Source: http://www.vitoria-gasteiz.org.es/La-Arqueologia-como-ciencia-de-investigacion-Subacuatico.htm
Timestamp: 2019-05-23 22:48:34
Document Index: 183571795

Matched Legal Cases: ['artículo 1', 'artículo 2', 'artículo 5', 'artículo 2', 'artículo 22', 'artículo 2', 'artículo 2']

VITORIA-GASTEIZ.ORG.ES | La Arqueología como ciencia de investigación histórica para la protección y difusión del Patrimonio Cultural Subacuático Rocío Castillo Belinchón.Museo Nacional de Arqueología Subacuática.
La Arqueología como ciencia de investigación histórica para la protección y difusión del Patrimonio Cultural Subacuático.
Rocío Castillo Belinchón.
Arqueóloga subacuática, formada en universidades de Madrid y Barcelona. Participó en proyectos de investigación y trabajos de campo, para instituciones públicas y empresas privadas en Murcia, Alicante, Cádiz, Baleares, Dublín, etc. También en cursos y congresos sobre Arqueología subacuática-marítima, legislación de PCS, puertos-fondeaderos antiguos y museología, teniendo numerosas publicaciones sobre esos temas. En 2006 regresa al Museo Nacional de Arqueología Subacuática en Cartagena, donde trabaja actualmente.
El concepto jurídico de Patrimonio Cultural Subacuático (PCS a partir de ahora) se utiliza por primera vez en 1978, en la Recomendación 848 del Consejo de Europa sobre PCS.
Desde ese momento, la inquietud de la comunidad científica por garantizar la protección del PCS se plasma en varios documentos: el proyecto fallido de Convenio Europeo para la protección del PCS, de 1985; la Carta Internacional del ICOMOS para la protección y gestión del PCS, conocida como la Carta de Sofía de 1996; o la recomendación 1486, del Consejo de Europa, sobre patrimonio cultural marítimo y fluvial, del 2000. Sin embargo, se trata de recomendaciones generales, de carácter orientativo y sin vinculación jurídica.
La Convención de la UNESCO de 2001 sobre la protección del PCS recoge el espíritu de los documentos citados y viene a llenar un vacío legal en la normativa internacional. Tras ser ratificada por los primeros veinte países, entró en vigor el 2 de enero de 2009. A partir de esa fecha tiene un carácter jurídico vinculante para todos los estados que la han ratificado, 46 países en marzo de 2014, e incluso su anexo ha adquirido tanta relevancia que es aceptado por los responsables de estados no firmantes.
El articulado de dicha Convención establece que por «patrimonio cultural subacuático se entiende todos los rastros de existencia humana que tengan un carácter cultural, histórico o arqueológico, que hayan estado bajo el agua, parcial o totalmente, de forma periódica o continua, por lo menos durante 100 años, tales como: los sitios, estructuras, edificios, objetos y restos humanos, junto con su contexto arqueológico y natural; los buques, aeronaves, otros medios de transporte o cualquier parte de ellos, su cargamento u otro contenido, junto con su contexto arqueológico y natural; y los objetos de carácter prehistórico» (artículo 1.a).
Este concepto es muy amplio en cuanto a los bienes que se relacionan e incluso incorpora el contexto arqueológico y natural de los mismos, aunque es restrictivo al establecer la antigüedad de los bienes en 100 años. En algunos países el límite está en 50, 60 o 75 años, o bien no hay ninguna restricción cronológica, como en el caso de España.
La Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español y el resto de leyes autonómicas en la materia coinciden en considerar como patrimonio arqueológico todos los bienes de carácter histórico o cultural que sean susceptibles de ser estudiados con metodología arqueológica, independientemente de su ubicación, su cronología y de si han sido extraídos o no. Por lo tanto, prima su valor cultural y el rigor científico en su estudio, no hay ninguna limitación temporal y solo se establece un requisito metodológico (Querol y Martínez, 1996).
En el año 2005, el Estado español fue uno de los primeros en ratificar en el Parlamento la Convención UNESCO de 2001. Tras su entrada en vigor el 2 de enero de 2009, el instrumento de ratificación del Estado español fue publicado en el BOE de 5 de marzo de 2009. Desde ese momento, la Convención del PCS forma parte del ordenamiento interno español, sólo por debajo de la Constitución y con rango superior a cualquier otra normativa estatal o autonómica promulgada hasta esa fecha y desde la misma (VV.AA., 2010: 48). El reto actual es crear un nuevo marco legislativo y reglamentario al respecto, que aplique los principios de la Convención.
Desde entonces, el único paso dado ha sido la puesta en marcha del Plan Nacional de Protección del PCS español (PCSE a partir de ahora), que se inspira y supone la asunción de los principios de la Convención UNESCO de 2001. Su origen fue un decálogo de medidas aprobado por el Consejo de Patrimonio en octubre de 2007 y ratificado por el Consejo de Ministros en noviembre del mismo año. Después se desarrolló en un documento conocido como Libro Verde del citado Plan, cuyos contenidos fueron validados en 2009. Se trata de un compromiso consensuado entre las distintas administraciones, que concluye con una propuesta de actuaciones prioritarias (medidas políticas, legislativas, administrativas y científicas, a nivel estatal y autonómico) a fin de conseguir una efectiva tutela y adecuada protección del PCSE para su utilización educativa, cultural y social (VV.AA., 2010: 92). Sin embargo, hasta ahora, solo se han suscrito algunos acuerdos interdepartamentales con otros ministerios, varios convenios con las comunidades autónomas y un acuerdo internacional de cooperación.
En la actualidad queda pendiente la adaptación e implementación de las normativas estatales y autonómicas, tanto las relativas al PCS o al patrimonio cultural en general, como el resto de las que directa o indirectamente afectan a este patrimonio (medioambientales, pesca, costas, puertos, navegación marítima, salvamento marítimo, contrabando, régimen sancionador, etc.). Hay que recordar que el régimen de salvamento y hallazgos y tesoros no es de aplicación al PCS (VV.AA., 2010: 59-60).
Por otra parte, en este momento, está en marcha el proyecto de una nueva Ley de Navegación Marítima, muy controvertida, que introduce cambios significativos en la gestión del PCS (VV.AA., 2010: 57-58; Lancho, 2013, 2014a y 2014b; San Claudio, 2014; García Calero, 2014).
Un patrimonio de la humanidad amenazado.
En la Convención UNESCO de 2001 se reconoce y se ensalza «la importancia del patrimonio cultural subacuático como parte integrante del patrimonio cultural de la humanidad y elemento de particular importancia en la historia de los pueblos, las naciones y sus relaciones mutuas en lo concerniente a su patrimonio común». Además se toma conciencia de la necesidad de protegerlo y se alerta sobre las amenazas a las que está sometido, entre ellas la explotación comercial (Azuar et alii, 2006: 80).
Uno de los principales objetivos de esta Convención es el de garantizar y fortalecer la protección del PCS, que es responsabilidad de los estados. Para ello, se señala que los Estados Partes, firmantes de la Convención, establecerán mecanismos de cooperación en la preservación del PCS en beneficio de la humanidad, individual o colectivamente, a través de acuerdos bilaterales o regionales (artículos 2.2, 2.3 y 2.4). Además se considera que es esencial para su protección ampliar la cooperación entre Estados a otros actores: organizaciones internacionales, instituciones científicas, organizaciones profesionales, arqueólogos, buzos, otras partes interesadas y el público en general.
Una de las mayores dificultades para garantizar la protección y preservación del PCS es la de determinar de quién es esa responsabilidad y, más aún, a quién «pertenece» ese patrimonio: ¿a los estados ribereños donde se localiza, a los estados de pabellón que abanderaron esos buques, a las personas o empresas que lo descubren o a la humanidad en su conjunto? Además, con ello se añade otra complejidad, la del emplazamiento de ese patrimonio.
Según el derecho internacional del mar (Convenio de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, Montego Bay, 1982), el Estado ribereño tiene plena soberanía en sus aguas continentales, aguas interiores y el mar territorial hasta las 12 millas náuticas (m.n.). A partir de ese límite va perdiendo competencias: en la zona contigua, entre las 12 y las 24 m.n., todavía conserva soberanía en varios aspectos entre ellos el PCS por referencia; en la plataforma continental sobre los recursos no vivos, y en la zona económica exclusiva sobre los recursos vivos. Por último, en alta mar, la denominada «Zona» a partir de las 200 m.n., prima el principio de libertad siempre que no se vean afectados los derechos legítimos de estados terceros.
El derecho internacional ­en general­ y el derecho del mar ­en particular­ regulan esos derechos legítimos por el principio de inmunidad soberana sobre los buques y aeronaves de Estado.
Un régimen según el cual el Estado de pabellón, salvo abandono expreso, conservaría todos sus derechos y títulos de propiedad sobre los buques/aeronaves de Estado, indistintamente del lugar dónde se hallen e indistintamente del tiempo transcurrido desde el hundimiento. Además, muchos pecios son asimismo tumbas de guerra, protegidas igualmente por el derecho internacional actual (Aznar, 2009: 41-42).
El principio de inmunidad soberana es defendido, sobre todo, por los estados que han sido grandes potencias navales y no aceptado por muchos de los estados ribereños, que fueron antiguas colonias. Esa falta de acuerdo generó muchos desencuentros en las negociaciones de la Convención de 2001 y hace que muchos países no la hayan ratificado.
España, durante esas negociaciones, mantuvo una actitud conciliadora frente a las dos posturas totalmente enfrentadas ­de máxima soberanía de una u otra parte­ y apostó por una línea de cooperación entre los países miembros en la protección de un patrimonio que es común (Azuar et alii, 2006: 80).
La Convención UNESCO de 2001 establece el régimen jurídico de los buques, dependiendo de si son buques de Estado o no, y en qué zona marítima estén situados. Respecto a la regulación jurídica de los primeros, para eludir los conflictos citados, mantiene un cierto equilibrio entre los derechos del Estado ribereño y los del Estado de pabellón. Cuanto más cerca esté el buque de la costa o mar territorial son mayores los derechos del Estado ribereño, y cuanto más lejos se ubique mayor soberanía tiene el Estado de pabellón (Azuar et alii, 2006, 80).
En la actualidad, los derechos del Estado de pabellón son reconocidos por los Estados Partes que han ratificado la Convención UNESCO, por los países que han suscrito convenios bilaterales o por aquellos que avalan el principio de inmunidad soberana. Potencias navales como Rusia, Gran Bretaña, Alemania, Japón o Francia manifestaron su adhesión a este principio en una declaración de 1995 (Aznar, 2009: 46).
En este sentido son muy importantes las recientes sentencias de los tribunales de los Estados Unidos a favor del Estado español, al reconocer el primer país el derecho de inmunidad soberana de los buques de Estado del segundo ­hundidos en sus aguas nacionales e incluso fuera de ellas­ y dictar sentencia en contra de dos compañías de cazatesoros norteamericanas. En primer lugar, contra la empresa Sea Hunt, Inc., que quiso aplicar la ley de salvamento a los restos de El Juno y La Galga, rescatados en Virginia.
Y en segundo lugar, contra la compañía Odyssey Marine Exploration en el caso de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, localizada y expoliada en aguas de la plataforma continental de Portugal (Aznar, 2010: 212-218). Estas sentencias son pioneras a nivel internacional, porque sientan un precedente legal al crear jurisprudencia firme en los tribunales anglosajones del «Admiralty Law», han sido un duro golpe para las empresas de cazatesoros y nos hacen concebir esperanza en un futuro mejor para la protección y conservación del PCS.
El expolio y las actividades no autorizadas dirigidas al PCS son una de las mayores amenazas a su preservación, aunque no las únicas. La acción de las empresas de cazatesoros y, en menor medida, de algunos expoliadores individuales, es devastadora, al convertir los bienes arqueológicos en objeto de explotación comercial. A ello se suma la actividad de centenares de buceadores deportivos que desconocen el valor de ese patrimonio y que pueden perturbarlo negativamente, incluso de manera no intencionada.
Ancla recuperada de uno de los pecios expoliados por la empresa Sea Hunt (1999). Archivo ARQUA.
Por otra parte, el PCS puede verse afectado de forma fortuita por el impacto negativo de actividades legítimas como fondeos, obras portuarias y marítimas ­dragados, emisarios, tendido de cables, etcétera­, pesca de arrastre, etc. Sin olvidar los factores físico-químicos, biológicos y mecánicos inherentes al medio subacuático que inciden en la conservación de los materiales arqueológicos.
Esas amenazas han sido discutidas en varios foros internacionales (Malta, 1992; Sofía, 1996; París, 2001) y han sido analizadas detenidamente por distintos autores (Negueruela, 2000b: 179-184; Grenier, 2006; García y Alzaga, 2009: 133-34; Manders, 2012: 6-11). Tal como señala Robert Grenier: «el verdadero enemigo de ese patrimonio subacuático es el ser humano, con sus equipos de inmersión, con sus dragas, con sus potentes equipos de construcción, motivado por ese poderoso enemigo del patrimonio cultural que es el afán de lucro, la avaricia. El verdadero peligro es el hombre. No obstante, es también el hombre quién puede erigirse en el protector, el salvador, dotado ahora de esta Convención de 2001 y de su anexo» (Grenier, 2006: XIV).
En este sentido, la Convención UNESCO de 2001 es muy clara y tajante. Uno de sus pilares más relevantes es defender y determinar que «el patrimonio cultural subacuático no será objeto de explotación comercial» (artículo 2.7). Para ello establece que «no deberá ser objeto de transacciones ni operaciones de venta, compra o trueque como bien comercial» puesto que «la realización de transacciones, la especulación o su dispersión irremediable es absolutamente incompatible con una protección y gestión correctas de ese patrimonio» (norma 2 del anexo).
Además, ante el resto de riesgos que amenazan al PCS, la Convención también marca varios principios de actuación. Por una parte, establece que «cada Estado Parte empleará los medios más viables de que disponga para evitar o atenuar cualquier posible repercusión negativa de actividades, bajo su jurisdicción, que afecten de manera fortuita al PCS» (artículo 5). Por otra, promueve un acceso responsable y no perjudicial del público al PCS in situ, siempre que sea compatible con su protección y gestión, para favorecer la sensibilización de la sociedad (artículo 2.10).
Por último, hay otro factor que obstaculiza la preservación del PCS: la inaccesibilidad al propio medio subacuático hace que habitualmente el patrimonio subacuático sea «invisible» y, por ello, más complicado de proteger. La dificultad de observar, conocer y constatar el impacto de esos peligros hace que muchas veces ni siquiera sepamos lo que está ocurriendo: «bajo el mar, la acción de los hombres o de las fuerzas de la naturaleza puede destruir sitios irremplazables sin que nadie lo sepa... Bajo el agua, prácticamente todo pasa desapercibido» (Grenier, 2006: XIV). Consecuentemente, es muy difícil vigilar directamente los yacimientos subacuáticos para evitar los riesgos a los que están sometidos (Castillo, 2009: 12-13).
La investigación arqueológica tiene dos objetivos principales. En primer lugar, el análisis, comprensión y explicación de las sociedades humanas pretéritas, a través del estudio de su cultura material y sus contextos con metodología arqueológica. Y, en segundo lugar, aunque igualmente importante, la transmisión del conocimiento adquirido a la sociedad (San Martín, 1994: 14-16; Nieto, 2009: 183-184).
La Arqueología es una ciencia de investigación histórica que utiliza un método científico para investigar y obtener un conocimiento que pasa a formar parte de la Historia. Por tanto, no es una ciencia auxiliar de la Historia, sino una ciencia histórica porque es a la vez fuente para la Historia y una forma de hacer historia (Bendala, 1981). Es una ciencia horizontal que sirve para hacer historia, cualquier clase de historia, de cualquier época, en cualquier medio y con distintos procedimientos (Querol y Martínez, 1996).
El arqueólogo es ante todo un historiador, un historiador especializado en el estudio de las fuentes materiales y de sus técnicas específicas, aunque conoce y aprovecha las demás fuentes ­escritas, verbales, visuales­. Su objetivo último es ampliar el conocimiento para hacer historia.
Toda investigación arqueológica comienza con el planteamiento de unos objetivos científicos y una hipótesis de partida para elaborar un proyecto. Éste se nutre de distintas fuentes, utiliza un procedimiento, unos métodos y unas técnicas para verificar o no la hipótesis de partida. A continuación se analizan, estudian e interpretan los resultados obtenidos para alcanzar unas conclusiones históricas, que se tienen que transmitir al resto de la comunidad científica y al público en general.
La Arqueología no debe identificarse con el método arqueológico, que solo es un medio, y mucho menos con las técnicas que utiliza. Tampoco hay que identificar Arqueología con la excavación y la recuperación de objetos. Como en cualquier otra disciplina, el método científico no es un fin en sí mismo sino un camino hacia el conocimiento.
La metodología se debe ajustar a los objetivos del proyecto y las técnicas utilizadas deben ser lo menos perjudiciales posible, tal y como establece la Convención UNESCO (norma 16 del anexo). Ambas, metodología y técnica, tienen que adaptarse a la casuística de cada yacimiento, que es único. Su elección está condicionada por distintos factores: las características propias del sitio ­el tipo de yacimiento y su importancia científica­; las peculiaridades de su entorno natural; y los medios humanos, técnicos y económicos disponibles para garantizar la consecución de los objetivos planteados.
En el ámbito del PCS, el arqueólogo aborda el estudio de un patrimonio muy variado con distintos tipos de yacimientos: infraestructuras portuarias, como las de Delos en Grecia, Cesarea Marítima en Israel, Alejandría en Egipto, Ampurias en España; infraestructuras pesqueras, como las piscifactorías romanas en las costas mediterráneas de Italia y España o los corrales de pesca de Cádiz o las anclas de almadraba; infraestructuras de comunicación, como las cimentaciones de puentes documentadas en Irlanda, Inglaterra o Zaragoza; concentraciones de objetos en fondeaderos y puertos en todo el mundo; ofrendas ceremoniales en islas o lagos, como el Titicaca en Bolivia, la laguna de Culebrillas en Ecuador o el volcán Nevado de Toluca en México; objetos aislados, huella de la presencia o actividad humana; etc. Sin olvidar el tipo de yacimiento subacuático por antonomasia, el pecio, que puede presentar restos de arquitectura naval o de su cargamento o ambos. Entre los miles de ejemplos existentes, destacan los míticos Ulu Burun, Kyrenia, Grand Congloué, Yassi Ada, Serçe Limani entre otros; los galeones de los siglos XVI-XVIII; los buques hundidos en batallas navales del XIX, como la del cabo de Santa María o Trafalgar, o bien barcos de vapor de esa época; y los pecios del siglo XX, desde el Titanic a los submarinos de las guerras mundiales o incluso aviones hundidos, como el pilotado por Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito.
A ellos se suman otros yacimientos que, circunstancialmente, quedaron sumergidos, total o parcialmente: cuevas con objetos y pinturas prehistóricas, como las de la Gruta Cosquer en Francia o las de los Cenotes de las Calaveras y de las Manos en México; poblados lacustres, neolíticos o de la Edad del Bronce, como los de los Bañoles en Gerona, Charavines en el sureste de Francia y Neuchatel en Suiza; ciudades y puertos costeros, como los de Baia en Italia, Port Royal en Jamaica, etc.; asentamientos coloniales como Santa Fe la Vieja en Argentina o Tierra Bomba en Colombia; fortines y baterías costeras, como los del litoral colombiano, entre otros muchos ejemplos.
Además, también influye la diversidad de los emplazamientos de estos yacimientos, bajo el mar, en zonas intermareales, en aguas interiores ­ríos, lagos, cenotes, cloacas, pozos, etc.­, en niveles freáticos o inundables e incluso en tierra firme. Sirvan de ejemplo los siguientes casos: la embarcación de Matagrana localizada en zona intermareal en Huelva; el cementerio romano documentado en el río Ródano, Francia; el barco medieval Les Sorres X en el delta del río Llobregat, Barcelona; las cloacas romanas estudiadas en Italia y Malta; los restos del puerto de Oiasso, en niveles freáticos de Hondarribia, Guipúzcoa; o los barcos localizados en obras terrestres en Marsella, Pisa, Nápoles o más recientemente en el puerto de Teodosio en Estambul.
Muchas son las publicaciones que tratan de la metodología y las técnicas de la arqueología subacuática o de las fases del procedimiento de investigación. En este sentido, el anexo de la Convención UNESCO 2001 desarrolla una serie de protocolos generales de intervención en el patrimonio sumergido, un conjunto de normas básicas que conforman un límite mínimo infranqueable y constituyen un verdadero código deontológico de la arqueología subacuática (VV.AA., 2010: 49; Azuar et alii, 2006: 75). Su contenido es básicamente el mismo que el de la Carta de Sofía de 1996, de ICOMOS, por lo que es un documento generado por la comunidad científica que adquiere fuerza jurídica y carácter vinculante al incluirse en la Convención (Azuar et alii, 2006: 80). Ello explica que haya alcanzado bastante relevancia y trascendencia, al ser incluso aceptado y aplicado por los responsables políticos de algunos países no firmantes ­como EEUU, Reino Unido, Holanda o Australia­ que han incluido el Anexo en sus respectivos reglamentos nacionales. Recientemente, la UNESCO ha publicado un manual con las directrices para la aplicación del Anexo de la citada Convención (Maarleved, Guérin y Egger, 2013).
Las actuaciones arqueológicas dirigidas a ese heterogéneo PCS tienen que enfrentarse a una problemática técnica común, al desarrollarse en el medio subacuático y en unas condiciones ambientales determinadas ­profundidad, tipo de fondo, visibilidad, temperatura­. Por eso, es necesaria una programación muy exhaustiva y resulta imprescindible que todo esté perfectamente planificado y preparado fuera del agua, para poder optimizar el tiempo de inmersión.
«Todo proyecto dirigido al PCS debe ajustarse, lógica y estrictamente, al texto y al espíritu de la Convención UNESCO de 2001, muy particularmente a las normas recogidas en su anexo» (VV.AA., 2010: 71). Independientemente del tipo de yacimiento en el que se vaya a actuar, la clase de intervención arqueológica a realizar y el procedimiento, el método y las técnicas a utilizar, toda intervención tiene que seguir el mismo planteamiento metodológico general que se sintetiza a continuación.
Antes de iniciar cualquier actuación arqueológica hay que elaborar un proyecto científico, que debe ser autorizado por las autoridades competentes. Además se tiene que contar con los medios humanos, técnicos y, sobre todo, con la financiación suficiente para garantizar que se pueden culminar todas las fases del proyecto: las actuaciones preliminares, la propia intervención arqueológica subacuática (prospección, sondeos, excavación, cubrición u otros), la protección del yacimiento in situ, la conservación y estudio de los materiales, junto con la interpretación, publicación y difusión de los resultados. Si no se pudiera asegurar la disponibilidad de medios para todas las fases del proyecto, hay que hacer un ejercicio de responsabilidad y no comenzar la actuación hasta que ésta se pueda acometer con las garantías suficientes.
Protección y gestión del PCS.
La necesidad de establecer una correcta tutela del PCS pasa inevitablemente por tener un conocimiento integral del mismo, ya que «no se puede proteger aquello que no se conoce».
Desde la Segunda Guerra Mundial, distintas recomendaciones y convenciones internacionales han insistido en la necesidad de inventariar el patrimonio con el objetivo de contar con una herramienta eficaz que permita su protección. En 1996 la Carta de Sofía de ICOMOS fue más allá, al establecer la utilidad de los inventarios no solo para la protección sino también para la gestión del PCS. La Convención UNESCO de 2001 avanza en esa línea: establece que las autoridades se harán cargo de la elaboración, mantenimiento y actualización de los inventarios del PCS para garantizar de forma eficaz la protección, conservación, preservación y gestión del PCS, así como la investigación y difusión del mismo (artículo 22.1). Es decir, que los inventarios y cartas arqueológicas son el pilar fundamental para cualquier otro tipo de actuación.
Los inventarios tradicionales se centraban en la localización, la caracterización y la delimitación de los yacimientos, lo que resulta insuficiente en la actualidad. Las cartas arqueológicas subacuáticas tienen objetivos más amplios: en primer lugar, localizar, identificar y evaluar el PCS susceptible de ser investigado con metodología arqueológica; después, diagnosticar su estado de conservación y los posibles riesgos ­naturales y antrópicos­ para su preservación; y, por último, proponer acciones que permitan proteger, conservar, investigar y difundir este patrimonio.
Para la consecución de dichos objetivos es necesario realizar una documentación previa al estudio arqueológico, el propio trabajo de campo y la sistematización de los resultados, tal como se explica a continuación.
Se comienza con una recopilación y análisis de todas las fuentes documentales relacionadas con la zona de estudio: bibliografía; documentación en archivos ­históricos, portuarios u otros­ y en museos; cartografía, toponimia, fotografía; geomorfología y dinámica litoral; intervenciones arqueológicas terrestres y subacuáticas previas; información oral y hallazgos casuales, etc. Asimismo, hay que evaluar la importancia del propio yacimiento y de su entorno natural, su vulnerabilidad y las consecuencias de la actuación o de cualquier intrusión en su estabilidad a largo plazo, tal como establece la Convención de 2001 (normas 14 y 15 del anexo). A continuación hay que procesar la información y confrontar los datos recopilados de las distintas fuentes, para definir las áreas susceptibles de ser investigadas con metodología arqueológica y poder planificar la actuación de campo, en este caso, subacuática.
Para realizar el estudio arqueológico de la zona se deben priorizar las actividades no intrusivas de reconocimiento y de localización de bienes integrantes del PCS frente a la excavación de los mismos. La Convención UNESCO de 2001 insiste en ello, señala que es preferible el uso de técnicas y métodos de exploración no destructivos frente a la recuperación de objetos (norma 4 del anexo).
La prospección arqueológica subacuática se puede realizar con medios humanos o mediante teledetección. Los arqueólogos subacuáticos hacen reconocimientos visuales con distintos métodos: inspección, recorridos por rumbos, círculos concéntricos, remolque con planeador, etc. Generalmente, estos trabajos se llevan a cabo en zonas puntuales y poco profundas, hasta la cota batimétrica de ­30 metros.
Para cotas mayores o zonas de gran extensión se realizan prospecciones geofísicas, con métodos sísmicos o magnéticos y sus distintas técnicas: sonar de barrido lateral, perfilador de fondos, sonar de apertura sintética, multibeam u otros, de una parte; y magnetómetro de protones, gravímetro, etc. de otra. Estas técnicas proporcionan una cartografía georreferenciada de los fondos marinos y de las anomalías detectadas en la zona de estudio. Posteriormente, aquellos registros de posible interés que se encuentren en superficie se comprueban con arqueólogos buceadores o vehículos operados remotamente ­ROV­ equipados con cámaras de fotografía y vídeo u otros medios.
Prospección arqueo-geofísica de la bahía de Cartagena (2008). Autor imagen: Fundación Aurora Trust. Archivo ARQUA.
En los casos en que se verifica el interés arqueológico del sitio, se procede al posicionamiento, delimitación, documentación y análisis del estado de conservación del yacimiento, así como a su adscripción tipológica y cronológica. Y, ocasionalmente, si fuese imprescindible para poder visualizar y valorar correctamente el yacimiento, se realizan sondeos de comprobación.
Una vez concluidos los estudios preliminares y las actuaciones arqueológicas, es imprescindible sistematizar toda la información obtenida en bases de datos normalizadas y en Sistemas de Información Geográfica (SIG). Eso facilita el intercambio de información y hace posible un análisis espacial de los yacimientos, así como una gestión eficaz de los mismos (Benítez y Alonso, 2011).
En definitiva, la Carta Arqueológica no debe entenderse como un fin en sí mismo, sino como «una herramienta imprescindible que permita disponer de la información suficiente para elaborar políticas correctas de gestión del PCS» (VV.AA., 2010: 40). Es un proyecto abierto, que requiere una continua actualización. El análisis de la información obtenida permite diseñar líneas generales de actuación de los órganos de gestión de este patrimonio, planificar actuaciones futuras de protección-conservación o estrategias de investigación y difusión, así como fomentar la protección jurídica y física del PCS (VV.AA., 2010: 43-44).
Protección jurídica y física del PCS.
La creación y aplicación de figuras de protección jurídica específicas para yacimientos arqueológicos subacuáticos, conocidos o no, es una necesidad. En España, las «zonas arqueológicas» conocidas pueden alcanzar una protección jurídica integral al ser declaradas como Bienes de Interés Cultural (BIC). Por otra parte, aquellas zonas del litoral donde se constate o se presuma la existencia de restos arqueológicos podrían protegerse como «zonas de protección arqueológica».
Esta solución existe en algunas normativas autonómicas con figuras de protección tales como las «zonas de servidumbre arqueológica» y los «espacios de protección arqueológica», que ya se están utilizando para el PCS de Andalucía y Cataluña respectivamente (VV.AA., 2010: 54 y 60).
En Andalucía, en 2008, se promovió la declaración como BIC, en la categoría de Zonas Arqueológicas, de 53 yacimientos subacuáticos conocidos. Asimismo, se declararon como Zonas de Servidumbre Arqueológica 43 espacios subacuáticos de interés (BOJA n.º 48, de 10/03/08; García y Alzaga, 2009: 142). Estas incoaciones generalizadas sitúan a la comunidad andaluza como la pionera en España en este ámbito, puesto que en el resto de regiones solo algunos yacimientos subacuáticos gozan de protección jurídica.
Desafortunadamente, la aplicación sistemática de figuras de protección todavía es una asignatura pendiente en la mayoría de las administraciones y órganos gestores del PCS en España.
En otros países también se ha llevado a cabo la protección legal de determinados yacimientos y sus entornos, a menudo en combinación con la protección física de los mismos para garantizar su preservación o facilitar su puesta en valor. Sirvan de ejemplo las experiencias realizadas en Holanda, Francia, Portugal, Italia, Canadá, EEUU, Australia o Sudáfrica, entre otros.
La protección física de los yacimientos subacuáticos se hace necesaria para conservar adecuadamente el PCS, especialmente en aquellos sitios que están en peligro por su propia fragilidad ­restos orgánicos no enterrados­ o por la agresión de agentes naturales ­oleaje, corrientes, etc.­ y, sobre todo, por la acción humana fortuita o intencionada, como se ha explicado anteriormente.
Para evitar o paliar esos peligros, se pueden utilizar diferentes sistemas de protección física y conservación in situ en distintos momentos: antes de comenzar la excavación, si ésta no se puede acometer por motivos técnicos, científicos o económicos; durante la misma, si el yacimiento así lo requiere; y siempre al terminar, para tapar y dejar el entorno natural tal como estaba y proteger adecuadamente los restos que no se recuperen (Castillo, 2009: 13). Se trata de sistemas de protección preventivos y pasivos, a los que se suman sistemas activos de vigilancia (Negueruela, 2000a: 112-115 y 2000b: 192-194; Castillo, 2008: 48-49 y 2009: 19).
A ese respecto la Convención de 2001, considera la conservación in situ como opción prioritaria para proteger el PCS (artículo 2.5 y norma 1). Además establece un programa de gestión del yacimiento que tiene que preveer la protección y gestión in situ del PCS durante el trabajo de campo y tras su conclusión. Para ello, determina que se deben tomar las medidas adecuadas para la estabilización del sitio, su control sistemático y su protección de las intrusiones (norma 25 del anexo).
Para estabilizar los sedimentos en los yacimientos subacuáticos, de forma temporal o definitiva, existen distintos sistemas y métodos de cubrición (Davidde, 2004: 139-147; Castillo, 2009: 13-27; Manders, 2012: 20-28; Pesic, 2014: 98-105). Con frecuencia se tienen que combinar varios métodos o desarrollar nuevos para adaptarlos a las características intrínsecas y del entorno natural de cada yacimiento.
La utilización de sacos de arena es un método barato y efectivo, sencillo y reversible que se emplea en muchos países, entre ellos Australia o Italia (Coroneos, 2006: 55-57; Davidde, 2004: 143).
Para la protección de estructuras arqueológicas sumergidas, en Italia, se están utilizando materiales geosintéticos en recipientes llenos de arena (Aminti y Cappuchini, 2012: 29-31).
En otras ocasiones se emplea un sistema de redes, como el usado por Holanda para proteger sus pecios en aguas nacionales y de terceros países ­Sri Lanka­(Manders, 2006: 70-72 y 58-60).
En el caso de embarcaciones de madera hay varias alternativas. En Red Bay ­Canadá­ se desmanteló el maderamen del barco y se volvió a enterrar bajo la arena, en varias capas.
Se instalaron tubos de muestreo y el conjunto se selló con sacos de arena, piedras y una lona fijada con neumáticos rellenos de cemento (Waddell, 2007: 159-163). El barco Culip VI ­Gerona­ permaneció completo in situ y se reenterró con arena y bloques de posidonia natural (Jover, 1998: 31). En el William Salthouse ­Australia­ se logró estabilizar los
sedimentos con matas de posidonia artificial (Staniforth, 2006: 52-54). En los barcos fenicios de Mazarrón se colocaron túmulos artificiales antes de su excavación, sacos de arena durante la misma y una estructura metálica conocida como «caja fuerte» durante y después de la actuación (Cabrera et alii, 1992; Negueruela 2000a: 112-115 y 2000b: 192-194).
«Caja fuerte» utilizada durante la excavación del barco Mazarrón 2 (1999-2000). Archivo ARQUA.
Para preservar in situ cargamentos de ánforas romanas se emplean distintos métodos. El pecio Bou Ferrer ­Alicante­ está protegido con un sistema combinado de redes, enrejados, bloques y cadenas (de Juan et alii, 2011:180). En varios pecios en Croacia se instalaron jaulas metálicas, que han permitido su protección ante posibles saqueos y han hecho posible inmersiones turísticas seguras (Jurisic,2006: 147-156).
El control sistemático y la protección de las intrusiones, también establecida por la Convención de 2001, se lleva a cabo de distintas formas: con una monitorización posterior a la estabilización del yacimiento, mediante la implicación de actores sociales locales y con sistemas de vigilancia e inspección. Sirvan de ejemplo los trabajos de monitorización extensiva realizados en Holanda, al controlar las condiciones ambientales del pecio con toma de muestras y la evolución del sistema de protección mediante una campaña anual con multibeam (Manders, 2006: 72).
También el sistema de telecontrol con cámaras subacuáticas, usado en Sicilia, que permite una vigilancia del yacimiento en tiempo real y su disfrute por el público en general, ya que las imágenes pueden ser visionadas vía Internet (Tusa, 2009: 668). Este exitoso método se intentó extender a otros países a través del proyecto europeo MUN: Mediterranean Underwater Netword (Tusa, 2009: 668; Castillo, 2009: 30-31).
La medida más eficaz para la protección del PCS es la sensibilización pública en relación a la conservación de este bien común. Para ello es fundamental la implicación de pescadores, submarinistas y habitantes de la zona en la conservación de los yacimientos locales (VV.AA., 2010: 58-59). En países como Portugal, Italia, Croacia o Suecia, entre otros, la implicación o colaboración de los clubs de buceo en la gestión de yacimientos abiertos al público buceador ha permitido garantizar la preservación de ese patrimonio subacuático y el desarrollo sostenible de las comunidades locales (Alvés, 2006; Tusa, 2009; Flyg, 2011). Por ello, es imprescindible proteger el PCS para que en el futuro «podamos bucear en la Historia», tal como señala R. Stanley, «We need to protect what we have, so that in the future, we can, "Dive into History"» (Stanley, 2006: 4).
Además, hay que establecer un régimen de vigilancia, control e inspección del PCS para evitar su desprotección, los atentados contra el mismo y el expolio. Ello exige una coordinación permanente entre las administraciones públicas implicadas: las de Cultura, los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, la Armada, etc. En España, por ejemplo, se están haciendo experiencias piloto al incluir algunas áreas arqueológicas en los sistemas de vigilancia existentes, como el Sistema Integral de Vigilancia Exterior (SIVE). Al mismo tiempo se pretende fomentar proyectos de investigación de desarrollo de nuevos sistemas de vigilancia indirecta adaptados al PCS (VV.AA., 2010: 59).
Documentación, conservación, análisis y el estudio del PCS.
La documentación de los bienes arqueológicos y sus contextos es la parte más importante de cualquier intervención para evitar que se pierdan documentos históricos irrepetibles.
Eso se hace más evidente en el caso de sondeos y excavaciones, que son los métodos más intrusivos y destructivos. Asegurar un buen registro arqueológico y una exhaustiva documentación permitirá interpretar los materiales arqueológicos, reconstruir a posteriori el yacimiento y valorar su significado histórico. De la calidad de estos trabajos dependerá en gran medida la fiabilidad de las conclusiones (Nieto, 2009: 186).
La realización de sondeos previos permite valorar la presencia del PCS en el subsuelo. Proporciona al arqueólogo una aproximación directa y más fiable a la realidad y la problemática del yacimiento, aporta informaciones imprescindibles para poder reflexionar y tomar una decisión sobre la conveniencia o no de excavar (Nieto, 2009: 185). También ayuda a diagnosticar su importancia y valorar su estado de conservación, delimitar su extensión y comprobar su potencia, y planificar una futura excavación en extensión.
Asimismo, en el caso de las intervenciones de impacto ambiental, una adecuada retícula de sondeos hace posible valorar la afección de la obra sobre el PCS y tomar las medidas necesarias para evitar o mitigar su posible impacto arqueológico.
La decisión de excavar un yacimiento sólo está justificada por su interés científico o por la necesidad de garantizar su protección frente a riesgos naturales o antrópicos. Por ello, solo se autorizará cuando constituya una contribución significativa a la protección, el conocimiento o el realce de este patrimonio. En estos casos se procurará que las técnicas y métodos empleados sean lo menos dañinos posible y contribuyan a la preservación de los vestigios (normas 1 y 4 del anexo de la Convención de 2001).
Además, antes de comenzar la excavación de un yacimiento hay que valorar y sopesar distintos condicionantes: la importancia científica del mismo, la preparación científica y técnica del equipo humano, la problemática técnica, la disponibilidad de tiempo, los medios técnicos, económicos y humanos para garantizar la propia excavación y sobre todo el proceso posterior post-excavación (Nieto, 2009: 185-186).
Cualquier campaña de excavación se inicia con la señalización, reticulado del área e instalación de puntos de control topográficos, lo que permite realizar la cartografía general del yacimiento y ubicar los bienes muebles o inmuebles localizados. A continuación se procede a la eliminación de sedimentos, capa a capa, utilizando mangas de succión. Solo se puede pasar a excavar la siguiente capa o estrato cuando se ha completado el registro de los contextos y los bienes arqueológicos localizados. Para ello, es imprescindible llevar a cabo una documentación sistemática, exhaustiva y progresiva. Se etiquetan los objetos o los elementos estructurales y se registran con distintos métodos y técnicas: dibujo de planos, secciones y detalles; fotografía, fotomosaico, fotogrametría, etc.
En paralelo a estas intervenciones se acomete el trabajo de gabinete correspondiente: diarios, apuntes de campo, volcado de fotografías y dibujos, elaboración de planos, secciones, bases de datos, etc. Además, en el caso de que sea necesaria la recuperación de materiales arqueológicos, se procede al registro preliminar de los mismos (inventario previo y documentación básica) y a su conservación preventiva.
Al programa de documentación (normas 26 y 27 del anexo), se suman los de gestión del sitio y conservación de los materiales, que se tienen que llevar a cabo en cualquier tipo de actuación: prospección, sondeos, excavación u otras. Asimismo, son necesarios cuando se realicen tareas de estabilización, mantenimiento o limpieza en un yacimiento, para poder garantizar su preservación y conservación in situ o bien, cuando sea posible, hacer posible un acceso responsable del público.
El programa de gestión del sitio tiene que preveer las medidas necesarias para garantizar la protección y conservación del yacimiento durante la actuación y sobre todo a su cierre temporal o definitivo. Entre ellas, como se ha comentado anteriormente, están la estabilización del sitio, su control sistemático y la protección de las intrusiones (norma 24 del anexo).
El programa de conservación tiene que efectuarse de conformidad de las normas profesionales vigentes. La recuperación de bienes arqueológicos de procedencia subacuática, por arqueólogos o/y restauradores especializados, sólo debe acometerse cuando se pueda garantizar una conservación adecuada de los mismos en todas las fases del proceso, durante su extracción, su traslado a los laboratorios y, especialmente, a largo plazo (norma 24 del anexo).
Durante la campaña, se tienen que tomar las medidas de conservación preventiva necesarias para evitar que los objetos sufran alteraciones en su transición del medio acuático ­en el que habían alcanzado un equilibrio­ al medio aéreo ­dónde se conservarán en el futuro­. Una extracción inadecuada puede destruir en muy poco tiempo lo que se ha conservado durante años o siglos.
La posterior conservación de los materiales arqueológicos de procedencia subacuática es un proceso largo, delicado y costoso. Por ello, antes de comenzar la intervención hay que tener disponibles todos los medios humanos, técnicos y económicos precisos para asegurar que se puede ejecutar el proceso completo de estabilización, conservación y, en su caso, restauración, de dichos objetos. Una labor que puede llevar a los restauradores especializados varios meses o en ocasiones varios años.
Esa labor de conservación continúa en el museo. Las revisiones y controles periódicos en salas de exposición y almacenes permiten garantizar que los objetos se preserven en óptimas condiciones, tal como establece la Convención UNESCO de 2001: «El PCS recuperado se depositará, guardará y gestionará de tal forma que se asegure su preservación a largo plazo» (artículo 2.6). De la misma manera, se tiene que velar por la conservación de los archivos del proyecto, incluido cualquier bien del PCS que se haya extraído y una copia de toda la documentación de apoyo, que «se conservarán, en la medida de lo posible, juntos e intactos en forma de colección» (norma 33 del anexo).
Sin embargo, la actuación arqueológica no concluye cuando finaliza la propia intervención subacuática y los materiales llegan, se conservan o se restauran y son expuestos o almacenados en el museo. En ese momento se intensifica la investigación del PCS documentado y conservado, a través del análisis y del estudio los restos materiales, sus características, su contexto, sus paralelos y su significado (Castillo, 2008: 50). Para ello, el equipo interdisciplinar de profesionales implicados se sigue ampliando: a los arqueólogos, documentalistas, restauradores y químicos, se suman ahora los técnicos de laboratorio, especialistas en arqueometría y museólogos, entre otros.
La aplicación al material arqueológico de las técnicas experimentales de otras disciplinas como la física, la química o la geología, a través de la arqueometría, permite obtener datos objetivos muy reveladores. Por una parte, para determinar la naturaleza y el estado de conservación de las piezas y así poder elegir el tratamiento más adecuado que garantice su adecuada preservación. Por otra, para averiguar la procedencia de los objetos recuperados y hacer una aproximación a su datación, entre otras cuestiones.
La reciente investigación realizada en una muestra de las monedas de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, depositadas en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática, es un ejemplo de ello. La colaboración con el SAI (Servicio de Apoyo a la Investigación de la Universidad Politécnica de Cartagena) ha permitido los análisis de identificación mineralógica de las concreciones por difracción de rayos X, tras una inspección bajo microscopia electrónica de rastreo y microanálisis tipo EDX. De esa forma, se ha podido hacer una caracterización muy precisa de los productos de corrosión presentes en cada grupo de monedas y en base a ello ­según cada patología­ proponer los tratamientos más adecuados, que se están acometiendo en la actualidad (Buendía, Gómez-Gil y Sierra, en prensa).
La caracterización arqueométrica de las cerámicas arqueológicas es un proceso complejo, en él se obtienen mejores resultados al combinar el uso de distintas técnicas: físico-químicas, mineralógicas y petrológicas.
Ello permite resolver algunas cuestiones sobre este fósil director: ¿cuándo fue realizada?, ¿cómo fue fabricada? ¿de dónde proviene? ¿por qué y como se distribuye? Por ejemplo, conocer de dónde proviene un fragmento cerámico puede ayudar a establecer la distribución del material, su consiguiente comercio e intercambio, las rutas e incluso el movimiento de poblaciones. Lo más importante es la interactuación entre los resultados analíticos y los resultados arqueológicos que se validan entre sí y permiten avanzar conjuntamente en la interpretación histórica de estos bienes culturales (Cau, 2009: 289 y ss.).
La datación de los materiales arqueológicos se realiza con distintos procedimientos y técnicas.
Las más conocidas son la dendrocronología y la datación por radio-carbono, para objetos de naturaleza orgánica. También existen otras herramientas más novedosas, como la rehidroxilación utilizada en la datación de cerámicas. Conocer la cronología de los documentos o materiales estudiados es primordial en arqueología, como en cualquier disciplina histórica.
Por otra parte, se llevan a cabo los inventarios definitivos de los materiales recuperados y su catalogación comparada, el dibujo de las piezas más representativas, el análisis de los resultados arqueométricos, la búsqueda de paralelos, etc. De esa forma, los arqueólogos van avanzando en el estudio de los bienes y contextos arqueológicos documentados, de las estructuras si las hubiera y del propio yacimiento, lo que les permitirá acometer las siguientes fases de su investigación: la interpretación y difusión de resultados.
La Arqueología subacuática como fuente de conocimiento.
Tras recopilar los resultados de las fases anteriores, los arqueólogos tienen que estudiar e interpretar los restos materiales junto con sus contextos arqueológicos y naturales como un documento histórico, como una fuente de información histórica. Estudian los objetos y los yacimientos no como un fin en si mismo sino como un medio para llegar a conclusiones históricas sobre su entorno geográfico, económico y cultural.
Las informaciones obtenidas deben ser estudiadas en sus interrelaciones temporales y espaciales. Es importante ubicar en el tiempo esos resultados, llegar a una aproximación cronológica en tiempo absoluto o relativo. Asimismo, es elemental la ubicación espacial y el estudio de las relaciones espaciales entre el yacimiento y su entorno, entre los distintos yacimientos o entre los materiales y su distribución.
Solo la investigación, interrelación e interpretación de los bienes arqueológicos y las informaciones obtenidas, permiten sacar conclusiones y puede hacer hablar a los objetos en sus contextos arqueológicos y naturales. Hay que preguntar e interrogar a los objetos y a los yacimientos, para lograr que nos relaten el modo de vida de las sociedades y de las gentes del pasado, de sus actividades y costumbres, así como sus relaciones internas y externas. En definitiva, conseguir una mejor comprensión de las sociedades pasadas a través del estudio de su cultura material, que es una evidencia del devenir de la humanidad. De esa forma, se alcanza uno de los principales objetivos de cualquier investigación arqueológica-histórica: aumentar el conocimiento e incluir ese conocimiento adquirido en el cuerpo de la Historia.
Lo mismo ocurre en el caso de la Arqueología subacuática. Con sus investigaciones se consigue avanzar en el conocimiento del PCS y hacer Historia, una historia vista desde el mar, los ríos, los lagos u otras superficies de agua. Así es posible documentar y mejorar el conocimiento de la actividad humana relacionada con los ríos y los lagos, los poblados, puertos y ciudades costeras o sumergidas, las rutas de navegación y la dinámica comercial marítimo-fluvial, los puertos y fondeaderos, la arquitectura naval, el origen, distribución y destino de los cargamentos, la vida a bordo, etc. Ello nos permite hacer Historia social, económica, política, comercial, marítima, fluvial, naval, náutica, etc.
Por ejemplo, una completa investigación arqueológica de un pecio lo transforma en «un medio de transporte cargado de conocimiento» y proporciona un gran volumen de información.
Una exhaustiva documentación de la estructura de la embarcación permite deducir su función, métodos y técnicas de construcción naval. El estudio del cargamento hace posible averiguar su origen, su contenido, su ruta y su posible destino. El análisis de los utensilios personales nos habla de la vida a bordo y las costumbres de los tripulantes o viajeros. La observación del estado de conservación del pecio puede permitir conocer las causas del hundimiento y su proceso de deposición.
Por lo tanto, un barco hundido es mucho más que un conjunto o cápsula cerrada en el tiempo. El pecio es un documento en sí mismo, una realidad biunívoca entre continente y contenido, la propia embarcación y el cargamento, en el que la arquitectura naval da respuesta a las necesidades que plantea la carga. Además, un barco hundido alcanza su pleno valor como documento histórico en cuanto que es reflejo de la realidad histórica en tierra firme, de la situación social, económica y cultural de los grupos humanos ubicados tanto en el puerto de origen como en el de destino no alcanzado por la nave (Nieto, 2009: 187).
De esa forma, una exhaustiva documentación científica de un barco hundido lo transforma en un documento de investigación histórica de gran relevancia, contribuye al conocimiento científico y se convierte en una fuente y una forma de hacer historia náutica, naval, marítima, comercial, militar, social, etc. Sin investigación, sin interpretación y sin comunicación, ningún yacimiento transmite nada. Tal como señala Pernilla Flyg, si no se narran las historias de un pecio, éste es solo un «objeto inanimado»: «Without the stories, the silent shipwreck sitting on the bottom of the sea, is just an inanimate object» (Flyg, 2011: 290).
Afortunadamente, son muchos los proyectos de investigación científica que nos permiten conocer las historias de embarcaciones que surcaron nuestros mares.
Excavación y documentación en el yacimiento de Punta de Algas (2011). Archivo ARQUA.
En España sirvan de ejemplo los barcos fenicios de Mazarrón, la nave griega de Cala Sant Vicenç, las numerosas embarcaciones romanas (Escombreras 1, Culip IV y VIII, Bou-Ferrer, etc.), los barcos medievales de Culip VI y Le Sorres, Urbieta del siglo XV, los barcos Delta 2 y 1 de los siglos XVI-XVII, y de épocas venideras Matagrana, Triunfante, Trafalgar, Deltrebe 1, entre otros.
Sin embargo, cuando un pecio no se investiga con método científico, y sólo se recuperan los objetos, se pierde mucha información, una documentación histórica irremplazable.
Lamentablemente esa es la situación de muchos barcos españoles hundidos en aguas de terceros países o en aguas internacionales, como Nuestra Señora de la Concepción (1641), Nuestra Señora de Atocha (1662), los galeones de Azogue (1724), La Galga (1750), El Juno (1802), etc.
Entre ellos está la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, hundida en 1804 en la batalla del cabo de Santa María y expoliada por la compañía Odyssey en 2007. Tras un proceso judicial de cuatro años, el Estado español ganó la batalla legal en los tribunales de Estados Unidos en 2011 y el cargamento retornó a España en 2012. En la actualidad, se está restaurando los materiales recuperados. Sin embargo, nunca se podrán recuperar los contextos arqueológicos donde estaban los objetos expoliados y la documentación que no se registró. Por desgracia, se ha destruido mucha información y se han perdido gran parte de los documentos históricos que atesoraba esta fragata, privando a la sociedad de su auténtico valor arqueológico e histórico.
Montaje de los bienes expoliados en la fragata Nuestra Señora de las Mercedes (2014). Archivo ARQUA.
La transmisión del conocimiento a la sociedad.
Dado que los dos objetivos claves de una investigación arqueológica son aumentar el conocimiento y transmitirlo a la sociedad, no se puede dar por concluida dicha investigación hasta que no se difundan sus resultados entre los especialistas y toda la sociedad.
Por una parte, sólo la publicación científica de los proyectos hace posible avanzar a la ciencia histórica y obtener unas conclusiones para ser trasmitidas a la sociedad. Una actuación arqueológica no publicada no se justifica, sobre todo si es una excavación, porque «constituye un derroche de medios, generalmente públicos, y una destrucción inaceptable de un bien patrimonial irremplazable ya que nos priva de conocimiento y no se justifica con la simple posesión de objetos mudos» (Nieto, 2009: 187). Por ello, los investigadores se tienen que comprometer a publicar los resultados de sus proyectos y a presentarlos en congresos y foros científicos. Asimismo, tienen el deber de que los archivos del proyecto sean accesibles a los especialistas y al público en general, no después de trascurridos diez años de la finalización del proyecto (norma 33 del anexo de la Convención de 2001).
Por otra parte, el conocimiento adquirido tiene que revertir a la sociedad y ser transmitido de manera clara, asequible y fiable. Para ello, se tienen que prever actividades de educación y difusión al público de los resultados del proyecto (norma 36 del anexo). Hay que llegar a la sociedad en general a través de conferencias y publicaciones divulgativas, catálogos, guías, vídeos, modelizaciones en 3D, webs, noticias en los medios de comunicación y las redes sociales. Igualmente, con la organización de exposiciones temporales o permanentes en los museos y, cuando sea posible, con la puesta en valor de los yacimientos, fomentando su accesibilidad para todos los públicos ­buceadores y no buceadores­ de forma real o virtual.
De esa forma, los ciudadanos pueden disfrutar del PCS, conocerlo mejor, concienciarse de su importancia y colaborar en su protección. Cuando la sociedad conozca, respete y valore este patrimonio, se sentirá orgullosa de él y podrá colaborar en su conservación. Cuando lo sienta como un patrimonio propio, lo defenderá como parte integrante de su historia (Castillo, 2009: 38). Así, entre todos, lograremos que este legado y patrimonio de la humanidad se preserve para las futuras generaciones.
ALVES, F. (2006): «Strategic Options with Regards to Public Access - Awareness Raising in Portugal» en Grenier, R.; Nutley, D., y Cochran, I. (edit.) Underwater Cultural Heritage at Risk: Managing Natural and Human Impacts, ICOMOS: 85-87.
AMINTI, P. L., y Cappuccini, L. (2012): «Utilizzo di contenitori in materiali geosintetici riempiti di sabbia per la protezzione di strutture archeologiche sommerse», Atti del workshop Erosione costiera in siti di interesse archeologico, Geologia dell'Ambiente. Supplemento al 1/2012, Società italiana di geologia ambientale, Roma: 29-31.
AZNAR GÓMEZ, M. (2009): «La protección jurídica internacional del patrimonio cultural subacuático», en Nieto, X., y Cau, M. A. (ed.) Arqueología Nàutica Mediterrània, Monografies del CASC 8, Girona: 35-46.
-- (2010): «Treasure Hunters, Sunken State Vessels and the 2001 UNESCO Convention on the Protection of Underwater Cultural Heritage», The International Journal of Marine and Coastal Law (2010): 209-236.
AZUAR, R.; CABO, E. de; PÉREZ, M.ª A., y CASTILLO, R. (2006): «El Museo Nacional de Arqueología Marítima de Cartagena y la protección del patrimonio cultural subacuático», Mus-A: revista de los museos de Andalucía 7: 74-81.
BENDALA, M. (1981): La Arqueología. El pasado a nuestro alcance, Salvat, Colección Temas Clave n.º 24, Madrid.
BENÍTEZ LÓPEZ, D., y ALONSO VILLALOBOS, C. (2011): «Aplicabilidad de los SIG para la gestión del patrimonio subacuático andaluz: SIGNauta», Revista PH, 77: 110-112.
BUENDÍA, M.; SIERRA, J. L., y GÓMEZ, C. (en prensa): «Primeros resultados de la investigación para la conservación del cargamento de Nuestra Señora de las Mercedes», I Congreso de Arqueología Náutica y Subacuática Española, Cartagena 2013 [edición digital].
CABRERA, P.; PINEDO REYES, J.; ROLDÁN, B.; BARBA, J. S., y PERERA, J. (1992): «Campaña de cubrición del yacimiento subacuático de Playa de la Isla (Mazarrón, Murcia)», II Jornadas de Arqueología Subacuática en Asturias, Servicio de Publicaciones, Universidad, Oviedo: 37-43.
CAITI, A. (2009): «Metodi di esplorazione acustica per l'archeologia subacquea: ecoscandagli multifascio, sonar a scansione laterale, profilatori sismici» en Nieto, X., y Cau, M. A. (ed.) Arqueología Nàutica Mediterrània, Monografies del CASC 8, Girona: 143-156.
CARMISCIANO Y GAMBETTA (2009): «MAG: Magnetic Archaeo Geophysics», en Nieto, X., y Cau, M. A. (ed.) Arqueología Nàutica Mediterrània, Monografies del CASC 8, Girona: 133-142.
CHARY, C. (2009): «La photographie en archéologie sous-marine: de l'object in situ a la couverture photographique de'un siti homogène», en Nieto, X., y Cau, M. A. (ed.) Arqueología Nàutica Mediterrània, Monografies del CASC 8, Girona: 203-214.
CASTILLO BELINCHÓN, R. (2008): «El Patrimonio Cultural Subacuático» en ARQUA, Museo Nacional de Arqueología Subacuática. Catálogo: 37-52.
-- (2009): «Conservación in situ de yacimientos subacuáticos», Museo: Revista de la Asociación Profesional de Museólogos de España, 14: 9-41.
CAU, M. A. (2009): «Caracterización arqueométrica de las cerámicas arqueológicas» en Nieto, X., y Cau, M. A. (Ed.) Arqueología Nàutica Mediterrània, Monografies del CASC 8, Girona: 289-308.
CORONEOS, C. (2006): «A Cheap and Effective Method of Protecting Underwater Cultural Heritage» en Grenier, R., Nutley, D., y Cochran, I. (edit.): Underwater Cultural Heritage at Risk: Managing Natural and Human Impacts, ICOMOS: 55-57.
DAVIDDE, B. (2004): «Methods and strategies for the conservation and museum display in situ of underwater cultural heritage», Archaeologia Maritima Mediterranea: an International Journal of Underwater Archaeology, 1: 137-150.
FLYG, P (2011): «Underwater Archaeology and Cultural Heritage Management in the Blatic Sea - Using Public Oultreach as a Means of Protection», International Meeting on Protection, Presentation and Valorisation of Underwater Cultural Heritage. Prodeedings (2010, Chongquing, China), Cultural Relics Press, Beijing: 286-290.
GARCÍA CALERO, J. (2014): «Otra visión sobre la Ley de Navegación Marítima»,
http://abcblogs.abc.es/espejo-de-navegantes/2014/02/13/vision-de-mariano-aznar-sobre-la-ley-de-navegacion-maritima/ [13/03/2014].
GARCÍA RIVERA, C., y ALZAGA GARCÍA, M. (2009): «La carta arqueológica subacuática de Andalucía como instrumento para la tutela de un patrimonio emergente», Mainake XXX, Diputación de Málaga: 129-143.
GRENIER, R. (2006): «Introducción: El verdadero peligro del patrimonio subacuático son los hombres y, a veces, la naturaleza» en Grenier, R.; Nutley, D., y Cochran, I. (ed.), Underwater Cultural Heritage at Risk: Managing Natural and Human Impacts, ICOMOS: Introduction XIV-XV.
IZAGUIRRE, M. (2009): «El registro gráfico subacuático: la topografía manual», en Nieto, X., y Cau, M. A. (ed.) Arqueología Nàutica Mediterrània, Monografies del CASC 8: 189-201.
JOVER, A. (1998): «La conservación i restauración del material arqueològic» en Nieto, X., y Raurich, X. (coord.) Excavacions Arqueològiques subaquàtiques a Cala Culip, 2. Culip VI, Monografies del CASC 1, Girona: 30-31.
JUAN FUERTES, C. de (2009): «La prospección arqueológica subacuática: principios y métodos», en Nieto, X., y Cau, M. A. (ed.) Arqueología Nàutica Mediterrània, Monografies del CASC 8: 121-132.
JUAN FUERTES, C. de; CIBECCHINI, F., y VENTO, E. (2011): «El pecio romano Bou Ferrer, un velero de comercio naufragado en la costa de la Vila Joiosa», La Vila Joiosa, Arqueología i Museu, Museos Municipales en el MARQ, Alicante: 178-197.
Jurisic,M. (2006): «La protezione fisica dei siti archeologici sommersi del fondale marino nell'Adriatico croato» en Rádi´c, I. (Edit) Archeologia subacquea in Croazia. Studi e ricerche, Venezia: 147-156.
LANCHO, J. M. (2013): «Una Ley para salvar los buques de Estado históricos»
http://abcblogs.abc.es/espejo-de-navegantes/2013/12/16/una-ley-para-salvar-los-buques-de-estado/ [13/03/2014].
-- (2014a): «Un necesario punto de partida»
http://abcblogs.abc.es/espejo-de-navegantes/2014/02/04/un-necesario-punto-de-partida/ [13/03/2014].
-- (2014b): «La elocuencia de la tripa vacía y el silencio de las tripas llenas»
http://abcblogs.abc.es/espejo-de-navegantes/2014/02/06/la-elocuencia-de-la-tripa-vacia-y-el-silencio-de-las-tripas-llenas/ [13/03/2014].
MAARLEVELD, T. J.; GUÉRIN, U., y EGGER, B. (eds.) (2013): Manual para actividades dirigidas al Patrimonio Cultural Subacuático: directrices para el Anexo de la Convención de la UNESCO de 2001, UNESCO, París.
MANDERS, M. R. (2006): «The In Situ Protection of a Dutch Colonial Vessel in Sri Lankan Waters» y «The In Situ Protection of a 17th-Century Trading Vessel in the Netherlands» en Grenier, R.; Nutley, D., y Cochran, I. (edit.): Underwater Cultural Heritage at Risk: Managing Natural and Human Impacts, ICOMOS: 58-60 y 70-72.
-- (2012): «In situ preservation» en VV.AA.: Training Manual for the UNESCO Foundation Course on the Protection and Management of Underwater Cultural Heritage in Asia and the Pacific, UNESCO Bangkok, Unit 9: 1-33.
MIÑANO, A.; FERNÁNDEZ, F., y CASABÁN, J. L., (2012): «Métodos de documentación arqueológica aplicados en arqueología subacuática: el modelo fotogramétrico y el fotomosaico del pecio fenicio Mazarrón-2 (Puerto de Mazarrón, Murcia)», Saguntum: Papeles del Laboratorio de Arqueología de Valencia, n.º 44: 99-109.
NEGUERUELA, I. (2000a): «Protection of shipwrecks. The experience of the Spanish National Maritime Archaeological Museum» en Hassan, M.; Grimal, N., y Nakashima, D. (ed.): Underwater archaeology and coastal management. Focus on Alexandria (Alexandría, 1997) UNESCO Publishing, París: 111-116.
-- (2000b): «Managing the maritime heritage: the National Maritime Archaeological Museum and National Centre for Underwater Research, Cartagena, Spain», The International Journal of Nautical archaeology, 29.2: 179-198.
NIETO, X. (2009): «Principios metodológicos de una excavación arqueológica subacuática», en Nieto, X. y Cau, M.A. (Ed.) Arqueología Nàutica Mediterrània, Monografies del CASC 8: 183-188.
PESIC,M. (2014): «In situ Protection of Underwater Cultural Heritage», Conservation of Underwater Archaeological Finds. Manual, International Centre for Underwater Archaeology in Zadar: 97-107.
POMEY, P., y RIETH, E. (2005): L'archéologie navale, Collection «Archéologiques», París.
POLZER, M. E., y CASABÁN, J. L. (2012): «Mapping the shipwreck site at Bajo de la Campana», The INA Quarterly: Magazine of the Institute of Nautical Archaeology 39 (1-2), College Station: 13-17.
QUEROL, M. A., y MARTÍNEZ, B. y (1996): La gestión del patrimonio arqueológico en España, Alianza Editorial, Madrid.
RIETH, E. (2009): «Archéologie des eaux intérieures et épaves: problématiques et méthodes de l'archéologie nautique fluviale» en Nieto, X., y Cau, M.A. (ed.) Arqueología Nàutica Mediterrània, Monografies del CASC 8: 251-261.
SAN MARTÍN MONTILLA, C. (1994): «La protección del Patrimonio Arqueológico desde el Museo II. Criterios de Difusión», en Boletín Informativo, Revista PH n.º 8, Sevilla: 14-16.
SAN CLAUDIO (2014): «Un clamor desde arriba viene sacudiendo las tripas vacías del sector arqueológico español»
http://abcblogs.abc.es/espejo-de-navegantes/2014/02/05/un-clamor-desde-arriba-viene-sacudiendo-las-tripas-vacias-del-sector-arqueologico-espanol/ [13/03/2014].
STANLEY, R. (2006): «It's All About the P's», en Grenier, R.; Nutley, D., y Cochran, I. (edit.) Underwater Cultural Heritage at Risk: Managing Natural and Human Impacts, ICOMOS: 2-4.
STANIFORTH, M. (2006): «In Situ Site Stabilization: The William Salthouse Case Study» en Grenier, R.; Nutley, D., y Cochran, I. (edit.): Underwater Cultural Heritage at Risk: Managing Natural and Human Impacts, ICOMOS: 52-54.
TUSA, S. (2009): «Recerca, tutela e valorizzazione dei beni culturali sommersi in Sicilia en el Medietrra neo», en Nieto, X., y Cau, M. A. (ed.) Arqueología Nàutica Mediterrània,
Monografies del CASC 8: 659-669.
UNESCO (2001): Convención sobre la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático 2001, París.
VV.AA. (2010): Libro Verde: Plan Nacional de Protección del Patrimonio Cultural Subacuático Español, Ministerio de Cultura, Secretaría General Técnica, Madrid.
VIVAR LOMBARTE, G., y GELI MAURI, R. (2009): «La documentació planimètrica a partir de la fotografía», en Nieto, X., y Cau, M. A. (ed.) Arqueología Nàutica Mediterrània, Monografies del CASC 8: 215-224.
WADDELL, P. (2007): «Le réenfouissement des pièces de structure» en Grenier, R.; Bernier, M.-A.; Stevens,
W. L'Archéologie subaquatique de Red Bay. La construction navale et la pêche de la baleine Basques au XVI siècle. Volumen I: 159-163.