afirma en muchos instrumentos internacionales, así como en una práctica estatal ampliamente representativa y en una doctrina casi unánime, la universalidad de los derechos humanos es hoy en día una noción perfectamente admitida, un derecho adquirido que ya no tiene vuelta atrás. Esa exigencia es inherente a la naturaleza del ser humano y dimana de que los derechos de la mujer, aun cuando atañen a aspectos culturales y religiosos, forman parte de los derechos fundamentales del ser humano. Por otra parte, la universalidad procede de un concepto que está en la base misma de los derechos humanos: "la dignidad, consustancial e inherente a la persona humana"; la noción cardinal e indivisible de dignidad humana es el fundamento común de un concepto universal de los derechos de la mujer, más allá de las diferencias culturales o religiosas. Cuando se ataca a la mujer en su dignidad, ya no hay lugar ni para la soberanía ni para las especificidades culturales o religiosas. Y ese concepto fundamental de dignidad constituye el común denominador de todos los individuos, pueblos, naciones y Estados, sean cuales fueren sus diferencias culturales y religiosas o su estado de desarrollo.
30. Finalmente, ese concepto permite afirmar la preeminencia, por encima de toda costumbre o tradición, sea ésta de origen religioso o no, de los principios universales de carácter imperativo que son el respeto de la persona y de su derecho inalienable a vivir la vida que quiera, así como la plena igualdad entre hombres y mujeres. No puede haber ninguna transacción a ese respecto. Porque sin ese común denominador, no puede haber ningún sistema creíble de protección duradera de los derechos humanos en general y de los derechos de la mujer en particular.
31. Ese concepto no es reductor de las especificidades culturales ni siquiera de un relativismo cultural. Pero ese relativismo sólo es concebible en la medida en que integra los elementos de universalidad y en la medida en que no niega la noción de dignidad de la mujer en las diferentes etapas de su vida. En tales condiciones, el pluralismo de las culturas y de las religiones puede enriquecer la universalidad de los derechos de la mujer y enriquecerse con esa universalidad.
32. Por lo demás, la universalidad puede explicarse por necesidades no sólo morales y éticas, sino también por razones prácticas. En ciertos países, la mujer puede enfrentarse a situaciones jurídico-culturales inextricables. Las leyes que se definen como leyes de origen religioso varían, a veces radicalmente, de un país a otro. Cierto número de países, étnica o confesionalmente diversos, tienen dos o más sistemas jurídicos contradictorios (civil, religioso, consuetudinario) relativos a la condición de la mujer y, en particular, a su estatuto personal; cada uno de esos sistemas concede o deniega a la mujer derechos diferentes. Las mujeres que no pertenecen a la religión del grupo mayoritario están sujetas a la ley o la cultura de un grupo al que no pertenecen. Además de las leyes formales, hay en cada sociedad costumbres y tradiciones informales que pueden contribuir, a veces más que las leyes, a controlar la vida de las mujeres. Ello quiere decir que sólo la racionalidad –y, por consiguiente, la universalidad de los derechos de la mujer- permite aunar a todas las mujeres del mundo, y a veces dentro de la misma sociedad, en torno a un núcleo intangible cuya sustancia se fundamenta en la noción de dignidad de la persona humana, sean cuales fueren las especificidades culturales de un Estado o de un grupo de Estados o de grupos étnicos y religiosos dentro de un mismo Estado1 .
33. Por su misma naturaleza, los derechos humanos permiten abolir -o supuesto de manera progresiva- las diferencias entre el orden interno y el orden internacional. Como dice con razón el Secretario General de las Naciones Unidas, son creadores de una permeabilidad jurídica nueva y no hay que considerarlos ni desde el punto de vista de la soberanía absoluta ni desde la injerencia política. Antes bien, suponen una colaboración y coordinación de los Estados y de las organizaciones internacionales . Por lo que se refiere a los derechos de la mujer en el marco de la religión, de las creencias y de las tradiciones, la universalidad debe ser una universalidad bien entendida; no es la expresión del dominio ideológico o cultural de un grupo de Estados sobre el resto del mundo .
34. Por otra parte, como se afirma en la Declaración de Viena de 1993, si bien conviene no perder de vista la importancia de los particularismos nacionales y regionales y la diversidad histórica, cultural y religiosa, los Estados tienen el deber, sea cual fuere su etapa de desarrollo, de promover todos los derechos humanos y todas las libertades fundamentales, incluidos los derechos de las mujeres y las muchachas, que forman parte integrante e indisociable de los derechos humanos universales de la personas4 . Ese documento atribuye una importancia central a la cuestión que nos preocupa, a saber, la contradicción entre la igualdad de derechos de los individuos y las leyes religiosas o consuetudinarias que se oponen a esa igualdad. En el Programa de Acción de Viena se invita a los Estados a eliminar todas las contradicciones que puedan existir entre los derechos de la mujer y las prácticas discriminatorias vinculadas con la intolerancia religiosa y el extremismo religioso .
35. En muchos instrumentos internacionales y regionales se advierte la misma noción universalista . Cabe citar, en particular, la Declaración de Beijing aprobada en 1995 en la Conferencia mundial sobre la mujer, en la que se reafirma que los derechos de la mujer son derechos humanos fundamentales (párrafo 14) y que todos los elementos específicos y particulares que esos derechos entrañan son propios de todas las mujeres, sin discriminación alguna (párrafos 9 y 23) y, por consiguiente, transcienden las diversidades culturales o religiosas.
36. El mismo problema se plantea en lo que se refiere a la dicotomía equidad-igualdad. La noción de equidad parece ofrecer mayor latitud a los Estados; les permite apartarse del principio de la igualdad formal y limitar los derechos de la mujer, justificar y perpetuar discriminaciones. Así, pues, las normas religiosas o consuetudinarias que reconocen menos derechos a las muchachas y a las mujeres en lo que se refiere a la herencia o la propiedad o la administración de bienes, o en otros sectores de la vida familiar y social son, a todas luces, discriminatorias para la mujer, sea cual fuere el fundamento de la discriminación. Contrariamente a la igualdad, la equidad en materia de derechos humanos es un concepto que tiene un contenido variable, ambiguo y, por consiguiente, moldeable según los deseos del que lo manipula; no puede constituir un criterio serio para conceder derechos o fijar las restricciones de esos derechos. En relación con el tema de este estudio, la equidad es, además, un concepto peligroso, pues puede servir de base para discriminaciones y desigualdades con respecto a la mujer, en particular en razón de una diferenciación física o biológica basada en la religión o atribuida a ésta.
37. Finalmente, todo es cuestión de pragmatismo y de realismo, de una transacción dinámica entre, por una parte, la vida y sus obligaciones, la apertura necesaria que ofrece la modernidad, la prodigiosa evolución de los conocimientos y de las técnicas y los progresos conseguidos en materia de respeto de los derechos del ser humano en general y de la mujer en particular y, por otra parte, el respeto de las creencias religiosas y de las tradiciones culturales.
38. En definitiva, la religión, en su dimensión cultural, está impregnada necesariamente por las realidades de cada momento histórico de su evolución, tanto en el espacio como en el tiempo. Ello ayuda a comprender la extrema variedad de las prácticas religiosas con respecto a la condición de la mujer en todo el mundo y, a veces, la contradicción entre esas prácticas dentro de una misma religión o la existencia de una misma práctica o norma en religiones diferentes. Mas esa variedad no debe ocultar el hecho de que si la religión es fuente de discriminaciones contra la mujer, esas discriminaciones deben atribuirse esencialmente a la cultura, que con ello traduce las realidades de cada época histórica. Ahora bien, esas realidades no son inmutables. Las propias religiones han desempeñado un papel voluntarista, a veces revolucionario, para tratar de reformarlas en un sentido favorable a la condición de la mujer en la familia y en la sociedad. Ese voluntarismo y ese esfuerzo continuo de reforma deberían permitir que los diversos agentes involucrados en la condición de la mujer en relación con la religión y a las tradiciones y, en particular, los Estados y la comunidad internacional en su conjunto desempeñen, mediante el ordenamiento jurídico, entre otras cosas, una función prospectiva emancipadora de la mujer.
39. Naturalmente, no se trata en absoluto de cambiar las religiones ni de herir la fe o las sensibilidades o las creencias religiosas. Antes bien, el objetivo consiste en devolver a las religiones la función que siempre fue la suya, cuando reformaron la cultura patriarcal dominante de su época.
40. Para ello, es necesario situar primero el estado de la normativa jurídica en relación con el problema (capítulo I); el estudio de las discriminaciones de que son víctimas las mujeres en las diferentes religiones y culturas nos permitirá entonces medir la extensión de las muchas prácticasperjudiciales por todo el mundo (capítulo II), antes de sacar las conclusiones y las recomendaciones que son imprescindibles para luchar contra las prácticas o las normas perjudiciales a la condición de la mujer en relación con la religión y las tradiciones (capítulo III).
13. No son las religiones las que han inventado las discriminaciones contra la mujer; la condición de la mujer está más vinculada con un problema de comportamiento social y cultura que con consideraciones religiosas inexcusables. Sin duda alguna, sería erróneo achacar a las religiones la responsabilidad principal de la actitud de desprecio hacia la mujer. La situación subalterna de las mujeres es, ante todo, un hecho cultural que rebasa ampliamente el ámbito tanto geográfico como temporal de las religiones, por lo menos las que son acusadas tradicionalmente de mantener a la mujer en una condición inferior. Si hay que hacer reproches, hay que culpar al hombre de no haber sabido, o podido o querido, cambiar las tradiciones culturales y los prejuicios, tengan o no un fundamento religioso.
14. Es un hecho que los antiguos no tuvieron en mayor estima a la mujer. Las civilizaciones antiguas dieron origen a los politeísmos dominados por figuras masculinas. Pensadores como Aristóteles y Pericles tenían, al parecer, ideas muy misóginas. La mitología helénica nos enseña que Pandora, primera mujer de la humanidad, que abrió la funesta caja de los males, difundió el mal por el mundo. La antigua Grecia distingue dos categorías de mujeres: las esposas, fieles y limitadas a la procreación y a ser madres en el hogar, y las mujeres de compañía, concubinas y cortesanas reservadas a los placeres de los hombres3 . El historiador de las religiones Odon Vallet explica que en aquella época, para gobernar había que pelearse; los hombres imponían su dominio sobre las mujeres que se quedaban en casa y perdían su prestigio .
15. Las religiones, incluidas las monoteístas, nacieron generalmente en sociedades muy patriarcales en que la poligamia, el repudio, la lapidación, el infanticidio, etc. eran prácticas corrientes y en que las mujeres eran consideradas como seres impuros, destinadas a los papeles secundarios de esposas, madres, y hasta de signos externos de riqueza. Varias religiones pusieron fin a esas prácticas discriminatorias o trataron de limitar los abusos reglamentando ciertas de ellas o prohibiendo otras. Así, pues, en los países que se declaran seguidores escrupulosos de los preceptos coránicos, se olvida que esos preceptos fueron prescritos como medidas de emancipación y liberación de la mujer, frente a las prácticas de la sociedad beduina preislámica en que la mujer no tenía ninguna personalidad jurídica y constituía un elemento del patrimonio que podía cederse o transmitirse.
16. Por supuesto, no puede negarse que, desde un punto de vista estático, las religiones pueden favorecer o bloquear la emancipación de la mujer. En conjunto, globalmente, la dinámica emancipadora de la mujer parece estar menos vinculada con el contenido de los textos sagrados o de las religiones en general que con la evolución social y económica de la mujer o el carácter más o menos patriarcal, más o menos opresivo y más o menos desarrollado de las sociedades. Ello debería poder explicar la variedad, a veces grandísima, de la condición de la mujer en sociedades con las mismas creencias religiosas y, por consiguiente, la existencia -desde el punto de vista de la condición oficial de la mujer- sino de varias lecturas culturales de los textos religiosos.
17. Por lo tanto, el papel de la cultura es esencial para la explicación de las discriminaciones de que es víctima la mujer y que se achacan a las religiones. Utilizada en contextos sumamente variados y con fines diferentes, la cultura se define generalmente como «un conjunto complejo que incluye los conocimientos, las creencias, las artes, los hábitos, las leyes, las costumbres y todas las demás capacidades y usos adquiridos por el hombre en cuanto miembro de la sociedad» . Ello conduce a considerar la cultura como algo que incluye la religión, pero la primera parece denotar en mayor grado una forma de actuar, es decir que el hombre, en su progresión histórica, desempeña un papel a veces consciente, pero con frecuencia inconsciente, al forjarla en función de sus exigencias, su entorno, sus valores, sus limitaciones, sus temores... .
18. De igual modo, no hay religiones en estado puro. Todas influyen en la acción del hombre y son influidas por ella y las experiencias históricas, culturales, etc., forman parte integral de la propia definición de las religiones o, por lo menos, de las prácticas religiosas. Un sinnúmero impresionante de ritos, mitos, técnicas, instituciones es el resultado no ya de las creencias religiosas tal como fueron reveladas o tal como existieron en su estado bruto y original, sino de la manera como esas creencias fueron labradas por la acción humana, es decir, por la cultura. Las actitudes y las prácticas religiosas pueden definirse de manera diferente según las sociedades y dentro de una misma sociedad según la etnia, la clase, la casta o la secta. De igual modo, en cada sociedad la religión lleva el marchamo distintivo de la cultura regional y de las tradiciones que la han precedido o que ha absorbido. Toda religión se inscribe necesariamente en un contexto cultural, así como toda cultura tiene necesariamente una dimensión religiosa. Desde un punto de vista dinámico, la religión no puede sino integrar una dimensión histórica y cultural. Por consiguiente, parece difícil, por lo menos en ciertos casos, separar la religión de la cultura o de las costumbres y las tradiciones, pues en cierta medida, la religión también es una tradición, una costumbre, una herencia que se transmite. Por otro lado, la cultura es el conjunto de los modos de vivir y de pensar, de los ritos y de los mitos transmitidos por los padres y legados por los antepasados .
19. En las constituciones que proclaman la religión del Estado , o en las sociedades en que la religión ocupa un lugar hegemónico en la vida de los individuos y de los grupos, está en juego toda la condición de la mujer en la familia y en la sociedad. Resulta muy difícil, a veces, separar de la religión propiamente dicha las tradiciones culturales, pues la religión no se limita a los textos sacros. Los textos, observa con razón un autor, «se amplían o encogen al contacto del imaginario cultural»3 . Por ejemplo, la condición de la mujer varía de un país musulmán a otro, de una cultura a otra. En el marco de la misma confesión, las mujeres pueden estar privadas de todos los derechos en ciertos regímenes extremistas, lo mismo que pueden vivir recluidas y estar confinadas en una condición inferior en los países tradicionalistas, o estar reconocidas como tales, en grado diverso, en otros países.
20. Sin embargo, en relación con el arquetipo dedicado por la religión a la condición de la mujer, en general la costumbre y la cultura pueden tener, según los casos, efectos menos coercitivos, a menudo propiciados por la acción voluntarista del Estado. Así, pues, ciertas sociedades musulmanas pueden ser tolerantes en lo que respecta al uso del velo, pueden favorecer la monogamia o incluso prohibir la poligamia y conceder a la mujer, en la familia y la sociedad, derechos que no serían concebibles en otras sociedades pertenecientes al mismo patrimonio religioso. De igual manera, ciertas prácticas basadas en religiones diferentes o atribuidas a tales religiones diferentes, difundidas en ciertas culturas, son simplemente inadmisibles en otras. En cambio, a veces, las prácticas culturales perjudiciales para la mujer se apartan de la religión o contradicen sus preceptos o su espíritu y pueden agravar, como veremos, la condición de la mujer con respecto a los preceptos, sin embargo precisos, de la ley religiosa: prohibición de heredar bienes raíces, matrimonio forzoso, etc. En otros casos, el Estado adopta una legislación y una política favorables a la condición de la mujer, pero los esquemas sociales y culturales profundamente arraigados son difíciles de modificar y pueden poner trabas a la puesta en práctica de una política estatal voluntarista que se adelante con respecto a la sociedad.
21. El cuadro, en conjunto, muestra muchos contrastes muy marcados y es sorprendente el muy amplio abanico de situaciones jurídicas que se observa en países vinculados por la misma pertenencia religiosa. La relación entre la condición de la mujer y las tradiciones culturales y religiosas constituye un tema muy sensible, que puede entrañar incomprensiones y tensiones entre los pueblos y los grupos humanos. Ese problema se plantea en menor grado en ciertas sociedades a causa de los efectos de la educación, de la evolución de las costumbres, de la desaparición de la familia tradicional y de la industrialización1 .
22. Sin embargo, no se puede sino reconocer que, en general, la historia de las religiones, como la historia del mundo en su mayor parte, ha sido vista y escrita desde un punto de vista masculino2 . Las tradiciones religiosas han solido distribuir con un criterio sexual los papeles y las responsabilidades en los diversos sectores de la vida familiar y social. Algunas de esas prácticas nocivas han resistido el paso del tiempo y, con ayuda de las religiones y de los religiosos o sin ella, han llegado hasta nosotros a través de los siglos y los continentes. Las tradiciones son a veces más fuertes que las leyes, codificadas por el hombre o incluso dictadas por Dios.
23. Ello prueba indudablemente la fuerza de las tradiciones, pero también muestra al mismo tiempo la dificultad de la acción destinada a combatir las tradiciones religiosas que afectan a la condición de la mujer. Paradójicamente, parece incluso que las propias mujeres, víctimas de muchas tradiciones culturales, desempeñen un papel nada despreciable en la perpetuación de esas prácticas .
24. Por último, a veces resulta difícil distinguir lo cultural de lo religioso y decir que una práctica, una norma o una representación negativa de la mujer en la familia y la sociedad tienen un fundamento únicamente cultural, sociocultural o consuetudinario. En muchas sociedades, incluidas las industrializadas, la imagen de la mujer en la cultura dominante no se libra de cierto fondo, también religioso, que tal vez no se manifieste como tal, pero que se transmite y se halla difuso en la conciencia colectiva ancestral de la sociedad y no ha desaparecido totalmente con el desarrollo o con los movimientos de laicización de la sociedad y del Estado.
183. Las discriminaciones agravadas afectan a la mujer a un tiempo por su pertenencia a un sexo diferente, y también a un grupo étnico o religioso minoritario. Así, pues, la discriminación puede ser por partida doble o incluso triple: sexista, religiosa y étnica; puede incluso adquirir dimensiones de genocidio y formar parte de una estrategia despiadada y cínica de limpieza étnica. La cuestión ha sido objeto de un análisis detallado en el estudio ya citado del Relator Especial sobre la intolerancia religiosa, titulado «Discriminación racial y discriminaciones religiosas: determinación y medidas» (A/CONF.189/PC/1/7, en particular en los párrafos 109 y siguientes). En algunos Estados, a causa de la crisis económica o por la acción del extremismo religioso en la sociedad o incluso al nivel institucional, las mujeres pueden ser objeto de múltiples discriminaciones. En su resolución 1999/39, de 26 de abril de 1999, relativa a la aplicación de la Declaración sobre la eliminación de todas las formas de intolerancia y discriminación fundadas en la religión o las convicciones, la Comisión de Derechos Humanos insistió repetidas veces en las discriminaciones y la violencia de que son víctimas las minorías religiosas, «la aplicación arbitraria de las disposiciones legislativas » y «las prácticas que atentan contra los derechos fundamentales de la mujer ». Se citan muchos ejemplos para ilustrar esas discriminaciones doble o incluso triplemente agravadas.
184. Por ejemplo según se informa, en el Sudán, las mujeres coptas ortodoxas del norte del país (estudiantes, funcionarias, niñas) se ven discriminadas su identidad a un tiempo religiosa, étnica y sexual; pueden ser azotadas y detenidas por llevar un comercio o consumir alcohol y ser objeto de una islamización forzosa y, en particular, tienen que obedecer las disposiciones del código islámico (ley Nº 2 de 1992) sobre la vestimenta, que obliga a vestirse conforme a la moral islámica (E/CN.4/1995/91, párrafo 93; A/51/542/Add.2, párrafos 44, 51 y 140).
185. En Indonesia, de vez en cuando, en particular durante los disturbios civiles, la comunidad china es blanco de graves persecuciones; por ejemplo, muchas chinas fueron víctimas de violaciones y actos de violencia instigados por grupos organizados durante los motines de 1998 (E/CN.4/1999/15, párrafos 119 a 126).
186. Igualmente, en el Afganistán, país de gran variedad étnica, el extremismo religioso afecta, como ya hemos dicho, a toda la sociedad, incluso a sus elementos no musulmanes: las mujeres son las principales víctimas de esa estrategia, pues están sujetas a graves restricciones en todas las esferas de la vida familiar y social (E/CN.4/1998/6, párrafo 60). La manipulación de las mujeres afganas por los talibanes ha hecho que la tragedia de las afganas forme parte integrante de la tragedia de Afganistán; en su política de limpieza étnica, los matrimonios forzosos perpetrados por los talibanes, por ejemplo, se utilizan para que los hijos nacidos de esos matrimonios pertenezcan a su grupo étnico, los pastunes, y como medio de humillar a las demás etnias y acabar con ellas . Las mujeres son agredidas no porque sean mujeres, sino por ser miembros de su comunidad.
187. El «turismo sexual» es, en cierta medida, una forma de discriminación agravada contra la mujer, pues la falta de consideración hacia las mujeres y las niñas se ve exacerbada por la ausencia de tabúes relativos a la imagen y al trato de las mujeres y de las niñas de nacionalidades diferentes o de otros orígenes étnicos.
188. Igualmente, el hecho de que una religión sea reconocida como religión de Estado o del Estado, o que sus adeptos representen la mayoría de la población puede crear situaciones de discriminación agravada contra las mujeres pertenecientes a la minoría etnorreligiosa, cuando ese Estado o la sociedad pretende imponer su idea de las mujeres a las que no pertenecen a la religión oficial o mayoritaria.
Conclusión:la exigencia de universalidad de los derechos humanos 32 /32
.235. Las normas que nos han transmitido nuestros antepasados y la historia, sea cual fuere la religión que profesemos, son generalmente discriminatorias para la mujer. Como dice un autor, solemos colocar esas normas bajo el epígrafe de «cultura» y tolerar sus aspectos discriminatorios . La excusa pasa a ser absolutoria cuando las prácticas o las normas discriminatorias contra la mujer se basan en la religión o se achacan a ella, porque en ese caso no es posible ningún debate. Mas desde el punto de vista de las víctimas de esas discriminaciones, no es nada seguro que nuestro comportamiento sea tan respetable como deseamos .
236. El presente estudio nos ha demostrado que muchas prácticas culturales, a veces similares o comparables, a veces diferentes, existen en diversos pueblos de las más diversas tradiciones religiosas; varias de esas prácticas son contrarias a las religiones. Muchas religiones han luchado contra prácticas culturales que vulneran la condición de la mujer. Han conseguido bien suprimirlas, bien indicar ellas mismas la dirección que había de seguirse limitando los abusos, reglamentando algunas de ellas, tolerando otras, pero teniendo en cuenta siempre las imposiciones y las limitaciones sociales en el espacio y en el tiempo . Precisamente para tener en cuenta esta dinámica impulsada e iniciada por las religiones, pero también la interferencia de lasculturas entre sí y con las religiones y, por consiguiente, la exigencia de la universalidad de los derechos de la mujer, es esencial la responsabilidad de los Estados y de la comunidad internacional.
237. Toda política debe tener en cuenta el elemento cultural y se pueden cambiar las prácticas culturales negativas, tengan o no un fundamento religioso, sin tocar las especificidades culturales de los pueblos ni menoscabar la exigencia de universalidad de los derechos humanos. Pero hay que tener presente que la tarea es tanto más difícil cuanto que no se trata únicamente de luchar contra leyes, reglamentaciones o políticas, sino a menudo contra prácticas culturales que hallan su fuente y su raíz en la memoria colectiva, en el convencimiento profundo y ancestral de los pueblos, incluidas las propias mujeres, y que a veces esas prácticas nefastas, aunque a menudo contrarias a las religiones, se perpetúan en nombre de la religión o se achacan a la religión.
238. Todas las tradiciones no son iguales y algunas que son contrarias a los derechos humanos deben combatirse. Conviene hacer la distinción entre la necesaria tolerancia y el deliberado desconocimiento de costumbres que se asemejan a veces a tratos degradantes o a violaciones manifiestas de los derechos humanos. Para que la libertad de religión no sea contraria a los derechos de la mujer, es indispensable que el derecho a la diferencia implicado por esa libertad no se entienda como un derecho a la indiferencia ante la condición de la mujer. Pues como dijo Eleanor Roosevelt : «¿Dónde comienzan los derechos humanos universales, a fin de cuentas? En todos los lugares, cerca de nosotros».
Medios internacionales de prevención y protección de practicas culturales nocivas para las mujeres 31/32
a) Colaboración entre los Estados, las organizaciones y los organismos internacionales
218. Las tradiciones culturales nocivas, así como las prácticas tradicionales que afectan a la salud de las mujeres y las niñas, en las diversas culturas y religiones, tienen generalmente sus causas en las mismas raíces. Por consiguiente, la cooperación entre los Estados y los organismos internacionales resulta indispensable en materia de prevención y de protección. El Plan de Acción elaborado por la Subcomisión de Prevención de Discriminaciones y Protección a las Minorías en su 46º período de sesiones, basándose en los dos seminarios regionales de África y Asia, constituye un marco de trabajo utilísimo.
219. La acción de ciertas organizaciones internacionales, como la OMS debe ser afianzada con miras a la abolición de ciertas prácticas tales como las mutilaciones genitales, y al amparo de esa organización debe llevarse a cabo un estrategia contra la medicalización de estas prácticas en el mundo. Igualmente, la OMS debe intensificar su acción de información de los Estados sobre las repercusiones negativas de ciertas prácticas tradicionales (levirato, poligamia, matrimonio forzoso, etc.) por lo que respecta a las enfermedades transmisibles sexualmente y, en particular, la difusión del virus del sida.
220. La colaboración de los organismos de las Naciones Unidas y, en particular, del UNICEF debe ser afianzada para realizar campañas de concienciación destinadas a modificar las actitudes negativas con respecto a las mujeres y las niñas. Por lo que hace a la educación, la acción de la UNESCO también es utilísima con miras a la mejora del contenido de los programas de ciertas materias, entre ellas la biología, y en lo que hace a facilitar informaciones sobre los efectos negativos de ciertas prácticas perjudiciales como las mutilaciones genitales femeninas (E/CN.4/Sub.2/1994/10/Add.1 y Corr.1).
221. Por lo demás, parece que la persistencia de algunas prácticas obedece a la falta de voluntad política de los gobiernos interesados y también a la falta de información y de educación de las poblaciones . Las organizaciones y los organismos internacionales que se ocupan de los derechos humanos deben alentar a los Estados, mediante campañas continuas de concienciación, para que no recurran de manera abusiva al argumento del relativismo cultural o religioso para no asumir sus responsabilidades de conformidad con los instrumentos internacionales de protección de los derechos de la mujer y de la niña. De modo general, organizaciones y organismos internacionales deben robustecer su apoyo, en particular financiero y logístico, a las organizaciones femeninas de ámbito local y nacional, al personal político, al personal de salud, a los dirigentes religiosos y a los responsables de la sociedad civil y de los medios de comunicación a fin de que se deroguen y supriman ciertas prácticas perjudiciales a las mujeres.
b) El acopio de información
222. Salvo en el caso de las mutilaciones genitales femeninas, hemos podido comprobar que las informaciones gubernamentales u oficiales relativas a las demás prácticas tradicionales y culturales que puedan tener o no una base religiosa son insuficientes o incluso inexistentes. Tal es el caso de los delitos de honor, de las prácticas vinculadas con la dote, de la preferencia por los varones y también de muchas otras costumbres de África y Asia. La Relatora Especial sobre las prácticas tradicionales que afectan a la salud de las mujeres y las niñas deplora continuamente esa insuficiencia, y las organizaciones no gubernamentales y los artículos de prensa son los que le permiten desempeñar, en condiciones difíciles, las funciones de su mandato (E/CN.4/Sub.2/1999/14, párrafos 69 y siguientes).
223. Es esencial, por consiguiente, que todas las partes interesadas, incluidos los Estados, realicen, con el impulso de las organizaciones y de los organismos internacionales competentes, un estudio sistemático y exhaustivo de esas prácticas en todos los continentes, a fin de conocer sus bases, su extensión y sus repercusiones negativas en la condición de la mujer. Sería particularmente interesante saber en qué medida muchas de esas prácticas han evolucionado en relación con su función inicial ancestral y comprobar, con la ayuda de clérigos ilustrados, su presunto origen religioso.
a) El fortalecimiento de los instrumentos
224. Al parecer, la condición de la mujer en relación con la religión y las tradiciones no adolece globalmente de lagunas jurídicas ni de insuficiencia de textos. En conjunto, las bases jurídicas son muy ricas y en general los derechos están bien definidos. Como afirma el Secretario General de las Naciones Unidas «en la actualidad, me parece menos urgente definir nuevos derechos que conseguir que los Estados adopten los textos que ya existen y los apliquen efectivamente». Esa conclusión debería matizarse o, mejor, readaptarse, ya que la protección de los derechos de la mujer es relativamente reciente.
225. Como hemos visto, no hay ningún instrumento global cuyo objeto se refiera específicamente a la libertad de religión y la condición de la mujer en relación con la religión y las tradiciones. Existen, por supuesto, instrumentos, pero están dispersos o hay que releerlos en función del tema considerado. La labor realizada gracias a la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer y la Convención sobre los Derechos del Niño es inmensa, y las observaciones interpretativas del Comité de Derechos Humanos son utilísimas a este respecto. Con todo, la aprobación de un texto de fondo relativo a esta cuestión, en la forma de una declaración, por ejemplo, podría constituir una fuente de remisión directa para las diversas partes interesadas en la condición de la mujer en relación con la religión y las tradiciones y afianzar la reafirmación de los derechos de la mujer sobre esta cuestión esencial.
Esta fuente de referencia sería tanto más útil cuanto que, como ya hemos dicho, la libertad de religión puede ir en contra de los derechos de la mujer y que la afirmación de estos derechos ha necesitado una argumentación que no siempre ha sido fácil expresar, porque estamos precisamente en el dominio delicado de las creencias religiosas o consideradas tales.
226. Por otra parte, debe alentarse a los Estados para que firmen, ratifiquen y publiquen losinstrumentos internacionales relativos a los derechos humanos y, en particular, la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, así como las convenciones regionales sobre el mismo tema. Asimismo, debe alentárseles a incorporar a su ordenamiento jurídico las normas enunciadas en los instrumentos internacionales relativos a la condición de la mujer. Las personas procesadas deben poder invocar ante los tribunales del Estado la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer cuando ha sido ratifica por el Estado.
227. En la misma perspectiva, los Estados deben fortalecer las estructuras de control, los órganos oficiales y las instituciones de la sociedad civil que desempeñan un papel en la protección y la promoción de los derechos de la mujer frente a las prácticas culturales nocivas. Igualmente, debe alentárseles a evitar en lo posible la formulación de reservas y decidirse a retirar las reservas que puedan vulnerar o restringir la sustancia, el objeto y los objetivos de los instrumentos referentes a la protección de la condición de la mujer y, en particular, la Convención de 1979.
228. Como señala con razón el ACNUR en un memorando destinado a su personal local, las tradiciones culturales o religiosas de las comunidades de refugiados deben respetarse, pero las mujeres víctimas de mutilaciones genitales sufren una forma de tortura. El Alto Comisionado alienta a los Estados a que reconozcan que las mujeres perseguidas por haber contravenido a ciertas costumbres pueden aspirar legítimamente a la condición de refugiadas, lo que, por lo demás, hacen ya ciertos Estados. Lo mismo debe aplicarse a las mujeres que temen por su vida en los casos de delitos de honor o de matrimonio forzoso, que deben poder acogerse al derecho de asilo y a la protección de los demás Estados.
229. Por último, en el ámbito regional deben alentarse y proseguirse los esfuerzos con miras a adoptar instrumentos concretos vinculantes. Un protocolo o una carta africana de derechos de la mujer que abarcase la cuestión de la eliminación de las prácticas tradicionales nefastas, así como una carta africana sobre la violencia contra la mujer que fuese un instrumento en que se inspirasen las legislaciones nacionales constituirían un paso importante para combatir las tradiciones culturales perjudiciales a la condición de la mujer y, en particular, las que se consideran una forma de violencia contra la mujer. Esta labor podrá ampliarse a otros continentes y otras regiones en que están difundidas las prácticas perjudiciales a la condición de la mujer.
b) Afianzamiento de los organismos y mecanismos existentes
230. Debe alentarse a los Estados a dejar constancia en sus informes a los órganos creados en virtud de instrumentos internacionales de derechos humanos (Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer, Comité de Derechos Humanos, Comité de Derechos del Niño) de las informaciones sobre las prácticas culturales nocivas y las discriminaciones de hecho y de derecho, cuando existen tales prácticas en su territorio, y a facilitar datos sobre sus esfuerzos destinados a poner fin a esas prácticas.
231. A este respecto, conviene celebrar la entrada en vigor del Protocolo Facultativo de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, que de ese modo constituye un instrumento convencional suplementario de importancia decisiva para la protección de las mujeres y las niñas contra las prácticas culturales perjudiciales a su condición. Con la aprobación de ese Protocolo por los Estados partes podría ponerse en marcha un mecanismo de denuncias cuando esas prácticas revistan la forma de atentados contra la vida o de otras prácticas asimilables a la tortura, a tratos degradantes y discriminatorios o a ejecuciones extrajudiciales y cuando el Estado no tome las disposiciones adecuadas pese a la existencia de leyes protectoras.
232. En el mismo sentido, los relatores especiales (en particular sobre la violencia contra la mujer, sobre la intolerancia religiosa, sobre las prácticas tradicionales que afectan a la salud de las mujeres y las niñas, sobre las ejecuciones extrajudiciales y arbitrarias) deben consignar de manera sistemática en el marco de sus mandatos respectivos informaciones precisas sobre la condición de la mujer en relación con las tradiciones culturales perjudiciales, sobre todo las que se basan en la religión o se achacan a ella. Deben fortalecerse tanto en lo que hace a los recursos financieros y humanos como en relación con sus métodos de trabajo los medios de que disponen los órganos convencionales y los mecanismos extraconvencionales de derechos humanos, en particular el Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer y los relatores especiales cuyo mandato guarda relación con la condición de la mujer en relación con la religión y las tradiciones.
233. Ciertas prácticas son objeto de la actividad de varios órganos convencionales y de relatores especiales de derechos humanos en relación con la condición de la mujer. Tal es el caso de las mutilaciones genitales, de los delitos de honor, de la prostitución sagrada, etc. Es necesaria, pues, una coordinación para evitar las duplicaciones y la dispersión cualitativa y cuantitativa de la lucha contra las prácticas culturales perjudiciales a la condición de la mujer. Al mismo tiempo, un planteamiento armonioso debe permitir un mejor conocimiento de todas esas prácticas, sean o no de origen religioso, que afectan la condición de la mujer, desde el nacimiento e incluso antes del nacimiento, es decir, desde el embarazo hasta la extrema vejez. En esa perspectiva el nombramiento de un Relator Especial cuyo mandato consistiese en estudiar todas las cuestiones referentes a la mujer sería una medida positiva para reforzar la protección de las mujeres, además de los mecanismos ya existentes.
234. Por último, con respecto a la esclavitud y las formas modernas de la «condición servil», deben instituirse mecanismos para fiscalizar las obligaciones internacionales de los Estados especificadas en las convenciones internacionales y bien arraigadas en la conciencia universal.
Esa fiscalización, que debe referirse, en particular, a ciertas prácticas tradicionales asimilables a la esclavitud, puede encargarse a un órgano convencional existente (Comité de Derechos Humanos, por ejemplo) o a un Relator Especial de la Comisión de Derechos Humanos, cuya creación es deseable, como ya hemos dicho, y que estudiaría todas las cuestiones relativas a la condición de la mujer.
CUESTIONES RELACIONADAS CON LA INTOLERANCIA RELIGIOSA 29/32
189. La condición de la mujer en relación con la religión, las creencias y las tradiciones está constituida por un conjunto polifacético en que la religión, las costumbres ancestrales, las tradiciones seculares de origen religioso o no, las exigencias de la modernidad y, por consiguiente, la impugnación jurídica de las tradiciones coexisten en un cuadro desordenado y muy contrastado, pero en el que el respeto de los derechos humanos es una necesidad imperiosa. Los aspectos fácticos del análisis del problema nos han demostrado la grandísima variedad de casos: a veces se trata de prácticas que atentan contra la salud y la vida de la mujer; en otros casos, las mujeres están sujetas a un verdadero estatuto jurídico y social discriminatorio. Hay otras situaciones que son más difusas y, al propio tiempo, más perniciosas. Son aquellas en que los valores basados en un esquema patriarcal se alimentan de cierta interpretación de la religión o de un fondo cultural sepultado en la conciencia colectiva, pero donde las consideraciones religiosas no aparecen de manera explícita ni precisa.
190. Más allá de esa variedad, se ha podido comprobar que muchas prácticas tienen, por supuesto, su origen en la religión, pero se pueden atribuir principal o exclusivamente a una interpretación cultural de los preceptos religiosos; en algunos casos incluso hemos podido observar que la cultura va en contra de lo que prescribe la religión. Los aspectos factuales nos han permitido también observar que esas prácticas culturales perjudiciales para la condición de la mujer quedan propiciadas por factores tales como el analfabetismo de las mujeres y de los hombres, la escasa presencia de la mujer en la vida pública, la falta de información y cierto fatalismo cultural ante lo que se considera erróneamente que pertenece a la esfera de lo sagrado. Asimismo, hemos podido vislumbrar que muchas prácticas han retrocedido por el efecto de factores diversos, pero que en su mayor parte convergen hacia una estrategia voluntarista del Estado que ha sabido y querido atacar las raíces profundas de esas prácticas modificando ciertos esquemas culturales a partir de una reforma que atañe a todas las esferas de la vida social y familiar.
191. Ello quiere decir que es posible una acción global y que ésta debe intentarse porque puede entrañar una mejora de la condición de la mujer en esta esfera. A este respecto deben tenerse presentes tres términos clave: educar, informar y formar2 . Parece evidente que ciertas prácticas culturales arraigadas en algunos pueblos desde tiempos inmemoriales no pueden tratarse como simples actos de violencia o de abuso contra las niñas, incluso si son muy nocivas y afectan a la salud, la integridad o la vida de las mujeres. En este caso la prevención se antepone a la protección, porque muchas veces se trata de combatir las mentalidades a fin de rehabilitar la imagen de la mujer en la familia y la sociedad. Ello no debe ocultar las medidas de protección que habrán de desplegar los Estados y la comunidad internacional. Los aspectos jurídicos nos han mostrado que muchos instrumentos protegen a la mujer y a la niña ya sea en virtud de la garantía de los derechos reconocidos por instrumentos generales y del derecho a la igualdad, ya sea en cuanto al aspecto de la protección concreta de la mujer contra la discriminación. Ahora bien, el derecho de la mujer a gozar de protección a ese respecto difícilmente coexiste con la dimensión colectiva de manifestación de la libertad de religión reconocida por muchos instrumentos internacionales y que en muchos países se ejerce de manera perjudicial para la condición de la mujer. Ello quiere decir que en este aspecto las medidas preventivas corren parejas con las medidas de protección y deben combinar la acción tanto interna (sección A) como internacional (sección B), a fin de que la dimensión cultural de la libertad de religión no se utilice contra los derechos de la mujer.
A. Medidas internas
B. Medidas internacionales