Source: http://indigenas.bioetica.org/not/nota39.htm
Timestamp: 2017-10-18 02:10:49
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Matched Legal Cases: ['Artículo 75', 'artículo 75', 'Artículo 75', 'artículo 75', 'artículo 8', 'artículo 1', 'artículo 8', 'artículo 75', 'artículo 75', 'artículo 22']

Genética y derechos de los indígenas
Aporte de la genética y antropología molecular a los derechos de los indígenas argentinos por la posesión de tierras[1].
Néstor Oscar Bianchi[2] y Verónica Lucrecia Martínez Marignac[3]
Aporte de la genética y antropología molecular a los derechos de los indígenas argentinos por la posesión de tierras.
Sistemas genéticos en el ser humano y la identidad étnica o geográfica de un ancestro
Herencia paterna, de factores ligados al cromosoma Y
Herencia materna, extranuclear o mitocondrial
Marcadores polimórficos
Sistemas de herencia uniparental para la determinación de linajes maternos y paternos
El uso de sistemas de herencia uniparental en antropología
Los marcadores de herencia uniparental y el acervo genético de la Argentina
La legislación referida a individuos indígenas y el aporte de la genética a la identificación de la preexistencia amerindia en el marco de esta legislación
Artículo 75, inciso 17 de la Constitución Nacional de 1994 y demás jurisprudencia
¿Quién es indígena? Legislación internacional, nacional y la genética
¿Quién es indígena? Legislación nacional y la genética
Se ha analizado el tipo de aporte generado por el desarrollo de marcadores de herencia uniparental del cromosoma Y, y el ADNmt a la identificación de comunidades indígenas en el marco del artículo 75 inciso 17 de nuestra Constitución Nacional.
El empleo de marcadores de ADN permiten determinar la existencia de Amerindios en los ancestros de un individuo y hace posible cuantificar la mezcla genética Amerindia, Europea, Africana, etc. de cualquier población.
En grupos humanos aislados existe una coincidencia marcada entre la identificación étnica de la población mediante parámetros socioculturales y la distribución de marcadores de ADN. Sin embargo de acuerdo a la historia de más de 500 años de contactos interétnicos acaecidos en nuestro país estos límites demuestran ser laxos y graduales en diferentes regiones. Asemejándose la distribución de los linajes ancestrales en grupos urbanos cosmopolitas a la composición de ciertas comunidades indígenas.
Se concluye que la presencia de linajes indígenas en un grupo posee un poder de inclusión pero la no presencia de estos en forma mayoritaria no excluye la eventual existencia de indígenas en los ancestros y por lo tanto no alcanza para negarles al grupo derechos indígenas delimitados en la legislación nacional.
Finalmente, el elemento genético es sólo en parte determinante de la identidad étnica y su grado de fuerza varía de grupo en grupo así como lo hacen otros parámetros biológicos como la apariencia física y socioculturales como la lengua, la vestimenta, la región que se habita, la organización e instituciones.
El componente genético es un aporte que debe asociarse a otros parámetros, socioculturales, registros históricos y datos de organismos oficiales.
La mayor parte de las poblaciones aborígenes Americanas mantienen el concepto místico que sus ancestros fueron "puestos" en el Continente Americano por un Supremo Creador (Ballantine y Ballantine, 1992). Opuestamente, una buena parte de los antropólogos actuales apoya la hipótesis que los ancestros de los indígenas americanos entraron al continente desde Asia a través de Beringia (Greenberg et al, 1986; Cavalli-Sforza, 1991).
Independientemente del grado de realidad de las propuestas anteriores, ambas coinciden en aceptar que los indígenas actuales descienden de los primeros humanos que habitaron el Continente Americano. Se argumenta que esta primera ocupación dio el derecho sobre las tierras americanas a los antecesores de los indígenas actuales y, en consecuencia, este derecho les fue usurpado durante las sucesivas colonizaciones de América iniciadas a partir de 1492.
El Artículo 75 Inciso 17 del capítulo IV de la Constitución Argentina de 1994 establece un marco legal que permite el reclamo de tierras por parte de las minorías indígenas en nuestro país como compensación por la violación de sus derechos históricos sobre las tierras americanas. Esta solicitud de compensación ha sido atendida en varios casos, habiéndose ya otorgado tierras a algunas de las minorías indígenas existentes en el territorio argentino.
“Art.75: Corresponde al Congreso:
Inc.17. Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos.
Garantizar el respeto a su identidad y derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades, y la posesión y propiedad comunitaria de las tierras que tradicionalmente ocupan; y regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable, transmisible ni susceptible de gravámenes o embargos.
El otorgamiento de las tierras por cuestiones de identidad étnica plantea una serie de problemas que aún no han sido analizados con detenimiento. En primer lugar ¿Cómo se define la identidad de un Indígena? Dado que las tierras se transmitirán a las sucesivas generaciones, ¿qué derechos tendrán los descendientes de los Amerindios, en especial si uno o más de sus ancestros pertenece a otra etnia?
La respuesta a estos interrogantes no es fácil. En la actualidad no existen poblaciones humanas que no hayan tenido el aporte genético de otras poblaciones, motivo por el cual el concepto sensu strictu de raza biológica no es válido para el ser humano. Asimismo, tampoco está definido qué cantidad de flujo génico debe existir para que la pertenencia a cierta etnia de una población sea negada. Por consiguiente, una población indígena podría quizá definirse por aspectos socioculturales en términos de organización que los distingue y por datos históricos provenientes de la misma población y de registros oficiales que indiquen que dicha población es descendiente de ancestros indígenas. Sin embargo, en caso de litigios por posesión de tierras o derechos de herencia, la definición anterior es probable que sea cuestionable o insuficiente, o en muchos otros casos que no sea reconocida. En tales casos, el estudio de factores genéticos heredables podría ser un elemento adicional a tener en cuenta para la toma de decisión judicial como de valorización de la identidad de un pueblo o comunidad indígena.
En la actualidad se han determinado factores hereditarios que nos permiten definir la probabilidad que un individuo haya tenido ancestros nativos americanos o de otro origen étnico o geográfico, por vía materna, paterna o por ambas. Este tipo de información heredable se halla contenida en el ADN o ácido desoxirribonucleico de los cromosomas autosómicos, sexuales (cromosomas X e Y) y del genoma mitocondrial pudiendo ser revelada a través de técnicas de biología molecular.
Se estima que en promedio el ser humano está compuesto por aproximadamente 100 trillones de células (Lacadena, 1988). Dentro de cada célula eucariota la información genética se halla contenida en secuencias de ADN altamente condensando, gracias a la interacción con proteínas, en estructuras denominadas cromosomas.
En organismos eucariotas como el ser humano, las estructuras cromosómicas se hallan contenidas en el núcleo de las células y en estructuras u organelas extranucleares o citoplasmáticas, denominadas mitocondrias (figura 1).
El ADN contenido en los compartimentos nuclear y mitocondrial, o el complemento del material genético que un organismo hereda de sus padres (genoma), es transmitido a través de 3 formas diferentes de herencia, la herencia autosómica o mendeliana y dos tipos de herencia uniparental que involucran la herencia ligada al cromosoma Y o herencia paterna y la extranuclear o mitocondrial denominada herencia materna. Estas dos últimas son herencias de tipo no mendeliano (Dobzhansky et al, 1988; Lewin, 1997).
El cariotipo -número, tamaño y forma de los cromosomas- humano para cada célula somática contiene 22 pares de cromosomas autosómicos y dos cromosomas sexuales. Estos últimos se designan en la mujer como XX y en el varón como XY. Los cromosomas miembros de cada par autosómico y del par sexual en la mujer, poseen la misma información, denominándoselos cromosomas homólogos y cada uno de ellos es aportado por uno de los progenitores. Al juego doble de cromosomas en células somáticas se lo denomina diploide (2n).
Durante la meiosis o formación de las células germinales -espermatozoide y óvulo- el contenido diploide de las células se reduce a la mitad del número usual, resultando que cada célula gamética a diferencia de las células somáticas contiene uno de los miembros de cada par cromosómico o una dotación haploide[4] (n) de cromosomas. En consecuencia, en el momento de la fecundación, cada progenitor contribuirá a la descendencia con un cromosoma de cada par es decir con un 50% de su información genética.
Durante la meiosis, además de reducirse el contenido genómico, se produce el apareamiento físico entre cromosomas homólogos, esta disposición de cercanía permite que se produzca el entrecruzamiento y un proceso de intercambio de secuencias entre los cromosomas homólogos. Este proceso es denominado recombinación meiótica y caracteriza a la herencia de tipo autosómica o mendeliana.
La herencia autosómica involucra al modo en como cada uno de los cromosomas miembros de los pares autosómicos son transmitidos de una generación a la siguiente. La información contenida en los cromosomas autosómicos es heredada de acuerdo a la teoría mendeliana de la herencia que presenta los siguientes puntos: 1) para cualquier carácter genético existe dos o más "factores" hereditarios o alelos; 2) estos alelos en un individuo se hallan de a pares y se heredan uno de cada progenitor; 3) los dos alelos segregan durante la meiosis, por lo que cada célula germinal recibe únicamente un alelo; 4) cada célula gamética recibe con una probabilidad del 50% un alelo o el otro; 5) los distintos alelos responsables de los distintos caracteres del individuo son transmitidos en forma independiente y se asocian al azar durante la formación del cigoto; 6) si el alelo que recibe el individuo es el mismo se dice que para ese carácter genético el individuo es homocigota, si por el contrario el individuo recibe alelos diferentes se designa como heterocigota (Dobzhansky et al, 1988).
A pesar de que todos los supuestos anteriores se cumplen en la mayoría de los casos, el punto 5 puede no darse. Este es el caso en que dos o más genes situados sobre un mismo cromosoma posean la tendencia a heredarse en forma conjunta en vez de transmitirse independientes o en forma azarosa. Esto es denominado ligamiento genético.
En 1911 Morgan propuso que el ligamiento genético es resultado de la localización de los genes sobre un mismo cromosoma y de la distancia física que los separe. Estarán ligados cuando la distancia entre ellos sea menor a la necesaria para que se realice un intercambio o recombinación entre sus secuencias homólogas, y por lo tanto serán transmitida siempre en forma conjunta de un progenitor a su descendencia.
La distancia entre dos secuencias de interés puede ser entonces definida en unidades de centimorgan (cM) o % de recombinantes en la generación siguiente -1cM equivale al 1 % de recombinación que en el hombre corresponde a una distancia de 1 Mb (millón de bases).
Un grupo de ligamiento involucra todos aquellos genes o secuencias sobre un mismo cromosoma que se transmiten juntos a la descendencia debido a sus relaciones de ligamiento. Por el contrario, si los genes se encuentran en diferentes cromosomas se dice que son genes o secuencias independientes. Sin embargo, puede ocurrir que secuencias o genes molecularmente ligados, sobre el mismo cromosoma, segreguen como genéticamente independientes, estos genes reciben el nombre de sinténicos.
Como consecuencia de los ítems 1 al 4 la herencia de tipo mendeliano genera que la información de un determinado progenitor se transmita a la descendencia en una proporción que disminuye por mitades por cada generación, lo que se expresa según la ecuación 0,5n, donde n es el número de generaciones (figura 2).
La herencia asociada al cromosoma Y es denominada holándrica. Sólo lo transmiten los varones a su descendencia masculina. Sólo un 5% de su secuencia, correspondiente a los segmentos dístales del brazo corto y largo (Yp y Yq), regiones pseudoautosómicas, son homólogas al cromosoma X y por lo tanto son las únicas regiones que sufren intercambio de segmentos durante la meiosis (Page et al, 1982; Freije et al, 1992). Aquellas regiones que no recombinan con el cromosoma X son denominadas Y-específicas (Marshall Graves, 1995).
Las regiones específicas del cromosoma Y actúan como un sistema genético, y todas sus secuencias se transmiten a la siguiente generación en completo ligamiento y en consecuencia, a diferencia del caso de la herencia autosómica donde la fuente de variación es debida a la recombinación y la mutación, sólo la mutación actúa como única fuente de variación entre el cromosoma Y del ancestro paterno y de los varones descendientes (Ellis et al, 1989).
En el caso del cromosoma Y, por no poseer homólogo y no recombinar en su casi totalidad (95%) sus secuencias se dicen se hallan ligadas y constituyen un único grupo de ligamiento. Es por ello que sus secuencias se hallan en desequilibrio de ligamiento (Maynard-Smith, 1990; Marshall Graves, 1995).
El desequilibrio de ligamiento describe la situación en donde una combinación de secuencias se presentan en una población con una frecuencia que no es la esperada. Implica que el conjunto de secuencias es heredado en forma coordinada. El desequilibrio de ligamiento no es sólo aplicable a la situación de secuencias específicas del cromosoma Y sino a todas las secuencias que tienden a heredarse en una población en frecuencias que no coincidan con las esperadas según las distancias en cM que separan ambas secuencias.
En el caso del cromosoma Y sus regiones Y-específicas son heredadas en completo ligamiento y se lo expresa por la ecuación 1n, donde n es el número de generaciones, diferenciándose así de una herencia de tipo mendeliano (Bravi et al, 1997). Entonces mientras cada varón recibe un 50% de sus genes o secuencias autosómicas de cada uno de sus progenitores, el 100% de sus genes o secuencias Y-específicas provendrán de su padre y él las transmitirá en un 100% a sus hijos varones (figura 2).
La mitocondria es una organela citoplasmática encargada de la respiración celular, se presentan en un número variable de copias según el tipo de célula (de 10 a 10000 copias). Esta organela posee en su interior unas 10 moléculas de ADN circulares que se autoreplican.
El ADN mitocondrial humano (ADNmt) es una molécula circular de 16569 pares de bases, fue secuenciada completamente a partir de un individuo en 1981 por Anderson y col. y recientemente corregida por Andrews y col. (1999).
La información genética contenida en cada molécula de ADNmt se halla en forma compacta ya que sus 37 genes están distribuidos en forma continua y son transcriptos a partir de un único promotor (Attardi, 1985; Shadel, 1999). Posee dos regiones que no codifican proteínas representadas, por un segmento de 1024 pb involucrado en la transcripción y replicación de la molécula denominado asa de desplazamiento o asa-D[5], y la región V, un segmento pequeño entre los genes para la citocromo oxidasa II (COII) y el ARN de transferencia para lisina (tARNlis) (Anderson et al, 1981; Bonen, 1991; Brown et al, 1998).
El ADN mt posee una herencia uniparental o materna. A pesar de que el óvulo y el espermatozoide contienen mitocondrias, estas sólo son transmitidas por vía materna a través del óvulo a la descendencia, debido a que las del espermatozoide son eliminadas en el momento de la fecundación del ovocito (Giles et al., 1980; Sutovsky et al, 1999).
El ADNmt carece además de recombinación y por lo tanto el contenido del genoma mitocondrial actúa como un sistema haploide. Al poseer el hombre de cientos a miles (102-104) de copias de ADNmt por célula (Kirby, 1990; Shadel, 1999) se genera un fenómeno de polihaploidía en todas las células.
Al carecer de recombinación el ADNmt (Ohno et al, 1996; Bodooki et al, 1997) se comporta como un bloque de genes ligados que se transmite intacto a lo largo de generaciones sucesivas (Brown et al, 1979; Giles et al, 1980; Ohno et al, 1996; Bodooki et al, 1997).
La herencia del ADNmt como de las secuencias específicas del cromosoma Y se expresa por medio de la ecuación 1n , es decir el 100% de las secuencias del ADNmt se transmitirán del ancestro materno a su descendencia (figura 2).
Al transmitirse todas las secuencias mitocondriales o del cromosoma Y en completo ligamiento a través de las sucesivas generaciones, sólo la mutación actúa como única fuente de variación o cambio entre el ADNmt de un ancestro femenino y el cromosoma Y del ancestro paterno con sus descendientes,
La identidad genética de un individuo puede evidenciarse mediante manifestaciones externas (color de ojos, cabellos, color de la piel, grupos sanguíneos) que involucran al fenotipo, o a partir de su constitución genética heredable, genotipo.
La composición génica de un ser vivo determina en gran parte, las características de su fenotipo. Cuando la interacción entre el fenotipo y el medio ambiente es armónica la posibilidad del individuo de reproducirse y propagar sus genes es más eficiente que en aquellos casos en los cuales el fenotipo tiene desventajas en relación con el entorno. Esta interacción fenotipo / entorno es la base del proceso de selección natural.
En el ser humano, al igual que en la mayor parte de los organismos celulares, no mas del 2-3% del ADN nuclear cumple funciones génicas, mientras que el 97-98% restante carece de genes y por lo tanto la mayoría de estas secuencias no cumplen un rol relevante en el moldeo del fenotipo. Las mutaciones o cambios que acontecen en los genes están sometidos a los procesos de selección natural. Si mejoran la adaptación del individuo a su entorno aumentarán las chances reproductivas del portador y, en sucesivas generaciones aumentarán la frecuencia del gen o los genes mutados en la población. Si por el contrario la mutación es detrimental, tal como ocurre la mayor parte de las veces, el gen mutado tendrá manos posibilidades de transmitirse a las generaciones siguientes. Opuestamente, una mutación en el ADN no-génico, al no originar cambios en el fenotipo no esta sometida a la selección natural y su posibilidad de transmisión a las descendencias futuras dependen de factores no relacionados con las fuerzas de selección; a estas mutaciones se las denomina “neutras” dado que su propagación y su frecuencia en una población son independientes de la selección natural.
Algunos tipos de mutación, por sus características han ocurrido una vez y no se han repetido más. En consecuencia todos los individuos que exhiben dicha mutación derivan de un único individuo, hombre o mujer, en el cual ocurrió por primera y única vez el evento mutacional. Si este individuo existió en África, o en Asia o en cualquier otra región geográfica tendremos una mutación “marcadora” de región geográfica y de etnia.
En la última década se ha identificado un numero importante de marcadores étnico/geográficos de ADN evidenciados a través de variados métodos de biología molecular (Lewin, 1997).
El estudio de la variabilidad a nivel del ADN y la caracterización de marcadores moleculares, fue posible a partir del desarrollo de nuevas técnicas de biología molecular durante la década del '70, tales como el corte con enzimas de restricción (Smith, 1979), métodos de hibridación (Kohne, 1970), los métodos de secuenciación (Sanger et al, 1977), la técnica de PCR (Polimerasa Chain Reaction) (Mullis et al, 1986) y los métodos de clonado de ADN (Jackson et al, 1972).
A partir del desarrollo del PCR se pudo obtener secuencias completas de diferentes regiones del genoma nuclear, del ADNmt y facilitar notablemente el estudio de ADN antiguo preservado en tejidos momificados, huesos y dientes (Hagelberg y Clegg, 1993; Stone y Stoneking, 1993; Hauswirth et al, 1994).
Desde un punto de vista genético está claro que las secuencias de ADN en los individuos contemporáneos se han transmitido a ellos de generaciones previas, también es claro que no todos los alelos de una generación serán transmitidos a la descendencia.
Los sistemas de herencia uniparental al carecer de recombinación permanecen inalterables generación a generación estableciendo linajes que permanecen estables hasta el surgimiento de una mutación.
Se entiende por linaje materno o paterno al conjunto de marcadores genéticos del ADNmt o el cromosoma Y que caracterizan un grupo de individuos o poblaciones que están emparentadas por derivar de un mismo ancestro femenino o masculino.
Generalmente es aceptado que los marcadores genéticos más frecuentes en un grupo de individuos relacionados filogenéticamente constituyen caracteres ancestrales compartidos que han sido retenidos del ancestro común que les dio origen (Stewart, 1993).
Cuando se utilizan marcadores del cromosoma Y se puede rastrear el origen étnico de los linajes paternos, mientras que los marcadores de ADN mitocondrial se emplean en la identificación de los linajes maternos. Finalmente, mediante el empleo de marcadores del cromosoma Y, del ADN mitocondrial, y de los autosomas puede determinarse eficientemente el nivel de mezcla génica europea, africana, indígena, etc, de cualquier población.
Por otro lado, en lo que respecta a la herencia exclusivamente materna se determinó la existencia de 7 a 13 linajes mitocondriales específicos de poblaciones indígenas americanas (Bailliet et al, 1994; Bianchi y Rothhammer, 1995). Mientras que el estudio en diferentes poblaciones europeas, africanas y asiáticas evidenció un número igual o mayor de linajes paterno o maternos específicos para cada una de estas regiones geográficas, respectivamente (Ballinger et al, 1995; Chen et al, 1995; Torroni et al, 1996).
Los sistemas uniparentales nos entregan una imagen complementaria al caracterizar linajes paternos y maternos. Ambos sistemas genéticos indican en forma absoluta la presencia de ancestros de origen étnico diferente y reflejan la manera en que se conforman las parejas en casos de contactos interétnicos. Esta caracterización provee en el presente una importante fuente de información para develar patrones demográficos y movimientos migratorios de los diferentes grupos humanos.
La figura 2 ilustran todas las formas de herencias descriptas, para marcadores autosómicos, del ADmt y del cromosoma Y en el hombre, y puede ser utilizada para demostrar el alcance, ventajas y desventajas que marcadores específicos de regiones geográficas, del ADNmt o el cromosoma Y poseen para determinar el origen del progenitor inmediato de un individuo.
Ilustremos con ejemplos teóricos la figura 2, abarcando linajes indígenas:
Una mujer indígena formó pareja con un europeo (F0), la cual pasó a residir en una zona urbana. Una hija mujer de esta pareja, con el 100% de su linaje materno indígena y un 50% de su herencia autosómica indígena (F1) tuvo descendencia con un europeo de la región. Sus hijos (F2) presentan linajes Amerindios para el ADNmt (12) y aproximadamente un 25% (0,52) de marcadores autosómicos indígenas.
Un varón indígena tiene descendencia con una mujer europea (F0). Un hijo varón de esta pareja con el 100% de su linaje paterno amerindio y un 50% de su herencia autosómica del mismo origen (F1) pasa a residir a una zona urbana, donde forma una pareja con una mujer de ascendencia amerindia. Allí su descendencia masculina (F2) se caracteriza por presentar el 100% de sus linajes paternos y maternos indígenas, mientras que su componente autosómico posee una probabilidad del 25% de ser de origen europeo (0,52 probabilidad que proviene del padre) o puede ser mayor dependiendo del aporte materno.
En este último caso, una hija (F2) del ítem 1 forma pareja con un varón (F2) del ítem 2, su descendiente, el último individuo del gráfico (F3), posee el 100% de sus linajes paternos y maternos de origen amerindio pero sus marcadores autosómicos poseen una probabilidad menor de ser del mismo origen étnico.
La figura 2 y los ejemplos demuestran que la presencia de marcadores específicos de regiones geográficas para el ADNmt o el cromosoma Y, necesariamente no representan el origen del progenitor inmediato de un individuo, y que la presencia de un linaje por ejemplo europeo en este no significa que el individuo haya sido europeo, para el conjunto de su genoma nuclear, ni menos aún desde un criterio cultural o fenotípico.
Por expuesto se evidencia que los linajes mitocondriales y del cromosoma Y tienen valor para la inclusión pero no para la exclusión del posible origen étnico de un individuo. En consecuencia la determinación de la pertenencia de un determinado individuo o grupo a cierta etnia debe conjugarse siempre con parámetros socioculturales e históricos así como la autodeterminación cultural e intersubjetiva del individuo.
Debido a la manera particular de transmisión de los tres sistemas de herencia una relación determinada de ancestralidad étnica puede poseer diferentes construcciones no siempre concordantes según la base de la que partimos para determinarla, el cromosoma Y, ADNmt o secuencias autosómicas o de herencia biparental.
Los marcadores moleculares para el ADNmt y del cromosoma Y confirman que un individuo posee un ancestro indígena pero no evidencia si este es inmediato o no. En el ámbito poblacional, sin embargo, el uso de este tipo de marcadores posee más ventajas al permitir determinar la preexistencia étnica[6] de los miembros de las comunidades indígenas y su constitución predominantemente amerindia.
Esto puede observarse en estudios recientes realizados por el grupo del Dr. Bianchi en una población afrouruguaya (Bravi et al, 1997). Los individuos que componían dicha población fueron seleccionados por existir datos históricos que aseguraban su descendencia de los primeros africanos esclavos que entraron a Uruguay en el siglo XVIII (Sans et al, 1996).
Los resultados obtenidos por Bravi et al (1997) mostraron que sólo un 50% de los linajes maternos y un 50% de los linajes paternos eran de origen africano, siendo el resto de origen europeo o amerindio. ¿Determinan estos datos que esa población afrouruguaya es de origen africano, europea o amerindia?. Obviamente no. Sin embargo, en combinación con la información sociocultural e histórica, ofrecen una importante prueba certificable por métodos biológicos de que dicha población en su conjunto deriva de ancestros africanos y que conjuntamente tienen una fuerte identidad africana (Sans et al, 1996; Bravi et al, 1997).
Estudios poblacionales desarrollados desde 1995 con marcadores de herencia uniparental determinaron el grado de utilidad de estos sistemas genéticos en la caracterización del origen étnico o geográfico de poblaciones actuales argentinas.
La caracterización de los linajes paternos y maternos fue desarrollada en poblaciones indígenas sudamericanas, en poblaciones urbanas de la provincia de Jujuy y de la ciudad de La Plata, Buenos Aires. Cada una de estas muestras fueron seleccionadas como ejemplos de contacto interétnico acaecido en la República Argentina y a los más de 500 años de mezcla genética desarrollados en el territorio argentino.
La ciudad de La Plata es un ejemplo paradigmático de una población de constitución reciente fundada principalmente por contingentes europeos a finales del siglo XIX (Bejarano, 1967; Barba, 1983) que a partir de los años 30´ recibe una afluencia considerable de grupos hispanoamericanos de regiones rurales y países limítrofes (Elizalde, 1975; Fouscaldo, 1985; Ratier, 1988; Gurrieri, 1990); en segundo lugar la muestra de la Provincia de Jujuy representa una población histórica con un alto complemento genético de origen amerindio y con contacto con europeos a partir de los primeros tiempos de la colonia; y finalmente las muestras de diferentes etnias amerindias que representan a poblaciones relativamente aisladas, que constituyen segmentos sociales organizados y distintivos de nuestro país.
En la actualidad existen aproximadamente 12 etnias amerindias supervivientes de las más de 30 que residían en el territorio de la actual República Argentina (Martínez-Sarasola, 1992) constituyendo un sector culturalmente diferenciado. Estos grupos han sido diezmados y confinados desde la época colonial, muchos han conformado sectores empobrecidos y campesinos de nuestra sociedad que junto a inmigrantes de países limítrofes integraron desde los años 50 los movimientos poblacionales hacia las grandes ciudades (Fouscaldo, 1985; Ratier, 1988; Tamagno, 1991 y 1996).
Gran parte de las poblaciones indígenas sufrieron una dinámica de mezcla cultural y genética con el europeo constituyendo grupos de matriz hispano-indígena y cultura criolla (Martínez-Sarasola, 1992).
En lo que respecta a la mezcla genética, el estudio de marcadores de herencia uniparental evidenció una distribución diferencial de linajes mitocondriales y del cromosoma Y de origen indígena en diferentes regiones argentinas. Los sectores muestreados de la ciudad de La Plata[7] y provincia de Jujuy[8] presentan una distribución desigual de linajes de origen americano según la mezcla génica.
La Puna Jujeña y en el sector obrero de La Plata presentó una incidencia de linajes indígenas americanos en similar proporción a la observada en las comunidades indígenas (Martínez-Marignac et al, 1999; Martínez Marignac et al, 2000).
La historia particular del contacto interétnico entre los diferentes grupos humanos que habitan la Argentina, las migraciones recientes de grupos rurales y de países limítrofes a regiones urbanas desdibujó y sigue desdibujando los límites étnicos.
El desarrollo de este tipo de estudios demuestra que los linajes no americanos, específicos del cromosoma Y, aumentan en su distribución de acuerdo con la mayor participación europea y de otras etnias a lo largo de la historia de las poblaciones muestreadas. Estos resultados confirman la participación de los linajes masculinos europeos en el proceso de conformación de las comunidades actuales urbanas mixtas e indígenas. Este aporte no a hecho posible definir la identidad genética amerindia en forma unívoca de un individuo o comunidad en su conjunto.
Estos estudios respecto de la contribución de linajes de herencia uniparental dan cuenta que la contribución de linajes maternos americanos con relación a los paternos del mismo origen es significativamente mayor: 55% vs 15%, respectivamente, para las muestras de la ciudad de La Plata; 100% vs 65% para el total de las muestras de la provincia de Jujuy; y el 100% de linajes maternos americanos (Torroni et al, 1992; Torroni et al, 1993; Bailliet et al, 1994; Merriwether et al, 1995) vs el 76% de linajes paternos americanos en comunidades indígenas sudamericanas (Martínez-Marignac et al, 2000). Esta contribución diferencial de los linajes paternos y maternos posee connotaciones de relevancia en el ámbito social e histórico (Dipierri et al, 1998). Permite inferir que las mujeres nativas americanas y de descendencia amerindia de regiones rurales o países limítrofes presentan una tasa de migración considerable hacia las regiones del partido de La Plata y Gran Buenos Aires lo que concuerda con estudios antropológicos, demográficos e históricos (Elizalde, 1975; Gurrieri, 1990; Stoneking, 1998).
La conquista española fue llevada a cabo principalmente por hombres esto combinado a los privilegios del hombre en la sociedad europea, especialmente en tiempos coloniales, generó la práctica de la poligamia con mujeres indígenas (Herren, 1992; Bailliet et al, 2000). En este respecto los actuales descendientes de esta mezcla pueden o no poseer fenotipos amerindios pero comparten un ancestro materno indígena.
La correlación de los marcadores de herencia uniparental con el origen geográfico del linaje materno o paterno de un individuo es un importante aporte de la genética molecular que en combinación con parámetros socioculturales e históricos evidencien los contactos y movimientos poblacionales que conformaron una población urbana. Sin embargo, existe una ineficacia de la construcción de límites por medio de los marcadores empleados basada en lo complejo de la historia de contactos interétnicos y por otro lado la construcción social de la identidad de un grupo humano antes que genética.
A escala grupal o de comunidad los linajes de herencia uniparental permiten determinar la presencia de ancestros indígenas o europeos en un grupo. Sin embargo, esto no significa que exista una correlación entre la identidad cultural de la población estudiada y los resultados obtenidos.
Para comprender esto cabalmente hay que tener en cuenta distintos factores, históricos, geográficos, sociales, y la forma particular de distribución y transmisión de los sistemas genéticos analizados. Asimismo, que clase de límites o construcciones de grupos humanos pueden realizarse por medio de factores genéticos y preguntarse si estos son estables y fáciles de construir.
La variación genética se halla estructurada y es dinámica (Chakraborty y Jin, 1992; Jin y Chakraborty, 1995). Esta estructuración o conformación de límites entre grupos humanos está generada por la constitución preferencial de parejas reproductivas dentro de una misma etnia, clase social o grupos aislados geográficamente.
La estructuración genética permite que las comunidades indígenas aisladas se diferencien en forma importante en diversos aspectos con las sociedades urbanas. Sin embargo, las grandes migraciones y asimilación de las poblaciones indígenas nos pueden hacer imposible la delimitación real de las comunidades indígenas actuales en un país donde los movimientos poblacionales continuos desdibujan cada vez los límites genéticos alguna vez instaurados (Cavalli-Sforza, 1991).
En la República Argentina es difícil saber cuántos indígenas existen debido a la falta de un censo actualizado, sin embargo se estima entre 14 a 20 etnias indígenas que nucléan a unos 150.000 a 200.000 individuos indígenas (Martínez-Sarasola, 1992; Carrasco y Briones, 1996).
La legislación concerniente a las poblaciones indígenas en nuestro país datan desde la misma conformación del estado nacional, ejemplo de ello lo son, los decretos Nº 240 de 1811 que revoca el tributo pagado por el indio a la corona de España y el Nº 436 de 1813 a través del cual se reconoce al indio de todas las provincias como hombre perfectamente libre y en igualdad de derechos a todos los ciudadanos; la ley Nº 1311 de 1883 que plantea una política nacional paternalista y asimilacionista, con tendencia a una absorción total de los núcleos aborígenes y su conversión a la fe católica como condición imprescindible para ser considerados ciudadanos, todo ello amparado por la antigua Constitución Nacional (Bernard, 1965; Martinez-Sarasola, 1992; Carrasco y Briones, 1996, Altabe et al, 1995).
En la actualidad los derechos indígenas están acogidos en la declaración Universal de los Derechos Humanos, la declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, la Convención Americana sobre Derechos Humanos, así como por el convenio Nº107 de la O.I.T, actualizado posteriormente por el convenio Nº 169 sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes, ambos adoptados por nuestro país a través de las leyes nacionales Nº 14.392 y 24.071 de 1959 y 1992, respectivamente.
Los derechos que se mencionan en los documentos anteriores se podrían sintetizar como, el derecho a ser y permanecer ellos mismos, viviendo según sus costumbres y desarrollando su propia cultura, a la libertad de autodeterminación en el contexto de la unidad nacional y el derecho a la restitución del territorio del que fueron despojados y a la legalización de aquellos en que viven tradicionalmente, así como un control efectivo de sus recursos (Naciones Unidas-Comisión de los Derechos Humanos, 1994-1996).
En la República Argentina a partir de la década del ochenta a través de un proceso legislativo que tuvo su origen en las provincias se comienza con un reconocimiento más amplio de los derechos de las comunidades indígenas, en lo que respecta especialmente a la propiedad de tierras (ley provincia de Formosa Nº426/84; de Salta Nº6373/86, de Chaco 3258/87, de Misiones Nº 2435/87 reemplazada por la Nº 2727, de Río Negro Nº2287/88, de Chubut 11.078/90 y de Santa Fe 11.078/93).
El proceso reivindicativo en el ámbito nacional se observa con la sanción de la ley Nº23.302 en 1985, sobre Política Indígena y Apoyo a las Comunidades, que sin embargo hasta el presente y luego de reclamos por parte de la Asociación Indígena de la República Argentina (AIRA) no ha entrado en vigor completamente. Otro ejemplo es la ley nacional Nº24.071 de 1992 que adopta el convenio Nº169 de la O.I.T., pero esta al igual que la anterior presenta problemas para su aplicación debido a que recién en el presente año 2000 se ha confirmado su adopción ante el respectivo ente internacional.
Este proceso legislativo iniciado en las provincias fue consolidado en 1994 con la sanción del artículo Nº75 inciso 17 de la reformada Constitución Nacional.
Esta reforma genera la necesidad inmediata al estado Argentino en legislar y comprender las diferentes culturas indígenas, reconocer su existencia y su propia conformación multicultural y étnica.
La Constitución Nacional ha planteado un conjunto de desafíos, a los cuales el aporte de la genética molecular intentó iluminar desde una visión basada en los criterios de preexistencia de los pueblos indígenas a la conquista española.
La relación redefinida de los pueblos indígenas con el estado nacional y provinciales y con la sociedad global a partir de la reforma constitucional de 1994, la ley 23302, 24071 y demás legislación nacional plantea la necesidad de definiciones interculturales y que a la relación intersubjetiva generadora de la identidad de un pueblo deba dársele parámetros más concretos y objetivos.
Desde la genética molecular en asociación a la antropología y la bioética se brinda una visión de esa relación redefinida de la Nación Argentina con sus pueblos y se plantean nuevas perspectivas ante distintos frentes como lo son: la aplicación de marcadores específicos de etnias o regiones geográficas, bioética de los estudios poblacionales en genética, la posibilidad que presentan estos tipos de sistemas en la reivindicación histórica de los pueblos indígenas, aplicación en genética forense de los marcadores aplicados para determinar el origen étnico de los ancestros y discutir su aplicación en la identificación amerindia en litigios por la posesión de tierras siempre como elemento adicional a definiciones socioculturales.
Estas perspectivas son de gran interés para las propias comunidades indígenas por lo que desde 1999 se hallan involucradas en este tipo de planteamientos (Guanuco y Martínez Marignac, 2000).
El artículo 75, inciso 17 de la carta Magna considera claramente a la Argentina como país multiétnico y pluricultural opuesto a un país que se pensó a sí mismo blanco y europeo; la constitución al mismo tiempo reconoce las poblaciones indígenas como “pueblos”[9], lo que demuestra, que la Argentina, además de ser sensible a la normativa internacional lo es finalmente a las necesidades largamente desatendidas de un sector de nuestra sociedad generando un marco legal para sus reclamos. Sin embargo, como señala Krebs (1997) la Constitución los incorpora a las leyes de nuestro país como una entidad opaca y sin una definición clara.
La Constitución Nacional sancionada en 1994 aparta derechos especiales para “los pueblos indígenas argentinos “, pero ¿quienes son?, ¿cómo se definen y cuáles son sus límites?. Si la Constitución Nacional aparta derechos especiales para estos pueblos indígenas, transcribiendo a Krebs (1997), ¿cómo se los define?, ¿dónde se colocan los límites en un país que es el resultado de 500 años de constante mezcla biológica y cultural?.
Podría debatirse entonces según los resultados obtenidos en los estudios en poblaciones urbanas, en las comunidades o poblaciones portadoras de formas culturales y biológicas mestizas si pueden ser beneficiarios de la actual legislación indígena. En este marco se debe tener en cuenta que toda cultura y la delimitación étnica son dinámicas, cambia permanentemente sus límites siendo laxos e integra en el tiempo elementos foráneos en el contacto con otras culturas (Tamagno et al, 1991).
La categoría “indígena” comenzó quinientos años atrás y continua en nuestros días, fue producto de la distancia y de una simplificación de las diferentes etnias por los colonizadores (aproximadamente 23 etnias americanas en nuestro territorio -Martínez-Sarasola, 1992). Esta categoría encerró el estereotipo de salvaje, primitivo y dominado que favoreció la apropiación de las tierras y la explotación de los nativos como mano de obra barata (Tamagno, 1996).
En la construcción de una definición intersubjetiva de “indígena” los miembros de las diferentes etnias y las organizaciones internacionales como gubernamentales intercambian conceptos y términos.
En la actualidad, los miembros de las diferentes etnias se expresan con el mismo término, indígena, o con a través de los términos como nativo americano, aborigen, para tener un punto de encuentro con el europeo y sus descendientes (Convenio para Investigaciones Científicas en Comunidades Indígenas, Argentina, 2000). Sin embargo reclaman el derecho a definir lo que estas categorías abarcan. Así lo expresa el Consejo Mundial de Poblaciones Indígenas: “..... el derecho de definir quién es persona indígena se reserve a los propios pueblos indígenas. Bajo ninguna circunstancia debemos permitir que unas definiciones artificiales tales como las contenidas en la Ley sobre los Indios del Canadá, Ley sobre Aborígenes de Queensland de 1971, de Australia, etc., nos digan quienes somos.” (Martínez-Cobo, 1982); también se expresan así en la Declaración de Manila de 1996; en el artículo 8 y 9 del borrador de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y en la sección primera artículo 1, inciso 2 del borrador de la Declaración Interamericana.
El derecho a una autodefinición de quien es indígena bien hace referencia a la conciencia étnica, a la identidad o noción de un nosotros frente a la alteridad con los otros, que se fundamenta en uno o una combinación de factores como la lengua, la religión, el parentesco, las características fenotípicas, etc. La importancia de estos factores en un momento dado para la definición de quien es indígena son dependientes de las circunstancias históricas y políticas y se generan en la situación de contacto interétnico (Cardoso de Oliveira, 1976). El CELADE en 1995 subrayó las dificultades en determinar parámetros que nos definan los límites de lo “indígena” en especial referencia a los censos en países latinoamericanos debido al proceso de aculturación en que viven las diferentes culturas americanas (CELADE, 1995).
Todo parámetro para categorizar a alguien como indígena deberá descansar en la adscripción individual como intersubjetiva (Barth, 1979; Altabe et al, 1995) y en una noción dinámica de cultura e identidad.
En 1989 la Organización Internacional del Trabajo aprobó el convenio Nº169 en el que define como elemento fundamental para delimitar las comunidades tribales y semitribales, la “conciencia de su identidad indígena o tribal”, indicador subjetivo pero primordial de la pertenencia étnica.
Las Naciones Unidas a través del borrador de la Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas no adopta ninguna definición sobre “indígena” otorgando en el artículo 8 el derecho individual como colectivo a la autoidentificación étnica. Sin embargo, José María Martínez-Cobo en su trabajo de 1986 como redactor especial del estudio del Problema de la Discriminación contra las Poblaciones Indígenas dependiente de la Subcomisión de Prevención de Discriminación y Protección a las Minorías de la Comisión de Derechos Humanos del Consejo Económico y Social, propuso una definición que fue posteriormente utilizada extraoficialmente:
“son comunidades, pueblos y naciones indígenas los que, teniendo una continuidad histórica con las sociedades anteriores a la invasión y precoloniales que se desarrollaron en sus territorios, se consideran distintos de otros sectores de las sociedades que ahora prevalecen en esos territorios o en parte de ellos. Constituyen ahora sectores no dominantes de la sociedad y tienen la determinación de preservar, desarrollar y transmitir a futuras generaciones sus territorios ancestrales y su identidad étnica como base de su existencia continuada como pueblo, de acuerdo con sus propios patrones culturales, sus instituciones sociales y sus sistemas legales”.
José Martínez Cobo subraya diferentes puntos con relación a esa continuidad histórica a la que hace referencia, de los cuales uno o más deben haberse prolongado hasta el presente para que individual o colectivamente sean considerados indígenas:
a) la ocupación de las tierras ancestrales o al menos de parte de ellas;
b) cultura en general, o en ciertas manifestaciones específicas (tales como religión, vida bajo un sistema tribal, pertenencia a una comunidad indígena, trajes, medios de vida, estilos de vida, etc.);
c) idioma (ya se utilice como lengua única, como lengua materna, como medio habitual de comunicación en el hogar o en la familia, o como lengua principal, preferida, habitual, general o normal);
d) residencia en ciertas partes del país o en ciertas regiones del mundo;
e) ascendencia común con los ocupantes originales de esas tierras.
En la actualidad las autoridades públicas de distintos países aplican diferentes criterios para la definición jurídica de “indígena” y “no indígena” a fines de reconocer a quienes se les aplica los privilegios de las diferentes legislaciones.
El componente del ancestro presente en el punto e de los criterios de Jóse Martínez Cobo varía de importancia para los diferentes gobiernos así como lo hacen en una amplia gama otros factores de diferenciación desde criterios exclusivamente o casi exclusivamente biológicos hasta las consideraciones puramente socioculturales (Martinez-Cobo, 1982).
Actualmente el Estado Argentino, las Constituciones provinciales (de Salta, Jujuy, Río Negro, Formosa, Buenos Aires, Chaco, La Pampa y Neuquén) y las leyes nacionales y provinciales parecerían coincidir en la utilización de la preexistencia étnica y en la autodeterminación colectiva e individual que deben ser respetados como únicos parámetros para la definición de los “pueblos indígenas argentinos” y de sus miembros.
La ley nacional 23.302, es clara en definir comunidades indígenas a conjuntos de familias que se reconozcan como tales y establece un Registro de Comunidades Indígenas. La inscripción a este debe llevarse a cabo por la presentación de datos y antecedentes que acrediten la preexistencia del grupo (artículos 2 y 4 ley 23.302).
La preexistencia étnica hace referencia al ancestro biológico del individuo y a una cultura desarrollada en tiempos precolombinos. Por lo tanto los parámetros señalados por la legislación argentina en la determinación étnica de una población o individuo consisten en los aspectos socioculturales, datos históricos provenientes de la misma población y de registros oficiales, datos que deberán constatar el ancestro precolombino señalado en la Constitución de la Nación, a los cuales ¿se les puede agregar los datos genéticos de los sistemas uniparentales de herencia que determinan el origen ancestral de un linaje?.
La herencia uniparental revela que los linajes mitocondriales y del cromosoma Y tienen valor para la inclusión pero no para la exclusión del posible origen étnico de un linaje. Por tal motivo, deberían conjugarse en casos de exclusión a los parámetros socioculturales e históricos así como a la autodeterminación cultural e intersubjetiva del individuo (Tamagno et al, 1991 y Altabe et al, 1995) en tal combinación la genética genera una importante prueba certificable por métodos biológicos de que dicha población en su conjunto deriva de ancestros amerindios.
Más allá de los intentos de delimitar o caracterizar los grupos indígenas los legisladores deberán además saber dialogar con estas culturas diferentes.
El concepto de persona, propiedad, por ejemplo, son según el pueblo indígena piezas centrales que articulan directamente con la imagen de sociedad que estas comunidades tienen de ellas mismas y del mundo. Es con este tipo de ideas que nuestra propia legislación deberá tomar contacto (Altabe et al, 1995; Krebs, 1997).
El núcleo principal de la problemática indígena en nuestro país ha sido el tema de la propiedad de las tierras. Para los colonizadores españoles así como para la política republicana, la tierra ha sido el principal recurso a obtener de los indígenas, no obstante para los indígenas la tierra no sólo constituye un bien económico, más allá de significar una retribución del blanco a los años de atropello; la tierra para el indígena es algo básico para su persistencia cultural como pueblo, engloba la totalidad de su existencia, en mucho de los casos la habitan desde hace miles de años, poseen en ella sus lugares rituales y cementerios. La forma de tenencia sustenta un modo de vida comunitario y su forma de aprovechamiento expresa su especial relación con la naturaleza desde un punto de vista religioso como económico (relatores especiales de las Naciones Unidas, Declaración de Manila, 1996; “Río Negro”, 18/10/96; La Nación 25/10/97; Carrasco y Briones, 1996; Bock, 1977; Hunter y Whitten, 1981).
El sentido que presenta la tierra para estas comunidades nos lleva a prestar atención a los modos diversos de percibir la realidad de las distintas etnias que se encuentran dentro de la categoría “indígena” y a las diferencias de uso y tenencia de la tierra con relación a la tradición europea prevaleciente en nuestro país [10]. Así se encuentra expresada su particular forma de sentir la relación con la tierra por los representantes de los pueblos indígenas en la “Declaración de Manila” de marzo de 1996 en el Capítulo I, inciso B, párrafos 8 al 9:
En aquellas tierras que tradicionalmente habitan generalmente lo han hecho por miles de años. Por tal motivo la normativa internacional como la nacional reconocen a las comunidades indígenas el derecho natural e intransferible de conservar los territorios que poseen y a ser retribuidos con otros aptos para su subsistencia. En la normativa internacional en ciertos casos se da un paso más y se reconoce el derecho a determinar libremente el uso y el aprovechamiento de las tierras que habitan de acuerdo a sus costumbres[11], en lo que respecta a nuestro país en la mayoría de los casos aún existen remanentes de una política intervencionista a través de entes arbitrales como organizaciones religiosas, interestatales (Corporación Interestadual Pulmarí, ley nacional 23.612) y reservas naturales.
La compensación por la violación de los derechos históricos sobre tierras americanas ha sido atendida en ciertos casos debido al tesón de las comunidades (SER.PA.C., 1989; en los periódicos El Tribuno provincia de Salta 27 y el 29 de agosto de 1996; La Mañana del Sur 12 de diciembre de 1996; Conferencia Episcopal Argentina, 2000), y se han otorgado tierras respetando el deseo de las poblaciones indígenas de una propiedad colectiva acorde con sus modalidades y valores culturales, generalmente a través de las formas societarias previstas por la ley, por ejemplo en la Ley Provincia de Misiones Nº 2.704, Decretos de la Provincia del Chaco nº 116/91-767/91, Decreto Prov. de Salta 2.609).
Las leyes provinciales, nacionales y los convenios internacionales prevén casos de compensación de tierras a grupos familiares o personas individuales (Ley Nac.23.302; Ley Prov. del Chaco Nº 3258 art. 8; Ley Prov. de Salta 6.373 capítulo III; de Salta 6469 art. 14; Leyes nacionales Nº 14.392/59 y 24.071/92; Convenio OIT 169).
El artículo 75 inciso 17 de la Constitución Argentina establece un marco legal para el reclamo de tierras por parte de los descendientes de los habitantes nativos del actual territorio argentino y hace referencia igualmente a la preexistencia étnica.
Aspectos éticos involucrados en estudios genéticos:
Los marcadores moleculares para el ADNmt y del cromosoma Y confirman la preexistencia étnica de los miembros de las comunidades indígenas por lo que se constituyen en el ámbito teórico en posible elemento en litigios donde se haga necesario determinar el ancestro étnico de un individuo así como el grado de relación con la comunidad en su conjunto e instrumentarse en forma positiva para el reconocimiento de los derechos que reclaman.
Sin embargo en nuestro país muchas veces se da el caso de la aceptación implícita del origen étnico de un individuo y el problema que enfrentan las comunidades nativas y sus miembros no es la falta de reconocimiento de su origen autóctono sino del reconocimiento y pleno goce de los derechos que les fueron atribuidos (Descendiente Ona de Rafaela Ishton, comunicación personal).
El acceso a información proveniente de sistemas genéticos genera una serie de interrogantes éticos y la posibilidad de enfrentamos al riesgo de la utilización de este tipo de información en la racionalización de prejuicios étnicos o raciales.
Uno de los primeros interrogantes que surge frente al uso de sistemas genéticos como el ADNmt y cromosoma Y es quién posee la capacidad de autorizar estudios genéticos en comunidades aisladas donde el uso de la información genómica de un individuo genera información sobre el grupo en su totalidad y pondría en riesgo ciertos intereses de grupos sociales, generando nuevas formas de estigmas sociales o de autodefinición (Juengst, 1998). En este último caso Moore en 1996 señala la nueva elección de ciertos grupos indígenas americanos a retornar al parentesco por proporción de sangre.
Si bien el riesgo que enfrenta una comunidad es mayor en el caso de estudios preventivos o de epidemiología genética, donde una predisposición a una enfermedad genética puede generar un estigma sobre sus miembros y la negativa al acceso a bienes u oportunidades sociales cualquier sea su condición genética (Reilly, 1998); dentro de los estudios genéticos relacionados a la antropología existen en nuestro país otros tipos de problemas, uno de ellos es la ausencia en la legislación argentina de un código que regle en lo que respecta a este tipo de estudios o sobre la posibilidad de la utilización de marcadores específicos de comunidades indígenas en casos de litigios sobre posesión de tierras en forma individual como comunitaria, y principalmente sobre el destino de la información genética de un individuo o de la muestra colectada para ADN depositada en un Banco hospitalario o de institutos privados luego de finalizado el estudio en cuestión.
Actualmente, el investigador que quiere desarrollar su labor dentro de ciertos límites éticos debe remitirse por ejemplo a resoluciones internacionales, primeramente al Código de Nuremberg de 1949 que hace referencia a los estudios clínicos y al consentimiento libre e informado del afectado; a los reportes de la International Ethics Committee of the Human Genome Organization, la reciente Declaración Universal sobre el Genoma Humano y los Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, de 1997, Convención de Asturias de 1997 y la Guía de Aspectos Éticos en Genética Medica y Servicios Genéticos de la Organización Mundial de la Salud de 1998.
En su conjunto estas normas señalan: el adecuarse a las normas internacionales de derechos del hombre, preservar y valorar la diversidad humana, el consentimiento libre e informado de los sujetos, la posibilidad de retirarse en el transcurso de los estudios, para aquellos afectado por la información genética que se les respete en dignidad e integridad, confidencialidad de los resultados; y agregan investigadores como Foster y col., Knoppers y Juengst (1998) la posibilidad de otorgar a los individuos que cedieron muestras biológicas el control sobre la publicidad de los resultados.
Finalmente, con respecto al peligro de generar una nueva forma de estigma social, quisiéramos subrayar que con o sin datos genéticos los prejuicios y grupos sociales estigmatizados siempre existen, pero que una mayor compresión de la genética de las poblaciones humanas ha demostrado siempre que puede combatirlos antes que apoyarlos (Levi-Strauss, 1986; Cavalli-Sforza et al, 1996) . Un ejemplo importante es la comprobación de la inexistencia para el ser humano de “razas puras“, concepto que estaba apoyado por estudios pseudocientíficos de principios del S.XX (Juengst, 1998) y que posteriormente fue mal utilizado por cuestiones políticas (eugenesia negativa en la Alemania nazi) o racistas (segregación de los africanos en Estados Unidos).
Vale subrayar que la membresía a un grupo étnico determinado esta generada por una naturaleza histórica y social y que el acceso a marcadores genéticos específicos de poblaciones humanas puso en conjunción dos tipos de componentes poblacionales, el étnico y el genético. Sin embargo la correspondencia entre ambos debido a la historia particular de contactos interétnicos y mezcla génica entre las poblaciones humanas cada día se confunde más (Juengst, 1998) y que la diversidad en todas sus formas cultural y genética es esencial al ser humano.
"Entre los hombres, la diversidad, pocas veces ha sido considerada como lo que es, es decir, un fenómeno natural, el resultado de relaciones directas o indirectas entre las sociedades; los hombres ven en ella más bien una especie de monstruosidad". (Levi Strauss, 1986).
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[1] Esta conferencia forma parte de GENÉTICA Y JUSTICIA Curso organizado por el Consejo Departamental La Plata del Instituto de Estudios Judiciales de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires. Año 2000.
[2] Investigador Superior del Consejo Nacional de Ciencia y Técnica, director del departamento de Genética Molecular Poblacional, Instituto Multidisciplinario de Biología Celular. Instituto Multidisciplinario de Biología Celular (IMBICE). bianchi@satlink.com
[3] Becaria Posdoctoral del Consejo Nacional de Ciencia y Técnica, Miembro de la División Antropología de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo, UNLP, y del departamento de Genética Molecular Poblacional, Instituto Multidisciplinario de Biología Celular. veromm99@hotmail.com
[4] Genotipos haploides: complemento de información heredable que se presenta en una única forma, y carece de secuencia homóloga con quien recombinarse en el proceso de meiosis.
[5] cada cadena de la región hipervariable del asa-D o región control para su análisis a nivel molecular se denominan región hipervariable I y II.
[6] un elemento subrayado en el artículo 75 inciso 17 de la Constitución Argentina.
[7] La muestra de La Plata corresponde a individuos seleccionados al azar de tres fuentes: individuos que concurren a la división de Sanidad de la Universidad de La Plata; muestras de voluntarios de obreros no calificados de los servicios de sanidad de preempleo del entonces, Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF); y de individuos que concurrieron a la sección de maternidad y hematología de un hospital público de la zona.
[8] Esta muestra proviene de 3 regiones, Puna, Quebrada de Humahuaca y del Valle, ciudad de San Salvador de Jujuy. Cada región corresponde a un nivel altitudinal diferente. La Puna se halla a 3500 mt sobre el nivel del mar, Quebrada de Humahuaca corresponde a los 2500 mt mientras que la ciudad de San Salvador de Jujuy se ubica a los 1200 mt sobre el nivel del mar.
[9]Este término se remite al Convenio 169 de la OIT y a la ley Nac 24071, donde este no posee las implicancias conferidas por el derecho internacional, sin embargo hace referencia a las diferencias culturales de estas comunidades. ( Ver Altabe et al, 1995).
[10] Esta especial relación con la naturaleza se reconoce en la Declaración de Río de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y el Desarrollo realizada en junio de 1992 en su artículo 22 y se halla expresada por los representantes indígenas de Centroamerica en su Primera Jornada Indígena Centroamericana sobre Tierras, Medio Ambiente y Cultura de junio de 1996.
[11]Se visualiza además una voluntad de afianzar estas prerrogativas en el borrador de 1996 de la “Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas” en sus artículos 27-28 y 30, no así en el borrador de la Declaración Interamericana sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas de 1995 en el cual permite cierta intervención de los estados como ente regulador, artículos XVIII.