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Timestamp: 2018-01-21 08:35:41
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Matched Legal Cases: ['artículo 112', 'artículo 112', 'artículo 32', 'Artículo 32', 'artículo 8', 'artículo 112', 'artículo 112']

La revolucion abomina del regimen de latifundio, en la persona de Don Manuel Cuesta Gallardo, en, Instalacion de la XXVI legislatura, Selección y notas de Diego Arenas Guzman. Captura y diseño, Chantal Lopez y Omar Cortes para la Biblioteca Virtual Antorcha
Indice de Instalación de la XXVI legislatura Recopilación y notas de Diego Arenas Guzmán
CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO - La Reforma Agraria es el postulado capital de la Revolución, según el diputado Cravioto
CAPÍTULO DECIMONONO - La revolución necesita conciencias que no sean banderas de alquiler
Recopilación, selección y notas de Diego Arenas Guzmán
CAPÍTULO DECIMOCTAVO
LA REVOLUCIÓN ABOMINA DEL REGIMEN DE LATIFUNDIO, EN LA PERSONA DE DON MANUEL CUESTA GALLARDO
Bajo una atmósfera sicológica que parece cargada de electricidad, don Francisco Escudero, presidente de la Cámara de Diputados, constituida en Colegio Electoral, declara abierta la sesión del día 1° de octubre de 1912.
La concurrencia a galerías es más copiosa que habitualmente y las señales de nerviosidad que el observador cuidadoso puede sorprender en ademanes y semblantes de diputados y espectadores, dan base a prever una de las jornadas más dramáticas en la historia de la XXVI Legislatura.
Ha trascendido al dominio público la noticia de que hoy será puesto a debate el dictamen sobre la credencial de uno de los presuntos diputados, considerado como representativo del grupo porfiriano -científico- que es don Manuel Cuesta Gallardo, y se presume fundadamente que en la discusión tomarán parte los oradores más elocuentes de las dos tendencias, Revolución y Contrarrevolución, que pelean en este escenario del antiguo Teatro de Iturbide.
El secretario en turno da lectura a este dictamen:
El 3 de julio del año en curso, según el acta que esta Comisión tiene a la vista, se reunió el Colegio Electoral, en La Barca, cabecera del 10° distrito electoral del Estado de Jalisco, para hacer la declaración de electos diputados propietario y suplente por ese 10° distrito electoral, resultando la declaración en favor de los ciudadanos Manuel Cuesta Gallardo y Manuel M. Rivas.
El acta menciona que se leyó el dictamen de los comisionados, que no fue discutido, sino aprobado sin observación.
Aparte del acta, no hay en el expediente ningún otro documento que la acompañe, faltando, por lo tanto, lo relativo al nombramiento de Comisión Escrutadora, y dictamen de ésta.
Ante la Comisión Permanente del Congreso de la Unión se presentaron dos escritos con multitud de firmas: uno, perteneciente a los vecinos de Ocotlán, Jamay, San Luis, Agua Caliente, Santiago y Mexcala; y otro, de los de Zula, Poncitlán, Ahuatlán, San Pedro Ixzicán y Santa Cruz el Grande, pidiendo la nulidad de la elección, por lo perjudicial que sería que resultara electo el ciudadano Cuesta Gallardo. Y Manuel Ramos Estrada, candidato oponente, se presentó igualmente a reclamar, fundándose en que hubo fraude, porque aparecen más votos que votantes, que no hubo padrón al cual sujetarse, no se identificó a los votantes, no se hizo cómputo legal de votos, las boletas no están de acuerdo con la ley y en las boletas aparece Cuesta Gallardo como candidato para suplente a diputado y, no obstante, se le computaron esas boletas para propietario, etc.
La subscripta Comisión pidió los expedientes electorales para examinar, y puestos a su disposición, encontró que el único paquete venido del 10° cantón de Jalisco, contiene actas y boletas para electores en la elección indirecta y únicamente un paquete, sin acta, de boletas para diputados, en las que efectivamente el ciudadano Cuesta Gallardo figura como suplente.
Carece, pues, la Comisión, de medios para cumplir su obligación, y, por lo mismo, sólo puede ocuparse de los únicos hechos que estuvieron a su alcance, aducidos por el candidato oponente, Manuel Ramos Estrada. Por lo que no puede saber con sólo esos documentos si hubo o no elección en el 10° distrito electoral del Estado de Jalisco, y así, concluye proponiendo lo que sigue:
Son nulas las elecciones de diputados propietario y suplente efectuadas en el 10° distrito electoral del Estado de Jalisco. En consecuencia, resérvense los expedientes respectivos para que en su oportunidad la Cámara de Diputados convoque a elecciones extraordinarias de diputados propietario y suplente por el mencionado distrito electoral.
Sala de Comisiones de la Cámara de Diputados del Congreso General.
México, septiembre 10 de 1912.
Serapio Rendón.
Lic. V. Moya Zorrilla.
Vicente Pérez.
Jesús Urueta.
Se hace constar que el ciudadano Luna y Parra se excusó de dictaminar.
Apenas el secretario anuncia que el dictamen está a discusión, cuando se levanta de su asiento el señor Cuesta Gallardo, para solicitar:
Antes de comenzar a exponer los argumentos que creo tener en mi favor para hablar en contra del dictamen de la Comisión, voy a suplicar que se dé lectura a los dos escritos de oposición que, calzados, según dice el dictamen, por innumerables firmas, han sido presentados. Una vez que hayáis escuchado la lectura de esos documentos, entonces haré las observaciones que me parecen convenientes. Suplico al señor presidente se sirva ordenar la lectura de esos documentos.
Cumplidos los deseos del señor Cuesta Gallardo, el diputado Elorduy pide que se le diga si la segunda protesta es copia en prensa de la primera, a lo cual responde el secretario negativamente; el propio secretario declara que en el primer memorial hay cincuenta y dos firmas y en el segundo sesenta y nueve; otro diputado pide que se le informe si las firmas están debidamente legalizadas, recibiendo contestación negativa del secretario; el señor Cuesta Gallardo pide al propio secretario que diga si es cierto que hay muchas firmas con la misma letra, provocando una observación del diputado Palavicini en el sentido de que se necesitaría, para dar respuesta al señor Cuesta Gallardo, el dictamen de un perito calígrafo.
Eso no importa -exclama el señor Cuesta Gallardo, y engarza en seguida su discurso-;
¿Para qué entretengo a ustedes con eso? Como ustedes habrán visto, señores diputados, el primer escrito es enteramente igual al segundo y con las mismas palabras, lo cual demuestra que ha sido hecho por una misma persona, que mandó recoger las firmas.
Voy a dar a ustedes una explicación, lo más breve posible, de cómo se llevaron a efecto las elecciones en el 10° distrito del Estado de Jalisco, y a exponer los argumentos legales que tengo para objetar el dictamen de la Comisión, y pedir que se declare que sí hubo elecciones en el 10° distrito electoral de Jalisco, y que yo he sido electo diputado propietario por aquel distrito.
Cuando pensé trabajar por mi candidatura para venir al Congreso de la Unión, tenía la oportunidad de haberlo hecho por cuatro o cinco distritos de aquel Estado, porque en todos ellos tenía muchos amigos y de todos ellos me fueron a ver algunas comisiones para trabajar en ese sentido. Yo, deseando hacer algo, no obstante la decepción tan grande que tenía de la carrera política, con objeto de trabajar, cuando llegara el caso, en el asunto agrario, al que me he dedicado toda mi vida y en el que creo tener alguna práctica, acepté con ese motivo trabajar mi candidatura para venir al Congreso de la Unión, si el voto de mis conciudadanos me era favorable, y escogí el cantón de La Barca, que es donde tenía yo la mayor parte de mis intereses, y donde tenía más conocimiento de los negocios de aquella región.
Tan luego como se comenzaron a divulgar en Jalisco las candidaturas que se iban a lanzar por los distintos distritos electorales, los partidos que estaban contendiendo en la campaña electoral me hicieron el favor de ponerme entre ellos. Al Partido Liberal, que fue el primero que me habló diciéndome que su candidato para diputado por el distrito electoral de La Barca, iba a retirarlo para trabajar por mi candídatura, le di las gracias por aquella distinción y le supliqué me perdonara no aceptar el que se trabajase por mi candidatura por ninguno de los partidos, porque quería trabajar independientemente la mía, y no tener ligas ni compromisos con nadie. Con estas observaciones, retiró su candidatura el Partido Liberal de Jalisco, y yo trabajé por mi candidatura como independiente.
Las razones que yo tenía para aquello, eran que mis trabajos durante el año de 1910 para la lucha electoral en el Estado de Jalisco, habían sido con el fin de unir al pueblo, trabajando porque todos los habitantes del Estado de Jalisco se dedicaran a ver por el bien del Estado, y para hacer una evolución que diera por resultado que el pueblo tomara participación directa y efectiva en el sufragio. Habiendo logrado, como es testigo todo el Estado de Jalisco, y como creo que lo conoce toda la nación, la unión de los elementos del Estado de Jalisco, yo no podría trabajar por ningún partido, porque de esa manera lo que hacía era dividir a todos mis amigos, que los tenía, como era natural, en todos los partidos.
Doy a ustedes, pues, esta explicación de por qué lancé mi candidatura como independiente. Ya estando los trabajos muy adelantados -lo cual confieso a ustedes que no me costó ningún trabajo porque bastó que lo supieran todos los amigos de mi cantón para que en el acto trabajaran por mi candidatura-, fue a verme el señor licenciado Ramos Estrada, que es la persona que aparece como opositor a mi candidatura. Me dijo que contaba con muchos elementos, que tenía más de 3,000 votos en el cantón y que deseaba no tener lucha conmigo sino que camináramos unidos los dos, y que me proponía trabajara él por la candidatura de suplente en el mismo distrito donde yo trabajaba como propietario. Contesté al señor Ramos Estrada que yo no podía recomendar la candidatura de ninguna persona como suplente, porque en los municipios, que son cuatro los que constituyen el 10° distrito electoral, había partidarios de una persona en unos, y partidarios de otra persona en otros; que yo iba a dejar en libertad absoluta a las personas que me hicieran el favor de elegirme, para que nombraran el suplente que desearan, y que, por tal motivo, no aceptaba su ofrecimiento.
Yo conocía perfectamente bien los elementos de que el señor Ramos Estrada disponía: Hay unos pueblecitos a la orilla del lago de Chapala que tienen casi todos ellos muy escasos habitantes, los que en su mayor parte se dedican al cultivo de tierras en montañas en donde con mucho trabajo se ganan la vida, y otros de ellos se dedican a la pesca en el lago de Chapala y a hacer fletes en canoa. Estos individuos, que nunca han alterado el orden y que son muy buenas personas, han estado agitadas por el señor licenciado Ramos Estrada que es apoderado de ellos, como puede preguntarse al señor gobernador del Estado de Jalisco, y ha estado dando mucha guerra; porque les ha ofrecido que les va a repartir tierras y que va a hacer que se les repartan las haciendas vecinas. Así es, que el señor Ramos Estrada ha hecho esa propaganda entre aquellos habitantes. Yo sabía perfectamente bien que, al ir a trabajar entre ellos, puesto que tenía también mucho conocimiento de aquellas personas, podía obtener sus sufragios para venir al Congreso de la Unión, pero quise que, en caso de que me favorecieran para venir a ocupar una curul a esta Cámara, fuera enteramente libre y espontáneo el voto de mis conciudadanos, y no quise ir a buscarlos, porque en ese caso no cónsideraba que fuera absolntamente libre la elección.
En ese estado las cosas, cumpliendo con los requisitos de la ley, inscribí mi nombre como candidato independiente; entregué las boletas, conforme a los requisitos de la ley, y me vine a la capital de la República, en los últimos días del mes de junio, a un negocio que tenía muy importante. Estando en la capital, quise regresar a Guadalajara para un asunto de mucha importancia, pues se trataba de un perjuicio que nos ocasionaba el río Lerma en unas propiedades de una compañía que yo organicé para hacer fraccionamiento de tierras, y tuve la desgracia de que en Querétaro hube de suspender mi viaje, porque se cortaron completamente las comunicaciones con Guadalajara. Así es que, pudiendo haber llegado el 30 de junio y estar, si no precisamente en La Barca, sí en Guadalajara y cerca con mucho de mi elección, tuve que permanecer seis o siete días en Querétaro, porque no hubo medios para continuar mi viaje ni para regresar.
Así es que no estuve presente a las elecciones, y allí, estando en Querétaro, recibí un telegrama de uno de los miembros de la Comisión Escrutadora, de la Comisión nombrada para hacer la revisión de los votos, en el que se me decía que había triunfado yo en las elecciones. Esa fue la primera noticia que tuve. Después, al llegar aquí a México, vi publicado a los pocos días mi nombre entre los candidatos que anunciaba el Gobierno del Estado de Jalisco que habían obtenido el triunfo en los diversos distritos electorales del Estado. Con este motivo, no me volví a ocupar más del asunto. Guardé mi credencial, esperando el momento de presentarla.
Debo advertir a ustedes que no se hizo ninguna observación; que en la credencial, a la cual me voy a permitir suplicar al señor presidente se dé lectura, aparece que no se hicieron observaciones, aparece el número de votos que tuve a mi favor, aparece el número de votos que tuvo el candidato del Partido Católico y el número de votos que tuvo el señor Ramos Estrada. Debo advertir a ustedes que cuando se comenzaron a discutir las credenciales de los señores diputados, hice alguna observación sobre este punto: que en Jalisco hay muchas personas que están enteramente decepcionadas de la cuestión del sufragio, porque a raíz del triunfo de la revolucfón, cuando se hicieron los arreglos de Ciudad Juárez, el Estado de Jalisco, donde no había absolutamente revolución, porque todo el mundo había estado contento y haciendo uso de los derechos que se pregonaban por la revolución de 1910, habiendo la circunstancia de que la propiedad está muy dividida y de que hay muchas personas interesadas en conservar el orden, estaba sin hacer absolutamente nada en favor de la revolución; los ayuntamientos habían sido electos de una manera libre y espontánea, y al mismo tiempo que se cambiaba el sistema de los jefes políticos, ocupaban los presidentes municipales el puesto de éstos al triunfo de la revolución; no quiero hacer la defensa de mi persona, puesto que ella está perfectamente a cubierto con la satisfacción que tengo de pasearme en Guadalajara y en todo el Estado con la misma consideración de todos mis conciudadanos; no tengo necesidad de hacer una defensa de mi persona a ese particular, pero menciono a ustedes el porqué de la decepción que tienen las personas por el voto.
El señor gobernador, que fue el presidente del Tribunal, a quien entregué yo el Gobierno, había sido una de las personas que habían figurado prominentemente en la lucha electoral y había ayudado mucho porque se practicaran las elecciones, buscando el voto mayor de ciudadanos en cada población. Por consiguiente, él sabe perfectamente bien que había habido una libertad absoluta en las elecciones del municipio, y el primer acto que ejerció siendo ya el gobernador, fue mandar explotadores de la opinión a todas las poblaciones del Estado. Estos señores fueron a todas partes; llegaban, buscaban una bola de personas, que, más o menos, eran las que no hacen nada en las poblaciones y tienen alguna posición, y estas personas comenzaban a gritar mueras a las que ocupaban lugares en los municipios, por lo que todas éstas abandonaban los puestos o pedían licencia, y fueron reemplazadas por las de aquel grupo, a quienes después se les puso en Jalisco el nombre de explotadores de la opinión. Así es que, por ese motivo, cuando volvió a haber elecciones, casi nadie volvió a votar. Yo creo que es muy difícil que lleguemos a tener un éxito completo en el sufragio efectivo; pero no soy de los desengañados, y creo que se debe trabajar con todo empeño por la legalidad, aun cuando se obtengan fracasos, y con este motivo, me lancé a la lucha electoral para venir a la Cámara de Diputados, con la confianza de que todo se haría conforme a la ley.
Puedo asegurar a ustedes que todas las personas que fungen como autoridades en aquellas poblaciones, los munícipes y todas las que fueron designadas conforme a la ley, para integrar las juntas revisoras, todas son personas honorables, y sería imposible que mintieran; y también puedo asegurar a ustedes que el cómputo fue hecho con estricto arreglo a la ley, sin que haya habido fraude en ninguna de las casillas electorales. En un escrito que se presentó aquí, y que no pido se lea, porque es demasiado largo, el cual no trae más firma que la del señor Ramos Estrada y vino sin ningún comprobante, se dice que un mismo individuo había votado diez y veinte veces en una casilla; y debo decir a ustedes que sólo en el municipio de La Barca hubo a lo sumo seis u ocho casillas, porque, en concepto de las autoridades, con ellas era suficiente para proceder a la elección.
Después se me informó que se aducía en mi contra que habían pasado gentes de Michoacán a votar a La Barca; y debo decir a ustedes que La Barca, que cuenta con 10,000 habitantes, produjo tan sólo 107 votos, 57 a favor del candidato del Partido Católico y 50 en mi favor; de suerte que esto mal puede decirse, y hay la circunstancia de que el señor Estrada obtuvo 363 votos, que es el máximum que puede obtenerSe en los pueblos cuando el patrón halaga a la gente con el reparto de tierras; en el resto de los municipios no tuvo un solo voto, y la mayor parte de las personas que pudieron votar en la elección, se abstuvieron de hacerlo, y las personas de otras poblaciones cercanas que pudieron votar, no concurrieron a hacerlo por motivo de la enorme creciente -que allí sí fue extraordinaria- que llevaba el río Lerma y sus afluentes.
Hago a ustedes esta explicación, porque tengo la seguridad de que si el señor Ramos Estrada hubiera obtenido un solo voto en otra parte del distrito, habría dicho que llegó tarde y habría pedido que se le admitiera y no obtuvo, repito, más que 363 votos, que formaban el máximum de las personas que pueden votar en ese distrito, en el cual se le dejó en absoluta libertad para que hiciera la elección; el resto, a mi favor, fue de 1,119 votos, que, como ven ustedes, es una pequeña cantidad, comparada con el número de votos que se pueden obtener en un distrito que tiene 60,000 habitantes, y que tiene poblaciones como La Barca, Poncitlán y Ocotlán.
Así, pues, yo pido a los señores diputados que tomen en consideración todas las explicaciones que hago para que se convenzan de que las elecciones han sido legales, de que el señor Ramos Estrada no obtuvo mayoría de votos, de que los votos que obtuve están asegurados como buenos, y las personas que formaron las juntas dicen que así lo pueden testificar, y lo hacen constar en el acta.
Para terminar, voy a leer a ustedes un pequeño documento que me permití solicitar de la misma junta que formó el cómputo y que levantó el acta con todas las formalidades legales, conforme a la ley, el cual se ha remitido últimamente. Por ese documento verán ustedes la manera de proceder del señor Ramos Estrada (leyó). Aquí tienen ustedes este documento y si desean verlo se convencerán de que lo calzan las mismas firmas que las que calzan el acta. Así es que, el señor Ramos Estrada no hizo ninguna observación, porque no tenía qué observar, sabía perfectamente bien que no había obtenido el triunfo, y después presentó escritos que él mismo ha hecho y que son absolutamente iguales, en los cuales ha recogido ciento y tantas firmas, número que no asciende al de los votos que obtuvo a su favor.
Por lo expuesto, suplico a los presuntos señores diputados que se sirvan declarar que sí hubo elecciones en el 10° distrito electoral y que la candidatura triunfante fue la mía, como diputado propietario, y la del señor que aparece como suplente con el mayor número de votos.
Motivos de orden legal son los que precisa el señor Rendón con estas palabras:
La Comisión, fija en su criterio de que no puede resolver más que con los documentos que tiene a la vista, dio el informe que consta en el dictamen, esto es, que no aparece en el expediente más que el acta del Colegio Electoral, único documento. De esta suerte, puede ser muy buena la elección del señor Cuesta Gallardo que se discute; cosa que no pone a discusión la Comisión; pero afirma la propia Comisión, que a ella no le consta que los expedientes que deben comprobar esa elección estén en la forma legal, y no estándolo, toda vez que la Comisión tiene que dar sus dictámenes conforme a la ley, se ve en el caso doloroso de pedir la nulidad de las elecciones. Esto, señores diputados, no es nuevo en esta Cámara; si hacéis memoria, señores diputados, recordaréis que, tratándose del 4° distrito del Estado de Sonora, precisamente por la falta de datos completos para comprobar la elección, fue rechazadá esa elección y declarada nula; que, tratándose de un distrito electoral del Estado de Morelos cuya credencial era a favor del señor ingeniero Ruiz de Velasco, fue también rechazada por la falta de comprobantes para acreditar la bondad de la elección.
Esto lo hago presente, señores diputados, porque no hace muchos dias, el apreciable señor Querido Moheno -según dice un periódico, porque yo no estaba presente- lanzó la frase de que bastaba que la Comisión diera en un sentido un dictamen, para que la Asamblea se viera en la necesidad de reprobarlo; y es que la Comisión presentó hace días el dictamen referente a un distrito electoral del Estado de Guanajuato, en el que faltaban, como en el caso presente, todos los papeles y comprobantes; y si, pues, el día anterior había dicho lo mismo la Comisión, tenía que ser consecuente con su criterio, so pena de ser tachada de tornadiza. Aquí, en la Cámara, nos contaban los papeles referentes a la elección del señor Villaseñor, de Guanajuato, y así se hizo constar y puedo atestiguar también con el respetable testimonio del señor ingeniero Manuel Villaseñor que está presente, que esos papeles se encontraron después en la misma ciudad de Guanajuato; ¿es verdad, señor Villaseñor?
Sí señor -responde el ingeniero Villaseñor.
El señor Rendón prosigue:
Por consiguiente, la Comisión ha acreditado su manera de proceder.
Reitero que esta aclaración la hago por las frases vertidas por el señor licenciado Moheno, aunque debo hacer constar también que el viernes pasado, cuando la discusión de la credencial del señor ingeniero Ruiz de Velasco, en los momentos de la votación, el señor licenciado Moheno salió por aquella puerta porque -dijo-, no quería dar su voto aprobando la credencial, porque no era buena; pero tampoco quería aprobar el dictamen de la Comisión. Si se registra la votación de ese día se encontrará que el señor licenciado Moheno no votó. Vuelvo a decir que esto es en justificación de una Comisión que se ve atacada indebidamente; es necesario tener presente que la conciencia de las personas que componen la Asamblea no es lo mismo que la conciencia de la Comisión. La Comisión forzosamente tiene que hacer sus dictámenes con sujeción a la ley. Los señores diputados que componen la Asamblea, pueden votar como les parezca, y ésta es la diferencia esencial, y por eso en mi opinión, a pesar de que el dictamen está en un sentido, sus amigos y, en general, la Asamblea, pueden votar como mejor les parezca.
Respecto a la credencial del señor Cuesta Gallardo la Comisión, queriendo se absolutamente estricta, pidió el paquete de antecedentes que, para demostración, aquí exhibe, y encontró que la mayor parte de las actas y de las boletas se refieren a la elección primaria, y no a la elección directa de diputados; y tan sólo hay un paquete electoral con boletas, que no tienen actas absolutamente, y en esas boletas el señor Cuesta Gallardo figura como diputado suplente. Este es el único paquete referente a diputados: no tiene acta de ninguna especie ni tiene padrones, y dice: (Leyó). Las únicas boletas que encontró la Comisión que pudieran servirle para decir si la elección fue buena o mala.
Yo invito a todos los señores diputados presentes para que digan si, en concepto de la Comisión -esto es, si se vieran en el caso de la Comisión-, se hubieran atrevido a decir que con este paquete de boletas dictaminaban que había sido buena la elección.
Debo añadir, señores, este dato muy especial; anoche se presentó a la Secretaría de la Cámara de Diputados, después de la sesión, el honorable senador don Rómulo Fabre trayendo personalmente un oficio de la Cámara de Senadores, cuyo tenor es éste: que se había recibido en la Cámara de Senadores el oficio que le dirigió la Cámara de Diputados del acta del Colegio Electoral en que se declaran electos senadores propietario al señor Iglesias Calderón, y suplentes, a los licenciados Vázquez Tagle y general Lalanne; que se había recibido el dictamen o cómputo; pero que no se habían recibido los expedientes relativos, y esto es lo interesante; y como para dictaminar, el acta del Colegio Electoral carece de valor si no viene apoyado por los expedientes relativos, la Cámara de Senadores suplica encarecidamente a los secretarios de la Cámara de Diputados reiteren sus órdenes para que esos paquetes les sean entregados. En el fondo había un error, porque los paquetes habían sido entregados, pero, por omisión del conserje de la Cámara de Senadores, no habían llegado a los señores secretarios de esa alta Cámara. Y si cito el hecho, no es por ese error sino para demostrar que, según el altísimo concepto de la Cámara de Senadores, una elección no se puede aprobar por la simple acta del Colegio Electoral. Esto también lo hace notar la Comisión que tengo el honor de presidir, porque estima el señor licenciado Moheno que una credencial trae aparejada una presunción legal, y basta esa presunción legal, cuando nada se oponga a ella, para que sea aceptada; y ya ven ustedes que la honorable Cámara de Senadores no tiene ese criterio; si alguno lo dudare, lo invito a que lea en los periódicos la discusión habida últimamente en el Senado, referente a los dos últimos senadores aprobados, en que encontrará que eso mismo dice la Cámara de Senadores.
Y si, pues, una simple acta que no tiene ninguna legalización va a hacer prueba plena, nos expondríamos, y conste que yo hablo en tesis general y no me refiero absolutamente al caso del señor Cuesta Gallardo, porque lo creo muy ajeno a toda superchería de esa naturaleza, y nos expondríamos, repito, a que una persona, de acuerdo con otras que formaran el acta electoral, mandara a la Cámara de Diputados una credencial en favor suyo, no siendo verdadera. Una prueba de esta posibilidad la tenemos precisamente en el caso acaecido en el Estado de Jalisco, cuando se discutían las primeras credenciales; se leyó entonces una de un cantón de Jalisco a determinada persona, y don Jesús Camarena, que se encontraba ocupando su curul, reclamó que él era el verdadero diputado y no aquel a quien declaraba la Comisión. La Comisión mostró la credencial en que se había basado, y el señor Camarena fundadamente hizo observar que no era la credencial del Colegio definitivo, sino que era la expedida cuando no se habían computado todos los votos. En consecuencia, si una credencial, por el solo hecho de estar firmada, fuera una prueba plena, entonces, en el caso indicado, íbamos a hacer dos diputados por el mismo distrito, porque existían dos credenciales, y estaríamos expuestos a contratiempos sucesivos. Esto es lo que a la postre vendría a resultar, señores diputados.
Por lo tanto, la Comisión tiene que ser estricta, porque sus actos no serán juzgados tan sólo en este momento, en el que, por razón de los intereses que mueven para aprobar y reprobar credenciales, el juicio sereno no funciona libremente. La Comisión espera que, pasado el tiempo, cuando se examinen sus dictamenes, se vea que ha tenido lógica y consecuencia absoluta en ellos, señores, esa Comisión tiene la pena, en el caso presente, de no poder declarar que ha habido una buena elección en Jalisco, no porque fuera buena o mala, sino porque los comprobantes que tiene en su poder no le permiten resolver de su bondad.
La Comisión -precisa entenderlo- no va a juzgar del hecho mismo, porque la Comisión no ha estado presente en todos los distritos electorales para cerciorarse de si hubo o no hubo elecciones, y, en ese caso de haberlas, si fueron legítimas. La Comisión juzgó por los comprobantes que se le mandaron entregar, que son los papeles del Colegio Electoral, y cuando esos papeles están incompletos, cuando el acta del Colegio Electoral aparece pero no el cómputo de votos, y cuando faltan las actas y las boletas que sirvan para comprobar los datos de cada acta del Colegio Electoral, la Comisión sería extremadamente ligera, y vosotros, señores diputados, la condenaríais, si en cada caso, por el simple hecho de existir una credencial, dijera que debe declararse que la elección ha sido buena.
Bastantes ataques ha sufrido la Comisión, y resignadamente los ha aceptado, porque espera que, con el tiempo, esos que han atacado a la Comisión se convencerán que la Comisión lo que hizo fue ajustarse estrictamente a la ley, sin tratar de complacer a cada partido; y si al mismo señor licenciado Moheno, que aquí viene a atacar de manera tan especial a la Comisión, se le pregunta a su conciencia, podrá decir lo mismo: que la Comisión ha debatido siempre por no dar un dictamen injusto.
El diputado Lozano es quien ahora, en un ambiente de expectación, viene a contradecir el dictamen de la Comisión Escrutadora.
Señores diputados -dice como inicio de su discurso--: Quiero mantener el debate en la serenidad académica a que lo ha llevado el señor presidente de la Comisión. Mucho tendria que decir sobre el perfil moral del adversario del señor Cuesta Gallardo; pero me callo, y simplemente voy a encargarme de rebatir una por una las observaciones legales que ha hecho el señor Rendón a la credencial de don Manuel Cuesta Gallardo.
El señor Rendón ha esgrimido como maza de Hércules el siguiente argumento:
La Comisión tiene en su poder un acta electoral que atesta que fue electo Manuel Cuesta Gallardo por el 10° distrito de Jalisco; pero carece de la documentación anexa, esto es, actas, boletas de las distintas casillas electorales, etc. En esta ocasión, de hecho -agregaba el señor Rendón-, la Comisión ha tenido que consultar a la Cámara la nulidad de las elecciones celebradas en el 10° distrito electoral de Jalisco, porque no le consta la certidumbre del hecho; y agregaba, robusteciendo su aquilino argumento, que el Senado de la República ha seguido una jurisprudencia similar, porque, en el caso del señor Iglesias Calderón, -la Comisión se abstuvo de dictaminar, porque a ella no había llegado el boletaje anexo a la credencial que lo acreditaba como senador por el Distrito Federal.
Creo haber expuesto, señores diputados, con toda justicia, las observaciones de la Comisión de Poderes.
¿La ausencia de boletaje y de actas correspondientes al boletaje, es causa de nulidad? No existe esa causa de nulidad entre las que señala el artículo 112 de la Ley Electoral vigente. No existiendo esa causa de nulidad expresa o implícita, la Comisión no tiene facultades para substituir al legislador y crear la penalidad gravísima de nulidad, que todos los autores, némine discrepante, afirman y declaran que es obra de una ley expresa. Esto dentro del criterio altamente académico, en el ambiente científico; pero vamos en esa misma escala a examinar lo que significan el boletaje y las actas.
El boletaje y las actas, cuando vienen de acuerdo con la credencial, dan la prueba plenísima, si no han sido observadas, de que la credencial es buena; cuando no existen esos anexos, la credencial, que es instrumento solemne y público, porque nace de autoridad momentánea federal, tiene la presunción de ser plenamente válida y, por lo mismo, la conclusión a que debía llegar la Comisión, no era nulificar la credencial, sino respetar esa presunción legal y declararla perfecta. Esto fue nada menos lo que sucedió en el caso del señor Villaseñor, en que la Asamblea, por una aplastante mayoría le confirió la representación de un distrito electoral del Estado de Guanajuato. Pero sigamos en su camino al señor Rendón.
El Senado de la República, de quien hablaba como autoridad sibilina y a quien debemos seguir en todos sus pasos por la seriedad de aquel alto cuerpo, ¿en sus dictámenes, señor Rendón, acaso declaró que era nula la credencial de don Fernando Iglesias Calderón, o pidió el boletaje? Si queréis hacer un paralelo siguiendo aquella conducta, debisteis haber pedido a la Administración de Correos datos sobre la remisión de esas boletas, y entonces, ante la constancia fundada de esa autoridad pública, decir que se carecía de boletaje y suspender vuestro juicio. Ahora, lo que surge de esta novísima doctrina de la Comisión, es el caso más estupendo de jurisprudencia originaria que pudiera asentarse de esta Asamblea; de suerte que la Representación Nacional va a estar subordinada en lo futuro a los administradores de correos; si éstos destruyen los paquetes de boletas, la República queda sin constituirse porque, las actas electorales, según la Comisión carecen de valor.
El señor Rendón, en su dialéctica que lo acredita como hábil retórico, señalaba el caso del señor Camarena, y decía: ¿Cómo por una simple acta de la Junta Electoral, vamos nosotros a conferir la augusta representación del pueblo a quien carece del boletaje anexo? Esto nos expondría -dice el señor Rendón- a que incurriéramos en el atropello que estuvimos próximos a cometer en el caso del señor Camarena; allí se ostentaban dos credenciales: una, exhibida por persona cuyo nombre se me escapa, y otra, presentada por el señor Camarena; pues ese error hubiera sido fruto de la ignorancia de la Comisión, porque aquella pseudo-credencial presentada por el adversario del señor Camarena provenía de Junta que no era la Electoral, sino de Junta sufragánea y, por lo mismo, los miembros de la Comisión, dentro del papel de ciudadanos y padres de la patria que tienen el deber de conocer la división de los distritos electorales de la República, al ver el nombre del pueblo de que provenía, estaban obligados a no dar valor a aquélla y sí a la que traía el señor Camarena.
Así pues, la posibilidad de este hecho no existe, porque la Junta, por la división electoral que se hace en toda la República en el mes de octubre anterior a los comicios, sabe cuáles son las cabeceras electorales y dónde se instalan las juntas. Esto es dentro del terreno legal; ahora vamos al terreno de los hechos y presunciones.
Las comisiones, aunque estén formadas de los más selectos espíritus, no pueden tener la irradiación necesaria para auscultar la opinión popular en todos los lugares de la República. Para ellas hablan los papeles, no la carne y la sangre del pueblo; el pueblo habla por aquellos que están en su contacto, por aquellos que son su eco genuino; y yo pregunto a la diputación de Jalisco: ¿tenéis conciencia, señores diputados, de que fue electo Manuel Cuesta Gallardo en el cantón de La Barca? (Voces: ¡Sí! ¡Sí!) Eso dice Jalisco, señor Rendón. Los que estamos en comunión con aquel pueblo, que traemos la savia de aquel Estado, os podemos decir frente a vuestras hipotéticas afirmaciones, esto: la voz de la diputación de Jalisco os dice que hubo elecciones en La Barca.
El señor Cuesta Gallardo habla por segunda vez:
La Comisión dice que las únicas boletas que aparecen en el expediente mandado, son las que ha mostrado el señor Rendón, en las que estoy como diputado suplente y el señor Rafael Lomelí, como diputado propietario; entonces, señores, ése no puede ser el expediente mandado por La Barca, porque la Junta de La Barca, en el acta que levantó, no hace constar esas boletas y sí hace constar todas las que se recibieron de las diferentes casillas electorales. Por lo tanto, si estas boletas vinieron junto con las otras, o si se hicieron mención de ellas en el acta, entonces aparecería también en el acta que yo había obtenido ese número de votos como diputado suplente; pero que vengan esas boletas con mi nombre como suplente, no quiere decir que no existan las que menciona la Junta de La Barca, que es la que hizo el cómputo y la que, conforme a la ley, mandó su acta a la Cámara de Diputados, y me entregó a mí una copia, que es la que he presentado como credencial. Hago esta aclaración para que se vea que no puede tomarse como argumento para anular la elección el que haya unas boletas que son las únicas que se han recibido, según dice el señor Rendón, y en las que yo aparezco como suplente, porque, como digo, no aparecen esas boletas en el acta que levantó la Comisión de La Barca. El señor Ramos Estrada, en un escrito que presenta, es el que hace mención de esas boletas en las que aparezco como suplente; así es que no sería difícil que el señor Ramos Estrada, hubiera mandado esas boletas.
Sin pedir a la Presidencia el uso de la palabra, el señor De la Mora trata de hablar; el licenciado Cabrera lo interrumpe, invitando a la Comisión a que traiga los padrones, las actas y el cómputo del Colegio Electoral; el señor Rendón contesta:
Los padrones no puede traerlos, porque no existen. La Comisión hizo constar en su dictamen, señor licenciado Cabrera, que no llegó a su poder más que la copia del acta electoral. Es preciso tener en cuenta que la Comisión recibió los papeles bajo inventario que le entregó la Comisión Permanente del honorable Congreso de la Unión. La Comisión, pues, no puede disminuir papeles; podrá aumentarlos con los que reciba, pero no disminuirlos. Según el inventario, recibió única y exclusivamente una copia del acta electoral, a la que no acompaña absolutamente ningún otro documento; no hay, pues, el cómputo que debió haber hecho la Comisión Escrutadora, ni consta cómo fue nombrada esa Comisión Escrutadora. Hago esta aclaración para que materialmente pueda verse qué es lo que llegó a la Comisión. Aquí está todo, señores; éstos son los papeles en los que vinieron las protestas, éste el dictamen de la Comisión, y ésta es únicamente la copia del acta del Colegio Electoral; eso es todo lo que tuvo la Comisión. La Comisión, queriendo comprobar lo que dice esto, pidió el paquete -ahí está-, lo abrió y se encontró con que el número de boletas que tiene allí, son referentes a la elección primaria. Tan sólo hubo un paquete, que es el que he enseñado ya, de boletas de elección de diputados, en las que figura el señor Manuel Cuesta Gallardo como suplente. Eso es lo que puede informar la Comisión; y estos otros papeles son las protestas que llegaron a la Comisión Permanente del honorable Congreso, y el escrito del señor Ramos Estrada que también fue enviado a la Comisión Permanente.
En pro del dictamen, el licenciado Cabrera razona:
Una interpelación lanzada por el señor licenciado Lozano y contestada por el espíritu de solidaridad que debe reinar entre la diputación de Jalisco, dio por resultado que, al escuchar la afirmación de los diputados por Jalisco, vosotros hubierais creído que, en efecto, la credencial del señor Cuesta Gallardo es excelente y que hubo perfecta elección en La Barca.
Un ausente de los diputados del Estado de Jalisco, que actualmente se encuentra en Guadalajara, me hizo el honor de confiarme la impugnación de la credencial del señor Cuesta Gallardo durante su ausencia; y con la deficiencia natural del que desconoce el terreno físicamente; pero con la convicción íntima de que tengo razón al impugnar la nulidad de esta credencial, vengo a ocupar por breves momentos vuestra atención.
El señor licenciado Luis Manuel Rojas, que no se encuentra en la actualidad en la ciudad de México, me encargó prestar mi atención en este asunto, y puso en mis manos algunos de los apuntes que él había formulado previo el estudio del expediente. Quiero también como el señor licenciado Lozano, circunscribirme estrictamente a los términos académicos del debate, es decir, a la parte netamente jurídica de él; pero mi carácter propio, o mi modo de luchar, hace que no pueda yo dejar a un lado la personalidad del señor Cuesta Gallardo, siquiera sea para justificar el ataque que contra su credencial dirijo, siendo así que no tengo el honor de contarme entre el número de sus amigos, ni el de haber tenido oportunidad de tratarlo.
Al iniciarse el debate, llovió disparado de los asientos del grupo de la presunta mayoría obstruccionista, el gran número de interpelaciones a la Secretaría, para que informara si tal o cual letra era igual a otra, si la redacción de un escrito era semejante a la redacción de otro, etcétera, etcétera; interpelaciones que tenían por único objeto prevenir el ánimo de la Asamblea en contra de la veracidad de esos documentos. Debo decir que no los tomo como base de mi peroración; pero que, por otra parte, no conozco más manera de formular escritos colectivos que haciéndolos una sola cabeza y firmándolos cientos de manos; por consiguiente, nada significa que docenas de escritos sirvan de patrón o machote para que sobre ellos estén las firmas de aquellas personas que estén conformes con las ideas emitidas en los diversos documentos.
El señor Cuesta Gallardo nos habla de su decepción en materia electoral. No es justo el señor Cuesta Gallardo a este respecto, y debería aparentar cuando menos mayor consideración hacia el Partido Liberal del Estado de Jalisco, que tan valioso apoyo le prestó en su elección para gobernador del Estado, porque debo decir, y lo debe él decir con franqueza, que, de no haber sido por ciertos elementos liberales que apoyaron al señor Cuesta Gallardo en su elección para gobernador, esa elección no se habría diferenciado en nada de los chanchullos electorales de las famosas elecciones para gobernadores en tiempo del general Díaz, en consecuencia, es a un partido organizado en el Estado de Jalisco al que debió el señor Cuesta Gallardo su elección cuando fue gobernador, o cuando menos, la parte de elección que considero como única y realmente válida de su designación para gobernador, porque indudablemente la verdadera causa para su designación de gobernador en el Estado de Jalisco, era cierta politica agraria que, en opinión del señor general Díaz y de algunas otras personas que lo rodeaban en aquellos tiempos, era necesario continuar alrededor del lago de Chapala.
El señor Cuesta Gallardo nos dice que en materia electoral es un poco escéptico, y que lo único que conoce son las materias agrícolas; es verdad y precisamente su conocimiento en materias agrícolas hizo su designación de gobernador del Estado de Jalisco, y precisamente su conocimiento en materias agrícolas y el conflicto que todos conocen y que aquí me abstendré de mencionar, con motivo de la desecación del lago de Chapala, exigen, que no torzamos nuestro criterio político, sino que pongamos mucha atención para ver que, en efecto, en este caso, ni el señor Cuesta Gallardo ha sido electo, ni debería haber sido electo en caso de que lo haya sido. Los firmantes anónimos de este escrito no iban tan descaminados cuando daban como capital y principal razón la forma en que ellos la veían, y cuando ellos, al presentárseles un candidato, decían que el señor Cuesta Gallardo era perfectamente nocivo para los intereses de aquel distrito; porque al elector, al votante, no debemos pedirle razones hondas, de convicción, acerca de ese vago sentimiento de atracción o repulsión que los hace votar por un candidato, o rechazarlo decididamente. Estos. opositores contra la credencial del señor Cuesta Gallardo, no sabían exponer razón dentro del terreno jurídico contra la credencial; pero en mi concepto, sí tienen razón dentro del terreno político, y como presunción política, es de valor la predisposición instintiva que mostraban hacia la candidatura del señor Cuesta Gallardo. No puede, pues, negarse el valor de estos documentos, aunque los haya redactado una sola cabeza, con tal de que los hayan firmado algunos cientos de manos.
El argumento principal -y aquí di siento en absoluto de la Comisión, y casi mis palabras deben tomarse como discurso en contra del dictamen- es: que porque la Comisión no pudo saber si hubo o no hubo elecciones, esas elecciones deben deciararse nulas. La Comisión debería entonces haber declarado la validez de las elecciones; pero es el caso que la Comisión tiene en sus manos elementos suficientes para poder decir que aquellas elecciones habían sido, no solamente nulas, sino inexistentes.
Señores diputados: Procuro, hasta donde es posible, cada vez que os dirijo la palabra, olvidar mi personalidad como abogado; por eso al tratar cuestiones jurídicas, me conservo exclusivamente dentro de lineamientos generales, sin entrar a los detalles y a las minucias de una argumentación jurídica; pero, en este caso, tengo que molestar vuestra atención un momento, nada más para decir a los que no son abogados, que existen dos clases de nulidades, ya sea en los contratos, ya sea en otros actos: una, que puede llamarse nulidad de pleno Derecho, que conocemos con el nombre de inexistencia, y otra, que podemos llamar propiamente nulidad, y que es la que tenemos que buscar cuando las formas están guardadas.
El artículo 112 de la Ley Electoral enumera, en sus fracciones, los casos en que una elección debe declararse nula, y no enumera los casos en que la elección es inexistente, porque hay elecciones que no soportarían el examen que se hiciera apegándose a estos principios. Toda elección, conforme al criterio de nuestra Ley Electoral, de la vigente, señor Cuesta Gallardo, no de la Ley Electoral anterior, exige: primero, un procedimiento de división y empadronamiento, el cual es condición sine qua non de la elección que sobre ese procedimiento va a recaer; en seguida un procedimiento de preparación de estas elecciones por medio de las autoridades municipales, de los partidos registrados y de los candidatos inscriptos, y, por último la elección misma. Por consiguiente, si nosotros nos encontramos en condiciones de que se pudiera decir que se verificó la elección, pero sin la debida preparación, sin el procedimiento de división, empadronamiento, etcétera, sino viniendo a votar los ciudadanos a la casa del candidato, por ejemplo; aun cuando tuviésemos real y efectivamente 5,000 boletas en mano de 5.000 personas que el día de las elecciones vinieran a sufragar, ésa no sería elección, si no viene con todas las formalidades que la ley ha querido que quede cubierta.
Yo no dudo que con dos casillas haya bastado para La Barca; pero la ley dice que han de ser tantas casillas cuantas secciones de 500 habitantes se hayan formado al establecer la división territorial; y si se hubiese establecido una sola casilla en la ciudad de México para que en ella hubieran venido a sufragar todos los habitantes que componen los ocho distritos, esa elección a pesar de que estuviésemos seguros de que votaron todos los habitantes, no habría sido elección, conforme al criterio de la ley electoral. Por eso se hacen padrones, y en la reclamación del señor Ramos Estrada se asienta como base de esa reclamación la falta de padrones contra cuya ausencia se reclama, ni vinieron ni probablemente existieron. Ahora bien; una elección, conforme a nuestro sistema electoral, no puede decirse que ha existido ni comenzado a existir si no hubo padrones, porque todo nuestro sistema electoral está basado en este principio: que no voten más que las personas que se encuentren debidamente empadronadas en el momento de la elección.
El señor Ramos Estrada, a quien no conozco, ni sé quién sea, ni menos, por supuesto, sé si tiene todos los malos antecedentes que quieran atribuirle los partidarios del señor Cuesta Gallardo, tuvo torpeza en la forma de reclamar, supuesto que apunta vícios que acusan la inexistencia de la elección, para fundar lo que quería que la Comisión declarara: la validez de la elección y que a su favor se otorgara la credencial. Pero no porque no tenga razón Ramos Estrada, deja de existir el hecho que es absolutamente cierto. Dos hechos diré que son absolutamente ciertos y denunciadores de que esa elección no llegó a verificarse dentro de las formas que la ley quiere. Es el primero la falta de padrón; es el segundo, confesado aquí por el señor Cuesta Gallardo, el de que, en determinadas circunscripciones, con dos casillas fuese suficiente para que allí se efectuara la votación en Portezuelo, Salamanca y Tepetitlán.
El artículo 32 de nuestra Ley Electoral dice:
Artículo 32. A medida que los votantes vayan haciendo el depósito de las cédulas, el instalador marcará en el padrón respectivo el nombre de la persona con la nota siguiente: votó.
Este precepto, copiado por el señor Ramos Estrada, es uno de los más claros en nuestra Ley Electoral; y apelo al testimonio de todos los señores diputados que me escuchan, para que digan si en sus elecciones no se hizo siempre siguiendo como norma de su elección los padrones. (Voces: ¡Sí! ¡Sí!) ¿Cuál debería ser el criterio de la Comisión para resolver respecto a estas credenciales en el momento en que se le reclama en cuanto a los padrones? Inmediatamente ver si en los expedientes relativos venían o no venían los padrones; y a este respecto, aun cuando ya esta ley, estoy seguro de que os la sabéis de memoria, me permito, sin embargo, repetir lo que dice el artículo 8° del decreto de 22 de mayo en que se previene que:
Hecho el cómputo de los votos emitidos, se harán las declaraciones de diputado, propietario y suplente, electos, y la del número de votos obtenidos por cada uno de los candidatos para senadores propietario y suplente, y se levantará la correspondiente acta por cuadruplicado: de ella se remitirá un ejemplar con todos los expedientes y cédulas a la Cámara de Diputados; otro a la Legislatura del Estado, para que haga la declaratoria relativa a senadores, y las otras dos a los ciudadanos electos diputados, propietario y suplente, para que les sirvan de credenciales.
Cuando la ley ha querido que todos los expedientes y cédulas vengan ante la Cámara de Diputados, no es simplemente porque no queden atestados los archivos de los ayuntamientos, ni para llenar la ahora exigua Biblioteca de la Cámara, sino precisamente porque considera que, para el desempeño de vuestras funciones, vais a necesitar tener en cuenta esos expedientes y aun las cédulas.
Las elecciones se verifican ante la Mesa, el cómputo se verifica ante la Junta; el escrutinio se verifica ante vosotros. Son tres conceptos totalmente diferentes; y si fuéramos a aceptar el criterio que se desea aceptemos en este caso por el señor Lozano, tendríamos necesidad de admitir que no había necesidad siquiera de que las mesas electorales mandasen las boletas ante la Junta Electoral; bastaría que el acta fuese remitida ante la Junta Electoral y que ésta resolviera, fundada en la presunción de que se habían verificado, en efecto, en cada casilla, las elecciones.
Para efectuar el cómputo de la elección en una Junta de Distrito electoral, es indispensable tener presentes las boletas, los padrones y las actas; me refiero a la función del cómputo que la ley de 22 de mayo encomienda a las juntas electorales, tratándose de duda acerca de estas computaciones, es decir, tratándose de lo que propiamente es escrutinio o investigación de la validez o nulidad de los votos, la ley quiere que la Junta se abstenga de hacer calificación y que mande las actas, boletas y expedientes a la Cámara, con el fin de que la Cámara sea la que realmente, en última instancia, decida en ese punto.
Tenemos, pues: primero, una elección en que solamente en las propiedades del señor Cuesta Gallardo, o en las propiedades donde tenía mayor influencia obtuvo una aplastante mayoría, mientras que, en el resto del distrito obtuvo una notable minoría; segundo, un paquete de boletas, sin actas, sin padrones, sin cómputos, porque ninguno de esos documentos está, y en que solamente nos encontramos un solo legajo en que postulan al señor Cuesta Gallardo para diputado suplente, y no hay en la credencial ni siquiera indicación de no haberse computado votos por tales o cuales motivos, y en que, para colmo de desdichas, se encuentra que todas esas boletas están escritas por la misma mano.
La Comisión, en su temor de exponerse una vez más a las críticas de la Asamblea, o guiada por cualquiera otra consideración de benevolencia hacia el señor Cuesta GaHardo, simplemente se lava las manos, y dice: Pues como a mí no me consta que hubo elecciones, y no estoy segura de que las hubo, consulto la nulidad de las elecciones, y vosotros resolveréis con entera independencia. Yo opino que la Comisión debió haber dicho: Como hay y existen presunciones muy fuertes de que, no sólo no pudo ser regular la elección, sino que no existió, no hay lugar a discutir la nulidad de la elección, sino que simplemente a consultar a vuestra soberanía que deseche la credencial del señor Cuesta Gallardo, porque no hubo elecciones.
La Comisión debió haber sido más precisa, y en ese sentido me permito suplicar a la Asamblea se sirva emitir su voto.
En el presente caso, existe, como existe en otras muchas partes del país, un verdadero conflicto agrario, en el cual el diputado sobre cuya credencial vais a votar, tiene precisamente un interés de los más típicos y de los más francamente opuestos a esa labor de renovación, que he dicho y continúo asegurando que es nuestro principal deber. Mucho se me ha calumniado, especialmente por mis estimables amigos los señores reporteros; mucho se me ha calumniado acerca de lo que desde esta tribuna he dicho en cuanto al criterio político para la revisión de credenciales, y mucho se ha dicho, en ausencia del Diario de los Debates, para combatir un supuesto criterio político que yo no he tenido.
Largos discursos, y especialmente tratándose de la credencial del señor Lozano, se dijeron aquí, tomando exclusivamente como tema el de que yo hubiese afirmado que por encima de la justicia que pudiera asistir para la revisión de las credenciales, debia ponerse el criterio político. No, señores -apelo al Diario de los Debates, que será el único que me podrá defender y me dará la razón-; he dicho y continúo diciendo que dentro de la justicia, no hay por qué ocultar que nuestras determinaciones deben orientarse con un criterio político. Políticamente yo he opinado en contra de algunas docenas de credenciales y, sin embargo, no he tomado la palabra contra todas esas docenas de credenciales; ¿por qué? Pues porque no me movió, además, el convencimiento jurídico de la ilegalidad de dichas credenciales.
Pido, pues, que se declare la nulidad de las elecciones de La Barca, porque es justo y, además, porque es político.
Los firmantes de los escritos que aquí han causado la hilaridad de algunos de Ios señores diputados, son más sabios que muchos de nosotros, por la misma razón que aduce el señor licenciado Lozano: porque ellos sí están allí cerca, porque ellos sí conocen los problemas que se suscitan, porque ellos sí saben, y lo claman en la forma única en que pueden clamarlo, que el señor Cuesta Gallardo, en el seno de esta Cámara será precisamente el enemigo de la labor patriótica de renovación que tenemos el deber de hacer.
El licenciado Lozano pide la palabra para una moción de orden; el presidente dice que se la concederá después de que hable el señor Cuesta Gallardo; el señor Cuesta Gallardo cede la palabra al licenciado Lozano, y éste pronuncia un segundo discurso en estos términos:
Señores diputados: Mi propósito, como anuncié en mi primer discurso, era mantenerme sereno y frío, no tocar el problema legal, pero el licenciado Cabrera ha traído, junto con este criterio, que debiera ser el único normalizador de nuestros actos, la suprema ratio de Estado, la cuestión política del momento. Voy, en términos de legítima defensa, a ajustarme al carril que él marcó a esta controversia.
Cuando Ciudad Juárez cayó con estruendo de Ilión, toda la República presenció estupefacta cómo germinaban generales y héroes por todo su territorio, que traían leyendas más gloriosas que las de los soldados que habían acompañado a Bonaparte. Junto a esta pléyade de héroes que, según contaban sus relatos, no era marco digno de ellos la leyenda de los siglos, hubo otra legión de héroes civiles que salían como Job, mostrando úlceras y cicatrices que las había causado el grillete de la dictadura. Entre ellos, había algunos que, en efecto, habían sufrido y traían el hedor de la bartolina; como Juan Sarabia, y otros plenamente impostores, como Manuel Ramos Estrada, el adversario de Manuel Cuesta Gallardo. Aquel caballero queda dibujado intelectualmente por este solo rasgo que me refirió el señor Jesús Camarena, hoy ausente de los bancos de Jalisco.
Como fuera dicho vulgar en Jalisco, como en casi todos los lugares de la tierra, que para ser inteligente se necesitan cuatro dedos de frente, y como a aquel señor le hubiese negado la frenología tal capacidad, se rasuró, para ostentar así, de manera gloriosa, los cuatro dedos de frente (aplausos, risas). Este señor, cuya estatura intelectual, enana por el incidente que he referido, queda ya estereotipada en vuestros espíritus, se ha dedicado en Jalisco, en donde no hemos sufrido los horrores de la guerra civil, a práctica demagógica y socialista, a soliviantar al espíritu fácil de aquellos hijos de la gleba, engolosinándolos con las promesas del reparto universal.
Si esos indígenas, que yo quiero, señor Cabrera, más que usted, son los representantes genuinos de la renovación que usted procura; si usted encuentra en la economía moderna y en la riqueza de nuestra patria, manera de que, repartidos todos los capitales, ascendamos por la escala de Jacob hacia la felicidad universal, dígame usted dónde está su programa y yo lo subscribo en el acto con mi sangre; pero mientras eso no suceda; mientras la riqueza sea una porción ilimitada del planeta; mientras esa riqueza, por medios lícitos o ilícitos -no es el caso de discutirlo-, esté en poder de ciertos tenedores, sólo las formas tutelares de la justicia -porque aquí también salvadora es la forma-, sólo las formas tutelares de la justicia podrán hacer que se despoje a Manuel Cuesta Gallardo de lo que le dieron concesiones del antiguo régimen; pero, por lo demás, resulta inicuo y altamente inmoral que sea éste el criterio de Luis Cabrera para expulsar a Manuel Cuesta Gallardo.
Vamos a tratar la cuestión agraria, la que sacudió en no lejana época los cimientos de Alemania, la que ha producido furiosos espasmos en Australia; pues bien; para tratar esa cuestión, dice Luis Cabrera, necesitamos expulsarlo; y yo diría: para tratar esa cuestión, terrateniente, necesitas quedarte aquí, para que te defiendas como todo acusado (aplausos).
Pero si el propósito es derribar con las ilusiones políticas del debate calenturiento, la recta y ya normalizada conciencia legal de esta Asamblea, vamos al terreno en que él se ha colocado: el ilegal. Se dirigía a la Asamblea que, por tener toda clase de componentes, no es posible que en ella exista la sabiduría de la Sorbona; hablaba de actos nulos, y decía: Para no entrar en detalles que serían incomprensibles para la multitud que me escucha, debo enunciar una gran división que existe en el Derecho: actos nulos y actos inexistentes. Es pobre la clasificación en el Derecho, porque allí existen actos nulos, anulables e inexistentes. Pero la acepto para el efecto del debate. Y decía el señor Cabrera: Si se recurre al artículo 112, se encuentran causas de nulidad; pero allí no están las causas de inexistencia; esas hay que desprenderlas del armazón general de la Ley Electoral; y ¿qué acusa este armazón general? La necesidad urgente del padrón; sin padrón no puede haber elecciones; las había por el sistema de la antigua ley; en el actual, sin padrón no se concibe la elección. Es verdad el hecho; la premisa es justa; en sus consecuencias ya veréis cómo es profundamente ilegal, pues seguía discurriendo el señor Cabrera: necesidad ineludible del padrón; luego necesidad también ineludible de acompañarlo a los expedientes electorales que se remiten a la Cámara; aquí sí que, como dicen los escolásticos, niego las consecuencias, y voy a probarlo dentro de los términos rituales del debate.
El acto genésico de una elección es el padrón; el padrón se hace, como vuestra soberanía sabe, por tres personas: el presidente municipal, asesorado de las personas que con él hubiesen contendido en las últimas elecciones, y si no hubiese adversarios, con los regidores y el presidente municipal anteriores. Este padrón tiene diversos filtros, diversas publicaciones, en los cuales los candidatos independientes, piden la depuración de él, hasta que llega un momento, el definitivo, que es en el mes de abril, en el cual se hace la publicación del padrón en las puertas de las Casas Consistoriales y en el Diario Oficial; pero esto no de una manera imperativa, sino facultativa.
¿Cuándo tienen los ciudadanos el derecho de reclamar contra la inexactitud del padrón? En todo ese tiempo que va de octubre a abril; pero decía el señor Cabrera: Aquí no existen padrones; el señor Estrada lo afirma. ¿Y quién es el señor Estrada para afirmarlo? El señor Estrada debía haber traído documentos de las juntas electorales para comprobar que no se había hecho el padrón; pero si lo dice un ciudadano que está interesado en la elección, que precisamente pretende para sí la curul, ¿debemos creerlo bajo su simple palabra de honor? Señores diputados: no creo que se llegue a este tan inicuo atropello.
El padrón de Jalisco es deficiente como el de toda la República; sólo países que han llegado a pureza prístina, como Francia, como Inglaterra, pueden acusar modelos en padrones; pero el padrón se hizo, y si no se hizo, la prueba le incumbía al actor; según todas las reglas de Derecho y de justicia, él tenía que demostrar que no existía el padrón. Así pues, señores diputados, yo pregunto: ¿qué criterio dislocado es éste de que al reo se le exija a última hora que presente pruebas contra cargos que no conocía sino hasta el momento supremo en que se discute su credencial?
¿Qué no hay boletaje anexo? Señores: no quería ulcerar la herida, no quería traer agravios recientes; podéis en este momento practicar una inspección ocular en la Biblioteca de la Cámara; hay centenares de expedientes cerrados como el del señor Elorduy, almacenados en forma que acusa que ninguna mano ha puesto en ellos su piel; y yo pregunto: ¿si la Comisión ha sido tan deficiente, por abrumadoras tareas (risas) en el examen de esos expedientes, quién nos garantiza a la Asamblea que, oculto tras esa montaña de papeles, no está el expediente del señor Cuesta Gallardo? Nadie podrá garantizarlo; por lo demás, lo indicado hubiera sido para la Comisión pedir a la oficina de correos que dijera el motivo del extravío, pedir a la Oficialía Mayor de la Cámara razón de la entrega de los expedientes y ponerse a buscar con paciencia de benedictino, en toda aquella montaña, las boletas de la elección del señor Cuesta Gallardo; eso era lo que aconsejaba la prudencia.
Para demostrar, finalmente, la realización del sufragio, quiero aceptar la tesis del señor Cabrera: que el señor Cuesta Gallardo tenía intereses agrarios que defender aquí y que, por lo mismo, propugnó por su candidatura en el distrito de La Barca. Ahora bien; hacendado el señor Cuesta Gallardo, hacendado su suplente: candidatura plenamente plutocrática; yo pregunto, señores diputados; ¿aquellos hacendados que tenían solidaridad de intereses con Manuel Cuesta Gallardo y Manuel Rivas, su suplente, no llevarían las mesnadas de sus peones si tenían precisamente intereses políticos que salvaguardar en esta Asamblea? ¿No estaban ellos, movidos por un interés, obligados a llevar a todos sus elementos dependientes? Indudablemente, señores diputados, y así sucedió; y sucedió, no sólo por este capítulo, sino sucedió también porque el señor Cuesta Gallardo podría haber sido electo en cualquiera de los distritos electorales del Estado de Jalisco; quizá era el único adversario que en el Estado podía haber equilibrado las fuerzas, porque, si bien es cierto que Manuel Cuesta Gallardo fue un poderoso, un hombre que tuvo las arcas repletas de oro; si bien es verdad todo esto, la verdad también, que puede atestar conmigo todo Jalisco, es ésta: que su dinero ha sido para los demás, que Manuel Cuesta Gallardo no puede ver una necesidad sin que se detenga a remediarla; y yo, en los únicos veinte días que llevo de tener trato íntimamente con él, he podido observar este detalle que lo enaltece: no hay pordiosero que se acerque, a quien él no le dé una limosna; y en efecto, para todo el Estado de Jalisco, el capital de Manuel Cuesta ha sido el rocío vivificante, la lluvia de oro; lo pueden atestiguar todos los pueblos de la región; y precisamente por su espíritu caritativo de intensa filantropía, que no es en él una posse, sino virtud sincera del alma, en las últimas elecciones de Jalisco coincidió la voluntad oficial del general Díaz con la del pueblo entero que lo llevó a su Primera Magistratura.
Ahora, señores, decidid con el criterio de Luis Cabrera, o decidid con la ley. Lo único que digo yo, humilde representante de Jalisco, es lo siguiente:
Manuel Cuesta: cuenta Balzac que un coronel de la Guardia Francesa cayó acribillado de heridas en Waterloo, heridas que le destrozaron completamente el rostro, y heridas que fueron largas, larguísimas de curación; lo recogieron unos campesinos, y después de paciencia cristiana que no hubieran resistido sino aquellas buenas almas, Jabert emprendió el viaje a París, fue en busca de su esposa. Su esposa había pedido la presunción de muerte para el esposo, y se había casado; llegó, y no lo conoció; los estragos de la metralla inglesa habían transformado su rostro. Después fue a sus viejos compañeros de armas, con los que había pronunciado la heroica palabra de Cambronne, y también lo desconocieron. Se quedaba solo en la calle, a pesar de que tenía detrás de sí las águilas de Bonaparte; y entonces, solo, abandonado, se dirigió a la columna de Vendome, y allí, abrazándose a los cañones de Austerlitz y de Wagram, les dijo: ¡Vosotros sí que no me podréis negar! Manuel Cuesta, ¿te expulsará la Cámara? no lo creo; pero sí así fuere, irás a Jalisco, y Jalisco nunca te podrá negar (aplausos nutridos y prolongados).
La explosión de entusiasmo con que son coreadas las palabras del diputado Lozano, animan al presidente Escudero a dirigir esta admonición preventiva a los concurrentes de galerías:
Son perfectamente conocidas las disposiciones reglamentarias que obligan a guardar orden en este recinto durante las discusiones, y aunque mi criterio personal discrepa mucho de esta rigidez reglamentaria tratándose de temperamentos latinos, yo suplico a las galerías atentamente, lo mismo que a los señores diputados, se dignen ayudarme en esta tarea, para no hacer más difíciles las discusiones; sobre todo, cuando se llegue a la votación, porque en este momento, a fin que haya independencia de criterio, sí prohibiré absolutamente toda manifestación que tienda a deprimir de cualquier modo a los señores diputados.
En pro del dictamen, el diputado Palavicini dice:
Intimamente convencido de la justicia del dictamen, vengo a hablar ante ustedes, a pesar de todo, y ese todo es la poderosa palabra del licenciado Cabrera, director de la Escuela de Jurisprudencia Oficial, y la del licenciado Lozano, profesor de oratoria forense en la Escuela Libre de Derecho; de modo que mi voz desautorizada, pero sincera es la que va a dirigiros la palabra en este momento; sincera, sí, señores, porque ninguna pasión puede guiarme contra el señor Cuesta Gallardo, que no conozco personalmente, y en este dictamen solamente voy a reclamar mi puesto en la generación renovadora, que como quiere el señor Cravioto, lo mismo se siente aquí entre nosotros, que allá con el señor Jasso, entre el grupo llamado independiente. De modo, pues, que en este momento nos vamos a encontrar uno de esta mayoría o ex mayoría, y uno de aquella minoría o ex minoría, nos vamos a encontrar en el punto esencial, en el punto capital de nuestro programa, que la República está reclamando desde hace tiempo: el principio renovador.
Vamos aquí a combatir, señores, el interés del potentado, defendiendo el interés del pobre; del elector de los poblados contra del elector de las haciendas. Este es el conflicto que se ha presentado en las elecciones del 10° distrito electoral del Estado de Jalisco; es la lucha del pueblo desvalido contra el terrateniente absoluto y tirano; es la lucha contra los caciques, y aquí envidio la palabra y, sobre todo, la pintoresca descripción del señor licenciado Querido Moheno, porque así como el otro día, contra todo recurso legal, se aprobó la credencial del ciudadano Villaseñor, porque hizo la biografía de los jefes políticos, si hoy el señor licenciado Querido Moheno hiciera la biografía del cacique dueño de haciendas, estoy seguro que a la credencial del señor Cuesta Gallardo no le habría bastado la elocuencia suntuosa del señor profesor de la Escuela Libre de Derecho y habría sido desechada más pronto.
Es la eterna lucha, señores diputados, la eterna lucha del pobre que sufre y el rico que manda; así es como se ha usurpado a los pobres todo: la tierra, el hogar, el voto y la familia; el hogar, escarnecido tantas veces en la familia, y el voto, ahora, porque el voto era lo que necesitaba para venir a luchar aquí, en estas mismas curules, no en defensa de la ley, no en defensa de los más, sino en defensa de los pocos, de aquellos que toda la vida pretenden tener la maza de Hércules levantada sobre las cabezas de los menos fuertes, que son los más.
Se habló de la sangre y la carne del pueblo de Jalisco -un diputado de Jalisco ha declarado aquí que, defendiendo a Cuesta Gallardo defendía la sangre y la carne del pobre pueblo de Jalisco-; sangre y carne de todo un pueblo en manos de unos cuantos terratenientes, yo sé que no es lícito; pero Lozano ha dicho -y digo Lozano así, con la familiaridad del que habla de un grande-, Lozano ha dicho: que los científicos fueron aquellos que ilegítimamente usurparon todo y lucraron lo que pudieron, apoyados por el poder oficial; y yo agrego: Cuesta Gallardo fue y es un científico.
Un pedazo de tierra, un ejido, es lo que esos pueblos de La Barca quieren simplemente; no es la repartición de la riqueza; es un poco de vida, un poco de amor doméstico, allí donde haya una choza que los abrigue, un pedazo de pan libre que los mantenga; no quieren ya ser esas mesnadas dolientes descritas por el señor Lozano. Esos pobres indios que ven clarear las auroras con su lánguida mirada, interrogando a un dios mudo, y que ven ocultarse todas las tardes el disco bermejo del sol tras un horizonte infinitamente lejano, siempre el mismo, y sin una esperanza halagadora. Esa es la verdadera sangre, esa es la verdadera carne del pueblo de Jalisco, que Lozano, su primer y más grande orador, debía defender aquí.
Yo creí en la efectividad de la elección de José María Lozano, yo creo en la legalidad de su elección; creo más; creo que los muertos que se dice votaron por él debieron haber votado por él; quiero suponer que hubiera miles de muertos que votaran por él; yo acepto que esos muertos, envueltos en sus blancos albornoces, hubieran ido, solemnes, a depositar sus cédulas en favor del más grande (siseos y aplausos), del más grande orador de Jalisco, de la celebridad de San Miguel el Alto, de la notabilidad de San Miguel el Alto.
El pueblo vivo y muerto de San Miguel el Alto habría obrado bien votando por Lozano; pero no es el mismo caso, no puede ser el mismo caso tratándose del señor Cuesta Gallardo. El pueblo, vejado desde la época de la conquista hasta el día; sin derechos políticos desde que nacieron hasta el momento de esta elección; la sangre y la carne del pueblo de Jalisco no iban a votar, señores, por sus opresores y caciques; iban a votar, señores, por el que trajera aquí la representación genuina, real y legal de sus intereses, y de sus ambiciones, que no son la riqueza de los más, sino un pedazo de pan honrado y ganado por ellos mismos en su propio lugar.
En cuanto a la cuestión jurídica, se ha hablado de nulidad y se ha leído repetidas veces la Ley Electoral. La fracción V del artículo 112 dice: Haber mediado error o fraude en la computación de los votos; y ¿cómo se hace el cómputo en un expediente en el que no hay padrones y no hay boletas? ¿Cómo se hace el escrutinio por la Comisión que aquí nombramos, que es la Comisión Escrutadora? ¿Cómo se hace el escrutinio, repito, sin tener padrones y sin tener boletas? Entonces no hay, no pudo haber una sola razón, un solo argumento que pueda imponer por ese distrito electoral del Estado de Jalisco un diputado en la Cámara.
La presunción legal de que ha hablado el notabilísimo orador chiapaneco don Querido Moheno, la presunción legal, y nada más que la presunción legal; pero no se hacen así los diputados, no se representan los distritos por presunción legal. La elección se hace con boletas, porque el boletaje es el voto; ese boletaje que tanto desprecia el señor Lozano, ese boletaje a que el señor profesor de la Escuela Libre de Derecho no le da importancia, es sencillamente la expresión verdadera, la única expresión de verdad evidente de que el voto ha existido, de que no se ha fraguado en una Junta de Cómputo, integrada por compadres. La Junta de Cómputo, señores, cuando se forma en ciertos pueblos dominados completamente -como muy bien ha dicho el señor Lozano- por la presión jerárquica de los más ricos; las Juntas de Cómputo se encuentran entre la justicia, que las llama del lado de la ley y de la verdad, y el favor, que las inclina del lado del poderoso y del rico. Es cierto, señores; aquí necesitamos que estén presentes los que vengan a combatir contra nosotros, los ideales que trajo la revolución de 1910; es justo que estén aquí y que con ellos discutamos; pero que vengan legítimamente representando a un distrito; que no usurpen esas representaciones; que vengan provistos con la verdad legal, que es el voto en la credencial, y el voto faltó allí, porque no hay más que un acta firmada por unos cuantos compadres.
No es ahora, seguramente, la oportunidad más propicia para el señor Cuesta Gallardo, en caso de que en el presente sus ambiciones sean defender al valiente pueblo de Jalisco, porque ya es tarde.
Cuentan que Thales de Mileto era invitado para que se casara en su juventud, y él contestaba: No es tiempo todavía pero cuando, en su edad provecta, le invitaban a ello, contestó: Ya no es tiempo. Es el caso del redentor señor Manuel Cuesta Gallardo; ya es tarde; ahora es necesario que pase toda una generación, todo un gran espacio de tiempo, para que estos poderosos caciques de los Estados se reivindiquen ante la opinión pública, no obstruyendo sino facilitando la era que necesariamente vendrá, con justicia para todos los mexicanos, dividiendo la propiedad agrícola que dé a todos manera de ganar el pan; que no sea la riqueza de unos contra la ruina de los miles. El señor Cuesta Gallardo no puede ser redentor. Ya es tarde. Yo invito a ustedes para que, de conformidad con la ley, voten aprobando este dictamen (siseos, aplausos).
El señor Cuesta Gallardo aboga por su causa diciendo:
Se ha dicho aquí, aunque no de una manera terminante, pero sí velada, tanto por el señor Cabrera como por el señor Palavicini algo que puede dar lugar a duda entre los señores diputados al tratarse de mi personalidad,; yo quiero que las cosas queden muy claras, porque los ataques que me ha dirigido Manuel Ramos Estrada por medio de su periódico en Guadalajara, al cual jamás hice caso, encerraban los mismos puntos. Decían que yo sería inconveniente para el pueblo de Jalisco, viniendo aquí a representar uno de sus distritos en la Cámara; que yo había hecho negocios con los científicos, que yo había atacado la propiedad, y otras muchas cosas, que, según él, me hacen indigno de pertenecer al Estado de Jalisco, y dice que no sabía cómo tenía yo el atrevimiento de estar viviendo todavía en el Estado. Pues bien, señores, yo no quiero distraer la atención de ustedes; yo tengo la conciencia de que jamás he poseído un centavo que haya costado una lágrima a alguna persona, tengo la conciencia de que siempre me he dedicado a trabajar por el bien de mi patria y de mis conciudadanos, y yo desafío al señor Palavicini y al señor Cabrera para que nombren seis personas y yo nombraré otras seis ante las que me harán cargos con todo lo que crean que yo he hecho mal en mis intereses o en mis negocios. No sé si me quedaré en la Cámara o no; pero en el supuesto de que me quede yo aquí representando al 10° distrito electoral del Estado de Jalisco, les digo lo siguiente: si esa comisión que nombremos da el fallo en favor de ellos, ofrezco retirarme por indigno de pertenecer a la Cámara, y si no, yo pido que ellos lo hagan.
El licenciado Cabrera aclara:
Habiéndose concedido la palabra al señor Cuesta Gallardo para hacer una especie de interpelación al señor Palavicini y al que habla, parece justo que se me concediera para contestar esa misma alusión personal; por eso distraeré un minuto más vuestra atención.
Debo manifestar al señor Cuesta Gallardo que no tengo ni he hecho alusiones veladas ni abiertas respecto de su personalidad, y en lo personal ni deseo, ni debo, ni tengo fundamento para decir nada del señor Cuesta Gallardo. Cuando yo, ya se trate del señor Cuesta Gallardo, ya de lo que constituyese una restauración científica, ya de los que constituyen el Partido Católico, hago alusiones a la conveniencia o inconveniencia de permanecer en la Cámara, no es como personas en lo particular; es como partidarios, es como políticos; en ese sentido, creo que no me equivoco si clasifico con toda exactitud al señor Cuesta Gallardo en el grupo científico, tal como se le ha calificado en tiempos del general Díaz. El no es el hombre indigno que negara sus ligas de amistad, y muy íntimas -que yo respeto-, con todas las personas que formaron el grupo íntimo del general Díaz, y en ese sentido he dicho que el señor Cuesta Gallardo estuvo, y creo que sigue estando, demasiado íntimamente ligado con el grupo científico, para que yo honradamente crea que, como científico, en el seno de la Cámara, será perjudicial a la representación de los intereses de la patria.
El señor Cuesta Gallardo desea hablar otra vez para un hecho, pero el presidente resuelve:
Esta discusión ya es enteramente personal. Yo deseo que terminemos cuanto antes con la discusión de credenciales. Precisamente al subir a la Presidencia esa fue mi primera idea: terminar con la discusión al grado de que si no es posible terminar en estos días, nos constituiremos en sesión permanente hasta que esto termine.
El diputado Lozano obtiene la palabra para hacer esta moción de orden:
Si habla el señor Rendón ruego a su señoría me conceda la palabra, a mi vez, porque se quiere que la última palabra sea de la Comisión, y siempre debe dejarse la última palabra a la defensa.
El señor Rendón hace uso de la palabra para retundir cargos:
El señor licenciado Lozano hizo cargos a la Comisión. La Comisión no tiene empeño en tomar la palabra; de no haber hecho esos cargos, puede tener la seguridad el señor licenciado Lozano -y le ruega la Comisión que así lo crea- que no habria molestado a la Asamblea con unos cuantos minutos más. Pero cuando se hace un cargo y no se contesta, generalmente creen que el que calla, otorga. Ruego por eso al señor licenciado Lozano que tenga la benevolencia de escuchar.
Dijo el señor licenciado Lozano que quién garantiza que no haya otros paquetes electorales del 10° distrito electoral de Jalisco en la biblioteca.
Personalmente, el presidente de la Comisión no puede responder porque no es el encargado de la biblioteca ni de los paquetes; pero aquel honorable señor (señalando al ciudadano oficial mayor) -y le consta al señor licenciado Lozano que es honorabilísimo- responde que no hay más paquetes que ése. ¿Es verdad, señor oficial mayor? (El ciudadano oficial mayor asiente).
El señor Lozano dice que por qué motivo la Comisión no recabó los paquetes electorales que faltaban a La Barca, y le contesta la Comisión que, revisando 243 credenciales en siete días, era materialmente imposible que recogiese de todos los ámbitos de la República los paquetes que faltaban; si al concluirse el término que tenía para presentar dictámenes, la Comisión no los hubiera rendido, desgraciada de ella, porque el enojo de los presuntos diputados hubiera llegado a tal grado que no es para contarlo. Señor licenciado Lozano, 243 credenciales de diputados no son lo mismo que el poco número de credenciales de señores senadores, y por eso la Cámara de Senadores ha tenido tiempo bastante para pedir los antecedentes cuando han faltado. Esa es la causa, señor licenciado Lozano; y pregunta usted además, qué necesidad había de los padrones. La necesidad de los padrones en los paquetes electorales es constante; todas las buenas credenciales han venido aparejadas con los expedientes: electorales; en cada expediente electoral se acompañan los padrones y las actas electorales; ¿por qué? Porque si se reclama la bondad del cómputo, el único medio de resolver es ocurriendo a los padrones y a las actas electorales. Si uno de los oponentes viene diciendo que votaron individuos que no debieron votar, ¿cómo es la manera de comprobarlo sino acudiendo a los padrones para ver si es cierto o no? Esas son las rectificaciones, señor licenciado Lozano, que con mucho gusto hace la Comisión y que, como verá usted, no tienen por objeto atacar al señor Cuesta, porque reiteradamente ha demostrado esta Comisión que cuando viene a discutir un dictamen, se ocupa únicamente del punto discutido, en lo absoluto de la persona, porque cree que discusiones de ese género son odiosas, y aquí viene a cumplir con un deber y no a satisfacer pasiones, aunque éstas estén enardecidas por los momentos políticos.
El presidente hace constar que hasta este momento han hecho uso de la palabra el señor Manuel Cuesta Gallardo y el licenciado Lozano dos veces en contra del dictamen, una el licenciado Cabrera, otra el señor Palavicini y los miembros de la Comisión. El secretario pregunta si se considera suficientemente discutido el dictamen; el señor Lozano pide votación nominal; el señor presidente accede a esta petición y advierte a las galerias:
En el acto de la votación, ruego a las galerías guarden la mayor compostura porque, al primer desorden, me veré precisado a desalojarlas.
Hecha la votación, el licenciado Lozano reclama:
El señor Garmendia, presunto diputado suplente del señor ingeniero Urquidi ha votado sin que la Cámara haya acordado se llame a su seno, así pues, debe descontarse ese voto.
El presidente contesta al señor Lozano que hay precedentes sobre esta forma de votar. Conforme al Reglamento, el secretario da lectura a los nombres de los diputados que votaron, así sea en pro como en contra del dictamen. Los de la afirmativa son los siguientes:
Acereto, Aguilar J. M., Aguirre Benavides, Alarcón, Alardín, Alvarez Alfredo, Alvarez Pedro B., Amador, Anaya, Ancona Albertos, Aznar Mendoza, Balderas Márquez, Barrera, Bordes Mangel, Borrego, Cabrera Alfonso, Cabrera Luis, Canalizo, Cárdenas, Carrillo, Carrión, Colín, Curiel, Díaz Mirón, Esteva, Esquerro, Frías, García de la Cadena, Garmendia, Gea González, Gómez Mauricio, González Garza, Gurrión, Guzmán, Hay, Herrera P., Hurtado Espinosa, Ibáñez Enrique M., Isassi, Jara, López Emilio, López Jiménez, Llaca, Llano, Macías, Madero Alfonso, Mayoral, Méndez, Mendívil, Morales, Moya Zorrilla, Murguía Francisco, Munguía Santoyo, Navarro Luis T., Navarro Tranquilino, Nieto, Novelo, Ordorica, Orive, Ortega, Paciilla, Palavicini, Páscoe, Peña, Pérez Romero, Pérez Vicente, Ramírez Martínez, Ramos Roa, Rendón, Ríos, Riveroll, Rodríguez Cabo, Romero, Rosal, Sánchez Azcona, Santos Pedro Antonio, Silva Herrera, Solórzano Solchaga, Torres, Ugarte, Urueta, Valle J. Felipe, Velázquez, Vergara, Vicencio, Villasana, Zapata, Zetina, Zubaran y Zubiría y Campa.
Los de la negativa:
Aceves, Alva, Arce, Arias, Aspe, Bello, Berlanga, Braniff, Cabrera Florencio, Carvajal, Castelazo Fuentes, Castellanos César, Castellot, Castillo Calderón, Corona, Correa, Cortina, Couttolene, Chaparro, Díaz Infante, Elguero, Elorduy, Escudero, Estrada, Galicia Rodríguez, Galindo Pimentel, Galván, García Moisés, García Naranjo, García Ramos, Garza, Gómez Arturo, Grajales, De la Hoz, Inurreta, Jasso, Leyva, Lomelí, Lozada, Lozano, De la Llave, Maldonado, Malo y Juvera, Martínez Rojas, Mascareñas, Méndez, Mora Castillo, De la Mora, Moreno Arriaga, Múgica, Muñoz Ignacio, Muñoz Ruiz, Núñez y Domínguez, Oropesa, Ortiz Sánchez, Ostos, Peláez, Pérez Salazar, Puig, Rivero Caloca, Rodríguez Bonifacio, Romo, Ruiz Gonzalo, Tamariz, Torres Rivas, Varela, Vargas Gabriel, Vargas Galeana, Verdugo Falques, Vidal y Flor, Villaseñor José, Villa señor Manuel F. y Zavala.
Son 90 diputados los que rechazan la credencial del señor Cuesta Gallardo y 73 los que la admiten; el resultado es recibido con demostraciones agresivas por los concurrentes a galerías, en su mayoría estudiantes y empleados cuyas ligas con los viejos próceres del porfirismo no sería difícil precisar.
El presidente cierra los debates sobre aquella credencial con esta amonestación:
El presidente de la Mesa desea tratar al público con toda liberalidad; y aun cuando no soy débil para arrojar de este recinto a las personas que alteren el orden, me he visto en la imprescindible necesidad de indicar al jefe de la policía que mandara desalojar a las personas que estaban en la columna segunda de la tribuna de la izquierda; el jefe de la policía me ha mandado decir que mandó cumplir la orden; si así no lo ha hecho, lo haré responsable; pero en lo sucesivo, cada vez que el presidente de la Mesa dé una orden al jefe de la policía, deberá ser cumplida, porque no me gusta dar una orden sin que se acate, porque sería una debilidad de la cual soy indigno y que me haría también indigno de presidir esta honorable Asamblea.
Con el repudio a la credencial del señor Cuesta Gallardo, puede afirmarse que los grandes hacendados, los que mantuvieron por mucho tiempo el latifundio como sistema agrícola capital del régimen porfiriano, han sufrido una fuerte derrota política. Por su parte, la Revolución ha dibujado con líneas más firmes el esquema de su programa en materia agraria.