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Timestamp: 2018-03-18 19:09:05
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Matched Legal Cases: ['Artículo 2', 'Artículo 6', 'Artículo 9', 'Artículo 23', 'Artículo 24', 'Artículo 25', 'Artículo 27', 'Artículo 28', 'Artículo 29', 'Artículo 31', 'Artículo 32', 'Artículo 34', 'Artículo 37']

﻿﻿ Presbiteriano Reformado - La Confesión de Fe Belgica de 1561
LA CONFESIÓN DE FE BÉLGICA DE 1561
El estándar doctrinal más antiguo de las Iglesias Reformadas es la Confesión de Fe comúnmente conocido como Confesión Bélgica o Belga, siguiendo la designación del siglo 17 en Latín «Confessio Belgica.» «Bélgica» se refiere a todos los Países Bajos, ambos del norte y del sur los cuales están dividas en los Países Bajos y Bélgica hoy en día. El autor principal de la confesión fue Guido de Brés, un predicador de la iglesia reformada en los Países Bajos, quien murió como mártir de la fe en 1567.
Durante el siglo diecisiete las iglesias en este país fueron expuestos a la más terrible persecución por el gobierno Papista. Para protestar contra esta cruel opresión, y para probar a los perseguidores que los adherentes de la fe Reformada no eran rebeldes, como les acusaban, pero que eran ciudadanos cumplidores de la ley quienes profesaban la verdadera doctrina cristiana según las Sagradas Escrituras, de Brés preparo esta Confesión en el año 1561. El año siguiente una copia fue enviada al rey Felipe II, junto con una carta en la que los peticionarios declaraban que estaban preparados para obedecer el gobierno en toda su legalidad, pero que «ofrecerían sus espaldas para ser faustas, sus lenguas a la espada, sus bocas a la mordaza, y sus cuerpos al fuego» en vez de negar la verdad expresada en esta confesión. Aunque el propósito inmediato de asegurar la libertad de la persecución no fue alcanzada, y de Brés mismo cayó como uno de los miles que sellaron su fe con sus vidas, su trabajo ha persistido. En su composición el autor se avalo hasta cierto punto a la confesión de la iglesia reformada de Francia, escrita primariamente por Juan Calvino y publicado dos años antes.
Sin embargo la obra de Brés no es una mera revisión de la de Calvino, pero una composición independiente. En 1556 el texto de esta confesión fue revisado en un sínodo sostenido en Antuerpia. Fue aceptado como una confesión de las iglesias reformadas en la reunión eclesiástica de Wezel (l568). En las iglesias de los Países Bajos fue aceptado inmediatamente con gozo, y fue adoptado por los sínodos nacionales que tuvieron lugar por las tres últimas décadas del siglo 19. El texto, no el contenido fue revisado por el Sínodo de Dort en 1618-1619; y fue adoptado como uno de los estándares doctrinales a la cual todos los oficiales de las iglesias Reformadas eran requeridos a aceptar.
1 Rom.10:10. ↵ 2 II Cor.3:17; Jn.4:24. ↵ 3 Ef.4:6; I Tim.2:5; Dt.6:4; Mal.2:10.↵ 4 Is.40:28.↵ 5 Is.40:18-25.↵ 6 Col.1:15; 1 Tim.6:16.↵ 7 Sant.1:17.↵ 8 Sal.145:3.↵ 9 Is.40:12.↵ 10 Is.40:13-14.↵ 11 Is.40:(13)14.↵ 12 Mt.19:17. 13. Jer.2:13.↵
Artículo 2: Los medios por los cuales Conocemos a Dios
1 Sal.19:1.↵ 2 Rom.1:20.↵ 3 Sal.19:7; I Cor.2:9-10.↵ 4 I Cor.1:18-21.↵
1II Pe.1:21. ↵ 2Sal.102:18.↵ 3Ex.17:14; 34:27. ↵ 4Dt.5:22; Ex.31:18.↵
Los cinco libros de Moisés, a saber Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio;
el libro de Josué, de los Jueces, y Rut; dos libros de Samuel; y dos libros de los Reyes, dos libros de las Crónicas, llamados Paralipómenos; el libro de Esdras, Nehemías, Ester, Job; los Salmos de David;
tres libros de Salomón, a saber: Proverbios, Eclesiastés, y Cantar de los Cantares;
los cuatro profetas mayores: Isaías, Jeremías (con sus lamentaciones), Ezequiel y Daniel;
y los doce profetas menores, es decir: Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc, Sofonías, Hageo, Zacarías, y Malaquías.
Los cuatro Evangelistas; Mateo, Marcos, Lucas, y Juan;
los Hechos de los Apóstoles;
las catorce cartas del Apóstol Pablo, o sea: a los Romanos, dos a los Corintios; a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses; dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo; a Tito, a Filemón, y a los Hebreos;
las siete cartas de los otros apóstoles, a saber: la carta de Santiago, dos cartas de Pedro, tres de Juan, y la carta de Judas; y el Apocalipsis del apóstol Juan.
Artículo 6: La diferencia entre libros canónicos y el Apócrifa
1II Tim.3:16-17; I Pe.1:10-12.↵ 2Prov.30:6; Gál.3:15; Ap.22:18-19; I Tim.1:3; Gál.1:8,11; I Cor.15:2; Hch.26:22; Rom.15:4; Hch.18;28; Dt.12:32.↵ 3 I Pe.4:1-11; Lc.11:13; Hch.20:27; Jn.4:25; 15:15.↵ 4 I Tim.1:13. ↵ 5 Col.2:8; Hch.4:19.↵ 6 Jn.3:13-31.↵ 7 I Jn.2:19; Hbr.8:9; II Pe.2:17-19.↵ 8 Mt.15:3; Mc.7:7; Is.1:12.↵ 9 Sal.62:9.↵ 10 II Tim.2:14; Mt.17:5; Is.8:20; I Cor.2:4; 3:11; Sal.12:6; Dt.4:5-6; Ef.4:5.↵ 11 I Jn.4:1.↵ 12 II Jn.10.↵
1 Cor.8:6.↵ 2 Jn.5:17-18,32,36-37; Col.1:15-18.↵ 3 I Cor.1:24; Jn.1:14; I Jn.1:1; Ap.19:13; Prov.8:22; Heb.1:3.↵ 4 Mt.28:19; 3:16-17.↵ 5 Jn.1:14; Miq.5:2.↵
Artículo 9: El testigo Bíblico de la Trinidad
En Gn. 1:26-271, Dios dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza... Y Creó Dios al hombre a su imagen...; varón y hembra los creó.» Asimismo, Gn. 3:222: «He aquí el hombre es como uno de nosotros». De ahí resulta evidente que hay más de una persona en la Divinidad, cuando El dice: «Hagamos al hombre a nuestra semejanza»; y después nos indica El la unidad, cuando dice: «Y creó Dios». Bien es verdad que El no dice cuántas son las personas que hay; pero lo que para nosotros es algo oscuro en el Antiguo Testamento, está muy claro en el Nuevo. Pues, cuando nuestro Señor fue bautizado en el Jordán3, fue oída la voz del Padre, que decía: «Este es mi Hijo amado»; el Hijo fue visto en el agua, y el Espíritu Santo se manifestó en forma de paloma. Además, en el bautismo de todos los creyentes fue instituida por Cristo esta fórmula4: «Bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». En el Evangelio de Lucas, el ángel Gabriel dice a María, la madre del Señor, lo siguiente: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios5». Asimismo6: «La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros». Y7: «Tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y tres son uno». En todos estos lugares se nos enseña sobradamente, que hay tres Personas en una única esencia Divina8. Y si bien esta doctrina excede en mucho la inteligencia humana, no obstante la creemos ahora por la Palabra, esperando hasta que gocemos del perfecto conocimiento y fruto de la misma en el cielo.
11. Gn.1:26-27.↵ 2 Gn.3:22.↵ 3 Mt.3:16-17.↵ 4 Mt.28:19.↵ 5 Lc.1:35.↵ 6 II Cor.13-14.↵ 7 I Jn.5:7.↵ 8 Hch.2:32-33; I Pe.1:2; I Jn.4:13-14; Gál.4-6; Ef.3:14-16; Tit.3:4-6; Jds.1:20-21; Rom.8:9; Hch.10:38; 8:29,37; Jn.14:16.↵
Creemos que Jesucristo, según la naturaleza Divina, es el unigénito Hijo de Dios1, engendrado desde la eternidad; no hecho, ni creado (porque de esta manera sería una criatura); sino coesencial con el Padre, coeterno, la imagen expresa de la substancia del Padre y el resplandor de su gloria2, siéndole en todo igual3. El cual es Hijo de Dios4, no sólo desde el momento que tomó nuestra naturaleza, sino desde toda la eternidad5; según nos enseñan estos testimonios al ser comparados entre sí: Moisés dice6, que Dios creó el mundo, y san Juan dice7, que todas las cosas fueron creadas por el Verbo, al cual llama Dios; el apóstol dice8, que Dios hizo el mundo por su Hijo; también9, que Dios ha creado todas las cosas por Jesucristo, de manera que aquel que es llamado Dios, el Verbo, el Hijo y Jesucristo, ya era, cuando todas las cosas fueron creadas por El. Y por eso el profeta Miqueas, dice10: «Sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad». Y el apóstol: «Ni tiene principio de días, ni fin de vida». Así pues, El es el Dios verdadero y eterno, aquél Todopoderoso, al que invocamos, adoramos y servimos.
1 Jn.1:18; 1:34; 1:14.↵ 2 Col.1:15; Heb.1:3.↵ 3 Jn.10:30; Is.7:14; Rom.9:5; II Cor.5:(19)-20; Hch.20:21; Rom.14:18; Jn.14:9; Tit.2:10; I Cor.10:9.↵ 4 Mt.3:17; 17:5; Jn.8:(24),54; I Tes.3:11; Flp.2:11; Heb.1:1-2; 3:3-4; I Jn.5:5; Jn.20-31; 7:29; Ap.1:6; Gál.4:4; Sal.2:7-12.↵ 5 Jn.8:58; 17:5; Heb.13:8.↵ 6 Gn.1:1.↵ 7 Jn.1:3; Heb.11:3.↵ 8 Col.1:(15)-16.↵ 9 Ef.3:(1-4); I Cor.8:6.↵ 10 Miq.5:2.↵
1 Gen.1:2; Sal.33:6; Is.32:15; Jn.15:26; Sal.104:30; Jn.14:16; 14:26; Mt.28:19; Rom.8:9; I Cor.3:16; 6:11; Hch.5:3.↵
1Sal.100:3; Am.4:13; Jer.32:17; Is.40:26; Col.1:16; I Tim.4:3; Heb.3:4; Ap.4:11; 11:(16)-17.↵ 2 Heb.1:14; Sal.103:21; 34:7; Mt.4:11.↵ 3 Jn.8:44; II Pe.2:4; Lc8:31; Mt.4:11. ↵ 4 Mt.25:41. ↵ 5 Hch.23:8.↵
1Jn.5:17.↵ 2Heb.1:3.↵ 3Prov.16:1; Ef.1:11; Sant.4:13-15.↵ 4Sant.1:13.↵ 5Job 1:21; II Re.22:20; Hch.4:28; Hch.2:23; Sal.105:25; Is.10:5; II Tes.2:11.↵ 6I Sam.2:25; Sal.115:3; Is.45:7; Am.3:6; II Tes.2:11; Ez.14:9; Rom.1:28; I Re.11:23.↵ 7Prov.21:1.↵ 8Mt.10:29-30.↵ 9Gn.45:8; 50:20; II Sam.16:10; Mt.8:31; Sal.5:4; I Jn.3:8.↵
Creemos, que Dios ha creado la hombre del polvo de la tierra1, y lo ha hecho y formado según Su imagen y semejanza2, bueno, justo y santo3; pudiendo con su voluntad convenir en todo con la voluntad de Dios. Pero cuando anduvo en honor, no lo entendió él así4, ni reconoció su excelencia, sino que por propia voluntad se sometió a sí mismo al pecado, y por ende a la muerte y a la maldición, prestando oídos a las palabras del diablo5. Pues transgredió el mandamiento de vida que había recibido, y por el pecado se separó de Dios que era su vida verdadera; habiendo pervertido toda su naturaleza; por lo cual se hizo culpable de la muerte física y espiritual6. Y habiéndose hecho impío, perverso y corrompido7 en todos sus caminos, ha perdido todos los excelentes dones que había recibido de Dios, no quedándole de ellos más que pequeños restos, los cuales son suficientes para privar al hombre de toda excusa; ya que toda la luz que hay en nosotros, se ha trocado en tinieblas8, como nos enseña la Escritura, diciendo: «La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella»9; aquí San Juan llama tinieblas a los hombres. Por lo cual rechazamos todo lo que contra esto se enseña sobre el libre albedrío del hombre, toda vez que el hombre no es más que un esclavo del pecado10, y no puede aceptar ninguna cosa, si no le es dado del cielo11. Porque, ¿quién hay que se gloríe de poder hacer algo bueno como de sí mismo, dado que Cristo dice «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere»12? ¿Quién sacará a relucir su voluntad, puesto que ésta comprende que «la mente carnal es enemistad contra Dios»13? ¿Quién hablará de su ciencia, siendo así que «el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios»14? Para abreviar, ¿quién sugerirá idea alguna, si comprende que «no somos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios»15? Y por eso, lo que dice el apóstol, con razón debe tenerse por cierto y seguro, esto es, que «Dios es el que en nosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad»16. Porque no hay entendimiento ni voluntad conformes al entendimiento y la voluntad de Dios, si Cristo no los ha obrado en el hombre; lo cual nos lo enseña El diciendo: «Porque separados de mí nada podéis hacer»17.
1Gn.2:7; 3:19; Ecl.12:7.↵ 2Gn.1:26-27. ↵ 3Ef.4:24.↵ 4Sal.49:20.↵ 5Gn.3:1-6; Rom.5:12:21.↵ 6Gn.3:17-18; Ecl.7:29; Rom.5:12; Jn.8:7; Rom.2:12; 3:10; 8:6; Hch.14:16; Rom.1:(20)-21.↵ 7Ef.4:(17)-19.↵ 8Ef.5:8.↵ 9Jn.1-5 ↵ 10Sal.94:11; Rom.8:5.↵ 11Jn.3:27; Sal.28:8; Is.45:25.↵ 12Jn.6:44.↵ 13Rom.8:7.↵ 14I Cor.2:14.↵ 15II Cor.3:5.↵ 16Flp.2:13.↵ 17Jn.15:5.↵
1Rom.5:12; 5:14.↵ 2Rom.3:10; Gn.6:3.↵ 3Sal.51:5; Jn.3:6; Job 14:4; Rom.7:18-19.↵ 4Ef.2:4-5.↵
1Rom.3:12.↵ 2Jn.6:37; 6:44.↵ 3Dt.32:8; Rom.11:34-35; Jn.10:29; 13:(18); 18:9; 17:12.↵ 4Rom. 9:16; Mal.1-3a.↵ 5II Tim.1:9; Tit.3:4-5.↵ 6Rom.11:5; 9:11.↵ 7II Tim.2:20; Rom.9:21; Mt. 15:24.↵
1Gn.3:8-9.↵ 2Gn.22:18.↵ 3Is.7:14; Jn.7:42; II Tim.2:8; Heb.7:14; Jn.1:(1); 1:14; Gál.4:4.↵ 4Gn.3:15.↵
1Lc.1:54-55; Gn.26:4; II Sam.7:12; Sal.132:11; Hech.13:23.↵ 2Flp.2:7.↵ 3I Tim.3:16; 2:5; II Sam.7:12; Sal.132:11.↵ 4I Cor.12:3.↵ 5Lc.1:35.↵ 6Heb.2:14.↵ 7Hch.2:30.↵ 8Rom.1:3.↵ 9Lc.1:42.↵ 10Gál.4:4.↵ 11Jer.33:15.↵ 12Is.11:1.↵ 13Heb.7:14.↵ 14Rom.9:5.↵ 15Gál.3:16.↵ 16Heb.2:16.↵ 17Heb.2:17; 4:15.↵ 18Mt.1:(16), 23.↵
1Jn.10:30; Ef.4:8-10; Heb.1:3.↵ 2Mt.28:20.↵ 3Mt.26:11; Hch.1:11; 3:21.↵ 4Mt.27:50.↵ 5Lc.24:39; Jn.20:25; Hch.1:3.↵
1Heb.2:14; Rom.8:3.↵ 2Rom.8:32.↵ 3Rom.4:25.↵
Creemos, que Jesucristo es el Sumo Sacerdote, con juramento, según el orden de Melquisedec1, y se ha puesto en nuestro nombre ante el Padre para apaciguar su ira con plena satisfacción, inmolándose a sí mismo en sí madero de la cruz, y derramando su preciosa sangre para purificación de nuestros pecados2, como los profetas habían predicho. Porque escrito está: «el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados3; como cordero fue llevado el matadero4, y fue contado con los pecadores»5; y como malhechor fue condenado por Poncio Pilato, aunque éste le había declarado inocente6. Así, pues, «se han hecho poderosos mis enemigos, los que me destruyen sin tener por que7 y Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos»8, y esto, tanto en su cuerpo como en su alma9, sintiendo el terrible castigo que nuestros pecados habían merecido, tanto que su sudor fue cayendo en gotas de sangre sobre la tierra10. El clamó: «Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has desamparado»?11; y ha padecido todo esto para el perdón de nuestros pecados. Por lo cual, con razón decimos con Pablo: «me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado12,... aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor13»; hallamos toda clase de consuelo en sus heridas, y no necesitamos buscar o inventar algún otro medio para reconciliarnos con Dios, sino solamente Su ofrenda: «porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados»14. Esta es también la causa por la que fue llamada Jesús por el ángel de Dios: «Salvador, porque él salvará a su pueblo de sus pecados»15.
1Sal.110:4; Heb.5:10.↵ 2Rom.5:8-9; Heb.9:12; Jn.3:16; I Tim.1:15; Flp. 2:8; I Pe.1:18-19.↵ 3Is.53:5; I Pe.2:24;↵ 4Is.53:7.↵ 5Is.53:12; Mt.15:28.↵ 6Jn.18:38.↵ 7Sal.69:4.↵ 8I Pe.3:18; Ex.12:6; Rom.5:6.↵ 9Sal.22:15; Dan.9:26.↵ 10Lc.22:44.↵ 11Mt.27:46.↵ 12I Cor.2:2.↵ 12Flp. 3:8. ↵ 13Heb.9:25-28; 10:14.↵ 14Mt.1:21; Hch.4:12; Lc.1:31.↵
Creemos que, para obtener verdadero conocimiento de esta gran misterio, el Espíritu Santo enciendo en nuestros corazones una fe sincera1, la cual abraza a Jesucristo con todos Sus méritos, se lo apropia, y fuera de El ya no busca ninguna otra cosa2. Porque necesariamente tiene que concluirse, o que, si todo está en El, aquel que posee por la fe a Jesucristo, o que, si todo está en El, aquel que posee por la fe a Jesucristo, tiene en El su salvación completa3. De modo que, si se dijera que Cristo no es suficiente, por cuanto que además de El es aun necesario algo más, sería una blasfemia porque de ahí se seguiría, que Cristo es solamente un Salvador a medias. Por eso, justamente decimos con el apóstol Pablo, que «el hombre es justificado sólo por la fe o por la fe sin las obras»4. Sin embargo, no entendemos que sea la fe misma la que nos justifica, pues ella es solamente un medio por el cual abrazamos a Cristo, nuestra justicia5. Mas Jesucristo, imputándonos todos sus méritos y las obras santos que El ha hecho por nosotros y en nuestro lugar, es nuestra justicia6; y la fe es un instrumento que nos mantiene con El en la comunión de todos Sus bienes, los cuales, siendo hechos nuestros, nos son más que suficientes para la absolución de nuestros pecados.
1Sal.51:6; Ef.1:(16)-18; I Tes.1:6; I Cor.2:12.↵ 2Gál.2:21.↵ 3Jer.23:6; 51:10; I Cor.15:3; Mt.1:21; Rom.8:1; Hch.13:26; Sal.32:1.↵ 4Rom.3:20,28; Gál.2:16; Heb.7:19; Rom.10:3-4; 10:9; 4:5; 3:24,27; Flp.3:9; Rom.4:2.↵ 5I Cor.4:7.↵ 6Rom.8:29,33.↵
Artículo 23: La justificación de pecadores
Creemos, que nuestra bienaventuranza radica en el perdón de nuestros pecados por la voluntad de Jesucristo, y que en esto está comprendida nuestra justicia ante Dios; como David y Pablo nos enseñan, declarando: que alea bienaventuranza del1 hombre es que Dios le imputa la justicia sin las obras2. Y este mismo apóstol dice: «siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús» (Rom. 3:24). Y por esto, nos asimos siempre a este fundamento, dando todo el honor a Dios3, humillándonos y reconociéndonos tales cual somos, sin vanagloriarnos de nosotros mismos o de nuestros méritos4, apoyándonos y descansando tan sólo en la obediencia de Cristo crucificado5, la cual es la nuestra propia si creemos en El. Esta es suficiente para cubrir todas nuestras iniquidades, y darnos confianza, librando la conciencia de temor, asombro y espanto para llegar a Dios, sin hacer como nuestro primer padre Adán, quien, temblando, pretendía cubrirse con hojas de higuera6. Por cierto, si tuviéramos que comparecer ante Dios confiando en nosotros mismos o en cualquiera otra criatura -por poco que ésta fuese-, seríamos (por desgracia) consumidos7. Y por esto es por lo que cada uno debe decir con David: «Oh Jehová, ...no entres en juicio con tu siervo; porque no se justificará delante de ti ningún ser humano»8.
1Heb.11:7; I Jn.2:1.↵ 2Ef.2:8; II Cor.5:19; I Tim. 2:6; Rom. 4:6.↵ 3Ez.36:22,32.↵ 4Dt.27:26; Sant.2:10; I Cor.4:4.↵ 5Hch.4:12; Sof.3:11-12; Heb.10:20.↵ 6Gn.3:7.↵ 7Lc.16:15; Sal.18:27.↵ 8Sal.143:2.↵
Artículo 24: La santificación de pecadores
Creemos, que esta fe verdadera, habiendo sido obrada en el hombre por el oír de la Palabra de Dios1 y por la operación del Espíritu Santo, le regenera, le hace un hombre nuevo, le hace vivir en una vida nueva2, y le libera de la esclavitud del pecado3. Por eso, lejos está que esta fe justificadora haga enfriar a los hombres de su vida piadosa y santa4, puesto que ellos, por el contrario, sin esta fe nunca harían nada por amor a Dios5, sino sólo por egoísmo propio y por temor de ser condenados. Así, pues, es imposible que esta santa fe sea vacía en el hombre; ya que no hablamos de una fe vana, sino de una fe tal, que la Escritura la llama: «la fe que obra por el amor»6, y que mueve al hombre a ejercitarse en las obras que Dios ha mandado en su Palabra7, las cuales, si proceden de la buena raíz de la fe, son buenas y agradables a Dios, por cuanto todas ellas son santificadas por su gracia8. Antes de esto, no pueden ser tenidas en cuenta para santificarnos; porque es por la fe en Cristo que somos justificados, aun antes de hacer obras buenas; de otro modo no podrían ser buenas, como tampoco el fruto de un árbol puede ser bueno, a menos que el árbol mismo lo sea9. Así, pues, hacemos buenos obras, pero no para merecer (pues, ¿qué mereceríamos?); sí, aun por las mismas buenas obras que hacemos, estamos en deuda con Dios, y no El con nosotros10, puesto que «Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad»11. Prestamos, pues, atención a lo que está escrito: Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado; decid: «Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos»12. Sin embargo, no queremos negar que Dios premie las buenas obras13; pero es por Su gracia que El corona sus dávidas14. Además, a pesar de que hagamos buenas obras, no fundamos por ello nuestra salvación en ellas; porque no podemos hacer obra alguna, sin estar contaminada por nuestra carne, y ser también punible; y aunque pudiéramos producir alguna, el recuerdo de un solo pecado bastaría para que Dios la desechase. De este modo, pues, estaríamos siempre en deuda, llevados de aquí para allá, sin seguridad alguna15, y nuestras pobres conciencias estarían siempre torturadas, si no se fundaran sobre los méritos de la pasión y muerte de nuestro Salvador16.
1Rom.10:17.↵ 2Ef.2:4-5.↵ 3Jn.8:36.↵ 4Tit.2:12.↵ 5Heb.11:6; I Tim. 1:5.↵ 6Gál.5:6.↵ 7Tit.3:8; Rom.9:(31)-32. ↵ 8Rom.14:23; Heb.11:4. ↵ 9Mt.7:17. ↵ 10I Cor.4:7. ↵ 11Flp.2:13; Is.26:12. ↵ 12Lc.17:10. ↵ 13Rom.2: 6-7; II Jn.8. ↵ 14Is.64:6. ↵ 15Rom.11:5. ↵ 16Rom.10:11; Hab.2:4.↵
Artículo 25: La realización de la ley
1Rom.10:4. ↵ 2Gál.3:24; Col.2:17. ↵ 3II Pe.1:19; 3:2. ↵ 4II Pe.3:18.↵
Creemos, que no tenemos ningún acceso a Dios sino sólo por el único1 Mediador y Abogado: Jesucristo, el justo2; quien a este objeto se hizo hombre, uniendo las naturalezas divina y humana, para que nosotros los hombres tuviésemos acceso a la Majestad Divina3; de otra manera, ese acceso nos estaría vedado4. Pero este Mediador que el Padre nos ha dado entre El y nosotros no debe asustarnos por su grandeza, de modo que nos busquemos otro según nuestro propio criterio5. Porque no hay nadie, ni en el cielo ni en la tierra, entre las criaturas, que nos ame más que Jesucristo6; «el cual, siendo en forma de Dios, ...se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres», y esto por nosotros, haciéndose «en todo semejante a sus hermanos»7.
Si nosotros ahora tuviésemos que buscar otro Mediador que nos fuere favorable, ¿a quién podríamos hallar que nos amara más que El, que dio su vida8 por nosotros, siendo enemigos9? Y, si buscamos a uno que tenga poder y goce de consideración, ¿quién hay que tenga tanto de ambas cosas, como aquel que se sentó a la diestra de Dios10, y que dice: «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra»11? Y, ¿quién será oído12, antes que el propio bien amado Hijo de Dios? De modo que sólo por desconfianza se ha introducido este uso que deshonra a los santos en vez de honrarles, haciendo lo que ellos nunca hicieron ni desearon13, sino que lo han rechazado constantemente como era su sagrado deber, según demuestran sus escritos14. Y aquí no se tiene que aducir, que seamos dignos; porque aquí no se trata de nuestra dignidad al presentar15 nuestras oraciones, sino que las presentamos fundándonos únicamente sobre la excelencia y dignidad de nuestro Señor Jesucristo16, cuya justicia es la nuestra mediante la fe. Por eso, el apóstol, queriendo librarnos de este necio recelo, o mejor aún, de esta desconfianza, nos dice que Jesucristo «debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados17». Y luego, para infundirnos más valor para ir a El, nos dice: «Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro»18. El mismo apóstol, dice: «Teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, ... acerquémonos» -dice- «...en plena certidumbre de fe»19, etc. Y, asimismo: «Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre pare intercedes por ellos»20. ¿Qué más falta?, ya que Cristo mismo declara: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí»21. ¿A qué buscar otro abogado, siendo que a Dios le agradó darnos a Su Hijo como Abogado? No le abandonemos a El para tomar a otro22; o lo que es más, para buscar a otro, sin poderlo encontrar jamás; porque cuando Dios nos lo dio, sabía muy bien que nosotros éramos pecadores. Por eso, según el mandato de Cristo, invocamos al Padre Celestial por medio de Cristo, nuestro único Mediador23, conforme hemos aprendido en la oración del Señor24; estando seguros, que cuanto pidiéramos al Padre en su nombre, nos será dado25.
1I Tim.2:5. ↵ 2I Jn.2:1. ↵ 3Ef.3:12. ↵ 4Rom.8:26. ↵ 5Jer.2:11; 16-20.↵ 6Ef.3:19; Mt.11:28.↵ 7Flp.2:6-7; Heb.2:17a. ↵ 8Jn.15:13. ↵ 9Rom.5:8. ↵ 10Heb.1:3. ↵ 11Mt.28:18. ↵ 12Sant.5:17-18.↵ 13Sal.115:1. ↵ 14Hch.14:(14)-15. ↵ 15Jer.17:5. ↵ 16Jer.17:7; I Cor.1:30. ↵ 17Heb.2:17-18. ↵ 18Heb.4:14-16. ↵ 19Heb.10:19,22. ↵ 20Heb.7:24-25. ↵ 21Jn.14:6. ↵ 22Sal.44:20. ↵ 23I Tim.2:5; I Jn.2:1; Heb.13:15. ↵ 24Lc.11:2-4. ↵ 25Jn.14:13. ↵ [volver]
Artículo 27: La Iglesia católica santa
1Gn.22:18. ↵ 2Jn.10:3-4,14,16.↵ 3Hch.2:21. ↵ 4Lc.17:21. ↵ 5II Tim.2:19. ↵ 6Jer.31:36. ↵ 7II Sam.7:16; Sal.110:4; 89:36; Mt.28:18-20.↵ 8Sal.102:13. ↵ 9Sal.46:5; Mt.16:18. ↵ 10I Pe 3:20; Is.1:9.↵ 11I Re.19:18. ↵ 12Hch.4:32; Ef.4:3-4.↵
Artículo 28: Las obligaciones de miembros de Iglesia
Creemos, en cuanto que esta congregación y asamblea santa es una reunión de los que son salvos, y que fuera de ella no hay salvación1, que nadie, de cualquier condición o cualidad que sea, debe permanecer aislado para valerse por su propia persona; sino que todos están obligados a ella y reunirse con ella2; manteniendo la unidad de la Iglesia, sometiéndose a su enseñanza y disciplina3, inclinándose bajo el yugo de Jesucristo4, y sirviendo a la edificación de los hermanos5, según los dones que Dios les ha otorgado, como miembros entre sí de un mismo cuerpo.6
Para que esto es pudiera observar mejor, es deber de todos los creyentes -según la Palabra de Dios- separarse de aquellos que no son de la Iglesia7, y unirse a esta congregación8 en cualquier lugar donde Dios la haya establecido; aún en el caso que los magistrados y los edictos de los Príncipes estuviesen en contra de ello, y que la muerte o algún otro castigo corporal pendiese de eso mismo.9
1Mt. 16:18-19; Hch 2:47; Ef. 2:11,12 y 5:25-27; Heb 12:23 ↵ 22 Cron. 30:8; Jn. 17:21; Col. 3:15 ↵ 3Heb. 13:17 ↵ 4Mt. 11:28-30 ↵ 5Ef. 4:12 ↵ 61 Cor. 12:7, 27; Ef. 4:16 ↵ 7Num. 16:23-26; Isa. 52:11,12; Hch. 2:40; Rom. 16:17; Apoc. 18:4↵ 8Sal. 122:1; Isa. 2:3; Heb. 10:25↵ 9Hch. 4:19, 20↵
Artículo 29: Las señales de la Iglesia verdadera
1Mt.13:24-29,38. ↵ 2Ap.2:9. ↵ 3Rom.9:6; II Tim.2:18-20. ↵ 4Gál.1:8. ↵ 5I Cor.11:20,27. ↵ 6I Cor.5:13; I Tes.5:14; II Tes.3:6,14; Tit.3:10. ↵ 7Ef. 2:20; Col.1:23; Jn.17:20; Hch.17:11. ↵ 8Jn.18:37; Jn.10:4,14; Ef.1:22; Mt.28:18-20. ↵ 9I Jn.4:2. ↵ 10Rom.6:12. ↵ 11Gál.5:24. ↵ 12Rom.7:(5),15; Gál.5:17; ↵ 13Col.1:12. ↵ 14Col.2:18b-19.↵ 15Col.2:18a.↵ 16Ap.2:9; Jn.16:2. ↵ 17Ap.17:3.↵ [volver]
1Cor.4:1-2; II Cor.5:19; 15:10. ↵ 2Tit.1:5. ↵ 3Hch.6:2-3. ↵ 4Hch.15:25-28; I Cor.16:3. ↵ 5I Tim.3:2-7; 3:8-12.↵
Artículo 31: Los oficiales de la Iglesia
1Rom.12:7-8. ↵ 2Hch.1:23; 6:2-3; 13:2; I Cor.12:28. ↵ 3I Tim.5:22; 4:14. ↵ 4Heb.5:4. ↵ 5Hch.26:16; Mt.23:8-10. ↵ 6Ef.1:22. ↵ 7I Cor. 3:8. ↵ 8I Tes.5:12-13; Heb.13:17; I Tim.3:13.↵
Artículo 32: La orden y disciplina de la Iglesia
1I Cor.7;17. ↵ 2Col.2:6. ↵ 3Mt.15:9; Is.29:13; Gál.5:1. ↵ 4Rom.16;17; Mt.18:17; I Cor.5:5; I Tim.1:20.↵
1Rom.4:11; Gn.17:11; Ex.12:13. ↵ 2Col.1:9,11. ↵ 3Mt.28:19. ↵ 4Rom.10:8-9. ↵ 5Gn.9:13.↵ 6Col.2:11-12a; I Pe.3:20; I Cor.10:2; Mt.28:19.↵ 7I Cor.5:7.↵
Artículo 34: El sacramento de bautismo
Creemos y confesamos, que Jesucristo, el cual es el fin de la Ley1, por su sangre derramada ha puesto término a todos los demás derramamientos de sangre que se pudieran o quisieran hacer para propiciación y paga de los pecados; y que El, habiendo abolido la circuncisión que se hacía con derramamiento de sangre, en lugar de ésta ha ordenado el Sacramento del Bautismo2, por el cual somos recibidos en la Iglesia de Dios, y separados de todos los otros pueblos y religiones extrañas, a fin de estarle a El totalmente consagrados, llevando su enseñanza y estandarte; y nos sirve de testimonio de que El será eternamente nuestro Dios, siéndonos un Padre clemente. Así pues El ha mandado bautizar a todos los suyos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, solamente con agua; dándonos con esto a entender, que así como el agua limpia la suciedad del cuerpo al ser derramada sobre nosotros, lo cual se ve en el cuerpo de aquel que recibe el Bautismo y lo rocía, así la sangre de Cristo hace lo mismo dentro3 del alma al ser rociada por el Espíritu Santo4, ser ésta purificada de sus pecados5, y hacer que de hijos de ira seamos regenerados6 en hijos de Dios. No es que esto sucede por el agua externa8, sino por la aspersión de la preciosa sangre del Hijo de Dios9; el cual es nuestro Mar Rojo, a través del cual debemos pasar10, a fin de evitar las tiranías de Faraón, que es el diablo, y entrar en la tierra del Canaán espiritual. Así los ministros nos dan de su parte el Sacramento, y lo que es visible; pero nuestro Señor da lo que por el Sacramento es significado, a saber, los dones y gracias invisibles, lavando, purificando y limpiando nuestra alma11 de todas las suciedades e injusticias, renovando nuestro corazón y colmándolo de toda consolación, dándonos una verdadera seguridad de su bondad paternal, revistiéndonos del hombre nuevo12, y desnudándonos del viejo con todas sus obras. Por esta razón, creemos, que quien desea entrar en la vida eterna debe ser bautizado una vez con el único Bautismo13 sin repetirlo jamás14; porque tampoco podemos nacer dos veces. Más este Bautismo es útil no sólo mientras el agua está sobre nosotros, sino también todo el tiempo de nuestra vida. Por tanto, reprobamos el error de los Anabaptistas, quienes no se conforman con un solo bautismo que una vez recibieron; y que además de esto, condenan el bautismo de los niños de creyentes; a los cuales nosotros creemos que se ha de bautizar y sellar con la señal del pacto, como los niños en Israel eran circuncidados en las mismas promesas15 que fueron hechas a nuestros hijos. Y por cierto, Cristo ha derramado su sangre no menos para lavar a los niños de los creyentes, que lo haya hecho por los adultos16. Por lo cual, deben recibir la señal y el Sacramento de aquello que Cristo hizo por ellos; conforme el SEÑOR en la LEY mandó17 participarles el Sacramento del padecimiento y de la muerte de Cristo, poco después que hubieran nacido, sacrificando por ello un cordero, lo cual era un signo de Jesucristo. Por otra parte, el Bautismo significa para nuestros hijos lo mismo que la Circuncisión significaba para el pueblo judío; lo cual da lugar a que san Pablo llame al Bautismo «la circuncisión de Cristo»18.
1Rom.10:4. ↵ 2Mt.28:19. ↵ 3Jn.19:34; I Jn.5:6. ↵ 4I Cor.12:13; Mt.3:11. ↵ 5Heb. 9:(13)-14; I Jn.1:7; Hch.22:16; Ap.1:5b. ↵ 6Tit.3:5. ↵ 7I Cor.3:7; I Pe.3:21. ↵ 8I Pe.1:2; II Pe.2:24. ↵ 9Rom.6:3. ↵ 10Ef.5:25-26; I Cor.6:11.↵ 11Tit.3:5.↵ 12Gál.3:27. ↵ 13Mt.28:19; Ef.4:5. ↵ 14Heb.6:1-2a; Hch.8: 16-17. ↵ 15Gn.17:11-12; Mt.19:14; Hch.2:39. ↵ 16I Cor.7:14. ↵ 17Lv.12:6. ↵ 18Col.2:11. ↵
Creemos y confesamos, que nuestro Señor Jesucristo ha ordenado e instituido el Sacramento de la Santa Cena1 para alimentar y sostener2 a aquellos que ya ha regenerado e incorporado en su familia, la cual es la iglesia. Aquellos que han sido regenerados tienen ahora en sí dos clases de vida3: una corporal y temporal, que han traído de su primer nacimiento y es común a todos los hombres; otra espiritual y celestial, que les es dada en el segundo nacimiento, el cual se produce por la Palabra del Evangelio4, en la comunión del Cuerpo de Cristo; y esta vida no es común a todos, sino sólo a los elegidos de Dios. De este modo, Dios ha dispuesto, para mantenimiento de la vida corporal y terrenal, un pan terrenal y visible que sirve para ello y que es común a todos, de la misma manera que la vida. Pero, para mantener la vida espiritual y celestial que poseen los creyentes, El les ha enviado un pan vivo, que descendió del cielo5, a saber, Jesucristo; esta pan alimenta y sostiene6 la vida espiritual de los creyentes, cuando El es comido, esto es: cuando El es apropiada y recibido por la fe, en el espíritu. A fin de representarnos este pan celestial y espiritual, Cristo ha dispuesto un pan terrenal y visible por Sacramento de Su cuerpo, y el vino por Sacramento de Su sangre7, para manifestarnos, que tan ciertamente como recibimos el sacramento y lo tenemos en nuestras manos y lo comemos y bebemos con nuestra boca, por lo cual es conservada nuestra vida, así es de cierto también que recibimos en nuestra alma8, para nuestra vida espiritual, por la fe (que es la mano y la boca de nuestra alma) el verdadero cuerpo y la sangre de Cristo, nuestro único Salvador. Ahora pues, es seguro e indudable, que Jesucristo no nos ha ordenado en vano los sacramentos. Pues, de este modo obra en nosotros todo lo que El nos pone ante los ojos por estos santos signos; si bien la manera excede a nuestro entendimiento y nos es incomprensible, al igual que la acción del Espíritu Santo es oculta e incomprensible. Mientras tanto, no erramos cuando decimos, que lo que por nosotros es comido y bebido, es el propio cuerpo y la propia sangre de Cristo9; pero la manera en que los tenemos, no es la boca, sino el espíritu por la fe. Así pues, Jesucristo permanece siempre10 sentado a la diestra de Dios, su Padre, en los cielos11, y sin embargo no por eso deja de hacernos partícipes de El por la fe. Esta comida es una mesa espiritual, en la cual Cristo mismo se nos comunica con todos sus bienes, y en ella nos da a gustar tanto a sí mismo, como los méritos de su muerte y pasión; alimentando, fortaleciendo y consolando nuestra pobre alma por la comida de su carne, refrigerándola y regocijándola por la bebida de su sangre. Por lo demás; aunque los sacramentos están unidos con las cosas significadas, sin embargo no son recibidos por todos12 de igual manera. El impío recibe sí el sacramento para su condenación. Pero no recibe la verdad del sacramento13; igual que Judas y Simón Mago, ambos recibieron el sacramento, pero no a Cristo, que es significado por eso mismo, y quien únicamente es comunicado a los creyentes14. Por último, recibimos el Sacramento en la congregación del pueblo de Dios, con humildad y reverencia, guardando entre nosotros un santo recuerdo de la muerte de Cristo, nuestro Salvador, con acción de gracias, y además hacemos confesión de nuestra fe y de la religión cristiana15. Por eso, es conveniente que nadie se allegue al sacramento sin haberse probado16 primero a sí mismo, para que al comer de este pan y al beber de esta copa, no coma y beba juicio para sí17.
1Mt.26:26-28; Mk.14:22-24; Lc.22:19-20; I Cor.11:23-26. ↵ 2Jn.10:10b. ↵ 3Jn.3-6. ↵ 4Jn.5:25. ↵ 5Jn.6:48-51. ↵ 6Jn.6:63. ↵ 7Mt. 26:26; I Cor. 11:24.↵ 8Ef.3:17. ↵ 9Jn.6:(35),55; I Cor.10:16. ↵ 10Hch.3:21;Mt.26:11. ↵ 11Mc.16:19. ↵ 12I Cor.10:3-4. ↵ 13I Cor.2:14. ↵ 14II Cor.6:16; Rom.8: 22-32.↵ 15Hch.2:42; 20:7. ↵ 16I Cor.11:28. ↵ 17I Cor.11:29.↵
1Rom.13:1; Prov.8:15; Dan.2:21. ↵ 2Ex.18:20. ↵ 3Jer.22:3; Sal.82:3,6; Dt.1:16; Jer.21:12; Jue.21:25; Dt.16:19. ↵ 4Dt.17:18-20. ↵ 5Sal.101; I Re.15:12; II Re.29:3-4.↵ 6Is.49:23. ↵ 7Mt.22:21; Tit.3:1; Rom.13:1. ↵ 8Rom.13-7; Mt.17:27. ↵ 9I Pe.2:17; Rom.13:7b. ↵ 10Hch.4:19; 5:29. ↵ 11Os.5:10; Jer.27:5. ↵ 12I Tim.2:1-2; ↵ 13II Pe.2:10; Jds.8 y 10. ↵
Artículo 37: El último juicio
1Mt.13;23. ↵ 2Mt.25:13; 24:36; I Tes.5:1-2; II Pe. 3:9-10. ↵ 3Ap.6:11. ↵ 4Hch.1:11. ↵ 5Mt.24:30; Mt.25:31; Ap.20:11. ↵ 6II Tim.4:1; I Pe.4:5; Jds.15. ↵ 7Mr.12:18; Mt.11:22-23,33. ↵ 8I Tes.4:16. ↵ 9Jn.5:28-29. ↵ 10I Cor.15: 51 -52. ↵ 11Dan.7:10b; Heb.9:27; Ap.20:12. ↵ 12I Jn.5:29; Rom.2:5-6; II Cor.5:10; Ap.22:12. ↵ 13Mt.12:36. ↵ 14II Pe.2;9; Heb.10:27; Ap.14:7a. ↵ 15Lc.14:14; II Tes.1:5; I Jn.4:17. ↵ 16Guido de Brès cita aquí el libro de la Sabiduría (apócrifo). Por lo cual debemos tener muy en cuenta lo que el art.6 dice a este respecto. Así pues, cita del cap.5, los versos 1:8 y 15-17. ↵ 17Mt.25:41; Ap.21:8. ↵ 18Mt.10:32; Ap.3:5. ↵ 19Is.25:8; Ap.21:4. ↵ 20Is.66:5. ↵ 21Lc.14:14. ↵ 22Dan.7:22-27. ↵ 23I Cor.2:9. ↵ 24II Cor.1:20.↵
Editado por Edgar y Monica Ibarra