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Timestamp: 2020-01-23 21:34:57
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Matched Legal Cases: ['artículo 408', 'artículo 26', 'artículo 408', 'artículo 138', 'artículo 1014', 'artículo 426', 'artículo 1802']

Elementos materiales de la firma - Índice resumen 5 introduccióN 6 preámbulo 9 la desmaterialización de los actos 9
7.5.1.La firma como signo personal.
7.5.2.La crisis de la firma manuscrita.
7.5.3.Formas de ejecución.
7.5.4.El Animus Signandi .
7.5.Elementos materiales de la firma.
Son aquellos elementos que surgen tras considerar a la firma como cosa, no como proceso volitivo; se refieren a la estructura o materialidad de la firma y están estrechamente vinculados a los procedimientos utilizados para ejecutarla.
El profesor Juan Agustín Figueroa79 dice que, la firma, en su esencia, tiene tres características fundamentales que son: la intencionalidad, en cuanto ella se estampa con la seria intención de manifestar una determinada voluntad; la personalidad, en cuanto es una manifestación propia y peculiar; y por último, la inimitabilidad.
La primera característica mencionada dice relación con el llamado “animus signandi”, al cual nos referiremos más adelante. Respecto de la última, aclaramos que toda firma es susceptible de ser imitada y así, conviene precisar que la firma lleva envuelta una prohibición “erga omnes”, según se ha dicho, porque ella sirve para serle atribuida única y exclusivamente a la persona que suscribe, y, por ende, se deduce que nadie puede usar de la firma de otra persona en ningún sentido80.
Aquella característica relativa a la “personalidad”, que aquí nos interesa, indica que la firma debe ser entendida como un signo distintivo y personal.
Sobre la noción de firma como el rasgo o conjunto de rasgos, la firma pretende asegurar la relación jurídica entre el documento y la persona que materialmente lo ha firmado. Esta relación jurídica ha sido sintetizada por alguien como “imputabilidad” y presenta variados y complejos aspectos, entre los cuales encontramos la paternidad, que sería aquel elemento, llamado “psicológico” por algunos, implícito únicamente en la grafía personal del firmante, por cuanto esta es la única expresión de conformidad o conocimiento que el suscriptor tiene como creación original expresiva de un cierto aspecto de su personalidad. Sin embargo, la “imputabilidad” también comprende la relación jurídica entre el acto que ha sido documentado y el autor de aquel acto. Así, antes que hablar de paternidad de la firma, hoy en día resulta apropiado hablar de titularidad de la firma, sea de modo general, sea especialmente para aludir a aquellos casos de uso menos extendido (de ejecución mecánica e informática), tanto más cuanto la paternidad de la firma comenzó a desvanecerse ya con la introducción de las formas mecanizadas y sin perjuicio que antiguamente esta función no era concebible con la firma “alógrafa”81 (cuando ni en la legislación ni en la costumbre se autorizaba el uso de la impresión dígito pulgar ante la intervención de terceros partícipes del proceso de documentación). En tiempo reciente, parece extrapolarse tal sutileza por cuanto se ha llegado a hablar de “firma” (digital) sólo respecto de personas naturales y se destina el término “sello” (digital) para las personas jurídicas.
En un sentido material, sólo existe paternidad respecto de la firma ológrafa, ya que la firma manuscrita trata de un grafismo, o sea, cada una de las particularidades de la letra de una persona, o el conjunto de todas ellas. La pericia caligráfica o “análisis grafotécnico” destinado a acreditar la autenticidad de un documento escrito, pretende corroborar, precisamente, la titularidad o singularidad atribuible a la escritura o firma, sobre la base de estudiar la especial forma de escribir de las personas82.
En nuestro país el “grado de individualidad” de la firma manuscrita, que permite estimarla como única e irrepetible, tiende a disminuir en promedio. Un estudio pericial83 estima que a partir de 1961 las firmas se tornaron ilegibles por la mayor velocidad que imprimía el uso del bolígrafo y por otro lado perdieron una cantidad importante de letras que expresaban el nombre y apellidos, tras prevalecer, en muchas de ellas, la rúbrica o parte ornamental de la firma. Esta suerte de simplificación de la firma, que hacia 1994 se fija en un 85% de firmas ilegibles, demuestra que nuestra costumbre sencillamente se ha alejado de la definición que señala el diccionario: en los países de ascendencia hispánica, es costumbre extender la firma con trazos más o menos complicados, a diferencia de algunos países anglosajones en que lo normal es escribir claramente el nombre y apellido. Es una práctica habitual asimilar la firma completa a la rúbrica o a la media firma, de modo tal que sólo se consigue identificar o nominar al suscriptor mediante la conformidad con la identificación establecida en el propio documento –tal como antiguamente ocurría con la inscriptio–. Para sorpresa nuestra, se afirma que “si tenemos presente que el 35% de las formas trazadas en la actualidad son breves, simples e impersonales, con escasos elementos gráficos definitorios, podemos comprender que la actual situación es potencialmente caótica”84.
Con todo, es posible el ensayo de distintas soluciones. En países como EE.UU. o Japón se ha investigado la posibilidad de garantizar la individualidad de la firma manuscrita, con el método de reconocimiento dinámico de la firma, sistema informático que consiste en realizar la firma con una estilográfica especial sobre una placa metálica, que posee ciertas propiedades magnéticas, que mide la presión pulsátil, fuidez del recorrido y demás aspectos propios de la escritura del ejecutor de la firma. Ésta se analiza y compara con las del registro inicial de referencia compuesto de cinco firmas que permiten cuantificar la variabilidad propia de la firma del titular85. Por otro lado, la característica de atribución o imputación que tradicionalmente se otorga a la firma manuscrita y a la grafía del individuo, puede ser provista por otros medios. La ciencia de la biometría –referida al estudio mensurativo o estadístico de los fenómenos o procesos biológicos–, ha descubierto señas irrepetibles, difícilmente imitables y propias de cada persona que, como ningún otro mecanismo, sirven para identificar a un sujeto. Tales son, por ejemplo, las tradicionales huellas dactilares, la configuración de los vasos sanguíneos que rodean la retina del ojo, la geometría de la mano, las huellas de los labios, el timbre de la voz e, inclusive, la secuencia de ácido desoxirribonucleico (ADN) determinado por los genes del individuo.
No obstante cierta doctrina extranjera reconoce la firma como el género y la suscripción como una especie86, en Chile no se ha concebido la firma como algo distinto de la suscripción, sea a modo de “sub-inscripción” manuscrita, sea como inscripción manuscrita marginal o como inscripción manuscrita en cualquier otra parte del documento. Ello no ha sido un obstáculo para el desarrollo doctrinario en torno al tema. Sin ir más lejos, Figueroa87 concluye que la forma de firma en la grabación (sonora) es en el fondo la propia voz del que graba, siempre que haya seria intención de hacer la correspondiente grabación.
Por cierto, frente a la concepción clásica de la firma (manuscrita), nuestro legislador demuestra, siempre en un ámbito circunscrito, un criterio extensivo hacia lo funcional, de tal modo que se autoriza que la firma sea ejecutada por medios manuales, mecánicos y electrónicos.
El inciso primero del artículo 408 del Código Orgánico de Tribunales autoriza que las escrituras públicas puedan ser firmadas a ruego por otras personas distintas al otorgante, para lo que éste debe colocar su impresión dígito pulgar derecha, eventualmente dígito pulgar izquierda, o de otro dedo cualquiera. A continuación, en el inciso segundo, “se considera que una persona firma una escritura o documento, no sólo cuando lo hace por sí misma, en la forma corriente, sino también en los casos en que no sabiendo o no pudiendo hacerlo, suple esta falta en la forma establecida en el inciso anterior”, de modo tal que la impresión de la huella dactilar se asimila a la firma ológrafa en ciertos casos. Así también lo ha entendido nuestra jurisprudencia: “El sistema dactiloscópico, cuya exactitud no puede ponerse en duda, vino así, por mandato de ese artículo –se refiere al antiguo artículo 26 del Decreto Ley Nº 407 de 19 de marzo de 1925, antecesor del actual inciso segundo del artículo 408–, a equipararse a la firma misma del interesado, dado que de la propia redacción de la firma se evidencia que hoy existen dos clases de firma: la escrita por la persona y la impresión digital de ésta, cuando no sabe o no puede firmar”88.
En diversas áreas de interés económico se ha aceptado el reemplazo de la firma ejecutada por medios manuales. A manera de ejemplo, el artículo 138 del Código Aeronáutico admite que la firma sea reemplazada por un sello en la carta de porte aéreo; y el inciso final artículo 1014 del Código de Comercio, a propósito del contrato de transporte marítimo, señala que “la firma en el conocimiento de embarque podrá ser manuscrita, impresa en facsímil, perforada, estampada en símbolos o registrada por cualquier otro medio mecánico o electrónico”.
Los medios manuales de ejecución de la firma se ven desplazados incluso cuando se trata de ejecutar el grafismo, estampado o marca propia de la firma manuscrita o de la rúbrica que hace las veces de tal. Así, los bancos podrán autorizar a determinadas personas para estampar en sus cheques, mediante procedimientos mecánicos, la cantidad girada y la firma89. Otro tanto ocurre con la Ley sobre Letras de Cambio y Pagarés90 y con la emisión de billetes, puesto que en ellos se consigna la firma manuscrita del Presidente y del Gerente General del Banco Central de Chile, transcrita mecánicamente por la Casa de Moneda91.
Algunos problemas que se desprenden de las diversas formas de ejecución de la firma, advienen de su forma de expresión, al entenderla como un trazado gráfico a semejanza de la firma manuscrita. Como de los preceptos legales no es posible colegir una solución indiscutida, toda vez que el legislador no expresa en qué consiste la firma, entendemos que nada obsta a que ella pueda expresarse de otra forma siempre y cuando se logre la función prevista de identificar al suscriptor, para vincularlo a lo suscrito. Luego, la presencia de un trazado gráfico no debiera ser indispensable para considerar firmado un documento. En este caso, inclusive, tampoco sería esencial que la firma fuera legible, ya que lo fundamental consistiría en tener conocimiento acerca de si determinados antecedentes se encuentran “firmados” en sentido funcional y, en esta virtud, son capaces de generar consecuencias jurídicas respecto del suscriptor inequívocamente identificado.
Otro problema relacionado con las formas de ejecución de la firma dice relación con el método previsto para ello. Como resulta fundamental que la firma pueda ser vinculada con precisión y de manera indubitada a una determinada persona, se tiende a buscar una suerte de equilibrio entre los derechos del suscriptor y los de aquellos que se van a relacionar con los documentos firmados por aquél. Por ejemplo, la impresión de huella digital presenta incertidumbre acerca del grado de comprensión o reconocimiento de lo suscrito, lo que explica que sólo se autorice su utilización de modo restringido o en forma complementaria92.
Con todo, es evidente que cualquiera sea el método de firma utilizado, se busca conseguir la protección de la información contenida en el documento. Así, no se considerará pública o auténtica la escritura en que no se haya usado tinta fija, o de pasta indeleble para confeccionar las firmas o escrituras manuscritas de las partes o del notario, según lo dispone el artículo 426 Nº5 del Código Orgánico de Tribunales. A este respecto, el estudio pericial ya citado estima como fundamental que la firma manuscrita posea ciertas particularidades gráficas definitorias93.
7.5.4.El Animus Signandi.
Es lo que se denomina el elemento intencional o intelectual de la firma, pero también hace parte de las características materiales de ella. Según Valentín Carrascosa94, quien desarrolla la denominada teoría de la “apropiación”, el animus signandi no es solamente la intención o la voluntad de firmar, sino igualmente la manifestación física de firmar, entendido como acto. De este modo, si la persona tiene la intención de firmar, pero no ha firmado el documento, por sí ni por interpósita persona, no hay animus signandi. Luego, el acto jurídico no se habría perfeccionado, es decir, no tendría efecto, cual es la creación de derechos y obligaciones que le son propios.
Bajo esta óptica, el animus signandi no parece tener mayor trascendencia, si pensamos especialmente en los actos solemnes, en que el elemento intelectual del documento escrito es el consentimiento revestido de las formalidades exigidas por la ley. En este caso, la firma adscribe a un instrumento ad solemnitatem –cuya reglamentación se sujeta a normas de orden público–, donde el acto firmado es exigido por vía de solemnidad y su ausencia importa la inexistencia del acto, o bien, su nulidad absoluta95.
Si se tarta de actos no solemnes o consensuales, la firma adscribe a un acto ad probationem, o sea, una formalidad establecida por vía de prueba. En tal caso el legislador civil ha tenido siempre un gran respeto por la autonomía de la voluntad y por eso las partes tienen la facultad de realizar y estipular sus negocios en la forma que crean más conveniente para la preservación de sus derechos. Así, siempre que se trate de actos lícitos, nada obstará a que las partes, al celebrar un acto jurídico no solemne, puedan acordar que no se perfeccione el contrato si no hasta que se escriture, en cuyo caso se constituye prueba anticipada del acto: nace un instrumentum.
También puede estipularse que este acto sea expresamente firmado y en esta hipótesis, el animus signandi hace las veces de constituir una prueba sustancial, sobre el negotium, en el sentido que señala nuestra jurisprudencia96: “colocar una firma en un documento significa que el subscriptor acepta su contenido”, de donde podría desprenderse, además, que es indiferente la firma puesta al final del documento (subscriptio) o en otra líneas del mismo (inscriptio, notatio, prescriptio). No obstante, la costumbre más rigurosa –acorde a la doctrina tradicional– demuestra que la firma manuscrita que se coloca justo después de la última línea de un documento escrito presenta mayor seguridad, en tanto sirve de cierre a la declaración documentada, lo que dificulta la intercalación de nuevas líneas de texto suscrito.
Observamos que la respetable opinión del profesor Carrascosa no es aplicable en nuestro ordenamiento, puesto que la voluntad de firmar (animus signandi) es distinta de la voluntad de crear el acto jurídico o de obligarse (animus contrahendi)97. Postular lo contrario, implica desconocer que en nuestro sistema normativo el consentimiento en los actos jurídicos no solemnes tiene plena eficacia cuando no se supedita a la firma.
Ilustra nuestra posición lo dicho en el artículo 1802 del Código Civil: “Si los contratantes estipularen que la venta de otras cosas que las enumeradas en el inciso 2° del artículo precedente –relativo a las especies cuya venta debe ser solemne– no se repute perfecta hasta el otorgamiento de escritura pública o privada, podrá cualquiera de las partes retractarse mientras no se otorgue la escritura o no haya principiado la entrega de la cosa vendida”. Incluso en este caso, se respeta el principio general de la plena eficacia del consentimiento, tras validar el acuerdo de voluntades que presume la entrega de lo vendido, lo que privilegia, además, el natural consensualismo de este negocio jurídico, todo un paradigma de la historia contractual.