Source: https://issuu.com/derecho-uigv/docs/revista_agora_5_y_6_part7
Timestamp: 2017-09-20 09:02:42
Document Index: 289378744

Matched Legal Cases: ['artículo 52', 'artículo 45', 'artículo 80', 'artículo 80', 'artículo 99', 'artículo 111', 'artículo 6', 'artículo 4', 'artículo 1', 'artículo 99', 'artículo 1', 'artículo 33', 'artículo 45', 'artículo 1', 'artículo 45', 'artículo 479', 'artículo 390', 'artículo 200', 'artículo 200', 'artículo 200', 'artículo 138', 'artículo 148', 'artículo 202', 'artículo 138', 'artículo 138', 'artículo 200', 'artículo 200', 'artículo 200', 'artículo 200', 'artículo 200', 'artículo 200', 'artículo 202', 'Artículo 14', 'artículo 236', 'artículo 138', 'artículo 14', 'artículo 14', 'artículo 138', 'artículo 202', 'artículo 18', 'artículo 200', 'artículo 203', 'artículo 138', 'artículo 44', 'artículo 42', 'artículo 25', 'Artículo 25', 'artículo 1', 'artículo 201', 'artículo 204', 'artículo 203', 'artículo 84', 'artículo 94', 'artículo 202', 'artículo 109']

REVISTA AGORA 5 Y 6 part7 by UIGV DERECHO - issuu
NUEVO RÉGIMEN DEL EMPLEO PÚBLICO:
Ágora. Revista de Derecho, Años IV-VI, Nºs 5 y 6, 2004-2006, pp. 277-284
¿Existió protección a los sujetos de derecho en Roma? (*) Una mirada al Derecho Romano desde el Derecho Civil (Segunda parte)
Juan Carlos Centurión Portales Profesor de Derecho Romano en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega
Sumario: 5. La categoría jurídica personas morales o personas abstractas. 5.1. Aproximaciones a la categoría. 5.2. Concepto de persona moral o abstracta (hoy personas jurídicas). 5.3. Clases de personas abstractas o morales. 5.4. La corporación (asociación). 5.4.1. Elementos constitutivos de la corporación (requisitos para su existencia). 5.4.2. La recepción de la persona jurídica en los modernos códigos civiles. 5.5. Las fundaciones (causas pías). 5.5.1. Concepto. 5.5.2. La recepción de la persona jurídica fundación en los modernos códigos civiles. 5.6. Las personas jurídicas sui generis. 5.6.1. El fisco. 5.6.2. La herencia yacente (hereditas iacens). a. Problemática de la herencia yacente. b. Cuatro soluciones posibles.
LA CATEGORÍA JURÍDICA PERSONAS MORALES O PERSONAS ABSTRACTAS
5.1. Aproximaciones a la categoría El Derecho Romano reconoció también como sujetos de derecho a quienes no fueron (* )
humanos: las personas morales (llamadas hoy día: personas jurídicas). Las personas morales no tienen existencia material, son creaciones del derecho para fines jurídicos. Son seres ficticios, y como son sujetos de derecho, son capaces de ejercer derechos subjetivos y contraer obliga-
La primera parte de este trabajo se publicó en el número anterior de esta revista (Ágora, Años III-IV, Nºs 3 y 4, julio 2002-julio 2004, pp. 395-412).
ÁGORA. REVISTA DE DERECHO NºS 5
ciones, pero son sólo sujetos de derechos patrimoniales. El Derecho Romano reconoció la existencia de las personas morales (abstractas) en mérito de la necesidad humana de que se cumplan importantes finalidades sociales que, individualmente, no podrían ser alcanzadas. Es de exigencia imprescindible la unidad de acción y dirección de esfuerzos comunes, para la consecución de tales efectos y de allí la necesidad de considerar como una personalidad jurídica el conjunto de individuos vinculados por determinados fines de carácter colectivo (1). Hoy a las personas morales se les suele llamar personas jurídicas, o también con la moderna expresión organización de personas. El término persona jurídica no existió en el Derecho Romano (2), más bien se usó la expresión universitas (3).
La persona moral (hoy persona jurídica u organización de personas) es la agrupación de muchas personas naturales, distinta de las personas que la forman, con un objeto y una duración que excede la vida de los individuos que la conforman. 5.3. Clases de personas abstractas o morales a.
Las corporaciones (universitates) (hoy llamadas asociaciones).
Las fundaciones (piæ causa).
Las personas jurídicas sui generis. c.1. El fisco. c.2. La herencia yacente.
5.2. Concepto de persona moral o abstracta (hoy personas jurídicas)
5.4. La corporación (asociación)
Fue un sujeto de derechos patrimoniales creado artificialmente y a quien el Derecho Romano le otorgó capacidad jurídica (4). Esta capacidad jurídica artificial no se extendió a los derechos familiares, porque los derechos familiares presuponen siempre un ser humano como sujeto de los mismos (5). Así el ser humano para vivir necesita convivir; para existir necesita coexistir.
Fue una agrupación de varias personas que se reunieron para lograr un fin lícito que individualmente no podían alcanzar, y/o la que el Estado (el ordenamiento jurídico) le reconoció capacidad jurídica, independiente de la capacidad que tuvieron de las personas que la integraron para adquirir derechos y contraer obligaciones (6) (7).
LEÓN BARANDIARÁN, José, Comentarios al Código Civil peruano (del Título Preliminar y del Derecho de las Personas), Librería e Imprenta Gil, Lima, 1952, T. IV, p. 277.
ERRÁZURIZ, Maximiliano, Apuntes de Derecho Romano, Editorial Jurídica de Chile, Santiago, 1982, p. 90.
PETIT, Eugenio, Tratado Elemental de Derecho Romano, traducción de José Fernández Gonzáles, Editora Nacional, México, 1961, p. 163.
SERAFINI, Felipe, Instituciones de Derecho Romano, traducción de la 9ª ed. italiana por Juan de Dios Trías, Hijos de J. Espasa Editores, Barcelona, T. I, p. 185.
SERAFINI, Instituciones de Derecho Romano, cit., T. I, p. 184.
SERAFINI, Instituciones de Derecho Romano, cit., T. I, p. 185.
ERRÁZURIZ, Apuntes de Derecho Romano, cit., p. 93.
PROTECCIÓN A LOS SUJETOS DE DERECHO EN
5.4.1. Elementos constitutivos de la corporación (requisitos para su existencia) a.
La pluralidad de personas físicas: se necesitaba por lo menos tres personas para la formación de la corporación.
El objeto determinado (intento a que se encamina una acción): para lo cual se constituye una corporación, el cual puede ser perpetuo.
La autorización del Estado: toda corporación, para existir y permitirle su funcionamiento, necesita ser autorizada por el Estado (desde el año 7 d.C. mediante la «Lex Iulia de Collegis», establecida por Julio César.
5.4.2. La recepción de la persona jurídica en los modernos códigos civiles
«La asociación es una organización estable de personas naturales o jurídicas; o de ambas, que a través de una actividad común persigue un fin no lucrativo» (las cursivas son nuestras). De la lectura atenta de la norma precedente se aprecian dos de los elementos o requisitos de la persona jurídica: la pluralidad de personas para la formación de la corporación («organización ... de personas») y el objeto determinado («persigue un fin no lucrativo»). Actualmente las personas morales o abstractas (hoy personas jurídicas) se dividen en aquellas que buscan un fin lucrativo (la ganancia o la utilidad) y aquellas que no lo buscan. Como ejemplo, tenemos el artículo 52 del Código Civil de la República de Bolivia. que expresa lo siguiente: «Son personas colectivas [jurídicas]:
La categoría jurídica persona moral (hoy persona jurídica), desarrollada por el Derecho Romano, ha sido recogida por el Derecho positivo contemporáneo. Así tenemos el Código Civil de la República Argentina, en su artículo 45 expresa lo siguiente: «Comienza la existencia de las corporaciones asociaciones, establecimientos, etc., con el carácter de persona jurídica desde el día en que fuesen autorizadas por la ley o por el gobierno (...)» (las cursivas son nuestras). Se puede apreciar, de la lectura del artículo, que la existencia de la persona jurídica comienza el día en que ésta es autorizada por la ley o el Estado. Requisito que viene desde el Derecho Romano y aún se conserva. Otro ejemplo de la recepción del concepto persona jurídica lo ofrece el artículo 80 del Código Civil peruano de 1984, que expresa lo siguiente:
(3) Las sociedades civiles y [las sociedades] mercantiles que se regulan por las disposiciones respectivas del Código presente y por las [disposiciones] del Código de Comercio y leyes correspondientes». Las sociedades civiles mencionadas en la norma citada anteriormente son personas jurídicas (personas colectivas) que no buscan lucro, ganancia o utilidad; por el contrario, las sociedades mercantiles tienen como objeto, como fin: el lucro, la ganancia, la utilidad, los dividendos, es decir, maximizar la ganancia y minimizar el costo. En el Perú del siglo XXI, las personas jurídicas no mercantiles están reguladas por el Código Civil del Perú de 1984 y éstas son: a)
La asociación, regulada en el artículo 80: «La asociación es una organización estable de personas naturales o jurídicas, o ambas, que a través de una actividad común persigue un fin no lucrativo» (las cursivas son nuestras).
La fundación, regulada en el artículo 99: «La fundación es una organización no lucrativa instituida mediante la afectación de uno o más bienes para la realización de objetivos de carácter religioso, asistencial, cultural u otros de interés social» (las cursivas son nuestras).
El comité , regulado en el artículo 111:
«Quienes [otras personas] constituyen la Sociedad [léase Persona Jurídica] convienen en aportar bienes o servicios para el ejercicio en común de actividades económicas [léase fin lucrativo]» (las cursivas y corchetes son nuestras). En lo relativo a la autorización que requiere una persona jurídica por el Estado, el artículo 6 de la Ley señala lo siguiente:
«El comité es la organización de personas naturales o jurídicas, o de ambas, dedicada a la recaudación pública de aportes destinados a una finalidad altruista [quien procura el bien ajeno, aun a costa del propio](...)». En el precedente artículo, no obstante, no se señala expresamente el carácter no lucrativo del mismo, este se deduce de la expresión altruismo que utiliza la norma. En cambio, las personas jurídicas mercantiles están reguladas en el Perú por la Ley General de Sociedades, Ley Nº 26887, de 09 de diciembre de 1997, y no por el Código Civil del Perú. La Ley General de Sociedades recoge los requisitos o elementos constitutivos de las personas jurídicas romanas. Así, en lo referente a la pluralidad de personas, que la deben integrar para su formación, el artículo 4 de la Ley señala lo siguiente: «La sociedad se constituye, cuando menos, por dos socios que pueden ser personas naturales o jurídicas (...)» (las cursivas son nuestras). En lo atinente al objeto de la persona colectiva o jurídica, el artículo 1 de la referida Ley señala lo siguiente:
«La sociedad [léase la persona jurídica] adquiere personalidad jurídica desde su inscripción en el Registro [léase Registros Públicos, entidad del Estado que pertenece al Ministerio de Justicia] y la mantiene hasta que se inscribe su extinción». 5.5. Las fundaciones (causas pías) 5.5.1. Concepto Fueron instituciones civiles o eclesiásticas encaminadas a un objetivo de utilidad pública, de beneficencia o de culto, tales como: iglesias, monasterios, hospicios, orfelinatos, hospitales (8). También se consideró como persona jurídica al mismo patrimonio de las fundaciones, el cual sirvió de medio para alcanzar los fines a que la fundación estaba encaminada (9) (10) (11). 5.5.2. La recepción de la persona jurídica fundación en los modernos códigos civiles La categoría jurídica fundación, institución de Derecho Romano que acabamos de presentar, ha sido recogida por el derecho contemporáneo; así el Código Civil del Perú de 1984 señala en el artículo 99 lo siguiente:
SERAFINI, Instituciones de Derecho Romano, cit., T. I, p. 189.
ERRÁZURIZ, Apuntes de Derecho Romano, cit., p. 103.
RODRÍGUEZ PASTOR, Carlos, Prontuario de Derecho Romano, Imprenta Americana, Lima, 1938, p. 50.
«La fundación es una organización no lucrativa instituida mediante la afectación de uno o más bienes para la realización de objetivos de carácter religioso, asistencial, cultural u otros de interés social». Bajo la palabra «organización» se está dando cuenta de la dimensión humana que integra existencialmente la fundación. Sólo un conjunto de personas, actuando coordinadamente y según determinadas reglas, es capaz de hacer funcionar la fundación (12). Otro ejemplo del tratamiento jurídico en el derecho positivo contemporáneo, de la fundación, lo ofrece el artículo 1 de la Ley sobre Fundaciones de la República Argentina de 15 de septiembre de 1972, el cual señala: «Las fundaciones a que se refiere el artículo 33 del Código Civil son personas jurídicas que se constituyen con un objeto de bien común, sin propósito de lucro, mediante el aporte patrimonial de una o más personas, destinado a hacer posible sus fines. Para actuar como tales deberán requerir la autorización prevista en el artículo 45 del citado Código».
la ley o por el Gobierno, con aprobación de sus estatutos y confirmación de los prelados en la parte religiosa». Hoy día, para alcanzar fines altruistas se acude al sujeto de derecho llamo fundación. Así tenemos como breves ejemplos de estas personas jurídicas en el Perú: •
La Fundación Peruana del Cáncer.
La Fundación por los Niños del Perú.
Fuera del país tenemos, por ejemplo, la Fundación Alfred Nobel, la cual se encarga de discernir los célebres premios para quienes contribuyen al avance de las ciencias exactas; las ciencias sociales, la literatura, la medicina, la paz. 5.6. Las personas jurídicas sui generis 5.6.1. El fisco
El artículo al que hace mención la última parte del artículo 1 de la Ley de Fundaciones, es el relativo a la inscripción. He aquí el texto del artículo 45 del Código Civil argentino.
El fisco fue en Roma el patrimonio del Estado que administró el emperador. Este patrimonio gozó de una situación de privilegio respecto de cualquier otro patrimonio(13). Fue considerado como persona jurídica y por lo tanto sujeto de relaciones jurídicas patrimoniales por extensión el Estado mismo(14).
«Comienza la existencia de las corporaciones, asociaciones, establecimientos, etc., con el carácter de personas jurídicas, desde el día en que fuesen autorizadas por
En sus orígenes el Fisco (fiscus) fue el patrimonio particular del emperador. Distinto fue el Tesoro Público (ærarium)(15), pero con el tiempo ambos se fusionaron.
FERNÁNDEZ SESSAREGO, Carlos, Derecho de las Personas. Exposición de Motivos y Comentarios al Libro Primero del Código Civil peruano, 9ª ed., Grijley, Lima, 2004, p. 293.
SERAFINI, Instituciones de Derecho Romano, cit., T. I, p. 190.
Si aceptamos esta solución, entonces cualquiera puede apropiarse de la herencia a través de un modo de adquirir la propiedad: la ocupación (19).
5.6.2. La herencia yacente (hereditas iacens) Fue el patrimonio de un difunto que aún no había sido aceptado por los llamados a sucederle. Mediante una ficción, el Derecho Romano, consideró a la herencia yacente una especie de persona jurídica capaz de contraer deberes y gozar de derechos.
¿Qué es la ocupación? La ocupación es la toma de posesión, animus domini, de una cosa susceptible de propiedad privada y que no pertenece a nadie. Por la ocupación se hace uno propietario. Consideraron los jurisconsultos romanos que el origen de la propiedad tuvo lugar en este hecho al principio de las sociedades (20).
Se fingió, además, que en la herencia yacente continuaba la personalidad del difunto (16), hecho que no es así porque al morir una persona natural muere con él su personalidad (la capacidad de tener derecho y deberes).
Así, a manera de digresión respecto de la ocupación, se debe decir que dicha forma de adquirir la propiedad estuvo regulada expresamente en el artículo 479 del derogado Código Civil de 1852:
a) Problemática de la herencia yacente Sin embargo, al hablar de la herencia yacente es inevitable formularse algunas preguntas: ¿A quién pertenece el patrimonio del difunto que aún no ha sido aceptado por los llamados a heredar? ¿Al transcurrir un tiempo considerable, entre el momento de la muerte de una persona natural y la aceptación de la herencia, a quién pertenece dicho patrimonio en el período intermedio?(17). b) Cuatro soluciones posibles(18)
«Ocupación es la aprehensión de una cosa que no tiene dueño, con ánimo de conservarlo para sí». Retornando al análisis de la primera solución, si cualquiera puede apropiarse de la herencia, qué ocurrirá cuando la persona llamada a heredar acepte la herencia: no podrá recoger la herencia porque un tercero la adquirió por ocupación (21). ¿El derecho puede permitir esto? •
Primera solución. La herencia yacente no pertenece a nadie. El patrimonio de un difunto, desde el momento de su muerte hasta el momento de ser aceptado por el llamado a heredar: no tiene dueño. No pertenece a nadie. Es res nullius.
ERRÁZURIZ, Apuntes de Derecho Romano, cit., pp. 100-101.
PETIT, Tratado Elemental de Derecho Romano, cit., p. 245.
Segunda solución. La herencia yacente pertenece al difunto. Una persona es propietaria de un patrimonio y fallece. ¿Quién será el propietario de la herencia desde el fallecimiento de la persona hasta el momento que el llamado a heredar acepte la herencia? El difunto.
Después de muerta la persona, su patrimonio se convierte en herencia, pues existe un brocardo latino que afirma que «no existe herencia en tanto no haya muerto el propietario del patrimonio», es decir, el muerto hace heredar al vivo según Fustel de Coulange. Si aceptamos esta solución, asumimos el siguiente razonamiento: un muerto ha dejado de ser sujeto de derecho; con la muerte se ha extinguido su personalidad jurídica, es decir, ya no es sujeto de derechos y deberes, ya no tiene patrimonio. En suma, ya no existe para el Derecho. ¿Cómo es posible que alguien que ha muerto siga siendo propietario de su propio patrimonio (herencia)? Con está solución el Derecho se contradice a sí mismo. •
Tercera solución. La herencia yacente tiene personalidad propia: la herencia, que es el patrimonio de alguien que ya falleció, es el conjunto de bienes, es el conjunto de derechos y también es el conjunto de obligaciones. Al no tener propietario dicha herencia, ésta actúa por sí misma. La herencia yacente, así, tiene personalidad jurídica, es sujeto de derechos y también de obligaciones. Si aceptamos esta solución, es decir, que la herencia yacente es una persona jurídica, entonces dónde están sus elementos constitutivos, es decir, dónde está la pluralidad de personas físicas, por lo menos tres; dónde está su objeto social; dónde está la autorización del Estado para que exista. Con esta solución el Derecho vuelve a contradecirse a sí mismo.
Cuarta solución. La herencia yacente pertenece al heredero, al fallecer una per-
sona los llamados a heredar no se convierten de inmediato en herederos. Para convertirse (un llamado a heredar) en heredero, éste debe (obligación jurídica) declarar que acepta la herencia. Si no lo hace sólo será un llamado: jamás será heredero y no tendrá derecho a recoger la herencia. A manera de ejemplo, propondré la siguiente situación. Una persona muere el 1º de enero y tiene sólo un hijo. No tiene más familiares. El hijo (llamado a heredar a su padre) no se convierte en heredero el mismo 1º de enero. Para convertirse en heredero debe declarar que acepta la herencia. Si así lo hace y acepta la herencia el 1º de marzo, entonces, ¿desde ese momento se ha convertido en heredero? La respuesta es no. Sin embargo, hay un problema por resolver. ¿En el período intermedio entre la muerte del padre (1º de enero) y la aceptación de la herencia que formuló su hijo (uno de marzo) a quién perteneció la herencia? La herencia yacente pertenece al hijo (heredero) desde el momento que falleció su padre. Esta cuarta solución se explica del siguiente modo: Para explicar que la herencia yacente tuvo como propietario al heredero, el Derecho Romano creó la ficción según la cual, una vez aceptada la herencia por el heredero se fingió que la aceptación se produjo en el momento del fallecimiento de la persona. Ficción que es admitida por el Derecho, en ciertos casos, para producir efectos legales del acto jurídico ex post facto (ex tunc). El Derecho clasifica a los actos jurídicos de muchas maneras, una de ellas, vinculada estrechamente con la cuarta solución, se
refiere los actos jurídicos declarativos, los cuales son aquellos que sólo reconocen derechos ya existentes. No crean derechos y además al celebrarse extienden sus efectos jurídicos hacia el pasado, es decir, son actos jurídicos con efecto retroactivo (los hace retroceder en el tiempo y le dan fuerza sobre el pasado). El Derecho Romano los llamó actos jurídicos con efecto ex tunc. La cuarta solución que se ha planteado, para explicar la propiedad de la herencia yacente, desarrolla este tipo de actos jurídicos. Para afianzar aún más el concepto sobre el efecto ex tunc propondré el ejemplo sobre el reconocimiento de un hijo extramatrimonial: un hombre y una mujer deciden tener una hija sin celebrar el acto jurídico del matrimonio. Nace la criatura y el padre no reconoce a su hija sino catorce años después del nacimiento, haciéndolo a través de una escritura pública, como lo establece el artículo 390 del Código Civil del Perú de 1984: «El reconocimiento [de un hijo extramatrimonial] se hace constar en el re-
gistro de nacimientos, [ante el notario a través de una] escritura pública o [empleando cualquier tipo de] testamento». El acto jurídico de reconocimiento, de la filiación extramatrimonial, que ha formulado el padre, catorce años después, necesariamente debe tener efecto retroactivo por la siguiente razón. Desde el nacimiento hasta la fecha de reconocimiento de la hija existe un intervalo en el que la niña, jurídicamente, no tiene padre. Producido el acto jurídico del reconocimiento la niña ¿recién tendrá padre? Sería absurdo y disparatado sostener esa afirmación, esa es la razón por la cual el acto jurídico de reconocimiento de una hija (o también de uno o más hijos, según sea el caso) extramatrimonial debe tener efecto ex tunc para evitar el intervalo, para evitar el interregnum paterno-filial, es decir, evitar que se produzca un vacío en el que el hijo o hija no tenga filiación. ¿Esta cuarta solución es la más sensata? A mi juicio sí. Es más, es la solución que informa al derecho peruano.
ÁGORA Ponencias del I Congreso de Derecho Procesal Constitucional de la Comunidad Sudamericana de Naciones (Universidad Inca Garcilaso de la Vega, 25, 26 y 27 de mayo de 2006)
Ágora. Revista de Derecho, Años IV-VI, Nºs 5 y 6, 2004-2006, pp. 287-307
La defensa de la Constitución y los procesos constitucionales en el Derecho procesal constitucional peruano Aníbal Quiroga León (*) Profesor de Derecho Constitucional en la Pontificia Universidad Católica del Perú
A los magistrados constitucionales del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional, con el mayor respeto. «El Tribunal Constitucional es una pieza inventada de arriba abajo por el constitucionalismo norteamericano y reelaborada, en la segunda década de este siglo, por uno de los más grandes juristas europeos, Hans Kelsen. Su punto de partida es, como se comprende, que la Constitución es una norma jurídica, y no cualquiera, sino la primera de todas, lex superior, aquella que sienta los valores supremos de un ordenamiento y que desde esa supremacía es capaz de exigir cuentas, de erigirse en el parámetro de validez de todas las demás normas jurídicas del sistema». Eduardo García de Enterría (**) «Durante el período que se inicia a mediados de 1920 y dura hasta la década del 80, los cultores de este tema se refieren en forma recurrente a la jurisdicción o justicia constitucional,
El autor es Miembro de la Asociación Internacional de Derecho Procesal, del Instituto Iberoamericano de Derecho Procesal y de la Asociación Peruana de Derecho Constitucional. Investigador becario del Instituto Internacional para la Unificación del Derecho Privado (UNIDROIT), Roma. Ha sido Vocal Suplente de la Corte Superior de Justicia de Lima, editor general de la revista Derecho-PUC y ex codirector de la Revista Iberoamericana de Derecho Procesal Constitucional. Abogado en ejercicio.
GARCÍA DE ENTERRÍA, Eduardo, «La invención norteamericana de la ‘judicial review’ y su papel en el sistema», en su La Constitución como norma y el Tribunal Constitucional, 3ª ed., Tecnos, Madrid, 1988.
sin importar, por ahora, las diferencias o matices que algunos han introducido. Lo importante, sin embargo, es que existe esta referencia. Y en concordancia con ella, siguiendo las orientaciones de Cappelletti y Fix-Zamudio, se habla en un primer momento de control jurisdiccional de las leyes, o “jurisdicción constitucional orgánica” y de “jurisdicción constitucional de las libertades”, o de la “libertad”, como prefiere Fix-Zamudio. Y dentro de esa línea, se agrega la “jurisdicción constitucional transnacional”, para referirse al ámbito, cada vez mayor, del derecho comunitario. (...). Pero esos contenidos son válidos y plenamente aceptables en la medida que hablemos de “jurisdicción” o “justicia constitucional” o equivalentes. Pero cuando se piensa que por encima de lo que es la jurisdicción, o sea, la mecánica operativa de declarar un derecho o definir una situación, existen órganos que tienen a su cargo esa tarea, y procesos que se tramitan ante ellos, entonces, por la fuerza de las cosas, se va a un “Derecho Procesal Constitucional”. (...)». Domingo García Belaunde (***) «A solución análoga ha de llegarse respecto del Derecho procesal constitucional. Partiendo de la unidad fundamental del proceso y utilizando los conceptos propios del Derecho procesal, ha de estudiarse el conjunto normativo que regula el Tribunal Constitucional y los procesos de que el mismo conoce. (...). Siendo el Derecho Procesal Constitucional una rama del Derecho procesal, no ofrecerá distintos problemas la determinación de su naturaleza jurídica que la del Derecho procesal en general. (...) Tradicionalmente ha sido considerado el Derecho procesal como un Derecho de carácter secundario instrumental respecto del derecho material. De aquí que se haya llegado a designar “Derecho adjetivo” o “Derecho formal”. Y, concretamente, el Derecho Procesal Constitucional, las normas reguladoras del proceso cuyo objeto son pretensiones fundadas en Derecho constitucional, se ha considerado como instrumental. Su papel es la defensa de la Constitución...». Jesús González Pérez
Sumario: Introducción. 1. El Derecho Procesal Constitucional. 2. La revisión judicial de la constitucionalidad de las leyes. 3. Las acciones de garantías constitucionales y las acciones de control constitucional. 4. El Tribunal Constitucional. 5. El control de la legalidad y constitucionalidad de la legislación derivada y de efectos generales: la acción popular. 6. Los denominados «conflictos de competencia» y su control por parte del Tribunal Constitucional.
INTRODUCCIÓN Este trabajo es producto de quienes venimos trabajando de manera decidida el tema del Derecho Procesal Constitucional en el Perú, disciplina de la que ya no se discuten sus perfiles propios; tanto desde nuestra actividad académica iniciada en el segundo semestre de
1985, con el apoyo e impulso de amigos y maestros del Derecho Constitucional y del Derecho Procesal Constitucional, con el primordial objetivo de desarrollar –en un primer momento– la definición y adecuada comprensión de los diversos «instrumentos» que el Derecho Constitucional ofrece en la actualidad para su
GARCÍA BELAUNDE, Domingo, De la Jurisdicción Constitucional al Derecho Procesal Constitucional, 2ª ed., Grijley, Lima, 2000.
determinación, defensa, adecuada interpretación, control inter-órganos y desarrollo, tal como lo informa la propia Constitución. Estos instrumentos en conjunto forman una especialidad de contornos propios y claramente definidos; en tanto que –en un segundo momento– determinar y dar forma al esquema básico de características, presupuestos, estructura y funcionamiento de los mismos. Esto, que parte de la especial interpretación constitucional (1), llega a los confines del Derecho Procesal Constitucional desarrollando toda su gama, no siempre bien comprendida y, lamentablemente, a veces mal tratada en la norma, en la sentencia o en la vida práctica del Sistema Jurídico nacional. Esta Ponencia permite esbozar una introducción a los mecanismos procesales de defensa de la Constitución, actualmente desarrollados en el Código Procesal Constitucional (actualmente vigente) y como estos convergen –a veces sin mayor éxito– en un sistema armónico de protección de los derechos fundamentales y de la jerarquía constitucional. Este texto legal integral de las acciones de control y de las acciones de garantía constitucional era un caro anhelo reclamado en no pocas ocasiones. Así, al mandato constitucional contenido específicamente en el sexto parágrafo del artículo 200 de la Constitución de 1993, que obligaba a concentrar todas estas acciones constitucionales en una Ley Orgánica, se habían su-
Y LOS PROCESOS CONSTITUCIONALES
mado diversas voces en el tiempo reclamándolo igualmente (2), al punto que luego de casi 25 años de vigencia en el Plan de Estudios de la Facultad de Derecho del curso titulado «Garantías Constitucionales» (que fuera idea y obra del Prof. Domingo García Belaunde, pionero en el Perú de estos estudios), a nuestra iniciativa, recogida prontamente por otros colegas, la Universidad rebautizó oficialmente esta materia por el nomen iuris que en verdad le corresponde de Derecho Procesal Constitucional (3). Como texto integral y sistemático, recoge un caro anhelo ya expresado desde diversos sectores académicos en el Perú, y sin duda hace justicia al avance y desarrollo de la doctrina peruana del Derecho Constitucional y, en particular, de Derecho Procesal Constitucional, como bien lo resalta el destacado constitucionalista Domingo García Belaunde (4), a la sazón Presidente de la Comisión de juristas autoconvocados que tuvo a su cargo la autoría del Anteproyecto de Código Procesal Constitucional (5), que ha sido base, casi al 90%, de la versión final aprobada por el Congreso de la República del Perú en la autógrafa ya reseñada. Finalmente, diríamos que el mérito principal de este Código Procesal Constitucional, además de ser pionero a nivel del ordenamiento interno de una nación en Iberoamérica, es el de concentrar e intentar sistematizar todos los
QUIROGA LEÓN, Aníbal, «La interpretación constitucional», en Derecho, Nº 39, Lima, 1985, pp. 323 y ss.
Cfr. QUIROGA LEÓN, Aníbal, «La judicial review en el Perú», en El Comercio, Lima, 13 de septiembre de 1996, que se constituyó en uno de los primeros –sino el primero– reclamos públicos de llegar a un Código Procesal Constitucional.
El primer syllabus o programa desarrollado del Curso que, aún bajo el epígrafe «Garantías Constitucionales», esbozó una temática completa del Derecho Procesal Constitucional en el Perú reclamando este título, me correspondió hacer más de 10 años.
GARCÍA BELAUNDE, Domingo, «Cómo estudiar Derecho Constitucional», en Derecho, Nº 39, Lima, 1985, pp. 177-189. Ver también del mismo autor: Cómo estudiar Derecho Constitucional (Una década más tarde), 2ª ed., Grijley, Lima, 1999.
AA.VV., Código Procesal Constitucional. Anteproyecto y legislación vigente, Palestra, Lima, 2003.
instrumentos del control constitucional orgánico y de la defensa de los derechos fundamentales en el control de las libertades, en un solo texto, con una misma redacción y con una misma técnica procesal constitucional. Eso es innegable. Nuestra regulación en materia de habeas corpus se inicia en 1897, y la que está vigente consta de más de 15 normas diferentes, no siempre conexas, no siempre de fácil manejo para el juez constitucional o para el Magistrado judicial o, aún, para el operador jurídico. Muchos menos para el justiciable de un derecho fundamental.
En el origen y definición del concepto de Justicia o Jurisdicción Constitucional podremos encontrar que(6): «El concepto de Justicia Constitucional o, como también se le denomina, Jurisdicción Constitucional (7) surge con el proceso mismo de la constitucionalización del Estado Moderno. Surge cuando el avance del Constitucionalismo determina la supremacía de las normas constitucionales
QUIROGA LEÓN, Aníbal, «Una aproximación a la Justicia Constitucional: El modelo peruano», en QUIROGA LEÓN, Aníbal (comp.), Sobre la Jurisdicción Constitucional, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, 1990, pp. 152 y ss.
Sobre la denominación aparecería contradicción y discrepancia. Así, FIX-Z AMUDIO (Veinticinco años de evolución de la Justicia Constitucional. 1940-1965, UNAM, México, 1968), como en el trabajo que tiene con Jorge C ARPIZO («La necesidad y la legitimidad de la revisión judicial en América Latina. Desarrollo reciente», en Revista Parlamentaria Iberoamericana, Nº 2, Madrid, 1986) la denota incuestionablemente como Justicia Constitucional; en tanto que Domingo GARCÍA BELAUNDE («Protección procesal de los derechos fundamentales en la Constitución peruana de 1979», en Derecho, Nº 35, Lima, 1981; así como en el ensayo «Sobre la jurisdicción constitucional», en QUIROGA LEÓN, Aníbal [comp.], Sobre la Jurisdicción Constitucional, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, 1990) opta sin lugar a dudas por la de Jurisdicción Constitucional. KELSEN, como bien apunta GARCÍA BELAUNDE, las denota indistintamente –quizás por la variedad idiomática o la traducción–. En el fondo, bien visto, no hay diferencia conceptual sustantiva entre ambos términos y así serán utilizados, como equivalentes, aun cuando el segundo aparezca más sugerente, y quizás a ello debamos la opción de GARCÍA BELAUNDE en el título de este libro. Sin embargo, la denominación de Justicia Constitucional parece más completa, pues apunta a la búsqueda del valor «justicia» dentro del texto constitucional, diferente del valor justicia en su acepción común. Si la Constitución contiene valores y principios, la justicia constitucional es el mecanismo para su búsqueda y protección. En el fondo, no pasa de ser un problema de diferente óptica de partida, entre un procesalista en búsqueda axiológica (FIX-ZAMUDIO) y un iusfilósofo (GARCÍA BELAUNDE) en el afán concreto de lograr la defensa constitucional en un esquema jurisdiccional. Acerca de la óptica axiológica en el Derecho Constitucional, se puede ver FERNÁNDEZ SEGADO, Francisco, «La necesaria dimensión valorativa del Derecho Constitucional», en Revista General de Legislación y Jurisprudencia, Nº 1, Madrid, 1988; CAPPELLETTI, Mauro, «Necesidad y legitimidad de la Justicia Constitucional», en Tribunales Constitucionales Europeos y Derechos Fundamentales, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1984; y LÓPEZ AGUILAR, Juan Fernando, «Notas sobre la aportación de la Justicia Constitucional a la integración del régimen jurídico de partidos de España», en Revista de las Cortes Generales, Nº 12, Madrid, 1987; al propio FIX-ZAMUDIO, Héctor, La Justicia Constitucional en América Latina y la Declaración general de inconstitucionalidad, Documento de trabajo. Segundo Coloquio Iberoamericano de Derecho Constitucional, (La Jurisdicción Constitucional en Iberoamérica), Bogotá, 1977. Ver también el Prólogo de GARCÍA BELAUNDE a la obra de BOREA ODRÍA, Alberto, El Amparo y el Hábeas Corpus en el Perú de hoy, Biblioteca Peruana de Derechos Constitucional, Lima, 1985, p. 11, así como el importante ensayo que ya usa esta denominación, titulado «El control jurisdiccional de la constitucionalidad de las normas jurídicas de carácter general», de SOUSA CALLE y DANÓS ORDÓÑEZ en EGUIGUREN PRAELI, Francisco (Dir.), La Constitución peruana de 1979 y sus problemas de aplicación, Cultural Cuzco, Lima, 1987, pp. 281 y ss. Más recientemente, véase GARCÍA BELAUNDE, Domingo, De la Jurisdicción Constitucional al Derecho Procesal Constitucional, Grijley, Lima, 2000.
por sobre aquella de la legislación ordinaria, cuando para ello se requiere de la defensa –y de su mecanismo– de esa categoría especial de norma positiva determinada en el texto constitucional. En consecuencia, se puede afirmar que la jurisdicción o Justicia Constitucional surge entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, luego de la independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa, a la par con el especial proceso de constitucionalización que ocurre en Inglaterra a la muerte de Cromwell en 1858 (8). Como lo apunta el propio Schmitt (9), en Alemania también se produjo el mismo fenómeno en el siglo XIX, aunque las luchas constitucionales germánicas no puedan compararse con las grandes revoluciones mundiales no cambiaron la historia del hombre moderno. No obstante, señala, las constituciones de la Monarquía Constitucional alemana no olvidan el problema de la supremacía constitucional como se aprecia de las Constituciones de Baviera de 1818 y de Sajonia de 1931 (10). Por Justicia Constitucional o Jurisdicción Constitucional, entonces, podemos entender aquel proceso histórico surgido del propio desarrollo constitucional de los Estados Modernos de derecho, que establecieron mecanismos de control,
autocontrol y de defensa de la supremacía y vigencia constitucional.» Así también Almagro Nosete (11) señala: «Por eso, el Derecho Procesal, recibe del Derecho Constitucional la positivización de los principios y reglas que inspiran o limitan el desarrollo legislativo en materia procesal. Pero, a su vez, el Derecho Constitucional, en cuanto a objeto de tutela jurisdiccional, recoge del Derecho Procesal las técnicas que permiten la primacía efectiva de la Constitución en supuestos de controversia. Al primer conjunto de normas le he denominado Derecho Constitucional procesal. Al segundo, Derecho Procesal constitucional. El “bloque” normativo integrante del Derecho Constitucional procesal está formado, exclusivamente, por preceptos constitucionales y su fin es la fijación, con rango constitucional, de determinados principios y reglas reguladoras del Poder Judicial y de las garantías procesales básicas. En cambio, no todos, ni la mayoría de los preceptos que forman el Derecho Procesal constitucional tienen rango constitucional, porque lo a este conjunto normativo no es el rango de las normas sino la peculiaridad del objeto sobre el que versa el proceso». Ahora bien, a partir de esto podemos referirnos a la definición que la doctrina le da al
SCHMITT, Carl, La defensa de la Constitución, prólogo de Pedro de Vega y traducción de Manuel Sanchez Sarto, Tecnos, Madrid, 1983, pp. 27 y ss.
Precisamente la Constitución de Sajonia de 1831, bajo el epígrafe De la Defensa de la Constitución, se refiere además a las atribuciones del Tribunal de Justicia Constitucional, instituido desde entonces para fallar sobre las dudas que se susciten sobre la interpretación de los textos constitucionales, cuando no haya acuerdo entre el Gobierno y los Estamentos (SCHMITT, La defensa de la Constitución, loc. cit., y n. 5 [STOERK, Handbuch der deutschen Verfassungen, p. 343]).
A LMAGRO NOSETE, José, «Breves notas sobre el Derecho Procesal Constitucional», en Revista de Derecho Procesal Iberoamericana, Madrid, 1979, p. 684.
denominado «Derecho Procesal Constitucional», al decir de GONZÁLEZ PÉREZ (12), quien señala lo siguiente: «Si el Derecho procesal se define, sintéticamente, como el conjunto de normas referentes al proceso, del Derecho procesal constitucional podrá afirmarse que es el conjunto de normas que regulan el proceso constitucional. (...) El Derecho procesal podrá ser definido como el conjunto de normas referentes a los requisitos, contenido y efectos del proceso; luego el Derecho procesal constitucional será el conjunto de normas referentes a los requisitos, contenido y efectos del proceso constitucional.» García Belaunde (13), con singular acierto, resume por su parte, que: «La jurisdicción constitucional, tal como la conocemos hoy en día, se remonta en realidad, a principios del siglo XVII, cuando el célebre Juez Edward Coke, en el caso del Dr. Thomas Bonham (1610), afirmó que el Derecho Natural estaba por encima de las prerrogativas del Rey, sentando así las bases de lo que posteriormente sería el control constitucional de las leyes por parte de los jueces. Por cierto, esta postura de Coke, fuertemente anclada en el pensamiento jusnaturalista, fue ampliamente conocida por los abogados de las Colonias inglesas de ultramar, que la de-
sarrollaron y utilizaron en toda su amplitud, a tal extremo que, si bien es discutible que Coke haya creado el control de constitucionalidad de las leyes, le dio sus elementos básicos y suministró a las Colonias un sólido sustento jurídico, que, según acertada opinión de B. Schwartz, contribuyó a crear las bases del Derecho Constitucional de los Estados Unidos (14). (...) La nueva realidad constitucional, aparecida en la década del veinte, dio origen a un amplio debate, tanto en Europa como posteriormente en América Latina, en torno a la Jurisdicción Constitucional. O la Justicia Constitucional, como algunos querían. Y usar un término u otro no tiene mayor importancia si lo consideramos como sinónimos. Pero algunos han establecido matices entre uno y otro, como es el caso del Héctor Fix-Zamudio, quien ha señalado diferencias axiológicas y también técnicas, entre ambos vocablos. Aquí nos interesa esto último, en la medida en que Fix-Zamudio, siguiendo la huella de Franz Jerusalem y otros juristas, entendía que existía Justicia Constitucional cuando los órganos judiciales comunes se dedicaban a resolver problemas constitucionales (15), y Jurisdicción Constitucional, cuando existían órganos calificados y especiales para esos fines, o sea, tribunales constitucionales (así, por ejemplo, Jesús
GONZÁLEZ PÉREZ, Jesús, Derecho Procesal Constitucional, Civitas, Madrid, 1980, p. 49.
CORWIN, Edward S., The «Higher Law» background of American Constitutional Law, Cornell University Press, 1955.
FIX-ZAMUDIO, Héctor, Veinticinco Años de Evolución de la Justicia Constitucional. 1940-1965, UNAM, México, 1968.
González Pérez (16)). Esta tesis, no obstante su importancia, ha ido perdiendo fuerza, y el mismo Fix-Zamudio la ha matizado posteriormente, toda vez que lo que interesa, en realidad, es quién decide en materia constitucional y con qué efectos, sin importar que sea una Corte Suprema (como es el caso de los Estados Unidos) o un Tribunal Constitucional. (...) Lo primero que hay que destacar es que, en realidad, el aspecto netamente procesal del Derecho Procesal no ha desaparecido. Por tanto, llamarlo jurisdiccional puede hacer justicia a gran parte de su contenido (digamos el 50%), pero no al 100%. Esto es, aún teniendo más justicia el nuevo nombre, nos quedamos cortos, pues no cubre la totalidad del contenido de la disciplina. Ante esto, podría pensarse en buscar un nombre que englobe toda la temática, y así se han barajado otros, como Derecho Judicial, pero que no tiene mayor precisión, y el mismo Montero Aroca (17) lo cuestiona. Además, encontrar un nuevo nombre que cubra todo y además encuentre fácil aceptación, es tarea nada fácil. Un segundo punto es que, en realidad, lo que ha sucedido en las últimas décadas, es que el Derecho procesal no ha modificado su carácter científico, ni tampoco su papel dentro del Derecho Público, y en cierto sentido, tampoco ha cambiado sustantivamente su enfoque, sino que más bien su contenido se ha enriquecido, pues ha sido engrosado muy sustantivamente, hasta el punto de presentar otra fisonomía.
Es probable que si los clásicos hubieran vivido hoy, hubieran aceptado esta realidad, como lo hizo Carnelutti en una famosa conferencia impartida en 1965 poco antes de su muerte, en donde reconoció que la figura del Juez era realmente lo importante en el proceso, y que había que dejar de lado el mito del legislador. (...) Vistas así las cosas, si las palabras no tienen por qué necesariamente ser reflejo de la realidad, sino que existe un amplio campo para el uso convencional, e incluso arbitrario, no vemos por qué vamos a aceptar el uso de un término que hasta ahora, y pese a la pujanza de sus promotores, no ha logrado aceptación plena en la comunidad jurídica hispanohablante, por no referirnos sino a lo nuestro. Por cierto, esto podría cambiar en el futuro, por diversos motivos a los que aquí no aludimos. Pero mientras esto no suceda, debemos optar por la de Derecho Procesal Constitucional, hasta ahora mayoritariamente en manos de constitucionalistas, si bien son los procesalistas los que le dieron el impulso de los últimos años con trabajos medulares (Alcalá-Zamora y Castillo, Calamandrei, Cappelletti, Couture, Fix-Zamudio, así como recientes publicaciones de González Pérez, Véscovi, Morello, Gelsi Bidart, Hitters, Alejandro D. Carrió, Gozaíni, entre otros). Por tanto, y sin aferrarnos dogmáticamente a lo expuesto, seguiremos usando –hasta nuevo aviso– el concepto de «Derecho Procesal Constitucional».
GONZÁLEZ PÉREZ, Derecho Procesal Constitucional, cit., p. 50.
MONTERO AROCA, Juan, Introducción al Derecho Procesal Jurisdiccional, Tecnos, Madrid, 1976.
Más recientemente, Fix-Zamudio (18) ha señalado lo siguiente: «También debemos estar conscientes que hay una presencia de las diversas disciplinas procesales respecto del derecho sustantivo es relativamente reciente y que ese desprendimiento ha sido paulatino, comenzando por el derecho procesal civil y penal, y sólo posteriormente los derechos procesales administrativos, de trabajo, agrario, etc., y una de las ramas más modernas, sino es que debe considerarse la más actual, es precisamente el derecho procesal constitucional. (...) 26. Los dos modelos, el americano y el europeo, se aproximan paulatinamente, de manera recíproca, y como ejemplo podemos mencionar a la Corte Suprema Federal de Estados Unidos, que en apariencia es el Tribunal Federal de mayor jerarquía en el clásico sistema difuso, por medio de su competencia discrecional denominada certiorari, (...) pero se ha convertido en un verdadero Tribunal Constitucional ya que la mayoría por no decir la totalidad de los asuntos de que conoce tienen carácter directamente constitucional, en especial en materia de derechos humanos; por otra parte, sus resoluciones son obligatorias para todos los jueces del país, de acuerdo que se llama stare decisis (obligatoriedad de precedente), de manera que cuando la citada Corte Suprema declara la inconstitucionalidad de una Ley, dicho fallo posee efectos generales, pues debido a su prestigio moral también las autoridades administrativas acatan sus resoluciones».
En este punto podemos determinar que aquellos instrumentos procesales que contiene una Carta Constitucional para su defensa y control, las llamadas acciones de control constitucional o de defensa orgánica, han sido incorporados como producto y resultado del curso de la historia constitucional de la República y la reciente evolución (y ebullición) constitucional de las últimas dos centurias, y en particular en el Perú de las últimas tres décadas, con la finalidad de brindar a los justiciables la posibilidad de solicitar como pretensión procesal la defensa y prevalencia de la norma constitucional en respeto de la Carta Constitucional y los Derechos Fundamentales que ella contiene. Ello, claro está, se encuentra determinado por ciertos límites, los mismos que en principio los podremos encontrar en el propio texto constitucional y que responden en algunos casos a una opción política, habida cuenta que el texto constitucional es una norma de eminente contenido político con una expresión y un ropaje jurídico (19); en tanto que, en otros casos, estos límites podremos encontrarlos en las normas legales que regulan y desarrollan dichos procesos constitucionales; las mismas que, no obstante no ser parte integrante del texto formal de la Constitución, materialmente deberán ser consideradas como normas de rango constitucional puesto que su contenido se refiere al mismo, desarrollándose sin que ello signifique que tengan el mismo nivel jerárquico de la Carta Constitucional, de la que, como hemos visto, emana la naturaleza normativa de la misma. Una primera y rápida revisión de la Constitución peruana de 1993 nos podría llevar erróneamente a apreciar que solamente se han de-
FIX ZAMUDIO, Héctor, Introducción al Derecho Procesal Constitucional, Fundap, México, 2002, pp. 19-23 y 38-39.
«La Constitución jurídica transforma el poder desnudo en legítimo poder jurídico», citado por KAEGI.
terminado como instrumentos procesales de protección constitucional, o procesos constitucionales, a aquellos enumerados en el artículo 200 de la Carta Constitucional; puesto que si revisamos con mayor minuciosidad la Constitución de 1993 encontraremos que en adición a los procesos constitucionales contenidos en el ya mencionado artículo 200, tenemos que el artículo 138 en su segunda parte, el artículo 148 y el artículo 202 inciso 3 forman parte también del Derecho Procesal Constitucional peruano.
de su debate y desarrollo; manifestado además el tipo de proceso a través de la pretensión específica, y sus efectos, que se vaya a solicitar al Juzgador Constitucional.
Así, encontramos que este esquema nos determina que son 9 los Procesos Constitucionales contemplados en nuestra Carta Constitucional, los que a continuación pasamos a enumerar:
Lo antes expuesto determinará, a diferencia de otros ordenamientos jurídico-constitucionales donde solo encontramos la presencia del sistema de control concentrado, que la «jurisdicción constitucional» pueda ser válidamente ejercida no solamente por los Magistrados del Tribunal Constitucional, sino también por los Magistrados ordinarios del Poder Judicial, cuando tienen conocimiento de procesos constitucionales sometidos a la competencia de la justicia ordinaria. En consecuencia, en nuestro medio podemos decir que la «jurisdicción o justicia constitucional» se entiende extendida a todo el ámbito competencial del Poder Judicial, tanto cuando sus Magistrados hacen uso de la facultad de inaplicación de una norma legal para un caso concreto (control difuso) contemplada ahora en el ya mencionado artículo 138, segunda parte, de la Constitución, como cuando conocen y resuelven las acciones de Garantía Constitucional.
Control difuso o judicial review de la Constitucionalidad de las normas legales (artículo 138);
Hábeas Corpus (artículo 200 inciso 1);
Acción de Amparo (artículo 200 inciso 2);
Hábeas Data (artículo 200 inciso 3);
Acción de Inconstitucionalidad de las Leyes (artículo 200 inciso 4);
Acción Popular (artículo 200 inciso 5);
Acción de Cumplimiento (artículo 200 inciso 6); y,
Contienda de Competencia Constitucional (artículo 202 inciso 3).
Por ello, podremos organizar en un primer intento todos estos procesos constitucionales en dos diferentes clases: (i)
las acciones de control constitucional; y,
las acciones propiamente de garantía de derechos fundamentales.
La diferencia entre ambos tipos de procesos constitucionales radicará en su objeto, finalidad, naturaleza y en el foro de ubicación ÁGORA. REVISTA DE DERECHO NºS 5
Hemos señalado en el párrafo precedente que no todos los procesos constitucionales son iguales y que su diferencia radical está en la pretensión que se formule al Juzgador Constitucional. Así, tenemos que son dos los tipos de procesos constitucionales, los de Garantías Constitucionales, y cuya pretensión está destinada a la defensa y protección de los derechos fundamentales materiales de las personas; y las Acciones de Control Constitucional, cuya pretensión, en todas sus variantes, estará dirigida a preservar y defender en abstracto la constitucionalidad y legalidad de las manifes-
taciones del Estado a través de sus Órganos y Organismos y derivadas del uso de las facultades o poderes que la Constitución y las leyes les ha atribuido a los mismos. De acuerdo a lo antes expuesto, serían propiamente acciones o mecanismos de Control Constitucional: (i) la Acción de Inconstitucionalidad, (ii) el Control Difuso de la Constitucionalidad de las leyes, (iii) la Acción Popular, (iv) la Contienda de Competencia Constitucional; en tanto que serían propiamente acciones de Garantía Constitucional: (i) el Hábeas Corpus, (ii) la Acción de Amparo, (iii) el Hábeas Data; y, (iv) la Acción de Cumplimiento. 2.
El «Control Difuso», también llamado «Control Judicial de la Constitucionalidad de las Leyes», nace, como lo reconoce hoy de modo unánime la pacífica doctrina, en la Corte Suprema Federal de los Estados Unidos, en 1803, como consecuencia de la expedición de la ahora ya célebre sentencia del caso Marbury vs. Madison, en un Writ of Mandemus (una suerte de «Acción de Cumplimiento») bajo la presidencia del Chief of Justice John C. Marshall, en la cual se sentó el precedente vinculante (stare decisis) de que una ley contraria a la Constitución debía ser considerada proveniente de «legislatura repugnante» y, por lo tanto, como teo-
ría fundamental, nula e ineficaz ya que esto se deduce de la naturaleza de la Constitución escrita y, que por ello mismo, la Suprema Corte Federal la habrá de considerar como uno de los principios de la sociedad democrática de derecho (20). El llamado «Sistema Difuso» o de «Judicial Review» de la constitucionalidad de las leyes basa su esencia y cualidad en dos aspectos fundamentales que le dan la denominación y principales características, una funcional y otra espacial; a saber: la primera, que se halla sistemáticamente ubicado como atributo constitucional «innominado» de toda Constitución escrita (21). Hoy en día, en los países en que se la ha incorporado, ello aparece expresamente y siempre dentro del Capítulo del Poder Judicial (por eso la denominación de «Sistema Difuso», esto es, atributo «distribuido» o «difundido» entre todos los órganos del Poder Judicial, entre todos los agentes del Poder Judicial en cuanto funcionen u operen como tales. Se dice «difuso» porque no hay ni un órgano específico ni un procedimiento directo para tal, pues se halla difuminado, difundido entre todos los Jueces del Poder Judicial), como un atributo de este y no susceptible de «transvase» por la vía interpretativa o analógica a otros órganos del Estado. En segundo lugar, es absolutamente unánime que en su modelo de origen, el sistema sólo opera en el escenario de un proceso judicial concreto y real. Esto es, la facultad judicial de oponer su interpretación de un principio o postulado constitucional a su
FURNISH, Dale B., «La revisión judicial de la constitucionalidad de las leyes en los Estados Unidos», QUIROGA LEÓN, Aníbal (comp.), Sobre la Jurisdicción Constitucional, Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, 1990, p. 88. Allí se puede hallar la trascripción literal de la parte «más importante» de este célebre fallo. Se le puede encontrar completo en: Lecturas sobre Temas Constitucionales, Nº 2, Lima, 1988, pp. 100 y ss.
Recuérdese que esta facultad, como tal, no existía en 1803 en la Constitución de los EE.UU., y que hasta la fecha no se la consigna expresa ni literalmente. Corresponde a una exclusiva y auténtica «creación» o «redefinición jurisprudencial» efectuada por el Supremo Tribunal Federal, siempre dentro del Poder Judicial. Ver FURNISH, «La revisión judicial de la constitucionalidad de las leyes en los Estados Unidos», cit., pp. 96 y 97.
interpretación de una ley del congreso, dando por resultado la descalificación de la segunda, siempre para el caso concreto y sólo con efectos inter-partes y mediante declaración judicial de «inaplicación», sólo será constitucionalmente válida y jurídicamente posible, en los márgenes de un caso concreto donde la ley sea dubitada por ser precisamente aquella con la que el juzgador ordinario debe de decidir ineluctablemente la controversia judicial. Esto es, el único escenario válido en el que el juzgador ordinario abre su facultad constitucional de juzgar la inconstitucionalidad de una ley será su confrontación, en un caso concreto, con los bienes jurídicos tutelados materia de una real controversia judicial, sólo en tanto y en cuanto esa ley entre necesariamente al examen en su aplicación concreta, real y tangible (22). Así aparece de modo uniforme entre nosotros en los artículos 8 de la LOPJ(D) de 1963, 236 de la Constitución de 1979 (D), 138 –segunda parte– de la Constitución de 1993 en vigencia, y 14 del TUO de la LOPJ, que a la letra dice:
«Artículo 14.- De conformidad con el artículo 236 (23) de la Constitución, cuando los Magistrados al momento de fallar el fondo de la cuestión de su competencia, en cualquier clase de proceso o especialidad, encuentren que hay incompatibilidad en su interpretación, de una disposición constitucional con rango de ley, resuelven la causa con arreglo a la primera. Las sentencias así expedidas son elevadas en consulta a la Sala Constitucional y Social de la Corte Suprema, si no fuera impugnadas. Los son igualmente las sentencias en segunda instancia en las que se aplique este mismo precepto, aun cuando contra éstas no quepa recurso de casación. En todos estos casos los magistrados se limitan a declarar la inaplicación de la norma legal por incompatibilidad constitucional, para el caso concreto, sin afectar su vigencia, la que es controlada en la forma y modo que la Constitución establece.
Dice Dale B. FURNISH: «La potestad de la Corte Suprema de los EE.UU. es reconocida en todo el mundo, pero muy a menudo mal interpretada. Hay que tener en cuenta que el Tribunal Supremo no es una entidad ofensiva, que sabe buscar oportunidades para ejercer su poder. Es una institución pasiva, que espera que el asunto entre a sus puertas, sin solicitarlo. [Con el curso del tiempo] la Corte ha [auto] establecido que ciertas reglas incontrovertibles que [auto] limitan su función de revisión judicial. (Una ejecutoria señaló una relación de toda limitación del poder del tribunal en cuanto a la judicial review [...]; sin embargo, hay una pocas circunstancias sumamente excepcionales en que la Corte Suprema podría sobrepasar esas limitaciones, para alcanzar la justicia social u otros factores innegables). Un jurista que quiere acatar la facultad y la función de la Corte Suprema estadounidense, tiene que apreciar estas limitaciones, o no podrá comprender cuál es la realidad y la práctica de la judicial review. A) La validez constitucional es la última cuestión que la Corte considerará con respecto a una ley; [...] B) Se requiere un “caso o controversia” auténtica para probar la validez de una Ley del Congreso [La Corte [...] no revisará la validez de una ley del Poder Legislativo, salvo en un juicio auténtico entre partes adversarias. [...] Se puede asumir jurisdicción solamente sobre casos concretos. [...] Es decir, el Tribunal no declarará hipotética, abstracta o contingentemente sobre la constitucionalidad de la ley. Tiene que haber un efecto real e inmediato sobre la suerte de las partes en juicio, un efecto que se pueda modificar o prevenir exclusivamente por la intervención de la Corte Suprema]; [...] C) La Corte Suprema no intervendrá en una “cuestión política” [esto es, en actos no judiciables]; [...] y, D) La Corte Suprema, a su propia discreción, puede decidir no considerar un caso [...]» (FURNISH, «La revisión judicial de la constitucionalidad de las leyes en los Estados Unidos», cit., pp. 90 a 96). Respecto de la necesidad de un «caso concreto», ver BLUME FORTINI, Ernesto, «El Tribunal Constitucional peruano como supremo intérprete de la Constitución», en Pensamiento Constitucional, Nº 3, Lima, 1996.
Léase artículo 138, segunda parte, de la Constitución Política peruana de 1993.
Cuando se trata de normas de inferior jerarquía, rige el mismo principio, no requiriéndose la elevación en consulta, sin perjuicio del proceso por acción popular.» El Código Procesal Constitucional Peruano ha pretendido regular este instrumento de control constitucional, en el primer párrafo del artículo VI de su Título Preliminar, de la siguiente manera: «Artículo VI.- Control Difuso e Interpretación Constitucional Cuando exista incompatibilidad entre una norma constitucional y otra de inferior jerarquía, el Juez debe preferir la primera, siempre que ello sea relevante para resolver la controversia y no sea posible obtener una interpretación conforme a la Constitución. (...)» Como se puede apreciar, el Código Procesal Constitucional peruano ha regulado este instituto de control constitucional de manera genérica, sin tener en consideración el antecedente normativo sobre el particular y en forma asistemática, debido que este cuerpo normativo no ha derogado (al menos en una simple revisión del Título XIII, Disposiciones Transitorias y Derogatorias) el artículo 14 del TUO de la LOPJ, el cual se mantiene vigente, produciendo un conflicto de interpretaciones, innecesario. En un análisis comparativo, el artículo 14 del TUO de la LOPJ peruano es la norma que ha desarrollado de manera adecuada la Judicial Review, máxime si la citada norma ha regulado el procedimiento mediante el cual dicho instrumento constitucional deberá aplicarse en cada situación en particular. Este simple hecho se comprueba con lo establecido en el artículo I del Título Preliminar del Código Procesal Constitucional Peruano, que excluye de manera expresa como objeto del mismo la regulación del control difuso, conforme detallamos a continuación:
«Artículo I. Alcances El presente Código regula los procesos constitucionales de hábeas corpus, amparo, hábeas data, cumplimiento, inconstitucionalidad, acción popular y los conflictos de competencia, previstos en los artículos 200º y 202º inciso 3) de la Constitución.» Esta regulación exigua de la Judicial Review por parte del Código Procesal Constitucional Peruano parte del hecho de desconocer que ésta es, en realidad, una justicia constitucional subsidiaria, residual y fundamentalmente subjetiva. Subsidiaria porque sucede necesariamente a la tarea judicial ordinaria de los Tribunales de Justicia y donde esta facultad es discrecional del juez ordinario de poder hacer, además, de juez constitucional. Residual, porque la actividad de control constitucional que hace el juez ordinario está «añadida» a su tarea principal, donde el control constitucional indirecto y limitado al «caso concreto», «interpartes», nunca le puede relevar de su función de hacer «reparto» o «distribución de los bienes jurídicos tutelados» –cualquiera sea la naturaleza, dimensión o denominación de éstos– materia de la controversia judicial. Y subjetiva, porque la determinación de la constitucionalidad o no de una norma legal, que el juez ordinario puede hacer recreando su función judicial con la de «contralor concreto de la Constitución» como parte adicional de la controversia de derechos subjetivos, de partes subjetivas, de sujetos del proceso judicial ordinario, y con una pretensión material y concreta. Como se aprecia, la justicia constitucional concentrada, o ad-hoc, bajo el modelo kelseniano, que corresponde al Tribunal Constitucional, es un ejercicio constitucional, mental y metodológico absolutamente opuesto al anterior. Son entonces conceptos antitéticos, y hasta opuestos. Y ello surge así desde la no receptividad del sistema americano en la Europa de finales del siglo pasado e inicios de la ÁGORA. REVISTA DE DERECHO NºS 5
presente centuria (la doctrina francesa la llegó a denominar despectivamente la «dictadura de los jueces» aludiendo a su no legitimación popular directa), y que se hacen sobre la base de metodologías opuestas. No cabe hacer un juicio valorativo, axiológico, de cualidad de la una sobre la otra, ni viceversa; simplemente cabe enunciar sus diferencias objetivas. Mientras aquélla es subjetiva, esta es abstracta puesto que no requiere de contención subjetiva ninguna ni se hace en sede judicial. Mientras aquélla es para el caso concreto, esta es erga omnes. Mientras aquélla está difuminada entre todo el sistema judicial con todas sus variantes, ésta se halla concentrada en un solo órgano diseñado en la Constitución para ese efecto. Mientras aquélla surge del valor que determina el derecho en conflicto con la realidad, la realidad que enmarca su proceso judicial, ésta proviene de un examen objetivo de subsunción dentro de la simple confrontación de las interpretaciones del referente constitucional y de la interpretación de la norma dubitada. Si lo anterior es así, cabe concluir que no se debe, ni se puede, esperar que el Tribunal Constitucional ejerza válidamente la atribución de la Judicial Review cuando conoce de una acción de inconstitucionalidad de las leyes, es decir, de la acción directa del control de las leyes; por ser esta abstracta, por ser aquella perteneciente al ámbito específico de la competencia exclusiva y excluyente del Poder Judicial conforme a la inequívoca acepción de la segunda parte del artículo 138 de la Carta Constitucional, sistemáticamente situado dentro del Capítulo reservado al Poder Judicial (lo que la Constitución reserva expresamente para un órgano, excluye implícitamente; para otro). Por otro lado, las competencias constitucionales no
se pueden válidamente analogizar, ni extender interpretativamente, pues son taxativas y excepcionales –baste ver el principio general del derecho contenido en el artículo IV del Título Preliminar del Código Civil(24)–. De lo contrario, si se asumiera que al Tribunal Constitucional le corresponde algo que está reservado expresamente para el Poder Judicial, ¿no se consagraría peligrosamente con ello el precedente que la sagrada y exclusiva facultad del Tribunal Constitucional de deponer de modo directo las leyes contrarias a la Constitución puede también ser extendida a cualesquiera otro órgano del Estado aunque no esté designado por la Constitución para ello? Finalmente debe reconocerse que la doctrina del Tribunal Constitucional en la justicia constitucional ad-hoc, o concentrada, es mucho más poderosa, excelsa y directa en la defensa de la Constitución; en tanto que el control constitucional con la «Judicial Review» a través del Poder Judicial es derivado subsidiario y mediatizado al caso concreto. Por eso, mayoritariamente la tendencia moderna opta sin ambages por el sistema del Tribunal Constitucional en el modelo de justicia constitucional concentrado o ad-hoc antes que por repetir la fórmula jurisprudencial de la «Judicial Review» basada en el Poder Judicial, no siempre bien dispuesto o en aptitud de repetir adecuadamente el modelo norteamericano, con sus alcances y limitaciones, y no siempre dotados de la ventaja comparativa que el sistema del «Stare Decisis», o de precedente vinculante como fuente principal de derecho, confiere a la sentencia judicial en el «Common Law» (25). Sin embargo, lo anterior no opera igual en la competencia del Tribunal Constitucional para conocer de la jurisdicción negativa de
Código Civil peruano, Título Preliminar, Artículo IV: «La ley que establece excepciones o restringe derechos no se aplica por analogía».
DE BERNARDIS, Luis Marcelo, La garantía procesal del debido proceso, Biblioteca Universitaria de Derecho Procesal (Dirigido por Aníbal Quiroga León), Cultural Cuzco, Lima, 1995, pp. 82 y ss.
la libertad (artículo 202, inciso 2 de la Constitución), dado que dicha facultad, expresa, pero excepcional por cierto, implica el necesario control de parte de la tarea judicial en el funcionamiento de las acciones de garantía constitucional siempre que hayan sido denegadas al pretensor por el Poder Judicial y siempre que al mismo tiempo medie Recurso de Agravio Constitucional (artículo 18 del Código Procesal Constitucional peruano). Esto significa que en la facultad excepcional de la jurisdicción negativa de la libertad el Tribunal Constitucional realiza una tarea judicial antes que una función de controlador de la actividad judicial, la de control directo de la constitucionalidad de las leyes. En el primer tal caso, sí hay un caso concreto, sí hay partes adversarias y sí hay derechos subjetivos en controversia (no se debe olvidar que las acciones de garantía sólo son procedentes frente a la violación de derechos constitucionales de orden subjetivo, y con legitimación activa real, vigente y existente). Por ello, como aparece obvio, en la jurisdicción negativa de la libertad el Tribunal Constitucional sí tiene, bajo las características ya señaladas, la facultad de la Judicial Review como derivación judicial (reconducción desde el Poder Judicial) de la facultad de control sobre las acciones judiciales de garantía, lo que no se debe confundir en ningún momento, ni por cierto ignorar (26), con las verdaderas competencias del Tribunal Constitucional, dentro de una actitud de autocontrol de sus poderes o self restraint que ha caracterizado siempre la actividad y funcionamiento del Tribunal Constitucional en el ejercicio de sus poderes explícitos e implícitos.
LAS ACCIONES DE GARANTÍAS CONSTITUCIONALES Y LAS ACCIONES DE CONTROL CONSTITUCIONAL
Habría que mencionar, en primer término, que la Constitución peruana agrupa a estas acciones en conjunto, sin una clasificación ordenada, habiéndose incurrido en el error de no agruparlas debidamente, lo que genera confusiones y no pocos errores conceptuales. Este mismo derrotero ha sido seguido por el Código Procesal Constitucional peruano, quien no realiza un deslinde entre estos dos tipos de acciones. Ello, a decir de González Pérez (27), responde a un denominador común en los ordenamientos legales de orden procesal constitucional, debido a que los mismos, así como el desarrollo doctrinario de esta rama del derecho, ha sido abordado en su mayor parte por estudiosos del Derecho Constitucional, y no del Derecho Procesal. En adición a lo antes expuesto habría que señalar que no obstante haberse dispuesto constitucionalmente que se deberá dictar una ley orgánica que regule todas las «Acciones de Garantía Constitucional» (28); hasta el año pasado no se habían dado pasos en serio que conduzcan a tal finalidad, para lograr la promulgación de un Código Procesal Constitucional como ya hemos apuntado con anterioridad, y como se ha logrado al fin ahora, no sin algunos problemas en su concepción. Uno de estos problemas radica en el afán de «rebautizar» todos, absolutamente todos los
Ver supra Nº 21 ab initio.
Entiéndase ello como todos los procesos constitucionales de control y garantía previstos en el artículo 200 de la Constitución de 1993, más la contienda de competencia (artículo 203) y el control difuso o revisión judicial de las leyes (artículo 138, segunda parte).
instrumentos del Derecho Procesal Constitucional en el Perú, sobre la presunta base de un «purismo procesal» que tampoco se llega a entender ni –mucho menos– a compartir. Con ello, se abandona, sin mayor explicación sólida, una incipiente tradición y uso de casi veinticinco (25) años que, sin duda, facilitaba su uso. Es que ha sido tradicional en el Perú ese afán de crear y recrear un «derecho originario», a veces extravagante, que nadie conoce y que nos hace creer fundadores de doctrinas tan especializadas como ocultas, que nos hace –en apariencia– tan imprescindibles como infalibles. En otro aspecto, en las acciones de garantía –en todas– y en las de control constitucional se ha cambiado, sin necesidad, ni sentido ni modernidad alguna (aquí sí hubo olvido de la modernidad que se reclama e invoca en otras partes) para optarse por el concepto de la prescripción, conforme se denota en el artículo 44 del Código Procesal Constitucional peruano, abandonándose a su moderno y seguro sucedáneo de la caducidad, tal como la ley expresa y lo regula a la fecha, que es institución de orden público y fatal, que hace desaparecer la pretensión material válidamente invocable y, sobre todo, que debe ser apreciada de oficio, para retrocederse a la de prescripción, siendo que en estos procesos no caben las excepciones, y que los jueces, por imperio de la ley –con excepción de alguna inadmisibilidad– no se pueden apoyar ni invocar una prescripción extintiva que no ha sido invocada por las partes, olvidando el Código Procesal Constitucional peruano el carácter de orden público constitucional que tienen tanto las acciones de control, cuando las propias de garantía constitucional. Asimismo se han puesto tantos requisitos (de hecho, más que en el Código Procesal Ci-
vil) para la admisibilidad de las acciones de garantía, sobre todo en el caso del Amparo Constitucional (a tal efecto baste una lectura del artículo 42 del Código Procesal Constitucional peruano) que se facilitará su rechazo liminar, no solo cuando carezca de sentido, sino cuando teniéndolo y mucho, al implicar una lucha contra el poder político de turno, el juez provisional, timorato o taimado, decida deshacerse de un proceso incómodo o «políticamente caliente». Esta previsión, creemos, parece colisionar con lo previsto en el artículo 25 del Pacto de San José, del cual el Perú es signatario, y que señala lo siguiente: «Artículo 25.- Protección Judicial 1. Toda persona tiene derecho a un recurso sencillo y rápido o cualquier otro recurso efectivo ante los Jueces o Tribunales competentes que la ampare contra actos que violen sus derechos fundamentales, reconocido por la Constitución, la Ley o la presente Convención, aun cuando tal violación sea cometida por personas que actúen en ejercicio de sus funciones oficiales.» Esto permitirá un escaso desarrollo jurisprudencial en esta materia, al generar incentivos a los juzgadores en la expedición de resoluciones inhibitorias por la falta de simples requisitos formales. Ello, aunado adicionalmente a los problemas de naturaleza política que necesariamente se dan en todo juzgamiento constitucional por el inevitable –y hasta necesario y saludable– confrontación que esto siempre supone, habida cuenta de la ya mencionada naturaleza política del texto constitucional trae siempre problemas de interpretación, actualización, «concretización» (29), aplicación práctica, entendimiento, acatamiento y desarrollo pro-activo, progresi-
HESSE, Konrad, La interpretación constitucional, citado por QUIROGA LEÓN, Aníbal, «La interpretación constitucional», en Derecho, Nº 39, Lima, 1985, pp. 323 y ss.
vo y creativo de estos instrumentos de la defensa y control constitucional. 4.
El Tribunal Constitucional se encuentra definido en el texto de la Constitución como el «órgano de control de la Constitución» (30). Esto significa que la Constitución de 1993, al consagrar su existencia dentro del Título V «De las Garantías Constitucionales» ha optado de manera clara y meridiana por el denominado control ad-hoc de la constitucionalidad, también conocido como el «Modelo Europeo» o de «Justicia Constitucional Concentrada» (31), con todo lo que ello implica en su génesis, historia, desarrollo, evolución y alcances. Siendo el Tribunal Constitucional el órgano de control de la Constitución, le corresponden dos facultades esenciales que son implícitas al poder del control: i) la interpretación de los postulados constitucionales bajo cuyo marco habrá de hacer la labor de control constitucional, como referente obligado y obligatorio a sí mismo y hacia todos los poderes del Estado y todos los ciudadanos; y, ii) dentro de la tarea interpretativa de la Constitución, y como consecuencia de la misma, le corresponde la facultad de diseñar y definir los alcances de los demás Órganos del Estado, sean constitucionales, sean de orden legal, de modo tal que se logre una sistematicidad y unidad constitucional que determine el sólido cimiento de la institucionalidad constitucional de la Nación, teniendo en cuenta que, como ya lo ha sosteni-
do la antigua doctrina del Derecho Constitucional, lo fundamentalmente nuevo del Estado constitucional frente a todo el mundo del autoritarismo, es la «fuerza vinculante bilateral de la norma constitucional»; esto es, la vinculación o sujeción a la Constitución de todas las autoridades (absolutamente todas) y al mismo tiempo de todos los ciudadanos, en contraposición al Estado de viejo cuño pre-moderno; donde en el Estado moderno de Derecho, la Constitución jurídica transforma el poder desnudo en legítimo poder jurídico, puesto que el gran lema de lucha del Estado constitucional –que hoy está más vigente que nunca– ha sido el cambio cualitativo logrado en el antiguo y arbitrario «Government by men» por el actual, democrático y jurídico «Government by laws» (32). Entonces, la Constitución no será sólo una norma política con expresión y manifestación de norma jurídica, sino que precisamente es y será la primera de las normas del ordenamiento entero, la norma fundamental, la Lex Superior o la Higher Law. Corresponde al Tribunal Constitucional, dentro de esta misma premisa de ser el supremo intérprete constitucional para el ejercicio del control constitucional erga omnes con efecto vinculante, interpretar adecuadamente el alcance de sus propias facultades y atribuciones, a fin de que pueda determinar el alcance de las trascendentes facultades que la Constitución Política del Perú le ha conferido. En la Constitución Peruana, el Tribunal Constitucional se haya definido específicamen-
Cabe señalar que en proyecto de modificaciones a la Constitución de 1993 que se preparó durante el Gobierno Transitorio que tuvimos desde diciembre del 2000 hasta julio del 2001, se ha sugerido que la definición del Tribunal Constitucional sea modificada por la de intérprete supremo de la Constitución. Ello tomando como ejemplo lo que prevé la Constitución española de 1978, desarrollada en el artículo 1 de su Ley Orgánica del Tribunal Constitucional 2/1979.
FIX-ZAMUDIO, Veinticinco años de evolución de la Justicia Constitucional (1940-1968), cit.
KAEGI y VON IHERING, citado por GARCÍA DE ENTERRÍA, Eduardo, La Constitución como norma y el Tribunal Constitucional, Civitas, Madrid, 1985, pp. 49 y ss.
te en el artículo 201, señalando como características del mismo, las siguientes: a.
Ser el órgano del control constitucional;
Ser autónomo e independiente; y,
Estar compuesto por siete miembros, denominados Magistrados del Tribunal Constitucional, con un mandato de cinco años reelegibles por un período adicional.
Si bien el Tribunal Constitucional es el supremo intérprete de la Constitución del Estado, ello no ha sido señalado expresamente en nuestra Carta Magna, en función a lo expuesto con anterioridad. Esta deficiencia no ha sido superada por el Código Procesal Constitucional peruano, quien no perfila el verdadero rol interpretativo del Tribunal Constitucional, el cual se infiere –en lectura muy indirecta– del tercer párrafo del artículo VI del Título Preliminar de dicho cuerpo normativo: «Artículo VI.- Control Difuso e Interpretación Constitucional (...) Los Jueces interpretan y aplican las leyes o toda norma con rango de ley y los reglamentos según los preceptos y principios constitucionales, conforme a la interpretación de los mismos que resulte de las resoluciones dictadas por el Tribunal Constitucional.» La facultad del control concentrado de la constitucionalidad de las leyes, bajo el modelo «europeo» o kelseniano, nacido bajo la inspiración de Hans Kelsen a partir de 1920 con la Constitución de Austria y perfeccionado con la Constitución de 1929 (33), implica que el control se habrá de dirigir básicamente hacia el
Parlamento. En efecto, si la tarea primera del Tribunal Constitucional es la de ser el intérprete de la Constitución, intérprete vinculante u obligatorio, esta tarea debe estar dirigida a interpretar en primer lugar, los alcances, la recreación y la determinación de los verdaderos límites constitucionales de sus propias facultades, para luego poder determinar los alcances de las potestades de los demás órganos del Estado, o del parlamento en particular cuando del control de la constitucionalidad de las leyes se trate. La interpretación constitucional, será la tarea esencial del Tribunal Constitucional, la que también debe hacerse conforme a la Constitución. En efecto, es del caso mencionar que la interpretación constitucional supone un ejercicio intelectual harto diferente de la interpretación jurídica ordinaria (hermenéutica), debido fundamentalmente a la diferente naturaleza normativa de las normas constitucionales de las normas jurídicas ordinarias. Como ya se ha visto, mientras que las primeras son esencialmente políticas (sean «autoaplicables», sean «programáticas», sean «estructurales»), las segundas son de básico contenido subjetivo o material, de modo tal que siendo diferentes, no se les puede aplicar válidamente un mismo método de interpretación pues el resultado resultaría erróneo. Como quiera que la Constitución otorga de modo exclusivo y excluyente al Tribunal Constitucional la potestad del control directo de la constitucionalidad, es necesario definir los alcances y límites del mismo. Este control aparece evidente en el denominado «Control Concentrado» o «Control Ad-Hoc», esto es, de índole abstracta –y por tanto incompatible en ese punto con el «Control Difuso» o «Judicial Review»(34)– en donde corresponde al Tribunal
QUIROGA LEÓN, «Una aproximación a la Justicia Constitucional: El modelo peruano», cit., pp. 153 y ss.
«En tal virtud, si examinamos en forma abstracta estas dos categorías, descubrimos en cada una de ellas las características contrarias de la otra, como lo puso de relieve de manera penetrante el insigne
Constitucional el examen abstracto (esto es, sin referencia a un caso concreto alguno en donde esté en disputa derecho subjetivo ninguno) de la ley dubitada y en donde el referente constitucional, previamente definido por la vía de la autorizada interpretación constitucional, va a ser el imperativo categórico que determinará, en análisis de subsunción, si la norma legal dubitada es o no incompatible con la Constitución. Si la primera premisa es la cierta, la demanda debe ser rechazada y la norma dubitada regresa al sistema jurídico tal como ingresó, en plena vigencia y constitucionalizada. En cambio, si la segunda premisa es la cierta, la norma es derogada de modo directo por el poder constituido en el Tribunal Constitucional como –al decir de Kelsen (35)– Legislador Negativo, esto es, con poder derogatorio directo (artículo 204 ab initio de la Constitución) creándose en cada caso de inconstitucionalidad así determinada una «norma sub-constitucional» (36), de la que es titular el Tribunal Constitucional como
«constituyente delegado». Por ello, y por expreso principio consagrado en la Constitución, el principio jurídico que toda ley se deroga sólo por otra ley y que expresa, p. e., el artículo I del Título Preliminar del Código Civil peruano(37), se halla ahora necesariamente ampliado por el siguiente enunciado: toda ley se deroga sólo por otra ley o por una sentencia estimatoria del Tribunal Constitucional. No obstante eso, debe anotarse que el concepto originario de «legislador negativo» se halla, a la fecha, ampliamente superado por la doctrina italiana y la que proviene de su Corte Constitucional, y la actual española y la que proviene de su Tribunal Constitucional, así como la alemana, y la que proviene de su Tribunal Constitucional (38). Desde ese punto de vista, la demanda de inconstitucionalidad de una norma legal dubitada no es propiamente una «demanda» en los términos que formula la Teoría General del Proceso como pretensión de un derecho
procesalista florentino Piero Calamandrei, cuando afirmó que los lineamientos del binomio aparecen de ordinario agrupados según cierta necesidad lógica, de modo que el control judicial, es decir, el americano es necesariamente difuso, incidental, especial, declarativo; y viceversa el que califica como autónomo, es decir, el austriaco, es concentrado, principal, general y constitutivo» (FIX-ZAMUDIO, Héctor, «La justicia constitucional en América Latina y la Declaración General de Inconstitucionalidad», en Latinoamérica: Constitución, Proceso y Derechos Humanos, Porrúa, México, 1988, pp. 337 y ss. (35)
El calificativo de «legislador negativo» que diera K ELSEN a la jurisdicción constitucional no pretende «desjurisdiccionalizar» ni el órgano ni la función. Según PÉREZ TREMPS: «No debe olvidarse que Kelsen parte de su intento de superación de la tradicional trilogía, que arrancando de Montesquieu, distingue entre la función ejecutiva, función legislativa y función judicial. Kelsen reduce [...] las funciones a dos: legislación y creación (por un lado), y creación y aplicación del Derecho. Desde ese punto de vista, la justicia constitucional no hace sino ejecutar, aplicar el Derecho contenido en la norma fundamental. [...] Kelsen crea un tribunal precisamente por las garantías que un órgano de tal naturaleza supone, y, especialmente, por su independencia [...]; cuando habla de “legislador en sentido negativo” lo hace, además, tanto para el caso americano como para el supuesto austriaco. Escribe Kelsen: “un tribunal facultado para anular leyes –en forma individual o de manera general– funciona como un legislador en sentido negativo”» (PÉREZ TREMPS, Pablo, Tribunal Constitucional y Poder Judicial, CEC, Madrid, 1981, pp. 6 y ss., cursivas y entre corchetes agregados). La cita de KELSEN se refiere a Teoría General del Derecho y del Estado (trad. de García Máynez), UNAM, México, 1979, pp. 303 a 334.
ALONSO GARCÍA, Alonso, La interpretación constitucional, Madrid, CEC, 1984, p. 13.
Código Civil Peruano, Título Preliminar, «Artículo I: La ley se deroga sólo por otra ley. La derogación se produce por declaración expresa, por incompatibilidad entre la nueva ley y la anterior o cuando la materia de esta es íntegramente regulada por aquella. Por la derogación de una ley no recobran vigencia las que ella hubiere derogado».
AJA, Eliseo, Las tensiones entre el Tribunal Constitucional y la Europa actual, Barcelona, Ariel, 1998.
público-subjetivo, sino propiamente una «iniciativa legislativa negativa» que la Constitución reconoce a los legitimados taxativamente para ello en el artículo 203 de su texto normativo. La derogación de la ley por el Tribunal Constitucional, si bien jurídicamente equivalente al acto derogatorio que puede disponer el Congreso, es un suceso bastante más grave, que extirpa por vía «quirúrgica» del Sistema Jurídico (al decir de Fix-Zamudio) la ley dubitada, de innegables y previsibles consecuencias políticas que no deben arredrar, pero sí hacer meditar con conciencia objetiva y prudente discernimiento, una tarea «quirúrgica» que tiende a corregir los excesos patológicos que se pudieran haber desarrollado en los diversos órganos del Estado en contra de la Constitución, y que habrá de crear necesariamente un vacío constitucional que generará inevitable inseguridad jurídica, ya que el legislador no tiene la agilidad suficiente para cubrir de inmediato el «vacío» que deja la norma derogada y que puede dar lugar a no pocas confusiones en la ciudadanía y en los poderes públicos. Como toda derogación, no implicará jamás el restablecimiento de la norma que hubiere sido derogada, ni tendrá carácter o efecto retroactivo, y la laguna que se crea puede producir, como lo ha señalado alguna vez el Tribunal Constitucional italiano, constituye en puridad una «situación de mayor inconstitucionalidad» en la solución práctica de los problemas que la ley derogada regulaba. 5.
EL CONTROL DE LA LEGALIDAD Y CONSTITUCIONALIDAD DE LA LEGISLACIÓN DERIVADA Y DE EFECTOS GENERALES: LA ACCIÓN POPULAR
La Acción Popular es uno de los instrumentos de control constitucional y legal del Derecho Procesal Constitucional que provee la Constitución Política del Estado a los justiciables para el control de la legalidad y constituÁGORA. REVISTA DE DERECHO NºS 5
cionalidad de la legislación derivada, esto es, para el control en sede judicial de las normas administrativas con carácter general cuando éstas contravengan la Constitución o las leyes. Es, por tanto, una acción de control directo de la legislación derivada (ley en sentido material), de orden abstracto (de puro derecho en trabajo de subsunción interpretativa) y de legitimación abierta sin requerir factor de conexión entre la norma dubitada y el agente que aparece como reclamante, cuya titularidad, en puridad, corresponde al Poder Judicial como agente del control constitucional. Con respecto a este aspecto, el artículo 84 del Código Procesal Constitucional peruano, abre inconmensurablemente la legitimación activa en dicho proceso de control constitucional, de suyo abierta. No existe un límite para ello, pudiendo hasta una persona (natural o jurídica) extranjera poseer dicha calidad, sin tener un sustento teórico concreto en la Exposición de Motivos respectiva. Es decir, personas que luego van a carecer de responsabilidad absoluta respecto de lo que hagan o pidan. La doctrina y la legislación ponen en sede del Poder Judicial, la posibilidad que éste de un modo abstracto pueda determinar si aquello normado por la Administración Pública, en la denominada legislación derivada se adecua o no a los parámetros establecidos en la Ley y en la Constitución. El control directo que la Acción Popular establece dentro del ámbito de competencia del Órgano Jurisdiccional es, en primer lugar, un control legislativo; en tanto que en segundo lugar éste puede llegar a ser un control constitucional y convierte al Órgano Jurisdiccional en Juez Constitucional de la legislación derivada de la administración pública. Ello supone que no siempre el control que ha de establecerse mediante una Acción Popular será de orden constitucional, puesto que puede ser de orden legal, p.e. (reglamento vs. ley)
sin necesidad de afrontar principio constitucional alguno. Nuestra Carta constitucional ha optado por otorgar competencia al Poder Judicial para que en su sede se determinen a través de la Acción Popular, si los Reglamentos y normas administrativas que tienen efectos generales colisionan con la Ley y con la Constitución, debiéndose de realizar el examen de la legalidad y constitucionalidad de la norma acusada de violación, en el orden antes señalado, pues no toda «ilegalidad» supone siempre una necesaria «inconstitucionalidad». El artículo 94 del Código Procesal Constitucional peruano regula de manera «novísima» la posibilidad de concederse medidas cautelares en el proceso de Acción Popular; es decir, de lograr derogaciones o nulidades, cuando no está de por medio ningún derecho particular, ninguna pretensión material ni subjetiva, desnaturalizando la finalidad misma de la medida cautelar. Sin embargo, similar criterio no se adopta en el caso del denominado «proceso de inconstitucionalidad», desconociendo las razones por las cuales se realiza la diferenciación, al tener ambos procesos la misma naturaleza. Sin perjuicio de lo expuesto, la Acción Popular, como mecanismo de control constitucional, tiene como única finalidad que la de preservar la legalidad y constitucionalidad de los Reglamentos y normas administrativas de carácter general, y para que ello sea determinado por el Juzgador Constitucional deberá necesariamente de llevarse a cabo un exhaustivo análisis de subsunción de la norma que supuestamente vulnera la ley y/o la Constitución, partiendo éste de la indispensable labor interpretativa de la Ley y la Constitución. Débese considerar necesariamente en este análisis la premisa básica de interpretación de que toda norma nace siempre bajo la presunción de ser válida y constitucional.
LOS DENOMINADOS «CONFLICTOS DE COMPETENCIA» Y SU CONTROL POR PARTE DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL
Como hemos señalado precedentemente, el Conflicto de Competencia es también un Proceso Constitucional, siendo su finalidad la interpretación del Texto Constitucional y con ello el control por parte del Tribunal Constitucional del ejercicio de las facultades que le son atribuidas a las diferentes entidades del sector público. Es un proceso que lo podemos clasificar dentro de la jurisdicción constitucional como un proceso de control de la constitucionalidad, legalidad y cumplimiento de las competencias constitucionales y legales. Los procesos constitucionales sobre Conflicto de Competencia pueden ser clasificados en dos: (i)
Conflicto negativo de competencia, cuando un órgano demanda ante el Tribunal Constitucional para que se le atribuya una competencia a su contendor, quitándosela de encima mediante una interpretación vinculante; y,
Conflicto positivo de competencia, cuando un órgano constitucional demanda al Tribunal el que se le atribuya una competencia determinada, que es contestada o disputada por su contendor, a quien se la deberán de restar explícitamente mediante interpretación vinculante.
Sobre la base de lo antes expuesto, conforme a lo dispuesto en el artículo 202, inciso 3, de la Constitución los Conflictos de Competencia que serán juzgados por el Tribunal Constitucional solamente se refieren a aquellos que se susciten de las atribuciones que la Carta Constitucional confiere a los diferentes estamentos del Estado, a raíz de la distribución o asignación de facultades que todo texto constitucional conlleva intrínsecamente.
El artículo 109 del Código Procesal Constitucional peruano, señala que la competencia del Tribunal Constitucional en esta materia se limita a los siguientes conflictos de competencia: (i)
Entre el Poder Ejecutivo y uno o más Gobiernos Regionales o Municipales;
Entre dos o más Gobiernos Regionales, Municipalidades, o de ellos entre sí; y,
(iii) Entre los Poderes del Estado entre sí o cualquiera de los otros órganos constitucionales, o de éstos entre sí. Sin embargo, otra innovación realizada por el Código Procesal Constitucional peruano es el uso de la nomenclatura «Proceso
Competencial», que no tiene parangón en la doctrina comparada, y parece estar reñido con la propia semántica del diccionario de la lengua española. Además viene a contramano de lo previsto en el propio Código Procesal Civil peruano que llama a esta institución como «Contienda de Competencia» o «Proceso de Contienda de Competencia». Finalmente, hasta la fecha nuestro Tribunal Constitucional no ha desarrollado una jurisprudencia considerable respecto a esta competencia. Este proceso constitucional no ha tenido tal vez la importancia que, por ejemplo, ha logrado en España a raíz de los conflictos que cotidianamente surgen entre el Gobierno Central y las diversas Comunidades Autónomas.
REVISTA AGORA 5 Y 6 part7
REVISTA AGORA FACULTAD DE DERECHO Y CIENCIAS POLITICAS DE LA UNIVERSIDAD INCA GARCILASO DE LA VEGA