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Timestamp: 2020-08-05 09:49:34
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Breve historia de las relaciones y luchas entre la Iglesia mexicana y el Estado
Más que los contenidos y la valoración de circunstancias, el siguiente estudio, publicado en las vísperas de los ‘arreglos’ entre la Iglesia y el Estado mexicano de junio de 1929, nos ofrece los puntos de vista de la resistencia activa de los católicos mexicanos en la recta final de la guerra cristera. Bajo ese tamiz, sus apreciaciones no dejan de ser sustanciosas y dignas de conservarse para el análisis de la posteridad
Ya que en estos días tanto se ha hablado de la solución del conflicto religioso que prevalece en la República Mexicana hace más de dos años, no es fuera de lugar decir algo acerca de las relaciones y luchas éntrela Iglesia y el Estado.
Unos por ignorancia y otros por malicia, arrojan sobre el clero mexicano toda la responsabilidad de este conflicto y lo tildan de rebelde y desobediente a las leyes emanadas de la autoridad: es que tanto los ignorantes como los maliciosos, ni saben lo que es ley, ni entienden o no quieren entender que la obediencia, aún a las autoridades legítimas, tiene su límite que no se puede traspasar, y que si bien es cierto que se debe dar al César lo que es del César, también se ha de dar a Dios lo que es de Dios y nunca se ha de dar al César lo que únicamente pertenece a Dios.
Los que por ignorancia o por malicia hacen recaer sobre el clero mexicano la culpa de cuanto se ha sufrido o se está sufriendo en México, por causa del conflicto religioso, no quieren entender o no procuran entender que los que ejercen la autoridad en una nación, pueden extralimitarse y de hecho se extralimitan, mandando algo que no pueden o no deben mandar, por ser contrario a los derechos de Dios y de su Iglesia; y que .cuando esto sucede, los súbditos a una voz tienen que lanzar el grito de los Apóstoles; primero se ha de obedecer a Dios que a los hombres, aunque este grito cueste la vida. Todo esto ha sucedido en México.
La doctrina de la Iglesia, en perfecta consonancia con las enseñanzas de la sociología cristiana y las lecciones de la experiencia, establecen que la Iglesia y el Estado deben vivir unidos; porque siendo Dios el autor de la Iglesia y del Estado, aunque de distinto modo, tanto la Iglesia como el Estado tienen el imprescindible deber de rendir culto a Dios y de sujetarse a sus leyes. Los súbditos de la Iglesia y del Estado, son los mismos, aunque bajo distinto aspecto. El fin que persigue la Iglesia es la felicidad eterna del hombre, y el que persigue el Estado es la felicidad temporal en la presente vida; estos fines, bien distintos por cierto, están subordinados el uno al otro, pero también están íntimamente relacionados. ¿Cómo, pues separar a la Iglesia y al Estado, si tienen relacionas tan íntimas? En tesis general, la Iglesia ha condenado la separación de la Iglesia y del Estado; pero en la hipótesis, es decir, por circunstancias especiales de una nación, puede permitirse esa separación.
Si los mexicanos nos esforzáramos en procurar la unión de la Iglesia y del Estado, no andaríamos fuera del recto sendero, porque la inmensa mayoría de los mexicanos profesa la religión católica; pero los malos tiempos que hemos alcanzado, nos hace no pretender esta unión, sino más bien una separación amistosa, que haga cesar toda hostilidad del Estado con la Iglesia
Hay que notar que en las naciones donde han estado unidos el Estado y la Iglesia, no siempre los Jefes de Estado han tratado a la Iglesia con la veneración y respeto con que la trataron un san Enrique, un san Esteban, un san Luis Rey de Francia y otros muchos príncipes y gobernantes cristianos. Con frecuencia se ha visto que los príncipes y gobernantes, aun cristianos, se han excedido en sus facultades y privilegios, han usurpado atribuciones que no tenían y entonces han resultado serios y dolorosos conflictos, porque la
Iglesia ha tenido que defender su libertad y sus derechos, atropellados por los jefes del Estado. Registrando la historia, se ve que la unión de la Iglesia y del Estado ha estado sujeta a muchas vicisitudes que han dado origen a grandes dolores y a profundos sufrimientos padecidos por el clero y los católicos.
Por amor a la paz y por el bien de los pueblos, aunque lamentando la separación, la Iglesia ha convenido en algunos casos en separarse del Estado. Bien sabido es que durante toda la época colonial estuvieron unidos el Estado y la Iglesia Mexicana y que la separación vino hasta cuando se promulgó la Constitución de 1857.
Cuando se discutía la citada Constitución, los obispos mexicanos no cesaron de enviar protestas al Congreso Constituyente, exponiendo con respeto, pero con viril energía, todos los males que iban a resultar de esta separación, todos los inconvenientes que traía consigo abrir las puertas de la República a las sectas disidentes con la libertad de cultos y todos los daños que acarrearía imponer una Constitución que ni era la expresión de las ideas, de los sentimientos y de la voluntad del pueblo mexicano, y que por añadidura estaba en abierta contradicción con el modo de ser y de pensar de la mayoría del pueblo mexicano, introduciendo así la división entre este pueblo que hasta entonces había estado unido con el vínculo más estrecho y sagrado, que es el de la religión. Sin duda comprendió todo esto el Presidente Comonfort que promulgó dicha Constitución y espantado de su propia obra o de la obra que le presentaron los liberales constituyentes, a los pocos días quiso derogar la dicha Constitución, y lo habría hecho a no habérselo impedido sus partidarios con terribles amenazas.
Nada tiene de extraño que su Santidad Pío ix haya condenado la Constitución de 1857, cuando mereció los anatemas de connotados liberales como Juan José Baz y otros; y si como dicen los partidarios del dictador Porfirio Díaz, México llegó a la cumbre de la grandeza y de la prosperidad, bajo su largo gobierno, fue precisamente porque en realidad de verdad jamás se apegó a la Constitución de 1857 para gobernar.
El año de 1857 quedó rota la unión de la Iglesia Mexicana con el gobierno republicano encajado en nuestra Patria también por los liberales; y desde entonces se acrecentaron los dolores y las penas de la Iglesia, subiendo a un alto punto en el gobierno de don Benito Juárez, exasperándose en el gobierno que encabezó don Venustiano Carranza y culminando con la persecución más terrible que ha sufrido la Iglesia Mexicana, promovida y llevada a cabo esta persecución por el General don Plutarco Elías Calles.
Verificada la separación, la Iglesia hubiera querido que al menos se conservara la paz y la armonía entre ella y el Estado, ya que esto era muy necesario para el bienestar de todos; pero no fue así: la separación fue el toque de rebato para que empezara una cruda guerra contra la Iglesia.
Durante el gobierno de don Porfirio Díaz, la Iglesia dio claros testimonios de amor a la concordia; porque aunque la política de conciliación adoptada por el dictador, no fue favorable a la Iglesia, el clero le guardó a don Porfirio Díaz unas consideraciones que han sido muy discutidas y por muchos acremente censuradas. Sea lo que fuere, esas consideraciones influyeron no poco para que se viera con respeto al General Díaz.
Que la política de conciliación no fue favorable a la Iglesia, es claro; porque mientras se aparentaba dejar alguna libertad a la Iglesia y que gozara de algunas garantías y de algún respeto, se socavaban los fundamentos de la fe y de las buenas costumbres por medio de la prensa impía y corruptora, y con las escuelas laicas y los planteles de educación en que inculcaron sus doctrinas positivistas don Gabino Barreda y el licenciado don Justo Sierra. Sin embargo, la Iglesia hizo mucho bien aprovechando el pequeño respiro y la migaja de libertad que tuvo durante la dictadura de don Porfirio Díaz.
Si el gobierno del General Díaz no hubiera sido enteramente personalista; y si el dictador, no por egoísmo, sino por un sincero amor a la Patria, hubiera buscado la paz y la armonía con la Iglesia, México habría alcanzado una paz orgánica y no forzada; habría tenido una prosperidad verdadera y no de un momento; se habrían evitado las hecatombes que siguieron después y el pueblo mexicano habría recibido la educación cívica que tanta falta le hace, para saber cumplir sus deberes y ejercitar sus derechos; pero como don Porfirio todo lo encaminaba a su propia gloria, no cuidó de otra cosa que de su elevación y engrandecimiento, y por eso juntamente con él rodó al abismo toda su obra de más de treinta años.
Para poner de relieve todo lo que puede suceder estando unidos o separados el Estado y la Iglesia, citaré como ejemplo lo que ha tenido lugar en el Brasil.
Al establecerse los portugueses en el Brasil, la Iglesia y el Estado trabajaron en perfecto acuerdo en la grande obra de la pacificación y la civilización de los pueblos indígenas. Si el Estado favoreció mucho a la Iglesia, ésta fue también el más importante y decidido colaborador del Estado para todo lo que significaba cultura, adelanto y progreso.
Proclamada la independencia del Brasil, y sustituida la Colonia por el Imperio, don Pedro i cambió su sede de Lisboa a Río de Janeiro, pero siguieron unidos el Estado y la Iglesia, y el artículo 5º de la Constitución monárquica de 1824, declaraba que la Religión Católica, Apostólica y Romana seguía siendo la religión del Estado.
Todo el tiempo que duró esta unión, la ley civil no reconocía otro matrimonio que el eclesiástico; todas las escuelas del Estado eran confesionales, y en ellas la religión ocupaba el puesto de honor y se tributaba a Dios un culto verdaderamente nacional.
Mas habiendo empezado a inficionar el organismo social el febronianismo y el josefinismo, la unión entre la Iglesia y el Estado empezó a debilitarse debido a la interpretación abusiva y tiránica que el poder civil daba a las prerrogativas de que disfrutaba por su alianza con la Iglesia.
A turbar esta armonía entre los poderes eclesiástico y civil, contribuyó en gran manera la política adoptada por el marqués de Pombal, cuando fue omnipotente Ministro en el reino portugués. Pombal había sido embajador en Londres y en Viena; y si en Londres le llamó la atención la supremacía regia sobre la Iglesia anglicana, en Viena estudió la tutela que la burocracia gubernamental ejercía sobre los negocios del culto.
Imbuido Pombal en las falsas teorías de Febronio (Nicolás Hontheim) que exaltaba hipócrita y erróneamente la autoridad de los obispos para deprimir la del Papa, y en las intromisiones indebidas y hasta ridículas, de José ii, emperador de Austria, en los asuntos del culto, llegó Pombal a Primer Ministro, y desde luego se propuso llevar a la práctica en el reino portugués y en el Brasil, lo que había aprendido en Londres y en Viena.
Como sucede con todos los perseguidores de la Iglesia los bienes eclesiásticos fueron desde luego el objeto de la codicia de Pombal y puso sus ojos en los bienes que poseían las órdenes monásticas. El golpe decisivo de la política del primer Ministro fue la destrucción de la Compañía de Jesús y de todas sus obras, interrumpiendo con esto la civilización de muchas tribus salvajes. Aun historiadores brasileños que nada tienen de católicos, reconocen que si Pombal no hubiera expulsado a los jesuitas, las poblaciones autóctonas como Para, Goyaz, Amazonas, y Matto Grosso, que aún permanecen salvajes, serían hoy cristianas y civilizadas.
La política de Pombal tuvo otro efecto desastroso: hacer en el Brasil lo que José ii hizo en Austria: arrancar al clero de manos de la Iglesia y dar al clero joven una instrucción malsana y perniciosa, entregándolo en manos de maestros imbuidos en las doctrinas del galicanismo, del frebronianismo y del josefinsmo. El resultado no se hizo esperar; el clero se relajó en sus costumbres y hubo obispos, sacerdotes y religiosos, que profesaron los errores antes mencionados, y que por lo mismo, con un servilismo enteramente reprobable, se sometieron a todas las exigencias del gobierno civil, despreciando la autoridad del Romano Pontífice. En la menor edad de don Pedro ii, se desató una ruda campaña contra el celibato eclesiástico; pero gracias a Dios, todo fracasó.
En 1873 y 1874, hubo en el Brasil un ruidoso conflicto entre la Iglesia y el Estado, debido a que las hermandades y cofradías que tenían iglesias y que se entendían con el culto que había en ellas, abrigaban en su seno a hermanos masones, que como se deja entender, se habían introducido con el único fin de tener en sus manos la administración de los bienes de aquellas hermandades. Como la masonería era vista por el Estado como una sociedad de beneficencia, y el gobierno la apoyaba, se vieron con desagrado las protestas que presentaron don Vidal, obispo de Olida y don Antonio de Macedo Acosta, obispo de Belém de Para, pidiendo la expulsión de todos los masones del seno de las cofradías. La actitud resuelta y digna de aquellos dos prelados fue castigada con la sentencia de 4 años de prisión, que al fin no se cumplió en su totalidad. Los demás obispos, por su timidez, no secundaron la actitud gallarda de los obispos antes citados; pero ya estaba sembrada la semilla del valor episcopal y más tarde tendría que producir sazonados frutos.
La alianza oficial de la Iglesia y el Estado en el Brasil, produjo muchos bienes, mientras esta unión no se vio turbada por los errores del febronianismo y josefinismo que tanto prevalecieron en varias naciones en el siglo xviii, y mientras el liberalismo que tanto se desarrolló en el siglo xix no vino a acrecentar los males sembrados por las doctrinas de Febronio y las intromisiones de José ii.
El remedio de tantos males estaba en que hubiera ocupado el trono un príncipe de reconocida catolicidad, y no inficionado por los errores de aquellos tiempos. Pero en 1888 y1889, los “espíritus fuertes” declararon que no era de desearse que la corona ciñera las sienes de una persona tan devota como la princesa de Eu; y unido todo esto al descontento por la libertad concedida a los esclavos, se precipitó la caída de la dinastía y el destronamiento de Isabel la Redentora.
La revolución del 15 de noviembre de 1889 cambió la faz del Brasil; dio fin a la alianza de la Iglesia y el Estado y desde entonces data la separación entre ambas Entidades.
Una chispa puede dar origen a un incendio. Una circunstancia imprevista o un suceso inesperado, puede cambiar la faz de un pueblo y producir en una nación resultados prósperos o adversos: la separación de la Iglesia y del Estado en el Brasil ha sido favorable, verificándose una vez más que Dios sabe sacar bienes de los males.
¿Cuál es la clave para conocer por qué la separación de la Iglesia y del Estado en el Brasil ha sido por lo general de benéficos resultados? Está en que al romperse la alianza oficial de la Iglesia y del Estado, estas dos entidades no se convirtieron en dos enemigos irreconciliables, en dos implacables antagonistas, en dos combatientes que están siempre el uno frente al otro haciéndose una cruda guerra. La separación no se ha convertido en hostilidad; y manteniéndose la Iglesia en su puesto y el Estado en el suyo, se han sabido guardar mutuo respeto y mutuas consideraciones.
También conviene aplicar aquí el argumento que Balmes formula contra lo que explican el progreso de algunas naciones atribuyéndolo al protestantismo: post hoc, ergo propter hoc, dicen algunos necios: muchas naciones han progresado después del nacimiento del protestantismo; luego, al protestantismo se debe este progreso. No, contesta Balmes; aunque las naciones hayan progresado después del nacimiento del protestantismo, ese progreso no se debe al error de Lutero, ya que este error lleva en su seno el germen de toda ruina y de toda destrucción de la civilización cristiana: las naciones han progresado, no debido al protestantismo, sino a pesar del protestantismo. Aplicando este argumento de Balmes, hemos de decir, que el Brasil ha prosperado, no debido a la separación de la Iglesia y del Estado, sino a pesar de la separación.
Al quedar abolido en el Brasil el régimen monárquico, fue sustituido por el régimen republicano. La religión católica dejó de ser religión del Estado; el culto de Dios ya no fue nacional porque el Estado era laico; el único matrimonio reconocido por la ley era el matrimonio civil; la instrucción en las escuelas era laica, y el gobierno ya no señaló subvención para los gastos del culto. En cambio, como castillo de naipes, se derribaron todas las servidumbres abusivas y humillantes que especialmente desde los tiempos de Pombal se habían introducido con el patronato del imperio.
Cosa verdaderamente providencial: al hacerse la Constitución que fue promulgada el 24 de febrero; de 1891, aunque los miembros del Congreso Nacional Constituyente, que estaban inficionados por el liberalismo y la masonería, quisieron formular artículos que fueran otros tantos grillos y cadenas para oprimir a la Iglesia, a ello se opusieron los positivistas que ejercieron una influencia decisiva y avasalladora en aquel Congreso.... Pero quien verdaderamente vino a dar el golpe maestro fue el nuncio de su Santidad; monseñor Spolverini, que inesperadamente presentó esta proporción que fue aceptada: “El Estado se separa de la Iglesia, pero aquel respetará en esta sus personas y propiedades”. No cabe duda que monseñor Spolverini encauzó atinadamente los acontecimientos, dio la clave salvadora de todo conflicto y fue el iniciador de la paz y de la prosperidad del Brasil. En la Constitución quedó consagrada la libertad de asociación, de enseñanza y de prensa, sin ninguna restricción arbitraria y tendenciosa. Los bienes eclesiásticos fueron reconocidos como propiedades legítimas de !a Iglesia y aun exonerados de todo impuesto por el fin sagrado y benéfico a que se destinaban. Así es que repentinamente, artículos constitucionales devolvieron a la Iglesia las libertades religiosas que con tanta injusticia se le habían arrebatado; y el cambio fue tan notable, que muchos brasileños han llegado a creer que el valor de las libertades religiosas tan repentinamente adquiridas, prácticamente supera con mucho al daño de la separación.
Los positivistas que organizaron y dirigieron la revolución que estalló el 15 de noviembre de 1889, y que tanta influencia ejercieron en el Congreso Constituyente, habían escrito en su bandera: “Orden y Progreso”, y verdaderamente cumplieron lo que expresaba su lema.
Luego que la Iglesia recuperó su libertad, multiplicó los obispados y curatos, como lo exigían el bien espiritual de los fieles y la cultura y la civilización de los pueblos salvajes. En 1889, o antes de la separación, el Brasil contaba con doce diócesis; y en 1927 ya tenía setenta y seis, de las cuales quince son arzobispados, cuarenta y siete obispados, once prelaturas apostólicas y tres prefecturas apostólicas.
Las parroquias llegan a dos mil doscientas setenta y nueve; los edificios públicos y semipúblicos destinados al culto son once mil doscientos setenta y uno,
Pombal se propuso extinguir las antiguas órdenes religiosas de san Benito, san Francisco y del Carmen, para apoderarse de sus patrimonios; pero gracias a Dios, no lo consiguió.
Don Pedro ii llevó al Brasil a las Hermanas de la Caridad, para que se hicieran cargo de escuelas y de hospitales. Después llegaron otras comunidades religiosas igualmente benéficas.
Como el nuevo régimen republicano garantizaba la libertad de asociación, y en artículos constitucionales establecía el respeto a los bienes y a las órdenes monásticas, alentadas por estas franquicias, vinieron de Europa muchos religiosos y religiosas, particularmente cuando en 1903 y 1904, se desencadenó en Francia la persecución contra las órdenes monásticas. Todas las órdenes religiosas, cumpliendo con el fin que cada instituto persigue, han prestado eminentes servicios a la Iglesia y a la nación Brasileña.
A pesar del cambio de régimen, hasta hoy, no se ha podido remediar el mal de que las hermandades y cofradías estén prácticamente sin sujeción a la autoridad episcopal, y ni se ha podido conseguir que arrojen de su seno a los masones y librepensadores. Bien se comprende que si estos individuos han ingresado a las hermandades y cofradías, no es por sentimientos de piedad, sino por apoderarse de los bienes y tesoros de dichas hermandades.
En el Brasil asumen distinta actitud política los que no profesan la religión católica: unos dan a los preceptos legislativos una interpretación literal, restrictiva y desfavorable, a fin de que no haya ninguna intervención religiosa en los asuntos públicos; otros, por el contrario, con un criterio amplio y menos exigente, dan a las leyes una interpretación generosa y extensiva; y cuantas veces miran que la influencia religiosa puede ser benéfica a la nación, ningún obstáculo ponen para que se ejerza esta influencia: es que ellos, con todo y no ser católicos, comprenden muy bien cuánto sirve la religión católica para el desarrollo moral e intelectual de todas las clases sociales, y aun para el progreso moral de las naciones.
Prominentes hombres de Estado, tienen a grande honra manifestar respeto a la jerarquía eclesiástica, en cuantas oportunidades se les presentan: y por esto don Félix Pacheco, Ministro de Relaciones Exteriores, en 1924, con ocasión de las fiestas jubilares de su eminencia el cardenal Joaquín Arcoverde de Albuquerque-Cabalcanti, pronunció un discurso que la prensa reprodujo y que le valió muchos aplausos.
Los que en el Brasil quieren eliminar toda influencia religiosa de los asuntos del Estado, dominados por un jacobinismo refinado, pierden de vista la saludable influencia de la religión en los pueblos; no comprenden la conexión íntima que hay entre la religión y la política bien entendida y mejor practicada; no penetran la unión indisoluble entre los asuntos religiosos y civiles; y del falso principio de que la Religión y el Estado han de estar tan distantes y divorciados, que nada, absolutamente nada tenga que ver la religión con los asuntos públicos, como si el ciudadano fuese un ente sin ningunas ligas con Dios, y el creyente fuese un ser que poco o nada tiene que meterse con el Estado.
De manera muy distinta piensan los que comprenden que la vida religiosa y la civil no pueden estar completamente separadas, y que el ciudadano es creyente y el creyente es ciudadano; y lo que es más, que mientras el creyente sea mejor y más cumplido con sus deberes religiosos, será un excelente ciudadano. Por esto la separación de la Iglesia y del Estado no la traducen como enemistad, como antagonismo, como hostilidad, como guerra a muerte; ellos dicen, y dicen muy bien, que nada quita lo cortés a lo valiente, y que aunque esté rota la alianza oficial de la Iglesia con el Estado, ambas entidades pueden y deben convivir en armonía y en paz.
Como queda dicho, la circunstancia de que los constituyentes brasileños de 1891, despojándose del jacobinismo al hacer la nueva Constitución de la República; hayan procedido con espíritu recto, tranquilo y pacífico, y hayan querido llevar a la práctica el lema escrito en su bandera: “Orden y Progreso”, y que hayan oído la voz del nuncio del Papa, que amistosamente les habló, dio por resultado que al mismo tiempo que se cumplió lo que ellos querían, separar a la Iglesia del Estado, en artículos constitucionales consagrarán las libertades de la Iglesia, y vieran a Ella, si no como aliada, sí como un factor importantísimo que contribuye al orden y progreso de la nación.
¿En qué se ha perjudicado la República del Brasil garantizando las libertades que la Iglesia justamente exige y a las cuales tiene el más completo derecho? En nada; absolutamente en nada; y se ve palpablemente que las libertades de la Iglesia, lejos de ser una rémora para el progreso de la nación, ésta, ha alcanzado un alto grado de prosperidad, conviviendo en paz con la Iglesia.
Ahora volvamos los ojos a nuestra infortunada Patria y veamos lo que sucedió desde los primitivos tiempos de la conquista.
Misioneros y conquistadores trabajaron de consuno para la pacificación, cristianización y civilización de los indios.
Si a Hernán Cortés le debe mucho la nación mexicana, más, mucho más le debe a los misioneros que tanto trabajaron en la evangelización y cultura de nuestra Patria.
Sabido es que durante los siglos de la dominación española en México, la Iglesia y el Estado estuvieron unidos; y si hubo que lamentar varios conflictos entre la autoridad civil y la eclesiástica, estos, como dice muy bien el reverendo padre Mariano Cuevas, S.J., más bien que a la unión, se debieron a la desunión entre la Iglesia y el Estado. Siempre que la autoridad civil se mantuvo dentro de los justos límites y respetó la libertad y los derechos de la Iglesia, la unión fue firme y de benéficos resultados; pero cuantas veces los gobernantes civiles se extralimitaron en sus facultades y traspasaron los límites de los privilegios que la Santa Sede había concedido a los Reyes de España, vino la desunión y la paz se perturbó.
Sea de esto lo que fuere, no cabe duda que si a los conquistadores les cupo la gloria de engastar en la corona de España una perla de tanto valor como México, a la Iglesia Católica le corresponde la gloria indisputable de haber llevado a los pies de Cristo a todo un pueblo que antes le rendía un culto cruel y sanguinario a falsas deidades.
Ya en el siglo xviii bullía en muchos cerebros la idea de la independencia y el ansia de libertad hacía latir muchos corazones. Se hicieron algunas tentativas para procurar la independencia, pero todas fracasaron.
El grito de independencia lanzado por el cura de de Dolores, el 15 de septiembre de 1810, hizo vibrar las almas mexicanas, y pronto el anhelo de libertad se propagó en toda la Nueva España. Desgraciadamente la guerra de independencia se empezó con ideas muy confusas, sin plan fijo, con inmenso desorden, cometiendo horripilantes crímenes, derramando mucha sangre inocente y extendiendo por todas partes el robo y el pillaje. Seguramente esto contribuyó a retardar el gran pensamiento de la emancipación.
Todos amaban la independencia; pero se aborrecía el modo inadecuado de procurarla. Mucho desprestigiaron la causa de la independencia los escándalos de los sacerdotes que tomaron las armas y hasta los más ardientes partidarios de la libertad política de México, se sintieron desanimados, al ver que los insurgentes caminaban sin brújula.
Estaba reservado encauzar la lucha por la libertad y dar cima a la grande obra de la independencia, al gran genio, al tacto político, la pericia militar y al acendrado patriotismo de don Agustín de Iturbide. Por desgracia nuestra no hemos sabido ser libres como quiso enseñarnos aquel gran patriota desde el patíbulo; y quizá todavía estamos expiando el crimen del derramamiento de aquella sangre generosa.
Después de la abdicación de Iturbide, se implantó el régimen republicano, enteramente impropio para un pueblo acostumbrado a la monarquía, desde los primeros días de su existencia. Todo esto se hizo por sugestión de los Estados Unidos que ya desde entonces habían decretado no tolerar un trono en todo el Continente Americano.
El cambio de régimen fue tan brusco, que aún lo estamos resintiendo.
Si en vez de implantar la República Federal se hubiera establecido la República Central, que tiene más semejanza con la monarquía, tal vez esta forma de gobierno la habría resentido menos nuestra nación.
Y si en el cambio de régimen fuimos tan desdichados, lo hemos sido mucho más por las Constituciones que han emanado de los gobiernos republicanos, principalmente con la Constitución de 1857, calcada en la de los Estados Unidos, que para nada nos conviene, y la Constitución de 1917, impregnada de socialismo y de bolchevismo agudo.
Realmente no hemos tenido un gobierno que se desvele por la felicidad del país: hemos tenido dictaduras más o menos despóticas, y varias de ellas tiranas hasta el exceso.
Los admiradores de don Porfirio Díaz se hacen lenguas cantando los progresos de México durante la época de su gobierno; pero no hay que olvidar que estos progresos puramente materiales y deslumbradores, no labraron una paz duradera en México, ni una verdadera felicidad.
En las Constituciones que se redactaron durante la guerra de Independencia, se hizo la declaración de que la Religión Católica seguiría siendo la Religión del Estado y que continuaría la unión de la Iglesia y del Estado.
A la caída de don Agustín de Iturbide, el liberalismo sé entronizó; y una vez que se apoderó del gobierno, el liberalismo y la masonería empezaron a ejercer su maléfica influencia sobre todos los órdenes de la sociedad. Desde entonces la Iglesia empezó a recorrer la vía dolorosa y todavía va marchando por ese camino llena de angustias y de sufrimientos.
A proporción que el tiempo adelantaba, el liberalismo iba dominando más y más en las esferas oficiales; y al atizar pasiones, fomentar envidias, codicias y rencores, dio principio a la serie de guerras intestinas que han asolado a México.
Su alteza serenísima don Antonio López de Santana, que siempre que se veía escaso de recursos, se fingía más católico que el Papa, para extraer los tesoros de la Iglesia, les causó hondas mortificaciones a los prelados. En una de tantas veces que López de Santana tuvo que salir a campaña y dejó el gobierno en manos de don Valentín Gómez Farías, éste aprovechó tal coyuntura para expedir las primeras leyes de despojo de los bienes de la Iglesia, sin tener en consideración que los bienes eclesiásticos, ya en forma de dádivas o de préstamos; sacaron al gobierno de muchos apuros, en varias ocasiones.
Cuando se trajo de Europa a Maximiliano de Austria, para fundar una monarquía bajo los auspicios del gobierno de Francia, de ninguna manera se quiso lesionar la independencia de la Patria y menos ceder un palmo de terreno del territorio mexicano. Si se solicitó el auxilio de una potencia extranjera para establecer un gobierno fuerte y bien constituido en México, se hizo bajo tales condiciones, que la independencia de la Patria no sufriera menoscabo. Nadie llegará a probar que esto sea contrario a los principios del derecho internacional, los cuales enseñan que una nación débil, sin comprometer su independencia, puede pedir auxilio a una nación fuerte, para afianzar su gobierno y cimentar la paz.
El emperador Maximiliano al quebrantar el juramento que hizo a Pío ix delante del Santísimo Sacramento, de arreglar los asuntos de la Iglesia, no solamente preparó su propia ruina, sino también muchos días de luto para la Iglesia. Maximiliano cometió el imperdonable error de alejar de su lado a los conservadores que lo habían traído a México y de rodearse da liberales y de malos consejeros que lo hicieron rodar al abismo y dieron al traste con la monarquía. En todos estos desastres anduvo la mano de los Estados Unidos y de la masonería, que obligaron a Napoleón iii a retirar de México las tropas francesas, dejando abandonado al naciente imperio de Maximiliano; y mientras los Estados Unidos y la masonería luchaban para derribar la monarquía, protegían con todas sus fuerzas a don Benito Juárez y al partido liberal, para que se entronizara de nuevo en México.
La Constitución de 1857 rompió la unión entre la Iglesia y el Estado; y las llamadas Leyes de Reforma que Juárez promulgó, azuzado por Melchor Ocampo y Lerdo de Tejada, completaron este rompimiento; pero en México no produjo resultado benéfico la separación del Estado y de la Iglesia, como lo produjo en el Brasil. Aquí la separación acrecentó los padecimientos de la Iglesia, fue el principio de un cruel y más sangriento martirio; y en vez de que la Iglesia con la separación disfrutara de libertad, sucedió que se hicieron más pesadas las cadenas que le forjaron los liberales y cuyas cadenas se han remachado en estos últimos tiempos.
La Ley de “Manos Muertas” despojó a la Iglesia de todos sus bienes; y menos mal si esos bienes se hubieran empleado en beneficio de la nación; pero no fue así; la nación ninguna utilidad reportó del despojo, no se pagó la deuda extranjera, no se construyeron ferrocarriles; todos los bienes de la Iglesia fueron vendidos a vil precio y no sirvieron más que para enriquecer a extranjeros perniciosos y a liberales y masones hambrientos de riqueza.
Despojada la Iglesia de sus bienes, aun se le negó el derecho de poseer y administrar bienes muebles e inmuebles, y quedó sujeta a las oblaciones voluntarias de los fieles, para atender a sus múltiples gastos de manutención del clero, culto, escuelas, orfanatorios, hospitales, construcción y reparación de templos, etcétera, etcétera. Pero la Iglesia en medio de tan difíciles circunstancias y luchando con innumerables trabas que le han puesto sus enemigos, ha hecho a la nación todo el bien que ha podido.
El robo de los bienes de la Iglesia no ha sido obstáculo para que sus enemigos sigan diciendo que la Iglesia es rica, inmensamente rica, y para que hayan seguido los atropellos y los despojos contra la Iglesia.
La Iglesia del Brasil, y la Iglesia Mexicana, separadas del Estado, forman un doloroso contraste. Mientras en el Brasil la Iglesia recuperó su libertad con la separación, aquí la perdió completamente.
Aunque la Constitución de 57 anunció la libertad de cultos, con la trompeta de los fariseos, la tal libertad no existe más que para las sectas disidentes: para la Religión Católica no hay más que persecución y tiranía.
En medio de grandes dificultades, la Iglesia Mexicana ha fundado y sostenido planteles de educación, impartiendo en ellos una instrucción amplia y sólida a la niñez y a la juventud. Pero siempre y por siempre el gobierno ha hecho una guerra sin cuartel a los establecimientos fundados por la Iglesia; y aun dilapidando los impuestos pagados por los católicos, ha multiplicado las escuelas laicas y los colegios en que sistemáticamente se procura arrancar la fe católica del corazón de los niños y de los jóvenes. El monopolio de la enseñanza oficial ha atado completamente las manos de la Iglesia y con los preceptos de la Constitución de 1917, la niñez y la juventud han quedado en las garras de los descatolizadores de México.
La libertad de prensa ha sido un mito para la Iglesia; y mientras los gobiernos liberales y sectarios sostienen y subvencionan a grandes rotativos y a un hormiguero de periódicos perversos y corruptores, la Iglesia apenas ha tenido una prensa enclenque y débil, que perseguida por los enemigos y aun desamparada por los católicos, ha muerto de inanición.
Durante los años que Juárez permaneció en el poder, la Iglesia sufrió mucho. En Juárez se cumplió la sentencia de que es pésima la corrupción de lo bueno; porque Juárez criado en el regazo maternal de la Iglesia y siendo antes un buen católico, después de que la masonería lo pervirtió, se hizo uno de los más encarnizados enemigos de la Iglesia Mexicana.
En los treinta y tantos años que duró la dictadura de don Porfirio Díaz, la Iglesia tuvo una apariencia de libertad; don Porfirio era de ideas profundamente liberales y Gran Maestro de la Masonería, pero quiso usar de ciertas complacencias con los católicos y también con los liberales, y a esto se ha llamado política de conciliación. En tiempo de don Porfirio fue perseguido de muerte el ahora canónigo don Gregorio Retolaza, y que entonces era cura de Lagos. En Irapuato arremetió contra el párroco y los católicos, porque algunas personas apedrearon a un Ministro protestante que excitó las iras del pueblo con sus intemperancias. También en Atotonilco el Alto fustigó duramente a los católicos que quisieron defender sus derechos atropellados por un Jefe político. Don Porfirio fue muy complaciente con protestantes, masones, liberales positivistas, y muy particularmente con el Gobierno Americano. Sostuvo varios periódicos malos y corruptores, entre ellos El Imparcial, que llenó de cieno y de vicio toda la República. Sin exageración puede decirse que el General Díaz preparó las hordas de impíos, incrédulos, y ladrones que después acaudilló don Venustiano Carranza y que sembraron la muerte y la desolación en toda la República.
Algunos admiradores de don Porfirio Díaz así han compendiado las labores de los últimos capataces que ha tenido México con el pomposo nombre de Presidentes; el General Díaz enjauló las fieras, Madero les abrió la puerta de la jaula, Carranza las azuzó y les afiló los dientes y las uñas; Obregón y Calles han querido hartarlas con sangre y carne humanas y las han alimentado con bienes ajenos.
Abundan los admiradores del General Díaz; y unos por mala intención y otros por candidez, dicen que en la época de la dictadura porfiriana la Iglesia fue feliz y que disfrutó de una amplia libertad: esto es falso de toda falsedad. Es verdad que para don Porfirio no había Constitución ni leyes; y que su única ley era su voluntad y su querer, y sus cálculos muy bien formados. A este propósito referiré que el mismo don Porfirio en una conversación privada que tuvo con el ilustrísimo señor don Homobono Anaya, obispo de Sinaloa, le dijo que las Leyes de Reforma eran para los tontos; sin embargo, aunque la Iglesia no haya tenido plena libertad durante el gobierno del General Díaz, sí tuvo algún respiro.
Hay un rasgo que pinta muy bien la actitud de don Porfirio Díaz para con la Iglesia Católica. Cuando León xiii subió al solio Pontificio, participó su elevación a todos los gobiernos del mundo; todos los gobernantes contestaron su mensaje, aunque no tuvieran relaciones diplomáticas con el Vaticano; el único gobernante del mundo que no contestó a León xiii fue el General Díaz.
En nuestra flamante República Federal se profesa profundo respeto a la soberanía de los Estados mientras en ellos se martiriza al clero y se hostiliza a los católicos, o cuando así conviene a los planes de nuestros Presidentes; pero si a los Presidentes de la República les conviene violar la soberanía de los Estados lo hacen cuantas veces sea necesario.
En plena dictadura porfiriana, el General don Jesús Aréchiga, gobernador de Zacatecas y el General don Manuel González, gobernador de Guanajuato, desataron una furiosa persecución contra la Iglesia. Tanto en Guanajuato como en Zacatecas, eran encarcelados los sacerdotes que portaban en la calle cualquier distintivo de su dignidad, aunque fuera alzacuello, y eran hechos prisioneros los católicos que por estar lleno el templo, se arrodillaban fuera de la puerta. En todo el Estado de Guanajuato se prohibió bendecir los sepulcros y ni siquiera se toleraba que hubiera una humilde cruz sobre las tumbas. En Guadalajara fue aprehendido el ilustrísimo señor fray Ramón María Moreno porque llevaba en la calle su hábito de carmelita, aun enteramente oculto. Después de estos ligeros datos, ¿todavía habrá quien diga que la Iglesia Mexicana fue feliz durante la dictadura porfiriana?
En rigor de justicia debe decirse que don Porfirio Díaz, a pesar de tanto como lo elogian los que todavía están alucinados por el progreso material que desarrolló en la República él fue quien verdaderamente preparó los verdugos de la Patria y los grandes perseguidores que hoy están martirizando a la nación y a la Iglesia; y el General Díaz fue también el que dispuso los ánimos para que la chispa revolucionaria se propagara con tanta rapidez.
En resumen: si en el Brasil la ruptura de la alianza oficial de la Iglesia y el Estado garantizó las libertades y los derechos de la Iglesia, en México sucedió todo lo contrario.
La caída de don Porfirio Díaz fue un tremendo castigo de Dios, para humillar la soberbia del dictador.
Pasadas las solemnes fiestas del Centenario de la Independencia, don Porfirio, ebrio de gloria, quedó más que nunca prendado de sí mismo.
Al dejarse ver en el horizonte los primeros relámpagos de la revolución maderista, el ilustrísimo señor Mora y del Río, arzobispo de México, aprovechó una visita que le hizo el General Díaz para advertirle que estuviera muy alerta, porque ya se anunciaba una revolución. Don Porfirio recibió aquella advertencia con una carcajada despectiva, e hizo las cuentas de los soldados que tenía sobre las armas y de los millones de pesos que tenía en las cajas del Erario, y dijo en tono confiado que en unas cuantas horas sofocaría cualquier revolución. No fue así: Dios humilla a los soberbios, y había llegado la hora de que el General Díaz fuera humillado.
Según el escritor sonorense don Brígido Caro , José Ives Limantour, el mimado de don Porfirio, el de las confidencias más íntimas, el que gozaba de las confianzas del General Díaz y el que ejercía una influencia decisiva sobre el dictador, contrajo en el Paso, Texas, qué sé yo qué compromisos secretos con don Francisco I. Madero, y Limantour fue el que persuadió al General Díaz para que dejara el gobierno de la República.
El triunfo de Madero fue instantáneo. Ciudad Juárez fue la única plaza que le opuso resistencia; pero comprada la traición del General Navarro, quedó expedito el camino, y Madero pudo entrar triunfante a la capital de la República.
Madero tuvo al principio una grande popularidad. Las elecciones en que salió vencedor, han sido las únicas en que verdaderamente hubo libre emisión del voto y por consiguiente Madero fue legítimamente elegido. Al subir Madero a la presidencia ya contaba cuando mucho con la mitad de la popularidad que antes tuvo; y al entrar de lleno en sus funciones de gobernante, se desprestigió por su poca seriedad, por el nepotismo y por sus muchos desaciertos. Con todo, fue un grande crimen haberlo depuesto, y mucho mayor haberlo asesinado.
La Iglesia no reportó ventajas ni desventajas del gobierno de Madero; y si no se le persiguió, tampoco fue favorecida.
La Semana Trágica que dio al traste con Madero y su gobierno, tuvo como remate la usurpación de la Presidencia de la República por el General don Victoriano Huerta.
El gobierno del General Huerta se caracterizó por su falta de sujeción a las exigencias de los Estados Unidos y de la secta masónica; y es realmente el único Presidente que se enfrentó con el coloso del Norte.
El General Huerta hizo sufrir grandemente al señor arzobispo de México, don José Mora y del Río porque empeñado Huerta en que el señor arzobispo le facilitara algunos miles de pesos para hacer la campaña contra el insurrecto Carranza, el prelado se negó completamente a facilitar un solo peso, porque dijo que no quería cooperar para el derramamiento de sangre y para el fomento de guerras intestinas. Así es que fue una atroz calumnia la de los carrancistas al decir que el señor Mora y del Río ayudó con dinero al General Huerta para sofocar la rebelión encabezada por don Venustiano.
El General Huerta dio un fuerte golpe de Estado suprimiendo el Congreso de la Unión y mandando encarcelar a todos los diputados; y ciertamente habría reprimido la revolución carrancista, a no ser porque los yanquis se propusieron derribarlo y porque el Presidente Wilson ayudó moral y materialmente a don Venustiano para derrocar a Huerta.
Don Venustiano Carranza, Senador en tiempo de don Porfirio Díaz y Gobernador de Coahuila en los tiempos de don Francisco I. Madero, protegido y apoyado por los Estados Unidos, se presentó en la palestra como vengador de la muerte de Madero y defensor de la Constitución de 1857. Tanto la muerte de Madero como la defensa de la Constitución de 1857, no fueron sino los fútiles pretextos, tras de los cuales quiso don Venustiano Carranza ocultar sus desmedidas ambiciones: lo manifestó enviando dicha Constitución al cesto de los desperdicios y sustituyéndola con la Constitución bolchevique, elaborada en Querétaro e impuesta por la fuerza bruta el 5 de febrero de 1917.
Carranza formó sus hordas con la hez y la escoria de toda la República y desde luego se presentó sin careta como furibundo perseguidor de la Iglesia.
Sus principales colaboradores en la obra de la persecución fueron Álvaro Obregón, Francisco Villa, Plutarco Elías Calles, Manuel Diéguez, Pablo González, Benjamín Hill, Antonio I. Villarreal, Urbina, Fierro y otros muchos que sería largo enumerar.
Los templos católicos fueron horriblemente profanados y saqueados. Se cometieron espantosos sacrilegios esparciendo las Hostias Consagradas por el suelo y pisándolas los hombres y los animales. Las imágenes de los santos y los confesonarios fueron quemados. En algunas partes se prohibió bajo pena de muerte la recepción de los sacramentos. Se desterró a todos los obispos y a muchos sacerdotes. Se intentó la fundación de una Iglesia Católica Nacional separada de Roma. Muchos sacerdotes fueron muertos, encarcelados y gravemente perseguidos. Fue aquella una persecución en toda forma contra la Iglesia.
Don Venustiano, que tantos males hizo a la República y a la Iglesia, terminó trágicamente su vida, asesinado por las balas de sus antiguos partidarios, en un jacal de Tlaxcalantongo.
El cuartelazo que dio fin a la vida de don Venustiano Carranza fue fraguado principalmente por tres hombres que proclamaron el Plan de Agua Prieta: Plutarco Elías Calles, Álvaro Obregón y Adolfo de la Huerta.
Se cree que estos tres hombres celebraron un pacto para ocupar la Presidencia de la República uno después del otro.
A la muerte de don Venustiano, figuró de Presidente interino de la República, don Adolfo de la Huerta; y toda su labor se redujo a preparar el terreno para la usurpación del General Obregón.
Durante el gobierno de Obregón, aunque ya los obispos y los sacerdotes habían vuelto del destierro, la Iglesia Mexicana tuvo muchos sufrimientos. Obregón declaró enfáticamente que toda la finalidad de su gobierno era descatolizar a México. Si bien es cierto que Obregón no puso en vigor el artículo 130 de la Constitución de Querétaro, no por eso dejaron de sufrir el clero y los católicos.
Obregón expulsó del territorio mexicano al Delegado Apostólico monseñor Filippi por supuestas violaciones a la Constitución General de la República y durante el tiempo de su gobierno, tuvo lugar el atentado dinamitero con que se pretendió destruir la sagrada imagen de nuestra Reina y Señora María Santísima de Guadalupe.
Un periódico metropolitano denunció que en una logia masónica de los Estados Unidos decretó la destrucción de la venerada imagen de Santa María de Guadalupe y que esta misma destrucción figuraba en el Plan de Agua Prieta.
Mientras Obregón causaba hondas penas a la Iglesia, empleaba medios muy viles para alcanzar que los Estados Unidos reconocieran su gobierno; y vino en efecto el reconocimiento, pero con gran desdoro de la honra de Obregón y sobre todo de nuestra Patria.
Despechado don Adolfo de la Huerta porque se iba a quebrantar el pacto que se había celebrado al proclamar el Plan de Agua Prieta, se levantó en armas contra Obregón; pero éste acudió a los Estados Unidos en demanda de pertrechos de guerra, y con los fusiles, el parque y los aeroplanos que le proporcionaron los Estados Unidos, tripulados por aviadores yanquis, pudo sofocar la revolución delahuertista, aunque dejando una vez más muy maltrecha la honra de la Patria.
Obregón, como Presidente de la República, sostuvo al frente de los gobiernos de los Estados, a hombres tan funestos como Tomás Garrido Canabal y José Guadalupe Zuno. Puede decirse que con excepción del gobernador de Aguascalientes don Rafael Arellano Valle, todos los gobernadores de los Estados fueron malos. Pero no cabe duda que se distinguieron los gobernadores de Tabasco y de Jalisco como furiosos perseguidores de la Iglesia.
Terminados los cuatro años del gobierno de Obregón, entregó la presidencia de la República al General Plutarco Elías Calles.
Desde que la República comprendió las intenciones de Obregón de imponer al General Calles, para que le sucediera en la presidencia de la República, todo México tembló temiendo los males que Calles causaría si llegara a llamarse Presidente: estos temores no eran vanos ni infundados. Se conocía perfectamente lo que era Calles cuando se llamó gobernador de Sonora. Se conocía su vida íntima y todos sus antecedentes; y este conocimiento era una base sólida para fundar los justos temores que se tenían de la labor de zapa que Calles desarrollaría.
Siendo Calles gobernador de Sonora, desterró al clero y se declaró acérrimo enemigo de la Iglesia.
Una vez que Calles llegó a la presidencia de la República, los primeros meses se ocupó únicamente de introducir economías para disminuir las crecidas salidas o las filtraciones de dinero del erario. Poco tiempo disimuló Calles sus intenciones de perseguir a la Iglesia.
En una tenida masónica, Calles dijo a los hermanos allí reunidos tres puntos: que él iba a dar principio a la persecución contra la Iglesia; pero que para esto era necesario que no hubiera más que el poder Ejecutivo y que prácticamente desaparecieran los poderes Legislativo y Judicial.
Se empezó por conquistar al sacerdote católico don Joaquín Pérez Budar para que él encabezara un cisma o para que estableciera una Iglesia Católica Mexicana, independiente de Roma. El sacerdote Pérez se dio a sí mismo el altisonante título de Patriarca, y se le unieron otros dos sacerdotes de vida pésima y conducta relajada como la de él.
A mano armada, el Patriarca Pérez, ayudado por elementos del gobierno, se apoderó de la iglesia de la Soledad y de allí fueron expulsados el párroco y los fieles. Pérez no pudo hacer uso de esa Iglesia para que fuera el centro del cisma que encabezaba, porque al fin el gobierno usó del templo en cosa distinta del fin que tuvieron los fieles al edificarlo. A Pérez se la dio la vetusta iglesia de Corpus Christi que retuvo hasta el fin de sus días. El tal cisma fue una farsa grotesca: por más esfuerzos que hizo el Patriarca Pérez no pudo reunir sino un pequeño grupo de adeptos que al fin y al cabo ni ruido hicieron.
Al ver el fracaso del cisma, se recurrió a otro medio para tener pretexto de perseguir a la Iglesia.
El Universal, periódico liberal y siempre subvencionado por el gobierno, arteramente recordó los anatemas que los señores obispos lanzaron contra la Constitución de 1917 a raíz de su imposición.
Con este motivo, el anciano arzobispo de México fue sujetado a un molesto interrogatorio y a un careo con un repórter de El Universal.
Imitando Calles la conducta de Juliano el Apóstata, quiso dar a la persecución religiosa un carácter de legalidad y se propuso poner en todo su vigor el artículo 130 de la Constitución de Querétaro, para poder decir que él no hacía más que cumplir la ley o exigir su cumplimiento.
Publicó una reglamentación que ha sido el más fiero y rudo ataque que ha sufrido la Iglesia Mexicana.
Las Legislaturas de los Estados obedecieron al pie de la letra la consigna de Calles, y todas publicaron reglamentaciones del artículo 130, limitando el número de sacerdotes.
Los obispos mexicanos, en cumplimiento de su deber, no omitieron ningún recurso legal y pacífico para detener la persecución. Entrevistaron a Calles los señores obispos don Pascual Díaz y don Leopoldo Ruiz, para ver si lograban persuadir a Calles de que desistiera de llevar a cabo la persecución; todo en vano: Calles contestó a los señores obispos que no había más que dos medias para que no se llevara a cabo el cumplimiento del artículo 130 y la reglamentación de culto que había expedido: el recurso al Congreso o las armas.
Los obispos dirigieron al Congreso de la Unión un bien redactado y respetuoso Memorial. Los Diputados lo desecharon de plano, alegando que los obispos carecían del derecho de petición por no ser ciudadanos. Ante tamaña injuria, los obispos guardaron un prudente silencio; pero quisieron que los católicos dirigieran otro Memorial al Congreso, calzado con un millón de firmas, pidiendo lo mismo que ellos habían pedido: este Memorial no tuvo mejor suerte que el de los obispos y también fue completamente desechado.
Los obispos en hermosas Cartas Pastorales Colectivas, demostraron toda la injusticia que envuelve el artículo 130 de la Constitución de Querétaro y la reglamentación de cultos, y manifestaron que por ningún motivo se someterían, ya que tanto el artículo 130 como su reglamentación, atacan los derechos divinos de la Iglesia.
Con el corazón oprimido por el dolor, los obispos tomaron la resolución de suspender el culto en todos los templos de la República; y esta suspensión empezó a regir desde el primero de agosto del año de 1926.
Ya se deja entender cuanta fue la amargura y la tristeza de los católicos al ver que se suspendían las funciones del culto en los sagrados templos, que los sacerdotes ya no ejercían públicamente su ministerio, que iban a tropezar con inmensas dificultades para la recepción de los sacramentos y que los Sagrarios quedaban vacíos y sin la dulce presencia del amoroso Jesús Sacramentado.
Calles y sus prosélitos, procuraron repetir en todos los tonos, aquí y en los países extranjeros. Que ellos no atacaban el dogma, que no perseguían la religión y que lo único que exigían era el cumplimiento de la ley.
Los obispos y los católicos desbarataron victoriosamente todos los embustes de Calles y sus secuaces, y demostraron palmariamente que sí eran atacados los dogmas y la religión; que por ningún título justo podía exigirse el cumplimiento del artículo 130 y su reglamentación, y que el cumplimiento de la ley que se alegaba, no era sino un pretexto para desatar la más fiera persecución que se registra en nuestra Historia.
Calles gastó gruesas sumas de dinero del erario mexicano en subvencionar periódicos y pagar conferencistas que tanto en México como en los países extranjeros dijeran que no había persecución religiosa, que no existía conflicto religioso y que todo se reducía a una rebelión del clero que se resistía al cumplimiento de la ley.
Si de las muchas mentiras que dijeron los periódicos y los conferencistas pagados por Calles, se siguió el mal de que muchos pueblos quedaran engañados, mayor mal se hizo con la conspiración del silencio, que así se llamó al silencio que guardaron los periódicos controlados por la masonería, para que colmaran de elogios a Calles y su gobierno, desmintieran todo lo que se decía de Calles y ocultaran los sangrientos sucesos que ocurrían en la República Mexicana.
Mas como siempre sucede, el éxito de la mentira es momentáneo y la verdad se abre paso a través de las espesas sombras que esparcen el error y la mentira.
El primero que hizo abrir los ojos a todo el mundo, para que se conociera la realidad de lo que pasaba en México, fue el Sumo Pontífice Pío xi. En una hermosísima Encíclica denunció los horrores de la persecución mexicana y describió con brillantes y enérgicas plumadas los sufrimientos de que eran víctimas los obispos, los sacerdotes y los católicos, por no querer someterse a una ley indigna de una nación civilizada, según la expresión del Papa.
La voz del Pontífice repercutió en todo el mundo y la prensa católica empezó a denunciar todos los martirios y todos los suplicios que se aplicaban a los católicos mexicanos por ser fieles a su Dios.
El primer obispo mexicano que levantó la voz para protestar contra la tiranía de Calles, fue el ilustrísimo señor Manriquez y Zarate, obispo de Huejutla. Su sexta Carta Pastoral es y será un monumento de valor civil y episcopal. A juicio del señor Plascencia, obispo de Zacatecas, esta sexta Carta Pastoral, era la bandera en torno de la cual debía agruparse todo el Episcopado Mexicano, como sucedió en efecto, porque todos unánimemente tuvieron que protestar contra la tiranía de Calles y pronunciar con valor el non possumus de los Apóstoles.
El resultado de esta viril actitud no se hizo esperar: el ilustrísimo señor Manriquez y Zárate fue hecho prisionero en su propia diócesis y traído a Pachuca para ser juzgado. Durante algunos meses estuvo preso y por último se le desterró. Siguió el destierro del señor obispo de Tabasco, don Pascual Díaz y después el de los señores arzobispos de México y Michoacán y del señor obispo de Aguascalientes, don Ignacio Valdespino. En fin, uno por uno fueron desterrados los obispos y arrojados a país extranjero.
Los sacerdotes que han quedado en la República Mexicana, unos permanecen ocultos en las casas de los católicos que caritativamente los alojan; y otros que son menos conocidos en las ciudades y en las poblaciones ejercen su ministerio en medio de muchas dificultades y exponiéndose a los peligros de la prisión y aun de perder la vida.
Es imposible decir por ahora el número de sacerdotes que en toda la República han sido ahorcados y fusilados; y menos contar el número de católicos que han muerto en defensa de su fe y que han exhalado el último suspiro aclamando a Cristo Rey.
Desde que empezó la persecución, los católicos no han cesado de recurrir a cuantos medios lícitos han tenido a la mano, para restar elementos al gobierno perseguidor y para mantener firme y constante el ánimo de los fieles.
Uno de los recursos empleados con muy buen éxito, fue el boicot, consistente en que los católicos se limitaran a gastar lo puramente indispensable y evitaran todo gasto superfluo. El boicot fue un tremendo golpe asestado al comercio y a varias empresas mercantiles; pero hizo también que rebajaran a tal extremo las contribuciones que se pagan al gobierno, que la Hacienda Pública se halla en completa bancarrota.
También las hojas volantes han sido un magnífico recurso, para denunciar los crímenes de la persecución y para que no desmaye el ánimo de los fieles.
Imposible es contar y menos referir el número de atropellos de que han sido víctima los católicos y los sacerdotes por las funciones del culto y la recepción de los sacramentos, aunque todo esto se haga en lo más íntimo del hogar y en el último rincón de la casa. Los espías se han multiplicado maravillosamente; y donde quiera que malician o descubren que se ejerce cualquier acto del culto, allanan las moradas, hacen prisioneros a sacerdotes y fieles, catean y roban las casas y cometen cuantas fechorías les dicta su perversidad seguros de que todos sus crímenes, no sólo quedarán impunes, sino largamente recompensados.
La CROM, o sea, la Confederación Regional Obrera Mexicana fundada por don Luis N. Morones, ministro del Gabinete de Calles, se ha lucido sirviendo de vil instrumento para perseguir a los católicos. Los miembros de la CROM, desde el principio de la persecución, se ofrecieron a ser esbirros y se les alentó con la promesa de que el gobierno aprobaría y premiaría todo cuanto hicieran en contra de los católicos.
Nunca alabaremos bastante a Dios y a la Virgen Santísima de Guadalupe por la fortaleza que ha comunicado al clero y a los católicos para sufrir los horrores de la persecución. Ni los halagos, ni las amenazas, ni las cárceles, ni los patíbulos, ni la horca, ni los más crueles martirios han sido capaces de arrancar la fe católica del corazón del pueblo mexicano. Este pueblo se ha mantenido firmemente unido a la Cátedra de San Pedro y ha desbaratado todas las tentativas de cisma.
Luchando con inmensas dificultades y exponiéndose a grandes peligros, ni los sacerdotes han dejado de administrar los sacramentos ni los fieles de recibirlos.
Hay que hacer una mención muy honorífica de la agrupación que lleva por título Asociación Católica de la Juventud Mexicana, tanto por el valor que han desplegado los jóvenes que la componen, como también por el número de valientes acejotaemeros que han dado la vida confesando su fe y en defensa de su religión.
Con la constancia y fidelidad del clero y de los católicos, hace horroroso contraste la conducta que Calles ha observado. Al empezar la persecución declaró en Monterrey que su proyecto de perseguir a la Iglesia se llevaría a cabo a pesar de los “pujidos del Papa”. Causan horror las blasfemias que ha pronunciado al tenor de esta: “tres veces en mi vida me he encontrado con Jesucristo y las tres lo he abofeteado”; y esta otra: “mi mayor gloria será acabar mi período de gobierno persiguiendo a la Iglesia”. Es también altamente vituperable la respuesta que dio a un mensaje del Presidente del Perú, para ver si lograba contener el desatentado proyecto de Calles: don Plutarco contestó de una manera irrespetuosa a aquel comedido y atento mensaje, diciendo que se cumpliría todo lo que tenía en proyecto y que no temía castigos naturales ni sobrenaturales.
Al principio de la persecución se desafió a los católicos para que hubiera algunas disputas en el teatro Iris; pero todo se arregló de tal manera que no se oyera la voz de la verdad y que únicamente el error levantara la cabeza. El doctor Puig y Casauranc, Luis León y Luis N. Morones fueron los contrincantes que disputaron con René Capistrán Garza y el joven Mier y Terán. Una gruesa porra preparada de antemano en las galerías aplaudía a reventar los errores que vomitaban Morones, Puig y León; y cuando hacían oír su voz los católicos, la porra levantaba ensordecedora rechifla y con siseos que impedían oír la voz de los defensores católicos. Realmente esas disputas no sirvieron sino para poner de relieve que se trataba de hostilizar a los católicos de cuantos modos fuera posible.
Para honra del Episcopado Mexicano, debe decirse que todos los señores obispos tenían resuelto no abandonar el territorio mexicano, aunque perdieran la vida; y habían decidido todos los Pastores no apartarse de sus ovejas, para compartir con ellas las amarguras de la persecución; así es que, si los obispos salieron fuera de la República, no fue por cobardía, sino porque los arrancó la fuerza bruta del seno de la Patria y los arrojó al destierro.
La actitud que asumió el ilustrísimo señor Mora y del Río al hallarse frente a frente de los perseguidores, fue tan digna y gallarda, que muy bien puede parangonarse con la de san Basilio, san Atanasio y los esforzados obispos de los primeros siglos.
Dignos de encomio son el señor arzobispo Orozco y Jiménez y los señores obispos don Miguel M. de la Mora, don Amador Velasco y don Maximino Ruiz; que desafiando mil peligros y aun la misma muerte, han permanecido dentro de la República, para velar por el rebaño que Cristo les ha confiado.
Indudablemente la amargura que le causó la persecución religiosa al señor arzobispo de Monterrey, don Juan Herrera y Piña, le hizo perder la vida en su ciudad episcopal. Después murieron en San Antonio, Texas el señor arzobispo de México, don José Mora y del Río y el señor don Ignacio Valdespino, obispo de Aguascalientes. La pena del destierro y el dolor de la persecución religiosa fueron la causa de la muerte de ambos prelados.
Durante los días de la persecución hemos visto un rasgo de la divina misericordia y otro de la divina justicia. Brilló la misericordia de Dios, porque el llamado patriarca Joaquín Pérez, cabeza del cisma, al hallarse en el lecho del dolor y próximo a la muerte pidió los sacramentos, se retractó de sus errores e imploró el perdón del Romano Pontífice. Así lo aseguró un periódico de Tampico.[2]
El rasgo de la divina justicia fue la muerte de Obregón. Este señor empezó a trabajar por reelegirse desde los primeros días del gobierno del General Calles. Toda la nación manifestó su descontento y su renuencia a admitir que Obregón volviera otra vez a ocupar la presidencia de la República; pero éste por nada se detuvo, azuzado por sus propias ambiciones y por las adulaciones de los que, por conveniencia propia, querían entronizarlo de nuevo. Contra toda justicia y derecho y violando la Constitución, Obregón propuso al Congreso reformas muy radicales y todas fueron aprobadas por más que la nación protestó contra tales reformas. Vino el 1° de julio de 1928 y tuvo lugar una verdadera farsa de elecciones; y aunque Obregón por mil títulos no podía ser reelegido, aun antes de la declaración del Congreso, se le dio el título de Presidente electo. Cuando Obregón ya creía seguro su triunfo y en los momentos en que en un público restaurant llamado la Bombilla, recibía las adulaciones de sus partidarios, el joven José de León Toral descargó los cinco tiros de su revólver sobre la cabeza y espalda de Obregón, y éste murió a los pocos instantes. Así terminó este gran perseguidor de la Iglesia y verdugo de la Patria.
Más de dos años hace que la Iglesia Mexicana es rudamente perseguida y sólo Dios sabe cuánto durarán estos días de prueba o de castigo a que el Señor misericordiosamente nos ha sujetado. En México se ora, y se ora en todo el mundo, para que Dios abrevie estos días de tanto luto para la Iglesia mexicana. Es altamente consolador ver que los católicos mexicanos dan pruebas innegables de su ardiente amor a Cristo Rey y a la Virgen Santísima de Guadalupe el 12 de diciembre y en la fiesta de Cristo Rey; así es que la persecución, en vez de entibiar el fervor de los fieles, lo ha encendido más y más.
La solicitud verdaderamente paternal que ha desplegado el Sumo Pontífice para con los mexicanos, no hay palabras con qué elogiarlas. Tanto a los sacerdotes como a los fieles les ha concedido privilegios extraordinarios que sólo igualan a los que tenían los sacerdotes y los fieles de la primitiva Iglesia.
Por su parte don Plutarco Elías Calles, nada ha omitido para que la persecución religiosa, promovida por él, revista todos los caracteres de ferocidad, de tiranía y de crueldad: no se ha respetado ni a los niños ni a los ancianos; la honra de las mujeres ha sido vilmente mancillada; a mujeres y hombres se les han aplicado los más atroces martirios; ningún mexicano tiene segura la vida y los intereses; las cárceles se han visto atestadas de fieles que han sido cruelmente atormentados y que después de varios días de prisión, o han sufrido la muerte o han tenido que pagar fuertes multas. Los sótanos de la Inspección General de Policía de la capital de la República fueron testigos de muchos martirios, pero también de muchos actos heroicos de los católicos que confesaron a Cristo en la oscuridad de aquellas temibles ergástulas. El General Roberto Cruz hizo derroches de ferocidad durante el tiempo que fue Inspector General de Policía. Cuando al General Ríos Zertuche se le ocurrió demoler aquellos sótanos, dijo que eran un oprobio para la civilización. ¡Cuán tarde se conoció esta verdad! Pero aunque se reconoció que los sótanos eran una vergüenza para la civilización, no se declaró que los verdugos y los martirizadores eran una vergüenza mayor y merecedores de un condigno castigo.
Hace más de 25 años que la masonería anunció esta persecución religiosa; y por haberse preparado con tanta anticipación, se ha llevado a cabo con tanto lujo de crueldad.
De esta persecución son responsables, ante Dios y ante la Historia: la masonería, las sectas protestantes y el Gobierno Americano.
El gobierno de Calles es hechura de Mr. Coolidge. No obstante que el Presidente de los Estados Unidos declaró a la faz del mundo que había pasado el tiempo de los tiranos, él ha apoyado moral y materialmente a Calles para que se sostenga en el gobierno de México y así cumpla la consigna de la masonería de martirizar a la Iglesia.
En esta ruda persecución, los católicos tuvimos el dolor de ver dispersas las comunidades religiosas y ferozmente perseguidas las esposas de Cristo, muchas de las cuales emigraron a países extranjeros. También tuvimos el dolor de ver expulsados a tantos sacerdotes extranjeros que prestaron inmensos servicios a México y que por muchos años compartieron con los sacerdotes mexicanos las fatigas del ministerio. Muy grande fue nuestro dolor cuando Calles ya no permitió la entrada a México al Delegado Apostólico monseñor Cimino y cuando expulsó del territorio mexicano a monseñor Caruana, también Delegado Apostólico.
Tan pronto como se vio el cariz que tomaba la persecución religiosa, se organizó la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa que realmente se ha encargado de todos los recursos de defensa de la libertad de la Iglesia y de la Patria.
Muchos católicos al ver fracasar todos los medios legítimos, pacíficos y légales que se pusieron en práctica para conseguir la libertad religiosa, se determinaron a tomar las armas; y no obstante la carencia de pertrechos de guerra, la miseria, la desnudez y mil penalidades de que se han visto agobiados, su actitud bélica no ha decaído, y casi puede decirse que cuantos combates han tenido con los soldados de Calles, han sido otros tantos triunfos. Su amor a la religión, su deseo de ver a la Iglesia enteramente libre y a la Patria feliz y dichosa, los ha sostenido en medio de tantas penalidades. Su grito de guerra ¡Viva Cristo Rey! los enardece y los hace batirse como leones e ir al combate y a la muerte, con la frente levantada y la vista puesta en el cielo.
En esta titánica y desigual lucha, muchas mujeres mexicanas han desempeñado un papel importantísimo: ellas han sido las abastecedoras de los libertadores, y aun exponiéndose al peligro de la muerte o la deshonra, han ido a los campos de batalla a llevarles armas, parque, alimentos y vestidos.
Varias veces se ha hablado de que Calles ha querido solucionar el conflicto religioso, y esto se dijo particularmente del General Obregón, tanto que muchos católicos crédulos afirmaban que llegando Obregón a la Presidencia de la República, el conflicto religioso quedaría completamente solucionado. Si algo hay de cierto en esto, nada se sabe con certeza; lo único que puede afirmarse es que el Papa se ha reservado la última palabra y la verdadera solución del conflicto religioso, y que el Episcopado Mexicano mantiene en pie su promesa lucha en una de sus Cartas Pastorales Colectivas, de no ceder un palmo de terreno y no entrar en transacciones deshonrosas y mantenerse firme hasta conseguir la completa libertad de la Iglesia.
Últimamente los católicos enviaron al Congreso de la Unión otros dos Memoriales pidiendo la libertad religiosa. Enviaron también un Estudio Comparativo de la Legislación mexicana con la Legislación de otras naciones. Los diputados nada absolutamente han resuelto, por más que la prensa anuncia que y tienen en estudio los dichos Memoriales.
Es verdad que los dichos diputados, al recibir los Memoriales que los católicos presentaron en los primeros días del mes de septiembre próximo pasado, dijeron que no los tomarían en consideración hasta que los católicos armados depusieran su actitud bélica. Esta condición es inadmisible: los libertadores están propuestos a no soltar las armas hasta que se reforme la Constitución, se garantice la libertad religiosa y se verifiquen las elecciones definitivas de Presidente de la República.
Como se ve por lo expuesto, las relaciones entre la Iglesia y el Estado no han sido desde hace muchos años, sino las que median entre el halcón y la paloma, el lobo y el cordero, el verdugo y la víctima, el perseguido y el perseguidor. Por eso las luchas entre la Iglesia y el Estado no han cesado durante muchos años porque todos los gobiernos mexicanos, unos más y otros menos, han sido hostiles a la Iglesia.
Mucho se dijo que Portes Gil al entrar en funciones de Presidente Provisional, cumpliría la consigna que le dieron los Estados Unidos de reformar la Constitución, para que termine el conflicto religioso. Nada se puede afirmar como cierto. Lo único cierto es que Portes Gil ha continuado la persecución que Calles empezó, y que Portes Gil, lo mismo que Calles, es un dócil instrumento de la Confederación Norteamericana del Trabajo, de la tenebrosa secta de los Ku Klux Klan, de los protestantes yanquis, especialmente de los metodistas, y de la masonería de todo el mundo y muy especialmente de la masonería de Estados Unidos.
Hower, el nuevo Presidente de Estados Unidos seguirá aprobando la persecución religiosa. Así lo creemos todos.
Aunque Calles al parecer se ha retirado de la política, no es cierto: sigue ejerciendo su maléfica influencia, y todo anuncia una nueva imposición.
La CROM se está desmoronando; pero Luis N. Morones está disfrutando de la riqueza que acumuló y que se cree fue hecha con las cuotas de la clase obrera.
Lo que sí podemos afirmar, es que la Iglesia triunfará, porque así nos lo ha prometido el Vicario de Cristo su Santidad, Pío xi, y Dios no permitirá que falte la palabra de su representante en la tierra. La Iglesia saldrá de las catacumbas en que Calles la ha sepultado, radiante de gloria y de majestad, ceñida con los laureles de la victoria, empuñando la palma del triunfo y cubierta con su manto de escarlata teñido con la sangre de tantos sacerdotes, de tantos acejotaemeros, de tantos libertadores, de tantas mujeres, hombres y niños que una vez más han sellado con su sangre la fe de Cristo y que han dado su vida por mantenerse fieles a su Dios y por salvar los derechos de la Iglesia y la libertad de la Patria.
¡Cristo reina! ¡Cristo impera! ¡Cristo vence! ¡Cristo pondrá a todos sus enemigos por escabel de sus pies y la Iglesia verá desaparecer a sus actuales perseguidores como ha visto desaparecer a los que la han perseguido en los pasados siglos!
La anterior Legislatura creyó que cubriría de baldón y de ignominia a los obispos y a los católicos desechando los Memoriales que le fueron presentados; pero este baldón y esta ignominia, nada ha manchado a los obispos y a los católicos: toda la mancha ha recaído en los diputados que por obedecer a un solo hombre, se han deshonrado delante de todo el mundo, porque han probado su desprecio a la libertad y su amor a la tiranía,
La Iglesia, como ha dicho un sabio obispo, puede vivir sin rentas, sin escuelas, sin hospitales y hasta sin templos; pero no puede vivir sin libertad. Por eso los hijos de la Iglesia han luchado, están luchando y seguirán luchando hasta romper las cadenas con que Calles ha atado a la Iglesia y hasta hacerla completamente libre.
Si la presente Legislatura también desecha los Memoriales de los católicos y desoye las voces de la razón, de la justicia y del derecho, también se cubrirá de ignominia y de baldón, como se cubrió la Legislatura pasada, y aparecerá a los ojos del mundo, no como la representación nacional, sino como una pandilla de asesinos de la libertad.
Terminaremos refutando en pocas palabras las mentiras que se han propalado para engañar a los mexicanos y a los extranjeros.
Se ha dicho que no hay conflicto religioso; sí lo hay, porque entre la ley de Calles que manda que los sacerdotes dependan del Estado en el ejercicio de su ministerio, puesto que les exige que se registren para poder ejercer, y la ley de la Iglesia que manda que los sacerdotes en el ejercicio de su ministerio dependan únicamente de los obispos, hay un verdadero conflicto.
Se ha dicho que no hay persecución religiosa. Si no hay persecución, ¿por qué han sido asesinados tantos sacerdotes? ¿Por qué se han profanado, quemado y robado tantos templos, joyas, imágenes y objetos del culto? ¿Por qué se encarcela a los sacerdotes y a los fieles por los actos del culto aun celebrados en lo más íntimo del hogar? ¿Por qué se ha luchado tanto porque los sacerdotes y los fieles se aparten de la obediencia debida al Romano Pontífice?
Ha dicho Calles que él respeta todos los credos religiosos y todas las religiones. ¿Y las blasfemias contra Jesucristo? ¿Y los insultos al Papa? ¿Y la expulsión de los Delegados Apostólicos, de los obispos y de los sacerdotes?
Se ha dicho que a nadie se le impide que practique su religión; y sin embargo no se ha dejado en paz a los católicos; y cuando los esbirros penetran a las casas y se encuentran un altar, se llevan los ornamentos, los cálices, los misales, los candeleros y cuanto se les ocurre.
Por último, se ha dicho que el gobierno para nada se mete con los dogmas de los católicos. Ya los obispos probaron victoriosamente que tanto las leyes persecutorias expedidas por Calles y sus antecesores son un rudo ataque a los dogmas de la fe católica.
[1] Sin pie de imprenta ni fecha, el opúsculo aquí trascrito, depositado en la biblioteca del Seminario de Guadalajara, fue un impreso clandestino que sólo pudo publicarse en México después del 4 de marzo de 1929 y antes de los ‘arreglos’ del 7 de junio de ese mismo año. Su autor pudo ser un prominente católico jalisciense miembro de la resistencia activa de entonces.
[2]Nota: Esta noticia fue tomada de un periódico de Tamaulipas y del periódico metropolitano El Yunque-No respondemos de su veracidad.