Source: http://ricardo-lafferriere.blogspot.com/2008/10/
Timestamp: 2020-04-10 12:39:38
Document Index: 69226945

Matched Legal Cases: ['Artículo 17', 'Artículo 82', 'artículo 17', 'artículo 173', 'artículo 248', 'artículo 1112']

Sentaku: octubre 2008
Artículo 17, Constitución Nacional: “La propiedad es inviolable, y ningun habitante de la Nacion puede ser privado de ella, sino en virtud de sentencia fundada en ley. La expropiacion por causa de utilidad publica, debe ser calificada por ley y previamente indemnizada....”
Artículo 82, ley 24241: “El fondo de jubilaciones y pensiones es un patrimonio independiente y distinto del patrimonio de la administradora y que pertenece a los afiliados...”
Ni la ley ni la Constitución dejan dudas: las cuotas partes de cada afiliado a una AFJP no es del gobierno, ni de las administradoras: es un derecho de propiedad de los aportantes, que han decidido confiarlo a instituciones especializadas a fin de preservarlos del saqueo de administraciones públicas inescrupulosas. Están respaldadas por la Constitución Nacional, la que sólo permite privar de la propiedad luego de una declaración de utilidad pública, y a cambio de una indemnización que debe ser previa al desapoderamiento, y por una ley de la Nación.
Por supuesto, la confiscación –la apropiación sin indemnización, como sería el caso actual- no está prevista en la Constitución. En todo caso, está expresamente prohibida en el artículo 17 de la carta magna.
El intento de confiscación expresada por la presidenta Cristina Kirchner y el Admnistrador de la ANSES, Sr. Amado Bidou, enfrenta en forma clara, sin duda alguna, una manda constitucional, al apropiarse en forma ilegal de una propiedad que no les pertenece. Y si se diera el caso de que los legisladores sancionaran la ley como lo reclama el Poder Ejecutivo, serían autores, junto a los dos primeros y los ministros que firmen tal proyecto, de varios delitos: contra la propiedad –artículo 173, incs. 2 y 7 - y violación de deberes –artículo 248-, del Código Penal. Ello sin contar que, según lo estipula el Código Civil –artículo 1112- serán también civilmente responsables, con sus patrimonios, del daño que cause su acción u omisión-
El intento de saqueo del ahorro privado jubilatorio no tiene parangón en la historia económica argentina, ni siquiera el congelamiento de los depósitos o su transformación forzada en una conversión artificial ocurrida en el 2002, luego fuertemente atenuada por las decisiones judiciales. Se trata del mayor robo de la historia, en el que el aparato del Estado despoja a sus legítimos propietarios de una suma global o “botín” de Cien mil millones de pesos, de los que podrá disoner a su total discrecionalidad mediante el diseño de una normativa de gasto público que, también en forma ilegal, ignora las formas y controles establecidos por la propia Constitución.
Podrán posiblemente concretarla: han construido un esquema de poder al margen de las normas que, con las debidas complicidades, lo hará posible. Lo que está claro es que el delito no quedará impune, porque son demasiados los damnificados –más de tres millones- que mantendrán estampada en su memoria el recuerdo del saqueo, para insistir una y otra vez en los próximos años, cuando la justicia haya recuperado su independencia, la sanción civil y penal de los culpables –funcionarios y legisladores que apoyen la medida-, que deberán responder con su patrimonio personal y con su responsabilidad penal el daño causado.
El argumento para justificar el saqueo es infantil: la necesidad de intervencíon estatal ante la pérdida del 2,5 % que ha sufrido el patrimonio administrado por las AFJP. Se oculta que un componente fundamental de esa pérdida ha sido la inversión forzada a la que fueron obligadas por sucesivos gobiernos en bonos públicos inexorablemente devaluados y la quita de más del 65 % que sufrieron al ser identificados con los “acreedores externos” del país, a pesar de tratarse del ahorro jubilatorio de millones de argentinos. La comparación con la caída de valor de los bonos públicos, por su parte –se cotizan hoy a apenas el 60 % de su valor- recuerda, a su vez, que no sólo las compras forzadas de esos bonos por el monto de la deuda “reducida”, sino que además la pérdida de valor de esos bonos golpeó en forma decisiva la propia rentabilidad de los ahorros previsionales, por causa de decisiones públicas.
Pretender que el Estado, cuyos títulos han perdido casi el 50 % de su valor, será mejor custodio de esos ahorros previsionales que las AFJP, es otra burla a la inteligencia y al sentido común de los argentinos. La obvia consecuencia será el incremento de la evasión, ya que obviamente luego de este nuevo ejemplo de vocación cleptómana, quedó claro que la perspectiva jubilatoria es tan virtual y difusa como los argumentos presidenciales.
El propio “lapsus linguae” de la presidenta Kirchner en Formosa, cuando invocó motivos de “solidaridad”, indica que en realidad no se piensa en los aportantes, sino en el botín que se les confiscará para utilizar en el jubileo electoral del año próximo y en el festival de subsidios a empresarios, socios y amigos. A esos aportantes se les pide “solidaridad” para que se dejen robar sin protestar.
Los voceros a sueldo, economistas abonados a las burocracias sindicales y socios del saqueo seguramente saldrán a respaldar el cambio, sin importarle los derechos que afecta. Total, son fondos que no son suyos. Son aquellos para los cuales el marco legal no es más que un componente fungible de sus devaneos intelectuales y de ninguna manera el sólido soporte de la convivencia. Avalarán el dislate, y luego, cuando cambien los patrones, cambiarán de opinión.
Para quienes soñamos con una Argentina exitosa en el mundo global, libre y abierta, solidaria sobre la base de su propio esfuerzo, será un golpe duro que nos obligará a renovar esfuerzos para la recuperación del estado de derecho, la vigencia de la Constitución Nacional y los derechos de los ciudadanos.
Publicado por Ricardo Lafferriere en 18:58 1 comentario:
En las postrimerías de la gestión de Néstor Kirchner, el balance de la opinión pública para la evaluación presidencial mostraba claroscuros, más de los que le hubiera gustado al autor que desde el comienzo desconfió de los peligrosos antecedentes políticos institucionales del patagónico, pero sin dudas conjugaba un mix de aciertos –recuperación de la autoridad presidencial, cierta disciplina macroeconómica, atisbos de renovación en el peronismo- con un claro déficit: el retroceso en la calidad institucional.
El reclamo mayor hacia el gobierno, sobre mediados del año pasado, no era tanto la inflación –que recién se insinuaba-, ni la desocupación –que venía en descenso-, sino el creciente hastío con un estilo de gobierno que privilegiaba la confrontación e impedía la generación de consensos estratégicos, llave de oro de calquier lanzamiento sólido hacia un período de crecimiento de largo plazo.
Las causas de tal estilo fueron evaluadas por la ciudadanía no tanto como el necesario método de construcción política para un proyecto que no podía confesar abiertamente sus objetivos cleptómanos, como el necesario ejercicio de facultades excepcionales para encarrilar una situación nacional evidentemente desmadrada.
En aquellos tiempos, desde esta columna marcábamos la disyuntiva: el kirchnerismo debería elegir –y mostraría a los demás...- si Néstor Kirchner era el saludable Cincinato del siglo XXI, que una vez cumplida su tarea se retiraba a su granja mientras la República retomaba su ritmo de normalidad, o si –como lo suponía el autor- el autoritarismo formaba parte de la esencia de un proyecto político para el que el bienestar de la población, los derechos de los ciudadanos y el éxito nacional no forman parte de la agenda.
En ese contexto, la articulación de la fórmula presidencial dejaba abiertos ambos caminos, y en realidad no terminaba de disipar la incógnita. Para los incrédulos por naturaleza –entre los que me contaba- CK proyectaba un escalón superior de soberbia, la más peligrosa de todas: la de quien sin saber, cree que sabe. Pero para muchos argentinos expresaba la modernización política, el ejercicio del poder con mayor decoro y el paso hacia la normalidad que el propio Néstor Kirchner exaltó al repetir en varias oportunidades la “calidad institucional” que significaría el nuevo período, el de Cristina.
La figura de Cobos integraba ese mensaje. Emergido de un exitoso radicalismo mendocino, su aporte a la “Concertación Plural” ayudó a configurar la oferta electoral del oficialismo ante una opción del radicalismo tradicional que, al encolumnarse tras la figura de otro –prestigioso- justicialista, restaba nitidez a su alternativa. El sentimiento tradicional de las clases medias argentinas, verdadero “field” de la balanza social nacional, se dividió en una tensión entre quienes prefirieron creer, forzando su optimismo, en la honestidad del discurso oficialista, y quienes, prevenidos contra él, tampoco se encontraban cómodos en la alternativa que le ofrecía la formalidad del viejo partido. Muchos de esos votantes se “desgranaron” hacia la Coalición Cívica, sin confiar en ninguna de ambas propuestas.
La fórmula de la Concertación Plural ganó con un mensaje sintetizado en el excelente corto publicitario de su cierre de campaña, en el que toda la historia argentina, con los próceres paradigmáticos de las diferentes corrientes de opinión, se conjugaban con los hombres y mujeres que, en toda al geografía del país, trabajan cotidianamente por su futuro. “Cristina, Cobos y vos”, era el lema. Fue el lema que ganó –aunque, bueno es recordarlo, sin romper ningún récord, sin “que le sobrara nada”...
Empezó el gobierno, y en lugar de mejorar las cosas empeoraron. La reiteración de los superpoderes fue el primer hito, que en un gesto de magna hipocresía la recién llegada dejó promulgarse por el transcurso del tiempo, como si el país fuera un Jardín de Infantes que no supiera leer gestos y actitudes. Y luego, Antonini, el ataque a la justicia norteamericana por descubrir el delito en lugar de ayudarla a “zafar”, el papelón de Néstor en la selva colombiana, el papelón presidencial en la Cumbre Presidencial que trató el conflicto entre Colombia, Venezuela y Ecuador, y de ahí en más, la debacle.
La vocación cleptómana renació con toda su fuerza ante el intento de imposición de las retenciones móviles, que resistida al comienzo por el campo concitó la oposición de gran parte del electorado de “Cristina, Cobos y vos”. No sería aventurado afirmar que en esa batalla primero se fue “vos”, y luego se fue Cobos.
El paso fue casi natural. Había sido convocado para una “concertación plural”, y a los cinco meses de gestión se lo pretendía arrastrar a un “divisionismo sectario”, teñido de invocaciones a hechos trágicos del pasado. Los alaridos del ex presidente imputando a los opositores de reproducir los “grupos de tareas” del proceso y hasta los “Comandos Civiles” de 1955, no fueron un exabrupto aislado: fueron avalados por diferentes intervenciones de la propia nueva mandataria en varios discursos en los que achacó a quienes no se dejaban robar de conformar “piquetes de la abundancia” y tener “proyectos destituyentes”. La claque clientelizada, los escribidores de la izquierda esclerosada añorante de la guerra fría y los socios en el proyecto cleptómano se abroquelaron en una cáscara de dogmatismo y exclusión que ya nada tenía que ver con la propuesta electoral y mucho menos con el aporte que a esa propuesta hiciera la historia, valores y convicciones del Vicepresidente.
Hoy ya la situación está institucionalmente tanto o más desmadrada que al comienzo de la gestión kirchnerista. El oficialismo se ha convertido en un conglomerado muy cercano a una asociación ilícita, para la que no existen límites constitucionales ni legales. El hecho de que las palabras “democracia” y “estado de derecho” hayan estado ausente de los discursos oficiales en estos años es sólo un muestra. La violencia cotidiana cada vez más insoportable y los descubiertos vínculos del narcotráfico con el financiamiento de la campaña electoral presidencial agregan su nota de dramatismo.
La recreación del clima de enfrentamiento de los años de plomo ensañándose con una de las partes del conflicto violento, mientras se apaña cínicamente a la otra y se oculta pragmáticamente a quienes desencadenaron el proceso con atentados criminales y aún a quienes firmaron los decretos –de un gobierno constitucional- que ordenó la aniquilación del terrorismo, busca polarizar falsamente a la sociedad para construir un discurso plagado de intolerancia. El insolente destrato al vicepresidente Cobos –electo, en todo caso, por los mismos argentinos que votaron a la presidenta- por parte de funcionarios sin estilo ni escrúpulos, nada más que porque ha tratado de cumplir su compromiso electoral, avanza en la misma línea.
Y el sólo anuncio del propósito de confiscar los aportes previsionales de quienes, protegidos por la ley y la Constitución, optaron por el sistema de capitalización y son propietarios exclusivos de sus aportes, abre la peligrosa compuerta de la ruptura definitiva del estado de derecho y del propio pacto constitucional. En efecto: si los ciudadanos no tienen la protección del Estado para defender sus derechos, nada les impedirá defenderlos por sí mismos. Néstor y Cristina habrían logrado, al frente de una verdadera asociación ilícita, llevar al país a una situación anterior a la sanción de la propia Constitución Nacional, abriendo la puerta no ya a la institucionalidad con calidad sino a la más pura y violenta ley de la selva.
Hace unos meses, también desde esta columna, exhortábamos a la presidenta a una reacción. Repetimos ahora la misma exhortación, aunque –parafraseando a Almafuerte: “cada incurable tiene cura cinco segundos antes...”-, cada vez queden menos esperanzas de que se encuentre en voluntad y condiciones de hacerlo.
Publicado por Ricardo Lafferriere en 18:56 No hay comentarios:
Publicado por Ricardo Lafferriere en 7:43 No hay comentarios:
“Estos gringos van a terminar
pidiéndonos a nosotros la receta de nuestro modelo económico...”
No son sólo Néstor Kirchner y su esposa los hipnotizados por la idea de un modelo. Lo hemos visto otras veces, las más originadas en algunos economistas más cercanos a los números y las fórmulas que a la vida real del país y del mundo. ¡Tantos tuvieron su “modelo” en la historia reciente! ¡Tantos elaboraron construcciones teóricas que respondían cabalmente al sistema de ideas y conceptos que relacionaban entre sí hasta conformar un maravilloso mecanismo lógico que se probaba a sí mismo!
“Platonismo” llaman algunos a esa deformación intelectual de pretender interpretar el mundo sobre la base de conceptos puros, olvidando que éstos son sólo abstracciones cuya fuerza epistemológica deriva de su verdadera capacidad de reflejar el mundo real. Porque –no lo debemos olvidar- tanto gobierno, como economía, como política, tratan del mundo integrado por nosotros, imperfectos seres humanos con conductas y pensamientos imposibles de homogeneizar en el concepto platónico de la “idea-hombre” o de ser comprendidos identificándonos con la simple y matemática belleza de un número.
La realidad, esa inagotable fuente generadora de hechos y cosas, esa caprichosa productora de procesos y crisis, vuelve por sus fueros cada vez que el platonismo pretende encasillarla en los –al fin..- siempre toscos edificios conceptuales. No porque éstos no reflejen también admirables esfuerzos de comprensión, sino porque las infinitas probabilidades que aquella ofrece convierte en inútiles los pronósticos más ajustados que generen los pensadores que la han intelectualizado, separando esa realidad en pedazos arbitrarios de análisis y generando con ellos conceptos difícilmente abarcativos de las propiedades diversas de esa realidad.
Lo pasado, puede estudiarse. El futuro, está abierto y es impredecible. No cabe en un “modelo”. Lo hacemos los seres humanos con nuestra acción, libre y des-alineada de cualquier pretensión homogénea.
Si el fenómeno se da en las ciencias naturales, en la vida social se potencia. La libertad de decisión inherente a la capacidad de pensar – intrínseca en la condición humana- hace inabarcable una descripción que deba tener en cuenta toda la realidad. En una metáfora borgiana –como la del mapa que refleje en forma total y absoluta el territorio que represente-, es imposible conocer lo que decidirán personas y grupos tan diversos y –relativamente- autónomos en sus decisiones como un directorio financiero de un mega-banco en Wall Street, un grupo de guerrilleros en la selva colombiana, los miembros del Comité Central del Partido Comunista de China, los integrantes del Banco Central Europeo, la dirección de Al Qaeda en una cueva afgana, militares en una sala de situación del Pentágono, un “ayatollah” iraní con influencia en el gobierno de un país con poder nuclear en el centro de la mayor reserva petrolera del mundo, y tantos, tantos otros... por ejemplo, en las reflexiones íntimas de un Vicepresidente que debe desempatar una votación clave.
Frente a esa incertidumbre, que puede provocar hechos que cambien el mundo en un día como la caída del muro en Berlín, el atentado a las torres gemelas, la desbordada creación de valores “simbólicos” haciendo crecer la riqueza “virtual” a valores que tienden al infinito (olvidando la vieja definición de la economía como “la ciencia de la escasez”), el resurgimiento de la tensión militar internacional, o dé vuelta totalmente el escenario político y muchos otros imprevistos... ¿cómo hablar de “modelo” como si se tratara de las instrucciones de armado de un mecano?
La edificación intelectual y el autoconvencimiento en la validez de un “modelo” actúa muchas veces como una muleta que ayuda a soportar una discapacidad, sea una propia del natural limitado entendimiento humano, sea el reflejo de una limitación sicológica, la de resistirse a entender la vitalidad asombrosa de la realidad en un vano intento de aprehender la historia y fijar su rumbo.
Por supuesto que la ciencia trabaja por desentrañar esa realidad, su esencia, sus reglas, sus correlaciones. En esa tarea, elabora “modelos” interpretativos que, sin embargo, son siempre provisorios, abiertos a la reelaboración, transitorios y válidos “hacia atrás”. Serán superados por nuevos hechos descubiertos que muestren su error, por nuevos “modelos” que lo integren, por nuevas fronteras del conocimiento.
En todo caso, pretender aplicarlos a la política y “hacia delante” conlleva un riesgo, alertado por Blaise Pascal hace tres siglos: confundir los órdenes, y caer, sin pretenderlo, en la “tiranía”, que no es otra cosa que aspirar al dominio de todos ellos olvidando que al poder sólo le está reservado dictar normas legales en los marcos y límites que lo permiten los procedimientos constitucionales, guiados por el objetivo de la justicia, cuya definición, variable desde siempre según las realidades sociales, religiosas, culturales y tecnológicas, pertenece al campo de la moral, que fija el “ bien” y el “mal”. La que –conviene recordarlo- es también variable, según las épocas...
El “modelo” que permite la democracia a los gobiernos es sólo el del “procedimiento” y está estampado en la Constitución. Los demás objetivos, siempre limitados, parciales y cambiantes, deben responder a sus respectivos “órdenes”, cada uno de los cuales integra propiedades apoyadas en la antropología -inmodificable en los plazos previsibles- de los seres humanos. Olvidarlo llevará a la “tiranía” y fatalmente generará las tensiones que también nos muestra la experiencia, no sólo de la humanidad sino de nuestra propia convivencia, cuando en nombre de sucesivos “modelos” se ha intentado expropiar a los seres humanos su libertad de decisión. Porque si ello ocurre, ésta, caprichosa e inexorablemente, vuelve por sus fueros y a veces, de muy mala manera.
En el mundo, esto se sabe hace mucho. Es improbable que alguien pida la receta para volver a ensayar fracasos conocidos.
Publicado por Ricardo Lafferriere en 7:53 No hay comentarios: