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Timestamp: 2017-03-28 02:36:36
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1_9788490040768 by Editorial Tirant Lo Blanch - issuu
DE ARBITRAJE DEL ILUSTRE
bien advierte que no son los textos oficiales y declina toda responsabilidad por los daños que
puedan causarse debido a las inexactitudes o incorrecciones de los mismos.
© ILUSTRE COLEGIO DE ABOGADOS DE MADRID
I.S.B.N.: 978-84-9004-077-5
LEY 23 DE DICIEMBRE DE 2003, NÚM. 60/2003
EXPOSICIÓN DE MOTIVOS ..................................................................
“ESTATUTOS DE FUNCIONAMIENTO
Y REGLAMENTO DE LA CORTE DE ARBITRAJE”
(Aprobados por acuerdo de la Junta
de Gobierno de 20 de julio de 2010)
ESTATUTOS DE FUNCIONAMIENTO ....................................................
(APROBADAS POR ACUERDO DE LA JUNTA
DE GOBIERNO DE 147JULIO/2009 ......................................................
España se ha mostrado siempre sensible a los requerimientos de armonización
del régimen jurídico del arbitraje, en particular del comercial internacional, para
favorecer la difusión de su práctica y promover la unidad de criterios en su
aplicación, en la convicción de que una mayor uniformidad en las Leyes reguladoras del arbitraje ha de propiciar su mayor eficacia como medio de solución
La Ley 36/1988, de 5 de diciembre, de Arbitraje, es tributaria de esta vocación,
ya antes manifestada explícitamente en el Real Decreto 1094/1981, de 22 de
mayo, que abrió las puertas al arbitraje comercial internacional, teniendo en
cuenta que «el incremento de las relaciones comerciales internacionales, en
particular en el área iberoamericana, y la inexistencia de adecuados servicios
de arbitraje comercial internacional en nuestro país determina que la utilización
de la técnica arbitral por empresarios y comerciantes de la citada área se efectúe con referencia a instituciones de otro contexto cultural idiomático, con el
efecto negativo que ello representa para España y la pérdida que para nuestro
país significa la ruptura de las vinculaciones con los citados países en materia
de tan creciente interés común».
Esta Ley prolonga esa sensibilidad, esa vocación y esa práctica, pero con la
pretensión de producir un salto cualitativo. Así, su principal criterio inspirador
es el de basar el régimen jurídico español del arbitraje en la Ley Modelo elaborada por la Comisión de las Naciones Unidas para el Derecho Mercantil Internacional, de 21 de junio de 1985 (Ley Modelo de CNUDMI/UNCITRAL), recomendada por la Asamblea General en su Resolución 40/72, de 11 de diciembre
de 1985, «teniendo en cuenta las exigencias de la uniformidad del derecho
procesal arbitral y las necesidades de la práctica del arbitraje comercial internacional». El legislador español sigue la recomendación de las Naciones Unidas,
acoge como base la Ley Modelo y, además, toma en consideración los sucesivos trabajos emprendidos por aquella Comisión con el propósito de incorporar
los avances técnicos y atender a las nuevas necesidades de la práctica arbitral,
particularmente en materia de requisitos del convenio arbitral y de adopción de
La Ley Modelo responde a un sutil compromiso entre las tradiciones jurídicas
europeo-continental y anglosajona producto de un cuidado estudio del derecho comparado. Su redacción no responde, por ello, plenamente a los cánones
tradicionales de nuestro ordenamiento, pero facilita su difusión entre operadores pertenecientes a áreas económicas con las que España mantiene activas
y crecientes relaciones comerciales. Los agentes económicos de dichas áreas
adquirirán, por tanto, mayor certidumbre sobre el contenido del régimen jurídico del arbitraje en España, lo que facilitará y aun impulsará que se pacten
convenios arbitrales en los que se establezca nuestro país como lugar del arbitraje. La Ley Modelo resulta más asequible a los operadores económicos del
comercio internacional, habituados a una mayor flexibilidad y adaptabilidad de
las normas a las peculiaridades de casos concretos surgidos en escenarios
La nueva Ley se dicta con conciencia de los innegables avances que su precedente, la Ley 36/1988, de 5 de diciembre, de Arbitraje, supuso para la regulación y modernización del régimen de esta institución en nuestro ordenamiento
jurídico. Durante su vigencia se ha producido una notable expansión del arbitraje en nuestro país; ha aumentado en gran medida el tipo y el número de
relaciones jurídicas, sobre todo contractuales, para las que las partes pactan
convenios arbitrales; se ha asentado el arbitraje institucional; se han consolidado prácticas uniformes, sobre todo en arbitrajes internacionales; se ha generado un cuerpo de doctrina estimable; y se ha normalizado la utilización de los
procedimientos judiciales de apoyo y control del arbitraje.
Sin embargo, las consideraciones hechas anteriormente revelan que, partiendo
del acervo descrito, resulta necesario impulsar otro nuevo e importante avance
en la regulación de la institución mediante la señalada incorporación de nuestro
país al elenco creciente de Estados que han adoptado la Ley Modelo. Además,
el tiempo transcurrido desde la entrada en vigor de la Ley 36/1988 ha permitido
detectar en ella lagunas e imperfecciones. El arbitraje es una institución que,
sobre todo en su vertiente comercial internacional, ha de evolucionar al mismo
ritmo que el tráfico jurídico, so pena de quedarse desfasada. La legislación
interna de un país en materia de arbitraje ha de ofrecer ventajas o incentivos
a las personas físicas y jurídicas para que opten por esta vía de resolución de
conflictos y porque el arbitraje se desarrolle en el territorio de ese Estado y con
arreglo a sus normas. Por consiguiente, tanto las necesidades de mejora y seguimiento de la evolución del arbitraje como la acomodación a la Ley Modelo
hacen necesaria la promulgación de esta Ley.
El artículo 1 determina el ámbito de aplicación de la Ley sobre la base de los
En segundo lugar, en lo que respecta a la contraposición entre arbitraje ordinario y arbitrajes especiales, esta Ley pretende ser una Ley general, aplicable,
por tanto, íntegramente a todos los arbitrajes que no tengan una regulación especial; pero también supletoriamente a los arbitrajes que la tengan, salvo en lo
que sus especialidades se opongan a lo previsto en esta Ley o salvo que alguna
norma legal disponga expresamente su inaplicabilidad.
En tercer lugar, en lo que respecta a la contraposición entre arbitraje interno
y arbitraje internacional, esta Ley opta claramente por una regulación unitaria
de ambos. Dentro de lo que se ha dado en llamar la alternativa entre dualismo
(que el arbitraje internacional sea regulado totalmente o en gran medida por
preceptos distintos que el arbitraje interno) y monismo (que, salvo contadas
excepciones, los mismos preceptos se apliquen por igual al arbitraje interno e
internacional), la Ley sigue el sistema monista. Son pocas y muy justificadas las
normas en que el arbitraje internacional requiere una regulación distinta de la
del arbitraje interno. Aun con la conciencia de que el arbitraje internacional responde en muchas ocasiones a exigencias distintas, esta Ley parte de la base
—corroborada por la tendencia actual en la materia— de que una buena regulación del arbitraje internacional ha de serlo también para el arbitraje interno, y
viceversa. La Ley Modelo, dado que se gesta en el seno de la CNUDMI/UNCITRAL, está concebida específicamente para el arbitraje comercial internacional; pero su inspiración y soluciones son perfectamente válidas, en la inmensa
mayoría de los casos, para el arbitraje interno. Esta Ley sigue en este aspecto
el ejemplo de otras recientes legislaciones extranjeras, que han estimado que la
Ley Modelo no sólo resulta adecuada para el arbitraje comercial internacional,
sino para el arbitraje en general.
En cuarto lugar, la delimitación del ámbito de aplicación de la Ley es territorial. No obstante, hay determinados preceptos, relativos a ciertos casos de
intervención judicial, que deben aplicarse también a aquellos arbitrajes que se
desarrollen o se hayan desarrollado en el extranjero. El criterio, en todo caso,
es también territorial, puesto que se trata de normas procesales que han de ser
aplicadas por nuestros tribunales.
El artículo 2 regula las materias objeto de arbitraje sobre la base del criterio
de la libre disposición, como hacía la Ley 36/1988. Sin embargo, se reputa
innecesario que esta Ley contenga ningún elenco, siquiera ejemplificativo, de
materias que no son de libre disposición. Basta con establecer que la arbitrabilidad de una controversia coincide con la disponibilidad de su objeto para las
partes. En principio, son cuestiones arbitrables las cuestiones disponibles. Es
concebible que por razones de política jurídica haya o pueda haber cuestiones
que sean disponibles para las partes y respecto de las que se quiera excluir o
limitar su carácter arbitrable. Pero ello excede del ámbito de una regulación general del arbitraje y puede ser objeto, en su caso, de disposiciones específicas
en otros textos legales.
Respecto de las materias objeto de arbitraje se introduce también la regla, para
el arbitraje internacional, de que los Estados y entes dependientes de ellos no
puedan hacer valer las prerrogativas de su ordenamiento jurídico. Se pretende
con ello que, a estos efectos, el Estado sea tratado exactamente igual que un
El artículo 3 regula la determinación del carácter internacional del arbitraje, que
resulta relevante para la aplicación de aquellos artículos que contienen reglas
especiales para los arbitrajes internacionales que se desarrollen en nuestro
territorio. Así, se establece por primera vez en nuestro ordenamiento en qué
casos un arbitraje es internacional; lo que debe facilitar la interpretación y aplicación de esta Ley en el contexto del tráfico jurídico internacional. Además,
debe tenerse en cuenta que existen convenios internacionales cuya aplicación
exige una definición previa del arbitraje internacional. La determinación del carácter internacional del arbitraje sigue sustancialmente los criterios de la Ley
Modelo. A éstos resulta conveniente añadir otro: que la relación jurídica de la
que dimana la controversia afecte a los intereses del comercio internacional.
Se trata de un criterio ampliamente desarrollado en otros ordenamientos, con
el que se pretende dar cabida a supuestos en que, aunque no concurran los
elementos anteriormente establecidos por la Ley, resulte indudable su carácter
internacional a la luz de las circunstancias del caso. Por otra parte, la Ley evita
la confusión que la pluralidad de domicilios de una persona, admitida en otros
ordenamientos, podría causar a la hora de determinar si un arbitraje es internacional o no.
El artículo 4 contiene una serie de reglas de interpretación, entre las que tienen
especial relevancia las que dotan de contenido a las normas legales dispositivas de esta Ley mediante la remisión, por voluntad de las partes, a la de una
institución arbitral o al contenido de un reglamento arbitral. Así, esta Ley parte
en la mayoría de sus reglas de que debe primar la autonomía de la voluntad
de las partes. Mas esa voluntad se entiende integrada por las decisiones que
pueda adoptar, en su caso, la institución administradora del arbitraje, en virtud
de sus normas, o las que puedan adoptar los árbitros, en virtud del reglamento
arbitral al que las partes se hayan sometido. Se produce, por tanto, una suerte
de integración del contenido del contrato de arbitraje o convenio arbitral, que,
por mor de esta disposición, pasa a ser en tales casos un contrato normativo.
De este modo, la autonomía privada en materia de arbitraje se puede manifestar tanto directamente, a través de declaraciones de voluntad de las partes,
como indirectamente, mediante la declaración de voluntad de que el arbitraje
sea administrado por una institución arbitral o se rija por un reglamento arbitral.
En este sentido, la expresión institución arbitral hace referencia a cualquier entidad, centro u organización de las características previstas que tenga un reglamento de arbitraje y, conforme a él, se dedique a la administración de arbitrajes.
Pero se precisa que las partes pueden someterse a un concreto reglamento sin
encomendar la administración del arbitraje a una institución, en cuyo caso el
reglamento arbitral también integra la voluntad de las partes.
El artículo 5 establece las reglas sobre notificaciones, comunicaciones y cómputo de plazos, que se aplican tanto a las actuaciones tendentes a poner en
marcha el arbitraje como al conjunto de su tramitación. Se regulan la forma, el
lugar y el tiempo de las notificaciones y comunicaciones. Respecto del cómputo de los plazos por días, se dispone que se trata de días naturales. Esta
regla no es aplicable en el seno de los procedimientos judiciales de apoyo o
control del arbitraje, en que rigen las normas procesales, pero sí a los plazos
establecidos, en su caso, para la iniciación de dichos procedimientos, como,
por ejemplo, el ejercicio de la acción de anulación del laudo.
El artículo 6 contiene una disposición sobre renuncia tácita a las facultades de
impugnación, directamente inspirada —como tantas otras— en la Ley Modelo,
que obliga a las partes en el arbitraje a la denuncia tempestiva e inmediata de
las violaciones de normas dispositivas, esto es, aplicables en defecto de voluntad de las partes.
El artículo 7, sobre intervención judicial en el arbitraje, es un corolario del denominado efecto negativo del convenio arbitral, que impide a los tribunales conocer de las controversias sometidas a arbitraje. De este modo, la intervención
judicial en los asuntos sometidos a arbitraje ha de limitarse a los procedimientos de apoyo y control, expresamente previstos por la Ley.
El artículo 8 contiene, directamente o por remisión, las normas de competencia
objetiva y territorial para el conocimiento de todos los procedimientos de apoyo y control del arbitraje, incluso de aquellos que no se encuentran regulados
en esta Ley, sino en la de Enjuiciamiento Civil. Para el exequátur de laudos
extranjeros se atribuye competencia a las Audiencias Provinciales, en vez de
—como hasta ahora— a la Sala Primera del Tribunal Supremo, con la finalidad
de descargar a ésta y ganar celeridad.
El título II regula los requisitos y efectos del convenio arbitral, sin perjuicio de
la aplicación de las normas generales sobre contratos en todo lo no específicamente previsto en esta Ley. En líneas generales, la Ley trata de perfeccionar
la legislación anterior, precisando algunos puntos que se habían revelado problemáticos.
Han de destacarse algunas novedades introducidas respecto de los requisitos de forma del convenio arbitral. La Ley refuerza el criterio antiformalista.
Así, aunque se mantiene la exigencia de que el convenio conste por escrito y
se contemplan las diversas modalidades de constancia escrita, se extiende el
cumplimiento de este requisito a los convenios arbitrales pactados en soportes
que dejen constancia, no necesariamente escrita, de su contenido y que permitan su consulta posterior. Se da así cabida y se reconoce la validez al uso de
nuevos medios de comunicación y nuevas tecnologías. Se consagra también la
validez de la llamada cláusula arbitral por referencia, es decir, la que no consta
en el documento contractual principal, sino en un documento separado, pero
se entiende incorporada al contenido del primero por la referencia que en él se
hace al segundo. Asimismo, la voluntad de las partes sobre la existencia del
convenio arbitral se superpone a sus requisitos de forma. En lo que respecta
a la Ley aplicable al convenio arbitral, se opta por una solución inspirada en
un principio de conservación o criterio más favorable a la validez del convenio
arbitral. De este modo, basta que el convenio arbitral sea válido con arreglo a
cualquiera de los tres regímenes jurídicos señalados en el apartado 6 del artículo 9: las normas elegidas por las partes, las aplicables al fondo de la controversia o el derecho español.
La Ley mantiene los llamados efectos positivo y negativo del convenio arbitral.
Respecto de este último, se mantiene la regla de que debe ser hecho valer
por las partes y específicamente por el demandado a través de la declinatoria. Además, se precisa que la pendencia de un proceso judicial en el que se
haya interpuesto declinatoria no impide que el procedimiento arbitral se inicie
o prosiga; de modo que la incoación de un proceso judicial no puede ser sin
más utilizada con la finalidad de bloquear o dificultar el arbitraje. Y se aclara
que la solicitud de medidas cautelares a un tribunal no supone en modo alguno renuncia tácita al arbitraje; aunque tampoco hace actuar sin más el efecto
negativo del convenio arbitral. Con ello se despeja cualquier duda que pudiere
subsistir acerca de la posibilidad de que se acuerden judicialmente medidas
cautelares respecto de una controversia sometida a arbitraje, aun antes de que
el procedimiento arbitral haya comenzado. Esta posibilidad es indudable a la
luz de la Ley de Enjuiciamiento Civil, pero es importante que se recoja también
en la legislación de arbitraje. Además, da cobertura a una eventual solicitud de
medidas cautelares ante un tribunal extranjero respecto de un arbitraje regido
por la Ley española.
El título III se dedica a la regulación de la figura del árbitro o árbitros. La Ley
prefiere las expresiones árbitro o árbitros a la de tribunal arbitral, que puede
causar confusión con los tribunales judiciales. Además, en la mayor parte de
los preceptos la referencia a los árbitros incluye tanto los supuestos en que hay
un colegio arbitral como aquellos en los que el árbitro es único.
La Ley opta por establecer que a falta de acuerdo de las partes se designará un
solo árbitro. Es ésta una opción guiada por razones de economía. En cuanto a
la capacidad para ser árbitro, se opta por el criterio de la mayor libertad de las
partes, como es hoy la regla general en los países más avanzados en materia
de arbitraje: nada impone la Ley, salvo que se trate de personas naturales con
capacidad de obrar plena. Serán las partes directamente o las instituciones
arbitrales las que con total libertad y sin restricciones —no adecuadas a la realidad del arbitraje— designen a los árbitros. Sólo para los casos en que resulte
necesario suplir la voluntad de las partes, la Ley prevé y regula las situaciones
que pueden presentarse en la designación de los árbitros, para evitar la paralización del arbitraje. En estos casos es necesaria la actuación judicial, si bien se
pretende, de un lado, que el procedimiento judicial pueda ser rápido y, de otro,
dar criterios al Juez de Primera Instancia para realizar la designación. Muestras
de lo primero son la remisión al juicio verbal y la no recurribilidad separada de
las resoluciones interlocutorias que el Juzgado dicte en este procedimiento, así
como de la que proceda a la designación. Muestra de lo segundo es la regla
acerca de la conveniencia de que en los arbitrajes internacionales el árbitro único o el tercer árbitro sea de nacionalidad diferente a la de las partes. Debe destacarse, además, que el juez no está llamado en este procedimiento a realizar,
ni de oficio ni a instancia de parte, un control de validez del convenio arbitral
o una verificación de la arbitrabilidad de la controversia, lo que, de permitirse, ralentizaría indebidamente la designación y vaciaría de contenido la regla
de que son los árbitros los llamados a pronunciarse, en primer término, sobre
su propia competencia. Por ello, el juez sólo debe desestimar la petición de
nombramiento de árbitros en el caso excepcional de inexistencia de convenio
arbitral, esto es, cuando prima facie pueda estimar que realmente no existe un
convenio arbitral; pero el juez no está llamado en este procedimiento a realizar
un control de los requisitos de validez del convenio.
Se establece el deber de todos los árbitros, al margen de quien los haya designado, de guardar la debida imparcialidad e independencia frente a las partes en
el arbitraje. Garantía de ello es su deber de revelar a las partes cualquier hecho
o circunstancia susceptible de poner en duda su imparcialidad o independencia. Se elimina el reenvío a los motivos de abstención y recusación de jueces y
magistrados, por considerar que no siempre son adecuados en materia de arbitraje ni cubren todos los supuestos, y se prefiere una cláusula general. Respecto del procedimiento de recusación, la premisa es una vez más la libertad de
las partes, ya sea por acuerdo directo o por remisión a un reglamento arbitral.
En su defecto, se establece que sean el árbitro o los árbitros quienes decidan
sobre la recusación, sin perjuicio de poder hacer valer los motivos de recusación como causa de anulación del laudo. La posibilidad de acudir directamente
a los tribunales frente a la decisión desestimatoria de la recusación tendría, sin
duda, la ventaja de una certidumbre preliminar sobre la imparcialidad, pero se
prestaría a una utilización dilatoria de esta facultad.
Se estima que serán mucho menos frecuentes los supuestos en que una recusación será indebidamente desestimada y dará lugar a la nulidad de todo el
procedimiento arbitral que los casos en que se formularían pretensiones inmediatas ante la autoridad judicial con la finalidad de dilatar el procedimiento.
La Ley se ocupa igualmente de otros supuestos que pueden conducir al cese
de alguno de los árbitros en sus funciones y al nombramiento de sustituto.
Se prevé la posibilidad de que en tales casos haya que repetir actuaciones ya
practicadas, pero no se obliga a ello.
El artículo 22 establece la regla, capital para el arbitraje, de que los árbitros
tienen potestad para decidir sobre su competencia. Es la regla que la doctrina
ha bautizado con la expresión alemana Kompetenz-Kompetenz y que la Ley de
1988 ya consagraba en términos menos precisos. Esta regla abarca lo que se
conoce como separabilidad del convenio arbitral respecto del contrato principal, en el sentido de que la validez del convenio arbitral no depende de la del
contrato principal y que los árbitros tienen competencia para juzgar incluso sobre la validez del convenio arbitral. Además, bajo el término genérico de competencia han de entenderse incluidas no sólo las cuestiones que estrictamente
son tales, sino cualesquiera cuestiones que puedan obstar a un pronunciamiento de fondo sobre la controversia (salvo las relativas a las personas de los
árbitros, que tienen su tratamiento propio). La Ley establece la carga de que las
cuestiones relativas a la competencia de los árbitros sean planteadas a limine.
Ha de resaltarse que el hecho de que una de las partes colabore activamente
en la designación de los árbitros no supone ningún tipo de renuncia tácita a
hacer valer la incompetencia objetiva de éstos. Es una lógica consecuencia de
la regla de Kompetenz-Kompetenz: si son los árbitros los que han de decidir
sobre su propia competencia, la parte está simplemente contribuyendo a designar a quien o a quienes podrán decidir sobre dicha competencia. Lo contrario abocaría a la parte a una situación absurda: debería permanecer pasiva
durante la designación de los árbitros para poder luego alegar su falta de competencia sobre la controversia. La regla de la alegación previa de las cuestiones
atinentes a la competencia de los árbitros tiene una razonable modulación en
los casos en que la alegación tardía está, a juicio de los árbitros, justificada,
en la medida en que la parte no pudo realizar esa alegación con anterioridad y
que su actitud durante el procedimiento no puede ser interpretada como una
aceptación de la competencia de los árbitros. Queda a la apreciación de los
árbitros la conveniencia de que las cuestiones relativas a su competencia sean
resueltas con carácter previo o junto con las cuestiones de fondo. La Ley parte
de la base de que los árbitros pueden dictar tantos laudos como consideren
necesarios, ya sea para resolver cuestiones procesales o de fondo; o dictar un
El artículo 23 incorpora una de las principales novedades de la Ley: la potestad
de los árbitros para adoptar medidas cautelares. Dicha potestad puede ser
excluida por las partes, directamente o por remisión a un reglamento arbitral;
pero en otro caso se considera que la aceptan. La Ley ha considerado preferible no entrar a determinar el ámbito de esta potestad cautelar. Obviamente, los
árbitros carecen de potestad ejecutiva, por lo que para la ejecución de las medidas cautelares será necesario recurrir a la autoridad judicial, en los mismos
términos que si de un laudo sobre el fondo se tratara. Sin embargo, si dentro de
la actividad cautelar cabe distinguir entre una vertiente declarativa y otra ejecutiva, esta Ley les reconoce a los árbitros la primera, salvo acuerdo en contrario
de las partes. Esta norma no deroga ni restringe la posibilidad, prevista en los
artículos 8 y 11 de esta Ley y en la Ley de Enjuiciamiento Civil, de que la parte
interesada inste de la autoridad judicial la adopción de medidas cautelares. Las
potestades arbitral y judicial en materia cautelar son alternativas y concurrentes, sin perjuicio del juego del principio de buena fe procesal.
El título V regula las actuaciones arbitrales. La Ley vuelve a partir del principio
de autonomía de la voluntad y establece como únicos límites al mismo y a la
actuación de los árbitros el derecho de defensa de las partes y el principio de
igualdad, que se erigen en valores fundamentales del arbitraje como proceso
que es. Garantizado el respeto a estas normas básicas, las reglas que sobre
el procedimiento arbitral se establecen son dispositivas y resultan, por tanto,
aplicables sólo si las partes nada han acordado directamente o por su aceptación de un arbitraje institucional o de un reglamento arbitral. De este modo,
las opciones de política jurídica que subyacen a estos preceptos quedan subordinadas siempre a la voluntad de las partes. En lo que respecta al lugar del
arbitraje, hay que destacar que se permite la celebración de audiencias y de
deliberaciones en sede distinta de la del arbitraje. La determinación del lugar
o sede del arbitraje es jurídicamente relevante en muchos aspectos, pero su
fijación no debe suponer rigidez para el desarrollo del procedimiento.
El inicio del arbitraje se fija en el momento en que una parte recibe el requerimiento de la otra de someter la controversia a decisión arbitral. Parece lógico
que los efectos jurídicos propios del inicio del arbitraje se produzcan ya en ese
momento, incluso aunque no esté perfectamente delimitado el objeto de la
controversia. Las soluciones alternativas permitirían actuaciones tendentes a
dificultar el procedimiento.
La determinación del idioma o idiomas del arbitraje corresponde lógicamente
a las partes y, en su defecto, a los árbitros. No obstante, salvo que alguna de
las partes se oponga, se permite que se aporten documentos o se practiquen
actuaciones en idioma no oficial del arbitraje sin necesidad de traducción. Con
ello se consagra una regla práctica muy extendida, que admite la aportación de
documentos o declaraciones en otro idioma.
En el arbitraje no se reproducen necesariamente siempre las posiciones procesales activa y pasiva de un proceso judicial; o no en los mismos términos.
Al fin y al cabo, la determinación del objeto de la controversia, siempre dentro
del ámbito del convenio arbitral, se produce de forma progresiva. Sin embargo,
la práctica arbitral demuestra que quien inicia el arbitraje formula en todo caso
una pretensión frente a la parte o partes contrarias y se convierte, por tanto,
en actor; y ello sin perjuicio de que el demandado pueda reconvenir. Parece,
por tanto, razonable que, sin perjuicio de la libertad de las partes, el procedimiento arbitral se estructure sobre la base de una dualidad de posiciones entre
demandante y demandado. Esta conveniencia, sin embargo, debe ser flexibilizada a la hora de configurar los requisitos de los actos de las partes en defensa
de sus respectivas posiciones. De este modo, no se establecen propiamente
requisitos de forma y contenido de los escritos de alegaciones de las partes.
La función de la demanda y de la contestación a que se refiere el artículo 29
no es sino la de ilustrar a los árbitros sobre el objeto de la controversia, sin
perjuicio de alegaciones ulteriores. No entran aquí en juego las reglas propias
de los procesos judiciales en cuanto a requisitos de demanda y contestación,
documentos a acompañar o preclusión. El procedimiento arbitral, incluso en
defecto de acuerdo de las partes, se configura con gran flexibilidad, acorde con
Esa flexibilidad se da también en el desarrollo ulterior del procedimiento. Cabe
que el procedimiento sea en ciertos casos predominantemente escrito, si las
circunstancias del caso no exigen la celebración de audiencias. Sin embargo, la
regla es la celebración de audiencias para la práctica de pruebas. La Ley trata
de evitar, además, que la inactividad de las partes pueda paralizar el arbitraje o
comprometer la validez del laudo.
La fase probatoria del arbitraje está también presidida por la máxima libertad de
las partes y de los árbitros —siempre que se respeten el derecho de defensa y
el principio de igualdad— y por la máxima flexibilidad. La Ley establece única-
mente normas sobre la prueba pericial, de singular importancia en el arbitraje
contemporáneo, aplicables en defecto de voluntad de las partes. Estas normas
están encaminadas a permitir tanto los dictámenes emitidos por peritos designados directamente por las partes como los emitidos por peritos designados,
de oficio o a instancia de parte, por los árbitros, y a garantizar la debida contradicción respecto de la pericia.
Se regula igualmente la asistencia judicial para la práctica de pruebas, que es
una de las tradicionales funciones de apoyo judicial al arbitraje. La asistencia
no tiene que consistir necesariamente en que el tribunal practique determinadas pruebas; en ciertos casos, bastará con otras medidas que permitan a los
árbitros practicarlas por sí mismos, como, por ejemplo, medidas de aseguramiento o requerimientos de exhibición de documentos.
El título VI se dedica al laudo y a otras posibles formas de terminación del procedimiento arbitral. El artículo 34 regula la importante cuestión de qué normas
han de aplicarse a la resolución del fondo de la controversia, sobre la base de
los siguientes criterios:1º) La premisa es, una vez más, como en la Ley de 1988,
la libertad de las partes. 2º) Se invierte la regla que la Ley de 1988 contenía
a favor del arbitraje de equidad. La preferencia por el arbitraje de derecho en
defecto de acuerdo de las partes es la orientación más generalizada en el panorama comparado. Resulta, además, muy discutible que la voluntad de las partes de someterse a arbitraje, sin más especificaciones, pueda presumirse que
incluya la de que la controversia sea resuelta en equidad y no sobre la base de
los mismos criterios jurídicos que si hubiere de resolver un tribunal. El arbitraje
de equidad queda limitado a los casos en que las partes lo hayan pactado expresamente, ya sea a través de una remisión literal a la «equidad», o a términos
similares como decisión «en conciencia», «ex aequo et bono», o que el árbitro
actuará como «amigable componedor». No obstante, si las partes autorizan la
decisión en equidad y al tiempo señalan normas jurídicas aplicables, los árbitros no pueden ignorar esta última indicación. 3º) Siguiendo la orientación de
los ordenamientos más avanzados, se suprime la exigencia de que el derecho
aplicable deba tener relación con la relación jurídica o con la controversia, ya
que se trata de un requisito de difusos contornos y difícil control. 4º) La Ley
prefiere la expresión «normas jurídicas aplicables» a la de «derecho aplicable»,
en la medida en que esta última parece englobar la exigencia de remisión a un
concreto ordenamiento jurídico de un Estado, cuando en algunos casos lo que
ha de aplicarse son normas de varios ordenamientos o reglas comunes del comercio internacional. 5º) La Ley no sujeta a los árbitros a un sistema de reglas
En la adopción de decisiones, cuando se trata de un colegio arbitral, y sin
perjuicio de las reglas que directa o indirectamente puedan fijar las partes, se
mantiene la lógica regla de la mayoría y la de que a falta de decisión mayoritaria
decide el presidente. Se introduce la norma que permite habilitar al presidente
para decidir cuestiones de procedimiento, entendiéndose por tales, a estos
efectos, no cualesquiera cuestiones distintas al fondo de la controversia, sino,
más limitadamente, las relativas a la mera tramitación o impulso procesales.
Se prevé la posibilidad de que los árbitros dicten un laudo sobre la base del
contenido de un previo acuerdo alcanzado por las partes. Esta previsión, que
podría reputarse innecesaria —dado que las partes tienen poder de disposición
sobre el objeto de la controversia—, no lo es, porque a través de su incorporación a un laudo el contenido del acuerdo adquiere la eficacia jurídica de aquél.
Los árbitros no pueden rechazar esta petición discrecionalmente, sino sólo por
una causa jurídica fundada. La Ley no hace sino dar cobertura legal a algo ya
frecuente en la práctica y que no merece objeción alguna.
En cuanto al contenido del laudo, ha de destacarse el reconocimiento legal de
la posibilidad de dictar laudos parciales, que pueden versar sobre alguna parte
del fondo de la controversia o sobre otras cuestiones, como la competencia
de los árbitros o medidas cautelares. La Ley pretende dar cabida a fórmulas
flexibles de resolución de los litigios que son comunes en la práctica arbitral.
Así, por ejemplo, que primero se decida acerca de si existe responsabilidad del
demandado y sólo después se decida, si es el caso, la cuantía de la condena.
El laudo parcial tiene el mismo valor que el laudo definitivo y, respecto de la
cuestión que resuelve, su contenido es invariable.
Respecto de la forma del laudo, debe destacarse que —análogamente a lo
dispuesto para el convenio arbitral— la Ley permite no sólo que el laudo conste
por escrito en soportes electrónicos, ópticos o de otro tipo, sino también que
no conste en forma escrita, siempre que en todo caso quede constancia de su
contenido y sea accesible para su ulterior consulta. Tanto en la regulación de
los requisitos de forma del convenio arbitral como en la de los del laudo la Ley
considera necesario admitir la utilización de cualesquiera tecnologías que cumplan los requisitos señalados. Pueden, pues, desarrollarse arbitrajes en que se
utilicen tan sólo soportes informáticos, electrónicos o digitales, si las partes así
lo consideran conveniente.
La Ley introduce la novedad de que el plazo para emitir el laudo, en defecto de
acuerdo de las partes, se compute desde la presentación de la contestación o
desde la expiración del plazo para presentarla. Esta novedad responde a la necesidad de que la celeridad propia del arbitraje sea adecuada a las exigencias
prácticas. Un plazo de seis meses desde la aceptación de los árbitros se ha
revelado en no pocos casos de imposible cumplimiento y obliga en ocasiones a
una tramitación excesivamente rápida o a la omisión de ciertos actos de alega-
ción o, sobre todo, de prueba, por la exigencia de cumplir el plazo para dictar el
laudo. La Ley considera que es igualmente razonable que la prórroga del plazo
pueda ser acordada por los árbitros directamente y que no necesite el acuerdo
de todas las partes. El freno a un posible retraso injustificado en la decisión de
la controversia se encuentra, entre otras causas, en la responsabilidad de los
En materia de condena en costas se introducen ciertas precisiones sobre su
contenido posible.
Se suprime el carácter preceptivo de la protocolización notarial del laudo. Esta
exigencia es desconocida en prácticamente todas las legislaciones de arbitraje,
por lo que se opta por no mantenerla, salvo que alguna de las partes lo pida
antes de que el laudo se notifique, por considerarlo conveniente a sus intereses. El laudo es, por tanto, válido y eficaz aunque no haya sido protocolizado,
de modo que el plazo para ejercitar la acción de anulación transcurre desde su
notificación, sin que sea necesario que la protocolización, cuando haya sido
pedida, preceda a la notificación. Y tampoco la fuerza ejecutiva del laudo se
hace depender de su protocolización, aunque en el proceso de ejecución, llegado el caso, el ejecutado podrá hacer valer por vía de oposición la falta de
autenticidad del laudo, supuesto que puede presumirse excepcional.
La Ley contempla determinadas formas de terminación anormal del procedimiento arbitral y da respuesta al problema de la extensión del deber de los
árbitros de custodia de las actuaciones.
En la regulación de la corrección y aclaración del laudo se modifican los plazos,
para hacerlos más adecuados a la realidad, y se distingue en función de que el
arbitraje sea interno o internacional, dado que en este último caso puede bien
suceder que las dificultades de deliberación de los árbitros en un mismo lugar
sean mayores. Se introduce además la figura del complemento del laudo para
suplir omisiones.
El título VII regula la anulación y revisión del laudo. Respecto de la anulación, se
evita la expresión «recurso», por resultar técnicamente incorrecta. Lo que se inicia con la acción de anulación es un proceso de impugnación de la validez del
laudo. Se sigue partiendo de la base de que los motivos de anulación del laudo
han de ser tasados y no han de permitir, como regla general, una revisión del
fondo de la decisión de los árbitros. El elenco de los motivos y su apreciabilidad
de oficio o sólo a instancia de parte se inspiran en la Ley Modelo. Se amplía el
plazo para el ejercicio de la acción de anulación, lo que no ha de perjudicar a
la parte que haya obtenido pronunciamientos de condena a su favor, porque el
laudo, aun impugnado, tiene fuerza ejecutiva.
El procedimiento para el ejercicio de la acción de anulación trata de conjugar
las exigencias de rapidez y de mejor defensa de las partes. Así, tras una demanda y una contestación escritas, se siguen los trámites del juicio verbal.
El título VIII se dedica a la ejecución forzosa del laudo. En realidad, la Ley de Enjuiciamiento Civil contiene todas las normas, tanto generales como específicas,
sobre esta materia. Esta Ley se ocupa únicamente de la posibilidad de ejecución
forzosa del laudo durante la pendencia del procedimiento en que se ejercite la
acción de anulación. La Ley opta por atribuir fuerza ejecutiva al laudo aunque
sea objeto de impugnación. Ningún sentido tendría que la ejecutividad del laudo
dependiera de su firmeza en un ordenamiento que permite ampliamente la ejecución provisional de sentencias. La ejecutividad del laudo no firme se ve matizada
por la facultad del ejecutado de obtener la suspensión de la ejecución mediante
la prestación de caución para responder de lo debido, más las costas y los daños
y perjuicios derivados de la demora en la ejecución. Se trata de una regulación
que trata de ponderar los intereses de ejecutante y ejecutado.
El título IX regula el exequátur de laudos extranjeros, compuesto por un único
precepto en el que, además de mantenerse la definición de laudo extranjero
como aquel que no ha sido dictado en España, se hace un reenvío a los convenios internacionales en los que España sea parte y, sobre todo, al Convenio de
Nueva York de 1958. Dado que España no ha formulado reserva alguna a este
convenio, resulta aplicable con independencia de la naturaleza comercial o no
de la controversia y de si el laudo ha sido o no dictado en un Estado parte en
el convenio. Esto significa que el ámbito de aplicación del Convenio de Nueva
York en España hace innecesario un régimen legal interno de exequátur de
laudos extranjeros, sin perjuicio de lo que pudieran disponer otros convenios
internacionales más favorables.
1. Esta Ley se aplicará a los arbitrajes cuyo lugar se halle dentro del territorio
español, sean de carácter interno o internacional, sin perjuicio de lo establecido
en tratados de los que España sea parte o en Leyes que contengan disposiciones especiales sobre arbitraje.
2. Las normas contenidas en los apartados 3, 4 y 6 del artículo 8, en el artículo
9, excepto el apartado 2, en los artículos 11 y 23 y en los títulos VIII y IX de
esta Ley se aplicarán aun cuando el lugar del arbitraje se encuentre fuera de
2. Cuando el arbitraje sea internacional y una de las partes sea un Estado o
una sociedad, organización o empresa controlada por un Estado, esa parte
no podrá invocar las prerrogativas de su propio derecho para sustraerse a las
obligaciones dimanantes del convenio arbitral.
1. El arbitraje tendrá carácter internacional cuando en él concurra alguna de las
a) Que, en el momento de celebración del convenio arbitral, las partes tengan
sus domicilios en Estados diferentes.
b) Que el lugar del arbitraje, determinado en el convenio arbitral o con arreglo a
éste, el lugar de cumplimiento de una parte sustancial de las obligaciones de la
relación jurídica de la que dimane la controversia o el lugar con el que ésta tenga una relación más estrecha, esté situado fuera del Estado en que las partes
tengan sus domicilios.
c) Que la relación jurídica de la que dimane la controversia afecte a intereses
2. A los efectos de lo dispuesto en el apartado anterior, si alguna de las partes
tiene más de un domicilio, se estará al que guarde una relación más estrecha
con el convenio arbitral; y si una parte no tiene ningún domicilio, se estará a su
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