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Timestamp: 2018-02-25 04:28:56
Document Index: 87760256

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Daños dolosamente causados en la circulacion de vehiculos de motor. Polemica sobre su cobertura - PDF
Daños dolosamente causados en la circulacion de vehiculos de motor. Polemica sobre su cobertura
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María Nieves Piñeiro Rivas
1 Daños dolosamente causados en la circulacion de vehiculos de motor. Polemica sobre su cobertura Francisco Soto Nieto Doctor en Derecho. Ex Magistrado del Tribunal Supremo Una de las cuestiones más controvertidas en estos pasados años en la compleja materia de la circulación automovilística y del seguro obligatorio, eje cardinal sobre el que se ha construido y desarrollado la regulación jurídica de aquélla, particularmente en lo atinente a la responsabilidad civil emanante de un siniestro de tal índole, viene representado por el tratamiento a dispensar a los hechos de origen doloso causación intencionada de daños personales o materiales utilizando el vehículo como instrumento- en cuanto a la cobertura de sus efectos damnificadores. Contamos actualmente con la innovación introducida en el artículo 1.4 de la LRCSCVM, Ley 30/1995, de 8 de noviembre, por Ley 14/2000, de 29 de diciembre, y con la publicación del Reglamento de aquélla aprobado por R.D. 7/2001, de 12 de enero. Todo un intento del legislador por acabar con la incertidumbre suscitada por la ordenación hasta ahora vigente, cuyo real sentido en este orden venía siendo objeto de contradicción por doctrina y jurisprudencia. La redacción del Proyecto de Reglamento sobre la Responsabilidad Civil y Seguro en la Circulación de Vehículos a Motor ha sido laboriosa y de marcada lentitud. En su Preámbulo o Exposición se consignaba que se clarifica y precisa el contenido de la Ley sobre Responsabilidad Civil y Seguro en la Circulación de Vehículos a Motor. Entre ellas destaca, en desarrollo del artículo 19 de la Ley de Contrato de Seguro, la no inclusión del dolo en el ámbito material del seguro de suscripción obligatoria, ya que, cuando el vehículo es el instrumento del delito, falta..., los daños producidos no pueden considerarse hechos de la circulación. En el artículo 9.1, y tratando del ámbito material, se consignaba que el seguro de suscripción obligatoria comprende la cobertura de los daños a las personas y en los bienes causados a los perjudicados por hechos de la circulación, salvo que medie dolo del causante, sin perjuicio de las exclusiones recogidas en el artículo siguiente. Según el artículo 29.1, b), el asegurador del seguro de suscripción obligatoria, una vez efectuado el pago de la indemnización, podrá repetir contra el conductor, el propietario del vehículo causante y el asegurado, si los daños materiales y personales causados fueren debidos a la conducta dolosa de cualquiera de ellos, y tal circunstancia fuese conocida con posterioridad al pago de la indemnización por la aseguradora. El sentido de la programada norma, en sintonía con una nutrida postura doctrinal aireada en este período antecedente, obedecía a una idea a la que se daba decisiva acogida. La instrumentación de un vehículo de motor a fin de valerse del mismo para consumar un atentado contra la vida o integridad física de una persona o realizar unos daños materiales, desviando la máquina de su fin propio, no es un acaecer al que se preste atención por la relación de seguro. Su índole criminal, su alejamiento sobre toda aleatoriedad, le marginan del hecho de la circulación propio, presupuesto objetivo que condiciona la reglamentación legal, contemplado en su génesis, desarrollo y consecuencias. Puede que su adulteración por interferencia de un actuar malévolo se conozca con posterioridad a la intervención de amparo y asistencia por la compañía aseguradora. Para esa hipótesis se concebía una facultad repetitiva que compensase al asegurador de un desembolso que no le correspondía. Es manifiesto el repudio que la ordenación del seguro patentiza a la idea del dolo, desconociendo cualquier contribución por su parte allí donde la mala fe o la voluntad individual del agente se hacen presentes en el entramado obligacional del contrato o se desvelan contribuyentes a la producción de un daño. A tenor de los preceptos de que se hace mención del propuesto Reglamento, el asegurador, mediando dolo directo del asegurado reconocido en resolución judicial-, no se halla obligado al pago ante la reclamación de un tercero perjudicado. Con esta interpretación comentaba CAMACHO DE LOS RIOS- se resuelve la aparente contradicción entre el artículo 19 y el 76 de la L.C.S. y 9 y 29 del Proyecto de Reglamento: el derecho de repetición es el mecanismo que permite al asegurador resarcirse de un pago indebido no cubierto por la póliza- y se hace en respuesta del enriquecimiento injusto del asegurado (1). La redacción aprobada en el punto que nos ocupa por el Proyecto de Reglamento no encubría una modificación legal, como es obvio, sino que obedecía a un propósito de clarificación. Si las reglas de la Ley daban pie para lecturas diferentes en orden a su sentido real, el Reglamento trataba de precisar cuál debía ser la interpretación más acorde y racional entre las surgidas a la vista de la letra de la Ley 30/ PONENCIAS
2 Francisco Soto Nieto Siempre en conexión con los principios que presiden la institución del seguro de responsabilidad civil y su proyección en las distintas áreas de la actividad humana. Referido Proyecto reglamentario se trasladó al Consejo de Estado para dictamen. Se discurre en el mismo poder hallarse un amparo legal más o menos directo para el artículo 3 del Proyecto. Sin perjuicio de mencionar que el aseguramiento de los daños causados por delito doloso se dice- podrá constituir un contrato con causa ilícita y, por tanto, anulable con arreglo a los artículos 1275 y 1300 del C.C., hay que señalar que el artículo 1.1 de la Ley establece que el conductor de vehículos a motor es responsable, en virtud del riesgo creado por la conducción del mismo, de los daños causados a las personas o en los bienes con motivo de la circulación. Dos son los elementos que deben destacarse de este precepto: en primer lugar, el hecho de que la responsabilidad del conductor surge del riesgo creado por la conducción del vehículo ; y, en segundo lugar, que esa responsabilidad nace de los daños causados con motivo de la circulación. Pues bien, en los supuestos de producción de daños mediante la utilización de vehículos a motor como instrumento de la comisión de delitos dolosos contra las personas y los bienes, no puede hablarse de la creación de un simple riesgo no existe el aleas inherente a todo contrato de seguro-, ni puede hablarse en sentido estricto de producción del daño con ocasión de circulación del vehículo. El Consejo de Estado valoró positivamente la opción adoptada por el Proyecto desde el punto de vista de su oportunidad. Mas consideró que la sistemática utilizada quizá no fuese la más adecuada, y que podría generar en su día dificultades y divergencias interpretativas, máxime dada la ausencia de una base legal expresa para esta regulación. Por ello el Consejo entendió que era más conveniente regular la materia en la Ley, de forma clara y expresa, en lugar de dejar la delimitación de la cobertura del seguro obligatorio a una interpretación casuística de los preceptos reglamentarios que podría llevar a soluciones muy diversas, especialmente si se tiene en cuenta que toda la regulación gira en torno a una interpretación del concepto hecho de la circulación basada en criterios subjetivos. La Ley 14/2000, de 29 de diciembre, haciéndose eco del dictamen antecedente, ha modificado el apartado 4, del artículo 1, del Texto Refundido de la Ley sobre Responsabilidad Civil y Seguro en la Circulación de Vehículos a Motor, texto aprobado por Ley 30/1995, de 8 de noviembre. En el párrafo reformado se dice que Reglamentariamente se definirán los conceptos de vehículos a motor y hecho de la circulación a los efectos de la presente Ley. En todo caso no se considerarán hechos de la circulación los derivados de la utilización del vehículo a motor como instrumento de la comisión de delitos dolosos contra las personas y los bienes. Tras la consumación de la reforma legal y siguiendo sus pasos, se ha aprobado por R.D. 7/2001, de 12 de enero, el Reglamento sobre la Responsabilidad Civil y Seguro en la Circulación de Vehículos a Motor. El mismo, en su artículo 3.3, viene a reproducir la incorporada norma legal. Habiéndose modificado el artículo 1.4 de la Ley en los términos expuestos, el aprobado Reglamento de 12 de enero de 2001 ha sido simplificado en su texto, suprimiendo algunas de las menciones que el Proyecto contenía, elaborado en principio sin concebir una previa reelaboración de aquel precepto de ley. Queda claro que el concepto de hecho de la circulación no se suministra de unos simples datos objetivos tales como la puesta en marcha del vehículo y la iniciación de su dinámica rotatoria. El propósito que preside la actuación del agente nos confirma, efectivamente, la incorporación al tráfico de aquél conforme a los fines lícitos y de utilidad a que responde, o, por el contrario, su torcida utilización instrumental de cara a un objetivo tan perverso como ajeno a aquel designio de social aprobación. En este caso, presencia de delito común contra personas o bienes materiales, de dolosa originación, se impondrá un dictado descalificador, quedando la acción del conductor fuera de la sombra ordenadora de la LRCSCVM por inexistencia de un hecho de la circulación. A la vista de las objeciones que se venían formulando a la postrer postura jurisprudencial, -afirma MANZANARES- el cambio legal habría servido más para aclarar la normativa vigente que para innovarla. Por de pronto, los ganadores son el sentido común y la seguridad jurídica (2). La regulación legal retorna, en cierto modo, a la concepción prevalente en los inicios de la implantación del seguro obligatorio. El artículo 24, b), del Reglamento del Seguro Obligatorio, aprobado por Decreto 3787/1964, de 19 de noviembre, tras precisar que las obligaciones cuyo cumplimiento se asegura son las que nacen de todo hecho de la circulación que produzca daños a las personas o a los bienes, enumera determinadas excepciones, entre ellas, cuando el hecho sea constitutivo de delito o falta dolosos, no tipificado en la Ley de Uso y Circulación de Vehículos de Motor. Comentando antedicho precepto, BARREIRO un clásico en el tema del seguro obligatorio- escribía que los delitos comunes no son hechos de la circulación, aunque se utilice el vehículo para su comisión. El ámbito de la Ley expresado en su artículo 1, está directamente conectado con la circulación y fuera de este concepto finalista en orden al desplazamiento- el hecho cae fuera de la esfera de acción de la Ley. Por eso, en la responsabilidad civil, el daño ha de haber sido causado, según el artículo 39, con motivo de la circulación. La utilización de un vehículo de motor para la comisión de un hecho productor de daños dolosos, un asesinato, por ejemplo, queda fuera de la finalidad de la Ley. Otra cosa sucede cuando el daño se produce durante la circulación del vehículo, siquiera ésta sea consecuencia de un delito (de un robo cometido con el auxilio del automóvil, utilizado para huir por ejemplo), cosa que no impide que, caso de producirse un atropello en aquel momento, el daño devenga indemnizable. El delito o falta dolosos, tienen que estar constituidos por el hecho mismo productor del daño (3). Manifiesta resulta la causa ilícita justificante de la excardinación del supuesto del cono de proyección del seguro. La provocación desplegada aleja el hecho de toda nota de azarosidad o descuido (4). urante años tal fue el sentir generalizado de doctrina y jurisprudencia, partiendo de la ordenación contenida en la Ley 122/1962, de 24 de diciembre, y Reglamento de Lo que no varió con la aprobación del Texto Refundido PONENCIAS 84
3 Daños dolosamente causados en la circulacion de vehiculos de motor. Polemica sobre su cobertura de la Ley sobre Uso y Circulación de Vehículos de Motor, D. 632/1968, de 21 de marzo. El Texto Refundido aprobado por R.D. L. 1301/1986, de 28 de junio, y Reglamento aprobado por R.D. 2641/1986, de 30 de diciembre, mencionan el dolo en los artículos 7 a), del primero y 16 a), del segundo, facultando al asegurador para repetir contra el conductor, el propietario del vehículo causante y el asegurado, en el caso de que el daño fuese debido a la conducta dolosa de éstos. Ello se reitera en el artículo 7 a), de la Ley sobre Responsabilidad Civil y Seguro en la Circulación de Vehículos a Motor, recogida en la Disposición Adicional octava de la Ley 30/1995, de 8 de noviembre, sobre Ordenación y Supervisión de los Seguros Privados. A partir del Reglamento de 1986 las opiniones doctrinales se diversifican al no contar ya con la mención a que nos hemos referido del Reglamento de Una parte de los autores, prosiguiendo en la línea marcada por la Ley de 1962 y Reglamento de 1964, perseveran en el convencimiento de que el dolo no tiene cabida en el régimen del seguro obligatorio. El reconocimiento de la posibilidad de repetición tiene su explicación racional. Si la entidad aseguradora verificó un pago ignorante de la originación dolosa del siniestro automovilístico y con posterioridad se patentiza tal génesis dolosa o malintencionada, el asegurador dispone de un derecho de regreso contra el asegurado enriquecido injustamente a su costa merced a la versión fraudulenta de un actuar meramente negligente. Por el contrario, la omisión en el Reglamento de 1986 de una precisión excluyente, semejante a la contenida en el artículo 24 b), del Reglamento de 1964 y la mención del derecho de repetición incorporado al artículo 7 a), de la Ley, ha llevado a otro sector doctrinal a sostener que los hechos de origen doloso no dejan de tener albergue en la legislación del seguro obligatorio, con una cobertura más o menos provisional, sin perjuicio del derecho de repetición concebido a favor del asegurador para resarcirse, a cargo del conductor, el propietario o el asegurado, del desembolso efectuado en el caso de que el daño fuere debido a la conducta dolosa de cualquiera de ellos (5). Nunca nos pareció razonable deducir la existencia de un deber de cobertura de unos hechos dolosamente provocados de la circunstancia previsora de una facultad de repetición reconocida al asegurador. La explicación justificativa antes expuesta debe dejar al margen cualquier cábala forzada. No estamos ante una simple operación de socorro exenta de toda gravosidad para el asegurador. Un anticipo de fuerte monto dinerario es siempre desequilibrante y oneroso. Pero su mayor riesgo y relevancia provienen de la real o buscada insolvencia del asegurado. Recientemente BAILLO Y MORALES-ARCE, en muy completa y meditada monografía, ha insistido en las argumentaciones refrendadoras de esta tesis; pasamos a numerar en síntesis sus alegaciones más notables (6). 1ª) Partiendo del artículo 19 de la L.C.S. y apoyándose en el tenor literal del mismo, se niega que el seguro de responsabilidad civil obligatorio, de cualquier tipo que sea, pueda cubrir los siniestros causados dolosamente por el asegurado, sucediendo lo mismo en el ámbito del seguro de responsabilidad civil de carácter voluntario. Cualquier limitación o excepción a este principio común de ancestral aceptación merecería una explicitación y justificación por parte del legislador en la que no quedase ningún asomo de duda (7). 2ª) El artículo 19 de la L.C.S. debe ponerse en conexión con los artículos 7 de la LRCS y artículo 76 de la L.C.S., teniendo siempre en cuenta que el artículo 19 goza de absoluta primacía respecto de los otros dos artículos mencionados, como lo demuestra el hecho de que el mismo se encuentra en el Título I de la L.C.S., relativo a las disposiciones generales a todo contrato de seguro. Se trata de iniciar el camino desde su principio, asegurabilidad o inasegurabilidad del dolo, y no desde su final; el asegurador ha pagado al tercero perjudicado, luego tiene derecho a repetir contra el conductor del vehículo. 3ª) La mención que realiza el artículo 1 de la LRCS de los artículos 19 y 22 del C.P. ha venido entendiéndose siempre como alusiva a la responsabilidad civil inherente a la responsabilidad penal por infracciones imprudentes. 4ª) Si realmente el seguro de responsabilidad civil del automóvil no cubre los actos dolosos del asegurado, el mecanismo ideal es permitir a las compañías aseguradoras la posibilidad de oponer con éxito esta excepción a los terceros perjudicados y no dejar en manos de aquéllas un derecho, como el de repetición, que en la mayoría de los casos no es sino una entelequia sin que sea necesario, por otro lado, que las propias pólizas prevean el supuesto de dolo como causa de exclusión de la cobertura. 5ª) El dolo, en puridad, no es que sea un hecho impeditivo o extintivo del hecho constitutivo, es que está más allá de esta relación. No es que sea una excepción contractual, es que niega el propio contenido del contrato de seguro que no comprende jamás la cobertura de hechos dolosos, de forma y manera que resulta erróneo que el mismo esté contemplado entre las causas de repetición. Es que, sencillamente, nos encontramos ante un evento excluido de la garantía, esto es, ante una exclusión causal del riesgo, como con razón se ha apuntado, ante un supuesto de inexistencia del seguro. La doctrina es unánime en la afirmación de la inasegurabilidad de los daños y perjuicios derivados de una actuación dolosa. El riesgo ilícito, presente la conciencia y la voluntad de su desencadenamiento, ha sido unánimemente repudiado como supuesto de anticipada cobertura. Es contrario a la moral, al orden público y a todas las previsiones técnicas y actuariales con que cuenta y desde donde parte el asegurador (8). En tales casos no hay ningún resquicio en la actuación del agente abierto al azar o a la contingencia, todo el espacio actuacional del mismo se halla cubierto por un propósito realizativo. Se sabe lo que se quiere y se quiere lo que se hace, se asume la red de efectos nocivos derivados de la acción de lesividad entrevista y aceptada. El concierto de seguro juega con factores de aleatoriedad, dubitación, aporía, incertidumbre. Nada más lejos que la planificación y certeza que son ínsitas al actuar doloso. Una patente causa ilícita, por su raíz de inmoralidad, no sólo priva al contrato de consistencia, sino que 85 PONENCIAS
4 Francisco Soto Nieto fulmina todo viso de validez y existencia (9). Todos los daños y perjuicios que provengan de una conducta intencionada y dirigida a la causación de aquéllos, generaría una responsabilidad civil del agente de ordinario reconocida en la sentencia penal. Pero tal responsabilidad será personal, directa, intrasferible a la compañía aseguradora. Frente a víctima o perjudicado sólo el agente causante del daño vendrá llamado a dar una respuesta satisfactiva. Dentro del amplio círculo de la responsabilidad civil puede existir un área asegurable y otra distinta sustraída a toda posible cobertura del asegurador (10). El artículo 19 de la L.C.S. es tan claro como contundente en su lapidaria redacción. El Asegurador estará obligado al pago de la prestación, salvo en el supuesto de que el siniestro haya sido causado por mala fe del Asegurado. Creemos que la inobligación que, en tal caso, se predica del asegurador es absoluta y, por lo mismo, enarbolable ante cualquier intento de erigirle en deudor de una prestación que en ningún momento estuvo en la intención de los contratantes que fuese asumida por aquél. Propiamente estamos ante una causa de exclusión de la cobertura por parte del asegurador. Entre las relaciones negociales, de pocas se podrá predicar con tanto fundamento como en la del seguro la limpieza de una base intencional y actuacional. El principio de la buena fe, tanto desde el punto de vista subjetivo como objetivo se extiende a todos los momentos del contrato de seguro. De un modo particular intensifica su rigor al tiempo de realización del siniestro, ausencia de toda forma de provocación del mismo (11). El criterio de la culpa viene presidiendo toda la actividad valorativa de conductas personales en el ámbito del seguro de responsabilidad civil. Queda erradicado el proceder doloso al recabarse el amparo cubridor de esta especie de seguros (12). La norma del artículo 19 de la L.C.S. por su ubicación y sentido ostenta una general proyección para todo el seguro de daños. Nada impulsa a una reducción interpretativa ciñendo sus efectos a la sola reclamación del asegurado. El asegurador podrá invocarlo con éxito ante la movilización del tercero en el ejercicio de la acción directa. Creemos que en el tema objeto de nuestra atención ha de existir un paralelismo entre las soluciones a arbitrar en sendos regímenes del seguro voluntario y del obligatorio. Discurriendo en torno al artículo 76 de la L.C.S., un sentir muy amplio de la doctrina participa de la persuasión de que los supuestos daños dolosos se hallan fuera de la previsión del seguro. Tanto la LRCSCVM como la LCS no dicen que el asegurado pague necesariamente cuando sea requerido por un tercero damnificado pese a la persuasión del origen doloso del hecho. Tan sólo admite que, si se verifica el pago, pueda ejercitar el derecho de repetición, nunca contra el perjudicado y receptor de la indemnización, destinatario natural de la misma. Y ello habrá de ocurrir tras el desvelamiento del componente criminal intencionado de la conducta del asegurado. Los hechos se inscribirán formalmente en un marco aparente de aleatoriedad o imprudencia. No será tarea fácil la acreditación del obrar perverso y malintencionado subsumible en el tipo penal doloso de homicidio, lesiones o daños, por parte de alguno de los sujetos aludidos en el artículo 7 a) de la Ley. No es de extrañar que la pretensión resarcitoria del perjudicado encuentre favorable eco ante el asegurador ayuno de datos capaces de refrendar una oposición por convicción de un actuar doloso, máxime teniendo en cuenta el gravamen proveniente de unos eventuales intereses de demora. No es preciso constatar la justicia de la concebida facultad repetitiva tan pronto como el Tribunal penal esclarezca definitivamente la índole y naturaleza del acto causacional generador del dañoso resultado. Distinto es el supuesto de que, previa o simultáneamente, en sentencia revestida del carácter de firme, recaiga condena penal sancionando al agente causador del siniestro como reo de un delito contra la vida o integridad corporal. Si el legislador impusiese al asegurador la obligación de hacerse cargo de la reparación siniestral, pese a la constancia judicial de su fraguada gestación y su malintencionada realización, rayará con su medida en una zona de censurable arbitrariedad, contrariando la finalidad del seguro y quebrantando las reglas básicas que le sustentan. La exposición doctrinal que precede, válida para todos los supuestos de provocación de daños y perjuicios por causa de un proceder doloso, es decir, consciente y querido en sus efectos, cualquiera que sea la actividad desarrollada por el agente, es suficiente para fundar el rechazo de una pretendida cobertura de aquella perjudicialidad por parte del asegurador, dañosidad ligada causalmente al obrar del asegurado, aquí a la conducción de un vehículo presidida por el propósito o intención de acometer a una persona y mermar su integridad física o poner fin a su curso vital. Puede el Estado acordar la adopción de medidas de asistencia y amparo a favor de las víctimas de infracciones dolosas de carácter violento. Pero nada justifica que traspase este proyecto de auxilio a personas jurídicas privadas, cual las entidades del seguro, creadas con otros fines y sostenidas con aportaciones de tal naturaleza. El Estado ya ha reparado en ello y a tal fin se ha promulgado la Ley 35/1995, de 11 de diciembre, sobre Ayuda a las Víctimas de Delitos Violentos y contra la Libertad Sexual, y Reglamento aprobado por R.D. 738/1997, de 23 de mayo. Desde una perspectiva global se dice en la Exposición de Motivos de aquélla- la pretensión punitiva del Estado debe acercarse al problema social y comunitario en que el delito consiste, para prevenirlo y recuperar al infractor, desde luego, pero además, para reparar en lo posible el daño producido. El desamparo de las víctimas, que a todos debe preocuparnos, ha de paliarse por estas vías si el agente responsable carece de capacidad económica, cuando el hecho desgraciado no derive del riesgo normal de la conducción, sino de algo anormal, imprevisto y ajeno a la función del seguro, de un proyecto criminal al que el vehículo sirvió de improvisado y eficaz instrumento. Hemos recogido en síntesis las motivaciones que refrendan la excardinación de los hechos dañosos de perversa y asumida intención del área reguladora de la LCRCSVM 30/1995, de 8 de noviembre. Pero realmente en la cima de tales alegaciones debe situarse una potísima razón que, por sí misma, justifica semejante marginación reguladora: no hallarnos ante un hecho de la circulación. A tenor del artículo 1.1 de aquélla, los daños a que atiende dicha PONENCIAS 86
5 Daños dolosamente causados en la circulacion de vehiculos de motor. Polemica sobre su cobertura ordenación son los causados a las personas o en los bienes con motivo de la circulación. Asimismo la responsabilidad contemplada es la generada en virtud del riesgo creado por la conducción. Términos similares a los utilizados por el artículo 1 de la Primera Directiva de 24 de abril de 1972 (72/166/CEE) de aproximación de las legislaciones en esta ámbito para definir la obligatoriedad del aseguramiento. El hecho de la circulación pasa a ser concepto clave y emblemático, presupuesto incontestable para que entre en juego la ley de 1995 y, consiguientemente, para que los afectados por una acaecer siniestral de originación culposa o fortuita puedan merecer la cobertura amparadora del seguro de responsabilidad civil. Mas hecho de la circulación no puede identificarse, sin más, con el derivado de cualquier movimiento del vehículo impelido por alguna fuerza que le dinamice. Según consignamos, la reforma introducida por la Ley 14/2000, de 29 de diciembre, en el apartado 4, del artículo 1 de la Ley, responde a esa preocupación definidora. Defiere a la función reglamentaria la definición de los conceptos de vehículo a motor y hecho de la circulación a los efectos de la Ley. Pero ya advierte que en todo caso no se considerarán hechos de la circulación los derivados de la utilización del vehículo a motor como instrumento de la comisión de delitos dolosos contra las personas y los bienes. El artículo 3 del Reglamento aprobado por R.D. 7/2001, de 12 de enero, responde a la delegación efectuada por el precepto legal. Fundamentalmente se conceptúan por el Reglamento como hechos de la circulación los derivados del riesgo creado por la conducción de los vehículos a motor a que se refiere el artículo anterior por las vías y lugares o espacios que se indican. Enumerando a continuación los supuestos no considerados como hechos de la circulación, entre ellos el destacado por el párrafo reformado por Ley 14/2000. Cual se colige del historial más reciente de la normativa que nos ocupa, no cabe hablar en propiedad de una auténtica innovación que abra paso a soluciones absolutamente inéditas. Las normas cristalizadas en la Ley y Reglamento afectantes a hechos dolosos de la circulación han tenido más bien un propósito esclarecedor, eliminando dudas y salvando contradicciones, definiendo para todos algo que, estando ya en la mens legislatoris, aparecía un tanto velado a ojos de terceros en la ordenación vigente. Con frecuencia se alude al hecho de la circulación en textos legales, doctrina y jurisprudencia, muchas veces con impropiedad, ya en sentido laxo ya con intención reduccionista. Desde luego no podemos partir tan sólo de una simple activación mecánica del móvil. Supondrá un desplazamiento del mismo en el espacio por vías o terrenos idóneos a tal fin, transportando personas o bienes en un área geográfica cualquiera que sea su alcance. Sería ilógico admitir como tal hecho de la circulación una instrumentación del vehículo, tan ajena a su fin característico, consistente en provocar una propulsión violenta, consciente e intencionada del mismo contra una persona a la que se quiere privar de su vida o lesionar gravemente. Tan pronto como se decide obrar de tal forma, y se lleva a cabo tan repudiable acto, nos hallamos ante realidades de indiscutible carga criminal en nada emparentadas, jurídicamente hablando, con el fenómeno de la circulación. Como el desencadenamiento de un tiroteo homicida entre coches que se cruzasen en ruta. Cuando el artículo 1 de la Ley 30/1995 alude al riesgo creado por la conducción y a los daños causados con motivo de la circulación, o al hecho de la circulación, cual hemos venido repitiendo, se quiere hacer referencia al riesgo normal y aceptado emanante del intenso trasiego de vehículos motorizados. Realidad de nuestra época cuya utilidad o beneficios son incalculables, pero cuyo envés se traduce en un reguero de siniestros dañosos por causas muy diversas. El riesgo viene a ser el dato definidor de la imputación responsabilicial (13). Riesgo que puede desencadenarse por causas objetivas o lo que es más frecuente- por interferencia de conductas descuidadas, culposas o negligentes, no sintonizantes con el exquisito deber de cuidado que el protagonismo circulatorio demanda. Bien puede afirmarse antes y ahora- que repugna visceralmente hablar de hecho de la circulación cuando se evidencia no cabe mayor constatación que un pronunciamiento condenatorio penal firme- que se ha sustituido el puñal, la pistola o la maza por el vehículo manipulado con fines homicidas. Ante un programado ataque a la vida o integridad física de un individuo valiéndose el agente del automóvil pilotado, la aleatoriedad o incertidumbre es sustituida por la certeza y la necesariedad, por la causalidad proveniente de una voluntad homicida. De ningún modo asistimos en tal caso a la concurrencia del riesgo característico de la circulación, factor condicionante de la proyección aplicativa de la ordenación de Como escribe GONZALEZ-HABA, se emplea un vehículo de motor, para en su insólito transitar dirigirse al daño. Se muda el sendero y la meta es distinta. La consecuencia es lógica: el daño no incide en la responsabilidad asegurada, por muy obligatoria que sea (14). Aquí no hay más riesgo que el conscientemente desatado producto de un dolo directo y específico de resultado. La definición de un delito común de homicidio, lesiones o daños, acaba por imponerse. El seguro no camina tras estas responsabilidades. En la originación del evento dañoso prima de modo absoluto el deseo y voluntad directa de causación de un mal. En el criterio esbozado abundan destacados autores que, con distintos matices, insisten en el rechazo de cobertura por parte del seguro de suscripción obligatoria. Todo el sistema resarcitorio construido en 1995 afirma FERNÁNDEZ ENTRALGO- descansa sobre la idea de aseguramiento (voluntario u obligatorio) de los riesgos derivados del hecho de la circulación de vehículos de motor. El homicidio doloso cometido sirviéndose de uno de ellos no es de acuerdo con el uso lingüístico ordinario- un hecho de la circulación o de la conducción, sino algo completamente distinto. Por eso cae fuera del aparato de protección previsto para los riesgos típicos (15). Utilizar un automóvil con el propósito de dañar comenta ATIENZA NAVARRO- no entra dentro de los riesgos de la conducción cuya aseguración es de suscripción obligatoria para los usuarios. El carácter obligatorio de la póliza se justifica porque el tráfico rodado lleva implícito un riesgo de producción de daños por cualquiera de los agentes que intervienen en el mismo; pero, desde luego, esos datos derivan de la utilización de los vehículos para destinarlos a su uso normal y 87 PONENCIAS
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