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DERECHO PENAL SUSTANTIVO Y DERECHO PROCESAL PENAL: - PDF
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Francisco Javier Cruz Silva
1 LA REFORMA DEL PROCESO PENAL PERUANO ANUARIO DE DERECHO PENAL 2004 DERECHO PENAL SUSTANTIVO Y DERECHO PROCESAL PENAL: HACIA UNA VISIÓN INTEGRADA 1 RAMON RAGUÉS I VALLÈS SUMARIO: I. Introducción. II. Sobre la dudosa naturaleza, sustantiva o procesal, de determinadas instituciones. III. Sobre los difusos límites entre concepto y prueba. IV. Sobre la función preventiva de las instituciones procesales. V. Conclusión: sobre la necesidad de elaborar una auténtica ciencia global del derecho penal. I. INTRODUCCIÓN Durante muchos años, las relaciones entre la ciencia del derecho penal sustantivo y la ciencia procesal penal se han caracterizado en buena medida por la mutua ignorancia, como si estas dos disciplinas se ocuparan de sectores del ordenamiento jurídico sin ningún tipo de relación entre sí. Probablemente los orígenes de esta actitud se sitúan en la época de la codificación, cuando los legisladores optaron por reunir los preceptos que tipificaban los delitos y las penas en textos denominados códigos penales y reservaron las 1 La realización de este trabajo se enmarca en la ejecución del Proyecto BJU financiado por el Ministerio español de Ciencia y Tecnología. 1292 Ramón Ragués i Vallés normas relativas al procedimiento para los llamados códigos procesales o leyes de enjuiciamiento. 2 De hecho, en aquellos países donde no hubo proceso codificador básicamente los ordenamientos del common law los límites entre lo sustantivo y lo procesal no presentan la rigidez que se aprecia donde tal proceso sí ha existido. 3 Esta primera separación legislativa determinaría en muchos países la posterior escisión en el ámbito académico. 4 Así, en los planes de estudios de muchas Facultades de Derecho se empezó a diferenciar entre la asignatura de derecho penal y la de derecho procesal, ubicándose en esta última la docencia relativa al proceso penal. En algunos casos como el español la docencia de estas materias se asignó a profesores especializados en derecho procesal tanto civil, como penal, de tal modo que quienes actualmente se dedican a explicar derecho procesal no se ocupan del penal sustantivo y, a la inversa, aquellos profesores que se dedican a este último no consideran de su incumbencia las normas procesales penales. 5 En una obra clásica del derecho penal español el manual de Antón Oneca la exposición de cuestiones procesales en tratados de derecho penal es considerada incluso como una «deficiencia técnica de épocas ya superadas». 6 Esta escisión es seguramente la causa de que durante muchos años los penalistas apenas hayan considerado las cuestiones procesales en sus trabajos y de que, por su parte, la doctrina procesalista haya dedicado sus esfuer- 2 Según MAIER (1996: 145, 167), el origen de esta distinción debe ubicarse en los procesos codificadores del siglo XIX. En idéntico sentido ZAFFARONI, ALAGIA y SLOKAR 2000: 158. Clásicos como CARRARA o FEUERBACH trataban todavía en sus obras tanto el derecho penal como el proceso penal; cfr. al respecto HERCE QUEMADA 1969: Así, por ejemplo, en la categoría angloamericana de las defences no solo tienen cabida las figuras equivalentes a las causas de justificación o de exclusión de la culpabilidad (las eximentes en general), sino también instituciones como la prescripción, la inmunidad diplomática, el delito provocado o el doble enjuiciamiento. Cfr. al respecto ROBIN- SON 1997: También dentro del concepto de defence suelen incluirse alegaciones de clara naturaleza probatoria, como la coartada (defence of alibi). 4 Una buena muestra de la perspectiva tradicional española puede encontrarse, por ejemplo, en RODRÍGUEZ DEVESA y SERRANO GÓMEZ 1995: En aquellos países donde la separación académica no es tan radical como sucede en Alemania el fenómeno de mutua ignorancia se presenta mucho más matizado. Solo así se entienden las palabras de ROXIN (2000: 7), cuando afirma que «el derecho penal material y el derecho procesal penal se corresponden estrechamente, como siempre ha sido el caso tanto en la teoría y en la investigación, como en la práctica jurídica». 6 ANTÓN ONECA 1986:3 zos a intentar construir una teoría general del proceso que proporcionara una cobertura teórica común al proceso civil y al penal y, al mismo tiempo, legitimara la autonomía científica de su disciplina. 7 Según expone Roxin, las aportaciones de la teoría general del derecho procesal han sido escasas por dos grandes razones: en primer lugar, porque la pretensión penal del Estado no puede de ningún modo ser equiparada a la pretensión del demandante en el proceso civil; 8 y, en segundo lugar, porque, a diferencia de lo que sucede en los ámbitos civil y administrativo, en los que el proceso es la excepción, la pretensión penal solo puede realizarse a través de un proceso. 9 Mucho más contundente, Maier califica de «políticamente perniciosa» la separación académica entre derecho penal sustantivo y derecho procesal penal, con la aproximación de este al derecho procesal civil. 10 Para este autor, el intento de construir una teoría única del derecho procesal supone la búsqueda de una síntesis «[...] arquitectónicamente bella, pero inútil por inexistencia de similitudes políticas entre una y otra rama del derecho procesal». 11 Solo en la última década, la ciencia penal parece haber empezado a reaccionar ante una escisión en muchos sentidos insatisfactoria. 12 Tal cambio 7 Cfr. MAIER 1996: 78. Este mismo autor (v. p. 148) constata cómo, con alguna honrosa excepción, los penalistas «han abandonado el derecho procesal penal a las manos de los expertos en derecho procesal, con resultados cuestionables». 8 ROXIN (2000: 6) no niega la posibilidad de crear conceptos comunes, como el de objeto procesal o cosa juzgada, «pero una definición plena de sentido solo puede ser brindada en el marco del derecho procesal correspondiente, mientras que un concepto superior común resulta demasiado abstracto y, por lo tanto, nada aportará a la tarea de administrar justicia». 9 ROXIN 2000: MAIER 1996: 77, MAIER 1996: 147. Las dificultades que se plantean a la doctrina procesalista para crear conceptos generalmente válidos de figuras tan básicas como el de parte o acción, igualmente aplicables a los procesos civil y penal, se advierten en MUERZA ESPARZA (en DE LA OLIVA SANTOS 1999: ) y DE LA OLIVA SANTOS (1999: ), respectivamente. 12 Probablemente uno de los efectos más negativos de esta escisión haya sido el menor desarrollo teórico experimentado por el derecho procesal penal. Significativas las cifras aportadas por RAMOS MÉNDEZ (2000: 59): de las 229 tesis doctorales defendidas en los últimos años en España sobre derecho procesal, aproximadamente unas 90 se dedican al Procesal Civil, mientras que las dedicadas al Procesal Penal superan escasamente el número de 50. Las tesis sobre Procesal Laboral o Contencioso apenas rebasan la cifra de 10 trabajos de doctorado, respectivamente. En lo que respecta a las monografías publica- 1314 Ramón Ragués i Vallés puede explicarse por diversas razones: en primer lugar, por una cierta sensación de agotamiento de una doctrina que durante muchos años se ha centrado de forma casi exclusiva en la teoría del delito, un cansancio que ha llevado a algunos autores a explorar nuevos territorios, entre los que cabe contar el proceso penal. 13 En segundo lugar, por la constatación de que cualquier análisis político-criminal con unas mínimas pretensiones científicas no puede ignorar el importantísimo papel que muchas instituciones procesales desempeñan en una lucha eficaz contra el delito. 14 La certeza de que no puede llevarse a cabo una política criminal con sentido, pensando únicamente en el Código Penal e ignorando las instituciones procesales, ha obligado a muchos penalistas a volver su mirada hacia el proceso. Este redescubrimiento ha suscitado en algunos penalistas la inquietud de otorgar a las instituciones procesales una ubicación dentro del sistema jurídico-penal. 15 Tal ampliación del sistema, mas allá de la tradicional teoría del delito, se halla todavía en un estado embrionario, pero es posible que en unos años se alcancen resultados tangibles a medida que vaya alzándose un edificio conceptual que consiga integrar de forma armónica todos aquellos elementos normativos con los que cuenta el Estado para enfrentarse al fenómeno criminal. No cabe duda de que si esta tarea prospera se contará con una herramienta muy útil tanto para la toma de decisiones político-criminadas sobre cuestiones procesales (cfr. RAMOS MÉNDEZ 2000: 61-62), las dedicadas al proceso civil (unas 110) prácticamente duplican a las que se ocupan de cuestiones procesales penales (unas 58). 13 La posibilidad de que el extraordinario desarrollo de la teoría del delito haya ido en detrimento del avance de la ciencia procesal penal es apuntada por MUÑOZ CONDE 2000: El precursor de estas ideas en lengua española es MAIER (1978: 302). La voluntad de mejorar la eficacia del derecho penal como factor de aproximación a la ciencia del derecho penal sustantivo y procesal es puesta de manifiesto más recientemente por CUELLO CONTRERAS (2002: 8), quien concluye afirmando que derecho penal sustantivo y procesal «forman una unidad». 15 Entre ellos cabe destacar los esfuerzos de autores como FREUND (1996), quien aboga por construir un «sistema integral del derecho penal» que englobe como subsistemas al derecho penal sustantivo, al derecho de la determinación de la pena y al derecho procesal penal. En un sentido próximo WOLTER (1996: 1), se propone «explicar el entero sistema penal de la punibilidad, de la perseguibilidad y de la sancionabilidad». En la doctrina española es MUÑOZ CONDE (2000: 11), quien habla del derecho penal «en sentido amplio, comprendiendo no solo el derecho penal material en sentido estricto, sino también el derecho procesal penal, la Política Criminal y la Criminología». 1325 les, como también para un completo análisis científico del derecho penal en todas sus manifestaciones. Como afirma Freund, la consecución de este objetivo no exige necesariamente acabar con la distinción entre lo procesal y lo sustantivo. Sin embargo advierte este autor si tal división se concibe en términos muy rígidos «[...] se corre el peligro de perder de vista importantes vínculos materiales y, por ejemplo, de excluir del sistema de consecuencias jurídicas del derecho sustantivo ciertas estrategias alternativas para la persecución de determinados fines que poseen una intensidad intromisiva inferior». 16 Después de que una parte de la doctrina haya realizado los primeros esfuerzos para encontrar el lugar que le corresponde en el sistema a las instituciones tradicionalmente calificadas de procesales, parecen haberse alcanzado ya algunas conclusiones. Así, se ha advertido que la usual distinción entre derecho penal sustantivo y derecho procesal penal resulta en muchos casos arbitraria y en otros carece de todo efecto práctico. Además, se ha puesto en evidencia que esta escisión es en gran medida la responsable de que aspectos muy importantes del sistema penal apenas hayan sido objeto de desarrollo teórico y de que ciertos avances efectuados desde el ámbito sustantivo hayan carecido de toda incidencia práctica, por no haber encontrado un adecuado tratamiento en su vertiente procesal. En resumen: estos primeros pasos han servido para demostrar que la distinción entre lo sustantivo y lo procesal no solo no es teóricamente obligatoria, sino que, además, concebida en términos muy rígidos puede resultar enormemente disfuncional tanto en términos político-criminales (persecución eficaz del delito), como dogmáticos (tratamiento uniforme de los casos). Para mostrar la arbitrariedad de esta distinción, así como para poner en evidencia los problemas que conlleva, en las siguientes páginas se procede al análisis de tres ámbitos en los que estos fenómenos se manifiestan con una especial intensidad: en primer lugar, se expondrán los problemas que surgen cuando se intenta determinar la naturaleza adjetiva o sustantiva de determinadas figuras legales; en segundo término, se mostrarán las dificultades para establecer los límites entre los conceptos jurídico-penales y sus reglas de prueba; y, por último, se analizará el importante papel preventivo que desempeñan determinadas instituciones cuyo carácter procesal se 16 FREUND 1996: 45 (cursiva en el original). 1336 Ramón Ragués i Vallés considera fuera de toda duda, lo que pone en tela de juicio la validez de los criterios que tradicionalmente se han empleado para distinguir estas figuras de otras de naturaleza sustantiva. II. SOBRE LA DUDOSA NATURALEZA SUSTANTIVA O PROCESAL DE DETERMINADAS INSTITUCIONES Buena parte de los autores que se han enfrentado a la cuestión de los límites entre el derecho penal sustantivo y el derecho procesal penal han llegado hasta ella en la búsqueda de una ubicación idónea dentro de la teoría del delito para determinadas figuras previstas en los códigos penales o en las leyes procesales. Esta búsqueda se explica porque la clásica tripartición entre tipicidad, antijuricidad y culpabilidad deja sin un lugar claro, dentro de dicha teoría, a determinadas instituciones que, sin embargo, tienen plena vigencia en el ordenamiento jurídico-penal positivo. Para dar cabida a estas figuras en la teoría del delito, una parte de la doctrina propone añadir a la tradicional partición una cuarta categoría: la denominada punibilidad. 17 En ella suelen situarse figuras como las llamadas condiciones objetivas de punibilidad o las excusas legales absolutorias, que, sin hallarse vinculadas con el comportamiento antijurídico o con el sujeto culpable, influyen de lege lata en el castigo final de un determinado hecho. Sin embargo, aun añadiendo este cuarto escalón en la definición del delito, siguen existiendo instituciones cuya ubicación no es clara, del mismo modo que tampoco lo es la decisión sobre si su naturaleza es propiamente sustantiva o más bien procesal. 18 Tal es el caso, por citar algunos ejemplos, de figuras como la prescripción del delito o de la pena, la exigencia de querella o denuncia para perseguir ciertas infracciones, el perdón del ofendido en aquellos delitos que le atribuyen virtualidad eximente, el indulto, las normas de competencia o ciertas inmunidades Cfr. al respecto ROXIN 1997: 23, n. marg En lengua española el principal trabajo sobre esta materia es GARCÍA PÉREZ Véanse ROXIN 1997: 23, n. marg. 41 ss. y PASTOR 2001: 797. En el caso de optarse por la naturaleza procesal, la denominación que suele emplearse para hacer referencia a estas figuras es la de presupuestos de procedibilidad o impedimentos procesales (ROXIN 1997: 23, n. marg ). 19 Cfr. al respecto PASTOR 2001:7 La necesidad de decidir acerca de la naturaleza de estas figuras no responde únicamente a un interés académico por clasificar el objeto de estudio, sino que, según suele afirmarse, a tal decisión cabe atribuirle importantes efectos prácticos. Así, la doctrina mayoritaria entiende que, en función de donde se ubique a estas instituciones, será distinto el tratamiento que les corresponda en materia, por ejemplo, de retroactividad o analogía o, en estados con pluralidad de legisladores penales o procesales, en la determinación de la competencia legislativa. Un ejemplo muy ilustrativo de la cuestión es la figura de la prescripción penal, cuya naturaleza sustantiva o procesal se discute en la doctrina. Según los planteamientos más extendidos, en función de la naturaleza que se atribuya a esta figura será posible una aplicación retroactiva de una eventual reforma que prolongue o elimine los plazos de prescripción. Esta cuestión ha sido intensamente debatida en Alemania, donde el legislador prolongó primero y eliminó después los plazos de prescripción del delito de asesinato para evitar, mediante su aplicación retroactiva, la impunidad de los más graves crímenes cometidos en tiempos del nacionalsocialismo. Uno de los principales argumentos para sostener la constitucionalidad de esta reforma fue el carácter meramente procesal de la prescripción y la idea de que la prohibición de irretroactividad de disposiciones desfavorables no rige en el proceso, donde la norma es el denominado tempus regit actum. 20 La naturaleza de esta misma figura también se discute con el objeto de determinar qué instancia legislativa es la competente para regular o reformar esta materia, un debate que se plantea, como es natural, en aquellos estados que cuentan con varias instancias legitimadas para legislar en materia penal o procesal, como es el caso de Argentina o Estados Unidos. 21 Sin embargo, los esfuerzos doctrinales para aislar teóricamente criterios que permitan resolver estas cuestiones particulares a partir de una previa distinción con validez general entre derecho penal sustantivo y derecho procesal penal no han llevado a soluciones satisfactorias y en la doctrina de 20 La decisión legislativa contó con el beneplácito del Tribunal Constitucional alemán (cfr. BVerfGE, vol. 25, p. 269 y ss.). 21 En relación con el reparto competencial en Argentina, véanse MAIER 1996: 76, PASTOR 2001: 798, ZAFFARONI, ALAGIA y SLOKAR 2000: Para los Estados Unidos, FLETCHER 1997: Sobre los efectos que la distinción tiene en Alemania, ROXIN 1997: 23, n. marg8 Ramón Ragués i Vallés los últimos años se percibe un cierto pesimismo sobre la posibilidad de alcanzar algún día semejante objetivo. 22 La clave de la cuestión reside en determinar cuándo la concurrencia de una determinada circunstancia impide afirmar que un hecho es delito (naturaleza sustantiva) y cuándo lleva a sostener que concurre un hecho delictivo, pero este no puede ser perseguido (naturaleza procesal). Así, por ejemplo, cabe discutir si un delito prescrito deja de ser un delito o si, más bien, se trata de un auténtico delito que ya no es susceptible de persecución: según la respuesta que se dé a este dilema, deberá atribuirse a la prescripción, respectivamente, una naturaleza sustantiva o bien procesal. Atendiendo al fundamento de las instituciones afectadas, no es posible conseguir una distinción clara, pues a todas ellas subyacen determinadas valoraciones sobre la necesidad de castigo o la colisión de los fines del derecho penal con otras finalidades del Estado. 23 En este sentido, no duda en afirmar Roxin que, en realidad, las condiciones objetivas de punibilidad y los presupuestos procesales son simplemente equivalentes funcionales. 24 Seguramente por este motivo, las propuestas más recientes sobre la cuestión renuncian a aislar un único criterio teórico de separación y consideran que, para resolver los problemas aplicativos que estas figuras suscitan, debe acudirse a criterios distintos de su mero etiquetamiento clasificatorio. 25 Una perspectiva especialmente interesante a tal efecto ha sido elaborada recientemente en Argentina por Daniel Pastor, quien, tras constatar el fracaso de las propuestas doctrinales formuladas hasta la fecha para intentar re- 22 Una perspectiva de las distintas propuestas teóricas en ROXIN 1997: 23, n. marg Cfr. ROXIN 1997: 23, n. marg. 39. En ROXIN 1997: 23 n. marg. 56, este autor sostiene que también en los denominados impedimentos procesales «se manifiesta una ausencia de necesidad preventiva», un elemento que suele considerarse como fundamento de la categoría de la punibilidad. Por su parte, GARCÍA PÉREZ (1997: 66-67) afirma que «[...] existen bastantes razones que inducen a pensar que no es posible separar nítidamente el derecho penal del derecho procesal en la medida en que hay instituciones en ambos sectores del ordenamiento que responden a los mismos criterios». 24 ROXIN 2000: En este sentido, GILI PASCUAL (2001: 19-20) afirma que la importancia de la polémica sobre la ubicación de la presente figura debe ser «seriamente relativizada», concediendo la razón «[...] a quienes actualmente tienden a negar que de ella quepa extraer consecuencias decisivas o incluso a valorarla como una mera cuestión académica». 1369 solver este dilema, aboga por una original solución: 26 considerar que «[...] no solo los llamados presupuestos procesales, sino que todas las reglas procesales son componentes de una condición objetiva de punibilidad: el debido proceso». 27 Según este autor, «[...] al igual que las reglas sobre tentativa o participación de la parte general extienden la tipicidad (y con ello la punibilidad) a situaciones no previstas por las figuras de la parte especial, la realización de un debido proceso es impuesta por el derecho constitucional como una condición general más para la procedencia de una pena legítima». 28 La finalidad de esta propuesta teórica es clara: conseguir que todas las reglas del procedimiento queden abarcadas por el ámbito de vigencia del principio de legalidad material. 29 Así, por ejemplo, Pastor defiende explícitamente que la regla del tempus regit actum no tenga validez alguna en el proceso penal, en el que a su juicio debe regir plenamente la prohibición de retroactividad. Con todo, este planteamiento que cabe calificar de hipergarantista suscita el problema de que puede llegar a suponer un lastre para ciertas reformas legales, sin que ello parezca siempre necesario a la luz de la preocupación por las garantías que mueve a este autor. 30 Así, por ejemplo, una norma que modificara el horario de los juicios o que acortara determinados plazos para dotar de mayor celeridad a los procedimientos, no parece que debiera hallarse limitada por una prohibición que pretende proteger unos derechos del ciudadano que no se verían afectados por tales reformas. A tal efecto conviene recordar que, según las concepciones más extendidas, la prohibición de retroactividad no rige para toda norma penal, sino solo para aquellas que tienen carácter desfavorable para un eventual acusado o reo. Este mismo criterio deberá regir también para el ámbito tra- 26 En su interesante trabajo, este autor ofrece una completa visión panorámica de cuáles han sido las soluciones propuestas por diversos autores, especialmente en lo que respecta a la ciencia penal alemana, aun admitiendo que ninguno de ellos ha alcanzado «un éxito definitivo». PASTOR 2001: 799 ss. 27 PASTOR 2001: PASTOR 2001: En términos similares se expresa RIGHI (1996: 199): «[...] dado que el principio de no retroactividad está destinado a proteger a los ciudadanos, evitando que las previsiones legales relativas a su comportamiento puedan ser modificadas ex post en su perjuicio, la garantía que contiene debe ser extendida también a las normas procesales». 30 En este sentido, el propio PASTOR (2001: 808) admite que su consideración del proceso penal como condición objetiva de punibilidad tal vez se «pueda considerar exagerada». 13710 Ramón Ragués i Vallés dicionalmente calificado de procesal, quedando fuera de la vigencia de la prohibición aquellas normas de las que no puede predicarse dicho carácter desfavorable. Probablemente la pista correcta para encontrar la solución adecuada se halle en una idea solo esbozada por Jakobs cuando hace referencia al problema de la aplicación retroactiva de los plazos de prescripción. 31 Según este autor, más allá de cuestiones meramente clasificatorias, lo decisivo para determinar el ámbito de vigencia de la prohibición de retroactividad es valorar si, como consecuencia de un concreto cambio legislativo, el Estado está ampliando o no su competencia para castigar. Partiendo de esta premisa cabe añadir tratando de desarrollar la idea de Jakobs que tal ampliación se producirá cuando la modificación legislativa tenga como consecuencia la posibilidad de castigar más conductas, de hacerlo con penas más severas, durante un tiempo más prolongado o en un territorio o círculo de personas más amplio. En aquellos supuestos en que se constate tal ampliación deberá considerarse vigente la prohibición de retroactividad. Desde luego, con este argumento se advierte que, en realidad, la solución a este problema no depende en modo alguno de la naturaleza procesal o sustantiva de cada institución, sino de cuáles sean los efectos materiales de su aplicación. Ello se explica porque algunas instituciones tradicionalmente calificadas de procesales contribuyen a determinar los límites de la competencia estatal para castigar, como sucede con la necesidad de querella o denuncia para la persecución de ciertos delitos, con la prescripción o con el perdón del ofendido. Lo mismo cabe afirmar de las reglas que determinan el ámbito territorial de competencia del Estado para la persecución de delitos. Con todo, no puede pasarse por alto el acierto de Pastor cuando pone en evidencia que el proceso y las normas procesales son al igual que requisitos clásicos del delito, como la tipicidad o la antijuricidad conditio sine qua non de la efectiva imposición de una pena, sin que exista una frontera rígida que las separe de lo que tradicionalmente ha sido concebido como el núcleo del derecho penal sustantivo. Es más, cabe afirmar incluso que, en realidad, el orden o ubicación de estas condiciones no dejan de ser en gran medida arbitrarios y que serían imaginables clasificaciones distintas sin que por ello cambiaran las consecuencias finales. 31 JAKOBS 1995:11 Un buen ejemplo al respecto pueden ser las reglas que establecen la competencia de la jurisdicción de un Estado para el conocimiento de determinados delitos. Sería perfectamente imaginable un sistema donde estas reglas estudiadas tradicionalmente como parte del proceso penal se vincularan científicamente a la categoría sustantiva de la tipicidad, entendiéndose, por ejemplo, que allí donde los códigos establecen que «aquél que matare a otro será castigado con la pena P» debe en realidad leerse «aquél que matare a otro en territorio del país X será castigado con la pena P». No cabe duda de que por razones de claridad expositiva es preferible estudiar separadamente ambas cuestiones. Sin embargo, debe quedar claro que tal decisión es meramente opcional y que son imaginables otras formas de ver las cosas cuya solidez teórica no es en principio cuestionable. La constatación de que la clasificación de los requisitos para la efectiva imposición de una pena tiene mucho de arbitrario no tiene por qué suponer la absoluta desaparición de la distinción tradicional entre derecho penal sustantivo y procesal. Sin embargo, el mantenimiento de estas dos categorías debería ser visto como una mera opción clasificatoria para conseguir una exposición ordenada del objeto de estudio que no viene impuesta por la naturaleza intrínseca de dicho objeto, siendo imaginables otras formas de ordenar el material que serían igualmente válidas. Cuando se toma conciencia de este hecho se advierte que no tiene demasiado sentido presentar la ciencia penal y la ciencia procesal penal como dos disciplinas distintas con objetos totalmente diversos. III. SOBRE LOS DIFUSOS LÍMITES ENTRE CONCEPTO Y PRUEBA Las dificultades que se han constatado para atribuir naturaleza procesal o sustantiva a determinadas instituciones se advierten también en una de las distinciones fundamentales con que operan tanto la ciencia penal, como la procesal: la separación entre los conceptos jurídicos a los que se atribuye naturaleza sustantiva y las reglas para su prueba, a las que se asigna carácter procesal. Mientras tradicionalmente los conceptos que se manejan en el derecho penal sustantivo han sido objeto de un importante desarrollo teórico en especial los que conforman la denominada teoría del delito, la valoración judicial de la prueba ha permanecido hasta hace unos años como un terreno inaccesible para toda clase de elaboración sistemática, un 13912 Ramón Ragués i Vallés ámbito en el que ha reinado, con el beneplácito de la doctrina y la jurisprudencia, la «íntima convicción judicial». 32 Afortunadamente, en los últimos tiempos ha conseguido llegarse a un cierto consenso académico y jurisprudencial en el sentido de que la valoración de la prueba no puede ser un acto subjetivo y arbitrario por parte del juez, sino que, para ser válida, debe respetar ciertos parámetros externos de racionalidad. 33 Sin embargo, esta exigencia de racionalidad en la apreciación del material probatorio a menudo parece interpretarse por la jurisprudencia en el sentido de que las conclusiones a las que llegue el juez no sean absurdas, irracionales o imprevisibles, pero admitiendo que dentro de las posibilidades que no caen en lo absurdo pueden existir varias soluciones admisibles y que la última palabra para elegir la solución correcta debe seguir correspondiendo al acto subjetivo de convicción judicial. 34 Un ejemplo: en el curso de una pelea un individuo golpea a otro en la cabeza con un bate de béisbol ocasionándole una hemorragia interna que acaba provocando su muerte. En este caso cabe plantearse como aplicables tanto la hipótesis del homicidio doloso, como la del imprudente, sin que ninguna de estas dos soluciones pueda calificarse de absurda o irracional. Según el punto de vista expuesto, al no ser irracional ninguna de las dos posibles soluciones, la última palabra corresponde a la convicción personal del juez sobre lo que representó el acusado en el momento de actuar, debiendo considerarse acertada su conclusión cualquiera que esta sea IGARTUA SALAVERRÍA (1999: 33, 152) constata esta falta de desarrollo teórico en la valoración de la prueba. Sobre la convicción como punto culminante de la actividad probatoria cfr., por todos, GOLLWITZER, en LÖWE y ROSENBERG 1987: 261, n. marg. 1 y CAFFERATA NORES 1994: Sobre este proceso en la jurisprudencia española véase IGARTUA SALAVERRÍA 1998: 54 y ss., 62 y ss., 110. Para la jurisprudencia, véase especialmente la STS del 15 de abril de 1989 (ponente Bacigalupo Zapater). En Alemania, véase ROXIN 1999: , con abundante cita de jurisprudencia. 34 Este punto de vista es avalado en la doctrina por MIRANDA ESTRAMPES (1997: 158), quien admite que «[...] el sistema de valoración de las pruebas según las reglas de la sana crítica no supone la anulación o eliminación de la libertad del juzgador. Esta libertad se manifestará en el momento de la decisión final, es decir, en la obtención o no de la convicción». 35 De hecho, en casos como el del ejemplo expuesto supra el Tribunal Supremo español ha dado por buena con pocos meses de diferencia tanto la solución del homicidio doloso como la del imprudente. Para las concretas referencias véase RAGUÉS I VALLÈS 1999: 475 y nota13 Este punto de vista no resulta en modo alguno convincente, pues con él «[...] se admite de forma implícita que dos casos absolutamente idénticos pueden tener al mismo tiempo dos soluciones distintas y que ambas deben ser consideradas correctas». 36 Desde luego, el que en la práctica forense se produzcan tratamientos dispares de supuestos estructuralmente idénticos será siempre algo inevitable. Sin embargo, el que esto suceda no puede dejar de ser visto como una anomalía por parte de la ciencia jurídica, siempre y cuando esta no pretenda renunciar a uno de sus objetivos básicos: garantizar que los casos iguales se traten de igual manera. Como sostiene Alexy, aceptar que en ciertas decisiones jurídicas la última palabra la tienen determinadas valoraciones no comprobables intersubjetivamente es una conclusión indeseable «[...] en cuanto a la legitimación de la creación judicial del Derecho, y en cuanto al carácter científico de la ciencia jurídica». 37 Curiosamente, mientras en los dos últimos siglos la ciencia penal ha realizado notables esfuerzos para eliminar toda irracionalidad en la interpretación y aplicación de los conceptos jurídicos, esta misma ciencia ha tolerado que los hechos que permiten la aplicación de tales conceptos se determinen en el proceso en función de meras convicciones subjetivas del juez. De este modo, gran parte del trabajo de precisión conceptual y sistematización que se realiza en la teoría del delito y en la interpretación de los tipos de la parte especial es echado a perder en el momento de trasladar al proceso los conceptos sustantivos. La pretensión de garantizar un tratamiento uniforme de los casos solo tiene sentido si se admite que también en el ámbito de la valoración de la prueba únicamente puede haber una solución jurídicamente correcta para cada supuesto de hecho. Por ello, si se quiere avanzar en la búsqueda de un mayor grado de uniformidad es imprescindible elaborar y proponer pautas para tal valoración, sin que pueda servir como justificación para postergar esta tarea la afirmación de que en este ámbito la infinita variedad de los casos imaginables impide toda elaboración teórica con pretensiones de validez general. 38 Aunque es cierto que las situaciones imaginables en la realidad son infinitas, determinadas estructuras fácticas se repiten en la práctica 36 RAGUÉS I VALLÈS 1999: ALEXY 1989: Sobre la posibilidad de crear una dogmática de la prueba muy similar a la tradicional dogmática penal véase PÉREZ DEL VALLE 1999:14 Ramón Ragués i Vallés con frecuencia suficiente como para merecer propuestas teóricas que garanticen respuestas uniformes. Existen muchos ejemplos de insuficiente desarrollo teórico en cuestiones relativas a la valoración de la prueba y, cuando menos en el caso español, muchos de los avances que se han ido realizando han sido mérito de la jurisprudencia y no, tristemente, de la doctrina. Este hecho probablemente pueda explicarse porque, mientras la ciencia penal se ha ocupado de los conceptos del derecho sustantivo y sus definiciones, los procesalistas se han encargado de estudiar los medios de prueba en general, pero nadie se ha preocupado de estudiar en qué casos y con qué requisitos deben considerarse probados los elementos fácticos que permiten aplicar los conceptos sustantivos. A los tribunales se debe, por ejemplo, el desarrollo de criterios para resolver cuestiones tan importantes en la práctica como la prueba de la influencia del alcohol en los delitos contra la seguridad en el tráfico, los medios probatorios válidos para acreditar las características de un vertido en los delitos medioambientales o el valor incriminatorio de la declaración de la víctima en los delitos contra la libertad sexual. Solo en los últimos años se aprecian en la doctrina ciertas propuestas teóricas relativas a la prueba de elementos como la causalidad o el dolo. 39 Significativamente, en el caso español estos trabajos han sido obra de penalistas y no de procesalistas. Todo parece indicar que a medida que este importante vacío vaya llenándose se advertirá como ha puesto de manifiesto recientemente Klaus Volk que la separación entre concepto y reglas de prueba no puede concebirse como una cesura radical, sino que se trata más bien de una transición muy matizada en la que resulta difícil determinar en qué momento se abandona el ámbito sustantivo para pasar al probatorio, de tal modo que cuando deciden ponerse etiquetas clasificatorias tampoco aquí puede evitarse una cierta sensación de arbitrariedad. 40 De hecho, en la práctica no es in- 39 Sobre la prueba de la causalidad, entre otros, PÉREZ DEL VALLE 1996: , PAREDES CASTAÑÓN 1995: 61 y ss., HASSEMER y MUÑOZ CONDE 1995: 87 y ss., 124 y ss. y VOLK 1996: 106 y ss. En lo que respecta a la prueba del dolo, HRUSCHKA 1985: 191 y ss., FRISCH 1990: 533 y ss., VOLK 2002: , RAGUÉS I VALLÈS 1999 y PAREDES CASTAÑÓN 2001: VOLK 2002: 419 y ss. A juicio de este autor, la imposibilidad de diferenciar nítidamente se explica porque la aplicación de los conceptos a un caso concreto depende de las de- 14215 frecuente que lo que unas teorías consideran elemento conceptual, otras lo conciban como razonamiento probatorio, lo que tiene como efecto el que teorías aparentemente distintas en el plano sustantivo acaben llevando en la práctica a las mismas soluciones. Un ejemplo muy evidente de este fenómeno son las denominadas teorías del dolo eventual. 41 Actualmente conviven en la dogmática penal dos grandes planteamientos sobre este elemento de la teoría del delito: de un lado, la teoría de la representación, que afirma la concurrencia de dolo eventual cuando un sujeto actúa con conocimiento concreto del riesgo de producción del resultado típico que supone su comportamiento; de otro lado, la teoría de la aceptación, que entiende que el dolo eventual no solo exige el citado conocimiento del riesgo (o la posibilidad) de producción del resultado, sino también la aceptación de este. Por lo general, los partidarios de esta última teoría consideran que tal aceptación debe tenerse por probada siempre que el sujeto actúa siendo consciente del riesgo concreto que supone su conducta, de tal modo que, pese a sostener un concepto aparentemente distinto de dolo eventual, en la práctica acaban llegando a las mismas conclusiones que el primer grupo de autores. 42 Asimismo, no puede perderse de vista que en la praxis judicial el hecho de que las valoraciones probatorias se hallen mucho más libres de ataduras teóricas que los argumentos sustantivos, propicia que jueces y tribunales tiendan a trasladar los problemas al ámbito procesal, pues en él han gozado tradicionalmente de una mayor libertad de movimientos. 43 La única forma de conseguir que esta huida a la valoración de la prueba no suponga una vía de ocultación de los razonamientos que resultan decisivos para la resolución de los casos con la consiguiente merma de garantías para los ciudadanos, pasa por llenar con contenido teórico dicho acto de valoración. nominadas «reglas de asignación», que no pueden calificarse de sustantivas ni tampoco de procesales. 41 Este ejemplo también es empleado por VOLK (2002: ). 42 Véase al respecto RAGUÉS I VALLÈS 1999: , con numerosas referencias jurisprudenciales y doctrinales. 43 Esta tendencia a trasladar los problemas al ámbito procesal es puesta de manifiesto en relación con la jurisprudencia del Tribunal Supremo alemán por VOLK (2002: ). Según este autor, ello permite a los tribunales modificar los conceptos sustantivos sin tener que reconocerlo de forma expresa. 14316 Ramón Ragués i Vallés Por otra parte, debe señalarse también que con la rígida separación entre conceptos y reglas de prueba se pasa por alto el importante papel que estas últimas desempeñan en la determinación del ámbito de lo punible. Conceptos sustantivos definidos en términos muy amplios pueden aplicarse en muy escasas ocasiones si se es muy restrictivo en el momento de considerar probados los elementos fácticos que llevan a su aplicación; y, a la inversa, conceptos definidos en términos muy restrictivos pueden dar lugar a una mayor punibilidad si existe en la práctica una gran predisposición de los órganos enjuiciadores a considerar probada la concurrencia de sus elementos. 44 Que el Estado castigue más o menos no solo depende de los conceptos sustantivos, sino también de las reglas de prueba que se manejen. Solo si estas reglas salen a la luz y son objeto de estudio y fiscalización podrá ejercerse un pleno control del uso que el Estado hace del instrumento penal. Sin duda, en esta necesaria elaboración de criterios de racionalidad para la valoración judicial de la prueba deberán desempeñar un importante papel las consideraciones de política criminal y, en concreto, las relativas a una consecución eficaz de los fines del derecho penal. Gracias a la obra de Roxin la gran mayoría de quienes actualmente se dedican a la dogmática penal asume como algo natural la introducción de valoraciones político-criminales en la construcción de los conceptos que se manejan en la teoría del delito. 45 En este sentido, puede afirmarse que han quedado prácticamente superados los planteamientos que entendían que dichos conceptos venían ontológicamente dados y que en su definición el intérprete no estaba legitimado para introducir valoración alguna. Esta introducción de consideraciones político-criminales es un fenómeno al que, hasta la fecha, ha permanecido aparentemente inmune la valoración de la prueba. Esta inmunidad se explica por el tratamiento que la doctrina procesalista dispensa a las cuestiones probatorias, entendiendo mayoritariamente que la finalidad de la práctica de la prueba es la averiguación de los hechos realmente acaecidos («la verdad real» en palabras del Tribunal Supremo español), 46 aun cuando para condenar baste con la convicción del 44 Esta idea se desarrolla más a fondo en RAGUÉS I VALLÈS 1999: A tal efecto la obra de referencia sigue siendo Política criminal y sistema del derecho penal. 46 STS del 13 de enero de 1993 (ponente Ruiz Vadillo). 14417 juez acerca de tales hechos. 47 El pseudoontologicismo del que la ciencia penal ha conseguido liberarse en las últimas décadas, sigue plenamente arraigado tanto en la ciencia, como en la praxis procesales. La ponderación de consideraciones de eficacia en la valoración de la prueba no suele reconocerse explícitamente por los tribunales y casi siempre permanece oculta tras las citadas apelaciones al descubrimiento de la verdad o a la convicción personal del juez sobre lo realmente acaecido. Sin embargo, de forma esporádica aparecen en algunas sentencias argumentos que indican el importante papel que tales consideraciones desempeñan en la práctica para seleccionar las reglas de prueba. Así, por ejemplo, en la sentencia del Tribunal Constitucional español 174/1985 del 17 de diciembre, se sostiene que «[...] sin duda la prueba directa es más segura y deja menos márgenes a la duda que la indiciaria. Pero es un hecho que en los juicios criminales no siempre es posible esa prueba directa por muchos esfuerzos que se hagan para obtenerla. Prescindir de la prueba indiciaria conduciría, en ocasiones, a la impunidad de ciertos delitos y, especialmente, de los perpetrados con particular astucia, lo que provocaría una grave indefensión social». 48 De manera similar, en la Sentencia del Tribunal Supremo del 10 de octubre de 1997 se afirma que «[...] no está de más, sin embargo, referir la jurisprudencia de esta Sala en la que, de manera reiterada y con consolidada identidad, otorga validez como prueba de cargo al testimonio único de la víctima en los Delitos Sexuales dado el marco de clandestinidad en que normalmente aquellos se producen y a fin de no generar graves y constantes estados de impunidad». 49 Con un grado de franqueza poco habitual en la jurisprudencia española, en estas dos resoluciones se reconoce que se está acudiendo a un medio probatorio en cuyo empleo se asume un cierto margen de error, justificándose tal asunción con el argumento de que la solución opuesta esto es, la 47 Como afirma LARENZ (1994: 302), probar no es otra cosa que «[...] crear en el Tribunal la convicción de un hecho». En España, sostiene GIMENO SENDRA (1997: 372) que «[...] la finalidad de la prueba consiste en formar la íntima convicción del tribunal acerca de la existencia o no del hecho punible». 48 Ponente Latorre Segura (cursiva añadida). 49 Ponente García-Calvo y Montiel (cursiva añadida). 14518 Ramón Ragués i Vallés imposibilidad de condena derivada de la renuncia al medio probatorio tendría como insatisfactoria consecuencia la práctica impunidad de determinadas conductas. De acuerdo con esta perspectiva, el eficaz cumplimiento de la función del derecho penal exige operar con determinadas reglas de prueba aun cuando estas no garanticen plenamente la reconstrucción de los hechos realmente acaecidos. Tener en cuenta las finalidades del derecho penal como criterio para decidir si en un caso concreto puede recurrirse o no a un determinado medio de prueba es una posibilidad que, de entrada, puede juzgarse peligrosa, ya que con ella parece abrirse la puerta a la instrumentalización de los acusados con el fin de conseguir que el derecho penal cumpla con eficacia su función. Así, desde la perspectiva más tradicional, estos argumentos han de reputarse inaceptables, pues en ellos el juez reconoce de forma más o menos abierta que existe prueba de cargo suficiente para condenar pese a constatar un determinado riesgo de error. Las mayoritarias concepciones subjetivistas del principio in dubio pro reo que se corresponden con el concepto subjetivo de convicción judicial en modo alguno pueden tolerar, por lo menos sobre el papel, una condena en tales circunstancias. Sin embargo, y volviendo a los ejemplos expuestos, no parece que por lo general se esté dispuesto a aceptar una renuncia general a la prueba de indicios para eliminar todo riesgo de error y lo mismo cabe afirmar de la declaración de la víctima en los delitos contra la libertad sexual, un medio de prueba que, de no considerarse suficiente en ningún caso para enervar por sí solo la presunción de inocencia, llevaría a la absolución de numerosas agresiones sexuales. Aunque nadie está dispuesto a admitir que tanto en el empleo de un medio, como del otro, está garantizado el descubrimiento de la verdad material, en la ciencia penal o procesal de los últimos años nadie ha alzado su voz reputando ilegítimo su empleo por parte del juez. La doctrina más extendida en materia de valoración de la prueba sitúa al juez ante un terrible dilema: en caso de duda se le pide que no condene (principio in dubio pro reo), pero, al mismo tiempo, se le exige que determinados supuestos no queden en la impunidad aun cuando para ello sea necesario recurrir a medios probatorios que a todas luces no garantizan un acierto absoluto. 50 La concepción tradicional obliga a los órganos judiciales 50 Como afirma FREUND (1987: 50), «[...] el juez debe estar convencido de la verdad, pero no puede afirmar haberla hallado. Sin embargo, si el juez no puede afirmar haber halla- 14619 a obrar con una cierta hipocresía: están obligados a condenar en casos en que existe un riesgo de error, pero en la redacción de la sentencia deben aparentar que tal riesgo no existe. En toda apreciación judicial de la prueba existe un riesgo de equivocación que no desaparece por mucho que se prohíba al juez reconocerlo en su sentencia y, ante esta realidad, solo existen dos respuestas admisibles desde un punto de vista científico. La primera pasa por afirmar que la asunción del más mínimo margen de error en la determinación de los hechos probados que sirven como base a una condena resulta ilegítima y, por lo tanto, la respuesta debe ser siempre la absolución por falta de pruebas. Quienes acogen este punto de vista tienen que estar dispuestos a aceptar también su consecuencia inmediata, esto es, la práctica imposibilidad de dictar una sola condena penal, dado que la existencia de dicho riesgo prácticamente nunca podrá descartarse. 51 Pretender un sistema penal que nunca yerre lleva a un abolicionismo práctico. 52 La segunda opción teórica pasa por admitir la ineludible existencia de un riesgo de error y, en todo caso, por intentar buscar criterios para determinar hasta qué nivel dicho riesgo puede asumirse legítimamente. En dicha búsqueda, así como en el consiguiente proceso de legitimación, cabe tener en cuenta varios factores. En primer lugar, debe partirse de que una absoluta supresión del derecho penal para evitar de este modo toda posible equivocación traería más inconvenientes que ventajas a la sociedad donde se produjera. De forma general, cabe admitir que los beneficios que la existencia del sistema penal aporta, justifican la asunción de un cierto riesgo de error que puede perjudicar a sujetos concretos cuya identidad no es posible determinar ex ante ni tampodo la verdad material, entonces tampoco puede estar convencido de ella. Su convicción, por lo tanto, solo puede referirse a un dato no relacionado con dicha verdad». Por su parte, sostiene STEIN (1995: 256) que «[...]el salto que va de la representación racionalmente fundamentada de que es probable que el acusado sea culpable del hecho a la certeza personal sobre dicha culpabilidad es un acto irracional en el que se elimina psíquicamente la conciencia de que existe un riesgo de error en la condena». 51 Aunque solo sea, como afirma FREUND (1987: 56-57), por la misma duda filosófica aquella según la cual en sentido estricto no es posible conocer nada y por la posibilidad de que en el futuro se descarte lo que hoy día se consideran conocimientos seguros. 52 En los mismos términos FREUND 1987:20 Ramón Ragués i Vallés co ex post. Recurriendo a una conocida expresión, puede afirmarse que la aceptación de tal riesgo no es más que otra manifestación de la amarga necesidad que el derecho penal resulta ser para cualquier sociedad. En los últimos años se han formulado diversas propuestas teóricas para legitimar teóricamente la asunción del riesgo de error expuesto. En algunos casos, estas se basan en argumentos contractualistas: si los ciudadanos pretenden la protección que el derecho penal les puede dispensar, deben asumir los riesgos que su uso siempre comporta, entre ellos el riesgo de error en la determinación de los hechos probados. 53 Por su parte, otros planteamientos recurren a la idea tomada de la teoría de la imputación objetiva del riesgo de error judicial como riesgo permitido, cuya asunción es necesaria para la preservación social. 54 Este modo de ver las cosas es tachado de reaccionario por algunos autores, que lo consideran inaceptable por basarse en la deleznable idea de que en toda guerra mueren inocentes. 55 A tales críticas se puede replicar, no obstante, afirmando que no es precisamente más progresista (ni mucho menos más científica), la actitud de quienes dan por buena la situación actual, en que la existencia de un indiscutible riesgo de error simplemente se resuelve prohibiendo al juez hablar de ella en su sentencia. Una vez asumido que la existencia y aplicación del derecho penal siempre conllevará un cierto riesgo de error en la determinación de los hechos, tal riesgo debe intentar reducirse hasta donde sea imprescindible para evitar que el sistema penal deje de desempeñar adecuadamente su tarea de preservar la paz social, pues solo si se reduce en tal medida, será posible legitimar su asunción. En esta ponderación debe partirse de la imposibilidad de trabajar con magnitudes numéricas. Así, aunque llegue a determinarse en términos porcentuales cuál es el riesgo de error que pueden asumir legítimamente los tribunales de justicia, en prácticamente ningún caso será posible fijar el grado de margen de error que se está asumiendo. 56 Por estas razones, en la 53 HOYER 1993: y RAGUÉS I VALLÈS 1999: STEIN 1995: ZAFFARONI, ALAGIA y SLOKAR 2000: y nota 78 (cursiva en el original). 56 El único autor que ha cuantificado el riesgo de error que, a su juicio, puede asumirse legítimamente es HOYER (1993: 541), quien basándose en una serie de complejos cálculos sobre cómo valora el Estado las injerencias en el estatus positivo y negativo de los 148 Mostrar más
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