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Timestamp: 2017-08-24 08:27:43
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Matched Legal Cases: ['Artículo 2', 'Artículo 216', 'Artículo 4', 'Artículo 32', 'Artículo 32', 'artículo 7']

DEMOCRACIA-REALIDAD, VALORES Y DESAFIOS
Sábado, 05 de Noviembre de 2016 08:57 PDF
Deseo antes que todo dar las gracias a los organizadores de esta actividad, la cual se realiza en beneficio del Seminario Santo Tomás de Aquino, agradezco la honrosa invitación a mi persona a fin de que dicte esta conferencia con este tema tan importante para la vida de todos nosotros, me refiero a los Valores en la Democracia, nuestra realidad y sus desafíos, que no son pocos. Agradezco sobremanera la presencia, encabezando este acto, de Su Excelencia Monseñor Francisco Ozoria Acosta, Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo y Primado de América.
Desayuno Conferencia organizada por el Seminario Santo Tomás de Aquino, dictada en fecha 3 del mes de noviembre de 2016 en el Hotel Barceló
Por Julio César Castaños Guzmán
Al solicitarme que les hablara hoy acerca del tema de la Democracia y los Valores, pensé de primera impresión, que por tratarse de un asunto vasto y, tal y como sucede con los grandes temas, puede uno correr el riesgo de dispersarse en el mensaje al tratar de comunicar tanto, y en el fondo no concluir nada.
En primer término y para referirme al concepto Democracia divagaciones paso a comentar lo expresado en La CARTA DEMOCRATICA INTERAMERICANA, votada y aprobada por la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), el 11 de septiembre de 2001:
“Son elementos esenciales de la democracia representativa, entre otros, el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al estado de derecho; la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas; y la separación e independencia de los poderes públicos.”
1. Respeto a los derechos humanos y libertades fundamentales.
2.- Acceso al poder y su ejercicio con sujeción al Estado de Derecho.
En principio, en una democracia republicana al estilo occidental no hay acceso al poder sin el ejercicio de derecho de sufragio. Las elecciones son la expresión de la democracia por antonomasia. Sin ellas la misma no existe. Y no habría República sin certámenes electorales, ya que, las repúblicas no tienen reyes, tienen separación de los poderes y los presidentes se eligen por mandato popular para un período determinado.
3.- Celebración de elecciones periódicas, libres y justas.
Las asambleas electorales son llamadas periódicamente por la Constitución para reunirse a fecha fija y con un propósito determinado. A fin de que las agrupaciones políticas presenten su propuesta de candidaturas, con el ejercicio pleno, de todas las libertades públicas consustanciales al ejercicio de la política: libertad de palabra, de libre expresión y difusión del pensamiento, reunión, asociación, credo político y religioso, etc., las elecciones libres, precisan de este ambiente democrático para la expresión libérrima del electorado.
4.- Con Sufragio Universal y Secreto.
Universal porque el Sufragio es la manifestación por excelencia de la igualdad política, y la igualdad de todos ante la ley. Ese día, palmariamente, nuestro voto vale lo mismo que el de cualquier otro ciudadano independientemente de su credo, raza o condición social. Es la fuente de legitimidad para la investidura de los funcionarios electos, o para las decisiones que se tomen en los mecanismos de participación popular: referéndum, plebiscito. Iniciativa legislativa popular, etc.
5.- Elecciones que expresen la soberanía del pueblo.
Dictadura es gobierno de uno; en su degeneración se llama tiranía. Aristocracia es gobierno de pocos; en su corrupción se conoce como oligarquía.
Democracia es gobierno de muchos, gobierno del pueblo; cuando se trastorna por el desenfreno de la multitud… se llama demagogia.
Cualquier análisis del concepto de soberanía indica necesariamente establecer dónde radica, finalmente, la quinta esencia del poder. La Constitución de la República Dominicana de 2010, dice expresamente que:
Artículo 2.- Soberanía popular. La soberanía reside exclusivamente en el pueblo, de quien emanan todos los poderes, los cuales ejerce por medio de sus representantes o en forma directa, en los términos que establecen esta Constitución y las leyes.
6.- Régimen plural de partidos y organizaciones políticas.
Un partido único a la usanza del antiguo Partido Dominicano de Trujillo, que siempre ganaba las elecciones con adeptos obligados a través de la coacción, bajo las circunstancias de que toda participación política y el acceso a todos los cargos debía de hacerse a través del mismo, es todo lo contrario al régimen plural de partidos que actualmente existe en la República Dominicana con más de una veintena de partidos y agrupaciones políticas reconocidas.
Nuestra actual Constitución dice:
“Artículo 216.- Partidos políticos. La organización de partidos, agrupaciones y movimientos políticos es libre, con sujeción a los principios establecidos en esta Constitución. Su conformación y funcionamiento deben sustentarse en el respeto a la democracia interna y a la transparencia, de conformidad con la ley. Sus fines esenciales son:
1) Garantizar la participación de ciudadanos y ciudadanas en los procesos políticos que contribuyan al fortalecimiento de la democracia;
2) Contribuir, en igualdad de condiciones, a la formación y manifestación de la voluntad ciudadana, respetando el pluralismo político mediante la propuesta de candidaturas a los cargos de elección popular;
3) Servir al interés nacional, al bienestar colectivo y al desarrollo integral de la sociedad dominicana.”
7.- Separación e independencia de los Poderes Públicos.
¿Qué significa que el gobierno sea civil, republicano, democrático y representativo?
Civil: que no es eclesiástico ni milita
Republicano: que no es una monarquía, y tenemos separación de poderes.
Democrático: que el pueblo es el soberano.
Representativo: porque se ejerce por representación o mandato.
“Artículo 4.- Gobierno de la Nación y separación de poderes. El gobierno de la Nación es esencialmente civil, republicano, democrático y representativo. Se divide en Poder Legislativo, Poder Ejecutivo y Poder Judicial. Estos tres poderes son independientes en el ejercicio de sus respectivas funciones. Sus encargados son responsables y no pueden delegar sus atribuciones, las cuales son únicamente las determinadas por esta Constitución y las leyes.”
Siendo, yo, abogado me veo precisado, además, a hablarles acerca de los “Valores” enunciados en el Preámbulo de la Constitución Dominicana de enero de 2010, regidos por los valores supremos y los principios fundamentales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad, el imperio de la ley, la justicia, la solidaridad, la convivencia fraterna, el bienestar social, el equilibrio ecológico, el progreso y la paz, factores esenciales para la cohesión social, que sustenta hoy la denominación del Estado Social Democrático de Derecho.
Y, también, he deseado ponderar los denominados aspectos de la “Valoración Jurídica”, que aparecen en la doctrina jurídico filosófica más profunda y avezada sobre estos temas: La belleza, la bondad. El sentido del orden; la utilidad y solidaridad, etc., y que conforme a Luis Recasens Siches pueden ser aprehendidos conceptualmente por una intuición especial que les hace susceptibles, a los valores, de un conocimiento evidente. Pasa igual con los antivalores que de solo manifestarse pueden ser apreciados como tal.
Pero meditando en la historia la República Dominicana, y las ideas que aparecen estrechamente vinculadas con la misma, les recuerdo que esta nace el 27 de febrero de 1844, precisamente, a pocos días de que se hubiese redactado el texto de “La Manifestación de los Pueblos de la Parte Este de la Isla de Santo Domingo, o Acta de la Separación de Haití”, el 16 de enero de 1844, como una iniciativa ideológica de un jovencito que a los 25 años había fundado la Sociedad Patriótica La Trinitaria, bajo una recia proclamación nacionalista y moral, un hombre extraordinario, Juan Pablo Duarte y Diez (1813-1876), mediante la Proclamación de un Acto de Fe, en el Juramento Trinitario:
Un día en una de mis Cátedras de Derecho Constitucional y Derechos Fundamentales, un jovencito de origen humilde pidió permiso para leer algo muy importante, tan importante que pidió a los demás alumnos que se pusieran de pie, y leyó esto.
“En el nombre de la Santísima, Augustísima e Indivisible Trinidad de Dios Omnipotente, juro y prometo, por mi honor y mi conciencia, en manos de nuestro presidente Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano y a implantar una república libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera, que se denominará República Dominicana; la cual tendrá un pabellón tricolor en cuartos encarnados y azules atravesado por una cruz blanca. Mientras tanto seremos reconocidos los Trinitarios con las palabras sacramentales Dios, Patria y Libertad. Así lo prometo ante Dios y el mundo. Si tal hago, Dios me proteja, y de no, me lo tome en cuenta; y mis consocios me castiguen el perjurio y la traición si los vendo”.
No es extraño pues que la Bandera Dominicana sea en sí misma además, un icono para la oración y difusión de la fe cristiana, ya que, entre el azul y el rojo en cuatro cuartos, crucifica el cielo y la sangre con una cruz blanca que sugiere la paz del sacrificio. Y las ramas de laurel y palmas que adornan el Escudo Nacional que contiene el trofeo enmarcan la juridicidad de un crucifijo, al expresar el Artículo 32: “y encima una cruz…”.
Juridicidad, que protege al propio Crucifijo en la tradición de “El Cristo de los Estrados” presente en la sala de audiencias de los tribunales de la República. Crucifijo que también está presente en muchas aulas de nuestras escuelas, sin que nadie pueda alegar que quebranta la libertad de cultos, puesto que si está en nuestro Escudo Nacional, qué razón válida podría argüirse para oponerse a que esté presente en los ámbitos de la educación y la justicia.
Y, sobre todo, porque los colores del lienzo tricolor ya estaban en el venerado cuadro de la Madre Protectora del Pueblo Dominicano: nuestra Virgen de la Altagracia, con un origen asociado a una hermosa leyenda al pie de un naranjo en la Villa de Salvaleón de Higüey, en pleno Siglo XVI.
Sin dejar de lado que estas tierras fueron la cuna del nacimiento del denominado Derecho de Gentes, cuando Fray Antón de Montesinos, proclamó en 1511 su famoso Sermón del Domingo de Adviento, y denunciaba: “¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios?”
El Escudo Episcopal de Monseñor Polanco Brito, obispo de Santiago tenía el lema: “Non recuso laborem", tomado de los escritos de San Martín, obispo de Tours, y que resume con exactitud lo que él siempre fue y profesó: no le tengo miedo al trabajo, ni los cambios me asustan.
Si hay algo que está claro en este mundo es, que el trabajo que es en sí mismo un valor de civilización viene a ser la gran medicina de la existencia humana. Es la terapia recomendada por Dios a Adán después de ser expulsado junto a Eva del paraíso, porque, ciertamente, de las manos ocupadas nacen los sueños y del ocio los despropósitos, como expresa el viejo Libro Sapiencial.
Peter Drucker nos advierte además, que debemos tener cuidado con el carisma, ya que, el carisma se anhela para tener poder. Se habla mucho hoy en día del líder carismático, y nos dice que pocos hombres han sido tan carismáticos como algunos líderes gigantescos del siglo XX, como Hitler o Mussolini, por ejemplo, y sin embargo, estas personas trajeron la muerte política para ellos y para millones de ciudadanos de sus países; y, a modo de contraste, al mismo tiempo, pocos individuos han sido tan aburridos e insípidos como Eisenhower y Marshall; pero, eran sumamente trabajadores y disciplinados… a uno le tocó ganar la II Guerra Mundial y presidir los Estados Unidos de América en la posguerra, y al otro la reconstrucción de Europa.
…Ni los cambios me asustan, diría Monseñor Polanco. El cambio es inevitable. Solo sobreviven aquellos que son líderes del cambio.
Una Democracia precisa de auténticos valores democráticos de participación, de participación plural. Incluso resistir la corriente que alguna vez fue preeminente en el pensamiento de algunos ambientes católicos. La idea engañosa y sectaria de fundar “El Partido de los Buenos”, sino que muy por el contrario, propiciar una participación responsable y transparente, coadyuvando a que se construya un consenso ético que nos permita participar transversalmente en el mundo político, empresarial y sindical, y, en el mundo académico. Consenso ético y participación transversal, cada quien en el partido de sus simpatías. Conforme expresó en más de una ocasión Joseph Ratzinger, el actual papa Benedicto XV. “Los Partidos de Buenos” han fracasado, afirmamos nosotros, en el curso de la historia (caso de Cicerón en Roma), o de los Demócrata Cristianos de Italia. Estamos hablando de Estado de Derecho y fin del Derecho.
Por eso nuestra Democracia debe ser inclusiva e incluyente. A fin de integrar la pluralidad de distintas tendencias de la vida dominicana aprovechando el núcleo de los hombres de buena voluntad, de todos los hombres de buena voluntad. Además, por tales razones, y puede ser el escenario del diálogo y de la concertación de sectores ordinariamente contrapuestos para que las fuerzas sociales acuerden la solución concertada de los problemas dominicanos de una forma que no sea traumática, ya sea porque se pacten las bases de un nuevo Código de Trabajo a través de un diálogo tripartito, o porque se destrabe a través del diálogo de los expertos el curso de alguna ley atorada en el Congreso por la intolerancia que genera la lucha política.
El Diálogo Nacional es una especie de “contractualismo”, que torna en una realidad las ideas del Contrato Social al hacer posible un plebiscito periódico que define nuestra convivencia como nación. Suyo es, el nuevo paradigma de la resolución alternativa de los conflictos, para no confundir la persona con el problema; o, distinguir el interés legítimo de una posición. Al analizar objetivamente los datos y las distintas propuestas para la solución del asunto en sí.
Conforme afirma Hans Kelsen, en su obra ¿Qué es justicia?, tras la pregunta de Pilatos a Jesús en el juicio: “¿Qué es la verdad?, se plantea a raíz de la sangre derramada por Cristo otro cuestionamiento de mayor importancia, la eterna pregunta de la humanidad: ¿Qué es justicia?”. Es que no hay justicia sin verdad—decimos nosotros.
Si se busca la palabra “Verdad” en el texto íntegro de la nueva Constitución Dominicana, de 2010, vale decir en sus 277 artículos y disposiciones transitorias, y más aún, si se la busca entre sus valores fundamentales esparcidos en el ya mencionado Preámbulo y todo el articulado subsecuente, no se extrañe el lector si no la encuentra, ya que, literalmente, no está; pero, ¡oh sorpresa!, el Artículo 32, refiriéndose al Escudo Nacional dice: “Lleva en el centro, la Biblia abierta en el Evangelio de San Juan, Capítulo 8, versículo 32”. Y no deja de ser curioso que al citar capítulo y versículo, los redactores constitucionales no transcribieron literalmente en el contenido del texto la cita bíblica, ya antes mencionada, y que es la siguiente: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Es casi como que si este valor fundamental, por obvio, aparezca encriptado.
Karl Popper, aborda esta verdad del Evangelio, con el desarrollo magistral de la idea acerca de “la auto liberación por el conocimiento”, apoyado en los planteamientos de Emanuel Kant. Al mismo tiempo, la “Logoterapia” de Viktor Frankl, establece la curación de las psicopatologías más severas mediante el encuentro individual del Sentido de la Vida, que procura identificar lo que existencialmente cada individuo busca para realizarse como persona.
¿Qué busca la ciencia sino el por qué y última explicación acerca del origen del universo? A esto último le llamamos verdad científica. El proceso judicial, por ejemplo, procura determinar la verdad jurídica en cualquier diferendo, sea este penal, administrativo o civil, ora mediante la interpretación de las leyes para aplicar al caso concreto, ya a través de la ponderación de los derechos que se contraponen a fin de establecer cuál de ellos es preeminente.
Gandhi hablaba de la Fuerza de la Verdad. Las personas no tienen un conocimiento absoluto de la verdad, por eso era opuesto a la pena de muerte, ya que el ser humano, todos los seres humanos, somos capaces de equivocarnos. También decía que la verdad nos libera del miedo, capacitándonos para una vida digna.
Una cosa es decir dolosamente una mentira; y otra cosa es estar en un error sobre la base de la ignorancia o la falta de información. Un animal no puede mentir. Un hombre podría mentir, de donde la veracidad es un imperativo de la humanidad.
La verdad científica es, en un momento determinado, aquello sobre lo que la comunidad científica ha determinado una certeza después de haberlo comprobado. Las ciencias sociales, que no son ciencias positivas, no han llegado a los niveles de la comprobación empírica absoluta de todas sus formulaciones o hipótesis.
El paradigma de la propia Justicia ha sido una que otra vez estremecido por la prédica neoliberal; o, por la Justicia socialdemócrata, conforme a John Rawls, al permitir determinadas desigualdades en tanto las mismas propicien un mayor bien para la mayoría, salvaguardando los Derechos Fundamentales y la igualdad de oportunidades.
Thomas S. Kuhn en “La estructura de las revoluciones científicas”, deja claro que la historia de la ciencia demuestra que los paradigmas se mantienen vigentes durante un tiempo; pero, que lo que se tenía por cierto en un momento determinado, lo que ocupaba el puesto de una verdad absoluta, incluso lo que se tenía por un dogma, había caído como consecuencia de que la “verdad” que sostenía ese postulado resultaba insostenible fruto de la comprobación de una nueva verdad.
La verdad aparece hoy en esta época denominada como postmodernidad como algo que está en permanente construcción. Nada se tiene aceptado como una última verdad, sino como un esfuerzo o acercamiento a la verdad. Sobre esta realidad se levanta el peligro del relativismo moral que permea el estricto cumplimiento de los principios morales. Edificando el comportamiento humano en función a medias verdades o mentiras a medias, sin una radicalidad del honor, el respeto a la palabra empeñada y la templanza.
Sin embargo, valdría la pena cuestionarnos sobre qué hacemos con aquellas verdades o criterios que no podemos probar utilizando el método científico; pero, que nos consta que son verdad. En una palabra cómo probamos la belleza o la dignidad; a qué pruebas de laboratorio someteremos la fidelidad y la sinceridad, ¿Qué hacemos con el honor y las prendas morales? Por último, dónde venden la compasión. ¿Sabrá alguien acaso dónde será que rematan la decencia?
Conforme al Jurisconsulto Romano Justiniano. La justicia es la voluntad permanente y perpetua de darle a cada quien lo suyo. De donde la Justicia, como primera de las virtudes públicas, existe en función a la convivencia social y como una voluntad de los individuos, ya que los bienes son escasos, no alcanzan en igual proporción para todos y es preciso determinar los criterios para el merecimiento en la distribución de los mismos. Alguien ha dicho con propiedad que el objeto del derecho es: “Darle a cada quien lo suyo, no perjudicar a nadie y vivir decentemente”.
Pero, sin lugar a dudas, la novedad trascendente, se encuentra en lo establecido en el artículo 7 del texto de nuestra Carta Fundamental, cuando expresa que:
“República Dominicana es un Estado Social y Democrático de Derecho, organizado en forma de República Unitaria, fundado en el respeto de la dignidad humana, los derechos fundamentales, el trabajo, la soberanía popular y la separación e independencia de los poderes públicos”.
“La expresión Estado democrático y social se utilizó por primera vez durante la Revolución de París en 1848. En la Reforma Constitucional de 1848 en Francia, como resultado de acuerdos entre los socialistas y conservadores acordaron impulsar un modelo de Estado democrático y social.”
La Constitución alemana fue una de las primeras en incorporar el concepto Estado Social y Democrático de Derecho, incluyendo la tutela del individuo y de sus derechos de participación política
La Constitución Española de diciembre de 1978, establece que “1. España se constituye en un Estado Social y Democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”.
El Estado social de derecho debe garantizar estándares mínimos de salarios, alimentación, salud, habitación, educación y participación activa para todos los ciudadanos con la idea de derecho y no de simple caridad o servicio.
Esta nueva Constitución desde el punto de vista ideológico le indica un rumbo al país, y de alguna manera lo salva de algunas extravagancias neoliberalistas, muy en boga hasta hace apenas unos años, cuando casi todos nos animamos con la hipótesis de la desaparición del Estado para dar paso a la mano invisible de Adam Smith, al mismo tiempo que nos adelantamos a jubilar a John Maynard Keynes y proscribimos con algunas verdades la intervención del Estado, como aquella afirmación contentiva del credo de Margaret Tatcher, cuando llegó a exclamar: “La sociedad no existe. Existen los hombres, las mujeres y las familias”.
Entendemos que esta formulación del Estado Social y Democrático de Derecho, contenida en nuestro Texto Fundamental, tiene toda la fuerza y legitimidad como para servir de objeto esencial al núcleo de un acuerdo político en el que la Nación integre lo que teleológicamente busca como pueblo civilizado.
Quiérase o no; ese es el trabajo de los políticos. A quienes corresponde hacer la gobernanza con la finalidad de propiciar el bien común a través de políticas públicas adecuadas que respeten la libertad económica de ciudadanos y ciudadanas, y al mismo tiempo, estimulen la iniciativa privada, armonizando los criterios del esfuerzo humano individual que genera riqueza y la solidaridad social.
Hablando acerca del valor de los bienes se pregunta uno, por qué valen lo mismo pero no cuestan igual; o, por qué cuestan igual,y sin embargo, no valen lo mismo. Es la paradoja del valor. Tal y como nos la explicaba el viejo libro de economía de Samuelson con su famoso ejemplo acerca del contrasentido que constituye el hecho de que como bienes los cañones cuestan más que la mantequilla. Pese a que los cañones son un artefacto de muerte y destrucción, y la mantequilla un alimento para los seres humanos.
Asombrosa la Ley de Rendimientos Decrecientes, referente al valor relativo del mismo bien en situaciones diferentes, como por ejemplo, el de diez cubos de agua que arrojados, sucesivamente sobre un macetero, y conteniendo cada uno el mismo volumen de líquido, difieren notablemente en su eficacia y por lo tanto en su valor, ya que, el rendimiento del primer cubo de agua, no es igual de eficiente que el último.
Tomas Moro, en su Utopía, juega con la idea de que aun cuando todos los pueblos y culturas adoran el oro como metal y lo tienen en grandísimo valor y estima, los utopianos usaban el oro como terapia penitenciaria, al utilizar el precioso metal para confeccionar los grilletes de los condenados. Es que definitivamente las cosas no dejan de tener un valor subjetivo, y su valor depende en gran medida del uso que les damos. Dejando de lado su valor de cambio que necesariamente sería objeto de otras ponderaciones.
Los retos y desafíos no se encuentran en las estructuras de una tipología de gobierno, lo importante es llegar a la conclusión de que la Democracia para ser edificada y construida, precisa del esfuerzo de todos nosotros, de cada individuo, del esfuerzo personal de todos para:
1.- Reconciliar los intereses y los propósitos y de esta forma sofocar la disensión de los antagonismos que solo pueden destruirnos como nación, extendiendo un gran perdón a todos nuestros adversarios, que como dirían Gandhi y Juan Pablo II, del perdón como un arma formidable de la política.
2.- Expresar y hacer misericordia a todos los necesitados a partir de “Misericordia quiero y no sacrificio”. Porque “Tuve hambre y me diste de comer, estuve enfermo y me visitaste, estuve desnudo y me vestiste. Fui forastero y me acogiste; estuve preso y me fuiste a ver”.
3.- Cumplir con todas nuestras obligaciones civiles y ciudadanas, sean estas religiosas, públicas o privadas para robustecer nuestra ciudadanía individual y colectiva. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
4.- Servir con amor y dedicación a todos nuestros hermanos. Porque el hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir. Sobre la base de que el que quiera ser el primero debe hacerse el servidor de todos.
5.- Redimir nuestras obligaciones con el fruto de nuestro trabajo y hacer las contribuciones que nos correspondan conforme a nuestros ingresos. “Paga por ti y por mí”, le dijo Jesús a Pedro.
6.- Resistir las tentaciones en la vida pública de adorar el mal para ser recompensados con una dádiva espuria y ponzoñosa. “Está escrito, dice en pleno desierto Jesús tentado, solo al Señor tu Dios Adorarás y solo a Él le rendirás culto”.
7.- Finalmente, Hacerse testigo de la verdad para no comulgar con ninguna falsedad de este mundo. “Soy Rey, tu lo has dicho –le respondió Jesús al Procurador Pilatos—yo para esto he nacido para ser testigo de la verdad”.
A veces me he preguntado, ¿Cuánto costara nuestra Democracia? de inmediato me he respondido: no tiene precio. No se vende. Además, no hay con qué comprarla. Es que no hay obra grande, que no haya sido hecha con valor y sacrificio. Y el sacrificio hace que las cosas sean sagradas. Por tales motivos, y meditando en lo que ha sido su historia, me atrevo a decir, que República Dominicana, pese la debilidad de sus hijos, podría resumir en sí misma, con esfuerzo, el respeto de valores que son intangibles. Verdad y ciencia. Al mismo tiempo, aspirar a lo mejor del espíritu humano: Razón y Fe. Dos alas de un mismo pájaro que se levantan para la contemplación de la verdad. Para ser esclarecidos en el Esplendor de la Verdad.
No tiene una equivalencia monetaria o en especie a los fines de poder hacer un cálculo económico acerca de su valor. Su valor es moral, espiritual... Sin esta esencia, trascendente, no pasa de ser la mitad de una isla, con sus habitantes y una historia, un conjunto de edificaciones de los que un día podría decirse: que no quedará piedra sobre piedra.
Si a todo lo anterior sumamos que la República Dominicana y su Democracia es la obra de nuestros amores tendríamos necesariamente que concluir que tiene un trasunto de buena dominicanidad. Y tiene potencialmente la bondad y el calor de nuestras madres, al mismo tiempo, contiene la abnegación de los buenos maestros, y el desvelo de aquellos profesores y profesoras capaces de alfabetizarnos e inculcar en nosotros la responsabilidad, el espíritu de servicio y el honor.
Es que esta Patria Nuestra y su Democracia contrario a muchos otros bienes de este mundo, cuesta tanto, porque vale demasiado; y, vale tanto, porque nos ha costado mucho.