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Timestamp: 2018-05-27 16:29:33
Document Index: 261368573

Matched Legal Cases: ['artículo 1', 'artículo 4', 'artículo 6', 'artículo 4', 'artículo 5', 'artículo 3', 'artículo 1', 'artículo 8', 'artículo 9']

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I. ABOLICION DE SEÑORIOS Y REGULACION DE LA PROPIEDAD
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Ana Belén Jiménez Salas
1 nea, en el haber de estas casas figuran por activa o por pasiva créditos más que suficientes para hacerlas merecedoras de ser historiadas. Y es que, ya no sólo su interés para la historia de Galicia no cede ni un ápice frente a etapas históricas anteriores debido a la forma en que se van a resolver los problemas de las propiedades señorial y foral respectivamente, sino que además su estudio se presenta por esa misma causa indispensable para una mejor comprensión de la instauración y consolidación del ordenamiento burgués liberal en el ámbito del conjunto del Estado. I. ABOLICION DE SEÑORIOS Y REGULACION DE LA PROPIEDAD I.1. AboGción de señoríos Una de las teorías dominantes en la historiografía española de las últimas décadas es que la falta de una verdadera hegemonía del proyecto burgués habría hecho que la construcción del nuevo régimen tuviera lugar por la vía de la revolución transaccionada y controlada desde arriba sobre la base y condición del respeto a los derechos señoriales adquiridos sobre la tierra4. Los términos en los que tuvo lugar la abolición del régimen señorial han sido así repetidamente presentados como la mejor de las manifestaciones del presunto "pacto" que entonces habrían subscrito nobleza y burguesía. En tales circunstancias, la disposición de esta íiltima para "arrancar hasta la última raíz del feudalismo sin dañar para nada el tronco de la propiedad" la habría incluso llevado, a"crear" según García Ormaechea, una distinción "artificial" y"forzada" entre los componentes jurisdiccional y territorial del señorío, pues si había algún rasgo que según el mencio- 4"En España la liquidación del Antiguo Régimen se efectuó mediante una alianza entre la burguesía liberal y la aristocracia latifundista, con la propia monarquía como árbitro, sin que hubiese un proceso paralelo de revolución campesina": Fontana, J., 1973, Cambio económico y actitudes políticas en la España del siglo XIX, Barcelona, p Cfr., Kossok, M., 1985, "EI ciclo de las Revoluciones españolas en el siglo XIX...", en Gil Novales, A., La Revolución Burguesa en España, Madrid, p
2 nado autor caracterizara al feudalismo ese era precisamente el de los derechos sobre la tierra que reportaba la autoridad jurisdiccionals. Por consiguiente, habría sido la propia modalidad moderada y conciliadora de la abolición la gran responsable de la continuidad que se produjo en el sector nobiliario entre propiedad feudal y propiedad liberal, así como de las no menos notables "supervivencias feudales" que se habrían mantenido a su amparo. A1 margen de que las teorías del pacto y de la revolución desde arriba están siendo cuestionadas en la actualidad desde diversos puntos de vista6, hay que decir que los estudios que se han venido realizando sobre los diferentes territorios regionales, y más concretamente sobre el ámbito valenciano, desmienten la imagen de total continuidad que se ha querido dar con afirmaciones tales como la en su día hecha por García de Ormaechea al sentenciar que: "la propiedad territorial subsistió y subsiste como estaba mil años antes"^. Por su parte, la trayectoria gallega de la propiedad, sin negar en absoluto la moderación indudable que revistió el proceso abolicionista en su doble vertiente legislativa y judicial -como tendremos ocasión de constatar-, viene a matizar el alcance de la misma, y además por partida doble: en primer lugar, porque pone de manifiesto que la moderación de la obra liberal no es la única ni tan siquiera la primera de las circunstancias responsables de las continuidades que aquí sí se dieron; y en segundo lugar, porque dichas continuidades no son en absoluto meras supervivencias feudales, como se ha querido ver en el caso del foro. Su integración en la sociedad gallega salida del orden liberal, de hecho, no puede seguir viéndose como una anómala peculiaridad - en tanto que presunto anacronismo feudal-, producto sin más de la exacerbada moderación que en este país habría impuesto la necesidad de salvar a la hidalguía "intermediaria" de la ruina a 5 García Ormaechea, R., 1932, Supervivencias feudales en España..., Madrid, pp Ruiz Torres, P., 1994, "Del Antiguo al Nuevo Régimen: carácter de la transformación", Antiguo Régimen y Liberalismo. Homenaje a Miguel Artola. 1. Visiones generales, Madrid, pp. 181 y ss. ^ Ibidem, p ' 232
3 la que se vería lanzada con la desaparición de la relación foral. Pero no será hasta el capítulo siguiente cuando demos cuenta de los atractivos del foro en el nuevo orden. Por el momento nos limitaremos a constatar, además de la moderación innegable del proceso abolicionista, cómo ésta y sus resultados fueron en realidad consecuencia directa de la propia evolución experimentada en la Edad Moderna por el régimen señorial de parte de los territorios de la Península, entre ellos el gallego aun cuando aquí los señores no hubieran logrado consolidar la plena propiedadg. Por el artículo 1 de la ley de 6 de agosto de 1811 quedaba abolido el régimen de jurisdicciones privadas, asumidas en lo sucesivo por la nación como única y suprema soberana; y por el artículo 4 se declaraba la igualdad de todos los españoles ante la ley en su condición de ciudadanos. De acuerdo con ello quedaban suprimidas todas las relaciones vasalláticas y prestaciones consiguientes, pero entendiendo por éstas sólo aquellas que debieran su "origen a título jurisdiccional". Los tratos y convenios celebrados en su momento entre "señores y vasallos" en razón de "aprovechamientos, arriendos, censos y otros de esta especie" pasan a considerarse por el artículo 6 como "contrato de particular a particular", y por tanto del tipo de los procedeng El retroceso de la jurisdicción en la Edad Moderna ante la concreción de un tipo de propiedad privada tuvo su máximo desarrollo en Castilla y Andalucía, donde lo acabado del proceso llevó a cierta historiografía a sostener sin más la separación efectiva entre propiedad y jurisdicción dentro del régimen señorial. Aunque esa no era precisamente la realidad de estos señoríos en sus orígenes, como muy bien supo ver pomínguez Ortiz desde un plan- [eamiento diacrónico más adecuado al tratamiento del problema, lo que en este momento nos interesa resaltar es, como también ha reconocido el propio Domínguez Ortiz, que el sefior a finales del Antiguo Régimen tendía a considerarse ante todo como propietario. Y es que, como muy bien ha visto Martínez Shaw (1980, "Sobre el feudalismo tardío en España...", EN TEORIA, 4) en relación a las respuestas emitidas en el Catastro de Ensenada, el personal encargado de sistematizarlas habría elegido: "una fórmula de clasificación que se ajustaba a la situación económica y social de la época y no una mera división arbitraria y convencional", por lo que "hemos de conceder que la distinción sostenida entre la renta de la tierra y la "fiscalidad" señorial y eclesiástica se apoyaba tanto en la realidad material como en la visión que los contemporáneos se formaban de esa realidad". 233
4 tes del uso "del sagrado derecho de la propiedad" que el artículo 4 mantenía en vigor. El artículo 5 establece de hecho que todo "señorío territorial" quedaba desde entonces en la clase de los demás derechos de "propiedad particular" si no eran "de aquellos que por su naturaleza" debieran "incorporarse a la nación", o de los que no hubieran cumplido con las condiciones de cesión, lo que a su vez resultaría "de los títulos de adquisición". De esa forma, los viejos derechos señoriales que tuviesen en ese momento una "fundamentación territorial", o similai, que admitiese una justificación en razón de un "aprovechamiento" podrían ser asimilados a títulos de propiedad privada con tal de que en lo sucesivo las condiciones de su explotación y posesión se adecuasen a las específicas de una dinámica de orden burgués. En resumen, la abolición de los señoríos se afrontó con un ánimo de orden más político-social que económico. No se hizo concesión alguna a la reforma del régimen y distribución de la propiedad que desde la centuria anterior venían reclamando de forma creciente los pueblos. Lejos de plantearse en términos de la racionalidad económica que el nuevo sistema capitalista exigía, se limitó a los dictados de una discusión jurídico-legalista en torno a la propiedad; lo que suponía decidir la viabilidad de las posesiones de procedencia señorial dentro del nuevo orden en los términos de "legitimidad" que al respecto establecía el propio régimen señorial abolido. Se podría, así, decir que desde el punto de vista del dominio temtorial la abolición se realizó conforme a criterios más propios del Antiguo Régimen en su etapa reformista, sobre todo si tenemos en cuenta que la incorporación era la única excepción que la legislación contemplaba a la confirmación universal que en ellas se hizo de la propiedad señorial sobre la tierra9. 9 La única excepción que contempla la ley es para aquellos señoríos que por su "naturaleza" o por su trayectoria fueran de los incorporables; es decŭ, aquellos señoríos que dentro de la legalidad señorial no eran legítimos por haber sido obtenidos en períodos especialmente convulsos en los que la corona no había tenido auténtica libertad de decisión, o por no haber cumplido con alguna de las cláusulas de disfrute. Visto de esa forma, esa excepción inicial resulta finalmente no serlo en absoluto ya que en ningún momento se abolen los derechos de propiedad y explotación; simplemente revierten a la nación, que seguirá ejerciendo aquellos que conforme a la nueva legalidad pudieran ser asimilados a la propiedad. 234
5 La intención de la legislación abolicionista, como afirma Pla y Cancela, no fue en ningún momento "destruir preventivamente el derecho de posesión constituyendo a los poseedores en demandantes"t^; y así, aunque el art. 5 remite a los títulos de adquisición como prueba determinante final, lejos de cuestionarse de forma preventiva la supuesta territorialidad del señorío, a lo que en realidad se estaba aludiendo era a la posibilidad de su "incorporación" a la nación. De hecho, en ninguno de sus artículos se reguló el procedimiento y los trámites legales y judiciales a seguir. Habría que esperar al Trienio Liberal para que fuese posible cierta radicalización en esa dirección al contemplar la ley de 1823 ya de forma explícita la posibilidad de que el señorío territorial fuera cuestionado en esa condición por los pueblos, y al obligar a los señores jurisdiccionales a presentar los títulos de adquisición de sus dominios territoriales, regulando ya además el proceso judicial a seguir. No es casual, pues, que diversos autores de la época coincidan en dar entonces la voz de alarma, tal y como hizo M. Amadori: "Todos los poseedores que vivían tranquilos a la sombra protectora de la ley de 6 de agosto de 1811 han empezado a estremecerse. EI porvenir sombrío de su imaginación sobresaltada, les presenta, les produce en ellos una desasosegada incertidumbre"tt La presunta radicalidad de esa ley, no obstante, hay que interpretarla en sus justos términos, es decir, sin tampoco perder de vista que la obligación de presentar los títulos no dejaba de ser una "concesión" dentro del planteamiento moderado establecido en Cádiz. En ningún momento se plantea sin más la abolición incondicionada del solariego, optando por el contrario por la vieja estrategia del desdoblamiento de los componentes del señorío con toda la intencionalidad que Ilevaba implícita. Las precauciones que esta ley tomó para defender los intereses territo pla y Cancela, B., 1857, Examen de las leyes de abolición de señorios..., A Coruña, p. 36. tt Amadori, M., 1821, Memoria sobre [os señoríos territoriales y solariegos, Madrid, p
6 toriales de los viejos sectores privilegiados frente a la contestación de los pueblos, y el no establecimiento de un plazo compulsivo dentro del cual los que habían sido señores jurisdiccionales tendrían que presentar sus títulos, no hace más que corroborarlo. Ese tipo de mecanismos de seguro se acentúa todavía más en la que sería la ley definitiva de abolición de señoríos, de 4 de febrero de Es cierto que en su art. 1 ya se establece la obligatoriedad de todos los señores de presentar sus títulos en un plazo de dos meses; pero también es verdad que la universaiidad de tal declaración queda desvirtuada en su casi totalidad con la serie de excepciones que la ley recoge en el articulado posterior, poniendo con ello de manifiesto cuán engañosa era la presunción contraria a los señores que parecía desprenderse de aquel primer artículo. Tiene especial interés en ese sentido el artículo 3, pues en él la excepción es llevada a su mú^ima expresión al establecer que quedarían exentos de la obligación impuesta en el artículo 1 los casos en los que se "presumiese" que se trataba de una propiedad "particular" aunque el titular de las posesiones en cuestión hubiera ejercido sobre ellas la jurisdicción señorial. De acuerdo con ello, en caso de duda o de contradicción por parte de los pueblos interesados, la prueba a presentar por el titular en su defensa no tendría que ser el título de adquisición. Con una concesión como esa no cabe duda alguna que la presunción contraria a los señores que anunciaba la ley se vuelve en realidad en su favor, sobre todo si tenemos en cuenta que por el artículo cuarto quedan también exentos de tal obligación aquellos señoríos que hubieran sufrido algún juicio de reversión con sentencia favorable al señor. A pesar de que lo que aquí se debatía tenía muy poco que ver con los términos de unos juicios de reversión, que lo único que pretendían era corregir los vicios de la institución desde la propia legalidad señorial, dominios territoriales como los procedentes del linaje de los Ulloa, por poner un ejemplo, no podrían ser cuestionados en lo sucesivo por los pueblos por el mero hecho de haber sido devueltos a la casa titular en el correspondiente juicio de reversión abierto a Monterrei a comienzos de ese siglo. El pleito suscitado por las parroquias de Iñás, Dexo y Serantes contra la casa de Alba, para entonces ya titular de los domi- 236
7 nios de Andrade, es un ejemplo muy ilustrativo de esa realidad y de la forma en que se concretó la abolición en Galicia1z. Sus vecinos, antiguos "vasallos" de la casa de Andrade por el estado de Miraflores, continuaban pagando a la altura de 1855, en que estalló el conflicto, una renta proporcional a la cosecha conocida como "terrazgo", que ahora contestan por considerarla procedente del señorío jurisdiccional y como tal "del tipo de las abolidas"13. Con ese motivo, el 9 de julio de ese año, amparándose en el no cuplimiento de la obligación establecida por la ley de137 de presentar todos los señores jurisdiccionales sus títulos de adquisición en el plazo de dos meses (art. 5 ), los vecinos de Iñás incoaron pleito proponiendo una demanda de incorporación y suspensión del pago de la renta tal y como contemplaba la ley para tales casos14. Estimado oportuno por el juez de primera instancia, el 15 de septiembre se dictó auto de secuestro del estado de Miraflores pues, aunque finalmente resultó que Alba había cumplido con ese requisito según auto de 17 de febrero de 1838, se demos- ^2 Caja 11A, MPL. 13 Debemos aclarar, en ese sentido, que estos pueblos contaban con la coartada que les ofrecía, además del ejercicio del señorío por parte de sus titulares, el hecho de que entre las prestaciones específicamente abolidas por su nombre en el art. 8 de la ley de 1823 figurase el "terratge". Sin embargo, y ésto es algo que va a determinar de forma decisiva el resultado final de este pleito, en ese mismo artículo se condiciona su abolición a aquellos casos en los que el señor no probara que la carga en cuestión, en este caso el terrazgo, procedía en su origen de un contrato o que le pertenecía por dominio puramente alodial. Y por otra parte, mientras en su párrafo final todavía se limitaba la acepción de la figura del "contrato primitivo", al señalar que qo se entendía por tal "las concordias con que dichas prestaciones se hayan subrogado en lugar de otras feudales anteriores de la misma ó de distinta naturaleza", la que sería ley definitiva de abolición de 26 de agosto de 1837 en su art. 12, sin hacerse eco de un condicionante de tan trascedental importancia para los pueblos como era ése, se limitó a declarar que el citado art. 8 de la ley del 23 en lo referente a la prestación del "terratge" no comprendía "la pensión o renta convenida por contratos particulares y sus arrendatarios ó colonos". 14 El art. 5 de la ley de 26 de agosto de 1837, después de fijar en dos meses el plazo improrrogable para que los señores presentaran los títulos de adquisición, establecía que "si no cumplieren con la presentación en este término, se procederá al secuestro de dichos predios, proponiendo en seguida la parte fiscal la correspondiente demanda de incorporación". 237
8 tró que el proceso para su consecución había sido vicioso: además de presentarse los documentos fuera de plazo, de que entre ellos no figuraba ninguno relativo a la adquisición de sus derechos sobre la tierra y de que ninguno de los presentados eran originales15, el juez se había limitado a emitir el auto correspondiente sin provocar el juicio instructivo que fijaba el art. 7 lb. El recurso de apelación interpuesto por Alba en la Real Audiencia y remitido al Tribunal Supremo por auto de 18 de octubre sería, finalmente, desestimado por una sentencia de 9 de mayo c^nfirmatoria del auto de secuestro. En su defensa, los duques de Alba alegan la imposibilidad de presentar otros documentos por causa de los incendios de Pontedeume en 1607 y del palacio de Liria en Pero lo cierto es que el propio origen de ese dominio, As Mariñas dos Freires, no lo aconsejaba. As Mariñas dos Condes habían sido donadas por Enrique II a Martín Sánchez das Mariñas por los servicios de él recibidos17. Pero en el caso de As Mariñas dos Freires, todo parece indicar que su incoporación a esa casa responde al más puro y simple uso de la fuerza18. Puestas así las cosas, y sin poder ls "Correspondiente á la Administración general de Miraflores. Testimonio del auto de 17 Set. en que se declara del dominio particular, y no de señorio jurisdiccional las rentas". Caja )M (1), MPL. 16 "La presentación de los títulos de adquisición se verificará en los Juzgados de primera instancia, que deben conocer del juicio instructivo, de que trata el art. 4 de la ley de 1823", el cual por su parte estable ŭía que dicho juicio se había de hacer con audiencia de los promotores y ministros fiscales y de los pueblos, además de los señores. ^^ Véase, Vaamonde Lores, "GÓmez Pérez das Mariñas y sus descendientes", BRAG, XLVI, p ls Después de que la Orden de los Templarios fuera extinguida por Bula de Clemente V, pasando sus bienes a la Orden de Jerusalén y a la Monarquía, la resistencia de los del Burgo de A Coruña daría ocasión a que los caballeros que lucharon contra ellos en nombre del rey se apropiaran por esa vía de parte de los bienes. Entre ellos, desde luego, los Andrade según lo que se puede deducir de los versos del "Agnus Dei", y muy posiblemente también los Mariñas, pues con este linaje compartían los Andrade estos dominios a comienzos del siglo XIV ya antes de que tuvieran lugar las mercedes enriqueñas. Así Salazar y Castro señala en su obra, Origen de las Dignidades de Castilla y León, al referirse a la destrucción de la orden del Temple que de sus despojos "se enriquecieron otras órdenes y muchos caballeros". Véase también, Murguía, M., 1981 (1 edición 1888), Galicia, Barcelona, pp
9 acreditar con testimonios de la época, como establecía la ley, que tales incendios hubiesen afectado a la documentación en cuestión, Alba hubo entonces de basar su defensa en la excepción que el art. 4 de la ley del 37 contemplaba para los dominios que por su origen fueran de "propiedad particular" itamaña excepción ésta, que ponía al alcance de los viejos señores el beneficio del paso del tiempo y de la evolución consiguiente de las instituciones! Y puesto que en casos de origen incierto y obscuro como el que estamos tratando, nada ni nadie podía impedir a sus titulares defender tal presunción, no es difícil imaginar que la universalidad de la obligación de presentar los títulos de adquisición estipulada por el art. 1 resultara ser a efectos prácticos papel mojado. Una vez más habrían de ser los pueblos quienes tendrían que promover los procesos de abolición y demostrar, cosa harto difícil, el origen jurisdiccional de los derechos que contestaban si querían verse liberados de tales cargas. Haciendo uso de la reserva de "juicio plenario de propiedad" que el Tribunal Supremo le había concedido, la casa de Alba aprovechó la oportunidad para poner una "demanda posesoria" y provocar el juicio instructivo que estipulaba la ley de137 para la presentación de los títulos de adquisición aun cuando, como aducían los vecinos en la impugnación que interpusieron, no se estaba en el caso de entrar en tal demanda pues el demandante carecía ya de los términos hábiles necesarios para provocarla y la acción en la que se apoyaba no le autorizaba a resucitar una acción que ya estaba muerta. Pese a todo, la demanda de Alba siguió adelante y por auto de 10 de enero de 1857 se le recibió la información con la que intentaba le fuese reconocida la condición de "propiedad particular" de las tierras sujetas al "terrazgo", y con ello su origen independiente del señorío jurisdiccional que sobre ellas había gozado. Dos son los documentos decisivos de los que se hizo uso con tal fin: un apeo de y una Información de la renta jurisdiccional y dominio territorial de esos estados de En ambos, las declaraciones de los vasallos se anticipan a la estrategia de la separabilidad de los componentes del señorío arbitrada por la legislación abolicionista al no mencionar el terrazgo en la relación de los servicios vasalláticos, y al afirmar que lo pagaban en 239
10 reconocimiento del dominio directo que Andrade tenía sobre los bienes de los que eran llevadores y que reconocían ser "propios" de su señor. Si a ello añadimos que el legalismo por el que se había optado en esa legislación no permitía entrar en mayores profundades, como sería el cuestionar cuál era el origen real de ese dominio directo que el señor se adjudicaba, y cuál era el valor que podía darse al testimonio de unas personas que, en cuanto vasallos, se verían coaccionados en sus declaraciones, ambas pruebas tenían necesariamente que ser totnadas como decisivas por parte de la justicia, que falló así en favor de Alba el 27 de junio de 1857 dando por probado no sólo el dominio territorial sino también la propiedad particular sobre dichas tierras al contar con el testimonio -considerado ya como definitivo- de las escrituras de foro otorgadas en La sentencia fue apelada por los pueblos por vía de recurso de casación, pero el Tribunal Supremo la confirmó a principios de Con tal motivo, el célebre jurista gallego, B. Pla y Cancela, denunció la "proclividad" de que en este caso había dado muestras la justicia: además de no haber hecho cumplir el dictado de la ley en materia de presentación de títulos, se había procedido de manera caprichosa al admitir como válida la separación de los componentes del señorío, cuando ocurre que en los títulos bajomedievales aparecían confundidos. Pero lo cierto es que el modo de proceder de la justicia en este pleito, en parte, no es más que la reiteración de la estrategia y términos en los que se venía planteando la abolición desde el inicio de la revolución. La problemática abierta con la ley de 1823 al estableclecer la obligatoriedad de la presentación de los títulos y una presunción favorable a los pueblos se había solucionado a favor de los señores en la ley de Además de las limitaciones que la propia legislación -la ley del 23 y sobre todo la del 37- estableció para la abolición de la prestación del "terratge" (véase nota 13), la jurisprudencia estaba también en este caso de parte de Alba pues por la sentencia del T.S. de 5 de julio de 1851 se estableció que, no desvaneciendo la presunción legal contraria a los señores la sola presentación del título de adquisición en que se concediera a la vez el señorío territorial y jurisdiccional por cuanto no constaba si la prestación traía su origen en el uso legítimo del primero o en el abuso del segundo, la celebración posterior de un contrato "libre" que fuera origen inmediato y legítimo de la prestación sí podría acreditarlo. Véase, Pla y Cancela, B., op. cit., p
11 mediante un sistema de excepciones que acabaron por desvirtuar lo que en principio parecía ser el dictado de la ley. Fue el conjunto de las reservas legales que la ley abolicionista aseguró desde el comienzo a los titulares de propiedades de origen señorial lo que facilitó sentencias como ésta. Contaron para ello, efectivamente, también con el beneficio de unos tribunales que eran el más claro ejemplo de continuismo con el pasado y de contemporarización con los viejos sectores privilegiados. Pero insistimos, sin que éstos hubieran tenido que que hacer un gran esfuerzo a la hora de interpretar y ejecutar la ley ignorando lo que pudiera haber sido una presunción real en favor de los pueblos, que repetimos no existía en la letra del texto legislativo. Y es que, ya en segundo lugar, no se puede en modo alguno olvidar que aunque ambas ventajas, legislativa y judicial, desempeñaron un papel clave en el triunfo de los intereses de la nobleza sobre la tierra en el proceso abolicionista, no fueron en modo alguno suficientes. Tanto o más determinante al respecto fue la propia evolución experimentada por el señorío de estas casas en la primera Edad Moderna, factor éste en el que prácticamente no se había reparado hasta ahora. Fue en realidad el nivel de territorialización, de patrimonialización y de contractualización para entonces alcanzado por las relaciones de explotación generadas en el marco de estos señoríos lo que puso a Alba en situación óptima para aplicar la estrategia jurídico-legalista arbitrada en España en materia de abolición de señoríos, permitiendo que incluso en aquellas zonas de un dominio más precario y de mayor contestación social, como los procedentes de los Biedma, se impusiera el derecho superior del directo, como tendremos ocasión de ver en los dos próximos apartados. I.2. Institucionalización de la propiedad dividida La configuración jurídica de los dominios territoriales a finales del Antiguo Régimen, y con ello nos referimos al nivel de derechos que su titular tenía a la hora de disponer o explotar los mismos, es otro de los factores a tener en cuenta. El señorío gallego había salvado con éxito la prueba de la abolición de los señoríos, pero con ésta no se agotaba el problema de la conformación de la propiedad 241
12 burguesa. La propia modalidad jurídico-legalista de la abolición, y la filosofía e intencionalidad que la animaban, planteaban en sí mismas graves problemas a la institucionalización general de la propiedad "plena". Los viejos derechos eran legitimados en su nueva condición de propiedad burguesa con la sola condición de adaptarse a la dinámica de esa propiedad. Pero entonces, ^qué debía suceder con derechos compartidos como las cesiones enfiteúticas o forales? La legislación gaditana no se planteó el problema; se limitó a reconocer el derecho de propiedad de todo dominio supuestamente territorial. Foro y enfiteusis parecían entrar de lleno en el criterio de territorialidad y aprovechamiento establecidos, y de hecho la ley de 1823, al aclarar los silencios y las ambigiiedades de su antecesora, confirmó la categoría de "propiedad" a los derechos del directo y del úti120. Ahora bien, el problema de la artificiosidad que suponía la existencia, dentro de un ordenamiento liberal, de unos derechos de "propiedad compartida" que además mantenían su jerarquía origina121 seguía ahí. La consolidación de estos derechos por la vía de la redención podía ser una solución. Pero una medida de este tipo iba en contra de los intereses del forista, y ya vimos en materia de abolición de señoríos que no había una auténtica voluntad de fomentar los intereses de los pueblos. De hecho, si en un intento de hacerse con el apoyo del campesinado22 la propia ley del 23 admitía la 20 El artículo 8., en el que se enumeran la serie de prestaciones "que cesarán para siempre donde subsistan" por su origen y naturaleza vasallática, exceptúa una vez más al foro: "Lo que queda prevenido, no se entiende con respecto á los cánones ó pensiones anuales que según los contratos existentes se pagan por los foros y subforos de dominio particular, ni á los que se satisfagan con arreglo á los mismos contratos por reconocimiento del dominio directo ó por laudemio en las enfiteusis puramente alodiales". 21 No sólo el directo mantiene su condición de dominio superior, sino que además los derechos de propiedad del útil eran reconocidos al forero inmediato al directo con motivo de la posibilidad de redención abierta para las enfiteusis desamortizadas. Véase, Clavero, B., "Enfiteusis, ^Qué hay en un nombre?", en ANUARIO DE HISTOIA DEL DERECHO ESPAÑOL, LVI. 22 Sobre la ambigiiedad de la política del Trienio, véase, Gil Novales, A., 1985, "Las contradicciones de la Revolución Burguesa española", en La Revolución Burguesa en España, Madrid; Torrás, J., 1976, Liberalismo y Rebeldía campesina, , Barcelona. 242
13 "posibilidad" de acceder a la redención (artículo 9 ), lo cierto es que únicamente la contempló a título privado por un acuerdo particular entre las partes, y en cualquier caso en el marco de lo regulado por la ley de redención de censos de 1805 ^ue otorgaba muy pocas facilidades a los posibles redimentes23. El paso siguiente se daría en 1837, pero ya para consagrar la figura jurídica de la propiedad dividida y jerarquizada al reconocer la ley de abolición de señoríos de ese año el derecho de propiedad a ambos dominios sin plantear el tema de la redención, y al quedar ya abiertamente eliminada esa posibilidad por la ley desamortización coetánea, cerrándose así a largo plazo la posibilidad que la instauración del liberalismo podía haber traído al campesinado gallego para consolidar sus derechos sobre la tierra como propiedad plena. No existió, por lo tanto, una voluntad racionalizadora de las estructuras que, aun reconociendo los derechos del forista, intentase una vía intermedia a partir de una ley general de redención que agilizase la conformación de la propiedad plena, como sí se hizo en Alemania24. La sanción dada al dominio directo, de hecho, no tenía como objeto sólo la defensa de los derechos de los foristas en un intento de evitar su "despojo", sino que además pretendía mantenener tales derechos vigentes y efectivos como instrumento de detracción de la renta aun cuando estuvieran en contradicción con el perfil de la propiedad burguesa25. El boicot z3 B. Clavero, op. cit. 24 En Alemania ya desde 1832 se arbitró una ley de redención (Ablbsungsgesetz), todavía voluntaria, pero que contaba incluso con un sistema de financiación ("LanderKreditkasse") que proporcionaba al campesinado el capital que necesitaba para consolidar sus derechos a bajo interés. Y en 1848 se aprobó la segunda y definitiva ley de redención con la que se abolía la organización feudal de la explotación de la tierra: tenencias hereditarias, "Grundzisen", etc. Véase, Morier, C.B., 1976, The Agrarian Legislation of Prussia during the present Century, Londres. 25 En 1888, en la víspera de la crisis finisecular, E. Vicenti (1888, La propiedad foral en Galicia, A Coruña) vaticinaba "que es de tal naturaleza y de tal índole la cuestión de los foros, se ventilan problemas tan graves e intereses tan opuestos, que jamás se llegará a la unanimidad de pareceres". Y en ese mismo sentido también insistía Jove y Bravo (1883, Los Foros. Estudio histórico, doctrina y bibliografía y crítica de [os Foros en Galicia y Asturias, 243^
14 a la redención se mantendría, así, en la segunda mitad del siglo XIX una vez que se iniciaron las primeras campañas políticas en favor de la misma, logrando obstaculizar de forma efectiva hasta 1926 la aprobación de una ley general de redención. A la disolución de la gran propiedad foral en Galicia seguiría prácticamente sin solución de continuidad la pequeña propiedad del campesinado parcelario al lograr hacerse éste de forma generalizada con el dominio directo de la tierra que trabajaba; pero ese fue, en realidad, un proceso de desarrollo muy tardío que sólo se haría realidad en el primer tercio del siglo XX. De todo ello daremos cuenta en el capítulo siguiente. I.3. Contestación social A efectos legales, por lo hasta ahora visto, la implantación del régimen liberal parece haber afectado a los intereses de la nobleza gallega sólo en el mínimo imprescindible: los cambios quedaron también en Galicia prácticamente reducidos a la adaptación de los derechos señoriales de propiedad sobre la tierra a la nueva forma y relaciones de propiedad, y aun así de la forma laxa y flexible de que da testimonio la institucionalización de la propiedad dividida. Ahora bien, antes de extraer conclusiones en firme hay que contar también con la resistencia que esa forma de saldar la instauración del nuevo ordenamiento pudo generar en esta sociedad teniendo en cuenta el origen último de estos dominios y la conflictividad generada en el siglo XVIII. No en vano, junto con el País Valenciano, el Reino de Galicia aparecía en la Representación que la Diputación de la Grandeza elevó a Fernando VII el 21 de diciembre de 1815 como el otro gran foco de desorden, convulsión y funesto ejemplo a raíz, precisamente, de la actuación protagonizada por sus pueblos con motivo de la abolición de los señoríos26. Madrid): "Consagré en el Parlamento los esfuerzos juveniles, y después los frutos de la experiencia (...) a la defensa de la redención de los foros, consiguiendo fijar la atención del legislador, pero no llegando a la meta, (...), no se si por deficiencia de mis medios, o si por tener en el Congreso mayor representación el señorío que el colono". 26 Exp. 3588, sección Consejos, AHN. 244
15 Una interpretación excesivamente "amplia" por parte de los pueblos de la que había sido la primera ley de abolición de señoríos, así como unas justicias desde entonces de nombramiento popular, decían ser los arriba firmantes los factores causantes de tal estado de convulsión social. La nobleza, denunciaba el conde de Altamira en su propia y particular Representación, no sólo había perdido la jurisdicción señorial; se la había privado también de rentas y derechos legítimamente adquiridos de manos de la realeza bien como honores compensatorios de los "más señalados servicios" bien por la vía de la adquisición remunerada, pues si el decreto de 6 de agosto de 1811 había dado ocasión a los pueblos a que negasen todo cuanto le correspondía, la monarquía por su parte no había podido encontrar modo alguno de obligarlos a cumplir con sus obligaciones territoriales ahora que la justicia estaba en sus manos "y (que) nunca llegaba el caso de nombrarse jueces de letras en infinidad de Partidos" mientras "las Audiencias ó toleraban, ó consultaban á las Cortes y éstas con la Regencia se complacían en ver que el famoso Decreto iba recibiendo toda la ejecucion"27. Con esos precedentes no tiene nada de extraño, pues, que una vez restablecida la Monarquía Absoluta, la reintegración de la justicia a manos de la nobleza fuera motivo de repetidas súplicas dirigidas a SM en nombre del "orden social tan fuertemente atacado en sus bases", y ello a pesar de la insistencia con la que en la historiografía tradicional se habla de la escasa o nula resistencia despertada por la abolición de la jurisdicción señorial ante su costoso mantenimiento y escaso rendimiento28. Los "desgra- Z^ "...los jueces de los Pueblos no son ya las personas aptas, puras, e idóneas que los señores buscaban y pagaban, sino las tumultuarias y turbulentas que los capataces de los Pueblos buscan para ála sombra de ellos viv ŭ sin leyes ni sugecion...": Representación elevada por el marqués de Astorga conde de Altamŭa e117 de junio de AHN, sección Consejos, Exp $. 2g "Si la clase nobiliaria sufrió efectivamente en sus intereses y en su fuerza en el siglo XIX, poco se debió a la abolición señorial, régimen éste herido ya por la política ilustrada de los Borbones; hay que atribuirlo, en esencia, a otras causas...". Desde posicionamientos como ese de S. de Moxó (1966, op. cit., p. 153), se Ilegaría a planteamientos más abiertos y explícitos en el sentido arriba aludido: "no se resistiría mucho a desprenderse del privilegio", dice J. Millán (1984, op. cit., p. 297); y P. Saavedra que "si 245
16 ciados efectos de la preponderancia popular", al haber incluso "comprometido el sagrado derecho de la propiedad", así lo imponían29. Sin embargo, es un hecho historiográficamente admitido que, pese a toda la "interpretación amplia" de los pueblos, la jurisprudencia lograría mantener la aplicación de la legislación abolicionista dentro de esos u otros más "estrechos límites"30, salvo excepciones como el País Valeiieiario, dande el movimiert^ contestatario del campesinado contaba adetnás con la relación de fuerzas sociales necesaria para imponer por la vía de los hechos una interpretación radical ausente en el texto legislativo31. ^Qué sucedió en Galicia, el otro foco potencial de radical exterminaentre los rentistas su abolición, tal y como se efectuó, no planteó mayores resistencias, es porque consideraban que la mayoría de las prestaciones que satisfacía el campesinado iban a quedar en vigor" (1990, op. cit., p. 24). z9 "...se ha de servir mandar (SM) de una manera irrebocable que subsista y se lleve a devido efecto el Real Decreto de quince de Setiembre volviendo las jurisdiciones y facultad de nombrar jueces a los que antes las tenían" para así poder "estirpar de raiz los perniciosos principios que dirigen á los excitadores del desorden...": Representación de 30 de Abril de 1816 arriba citada. 3o Existe prácticamente una total unanimidad en torno a la valoración de la actuación de la justicia en esta materia: todos los autores hablan de una jurisprudencia "conservadora" dictada desde las más altas instancias del Tribunal Supremo (Clavero, B., 1982, op. cit., p. 125; Blesa Cuñat, A., 1974, "Aportación al estudio de los pleitos de señorío posteriores al decreto de 1811", I Congreso de Historia del país Valenciá, vol. IV p. 251), e incluso "crecientemente" moderada o"regresiva" (Robledo, Hernández, R., 1984, La renta de la tierra en Castilla la Vieja y León: , Madrid, p. 38). Algunos autores llegan incluso a responsabilizar a la jurisprudencia de la moderación que revistió el proceso abolicionista en España, caso por ejemplo de García Ormaechea (1932, Supervivencias feudales en España..., Madrid, p. 32), que la acusa de desnaturalizar el principio legal de la ley del 37 al establecer normas que hicieron empensable su aplicación. Por nuestra parte, aunque no pretendemos minimizar el papel de la jurisprudencia en este proceso, somos más de la opinión sostenida por S. de Moxó (1966, op. cit., p. 170) de que la jurisprudencia en realidad "completó (...) la solución abolicionista en la directriz propugnada por la ley de 1837". 31 Véase, Torrás, J., 1976, Liberalismo y rebe[día campesina, , Barcelona; Blesa Cuñat, A., op. cit.; Ruiz Torres, P., op. cit.; Aguado, A.M., 1986, La propiedad campesina y transformaciones burguesas, Sueea. 246
17 ción de los exponentes territoriales del señorío a juzgar por los cuadros de las Representaciones de la Grandeza? ^Hubo aquí también una contestación "generalizada" y pertinaz, ya no contra la jurisdicción que la ley desterraba, sino también contra el señorío solariego que en Galicia revestía la forma de directo dominio foral? Y en caso de haber sido así, ^contó con los apoyos sociales necesarios para salvar los obstáculos legislativos y judiciales que el nuevo sistema les oponía? Pese a que el estudio de la conflictividad abolicionista resulta de vital importancia para el esclarecimiento y la comprensión de la trayectoria de la Galicia Contemporánea, este tema ha sido hasta el presente una de las eternas asignaturas pendientes de la investigación histórica en nuestro país. Aunque se hizo alguna aproximación al tema32 se continuó hasta la actualidad sin disponer de una información precisa, bien sea de ámbito comarcal bien sea de conjunto, que permitiera extraer conclusiones en firme con la apoyatura empírica debida sobre el grado real que alcanzó la conflictividad en Galicia, su carácter y alcance; un estudio, en definitiva, que fuera más allá de la alusión a los casos de siempre conocidos o a la obviedad histórica de que en la provincia de Ourense sí se registraron índices de notable conflictividad33 Por lo que respecta al estudio que aquí podemos realizar, no ignoramos que por su ámbito limitado, tanto en el espacio físico como en el social, sus conclusiones no son susceptibles en modo alguno de generalización. Pero, por lo de pronto, un enfoque de este tipo, basado en el estudio de un conjunto patrimonial concreto, es una manera asequible de empezar de una vez por todas a alcanzar datos precisos sobre el tema, empíricamente contras- 3z Villares, R., 1988, "Els foros de Galicia. Uns quants problemes i comparacións", ESTUDIS D'HISTORIA AGRARIA Esta tendencia parece haberse roto con las investigaciones que se han emprendido en los últimos años y que empiezan a dar sus frutos. Véase: Baz Vicente, M. J., 1992, "La conflictividad abolicionista en los estados de Andrade: el pleito de Iñás, Dexo y Serantes" ANUARIO BRIGANTINO, 15. Velasco, C. F., 1992, "Conflictividad social agraria en la Galicia del siglo XIX", II Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea; y 1995, Agitación campesinas na Galicia do Século XIX, Santiago. 247
18 tados, y sopesados en el marco de unas unidades físicas con una misma entidad histórica y social como lo son los estados de Lemos, Andrade, Monterrei. Por otra parte, la posibilidad que nos ofrece este conjunto patrimonial de abarcar ámbitos física e históricamente variados de la realidad gallega, hace todavía más recomendable y atractivo este estudio por las posibilidades de contrastación que ofrece. La situación que durante el proceso revolucionario vivieron los dominios de Monterrei, y más concretamentc los o:-iginarios de Biedma, hace en principio bastante justicia al cuadro general pintado en las Representaciones de la Grandeza a juzgar por los datos que se vierten en la correspondencia sostenida entre el administrador general de Monterrei y el presidente del Consejo de Hacienda o la Comisión de Estados Secuestrados. En la misiva de 27 de agosto de 1814 se informaba desde Monterrei que efectivamente "casi en todas partes los colonos remitieron (en) las pagas" en muchos distritos de ese estado34. Las turbulencias del año 1808, la invasión y la guerra acaecidas habían embarazado de forma notable el curso de las cobranzas por la pobreza generalizada. Es más, según aquella misiva,la "extraordinaria miseria del año 1811" "habría sido por si sola bastante para entorpecerlas". Pero a esas circuntancias se sumaron otras que el administrador no duda en calificar de "más eficaces". La "general persuasión del pueblo" de que por el decreto de 6 de agosto se habían extinguido todas las rentas es una de ellas: la "siniestra interpretación" que generalmente se daba al decreto de abolición era según el administrador la causa de la "resistencia que se experimenta en la mayor parte de estos distritos a pagar cualquier género de rentas...". La segunda de aquellas circunstancias era en su opinión, como en las quejas de la Grandeza, el nuevo orden establecido en materia de justicia y autoridades civiles locales: al fijarse la autoridad en los alcaldes constitucionales, "que ordinariamente eran ignorantes de estas materias y tal vez interesados esencialmente contra las reclamaciones que pudiesen hacerse", y al no disponer más que de unos "distritos muy limitados, y los más sin escribanos ni otras circunstancias de las que constituyen el aparato y el apoyo de los juzgados", las recaudaciones eran casi del todo 3a Caja 1097, Hacienda, AHPOR. 248
19 imposibles ya que tampoco había manera de apremiar a los vecinos al cumplimiento de las obligaciones contractuales que tenían contraídas con la casa35. Si además se tiene en cuenta que, según la misiva de 8 de mayo de 1814, esos alcaldes: "en general no tienen ni la voluntad ni el zelo de administrar justicia en esta materia", y no sólo eso sino también que "ni aún cuando quisieran podrían hacerlo, porque no son bastante obedecidos"36, no resulta extraño entonces que en jurisdicciones de gran tradición conflictiva, como Orrios y A Gudiña, no se adelantase nada en el cobro de los atrasos adeudados. Por último, el hecho de que la autoridad judicial pasara a manos de los alcaldes creaba la dificultad añadida de la falta de unidad de acción -tan imprescindible en el caso de patrimonios tan dispersos y amplios çomo éstospor la pluralidad de distritos judiciales en los que había que actuar37: no sólo se encarecía el proceso judicial, sinó que además se obstaculizaba hasta extremo la posibilidad de alcanzar un resultado favorable de forma general. Con la restauración de la Monarquía las dificultades aminoraron para los señores, aunque no se puede decir que desaparecieran. Como ya preveía el administrador en su misiva de 27 de agosto de 1814, "el antiguo orden de cosas facilitará el curso de esos negocios, si bien con lentitud porque son grandes los atrasos"; además, la 3s Carta de 27 de agosto de 1814, Caja 1097, Hacienda, AHPOR. A un caso de abierta no colaboración de las autoridades locales parecen referirse las quejas que el administrador general de Monterrei vertía en su misiva de 20 de octubre de 1814 sobre el corregidor de Orcellón, ya que según el testimonio del quevo mayordomo los escribanos se habían opuesto por encargo de aquel a diversas tareas rutinarias en la administración de estos dominios, tales como el franqueo del testimonio de los precios, y en esta ocasión además al cumplimiento de los requisitos previos a la toma de posesión de todo nuevo mayordomo: la escrituración de las fianzas, y la posesión y entrega de los libros contadores. De hecho, en la carta de 14 de mayo de 1815 se informa sobre el cese de dicho corregidor. Caja , Hacienda, AHPOR. 36 ^ja 1097, Hacienda, AI-IPOR. 37 En la misiva de 8 de junio de 1815 el administrador general informaba que, precisamente por la siniestra interpretación que se dio al decreto de abolición y por el empeño "muy general en estas Provincias" de substraerse al pago de la renta foral, se había tenido que emprender "infinidad de pleitos". Caja 1097, Hacienda, AHPOR. 249
20 jurisdicción nunca fue devuelta a los señores: la Real Cédula de 15 de septiembre de 1814 únicamente les reintegró aquellos derechos procedentes del solariego que les habían sido negados por la vía de la fuerza38. Con todo, hay que reconocer que la inercia de la monarquía fernandina actuaba en dirección opuesta a la del régimen constitucional, y así la no obligación de presentar los títulos originales por parte de los señores habría de tener necesariamente mayores consecuencias en su marco. De hecho, gran parte de las quejas dirigidas por los pueblos de la provincia cie Ourense a SM tienen como objeto la denuncia de la persistencia de derechos de origen jurisdiccional, así como la solicitud de que se obligase a los señores a presentar los títulos y de que se tomasen las medidas necesarias para evitar que pudiesen eludir ese trámite39 La documentación del secuestro deja ver que, efectivamente, ese tipo de actuaciones existieron. Los "derechos personales" de las jurisdicciones de la tierra de A Limia, por ejemplo, continuaron en vigor a pesar de la negativa de los pueblos: ante la consulta del administrador general, la orden de Madrid fue la de que se siguiera exigiendo su cobro; y cuando el juez que conocía en este litigio falló en favor de los vecinos por parecerle que tenían "notorio" origen en el señarío jurisdiccional, el asesor que Hacienda envió a Monterrei con motivo de esa resolución opuso que, si ciertamente el jurisdiccional estaba abolido, esos derechos personales podían muy bien haber nacido de un señorío territorial, y que ante la duda debía observarse la posesión y obligarse a los pueblos a su pago mientras no acreditasen por su propia cuenta la excepción que proponíanao 3s La Real Resolución ordenaba que los "llamados señores jurisdiccionales quedasen reintegrados inmediatamente en la percepción de todas las rentas, frutos, emolumentos, prestaciones y derechos de su señorío territorial y solariego, y en la de todas las demás que hubicsen disfrutado antes del seis de agosto de mil ochocientos once y no trajesen notoriamente origen de la jurisdicción y privilegios exclusivos, sin obligarles para ello á la presentación de títulos originales". Exp. 3588/1558, fol., 19 y ss., Consejos, AHN. 39 Mormentelos, 29 de noviembre de 1814, Exp. 3588/8, Consejos, AHN; Sta Ma de Vilamaior, 16 de febrero de 1815, Exp. 2918/1239, Consejos, AHN; Coto de San Martiño de Peytes, 30 de octubre de 1815, Exp. 2918/1239, Consejos, AHN. ao Carta de 14 de diciembre de 1820, Caja 1097, Hacienda, AHPOR. 250