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Timestamp: 2019-05-19 11:29:53
Document Index: 190089778

Matched Legal Cases: ['Artículo 1', 'Artículo 2', 'Artículo 3', 'Artículo 4', 'Artículo 5', 'Artículo 6', 'Artículo 7', 'Artículo 8', 'Artículo 9', 'Artículo 10', 'Artículo 11', 'Artículo 12']

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El Director Supremo José Rondeau, que caía bajo el anatema de los jefes federales, por pertenecer al partido directorial unitario, salió de la capital con algunas fuerzas, bajo los auspicios tristes de una situación que hacía desesperar a sus mismos partidarios. El día 1º de febrero de 1820 se encontró con el ejército federal sobre la Cañada de Cepeda, y fue completamente derrotado. Tan sólo se salvó la infantería y la artillería a las órdenes del general Juan Ramón Balcarce. (1) A consecuencia de este descalabro, la suerte de las autoridades nacionales quedó a merced de los caudillos victoriosos; de manera que el Congreso que había declarado la Independencia en 1816, no pudo menos que declararse en receso y abdicar su autoridad en el Presidente del Cabildo de Buenos Aires, a quien había nombrado Director sustituto el 31 de enero.
Inmediatamente el jefe del Ejército Federal dirigió al Cabildo una nota en la que invocando las aspiraciones de los pueblos cuya representación asumía, arrojaba tremendos cargos contra el Gobierno del Directorio, y dejaba ver que si no caían todos los hombres que habían pertenecido al partido de Pueyrredón o directorial, no pararía sus marchas hasta llegar a la plaza principal de Buenos Aires. En vano muchos hombres resueltos tentaron apoyarse en el Ayuntamiento, para que éste provocase una reacción favorable en el cabildo abierto, a que se convocó al pueblo con motivo de la intimación del jefe federal. (2)
El Ayuntamiento, bajo la doble presión de los sucesos y de los principales corifeos federales de la ciudad, se apresuró a diputar una comisión cerca de Ramírez para que arreglase “las bases de una transacción que restituya la paz, conviniendo con los votos del señor general del ejército federal, expresados en su oficio de 2 del corriente”. (3)
El general del ejército federal reiteró sus votos al general Miguel Estanislao Soler, jefe del ejército exterior de Buenos Aires y de una de las fracciones federales de esta ciudad. Y fue Soler quien dio el golpe de gracia al orden gubernativo que había imperado en la primera década de la revolución, intimando, a nombre de las conveniencias invocadas por los jefes del ejército federal, la disolución del Congreso y el cese del Directorio de las Provincias Unidas. El 11 de febrero el Cabildo reasumió el mando de Buenos Aires… “Habiendo el Soberano Congreso y Supremo Director del Estado, dice el bando del Cabildo, penetrádose de los deseos generales de las provincias sobre las nuevas formas de asociación que apetecen, en los que ambas autoridades están muy distantes de violentar la voluntad de los pueblos….etc.”
El Cabildo comunicó esta resolución a las provincias, declarando que quedaban libres para regirse por sus propias autoridades hasta que un nuevo congreso reglase sus relaciones entre sí. Al día siguiente, el 12, convocó al pueblo a elección de doce representantes para que nombrasen el gobernador de la nueva provincia federal. Estos se constituyeron en junta electoral y ejecutiva al mismo tiempo, iniciando por primera vez en la República el desenvolvimiento del gobierno representativo, sobre la base de las instituciones provinciales coexistentes.
La anarquía que ahogó Pueyrredón más de una vez para poder llevar a cabo la obra de la emancipación argentina en sus tres años de gobierno, (4) se desató furiosa en Buenos Aires a partir de ese momento, en que las facciones federales que habían venido medrando, se encontraron frente a frente, en una escena nueva para ellas y sin más aspiración por el momento que la de posesionarse del Gobierno de la Provincia. Los partidarios de Soler tenían para sí que este general sería nombrado gobernador. Empero, Sarratea que había esperado con Alvear desde Montevideo el desenvolvimiento de los sucesos, se anticipó a bajar a Buenos Aires. Una vez aquí, trabajó por su propia candidatura, a pesar de lo convenido con Alvear. (5) Sea que ganase a los representantes con su habilidad característica, o que despertase más confianza y menos resistencia que Alvear y Soler respectivamente, el hecho es que Sarratea fue nombrado gobernador provisorio de la provincia de Buenos Aires. Y a fuer de hábil, Sarratea paró por el momento el golpe que podía asestarle el general Soler, renovando el Cabildo con adictos de este último.
El 22 de febrero el gobernador Sarratea se trasladó al campo de los jefes federales acompañado del regidor decano don Pedro Capdevila. “Estoy cierto -decía en una proclama al pueblo- que nunca mejor que ahora los jefes del ejército federal demostrarán (conjuntamente) que sus intentos no han tendido a humillarlos, sino a prestarnos más bien una mano benéfica, para ayudarnos a sacudir el yugo que gravita sobre la cerviz de la nación entera”.
El día 23 firmó con López y Ramírez la célebre convención fechada en la capilla del Pilar; en la cual se ratificó a nombre de las provincias del Litoral lo que los hechos acababan de producir, la federación, que proclamaban esas provincias, sometiendo la resolución definitiva de la cuestión a un Congreso, compuesto de los diputados de todas las que formaban la nación, y que debían ser invitadas al efecto. Por otra cláusula, Buenos Aires se obligaba a dar ciertos subsidios de armas y dinero a López y Ramírez, y se mandaba abrir un juicio político a los miembros del Congreso y del Directorio derrocados. (6)
Entre tanto, el general don Juan Ramón Balcarce entraba en Buenos Aires con la infantería que había salvado en Cepeda, y consumaba el pronunciamiento del 6 de marzo que lo llevó momentáneamente al poder, seguido de los restos del partido directorial y del elemento joven e ilustrado de la época, que por la tradición, así como por el sentimiento repulsivo que le inspiraban los caudillos federales, acabó por confundirse con aquellos restos, bajo la calificación de unitarios. El gobierno de Sarratea se retiró al pueblo del Pilar, y desde allí dirigió circulares a todas las autoridades, reclamando la obediencia que le era debida, “pues que él era gobernador de la Provincia y no el general Balcarce que había asaltado el poder por medio de un motín militar”. Con este motivo se convocó a Cabildo abierto, y el pueblo ratificó el nombramiento de gobernador en la persona del general Balcarce, declarando como dice el acta del Cabildo, “una, dos, y tres veces, que este nombramiento había sido por su libre voluntad en la sesión del día 7, en la iglesia de San Ignacio, y “que renovaba las omnímodas facultades que le había conferido y de nuevo le confiere el expresado general para que sin consulta alguna obre a favor del pueblo, de su honor y libertad”. (7)
Ante el golpe de audacia de Balcarce, que a decir verdad no contaba con el apoyo de la opinión pública, tan dividida en esos días de transformación latente, Sarratea reunió sus parciales, Soler sacó de la ciudad la tropa que le era adicta y Ramírez y López se adelantaron con su ejército hasta los suburbios de Buenos Aires, exigiendo del Cabildo la reposición de Sarratea en el gobierno y los subsidios de armas, municiones y dinero a que se refería la Convención del Pilar. Por lo que a Balcarce hacía, Ramírez le intimó que abandonase la Provincia, diciéndole en su nota de fecha 7 de marzo: “Ud. envuelve a su patria en sangre, con una indiscreción admirable. Su autoridad… no será respetada por este ejército, campaña y provincias federales, que reconocen como gobernador legítimo al señor don Manuel de Sarratea”.
Balcarce tuvo que huir acompañado de algunos de sus parciales; y el general Alvear, a quien Sarratea había ofrecido el gobierno como queda dicho, quiso aprovechar para obtenerlo del momento de acefalía en que se encontraba la Provincia. Con este objeto promovió por medio de su aliado y amigo don José Miguel Carrera un cabildo abierto en la plaza de la Victoria. Este se verificó el día 12 de marzo, y la intentona tuvo éxito en el primer momento. Pero al saber que se había entrado en la plaza el soberbio dictador de 1815, el pueblo y la tropa se amotinaron, y Alvear tuvo que ocultarse para salvar su vida, ya que no su reputación que comprometía con ligereza imperdonable. El pueblo representó enérgicamente al Cabildo y éste diputó una comisión cerca de Sarratea para que reasumiese el mando de la Provincia.
Pero este mando era nominal ante la influencia militar de Soler, quien obligó al gobernador a que pusiese bajo sus inmediatas órdenes, y en su carácter de comandante general de armas, todas las tropas y recursos militares que había en la ciudad. Para conjurar este peligro, Sarratea se propuso destruir la influencia de Soler, explotando las ambiciones impacientes de Alvear, que era el más aparente aunque no el menos temible para él. Al efecto puso en juego su habilidad y sus amigos para hacerle entender a Alvear que quería confiarle las tropas y recursos de la Provincia, pero que el único obstáculo que se oponía a ello era Soler, quien iba a apoderarse del Gobierno; que si Alvear ideaba algún medio para salvar esta dificultad, el gobernador lo dejaría hacer en guarda de los intereses generales y de las promesas que tenía empeñadas con él y que serían cumplidas oportunamente. La ligereza de Alvear tenía con esto mucho más de lo que necesitaba para obrar incontinenti. Al punto hizo ver a Carrera, y en la noche del 25 de marzo se dirigió a un cuartel donde le esperaba un grupo de jefes y oficiales que a todas partes lo acompañaban, y Carrera con sus adictos. De ahí desprendió una comisión, la cual aprehendió a Soler en el mismo despacho del gobernador. Este fingía ceder a la fuerza, y los conspiradores elevaban entre tanto una representación para que el general Alvear fuese reconocido comandante de armas.
Este golpe teatral puso en ebullición al pueblo y a los cívicos, quienes acudieron con sus armas a la plaza de la Victoria para resistir al “nuevo Catalina” como le llamaban al general Alvear. El Cabildo, -único poder que quedaba en pie en medio de estas evoluciones de las facciones tumultuarias, las cuales se sucedían como escenas de un drama de magia que para ser atrayentes habían de cambiarse con rapidez asombrosa; y que debía su estabilidad a la firmeza con que consideraba las aspiraciones populares- satisfizo esta vez también la voluntad del vecindario, dirigiéndole al gobernador un oficio conminatorio (8) para que hiciese salir inmediatamente al general Alvear del territorio de la Provincia. Pero el caso era que los partidarios de Alvear querían ir más allá de lo convenido. Creyéndose fuertes con algunas compañías sublevadas que se les incorporaron, se reunieron en la plaza del Retiro, y proclamaron al general Alvear gobernador de la Provincia. Sarratea, alarmado con estas noticias, se atrincheró en la plaza de la Victoria, y no tuvo más remedio que hacer poner en libertad al general Soler, escusándose lo mejor que pudo. Alvear, viendo que la plaza se resistía, y que su posición venía a ser insostenible, se retiró por la ribera hacia el norte, cuando las partidas de cívicos lo escopeteaban muy de cerca. (9)
Libre de esta asechanza, que no era de las más graves, el gobernador Sarratea expidió algunos decretos de sensación sobre libertades públicas, y ordenó que se abriera el proceso de alta traición contra el Directorio y el Congreso derrocados; dando a estas medidas una publicidad y una importancia calculadas para congraciarse con la opinión pública, que le era decididamente hostil desde que se divulgaron los artículos secretos de la Convención del Pilar; y se supo que Sarratea había entregado a Ramírez y a López el doble del armamento y municiones que en ella se estipulaba, privando al pueblo de recursos que nunca le eran más indispensables (10).
Entre tanto, la Junta de Representantes creada por el bando del 12 de febrero, que nombró a Sarratea gobernador interino con los doce electores de la ciudad únicamente, pues que las armas federales ocupaban la campaña, se había reunido en minoría el 4 de marzo, y acordado lo conveniente para la renovación de los poderes públicos de la Provincia; fundando por medio de disposiciones trascendentales el sistema representativo federal en Buenos Aires, sobre cuya base debía modelarse al correr de los años el gobierno federo-nacional argentino. Disponía la Junta que se eligiese en toda la Provincia doce diputados por la ciudad y otros tantos por la campaña; y que se observase en esta elección las mismas formas que habían servido para la de la Junta primera; esto es, que cada ciudadano hábil votase por sólo tres candidatos, y entregase su voto cerrado y firmado ante las juntas receptoras de las localidades. Una vez constituidos los nuevos diputados, procederían a nombrar el que debía representar a Buenos Aires en el Congreso federal de San Lorenzo, con arreglo al tratado de Pilar; a elegir otro gobernador y hacer elegir otro Cabildo; a arreglar la deuda, y cualquier diferencia con las provincias hermanas.
En consecuencia de estas disposiciones, el gobernador Sarratea expidió un bando en el que convocaba al pueblo a alecciones para el día 20 de abril. El resultado que dieron éstas el día 27, en que tuvieron lugar, no pudo ser más desastroso para el gobernador. A la sombra de las divisiones locales, el partido directorial-unitario pudo componer la Junta de Representantes e integrar el Cabildo con sus hombres principales; de manera que el gobernador, aislado de Alvear y de Carrera, a quienes contenía por el momento el general Soler con su ejército en Luján; quebrado con este general a consecuencia de los últimos sucesos, y en conflicto con los dos poderes principales de la Provincia, quedó completamente sin apoyo en la opinión. Inútiles fueron sus esfuerzos para invalidar la elección de algunos de los Representantes que habían pertenecido al partido directorial. (11) El Cabildo se mostró inconmovible. La Junta se reunió por su parte el 1º de mayo, y su primer paso, después de su instalación solemne, fue el de exigir a Sarratea su renuncia. Sarratea no tuvo más que dejar su cargo a don Ildefonso Ramos Mexía, a quien la Junta nombró gobernador interino, despachando inmediatamente una comisión cerca del general Soler, con el encargo de comunicarle que él habría sido nombrado gobernador si su presencia no fuera indispensable al frente del ejército, en circunstancias en que López y Carrera se preparaban a invadir nuevamente a Buenos Aires.
Soler, a su calidad de jefe de partido, reunía en esos momentos la ventaja de estar al frente de un ejército cuyos jefes y oficiales le pertenecían por completo; así es que la Junta creyó contemporizar con él, haciéndole esperar que sería gobernador en propiedad. El peligro que apuntaba la Junta era cierto. Ramírez se había retirado de Buenos Aires para Entre Ríos, donde Artigas, el protector oriental, llamaba las milicias para seguir la guerra con los portugueses que lo habían desalojado de la provincia de Montevideo. Pero detrás de Ramírez quedaba López, y junto a éste Carrera, y lo que era más doloroso, Alvear, el patricio de la Asamblea de 1813, oscureciendo sus glorias en esas tristes correrías.
Pero como la Junta extendiese su autoridad más allá de lo que se supuso el general Soler, éste agitó a sus amigos; y después de renunciar el comando que ejercía, se retiró a recuperar el gobierno que creyó obtener cuando se depuso a Sarratea. El 16 de junio los jefes y oficiales de su ejército representaron al Cabildo de Luján que era voluntad de la campaña y de las tropas el que se reconociera al general Soler como gobernador y capitán general de la Provincia; y que esperaban que dicho Cabildo lo reconociese como tal, para evitar de esta manera los males que sobrevendrían. El Cabildo de Luján reconoció a Soler en tal carácter, y Soler despachó una comisión encargada de presentar el oficio del Cabildo y la representación del ejército a la Junta de Representantes de Buenos Aires, para que lo hiciese obedecer en toda la Provincia (12). La Junta no tuvo más que someterse a la intimación de Soler. El gobernador Ramos Mexía presentó su renuncia; y la Junta, sin pronunciarse acerca de ella, le ordenó que depositase el bastón de mando en el Cabildo, a quien pidió al mismo tiempo que hiciese saber al general Soler que podía entrar en la ciudad sin resistencia, después de todo lo cual se disolvió.(13)
Esto tenía lugar el 20 de junio, día de los tres gobernadores en Buenos Aires, el Cabildo, Ramos Mexía y Soler; el 23 prestó juramento este último, el 24 dejó el mando militar de la ciudad al coronel Dorrego, que acababa de llegar del destierro, y se trasladó a Luján, ordenando que se le incorporasen todos los oficiales sin destino, y lo que era tremendo, todos los diputados del Congreso últimamente disuelto, desde su instalación en Tucumán, so pena de proceder contra sus personas y bienes, aplicándoles las penas más severas.(14)
Inmediatamente de llegar a su cuartel general en Luján, Soler se movió con su ejército sobre el del general López que marchaba sobre Buenos Aires, en unión con los generales Alvear y Carrera. Ambos ejércitos se encontraron el 28 en la Cañada de la Cruz; y a pesar de la pericia militar de Soler, las tropas de López alcanzaron un triunfo sobre las de él, que se dispersaron o cayeron prisioneras, con excepción de una columna de infantería al mando del coronel Pagola, quien repasando el norte, se dirigió con ella a la ciudad de Buenos Aires. Soler se limitó a comunicarle al Cabildo la noticia de este desastre, y dándolo todo por perdido, se embarcó para la Colonia.
Entre tanto el coronel Dorrego dictaba enérgicas medidas para defender la ciudad de Buenos Aires, y salía a la cabeza de algunas fuerzas a contener los dispersos de Soler. Simultáneamente, el general Alvear se trasladaba a Luján, impartía órdenes para que acudiesen allí representantes del norte de la campaña, y se hacía elegir gobernador de la Provincia el día 1º de julio. (15) El general López, deseoso de asegurarse en Buenos Aires una ayuda contra Ramírez, entró en negociaciones con el Cabildo. Y el coronel Pagola se entró en la capital con la columna salvada de la Cañada de la Cruz, se posesionó del Fuerte, se atrincheró en la plaza principal, se hizo proclamar comandante general de armas, y amenazando al vecindario con medidas violentas, declaró traidores a los que entrasen en transacciones con López. Así se sucedían las escenas de magia política en esos días de transición y de borrasca.
En vista de la actitud de Pagola que imposibilitaba todo arreglo, López adelantó sus tropas sobre la ciudad; y como al propio tiempo Alvear y Carrera se hacían fuertes en el norte, el Cabildo y Dorrego, creyéndolos de acuerdo con aquél, se vieron precisados a hacer por otras vías y con otros recursos, la guerra que Pagola quería sostener por sí solo y a todo trance.
Desesperado de traer al buen camino a Pagola, en cuyo pecho ardía un patriotismo rudo, y una soberbia inaudita de los méritos que había adquirido en los ejércitos de la Independencia, Dorrego, que era el alma de la situación, se puso al frente de algunas fuerzas de la ciudad, y de las milicias de campaña reunidas por el general Martín Rodríguez y por el hacendado Juan Manuel de Rosas. Dorrego se apoderó de la plaza y estrechó a Pagola en el Fuerte.
Repuesto el Cabildo, cuyos miembros se habían ocultado para escapar a las furias de Pagola, convocó a los doce Representantes que el pueblo designó el 2 de julio, de acuerdo con lo que se había estipulado con López, sobre la base de una suspensión de hostilidades; y éstos eligieron el día 4 al coronel Dorrego gobernador provisorio, hasta que se reuniese la representación de toda la Provincia.
Texto original del Tratado del Pilar
Artículo 1° – Protestan las partes contratantes que el voto de la Nación, y muy particularmente el de las Provincias de su mando, respecto al sistema de govierno que debe regirlas se ha pronunciado a favor de la confederación que de hecho admiten. Pero que debiendo declararse por Diputados nombrados por la libre elección de los Pueblos, se someten a sus deliberaciones. A este fin elegido que sea por cada Provincia popularmente su respectivo representante, deberán los tres reunirse en el Convento de San Lorenzo de la Provincia de Santa Fe a los sesenta días contados desde la ratificación de esta convención. Y como están persuadidos que todas las Provincias de la Nación aspiran a la organización de un gobierno central, se comprometen cada uno de por sí de dichas partes contratantes, a invitarlas y suplicarles concurran con sus respectivos Diputados para que acuerden quanto pudiere convenirles y convenga al bien general.
Artículo 2° – Allanados como han sido todos los obstáculos que entorpecían la amistad y buena armonía entre las Provincias de Buenos Ayres, Entre Ríos y Santa Fe en una guerra cruel y sangrienta por la ambición y la criminalidad de los muchos hombres que habían usurpado el mando de la Nación, o burlado las instrucciones de los Pueblos que representaban en Congreso, cesaran las divisiones beligerantes de Santa fe y Entre Ríos a sus respectivas Provincias.
Artículo 3° – Los Gobernadores de Santa fe y Entre Ríos por sí y a nombre de sus provincias, recuerdan a la heroica Provincia de Buenos Aires cuna de la libertad de la Nación, el estado difícil y peligroso a que se ven reducidos aquellos Pueblos hermanos por la invasión con que lo amenaza una Potencia extrangera que con respetables fuerzas oprime la Provincia aliada de la Banda Oriental. Dexan a la reflexión de unos ciudadanos tan interesados en la independencia y felicidad nacional el calcular los sacrificios que costará a los de aquellas provincias atacadas el resistir un Exercito imponente, careciendo de recursos, y aguardan de su generosidad y patriotismo auxilios proporcionados a lo arduo de la empresa, ciertos de alcanzar quanto quepa en la esfera de lo posible.
Artículo 4° – En los Ríos de Uruguay y Parana navegarán unicamente los Buques de las Provincias amigas, cuyas costas sean bañadas por dichos Rios. El Comercio continuará en los términos que hasta aquí, reservandose a la decisión de los Diputados en congreso cualesquiera reforma que sobre el particular solicitaren las partes contratantes.
Artículo 5° – Podrán bolver a sus respectivas Provincias aquellos individuos que por diferencia de opiniones políticas hayan pasado a la de Buenos Aires, o de esta a aquellas, aun quando hubieren tomado armas y peleado en contra de sus compatriotas: serán repuestos al goze de sus propiedades en el estado en que se encontraren y se hechará un velo a todo lo pasado.
Artículo 6° – El deslinde de territorio entre las Provincias se remitirá, en caso de dudas a la resolución del Congreso general de Diputados.
Artículo 7° – La deposición de la antecedente administración ha sido la obra de la voluntad general por la repetición de desmanes con que comprometía la libertad de la Nación con otros excesos de una magnitud enorme. Ella debe responder en juicio público ante el Tribunal que al efecto se nombre; esta medida es muy particularmente del interes de los Xefes del Exercito Federal que quieren justificarse de los motivos poderosos que les impelieron a declarar la guerra contra Buenos Aires en Noviembre del año proximo pasado y conseguir en la libertad de esta Provincia a la de las demas unidas.
Artículo 8° – Será libre el comercio de Armas y municiones de guerra de todas clases en las Provincias federadas.
Artículo 9° – Los prisioneros de guerra de una y otra parte serán puestos en libertad después de ratificada esta convención para que se restituyan a sus respectivos Exercitos o Provincias.
Artículo 10° – Aunque las Partes contratantes están convencidas de que todos los artículos arriba expresados son conformes con los sentimientos y deseos del Exmo. Sr. Capitán General de la Banda Oriental Don José Artigas según lo ha expresado el Sr. Gobernador de Entre Rios que dice hallarse con instrucciones privadas de dicho Sr. Excmo. para este caso no teniendo suficientes poderes en forma, se ha acordado remitirle copia de esta nota, para que siendo de su agrado, entable desde luego las relaciones que puedan convenir a los intereses de la Provincia de su mando, cuya incorporación a las demas federadas, se miraría como un dichoso acontecimiento.
Artículo 11° – A las quarenta y ocho oras de ratificados estos tratados por la Junta de Electores dara principio a su retirada el Exercito federal hasta pasar el Arroyo del Medio. Pero atendiendo al estado de debastación a que ha quedado reducida la Provincia de Buenos Ayres por el continuo paso de diferentes Tropas, verificará dicha retirada por divisiones de doscientos hombres para que así sean mejores atendidas de viveres y cabalgaduras, y para que los vecinos experimenten menos grabamen. Queriendo que los Sres. Generales no encuentren inconvenientes ni escases en su transito para si o sus tropas, el Señor Gobernador de Buenos Ayres nombrará un Individuo que con este objeto les acompañe hasta la linea divisoria.
Artículo 12° – En el término de dos días o antes si fuese posible será ratificada esta prevención por la muy Honorable Junta de Representantes.
(Fdo.) MANUEL DE SARRATEA – ESTANISLAO LOPEZ – FRANCISCO RAMIREZ.
La Junta de Representantes Electores aprueba y ratifica el precedente tratado. Buenos Aires, a las dos de la tarde del día veinte y quatro de febrero de mil ochocientos veinte años.
(Fdo.) Thomas Manuel de Anchorena; Juan J. C. de Anchorena; Vicente López; Antonio José de Escalada; Manuel Luis de Oliden; Victorio García de Zuñiga; Sebastián Lezica; Manuel Obligado.
Por tanto, y en conformidad de lo acordado por la misma Junta, se publicará por bando con la solemnidad conveniente, iluminándose generalmente con tal plausible motivo las calles de esta Ciudad por tres sucesivas noches, que principiaran por la del presente día, y cantandose en acción de gracias al Todo Poderoso en solemne Te Deum el Domingo 27 del corriente, en la Santa Iglesia Catedral, con asistencia de las Corporaciones de la Provincia. Buenos Aires, Febrero 24 de 1820.
(Fdo.) Hilario de la Quintana – Por mandato de S. S. José R. Basavilbaso.
(DOCUMENTOS RELATIVOS A LOS COMPROMISOS SECRETOS DEL TRATADO DEL PILAR: Orden del Gobernador Sarratea para que el Comandante de la Sala de Armas entregue ochocientos fusiles y ochocientos sables, sin especificar destino.)
Buenos Ayres, Marzo 4 de 1820.
Tomandose razon de esta orden en el Estado Mayor Gral., y demas donde corresponde para su devida constancia y fines consiguientes, entreguense por el Comandante de la Sala de Armas al Ciudadano D. Francisco Martinez ochocientos fusiles de buena calidad y servicio, y de cuya inversión se me dará cuenta en oportunidad directamente por el expresado D. Francisco Martinez.
(Fdo.) MANUEL DE SARRATEA
(1) Parte el general Balcarce, desde su cuartel general en San Nicolás, y documentos correlativos publicados en La Gaceta del 7 y 8 de febrero.
(2) “Yo era muy joven entonces, fogoso y exaltado en mi patriotismo”, dice el general Lucio Norberto Mansilla, refiriéndose a este día, en la “Memoria póstuma”. “Un número considerable de jefes de mayor graduación que la mía, me designó para ir al cabildo abierto a pedir, a nombre de los que me habían elegido y de muchos otros jefes y oficiales residentes en la capital, que se nos diera un fusil para defender la patria amenazada por la insolente intimación de los caudillos vencedores en Cepeda. Me presenté arrogante en la sala capitular, pero esa corporación, sobrecogida, dominada por el terror, estaba decidida a ceder a todo; y se irritó ante mi pedido, más aún, trató de prenderme, clasificando de anárquico el acto más noble de un jefe patriota. Salvé de ser preso; y recordando que había tenido relaciones íntimas en Chile con la familia de Carrera, monté a caballo en busca del ejército vencedor, con el fin de evitar, si me era posible, su entrada en la ciudad. Más afuera del Pilar encontré a Carrera, López y Ramírez que se disponían a marchar al puente de Márquez a tratar con el general Soler, que al mando de una fuerza de la capital, los había invitado a un arreglo, etc., etc., etc….”
(3) Oficio del Cabildo, de 8 de febrero de 1820.
(4) Exposición del general Pueyrredón (21 de julio de 1817), y Memoria del mismo, después de haberse retirado del mando supremo (9 de agosto de 1819).
(5) Memoria póstuma del general Mansilla.
(6) “…Me encontraba en el campo de los jefes del ejército federal – dice el general Mansilla en su Memoria póstuma- cuando se presentaron allí don Manuel de Sarratea y don Pedro Capdevila, con poderes de la ciudad para arreglar el célebre tratado del Pilar, en cuyas conferencias me dieron participación de un modo extrajudicial. Ramírez, especialmente, simpatizó conmigo, concediéndome mayor confianza en sus juicios personales, muy distintos de los de López y Carrera: éstos se pertenecían a sí mismos, no así Ramírez, que era subalterno de Artigas, sin más categoría que la de comandante del arroyo de la China.
Ahora bien, en el tratado público y secreto que yo conocía, se estipulaba: 1º, que Artigas ratificaría ese tratado, por lo que hacía a la provincia Oriental, principalmente; 2º, que había de suspender sus hostilidades contra las fuerzas brasileras que ocupaban la Banda Oriental; 3º, que Buenos Aires entregaría a Ramírez una cantidad de dinero, armamento completo para mil soldados y su oficialidad. En un momento de expansión y confianza con Ramírez, le dije que juzgaba que Artigas no ratificaría el tratado, reservando la idea de que tampoco le daría un solo peso ni una tercerola. Ramírez me contestó que “si Artigas no aceptaba lo hecho, lo pelearían”; y que si era de mi agrado, me invitaba a la pelea. Eludí la respuesta, y me retiré a la ciudad. Conversé acerca de esto con el gobernador Sarratea; y le manifesté la idea e acompañar a Ramírez con el fin de trabajar por el tratado, haciendo lo que conviniera según como el caso se presentase. Sarratea aceptó, y me dio una licencia temporal…”
(7) Actas del Cabildo de Buenos Aires. Ver también Gaceta del 10 de marzo de 1820, donde se insertan los documentos correlativos.
(8) Oficio del Exmo. Cabildo, de fecha 26 de marzo a las 7 de la mañana, inserto en los “Documentos que manifiestan los pasos del Gobierno y Exmo. Cabildo en los días de la jornada del Catalina americano Alvear” del 26 al 28 de marzo de 1820. (9 páginas, Imprenta de la Independencia).
(9) Además de los documentos oficiales, se han tenido presentes los datos que, acerca de estos sucesos, arroja la Memoria póstuma del general Mansilla. Ramírez, al tener conocimiento de la conjuración de Alvear, le pidió a Mansilla que bajase a la ciudad, e hiciese salir a todos los jefes y oficiales entrerrianos que en ésta se encontraban, a fin de que no se le atribuyera la más mínima participación en el movimiento. Con este motivo, Mansilla tuvo ocasión de ver por sí mismo los sucesos, desde la reunión del Retiro hasta el momento en que Alvear fue a guarecerse en el campamento de Carrera, para seguir después a Santa Fe.
(10) Tan sentida se hizo con este motivo la falta de armas, que el mismo gobernador no pudo menos de expedir el bando de 28 de marzo en el cual ordenaba que se presentase cada ciudadano con sus armas, “siendo constante que el erario de la provincia se halla completamente exhausto”; y el bando de 10 de abril en el cual imponía una multa de 25 pesos por cada fusil y de 12 pesos por cada sable que se encontrara en poder de particulares que los hubieren comprado o retenido “asignándose la tercera parte de la multa al que delate cualquiera ocultación”. (Hojas sueltas en la colección de Adolfo Saldías).
(11) Estos antecedentes se encuentran en el manifiesto que publicó con ese motivo el doctor don Tomás M. de Anchorena, y en la contestación de Sarratea de 6 de mayo de 1820.
(12) Oficio del general Soler al Exmo. Cabildo, del 9 de junio, y Contestación de esta corporación, de 20 de junio (en la colección de Adolfo Saldías).
(13) Bando del Cabildo del 20 de junio – El general Soler al Exmo. Ayuntamiento de 21 de junio, y la Contestación de este Exmo. señor, de 22 de junio – Oficio del señor general Soler al Exmo. Cabildo, fechado en San José de Flores, a 22 de junio – Bando del Exmo. Cabildo, Justicia y Regimiento, de 23 de junio de 1820 (en la colección de Adolfo Saldías).
(14) Los miembros del ilustre Congreso de Tucumán se encontraban presos en Buenos Aires desde que el mismo general Soler intimó de acuerdo con Ramírez la disolución de ese cuerpo. Una de las primeras medidas del gobernador Ramos Mexía había sido la de consultar a la Junta acerca del deber en que estaba el gobierno de permitirles que se retiraran a sus casas “guardando en ellas el arresto que sufren en el punto en que se encuentran; o hacer éste extensivo a la ciudad, hasta la conclusión de su causa, y en atención a la avanzada edad, achacosa salud y consideraciones que se merecen por la alta representación pública que han obtenido y que exigen del gobierno una conducta más franca”.
(15) En La Gaceta del 5 de julio de 1820, está inserta el acta de instalación de esta asamblea, “a virtud de convocatoria hecha por el señor general del ejército federal, don Estanislao López”; el de la elección recaída en el general Alvear y demás documentos conexos.
Levene, Ricardo – La Anarquía del año 20 – Buenos Aires (1954)
Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – Ed. El Ateneo, Buenos Aires (1951)