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Timestamp: 2017-06-29 10:50:15
Document Index: 365593650

Matched Legal Cases: ['Artículo 2', 'Artículo 4', 'Artículo 5', 'Artículo 7', 'Artículo 9', 'Artículo 10', 'Artículo 12', 'artículo 11', 'Artículo 13', 'Artículo 14', 'artículo 2', 'Artículo 15', 'Artículo 16', 'Artículo 19', 'Artículo 21', 'Artículo 22', 'Artículo 23', 'Artículo 24', 'Artículo 25', 'Artículo 26', 'Artículo 28', 'Artículo 29', 'artículo 31', 'Artículo 33']

Araceli Rego, un poco de historia: EL CONCORDATO DEL REICH....EL VATICANO Y EL REICH ALEMAN
EL CONCORDATO DEL REICH....EL VATICANO Y EL REICH ALEMAN
Concordato con la Santa Sede,plumilla de Francois Gerard
Probablemente, pocos convenios entre la Iglesia Católica y un estado nacional, hayan recibido en la historia de las relaciones diplomáticas de la Sede Apostólica, apreciaciones tan dispares –por parte de historiadores, periodistas e incluso dramaturgos–
como el Concordato firmado entre el Vaticano y el Reich alemán en julio
de 1933 y ratificado en septiembre del mismo año. Trazar una historia completa de tales interpretaciones excedería, sin lugar a dudas, a la modesta presentación con la que pretendo introducirlo.
A poco de examinar el documento y las opiniones vertidas sobre él, nos damos cuenta de que la suerte del mismo está intrínsecamente ligada a la del Cardenal Eugenio Pacelli –futuro Pío XII– y salta a la vista que las opiniones de los detractores del Secretario de Estado y luego Pontífice, coinciden inexorablemente con una valoración negativa del Concordato; así como los
defensores de la figura del Pontífice y de su previa acción al frente de la Secretaría de Estado vaticana y de las legaciones pontificias en Munich y Berlín, coinciden, también de forma casi indefectible, con una valoración mucho más mesurada y positiva del texto; por eso, el documento no puede leerse si no es a la dentro de un marco más amplio, que contemple desapasionadamente todo lo ocurrido en aquellos tiempos, con respecto a las relaciones entre la Iglesia y los estados durante el período previo a la Segunda Guerra Mundial y durante el mismo enfrentamiento bélico. Tampoco puede dejar de tenerse en cuenta la relación de la Iglesia Católica con la nación alemana en particular, y en especial la actuación de los Pontífices, y de los católicos en general, en lo que se refiere al antisemitismo nazi y la acción de los mismos pontífices con relación al pueblo hebreo.
Estimo que una vez publicados los doce volúmenes de las Actas y Documentos de la Santa Sede relativos a la Segunda Guerra Mundial,
los cuales permiten reconstruir casi diríamos “hora por hora” la acción
de la Sede Apostólica durante la conflagración, y su relación con las diferentes iglesias particulares y con los estados implicados; así como el sesudo estudio (que compendia los doce volúmenes mencionados más arriba) del P. Pierre Blet, o de otros trabajos que tratan temas particulares podría liberarse a Pío XII de la leyenda negra antisemita en que lo han sumido autores como el dramaturgo Rolf Hochhut, o más modernamente John Cornwell o Daniel Jonah Goldhagen.
De una presunta complicidad global de la Iglesia católica con el régimen nazi, al estilo de la que nos presenta Goldhagen podría liberarnos la documentada investigación que ha publicado últimamente el prestigioso historiador Sir Martin Gilbert.
Si quisiéramos resumir las observaciones negativas hechas a este Documento, podríamos compendiarlas
en las siguientes: El Concordato fue aceptado por Pío XI como una forma
de combatir el comunismo;
en manos del régimen nazi, y según expresión de Hitler, que recoge Hochhut, “este concordato –del que de paso diré me deja indiferente el contenido– nos hará beneficiarios de un clima de confianza que nos va a ser muy útil en nuestra lucha sin cuartel contra el judaísmo internacional”.
De parte de la Santa Sede, el acuerdo se habría convertido en un instrumento, en manos del papado, para imponer al clero alemán el Código
de Derecho Canónico promulgado en 1917. Con el Concordato se habría logrado desarticular al catolicismo político alemán, representado por el
partido del Centro, hostil a las políticas de Hitler, se habría excluido con él la acción social y política de los católicos como tales,
con el establecimiento de la cláusula segunda
se habría centralizado toda ulterior negociación con el gobierno central del Reich, neutralizándose así la posible acción de otros Länder como la católica Baviera, estos son en síntesis los argumentos de John Cornwel.
Goldhagen, por su parte, va mucho más allá y afirma que con el Concordato “se legitimaba realmente la toma del poder por parte de Hitler y su destrucción de la democracia, que Pacelli y Pío XI acogieron
favorablemente”,
acusa al Concordato –y por ende al Papado– de haber apoyado al dictador
en los años treinta “momento en el que Hitler era débil y sin duda la Iglesia no corría peligro alguno”, y acusa al Secretario de Estado de haber urdido “la legitimación de la dictadura nazi mediante un acuerdo, el concordato antes mencionado, por el que la Iglesia alemana se sometía
a los líderes nacional socialistas de su país”;
acusa al pacto de conceder “al régimen el derecho a dedicarse, sin la crítica o la oposición de la Iglesia, a sus objetivos políticos, entre ellos un programa, abiertamente militarista, imperialista y racista. Pacelli habría aceptado incluso que se incorporara al concordato una ‘disposición adicional secreta’, con la que de hecho prestaba el consentimiento de la Iglesia al rearme alemán, que seguía prohibido por el Tratado de Versalles”,
con el Concordato, la Iglesia católica “conseguía una reconocida esfera
de inmunidad religiosa y cultural en Alemania, donde sus publicaciones estaban sufriendo presiones del régimen”;
con tono intempestivo, el autor afirma que “los católicos tenían que saber tan bien como cualquiera que no se hacen pactos con el diablo (en este caso, Hitler era el ser humano más parecido a él que había en el mundo). Pero eso fue precisamente lo que hizo la Iglesia con un concordato que, a pesar del gigantesco asesinato en masa perpetrado por los alemanes, esa misma Iglesia, Pío XII y la nación alemana junto a su clero, ‘respetaron’ a lo largo de la guerra”;
para rematar sus acusaciones, agrega Goldhagen que “Su concordato –el de Pacelli– otorgó una pronta legitimidad política al régimen nazi dirigido por Hitler
Entiendo que semejante retahíla de imprecisiones y enormidades, cuando no de verdaderos dislates, merecen alguna clarificación. Para ello me serviré sobre todo del artículo de Konrad Repgen, La política exterior vaticana en la época de las guerras mundiales, quien a su vez resume la excelente monografía dedicada a este tema por Ludwig Volk;
y en la que se demuestra que, durante todo el tiempo de su vigencia el Concordato nunca fue concebido como una “concesión” hecha al régimen Nazi, sino más bien como “un arma defensiva” frente al mismo.
Ante todo creo que es importante distinguir bien los tiempos en que se dieron los sucesos, para poder sopesar la veracidad o falsedad de las acusaciones vertidas; es cierto que tanto el Papa Pío XI, como su Secretario de Estado el Cardenal Eugenio Pacelli, desarrollaron durante los años treinta una febril actividad concordataria, con las diversas naciones en general y –dado su especial estatuto jurídico– con los distintos Länder alemanes en particular.
Estimo que es una opinión que
no se corresponde con la realidad el afirmar que la Santa Sede haya tenido la menor influencia en la toma del poder por parte de Hitler; así
como tampoco en la desarticulación del partido del Centro. El 30 de enero de 1933 se vio claramente que las últimas medidas tomadas por las autoridades de la feneciente República de Weimar para superar la crisis económica, política y social no habían dado ningún resultado.
Estas crisis habían hecho colapsar las instituciones democráticas y parlamentarias en pocos días, y ese mismo 30 de enero el presidente Hindemburg venció sus últimos escrúpulos nombrando a Hitler como Canciller del Reich.
Si bien en las últimas “elecciones libres” del 5 de marzo de 1933, Hitler y su NSDAP no obtuvieron la mayoría absoluta de votos de los electores, el acuerdo con el DNVP (Deutsche Nationalevolkspartei) le concedió la mayoría parlamentaria; lo cual, entre otras cosas, le permitió recibir poco después la “ley de plenos poderes” (24 de marzo de
Tal ley, en la práctica, concedía al gobierno del Reich la atribución de suspender las garantías constitucionales, y de emanar leyes por sí mismo, sin contar con el Parlamento. Ante este panorama, mal y mal puede
decirse que el partido Zentrum o la Iglesia tuvieran algún influjo, y mucho menos el concordato posteriormente firmado, en la caída
de las instituciones republicanas. Cuando el concordato se gestó (abril-julio de 1933), Hitler tenía ya en Alemania todo el poder en sus manos. Más bien podría decirse a la inversa: El voto favorable del Partido del Centro impulsó a la Iglesia a aceptar el Concordato que Hitler proponía antes que causar tal situación.
Debe tenerse en cuenta –y esto es trascendental– que el ofrecimiento de hacer un convenio bilateral partió, no del Vaticano, sino del Gobierno alemán, quien a través del Vicecanciller Franz von Papen hizo la propuesta formal a la Santa Sede el 10 de abril de 1933;
rechazar esa “mano extendida” habría sido sumamente peligroso para la Santa Sede que debía velar por la integridad de la Iglesia en Alemania, que, ante un gobierno dotado de una “ley de plenos poderes” tenía todo el poder en sus manos y quedaba jurídicamente desprotegida.
No puede negarse que Hitler pensaba obtener un “rédito político” de este acuerdo, y es cierto que hasta la primavera de 1933 Pío XI albergaba cierta esperanza inicial de que el nuevo gobierno pudiese servir de barrera de contención al comunismo; pero las fuentes indican que precisamente el Cardenal Pacelli, no compartía este entusiasmo del Papa.
Para concluir diremos que, el
deseo de dejar bien asentado los principios del Código de Derecho Canónico Pío-benedictino, era una aspiración absolutamente razonable y pedida, no impuesta, por muchos obispos de la misma Alemania. Durante siglos las leyes canónicas se habían acumulado en el Corpus Iuris Canonici
en el que, durante siglos, las normas eclesiales se habían ido yuxtaponiendo sin ningún tipo de orden, llegando incluso a contradecirse
mutuamente. El trabajo de codificación, anunciado por el Papa Pío X en 1904, y que pudo ser promulgado por Benedicto XV en 1917, debido en gran medida al trabajo de la Comisión creada ad hoc
y al de su presidente, el futuro Cardenal Pietro Gasparri, por más que hoy nos parezca obsoleto, en su momento fue, sin lugar a dudas, un poderoso avance en la regularización de la disciplina interna de la Iglesia.
Su Santidad el Sumo Pontífice Pío XI y el Presidente del Reich alemán,
concordes en el deseo de consolidar y desarrollar las relaciones amistosas existentes entre la Santa Sede y el Reich alemán, Queriendo regular las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado para todo el territorio del Reich alemán de modo estable y satisfactorio para ambas partes, han resuelto llevar a cabo una solemne Convención, que complete los Concordatos estipulados con algunos estados particulares (Länder) de Alemania y que asegure para los otros un criterio uniforme en el trato de las cuestiones pertinentes.
Para tal efecto, Su Santidad el Sumo Pontífice Pío XI ha nombrado como su Plenipotenciario a Su Eminencia Reverendísima el Señor Cardenal Eugenio Pacelli, su Secretario
de Estado, y el Presidente del Reich alemán ha nombrado como su plenipotenciario al Vicecanciller del Reich alemán, Señor Franz von Papen, los cuales, habiendo intercambiado sus relativos plenos poderes y
habiéndolos encontrado en buena y debida forma, han convenido los artículos siguientes:
Reconoce el derecho de la Iglesia católica, en el ámbito de las leyes generales vigentes, de regular y de administrar libremente los propios asuntos, y de emanar, en
el campo de su competencia, leyes y ordenanzas que obliguen a sus miembros.
Artículo 2 – Los Concordatos estipulados con Baviera (1924), Prusia (1929) y Baden (1932)
permanecen en vigor, y los derechos y libertades de la Iglesia católica, reconocidos en ellos, permanecen invariados dentro de los territorios de los estados respectivos. Para los estados restantes se aplican integralmente las disposiciones acordadas en el presente Concordato. Estas son obligatorias también para los tres estados mencionados más arriba, en cuanto tengan relación con asuntos que no fueron regulados en los Concordatos particulares citados más arriba o completen el ordenamiento ya establecido en ellos.
Artículo 4 – La Santa Sede goza de plena libertad para comunicarse y mantener correspondencia con los obispos, con el clero y con cuantos pertenecen a la Iglesia católica en Alemania.
Lo mismo vale para los obispos y para las otras autoridades diocesanas respecto a su comunicación con los fieles en todo aquello que tenga relación con su ministerio pastoral.
Las instrucciones, ordenanzas, cartas pastorales, boletines diocesanos oficiales y todos los otros actos relativos al gobierno de los fieles, que son emanados por las autoridades eclesiásticas en el ámbito de su competencia (Art. 1
párrafo 2), pueden ser publicados libremente y puestos en conocimiento de los fieles en las formas utilizadas hasta ahora.
Artículo 5 – En el ejercicio de su actividad sacerdotal los eclesiásticos gozan de la protección del Estado
del mismo modo como la disponen los empleados del Estado. Este impedirá, a tenor de las leyes generales del Estado, las ofensas contra sus personas o a su calidad de eclesiásticos, asimismo, impedirá que éstos sean molestados en los actos de su ministerio, y se convertirá en garante, donde sea necesario, de la protección de parte de las autoridades civiles.
Artículo 7 – Para asumir un empleo u oficio estatal o de entes públicos dependientes del mismo, se requiere para los eclesiásticos el nihil obstat de su Ordinario diocesano, como también del Ordinario del lugar; el nihil obstat es siempre revocable por graves motivos de interés eclesiástico.
Artículo 9 – Los eclesiásticos no pueden ser intimados por los magistrados o por otras autoridades a dar informaciones sobre cosas o materias, que les han sido confiadas en el ejercicio de la cura de almas, y que por ello caen bajo el secreto propio de su oficio espiritual.
Artículo 10 – El uso del hábito eclesiástico o religioso por parte de seglares o de eclesiásticos o religiosos a los cuales les haya sido prohibido por la autoridad eclesiástica competente con una medida definitiva y ejecutiva, comunicado oficialmente a la autoridad del Estado, es punible con las mismas penas con las cuales es punible el uso abusivo del uniforme militar.
Artículo 12 – Salvo las disposiciones del
artículo 11, los cargos eclesiásticos pueden erigirse y cambiarse libremente, siempre y cuando no se requieran contribuciones de los fondos del estado. La participación del Estado en la erección y en la mutación de parroquias o de comunidades eclesiásticas semejantes, tendrá
lugar según directivas que se fijarán de acuerdo con los obispos diocesanos; el Gobierno del Reich se empeñará ante los gobiernos de los
estados particulares para que se alcance la mayor uniformidad posible de tales directivas.
Artículo 13 – Las parroquias y otras comunidades eclesiales católicas semejantes, las asociaciones parroquiales y diocesanas, las sedes episcopales, las diócesis y los cabildos, las órdenes y congregaciones religiosas, así como también los institutos, las fundaciones y los bienes patrimoniales de la Iglesia católica, administrados por órganos eclesiásticos, conservan o adquieren
personería jurídica en el foro civil según las normas comunes del derecho estatal. Continúan siendo entes de derecho público aquellos que lo son: a los otros pueden serles concedidos iguales derechos, a norma de las leyes generales vigentes.
Artículo 14 – La Iglesia católica tiene en principio el derecho de conferir libremente los oficios y beneficios eclesiásticos, sin intervención del Estado o de los Municipios, a excepción de los casos previstos por los acuerdos establecidos en los concordados a los que se refiere el artículo 2.
Para aquello que respecta a la provisión de las sedes episcopales de las dos diócesis sufragáneas de Rottemburgo y de Maguncia, como también
de la diócesis de Meissen, se aplica a ellas, correspondientemente, la norma fijada para la sede de Friburgo,
Metropolitana de la Provincia eclesiástica del Alto Rin. Lo mismo vale,
en las dos diócesis sufragáneas predichas, en lo tocante a la provisión
de las canonjías del Cabildo episcopal y para la regulación del derecho
de patronato.
1)Los sacerdotes católicos, que desempeñan en Alemania un cargo eclesiástico o que ejercitan una actividad en la cura de almas o en la enseñanza, deben: a) ser ciudadanos alemanes; b) haber obtenido un certificado de capacitación que habilite para el estudio en una escuela superior alemana; c)
haber cumplido estudios filosófico-teológicos en una alta escuela estatal alemana, o en un instituto académico eclesiástico alemán o en una alta escuela pontificia en Roma al menos por un trienio.
2) Antes de expedir las bulas de nombramiento para los arzobispos, obispos, para un coadjutor cum iure succesionis o para un Prelado nullius,
se comunicará al lugarteniente del Reich en el estado competente el nombre de la persona escogida para constatar que no existen contra ella objeciones de carácter político general.
Artículo 15 – Las órdenes y las congregaciones religiosas no están sujetas, por parte del Estado, a una especial restricción respecto a sus fundaciones, a sus residencias, al número y –salvo el Art. 15 párrafo 2– a la cualidad de sus miembros, a sus actividades en la cura de almas, la enseñanza, la asistencia a enfermos y en las obras de caridad, la regulación de sus asuntos y en la
Los superiores religiosos que
tienen su residencia en el Reich alemán, deben tener ciudadanía alemana. Los superiores provinciales y generales, residentes fuera del territorio del Reich alemán, tienen, aunque sean de otra nacionalidad, el derecho de visitar sus casas situadas en Alemania.
Artículo 16 – Los obispos, antes de tomar posesión de sus diócesis, prestarán en manos del lugarteniente del Reich (Reichsstatthalter)
en el estado competente o bien en manos del Presidente del Reich un juramento de fidelidad según la siguiente fórmula: “Delante de Dios y sobre los Santos Evangelios, juro y prometo, como corresponde a un obispo, fidelidad al Reich alemán y al Estado… Juro y prometo respetar y
hacer respetar por mi clero el Gobierno establecido según las leyes constitucionales del Estado. Preocupándome, como es mi deber, del bien y
del interés del Estado alemán, en el ejercicio del sagrado ministerio que se me ha confiado, trataré de impedir todo daño que pueda amenazarlo”
Por ningún motivo podrá tener
lugar la demolición de un edificio dedicado al culto, sin previo acuerdo con las competentes autoridades eclesiásticas.
Artículo 19 – Se conservan las facultades
de teología católica en las universidades del Estado. Sus relaciones con la autoridad eclesiástica se regulan según las disposiciones establecidas en los respectivos concordados y protocolos finales anexos,
y a norma de las relativas prescripciones eclesiásticas. El Gobierno del Reich tendrá cuidado de asegurar para todas las citadas facultades católicas de Alemania una práctica uniforme que corresponda a todas las disposiciones vigentes sobre la materia.
Artículo 21 – La enseñanza de la religión
católica en las escuelas elementales, profesionales, medias y superiores es materia ordinaria de enseñanza y será impartida en conformidad con los principios de la Iglesia católica. En la enseñanza religiosa se cuidará particularmente la formación de la conciencia en los deberes patrios, civiles y sociales, según las máximas de la fe y de
la ley moral cristiana, lo que se hará también en el resto de la enseñanza.
Artículo 22 – La contratación de docentes
de religión católica se llevará a cabo de común acuerdo entre el Obispo
y el Gobierno del Estado particular.
Artículo 23 – Se garantiza la conservación y la nueva erección de escuelas confesionales católicas. En
todos los municipios, en los cuales lo pidan los progenitores, o quienes ocupen su lugar, se erigirán escuelas elementales católicas, siempre que el número de alumnos, tenidas en cuenta las condiciones de la organización escolar local, haga estimar posible un ordenado funcionamiento de la escuela, a tenor de las prescripciones del Estado.
Artículo 24 – En todas las escuelas elementales católicas serán empleados solamente maestros que pertenezcan
a la Iglesia católica y que ofrezcan la garantía de corresponder a las exigencias particulares de la escuela confesional católica.
En la estructura general de la formación profesional de los docentes deberán existir institutos, que
aseguren una formación de docentes católicos correspondiente a las particulares exigencias de la escuela confesional católica.
Artículo 25 – Las Órdenes y Congregaciones religiosas tienen autorización para fundar y dirigir escuelas privadas, según las normas del derecho común y de las condiciones fijadas por las leyes. Tales escuelas privadas confieren las
mismas habilitaciones que las escuelas del Estado, siempre que cumplan las condiciones vigentes para estas últimas en materia de programas de enseñanza.
Artículo 26 – Sin perjuicio de una posterior y más amplia regulación de las cuestiones relativas al derecho
matrimonial, se está de acuerdo en que el matrimonio religioso pueda ser celebrado antes del acto civil, amén del caso de enfermedad mortal de uno de los esposos que no consienta dilación, también en el caso de grave necesidad moral, cuya existencia debe ser reconocida por la competente autoridad episcopal. En estos casos, el párroco está obligado
a informar sin tardanza a la oficina de estado civil.
La dirección de la asistencia
espiritual del ejército corresponde al Obispo castrense. Su nombramiento eclesiástico será hecho por la Santa Sede, después de haberse puesto en comunicación con el Gobierno del Reich para la designación de una persona idónea, de acuerdo en el mismo.
El nombramiento eclesiástico de los párrocos castrenses y de los otros eclesiásticos militares es hecho por el Obispo castrense, después de haber escuchado a la competente autoridad del Reich. El Obispo castrense puede nombrar solamente a aquellos eclesiásticos, que hayan obtenido del propio obispo
diocesano el permiso para dedicarse a la atención espiritual del ejército, y el relativo certificado de idoneidad.
Los eclesiásticos que ejercen
la cura de almas sobre el ejército tienen competencias parroquiales sobre las tropas a ellos confiadas y sobre sus respectivas familias.
Las normas precisas para la organización de la asistencia espiritual católica para el ejército serán
emanadas con un Breve Apostólico.
La regulación de la situación
de los capellanes militares, en cuanto funcionarios del Estado, será establecida por el Gobierno del Reich.
Artículo 28 – En los hospitales, institutos penitenciarios y en los otros establecimientos mantenidos por
entes públicos, la Iglesia será admitida, dentro del marco del horario general de la casa, a proveer a las necesidades espirituales de las almas y a desempeñar en ellos las funciones religiosas. Si en tales institutos se estableciera una asistencia espiritual regular y si a tal fin fueran asumidos eclesiásticos, considerados como empleados del Estado o como empleados públicos, esto se hará de acuerdo con la Autoridad eclesiástica superior.
Artículo 29 – Los católicos residentes en
el Reich alemán y pertenecientes a minorías étnicas no alemanas, tendrán, respecto a la admisión de su lengua materna en el culto, en la enseñanza religiosa y en las asociaciones eclesiásticas, un tratamiento no menos favorable que aquel que corresponde a las condiciones de derecho y de hecho de los ciudadanos de origen y de lengua alemana en el
territorio del respectivo Estado extranjero.
Las organizaciones católicas,
que, además de los fines religiosos, culturales y caritativos tuvieran también otros fines, por ejemplo sociales o profesionales, sin perjuicio
de su eventual inserción en las uniones del Estado, gozarán de la protección de la cual se habla en el artículo 31 párrafo 1, en tanto y en cuanto den garantía de desarrollar sus actividades fuera de todo partido político.
El catálogo de las organizaciones y asociaciones, que caen bajo las disposiciones de este articulo, se confeccionará de mutuo acuerdo entre el Gobierno del Reich y
el episcopado alemán
Artículo 33 – Las materias, relativas a personas o cosas eclesiásticas, de las cuales no se ha tratado en los artículos precedentes, serán reguladas en el campo eclesiástico según el
derecho canónico vigente
https://laicismo.org/1933/la-iglesia-y-el-nacional-socialismo-aleman-el-concordato-imperial-de-1933/42584