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Timestamp: 2019-02-16 08:20:56
Document Index: 287773669

Matched Legal Cases: ['e contrario', 'Artículo 1', 'Artículo 2', 'artículo 406', 'Artículo 3', 'artículo 412', 'Artículo 5']

Foro Marihuana. Usos y legalidad en la sociedad actual by Universidad Intercontinental - Issuu
FOROMARIHUANA usos y legalidad en la sociedad actual
Universidad Intercontinental Rectoría Mtro. Bernardo Ardavín Migoni Vicerrectoría Mtro. Hugo Antonio Avendaño Contreras Dirección General de Administración y Finanzas Ing. Raúl Navarro Garza Dirección General de Formación Integral Mtro. Arturo de la Torre Guerrero Dirección Divisional de Ciencias de la Salud Dra. Gabriela Martínez Iturribarría Primera edición, 2016
Prohibida su reproducción por cualquier medio sin la autorización de los editores. D.R.© UIC Universidad Intercontinental, A.C. Av. Insurgentes Sur 4303 Col. Santa Úrsula Xitla, C.P. 14420, Ciudad de México www.uic.edu.mx D.R. © Juan Francisco Torres Landa, Daniela Flores Mosri, Georgel Moctezuma Araoz, Luciana Ramos Lira, Raúl Martín del Campo Sánchez, Rosana Fautsch Fernández y Jesús Becerra Pedrote Diseño de portada y formación Coordinación de Diseño - Universidad Intercontinental Coordinación editorial Camilo de la Vega Membrillo Transcripción, edición y corrección Eva González Pérez, Lizette Pons Martín del Campo y Kevin Daniel Zúñiga Ortiz Hecho en México
Marihuana usos y legalidad en la sociedad actual
FORO MARIHUANA: usos y legalidad en la sociedad actual
Marihuana. Usos y legalidad en la sociedad actual
l estudio de las diversas posturas sobre las alternativas de legalizar o prohibir el uso de la marihuana, debe prever las afectaciones implicadas en la adopción de alguna de ellas, no solo para los usuarios, sino para la sociedad en su conjuntoEn ese supuesto, la Universidad Intercontinental ofrece, desde el seno de la academia, una aportación.
Como resulta evidente del análisis del material que presentamos, nuestra casa de estudios está en favor del diálogo y la participación ilustrados, y de una toma de decisiones informada en la que la educación, dentro y fuera de las instituciones, constituya el pilar básico para ejercer la libertad y, unida a ella, de manera indefectible, la responsabilidad. Sea cual fuere el resultado de las futuras deliberaciones en las instancias gubernamentales, estamos convencidos de que las conclusiones, de todos los foros y espacios de discusión, deben traducirse en políticas públicas que beneficien a la población. Atendiendo a la responsabilidad social que distingue su ser y quehacer, la Universidad Intercontinental promueve también el intercambio de ideas en el seno de la comunidad, y en ese contexto organizó, en enero de 2016, el foro “Marihuana, usos y legalidad en la sociedad actual”, como un aporte a la reflexión sobre este tema crucial. Podemos constatar que el tratamiento de la posibilidad de legalización del uso de la marihuana ha provocado una gran diversidad de opiniones en distintos foros y, por ende, en los medios de comunicación. El debate público creció de manera exponencial a partir de la resolución de la Suprema Corte de Justicia, en noviembre de 2015, que permitía el cultivo para consumo personal y el uso lúdico de la hierba, a cuatro individuos. Después de esa decisión, se suscitaron numerosas consultas promovidas por el Senado y la Cámara de Diputados: asociaciones civiles, investigadores, colectivos y universidades se han dado a la tarea de exponer sus
puntos de vista sobre “la legalización de la marihuana”. La riqueza de las ideas surgidas a partir de ese interés muestra la pluralidad de puntos de vista sobre el tema. Asimismo, deja al descubierto las aristas que deben considerarse en este gran debate nacional. El uso de todos los estupefacientes puede estudiarse desde el punto de vista de las sustancias y sus características físico-químicas o bien desde los efectos que producen en distintas partes del cuerpo humano. Sin embargo, eso no parece suficiente, ya que debiera abordarse desde la perspectiva de los consumidores y las repercusiones sociales de su utilización. Además, se puede analizar desde el punto de vista de las políticas gubernamentales, con todas las complejidades que eso conlleva. Al examinar esta problemática, resulta inevitable reparar en los muchos aspectos implicados: psicológicos, fisiológicos, legales, políticos, comerciales y, desde luego, morales. Debemos tener presente que legalizar el uso y cultivo de la marihuana no sólo toca el ámbito recreativo. Afortunadamente, se han descubierto algunos usos médicos en el tratamiento de distintas afecciones. Nuestro país ha dado un importante paso a este respecto, como lo muestra el caso de la niña Grace Elizalde, a quien se le aplicó un medicamento derivado de la marihuana para disminuir las más de 400 convulsiones que sufría, al día. Como otra muestra de esas posibilidades tenemos la autorización, otorgada a las familias de dos menores, para importar un medicamento hecho a base de aceite de marihuana. Las propuestas aquí presentadas, resultado del foro celebrado en la UIC, cubren un espectro amplio: el cuestionamiento a las políticas prohibicionistas de la droga, el impacto psíquico y neurológico del uso de la marihuana, la base científica sobre la que se sostienen las políticas públicas de salud mental, relacionadas con el consumo de diversas drogas; los efectos sociales, psicológicos y de salud en el uso de la marihuana, entre otros aspectos.
En la Universidad Intercontinental consideramos una obligación transmitir a nuestros estudiantes, y a la comunidad en general, elementos que les ayuden a conformar una opinión ilustrada sobre este polémico e importante tema, adecuada a los tiempos actuales: apertura, diálogo, educación y respeto a las diferencias marcan, a nuestro juicio, el camino que debe seguirse.
Rector de la Universidad Intercontinental
Política de drogas en México: ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde queremos ir?
aniel Moynihan, senador del Partido Demócrata de Estados Unidos, afirma que cualquier persona en el mundo tiene derecho a su propia opinión, pero no a sus propios datos duros. Es un punto de partida fundamental en el tema. Hay que señalar que en la práctica el acceso a estar informados parece no ser un derecho, a pesar de que los datos constituyen puntos de referencia sobre los cuales construimos nuestra opinión. En ninguna disciplina o actividad es válido decir: “Ésta es mi opinión”, sin tener información que la sostenga. En el tema de las drogas, ¿de qué tanto estamos enterados?
Juan Francisco Torres Landa R. Licenciatura en Derecho por la UNAM, maestría por la Universidad de Harvard, consejero y secretario de México Unido Contra la Delincuencia, A.C., desde 2005, y miembro de la International Bar Association y la Barra Mexicana de Abogados.
Hay muchos datos que se desconocen y a continuación expondremos. Sabemos que el punto central es la política prohibicionista y al respecto nuestro argumento fundamental es que no sirve; de hecho es un desastre y está corroyendo a nuestro país, al mundo entero. Esta política parte de la prohibición, y como trasfondo sostiene la siguiente tesis: “Si emprendemos un combate público, el precio de las drogas se incrementará y el suministro bajará”. Una afirmación como ésa genera un punto de inflexión: o bien llegará un momento hipotético en que las drogas desaparecerán de la faz de la tierra, o bien su precio alcanzará tal nivel que resultarían incosteables para los consumidores. En líneas generales, ésta es la idea pura del prohibicionismo. Es probable que alguien se pregunte si esta forma de solucionar el problema de las drogas es una idea reciente. La respuesta es que no. Se remonta a 1912, es decir, desde hace más de cien años se ha realizado este experimento y la realidad ha mostrado un resultado totalmente contrario a lo esperado: en la actualidad, la oferta de drogas se encuentra en un punto máximo histórico, y los precios en un punto mínimo. Esto demuestra que la premisa básica de la prohibición no pudo cumplirse. Si esta política no ha servido, entonces, ¿qué ha generado? Lo que los políticos han denominado daños colaterales: no ha alcanzado su resultado principal, pero sí ha producido impactos negativos que hoy se viven en carne y hueso. La realidad en torno de la prohibición de las drogas es que esa política forma parte de un sistema internacional
impuesto a México desde hace muchos años. El 17 de febrero de 1940, el entonces presidente Lázaro Cárdenas publicó en el Diario Oficial de la Federación, el Reglamento Federal de Toxicomanías, donde señala los siguientes puntos respecto del reglamento de 1931, de enfoque prohibicionista:
Que la práctica ha demostrado que la denuncia sólo se contrae a un pequeño número de viciosos y a los traficantes en corta escala, quienes por carecer de suficientes recursos no logran asegurar su impunidad. Que la persecución de los viciosos que se hace conforme al reglamento de 1931 es contraria al concepto de justicia que actualmente priva, toda vez que debe conceptuarse al vicioso más como enfermo a quien hay que atender y curar, que como verdadero delincuente que debe sufrir una pena […] Que el único resultado obtenido con la aplicación del referido reglamento de 1931, ha sido la del encarecimiento excesivo de las drogas y hacer que por esa circunstancia obtengan grandes provechos los traficantes.
Estos considerandos —equiparables al momento actual— se externaron hace más de 75 años. Por ello, no puede decirse que una ley de prohibición de estupefacientes no tiene antecedentes en México; declararlo revelaría que no se ha leído ni se ha hecho una investigación profunda. Pero veamos algo más acerca del Reglamento Federal de Toxicomanías, del cual nos interesa destacar los artículos siguientes:
Artículo 1. Corresponde al Departamento de Salubridad Pública, de acuerdo con lo establecido en los artículos 413, 420 y 421 del Código Sanitario, fijar los procedimientos de tratamiento a que se someterán los toxicómanos. Artículo 2. Para los efectos de este reglamento, será considerado como toxicómano todo individuo que sin fin terapéutico use habitualmente alguna de las drogas a que se refiere el artículo 406 del Código Sanitario.
Artículo 3. De conformidad con lo que establece el artículo 412 del Código Sanitario y para cada caso particular de atención médica a los toxicómanos, el Departamento de Salubridad autorizará discrecionalmente a los médicos cirujanos con título registrado en la propia Dependencia, para prescribir narcóticos en dosis superiores a las señaladas por la Farmacopea. Artículo 5. Para la atención de toxicómanos, el Departamento de Salubridad fundará los dispensarios y hospitales que considere necesarios. Unos y otros dependerán de la Oficina de la Campaña contra las Toxicomanías.
En la actualidad, las consecuencias negativas de la vertiente prohibicionista han sido inesperadas. Nos han enfrentado a una enorme asimetría en responsabilidades, porque informar, educar, generar campañas de prevención toca a los padres de familia, a los rectores y a las autoridades universitarias, entre otros. No obstante, con el modelo prohibicionista, las autoridades parecen decir: “Nosotros nos encargaremos de que la droga no llegue a tus hijos. El Estado se ocupará de que no esté disponible”. Empero, según los datos de consultas nacionales preparadas por Consulta Mitofsky, más de 80% de la población aseveró que era fácil —o incluso muy fácil— conseguir marihuana: como subrayamos, la disponibilidad está en sus máximos históricos. La idea de la guerra contra las drogas surgió en 1970, en Estados Unidos. En medio del conflicto bélico con Vietnam —en el cual iban perdiendo—, el entonces presidente Richard Nixon necesitaba buscar un punto de apoyo para su reelección. Requería un buen argumento para conseguirla, porque no había un buen panorama para vencer en los comicios. Por ello, sus asesores le propusieron generar una nueva guerra que sí fuera exitosa: el combate a las drogas; le aseguraron que el electorado lo calificaría como un presidente muy atrevido, porque lucharía contra un flagelo que podía presentarse como que estaba acabando con la sociedad. Y se lanzó la campaña de reelección. El resultado fue exitoso en su puesto— aunque, por supuesto, después tuvo que renunciar por tramposo—, y lo realmente grave fue que la campaña de reelección permaneció en el resto del mundo.
Lo anterior evidencia que la política prohibicionista realmente no es mexicana. No se diseñó por convicción. Su fase actual es el resultado del empuje a principio de los setenta por esta campaña electoral estadounidense. Hay que subrayar que en momento alguno estamos buscando alentar la disponibilidad o el consumo de drogas. Por el contrario, sostenemos que todas las drogas son malas —incluidos, por supuesto, el alcohol y el tabaco— y que debemos recurrir a argumentos científicos, médicos y de educación para dar a nuestros hijos, a los jóvenes y a nosotros mismos, las mejores herramientas posibles para convencernos de que esas sustancias no generan un bien a nuestra salud. La prevención debe ser nuestro foco. No es necesario recurrir a la amenaza del Estado criminalizador. No hay que encarcelar a usuarios; carece de sentido criminalizar a una persona por hacerse daño a sí mismo y enviarla a la prisión tres, cinco o diez años. Eso es un despropósito absoluto. Cuando se ha propuesto legalizar la droga, de ninguna manera se pregona la libre disponibilidad de ellas. Legalizar significa descriminalizar, aunque preferimos la palabra regular, porque es la correcta. Del mismo modo que se hace en las campañas contra el alcohol y el tabaco, conviene utilizar los instrumentos eficientes de salud pública que el Estado tiene a su alcance para aplicarlo al resto de las drogas. Insistimos en que el enfoque debe ser la prevención y el uso de la ciencia y tecnología. Por lo que toca a la marihuana, es la droga sobre la que se tiene mayor conocimiento, pues hay más información acerca de sus características físicas, médicas y terapéuticas. Su prohibición acarrea un efecto psicológico y económico. El psicológico consiste en que lo prohibido llama la atención. Si preguntáramos a los jóvenes qué les atrae, qué les hace producir adrenalina, quizá respondan “lo prohibido”. Por ello, parte del error de la política pública es prohibir, pues se presenta la manzana de Adán, lo proscrito. Cuando eso mismo se regula, cuando deja de ser prohibido, cesa el interés, desaparece el morbo por probar lo que está fuera del marco legal. El otro efecto, el económico, es más de fondo. Cuando indagamos sobre el porqué de la guerra contra las drogas, de la injusticia en nuestro país, hallamos una respuesta clara: la delincuencia organizada que domina territorios enteros; porque tenemos cinco o seis estados básicamente bajo el yugo de la autoridad delincuencial, y no bajo el control de una autoridad constitucional.
En México Unido Contra la Delincuencia, desde hace más de 18 años tratamos de incidir para que haya mejores niveles de justicia, de seguridad, de legalidad en el país. Hace cinco años, identificamos un dato muy revelador: a pesar de que llevamos mucho tiempo trabajando con autoridades, los resultados no son los óptimos. No vemos avance, y los niveles de impunidad y criminalidad siguen altísimos. Tras analizar la información, identificamos un común denominador: el factor económico. Las bandas delincuenciales cuentan con un enorme poder financiero proveniente de la prohibición. La posibilidad de vender droga con un nivel de consumo fijo que genera entre 20 mil y 40 mil millones de dólares al año por las ventas sólo en Estados Unidos es una partida sin paralelo en el presupuesto federal. Es imposible ganar una guerra en la cual la parte contraria posee miles de millones de dólares y el gobierno sólo una fracción de esas cifras. Sería irresponsable e iluso pensar que vamos a ganar con esta política cuando el enemigo tiene más recursos. Por ello, debe desarticularse lo que origina esa fortaleza económica: la prohibición, porque con ella se entregó un botín, un monopolio económico. Es como si el Estado hubiese dicho a la delincuencia: “Te voy a entregar el control de la calidad, la cantidad, la diversidad, el precio, la disponibilidad, la distribución de la droga. No voy a ejercer esos controles; pero, a cambio [presumiblemente] voy a sancionar penalmente y a tratar de evitar que esa droga llegue a los consumidores, y voy a seguir confiscando y destruyendo plantíos. Te voy a ganar en esa partida de póker”. En los hechos, en 103 años hemos perdido todas las manos y lo más grave es que ya no tenemos fichas, pues aventamos nuestro resto: ejército, marina, policía federal. Por eso, proponemos que el cambio “venga de regreso”, como dijo Lázaro Cárdenas en 1940. El poder y el control de esas sustancias y de la política como tal debe regresar de donde nunca debió haber salido: debe estar en manos del Estado. En materia de derechos humanos, ocurre algo que no es de menor importancia: el índice de letalidad. Este índice resulta de la medición del número de personas detenidas versus el número de personas muertas en un operativo de seguridad. Cuando este parámetro empezó a medirse en México después de 2005, la policía paramilitar de Brasil que entraba a las favelas tenía uno de los índices de letalidad más graves del mundo. ¿Cuál sería el índice de letalidad óptimo en un auténtico estado de derecho y en un operativo de seguridad apegado al debido proceso,
a las garantías de legalidad? Cero. Ése sería el índice óptimo; que no hubiera personas muertas, que todos fueran detenidos y presentados ante el Ministerio Público, y seguidamente ante un juez para determinar la responsabilidad penal del indiciado. Eso sería lo óptimo, pero en nuestro país, lamentablemente, no sucede. En México, no sólo no estamos en ceros, sino que estamos por encima del umbral de la policía paramilitar en Brasil. Esto quiere decir que en cada operativo no hay sólo detenidos, sino que por cada uno mueren cinco, diez, quince o hasta veinte personas. Las autoridades de procuración de justicia nos evocan una frase atribuida al porfiriato: “Primero maten, luego averigüen. Ante la duda, tú echa bala, acaba con los delincuentes”. A esto se agrega la idea de que entre más muertos, más efectiva la política, porque “los malos se están matando entre ellos”. Resulta atroz que el poder público diga que los muertos son una buena señal; es una locura, y un fenómeno constitucionalmente inaceptable. Pero ahí están los datos, procedentes de las propias autoridades; el número de muertos refleja lo que sucede en operativos de seguridad (tabla 1).
Si comparamos nuestros índices de letalidad con los de países en guerra declarada —en el nuestro no estamos formalmente en guerra con Guatemala ni con Belice ni con Estados Unidos—, hallamos que tenemos un mayor número de decesos. Aún más, si calculamos el número de desaparecidos en el país en los últimos diez años, descubrimos que suman más que los de las dictaduras militares en Chile, Brasil, Paraguay y Argentina juntos, en sus peores años de violación de derechos humanos. Tal es la magnitud del problema generado con esta exacerbación del uso de la fuerza pública.
Efectos de esta política prohibicionista en la justicia penal Los delitos contra la salud son federales, y se catalogan en la Ley Federal de Salud y en el Código Penal Federal. Al estudiar la carrera, se enseña por qué se aplica el derecho penal y cómo se define la comisión de un delito. En términos simples, de un lado hay una Muertos
Proporción Proporción heridos—muertos muertos—heridos
Estados Unidos Segunda Guerra Mundial (Italia)
Vietnam (Cuerpos de Marina)
Incursión de Mogadiscio
Irlanda del Norte (Armada Británica)
Balas de baja velocidad
Balas de alta velocidad
AntiguaYugoslavia
Promedio de las Fuerzas Armadas mexicanas en la guerra contra las drogas
Irlanda del Norte Armada Británica) Israel Líbano Croacia
Fuente: R. M. Coupland y D. R. Meddings, “Mortality associated with use of weapons in armed conflicts, wartime atrocities, and civilian mass shootings: literature review”, BMJ, agosto 14, 1999, pp. 407–410. Tabla 1. Letalidad en guerras
persona o un grupo de personas que mediante una acción u omisión provocan un impacto/daño a otra u otras personas, y ésa constituye una conducta típica que debe sancionarse. Tal es la base de aplicación del derecho penal.
lo llevan a una clínica de salud, donde le proporcionarán todos los cuidados posibles para que no muera, para rescatarla y procurar que no caiga en un problema mayor; recibe, en síntesis, todo el cuidado del Estado. En cambio, la persona que reportó el evento, que estaba fumando un cigarro de marihuana, es considerada como un delincuente peligroso, al que debe encarcelarse entre cinco y diez años en prisión. ¿Dónde está la lógica de esa política pública? A una persona que en el peor de los casos se hacía daño a sí misma y no afectaba a nadie, se le imponen diez años de cárcel, mientras que a quien manifiestamente intentó quitarse la vida —un daño mayor, sin duda— le ofrecen toda la atención médica y cuidado de salud. Esto no tiene sentido alguno.
En el tema de los delitos contra la salud, se sanciona a una persona por el consumo de ciertas sustancias. Así, es inevitable preguntar ¿quién es el responsable y quién la víctima? Para el Estado mexicano, no existe diferencia entre ambos, es la misma persona y se aplica el mayor castigo posible, con lo cual parece expresar: “Te voy a sancionar por hacerte daño a ti mismo y, como no confío en tu capacidad de raciocinio, te impondré la máxima amenaza que tengo. Si te sorprendo consumiendo drogas, voy a refundirte en la prisión cinco o diez años, según la pena que corresponda”.
Existe una carga importante en materia de delitos contra la salud. Por ejemplo, en 2012, tomando como referencia una población de 35 000 presos por delitos federales, 60% (30 206 presos) se relacionan con delitos contra la salud, un porcentaje mayor que el de otros, como la portación de armas, que asciende a 14.6% (7 325 presos), o el secuestro, que apenas alcanza 6.2% (3 111), cuando se trata de un delito que afecta significativamente la seguridad pública (gráfica 1).
Esta postura resulta extraña, pues, si los delitos contra la salud están diseñados para proteger la salud de una persona y ésta intenta suicidarse, es decir, comete la máxima agresión posible contra sí misma, ¿cuál es la sanción penal para esta tentativa? No existe, no hay sanción penal. Imaginemos un caso extremo: una persona se avienta de un edificio. Milagrosamente, cae encima de un carro y sobrevive; otra persona, que está fumando un cigarro de marihuana, presencia la escena y llama a la policía y a la ambulancia. Cuando ambas llegan, atienden de inmediato a quien quiso quitarse la vida,
Gráfica 1. Población sentenciada en las prisiones federales 35,000 60%
17,500 24.5% 8,750
12.2% 6,421
0 Delitos contra la salud Robo, fraude, peculado Homicidio (doloso y culposo)
Delitos relacionados con armas Delincuencia organizada Secuestro
Algunos presos enfrentan cargos por más de un tipo de delito. Fuente: Primera Encuesta en Centros Penitenciarios Federales, CIDE, 2012
6.2% 3,111
Si desagregamos el porcentaje relacionado con la salud, atendiendo a las posibilidades de por qué se genera ese tipo de delitos, descubrimos que la posesión y el consumo implican la conducta predominante. Esto significa que por posesión y consumo se sanciona al mayor número de personas frente a otras conductas, como puede ser la fabricación, distribución y venta (gráfica 2).
En cuanto al tipo de sustancia poseída o consumida, resulta que la marihuana es la droga de mayor consumo en nuestro país (gráfica 3). Si lo desagregamos por valor, por lo que cuesta esa droga en la calle, hallamos que está sancionándose a consumidores o a personas en posesión por montos realmente bajos; de entre 500 y 5 mil pesos estamos
Gráfica 2. Criminalización de los consumidores. Población sentenciada en cárceles federales por delitos contra la salud
Transporte Venta al menudeo Venta al mayoreo Posesión Tráfico Consumo Otros
Encuesta: Primera Encuesta en Centros Penitenciarios Federales (CIDE, 2012); elaboración: Arturo Rocha.
Gráfica 3. Criminalización de los consumidores 15,000
Presos federales por delitos contra la salud por tipo de droga 12,249 10,306
7,500 6,420
4,139 2,112
0 Marihuana Cocaína Opiáceos
Sólo marihuana Sólo cocaína Sólo opiáceos
refundiendo a personas hasta 10 años en la prisión (gráfica 4). Subrayamos: por cantidades muy pequeñas, sin enorme trascendencia, se aplica la mayor sanción, que es privarlos de su libertad. No olvidemos todo esto: cuánta gente se está procesando, por qué se procesa, a dónde se le confina por tanto tiempo y qué es lo que ocurre mientras permanecen en la cárcel.
la salud, sino más bien con otras distintas actividades. Resalta el que hay enormes costos derivados de la guerra contra las drogas, el uso de fuerzas militares, la destrucción masiva de instituciones, “porque queremos cuidar que la droga no llegue a sus hijos, queremos cuidar que ustedes no se vayan a hacer daño; porque esto de las drogas es terrible, es una cosa que
Gráfica 4. Presos federales en México por valor de drogas
<$500 <$100,000 <$1,000,000 <$5,000 <$1,000,000
21% 11% Encuesta: Primera Encuesta en Centros Penitenciarios Federales (CIDE, 2012); elaboración propia.
En materia de salud, y en cuanto al índice de prevalencia en nuestro país, podemos observar que existen datos relevantes en tratándose de la marihuana, la droga que registra un mayor porcentaje de consumo reportado (6%). Sin embargo, en las mediciones hay un problema, porque en las encuestas de adicciones se pregunta: “¿Ha fumado alguna vez la droga?” Si le hacen esta pregunta a una persona que la fumó hace 20 años, su respuesta aparecerá en la tabla de resultados. Entonces, el porcentaje que resulte será engañoso, pues si cada año le formulan la misma pregunta a la persona que fumó hace veinte años, la respuesta invariable será que sí, y siempre aparecerá en esa tabla a pesar de que nunca la haya vuelto a fumar. Por ello, nos remitiríamos a señalar que, con base en esa información disponible, es la de mayor consumo. Los datos de estudios recientes muestran quizá la parte más contradictoria, la más impactante y repugnante de la aplicación de esta política prohibicionista. Los números señalan que, de 2000 a 2013, la principal causa de muertes se relaciona no con delitos contra
puede destruir enteramente a nuestra sociedad”. No estoy siendo radical. Ya aceptamos que las drogas son malas y no debe fomentarse su consumo. Nuestro punto es buscar el apoyo en instrumentos para lograr el objetivo de disminuir el consumo, y en generar mejores herramientas de disuasión. Los datos señalan cuáles son las principales causas de muerte y cuáles los homicidios relacionados con el crimen organizado. Los números son alarmantes —recuerden que hubo un momento en el que el Estado dijo “entre más muertos, mejor está la política”—; y si los cálculos de nuestras tablas de reporte se cortan es porque, cuando el Estado se dio cuenta de que el resultado era atroz, una locura, suspendió el conteo, porque seguramente pensó: “Dejemos de reportar eso, nos van a acribillar mundialmente”. ¿Cómo es posible que el éxito de nuestra política pública se mida con base en un mayor número de muertos? (gráfica 5).
Gráfica 5. Mortalidad por homicidio en ambos sexos, México 2012
Guatemala 62 x 100,000
Colombia 46 x 100,000
Querétaro Chiapas Tabasco
Brasil 31 x 100,000
Quintana Roo Guanajuato San Luis Potosí México Oaxaca Jalisco Nayarit Morelos Colima Tamaulipas Sinaloa
EEUU 6 x 100,000
Europa Central 2.2 x 100,000
Tasa por 100,000 pob Fuente: INEGI, Boletín de Prensa 288/13. Cortesía de E. Cifuentes.
El número de muertes asociadas al uso de drogas ilícitas es en realidad una suma muy baja. En comparación con el resto de las muertes, es una cantidad sumamente pequeña; sin embargo, es ahí donde se aplica toda la fuerza del Estado. De forma inverosímil, ahí es donde “merece” desplegar todo lo que el Estado tiene a su alcance para combatir esas muertes. El número de muertes asociadas con las drogas lícitas, es decir, alcohol y tabaco, resulta significativamente mayor que el de las ilícitas. En este punto, es pertinente plantear una pregunta: ¿cuántos muertos se relacionan con el uso o abuso en el consumo de marihuana científicamente comprobados? La respuesta es contundente: cero. No existe un solo caso a escala mundial —ni siquiera uno— en el cual el uso o el abuso de la marihuana haya generado una muerte.
tendríamos que procesar penalmente, como a los delincuentes más peligrosos, a todos los expendedores de la vitamina T – tortas, tacos, tlacoyos, tamales, entre otros—. Por supuesto, la sola idea de pensarlo nos causa una reacción de que sería absurdo; sin embargo, una vez que procesamos los datos, lo que queda de manifiesto es lo absurdo de la política, porque estamos aplicando todo el peso del Estado para controlar el asunto de las drogas, cuando existen retos mayores de salud pública. Ello quiere decir que este tema llamado salud pública no constituye uno de seguridad pública, aunque lamentablemente se haya invadido ilógicamente ese terreno. Criminalizar el consumo de estupefacientes y pretender resolverlo por la vía penal es un enorme despropósito; sólo ha generado muerte y una violación permanente de derechos humanos.
Las principales causas de muerte en el país son la diabetes y el sobrepeso (gráfica 6). Éste es el reto de salud pública y donde justo deberían estar aplicándose todos los recursos. Si utilizáramos la lógica de aplicar el derecho penal, siendo congruentes, en nuestro país
Por otra parte, también tenemos datos sobre el número de muertes generadas por la espiral de homicidios en el país. Ese número se disparó en forma exponencial a partir de 2006 y continúa. El comentario no tiene un sesgo partidista. La política pública sigue siendo
Gráfica 6. Número de muertos por diferentes causas en México (2000-2013) 90,000.0 80,000.0
70,000.0 60,000.0 50,000.0 40,000.0 30,000.0 23063
10,000.0 0
2540 70 2001
Drogas ilícitas (directamente) Drogas lícitas (directamente) Diabetes Homicidios relacionados con el crimen organizado Homicidios
*De las muertes relacionadas con las drogas, esta gráfica sólo incluye aquellas atribuidas directamente a intoxicación, es decir, a sobredosis. Las drogas ilícitas incluyen marihuana, opiáceos y cocaína; las lícitas, tabaco y alcohol. A pesar de que otras enfermedades (como el asma o la bronquitis) son consideradas como muertes relacionadas con drogas de acuerdo con SINAIS, no es claro que tales muertes sean causadas directamente por el uso o abuso de drogas. Elaborado por el autor, con base en la Tabla Dinámica de Defunciones SINAIS y la Consulta Interactiva de Datos, Defunciones Generales y Causas Detalladas CIE.
la misma a pesar de que los medios o la política de comunicación del gobierno haya cambiado. El número de homicidios continúa de modo preocupante. Cuando se desagregan los datos relativos a homicidios en el nivel estatal, Guerrero y Sinaloa destacan por sus índices de mortandad similares o peores a los prevalecientes en Afganistán e Irak: en nuestro país, tan sólo en esos estados, hay más muertos por cada 100 mil habitantes que en Afganistán y en Irak. Ante esta situación, cualquiera se preguntaría qué ocurre con el uso de recursos públicos de nuestro país: estamos gastando mucho dinero. Y ese gasto no ha generado resultados; más bien, los índices delincuenciales van para arriba (gráfica 7). ¿Cómo está esto? ¿Estamos gastando mucho dinero y los índices van para arriba y nos piden en el Congreso que gastemos más dinero para que los índices sigan subiendo? Algo está mal aquí. Por ello, los ciudadanos tenemos el derecho de decir: “Ya no sigan desperdiciando los recursos de esa manera; mejor apliquenlos a temas de salud pública, a la prevención”.
A principios de 2016, la Secretaria de Salud declaró que en el país se gasta 6% del PIB en salud. El promedio de la OCDE, de la cual somos miembros, es de 11 por ciento. Estamos más o menos a la mitad del promedio de gasto en países de esta organización; por lo tanto, es falsa la afirmación de que se gasta mucho en salud pública. En la realidad, estamos gastando mucho en una política que no sirve. Deberíamos asignar una parte de ese presupuesto a la prevención y al tratamiento. Pasemos a ver lo que pasa en las prisiones en el país. En estas instalaciones hay una sobrepoblación que en algunos casos va desde 50% hasta 70% de sobrecupo; es decir, en un espacio donde debería haber 100 personas, hay 170 (gráfica 8). Esta situación genera dos problemas: control perimetral (las autoridades sólo controlan quién entra y quién sale) y autogobierno (en las cárceles priva una absoluta falta de control y quien controla es la banda delincuencial que impere en ese lugar). Esto ilustra la locura de esta política: se mete a personas que no son delincuentes (no pueden
Gráfica 7. Presupuesto anual de las principales agencias del sector seguridad (millones de pesos constantes de 2012)
PGR SSP
Eduardo Guerrero, “La estrategia fallida”, Nexos, diciembre 2012. serlo, porque no afectaron a nadie) a las cárceles, a las cuales entonces se les llena de reclutas. ¿Cuál es el mensaje implícito que se envía a las bandas? “No te preocupes, no tienes que ir a buscar reclutas; yo te los voy a entregar. Voy a entregarte gente virgen desde el punto de vista penal y te los voy a dejar cinco o diez
años para que los capacites y los dejes perfectamente alineados para que, cuando salgan, ya sean miembros de tu actividad criminal”. La anterior afirmación no es exagerada. Ése es el otro obsequio que dimos al crimen organizado; no sólo les dimos el monopolio en materia de control de drogas,
Gráfica 8. Sobrepoblación en las prisiones de México
Capacidad, población y porcentaje de ocupación penitenciaria en México 1988-2013 (nivel nacional) 260,000
Capacidad de reclusorios Población penitenciaria
Fuente: Secretaría de Gobernación: 1988-2000 y 2013. Secretaría de Seguridad Pública 2001-2012.
sino que además parece que les decimos: “No te preocupes, te vamos a llevar reclutas; no tienes que salir tú a buscarlos, yo te los llevo a entrenamiento”. Lo anterior, adicionado al hecho de que los contribuyentes sostenemos los costos operativos de los reclusorios para que desde ahí nos ataquen quienes controlan su operación y llevan el liderazgo de las operaciones criminales. ¿Cuáles serían los elementos de una nueva política pública? El primero es que, como llevamos por lo menos 76 años en esta barbarie, entonces requerimos un cambio de dirección. Será un proceso largo, pues nos tomó mucho tiempo llegar adonde estamos y será muy difícil resolverlo en el corto plazo. Esto parece un gran trasatlántico al que hay que girar el timón para que vire unos tres grados. Al principio no se notará; pero, en el largo plazo, el destino es radicalmente distinto. Si yo saliera de Acapulco con ese buque y giro tres grados, en el largo plazo constituye la diferencia entre llegar a Hawái o a Australia. Debemos entender que hay que jalar el timón para luego detenerlo, pues existen enormes intereses que no quieren un cambio: los bancos y el lavado de dinero; las mismas fuerzas policiacas, porque les da un poder y presupuesto; los vendedores de armas, a quienes, por supuesto, les interesa que la política siga adelante; y, evidentemente, las autoridades que son corrompidas con enormes sumas de dinero. Sí hay enormes partidas presupuestales, pero en medio de todo este desorden se encuentra la ciudadanía. Si lo dudan, habrá que preguntar qué le ocurre a los colegas tamaulipecos, cómo está la gente en Guerrero, cómo en Michoacán. Ésta es la cruda realidad de las consecuencias de esta política. Una nueva política regulatoria, es decir, una política pública exitosa, debe tomar en cuenta los siguientes principios: 1) atender la salud pública, 2) reordenar la seguridad (que no le corresponde abordar estos temas, sino dedicarse a verdaderos delitos), 3) proteger a los grupos más vulnerables, 4) respetar los derechos humanos y 5) procurar la efectividad del gasto. A propósito, ¿quiénes forman los grupos más vulnerables en todo esto? Curiosamente, los estudiantes —de escuelas públicas, sobre todo—, porque hasta ahí llegan los policías que deben cumplir su cuota. Piensan: “Tengo una cuota de detenidos al mes, ¿cómo la voy a satisfacer? Muy fácil, nada más voy fuera de las secundarias, de las prepas y ahí seguro agarro a uno, dos o tres desprevenidos que están fumándose un cigarrito y, si les falta algo de gramaje, yo se los doy”. Cuando platicamos con los policías, les hemos preguntado por qué hacen eso, y responden: “Porque es fácil. Porque cumplo con mis métricas; ahí, en mi desempeño, dice
‘tantos detenidos’ y penalmente están procesados y, sí, los refundimos, los metemos a la cárcel”. A nuestra pregunta de si no hay otros delincuentes que también generan un impacto a la sociedad como secuestradores, homicidas, violadores, responden: “Sí, pero ésos son muy peligrosos y a eso no le entro, no; voy por lo fácil, porque de esa manera lleno el requisito y mi jefe me pregunta que cuántos detuve esta semana, y le respondo que cinco. Y dice ‘muy bien, que la siguiente semana sean seis’”. A la luz de esa nula dedicación a contrarrestar las actividades que realmente lesionan a los ciudadanos, no nos debe extrañar que, por ejemplo, los índices de impunidad en materia de secuestro se encuentran entre 98 y 99%; de cada 100 que se cometen en el país, sólo uno o dos se sancionan mediante una sentencia condenatoria. No podemos continuar con esta barbarie de política pública prohibicionista de drogas, que es la directamente responsable de los Tlatlayas, Tanhuatos, Igualas y demás. En lo tocante al último punto de una nueva política regulatoria —la efectividad del gasto—, debemos asegurarnos de que los recursos —que son finitos— se orienten a una aplicación realmente rentable, no como ocurre hoy en día. El Estado no está desprovisto de herramientas para lograr una política pública, como otros países: Suiza, España, Portugal, Uruguay y de manera creciente Estados Unidos y Canadá. De hecho, de no hacer nada pronto, nos podemos llegar a convertir en el único país de TLCAN que no tiene una política en materia de marihuana. Estados Unidos ya cuenta con cinco estados en los que se permite la marihuana para uso recreativo, y más de 23 para uso medicinal. Como uso medicinal, una receta médica de dolor de cabeza es suficiente para tener acceso a la substancia. En Los Angeles, hay más dispensarios de marihuana que escuelas públicas. Tal vez no se trate de llegar a ese punto, pero tampoco podemos seguir con políticas dañinas; no basta decir que se abrirán foros para generar discusiones y demás. ¿Cuántos foros tenemos que organizar? El Congreso ha tenido tres, la UNAM ha realizado dos y nosotros uno en 2012. ¿Cuántos faltan para avanzar? No todas las drogas son iguales, por lo que no pueden regularse del mismo modo. Las herramientas de regulación deben ajustarse; algunas de ellas pueden tener incluso un régimen de prohibición administrativa, no de criminalización. En la actualidad, si alguien es adicto a los analgésicos o algún tipo de medicamento, existe una serie de trabas burocráticas para gestionarlos. Estos procedimientos
son incómodos y pueden mejorarse; pero, sin duda, es preferible eso que entregar su control a la delincuencia, como ocurre con otras drogas. Por ello, consideramos indispensable regular sustancias distintas, atendiendo los siguientes puntos:
•	Sustituir el modelo universal por mecanismos para diferentes drogas para diferentes poblaciones. •	Los productos más riesgosos requieren controles más estrictos, incluso algunas prohibidas bajo regulación legal. •	Considerar cinco modelos básicos para regular la disponibilidad de drogas: 1) receta médica o lugar supervisado; 2) modelo de farmacias; 3) ventas autorizadas; 4) establecimientos autorizados, y 5) ventas sin licencia para productos de menor riesgo. •	El riesgo que ha de evitarse es la comercialización y la mercadotecnia para incrementar el consumo.
unos billetitos con determinada denominación. Nuestros hijos menores de 18 años, es decir, menores de edad, sólo requieren dinero. Nuestra propuesta ha sido calificada como irresponsable. Pero irresponsable es la declaración lanzada a los foros por el actual Presidente: “No estoy de acuerdo con la legalización”. En primer lugar, porque carga los dados en un proceso administrativo; en segundo, porque es hipócrita al afirmar que sus hijos, a partir de la regulación, prácticamente van a tener acceso a las drogas. La realidad es que hoy en día ya tienen tal acceso, y les llega por medio de personas cuyo único interés es monetario, no de salud. No podemos tolerar ese tipo de pronunciamientos. En conclusión, la política prohibitiva no sirve. Debemos apostar al Estado para regresar las cosas a donde pertenecen, pues el tema es de salud pública. Es necesario quitarnos de encima todo este mar de falsedades con el que hemos estado viviendo los últimos años, y esto sólo puede lograrse si tenemos presentes los siguientes puntos:
•	Hay que reconocer el fracaso de la política prohibicionista. La regulación no es una panacea para solucionar los problemas del país. Tienen razón, porque no está diseñada para resolverlos. Como ilustramos antes, se trata de un viraje en este gran trasatlántico para apuntar en una mejor dirección. Debemos apostar al fortalecimiento del Estado, a confiar más en los médicos. Es mejor que confiar en los delincuentes y caminar por los callejones oscuros. La preocupación por nuestros hijos sale a flote en el tema de la regulación de la marihuana. Algunos padres piensan que estamos locos y queremos que todos la consuman. También somos padres de familia y entendemos cuáles son los riesgos, pero éstos no son potenciales, sino reales. Si mis hijos quieren consumir marihuana o cualquier otro estupefaciente, sólo tienen que ir al baño de las escuelas durante el recreo, donde están los operadores; ahí acuerdan qué tipo de drogas van a suministrar y por la tarde se la entregan en el centro comercial o en un callejón. Lo peor es que no les entregan sólo lo que le piden, sino que obsequian otras pastillitas, sin costo y con la garantía de que son muy buenas. De esta forma, los jóvenes se enganchan, pues no saben qué se están metiendo y el Estado, que debería ser el gran regulador, no está haciendo absolutamente nada. ¿Cuál es el único requisito regulatorio para el acceso a esas drogas? Tener
•	Debemos aprender de la política regulatoria del alcohol y el tabaco. •	Entendamos el cambio como un proceso cauteloso y gradual, no como una revolución. •	No hay que perder de vista que la regulación no es una solución mágica para todo. •	La política de drogas debe basarse en la ciencia, los derechos humanos y los principios de salud pública. •	Encontrar el balance correcto es crítico para coartar la criminalidad y para no permitir el incremento de consumo. •	Es necesario emprender un estricto proceso de escrutinio y evaluación, basado en indicadores de desempeño.
Abramos los ojos y actuemos con inteligencia. Si queremos obtener resultados distintos, necesariamente tenemos que intentar acciones diferentes. Nosotros apostamos a la regulación bajo la idea de tener un
esquema sustentado en la ciencia, salud pública, conocimientos técnicos y prevención. Debemos generar muchos resultados, tal como consta con todos los demás países que ya se han atrevido a realizarlo en muchas latitudes. El tiempo apremia y no podemos seguir demorando este cambio, por el que claman muchos habitantes en el país que ya se cansaron de vivir bajo el yugo de la delincuencia.
Psicopatología en la sociedad contemporánea y la vulnerabilidad ante el consumo de cannabis
l consumo de derivados de cannabis ha aumentado de manera significativa; es la droga ilícita más usada en el mundo. Normalmente, se consume por la creencia de que es recreativa, verde o sana. Se ha observado que, en la Ciudad de México, los principales consumidores son jóvenes de clase media y alta; su uso ha incrementado mucho, debido a su disponibilidad, sus derivados —como la marihuana y el hash o hashish—, y por la abundancia de recetas que pueden obtenerse incluso por internet. La pregunta que se plantea es por qué ha aumentado tanto el consumo si la droga siempre ha existido y si no han cambiado las leyes que la regulan.
Daniela Flores Mosri Licenciatura en Psicología, maestría en Psicoterapia Psicoanalítica, doctorado en Psicoanálisis en Universidad Intercontinental, coordinadora regional en México, Centro y Sudamérica para la Sociedad Internacional de Neuropsicoanálisis, investigadora y cátedra en Psicología y psicoterapia Psicoanalítica y Neuropsicoanálisis de la Universidad Intercontinental.
Entre 2010 y 2012, la Universidad Intercontinental patrocinó una investigación según la cual el consumo de derivados de cannabis impacta en aspectos psíquicos directos que modifican el sentimiento subjetivo del usuario, por lo que muchos consumidores pueden buscar la droga, sin tener conciencia sobre los motivos subyacentes. Yo he propuesto que el paciente es, en realidad, un paciente-psiquiatra, pues él mismo manipula su estado emocional y consume la dosis que le ayuda a conseguir los efectos que desea, aunque desconoce las implicaciones; está consciente de que quiere cambiar su afectividad, conoce el concepto de neuroquímica, y también sabe que hay una interacción entre la mente y el cerebro muy resaltada, porque el producto químico altera ciertas vías neuroquímicas, lo que cambia su forma de sentir. Así, surge una pregunta: ¿qué busca cambiar el consumidor? En un contexto afectivo, sabemos que el hecho de que tener conciencia subjetiva de la existencia no es un sentimiento simplemente agradable, pues estar vivo va acompañado de algún tipo de angustia, lo cual genera conflicto. Bajo esa premisa, la psicotoxicidad reforzaría la impresión de que el sentimiento subjetivo mejora, pues a un nivel muy general parece que pone término a la angustia por la propia existencia. La adicción puede definirse como lo no dicho; en palabras de Goodman, “es un proceso por medio del cual el comportamiento puede funcionar para producir placer o para aliviar el displacer mediante un patrón de fallas recurrentes para controlar la conducta, con-
tinuándola a pesar de saber de sus significativas consecuencias negativas”. Es decir, el usuario sabe que está haciéndose daño, pero no se detiene, continúa buscando la sustancia. La subjetividad puede definirse como la vida afectiva. A su vez, los afectos pueden dividirse en positivos y negativos. Los primeros nos hacen sentir bien y, por lo tanto, deseamos repetirlos; los negativos nos hacen sentir mal, por lo que procuramos evitarlos. La sociedad actual es bastante depresiva; no en el sentido de estar triste o desesperanzado, sino en el de la presencia de conductas autodestructivas; así, la sociedad y la cultura actual tienen numerosos refuerzos de carácter autoagresivo, a los que no se da ninguna atención. En el nivel macro, nos caracteriza ser una sociedad liberal —no queremos muchos límites—, lo cual refuerza las conductas autodestructivas. En el nivel micro, la familia refleja una crisis, pues los padres ya no tienen los papeles fijos que hubo durante un tiempo prolongado: el padre proveedor y la madre que ordena todo en casa; con esa estructura edípica, los hijos parecían tener un mayor potencial de desarrollarse adecuadamente. Ahora existen parejas que desean hijos, pero no tienen posibilidades de cuidarlos de manera eficiente en lo afectivo, porque ambos padres trabajan, están muy poco tiempo con los hijos y, según ellos, lo que importa es la calidad no la cantidad. Sin embargo, se requieren ambas condiciones; una sin la otra no son suficientes. Por esta razón, hallamos hijos que crecieron con abuelas o tías, preguntándose por qué los padres no estuvieron con ellos. Estos parientes suplen el papel de los padres y, como ocurre con las guarderías, el niño sólo llega a casa a dormir. Lo anterior forma en el hijo un efecto en el apego; sabe que lo quieren, pero las acciones dejan duda en los menores. La circunstancia no permite al niño sentirse querido y su tipo de apego es inseguro, y puede llegar a resultar traumático. Ya Bowlby hablaba de un sistema del apego al que hoy, de acuerdo con Panksepp, llamaríamos PANIC system. De acuerdo con Panksepp, seguido de Solms y Turnbull, cuando existen desregulaciones en el PANIC system, se afecta el funcionamiento de estructuras específicas del cerebro (cíngulo anterior, núcleo del lecho de la stria terminalis, hipotálamo y tálamo), en las que se registran afectos negativos, tales como la angustia de separación. Existen siete sistemas de emoción básica en todo organismo mamífero; por ejemplo, el sistema de PÁNICO, de separación o de dolor —incluso de duelo— co-
rresponde a PANIC, que funciona con neuropéptidos opioides. Así, cuando un consumidor tiene un problema de angustia de separación, lo que lo va a calmar es un opioide, por lo cual puede buscar derivados como morfina, heroína, metacualona, entre otros. Entonces, cada sistema tiene ciertas vulnerabilidades; de ellos, el más importante para las adicciones es el de BÚSQUEDA (SEEKING system), el de motivación, que si se activa, genera una sensación positiva de expectativa, que espera una satisfacción de la necesidad vigente; de encontrarse el satisfactor en el ambiente externo, se desactivará el SEEKING, dará paso a la activación de ciertas estructuras correspondientes con el LUST system, particularmente la sustancia gris periacueductal (PAG). Cuando se liberan grandes cantidades de dopamina en el SEEKING system, se finca un refuerzo para buscar la droga nuevamente. Casi todas las drogas afectan este sistema de BÚSQUEDA, equivocadamente llamado de recompensa, ya que la recompensa no se obtiene mediante la activación de esta vía mesocórtico-mesolímbica, sino de su desactivación una vez encontrado el satisfactor, el cual envía la señal al LUST system. Las emociones no se piensan, sino que se sienten, lo cual no implica procesos de conciencia cognitiva racional, empero, las emociones siempre son conscientes. El consumidor de drogas, al tener una sensación negativa, no importa si la registra a nivel cognitivo o no, tendrá una necesidad neuroquímica que siente de forma subjetiva. Las emociones primarias, secundarias y terciarias son un tema complejo. Los siete sistemas pueden establecerse como instintos (circuitos precableados del cerebro) que provocan emociones en su correlato negativo y positivo. Panksepp ha llamado circuitos de emoción básica por su relevancia en la tarea de supervivencia de cualquier organismo mamífero. Las emociones básicas inician en su aspecto instintivo a un nivel de proceso primario, mismo que posee el potencial de aprender de la experiencia, y se eleva al siguiente nivel, es decir, al de procesamiento secundario, en el cual las emociones se condicionan mediante su encuentro con estímulos del ambiente externo. Los sistemas de emoción básica responden a las experiencias de vida, y por ello puede haber una necesidad neuroquímica de cierta sustancia particular y no de otra, lo que explica por qué un individuo consume una droga específica. Finalmente, los procesos cognitivos terciarios son los más conocidos, pues se tiende a identificarlos como nuestras emociones. Pero, al final, esas emociones son culturales; todo lo que uno puede pensar acerca
de sus emociones puede no ser preciso o apegado a lo que realmente está ocurriendo. Estos procesos evolutivos, una vez configurados, se vuelven predominantes. Los procesos primarios que se extienden hacia los secundarios y posteriormente a los terciarios, constituyen lo que se conoce en neurociencias como la regulación de abajo hacia arriba (bottom-up regulation), mientras que la regulación en sentido opuesto, es decir, desde los procesos terciarios hacia los secundarios, y a los primarios, se denomina como regulación de arriba hacia abajo (top-down regulation). Entendido este funcionamiento, podemos regresar al tema de las adicciones. Las sustancias psicotóxicas necesariamente impactan en los sistemas neuroquímicos del organismo en estructuras clave del sistema límbico; de otro modo, no puede tener efectos psíquicos. Es decir, hay tóxicos que no modifican la sensación subjetiva, y otros que sí; estos últimos son los que de manera coloquial se llaman drogas, las cuales deben parecerse a algo que ya está dentro del sistema nervioso; si no existiera ese algo, no habría impacto. Por ejemplo, la cocaína y las anfetaminas se parecen a la dopamina; los derivados de cannabis, como la marihuana, se parecen al sistema endocannabinoide; la heroína, a los opioides endógenos; las benzodiacepinas, se parecen al GABA —que tienen un principio adictivo, aunque se dice que no; hay un gran número de estudios que indican lo contrario—. Lo anterior indica que las drogas afectan los sistemas de emoción básica, trabajan directamente sobre cómo me siento —la vida afectiva—, por lo tanto, habría que hacer una comprensión formal de la relación entre la psique y el cerebro, estudio del neuropsicoanálisis. Así, se tienen sustancias legales —los fármacos—, drogas legales e ilegales, y todas ellas se consumen; unas las provee el médico; otras se consiguen por cuenta propia, por lo que somos susceptibles de modificar la forma en la que nos sentimos con una manipulación neuroquímica. Las vías cerebrales relacionadas con la actividad de la dopamina del sistema de BÚSQUEDA (SEEKING system) llevan hacia la corteza frontal —aquello con lo que pensamos y con lo que hablamos—, pero en realidad las emociones no se encuentran ahí, sino que provienen de estructuras más antiguas desde un punto de vista evolutivo (en el tallo y el cerebro anterior), las cuales llevan la batuta cuando tenemos un cerebro modificado por los efectos de adicción. Cuando esto ocurre, naturalmente la información ya no se integra de manera correcta; por lo tanto, platicar con pacien-
tes dependientes a sustancias no es lo más eficiente, sino que hay que usar una parte más emocional. Ésa es la razón por la cual muchos tratamientos basados en la palabra no tienen un buen resultado; hablar a la emoción con un lenguaje verbal en ocasiones resulta limitado. El sistema de búsqueda (SEEKING system) se constituye por varios componentes, entre los que se destacan el área tegmental ventral y el núcleo accumbens, los cuales son predominantemente dopaminérgicos, por lo que ésta resulta ser la vía más sensible al consumo de psicotóxicos y que suele verse afectada en los procesos de los trastornos adictivos; el ignorar que el SEEKING system es parte esencial de nuestro cerebro, es un posible equivalente de no saber que tenemos órganos vitales. De tal forma, es de gran relevancia comprender que la proyección entre el área tegmental ventral y el núcleo accumbens se desregula cuando tenemos un cerebro adicto y nunca se recupera, una vez pasado cierto umbral; por eso se afirma que las adicciones no son curables, sino sólo tratables —sólo hay adictos que se recuperan, mas no se curan—. El problema está en estas regiones, por ello vale la pena conocerlas y tomar en cuenta que la afectación sobre este circuito impacta directamente sobre los procesos de motivación del organismo. Otra vía de neurotransmisión relevante —sobre todo para el caso de los consumidores de cannabis— es la del GABA, el ansiolítico natural del cuerpo, que actúa cuando hay mucha tensión, es como una dosis natural de benzodiacepinas. El consumidor de cannabis con frecuencia reporta ansiedad y el uso de la sustancia para controlar la sensación subjetiva de la misma. Cuando existe un dolor psíquico muy elevado que la persona ha registrado a nivel consciente —el típico punto de inicio es la adolescencia, porque el joven se siente mal, vulnerable—, cuando las defensas naturales se agotan, entonces se recurre a una sustancia artificial: a una automedicación de acuerdo con Khantzian. Frente a esta defensa, la gran cantidad de angustia permite al consumidor hacer un acuerdo consigo mismo para hacerse daño; no le causa problema tomar el primer cigarrillo o beber en exceso la primera vez: “Me estoy atacando, pero todo mundo lo hace, así que no hay problema”, se dice. Piensa que es temporal y que no habrá consecuencias, pero las hay y deberán hacerse grandes esfuerzos para alcanzar la recuperación. El problema es que una gran parte del problema afectivo, es inconsciente. Se sabe que hay una sensación negativa, pero se desconoce de dónde proviene. Con
esta complicada situación, la angustia se vuelve tan intensa y elevada que el paciente debe tomar otro tipo de defensas y remedios. Por lo general, lo último que se hace es pedir ayuda profesional. Ante una ansiedad vaga —uno se siente mal, nervioso, angustiado, sin saber por qué—, se ignora cómo actuar. En general, la intensidad es de baja a moderada, pero constante; no se quita y la vida se vuelve complicada, con un molestar continuo que comúnmente provoca que el consumidor sienta curiosidad por probar las drogas, pero no nota la relación entre su angustia y su deseo de probar las drogas. Él percibe una curiosidad intelectual totalmente alejada de sus malestares, y piensa “No quiero que me cuenten, sólo será una vez”. Así comienzan muchos jóvenes; la repiten, se vuelve ocasional, y finalmente compran y consumen diario, hasta varias veces al día; de este modo, se llega a los problemas antes mencionados. Quien consuma encontrará que hay un cambio inmediato en el sentimiento subjetivo. Una droga candidata para que alguien se haga dependiente produce efectos subjetivos rápido; por eso se condiciona rápidamente. En estos casos, la percepción de la realidad cambia, eso es lo más agradable, pero es muy complicado que alguien que está comenzando a consumir — niño, adolescente o adulto— sepa que no se trata sólo de curiosidad, sino de algo más profundo.
más estudiados son los CB1 y los CB2, los cuales se activan cuando se fuma marihuana; además, existen al menos cinco endocannabinoides, todos moduladores del sistema nervioso. Cuando se fuma cannabis, las emociones se alteran. Los dos derivados de cannabis principales son el THC (Δ-9-tetrahidrocannabinol) y el CBD (cannabidiol); los cuales tienen efectos opuestos, según el nivel de dosis consumida, lo que provoca los efectos bifásicos del uso de derivados de cannabis; uno alivia ciertos malestares y el otro produce daños importantes, por lo que es muy complicado usar la planta sin que tenga efectos nocivos. No puede decirse que sólo es dañina, porque tiene propiedades ventajosas; sin embargo, no se han podido aislar los efectos terapéuticos, lo cual ha puesto en duda la eficiencia de los fármacos derivados de cannabis. Entre los sitios de mayor concentración de receptores endocannabinoides en el cerebro, se encuentra la médula, donde llega la información; al consumir marihuana, esta parte del cerebro comienza a funcionar con distorsiones en cuanto a la transmisión de información. La falta de equilibrio, de coordinación y la lentitud son los efectos en el cerebelo. Están involucrados los ganglios basales, núcleos que vuelven automáticas las respuestas motoras.
La presencia del dolor psíquico crónico necesita la defensa artificial, llamada droga, en esta interacción del sistema nervioso con la psique, con cómo nos sentimos. Además, existe un impacto neurobiológico en el sistema endocannabinoide (ECS, por sus siglas en inglés) que también afecta otros sistemas neuroquímicos, puesto que tiene efectos rebote sobre ellos, lo cual da poder a esta cuestión subjetiva del cannabis.
Todas las funciones autónomas se relacionan con el hipotálamo, que se afecta al consumir derivados de cannabis; el hipocampo es importante para el estudio de diversos aspectos psicodinámicos, ya que afecta la codificación de información episódica o explicita para su integración en la memoria autobiográfica de los eventos que han pasado en la vida de un individuo, por lo que se comienzan a olvidar cosas inmediatas, después un poco más tardías, hasta que se olvidan recuerdos viejos.
En el tallo se encuentran diversos núcleos que modulan el dolor, por lo que en dosis bajas habrá efectos analgésicos, a pesar de que a largo plazo, puede haber una desregulación en las vías relacionadas con el dolor. De igual forma, el impacto sobre el tallo cerebral puede tener efectos antináusea, lo cual alivia el malestar de muchos usuarios. A nivel amigdalino, se obtienen efectos sobre emociones, tales como el miedo y la ansiedad, por lo que pueden surgir reacciones de temor y paranoia, frecuentes en dosis altas.
El ECS tiene una función neuromoduladora general, y se destacan dos neurotransmitores: el GABA —que es ansiolítico— y el glutamato —un excitatorio general del sistema nervioso—. La neuromodulación se refiere a la liberación de endocannabinoides para generar respuestas adaptativas en la transmisión neuronal. El objetivo siempre será sobrevivir y adaptarse; se trata de un sistema complejo, ya que está en todo el sistema nervioso. Cada día se descubren más receptores, que son muy complicados, por lo que sólo mencionaremos algunos. Existen diversos tipos de receptores en las neuronas, de los cuales, los correspondientes con el ECS se encuentran en la membrana post-sináptica; los
Cuando los efectos de cannabis llegan al hipotálamo, a la neocorteza —la parte más frontal— y al núcleo accumbens, se producen los siguientes cambios, respectivamente: hay un gran incremento del apetito, se
originan pensamientos, juicios y percepciones alteradas y hay motivación sin acción, así como una relativa sensación de euforia. El funcionamiento del sistema endocannabinoide dentro del sistema nervioso se lleva a cabo por una señalización retrógrada, lo cual se descubrió recientemente; por lo común, una neurona (presináptica) pasa la información a otra (postsináptica); en este caso, la información se envía en dirección opuesta. Los efectos a largo plazo por el consumo de esta sustancia en dosis media y tiempo no prolongado son una disminución en la concentración, la atención, la definición de sentimientos y de las emociones y la memoria de trabajo, por lo que al momento de no poder tener procesos de pensamiento eficientes, el aprendizaje baja. Por otro lado, afecta el cálculo matemático, por lo que una característica muy destacada de los consumidores es que no pueden hacer con agilidad operaciones matemáticas muy simples. También se afecta la memoria. El cerebelo tiene una gran conexión con funciones afectivas, por lo que si se daña, se modifican también aspectos emocionales. En cuanto a la automedicación, la investigación realizada en la UIC mostró que el paciente no quería sentir —ése fue su primer fundamento— o deseaba olvidar —no quería acordarse de una vida de contradicciones bastante dolorosas—. Desde ese punto de vista, aparece el llamado síndrome amotivacional, derivado del consumo de cannabis: el paciente tiene metas, motivaciones y deseos, pero se siente paralizado e incapaz de actuar para hacer lo deseado. En la clínica, esto es lo que más he visto: el paciente sufre porque quiere hacer muchas cosas; en ocasiones, son jóvenes en sus 20, pero sienten que no han aprovechado el tiempo. Otro resultado de esa investigación es que este síndrome refuerza la parte depresiva que ya existía, por lo que el paciente empieza a sentirse cada vez peor; para sentirse mejor, vuelve a fumar, y la depresión se agudiza; entonces, por lo general se presenta el efecto rebote, y el paciente comienza a probar nuevas drogas. Otro hallazgo, en particular con un paciente que se estudió en psicoterapia psicoanalítica durante muchos años: cuando consumía cannabis, le costaba mucho trabajo hablar, no podía expresar lo que sentía la mayor parte del tiempo; cuando dejaba de consumir por un periodo relativamente prolongado, el paciente mejoraba bastante, aunque nunca se recuperó por completo. Por el síndrome amotivacional, presentaba dificultad
para cumplir metas durante el consumo y disminuía bastante al no consumir; a la vez, se apreció amnesia severa cuando consumía, y moderada al momento de no consumir, recuperaba recuerdos. Durante el consumo, la alexitimia —no reconocer las emociones presentes— era muy marcada; el paciente sólo podía decir “me siento incómodo”, “de malas”, “me siento mal”, pero no podía definir cuándo se sentía enojado o triste; en periodos extendidos de abstinencia, lograba vencerla y podía expresar “me siento enojado”. El paciente presentaba reacciones lentas durante el consumo; mucho menos o prácticamente nada cuando dejó de consumir la droga. Respecto a la dificultad de integración de datos —la parte frontal—, el paciente mejoró bastante, prácticamente no se nota ante el observador cotidiano, no así ante el experto. El estado de ánimo era muy bajo durante el consumo, y mejoraba bastante en ausencia de cannabis. El paciente tenía aplanamiento afectivo sólo durante el consumo. Las conductas autodestructivas eran muy escasas, pero mientras consumía, sufría accidentes, choques, actividad sexual riesgosa, y mucho más. En cuanto al aislamiento social, no quería convivir, cuestión que no pasa a todos los usuarios; y lo contrario cuando estaba en abstinencia. La ansiedad suele estar muy presente por el deseo de la droga en los usuarios, por lo que quedó en nivel moderado después de no consumir, puesto que la ansiedad por su deseo de consumir nunca se quitará completamente. El paciente estudiado presentaba mucha dificultad para concentrarse durante el consumo, y mejoró bastante cuando dejó el cannabis. Por último, el síndrome amotivacional fue muy marcado en este paciente; al dejar de consumir, se volvió una persona con mucho éxito laboral. Lo más relevante de los resultados de la investigación ya mencionada son las dificultades en el lenguaje, los sentimientos que tienden a hacerse vagos, la baja capacidad de concentración y atención, la memoria queda con daños, el síndrome amotivacional, y la baja capacidad de integración y comprensión de información. Por último, existe un vínculo entre los aspectos subjetivos del consumidor, el factor neurobiológico y las estructuras del sistema nervioso posiblemente involucradas. A continuación, se expone esa relación: El síndrome amotivacional psiquiátricamente descrito incluye un aspecto depresivo-subjetivo que puede vincularse con la sensación de bloqueo o parálisis para actuar, relacionado a nivel psicodinámico con las expectativas que el hijo interpreta que tienen sus pa-
dres sobre él, las cuales tienden a ser grandiosas; el usuario con frecuencia se explica la ambivalencia en el amor por parte de los padres mediante la idea de que él no ha cumplido con lo que esperaban de él, lo cual debe trabajarse con particular relevancia durante el tratamiento para disminuir los sentimientos de autoestima baja. Las estructuras del sistema nervioso, posiblemente involucradas con este síndrome, son los lóbulos prefrontales, el SEEKING system y parte de la vía de la memoria episódica en su codificación a nivel de hipocampo. La patología relacionada con la baja integración de información se vincula con la dificultad de los consumidores para hablar o expresarse, lo cual complica una comprensión clara de sus sentimientos e ideas. Los lóbulos frontales se involucran con el funcionamiento alterado de integración general. Los efectos amnésicos se relacionan con el deseo de muchos consumidores por olvidar un pasado relacionado con un intenso dolor psíquico que el paciente prefiere desconocer. El consumo de derivados de cannabis impacta estructuras clave en el procesamiento de la memoria afectiva y cognitiva, tales como el hipocampo, los lóbulos frontales, la vía de acetilcolina y el cerebelo. La baja autoestima suele provocar la necesidad de sentimientos omnipotentes para combatir la depresión, por lo cual la distorsión de la realidad y la necesidad de sedación y de analgesia son relevantes como reforzadores del consumo de derivados de cannabis. El paciente prefiere no sentir, ya que las emociones activas son negativas. Entre las estructuras que pueden ayudar a los efectos subjetivos de analgesia, se encuentran el hipocampo, que no permite la codificación episódica de información, los lóbulos prefrontales con una importante baja en su capacidad de integración de datos complejos, así como del sistema endocannabinoide en su función neuromoduladora. El efecto o factor analgésico y ansiolítico se relaciona con el deseo de no sentir dolor psíquico; cabe señalar que la ansiedad subjetiva es el promotor o reforzador más grande para buscar derivados de cannabis, aunque no siempre se tenga conciencia de presentar ansiedad. Se involucra el sistema nervioso en general, con un impacto sobre los receptores endocannabinoides. El consumidor de cannabis suele referir una búsqueda de autonomía mediante el uso de la sustancia. Tal efecto no ocurre, en cuanto la persona requiere la droga para sentir que desplaza el dolor psíquico sobre los derivados de cannabis, se vuelven un objeto,
ya que el usuario establece una relación íntima con la droga, que indica la presencia de una dependencia psicológica. En cuanto a la dependencia fisiológica, se requiere un consumo prolongado, en dosis y frecuencias altas para lograr la afectación del SEEKING system. Los usuarios que refieren necesitar la droga y presentar craving experimentan ansiedad ante la falta de la sustancia; consumen por lo regular en la mañana y en la noche. Entonces, los efectos fisiológicos se aprecian en el sistema opioide, el ECS y el SEEKING system. Cuando el paciente pide ayuda por presentar malestar derivado del propio consumo de cannabis, se da cuenta de que tiene limitaciones que resultan de su mismo consumo. Se involucran los lóbulos frontales y el sistema límbico, es decir, las emociones en general. Con respecto a daños en general por el consumo de derivados de cannabis, la conducta de fumar cualquier sustancia implica efectos respiratorios tales como tos crónica, enfisema, enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), al igual que cáncer de cabeza y cuello. Con el uso de la sustancia en cualquier tipo de forma de administración, se aprecian efectos cardiovasculares, en algunos casos graves; aumento del ritmo cardiaco y presión arterial, o bradicardia; infarto de miocardio; apetito acentuado y falla del sistema inmune —los pacientes fumadores de cannabis contraen más infecciones y enfermedades—; disminuye la función y cognición cerebral, que es crónica, por lo que no se recomienda consumir psicotóxicos en general. A nivel psiquiátrico, se pueden generar depresión clínica y episodios psicóticos con características paranoides y, lo más importante, la defensa ante el alto dolor psíquico de contenido casi desconocido para el consumidor.
Conclusiones La sociedad en que vivimos induce significativamente a la depresión y al dolor psíquico; la adolescencia es la edad más vulnerable para iniciarse en el consumo de sustancias; por lo regular, se inicia con alcohol, nicotina y cannabis. La presencia de crisis en la vida — contradicciones y confusiones afectivas graves— son casi imperceptibles para el paciente, porque en general, los padres están presentes, pero en ocasiones no logran desempeñar su papel con eficiencia, lo que provoca la desintegración familiar; los padres, a su vez con frecuencia son depresivos y se sienten insatisfechos por su contexto. Existen elementos sociales e intelectuales que refuerzan la idea de que los derivados de cannabis están
disponibles, son baratos y, según se difunde, son inocuos y recreativos; ése es el punto que más confunde y suscita dilemas en el ámbito legal. Hay que subrayar que todo usuario de psicotóxicos —dependiente o no, abusador o no— tiene un dolor psíquico significativo, y que el recurso a la marihuana se debe a una defensa artificial por agotamiento psíquico y a dependencias psíquicas y neurobiológicas que afectan el conjunto de los caracteres psíquicos del individuo, quien, en este caso, buscará efectos para sentirse mejor, lo cual no siempre se logra.
Dificultades en la conformación e implementación de políticas públicas en el orden de la salud mental
n la actualidad, los debates y discusiones acerca de la posible despenalización del uso de cannabis se han desplegado en diversos sentidos, sin embargo, hay dos aspectos que presentan mayor resonancia: el uso médico-terapéutico y el uso recreativo. Estos aspectos no son simples, al contrario, a partir de que el uso y consumo de sustancias son un fenómeno social, el mismo es concernido por las dinámicas propias de la cultura y la colectividad. Es necesario que las disciplinas científicas aporten elementos útiles para definir el territorio crítico que permita la toma de decisiones que derive (o no) en la conformación e implementación de políticas públicas relativas al problema mencionado.
Georgel Moctezuma Araoz Licenciatura en Psicología, maestría en Psicología Clínica, doctorado en Psicología y Salud; estancia posdoctoral en ciencias médicas, de la salud y odontológicas. Psicoanalista. Director clínico-académico de Clínicas Comunitarias del Centro a la Atención a la Salud Integral del Área Divisional de la Salud de la Universidad Intercontinental. Docente e investigador de la Universidad Intercontinental.
Las políticas públicas inciden y afectan a toda la población, no sólo en el ámbito de la salud, sino también en las culturales, económicos, sociales e institucionales y, ciertamente, es necesario replantear el problema de la cientificidad o no (prácticas ideológicas o técnicas) de las disciplinas en las cuales se fundamentan dichas políticas. Además, el problema de la gubernamentalidad es inherente al campo de acción de las políticas públicas; una posible definición de ésta es la siguiente: Conjunto constituido por las instituciones, los procedimientos, análisis y reflexiones, los cálculos y las tácticas que permiten ejercer el poder, cuyo objetivo es la población, su forma mayor es la economía política y su instrumento técnico fundamental son los dispositivos de seguridad. No olvidemos que estas cuestiones llevan en el centro de sus prácticas e intervenciones el ejercicio del poder sobre la población. También es necesario contemplar el problema de la medicalización dentro del ámbito público. La medicina es fundamental en el ejercicio del poder. Desde el siglo XIX, la medicina está dotada de un poder autoritario con funciones de normalización que van más allá de la existencia de las enfermedades y de la demanda del enfermo; la salud se convirtió en un bien de consumo. Por estas razones, surge la necesidad de implementar y desarrollar estrategias de resistencia, discusión y crítica hacia las propuestas en materia de política pública a partir las disciplinas científicas, ideológicas y
técnicas, desde un lugar hegemónico para dar oportunidad de integrar la diversidad, la libertad de elección y el pensamiento incluyente a partir del desarrollo de teoría y estudios críticos.
La higiene como disciplina médica y la higiene social La higiene, en tanto disciplina médica, se ha orientado desde su nacimiento por una ambición sociopolítica-económica de ajuste de la vida de los individuos. Tissot (Aviso al pueblo acerca de su salud 1761; De la salud de la gente de letras, 1768) consideraba que la salud es objeto de un cálculo y medición; Además, Etienne Tourtelle en 1797 publica Elementos de higiene, donde prioriza la búsqueda de la adhesión a las normas del buen funcionamiento en relación con la salud por parte de los individuos que conforman una población, lo cual pone en el centro al problema del control. Este control administrativo de la salud desembocó en la Organización Mundial de la Salud, donde salud se define como el estado de completo bienestar físico, moral, social y mental, que no consiste solamente en la ausencia de invalidez o de enfermedad. El lector puede caer en cuenta que lo relativo a la legislación y regulación de cualquier aspecto concerniente a la salud mental constituye un fenómeno definido por la complejidad, lo que sugiere la necesidad de la transdisciplinariedad para marcar territorios de problematización que orienten las prácticas sociales de las poblaciones de acuerdo con sus necesidades, representaciones y estilos de vida reales (o por lo menos lo más cercanos a este ámbito).
¿Q ué son, en qué consisten y qué buscan las políticas públicas? Una política pública puede definirse como una intervención deliberada del Estado para corregir o modificar una situación social o económica que se ha reconocido como problema público; también son decisiones transversales que regulan la actuación interna de los gobiernos, y que están destinadas a perfeccionar la gestión pública. No son cualquier intervención, regulación o acción pública; tienen que ser decisiones tomadas por los órganos ejecutivos o representativos de Estado (y no por particulares), con el propósito explícito de modificar el problema mediante el uso de los recursos normativos, presupuestarios y humanos con los que cuenta el sector público.
También se consideran una selección, definición, teorización y metodologización de problemas; proceso que va de la mano con otro de índole política previo que toma decisiones relativas al ejercicio del poder. Las políticas públicas siempre se refieren al espacio público; no son actividades privadas emprendidas por un individuo, una empresa o un consorcio de personas físicas o morales en función de sus intereses, lo cual implica que toda política pública es, al final, una afirmación de valores, una orientación normativa (lo que debe suceder). Giandomenico Majone, en Evidencia, argumentación y persuasión en la formulación de políticas (1998), hace una metáfora entre los problemas públicos (en tanto objeto de las políticas) y los programas de investigación (sobre todo en la problematización y la elección de metodologías). Este autor sitúa en el centro de la política pública tres aspectos absolutamente necesarios:
1.	Causalidad del problema 2.	El resultado específico que quiere producirse tras la intervención del Estado 3.	Argumentación exacta sobre el sentido y el propósito de la política que se llevará a cabo a partir de los valores que se defienden y que dan sentido a la intervención.
Es de gran importancia señalar que, si cualquiera de estas tres condiciones no se definen ni, sobre todo, se resuelven con absoluta claridad, de ninguna manera es posible estructurar e implementar políticas públicas en cualquier asunto propio del ámbito público. Se debe considerar este último comentario al momento de intentar dar cuenta de lo relativo a la conformación de políticas públicas referentes a cualquier sustancia, en lo general, y a la marihuana, en lo particular. Desde nuestro punto de vista, es imposible situarse en favor o en contra de cualquier regulación en materia de drogas si este aspecto no se encuentra resuelto, puesto que no es posible tomar una postura responsable.
Ciencias y distorsión cientificista en el campo de la salud mental El campo de la salud mental presenta diversas especificidades con relación, sobre todo, pero no exclusiva-
mente, al primer criterio necesario para establecer la posibilidad de conformar una política pública: el concerniente a la causalidad. Éste, de hecho, se relaciona con la razón por la cual en el campo de la salud mental no se habla de enfermedades, sino de trastornos. La categoría que no debe perderse de vista en cualquier asunto referente a la salud mental es el de sobredeterminación (del problema, del fenómeno, del objeto de estudio). Por tal motivo, es de vital importancia mantener abierto el problema de los límites, limitaciones y especificidades ontoepistemológicas, teóricas y metodológicas en las ciencias que inciden en el campo socio-cultural, el cual forzosamente mantiene una relación directa con la categoría de sobredeterminación en cualquier tema vinculado a la salud mental (como el consumo de cannabis). En la actualidad, en el campo de la ciencia prevalece una intención de reducción metodológica y diversos atomismos, donde se efectúa la reducción de un problema al estudio de pocas variables observables y manipulables. Esto se relaciona con el poder predictivo y el determinismo del conocimiento científico, que asigna a la ciencia una función oracular. Estos atomismos son los siguientes:
•	Epidemiológico. Si el campo de la salud mental aspira a ser científico ha de medir… aunque no sea viable.
La psiquiatría como ejemplo paradigmático de ausencia de cientificidad 1 Es importante recordar que una disciplina encargada del estudio, la prevención, el tratamiento y la vigilancia epidemiológica (entre otras) acerca de los fenómenos relacionados con la salud mental es la psiquiatría; por lo tanto, es ineludible criticar la práctica de esta disciplina, ya que la incidencia en la conformación e implementación de políticas públicas es directa y decisiva (lo cual no forzosamente debe ser así). Thomas Szasz afirma en su texto Herejías: “La psiquiatría es la cloaca dentro de la cual las sociedades de la segunda mitad del siglo XX descargan todos sus problemas morales y sociales sin resolver. Del mismo modo que las cloacas que desembocan en ríos y océanos contaminan las aguas en las que descargan; así la psiquiatría, que desemboca en la medicina, contamina el cuidado y curación del enfermo”. Recordemos que Szasz fue profesor e investigador emérito de psiquiatría en la Universidad de Siracusa en Nueva York; la Universidad Francisco Marroquín le otorgó en 1979 un doctorado honoris causa por su labor excepcional dentro de esta disciplina. Existen tres puntos que nos parecen fundamentales en la obra de Szasz, los cuales aportan en parte un sostén conceptual y epistemológico a nuestros planteamientos. Dichos puntos son los siguientes:
•	Molecular. La experiencia humana (toda) sería determinada por balances de neurotransmisores. Ejemplo: la neuroeconomía, con estudios centrados en la oxitocina, explicaría la generosidad y afectaría los intercambios económicos. Las consecuencias de estas ingenuidades son obvias: cualquier forma de comportamiento moral (uso y abuso de sustancias) podría curarse, mejorarse o incluso invertirse mediante fármacos.
1.	A lo largo de toda su obra se burla y desprecia a la American Psychiatric Association (APA), debido, entre múltiples cuestiones, a que una enfermedad debe cumplir los criterios y definiciones de la patología, en lugar de ser un resultado de votaciones (refiriéndose a las llamadas enfermedades mentales).
•	Celular. La interpretación de los datos obtenidos mediante tecnología sofisticada confunde un correlato impreciso con una relación causal consistente.
3.	La psiquiatría es un sistema de control social al servicio del Estado (y al marketing añadimos nosotros).
•	Genético. En la actualidad, se intenta establecer un cuadro de herencia poligénica de los trastornos mentales sobre el cual poder actuar, pero, al menos por el momento, cuando se muestra un determinismo genético, resulta ser muy débil, además de poligénico, y que carece de capacidad diagnóstica o pronóstica.
2.	La psiquiatría es una pseudociencia.
En el presente apartado, hacemos referencia a diversos aspectos desarrollados en el texto: G. Moctezuma, Psiquiatría: Carencia de cientificidad, ausencia de enfermedades y abuso de psicofármacos conformando una clasificación arbitraria contenida en un cierto manual llamado DSM-5. (Inédito). Las referencias al mismo mantienen convergencias con las críticas enunciadas hacia el problema de las políticas públicas. 1
Dentro de la psiquiatría, el problema de la clasificación acerca de los trastornos mentales siempre se ha llevado al debate y a la controversia, no obstante, nunca como en años recientes: “En la actualidad, desde antes de la publicación del DSM 5, hubo controversias y fuertes críticas contra los procedimientos metodológicos y contra las perspectivas teóricas que respaldaban la conformación del mismo. A los pocos días de publicado, aparecieron declaraciones sorprendentes por parte de autoridades en el ámbito de la salud; algunas de las más llamativas son las siguientes. En una nota publicada por Psychology Today, The New Yorker en julio de 2013, leemos: ‘El director del Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH), Thomas Insel, declaró a dos semanas de que saliera publicada la quinta versión del DSM, que la agencia no financiará ningún proyecto de investigación que se sustente en los criterios de dicho manual. La debilidad del DSM reside en su falta de validez. A diferencia de las definiciones de la enfermedad isquémica del corazón, el linfoma o el SIDA, los diagnósticos del DSM se basan en un consenso acerca de conjuntos de síntomas clínicos, y no de una medida objetiva de laboratorio. Aunque el DSM ha sido descrito como la biblia para el campo, es a lo sumo un diccionario, y no es ni siquiera un buen diccionario. Los pacientes con ‘trastornos mentales’ merecen algo mejor […] Básicamente, el NIMH se desliga de cualquier utilización y referencia al DSM 5 debido a su nulo valor científico […] A quince días de publicarse el DSM 5, el Instituto Nacional de Psiquiatría de la República de Argentina toma una postura similar […] la psiquiatría ha llegado a un punto crítico; nuestro instituto se desvincula del uso en cualquier sentido (de investigación, de enseñanza, de práctica clínica) del manual debido a una excesiva fragilidad e inconsistencia en materia de cientificidad’, dijo el director de dicha institución”, (Moctezuma, s.f.). Otro aspecto de gran controversia dentro de esta disciplina es el relativo a la supuesta relación causal entre los trastornos mentales y un evidente desequilibrio químico: “Ante tal cantidad de interrogantes, los cuales producen incertidumbre nada conveniente para la ‘ciencia’ de la psiquiatría, ha surgido desde ya varios años la (pseudo) teoría, o más bien la vaga noción e idea del ‘desequilibrio químico’, que sentaría las bases para estudiar, investigar, tratar y medicar los trastornos psiquiátricos en su totalidad, siendo también lógicamente viable que la psiquiatría deba sustentar su supuesta cientificidad en la genética, las neurociencias y la psicofarmacología. Por nuestra parte nos parece muy importante considerar diversas puntualizaciones
que, de manera frontal y tajante, desmienten la validez e incluso existencia de dicho desequilibrio químico a nivel cerebral, el cual establecería la definición de diversas causas para los trastornos que nos conciernen. Entre estos apuntes y planteamientos destaca lo publicado en la revista Nature (2011), en la cual, en términos generales, para todo trastorno psiquiátrico, y en particular el autismo y las adicciones, no es posible definir alteraciones a nivel neurobiológico no genético como causas específicas de los mismos; por otra parte, en un documental publicado por la Comisión de Ciudadanos por los Derechos Humanos, más de 60 psiquiatras en todo el mundo declaran abiertamente el hecho de no contar con ninguna prueba o test que dé cuenta de ninguna alteración genética o neurobiológica en el tratamiento de los trastornos psiquiátricos. Además de que en este documental aporta sus declaraciones Thomas Szasz, él mismo, hasta el año de su muerte (2012) afirma puntualmente la ausencia de comprobación de dicho desequilibrio químico en tanto causa definida y mucho menos en tanto ecuación del mismo con las así llamadas enfermedades y trastornos mentales”. (Moctezuma, s.f.) De igual manera debe considerarse que en la psiquiatría, es decir, el estudio de los trastornos mentales (como el trastorno por abuso de sustancias), también es recurrente la “argumentación” relativa al supuesto origen genético de dichos trastornos, al problema de las “falsas enfermedades” en la disciplina y al espinoso asunto referente a la alianza psiquiatría-psicofarmacología-marketing. Lo anterior constituye un punto álgido de discusión con relación a la conformación e implementación de políticas públicas en el orden de la salud mental.
A modo de conclusión y propuesta Lo anterior sólo constituye un esbozo e intento de trazar argumentos que, según consideramos, son aspectos ineludibles si se trata de conformar e implementar políticas públicas en materia de salud mental. No es posible establecer las mismas sin que los cuestionamientos planteados sean develados de manera puntual; también necesario que las instancias, los organismos, los institutos, las instituciones de educación y formación profesional, así como de investigación y agrupaciones independientes enfocadas al estudio de problemas relacionados con la salud mental (y específicamente en materia de drogas y alcohol), participen activa y directamente con el estado con la intención de dar consistencia a cualquier intento de regulación por parte del mismo, debido a que en todo
momento y de cualquier forma éste ha mostrado un radical extravío en relación con el abordaje científico, ideológico y técnico necesario para la comprensión y transformación de cualquier problema vinculado a la salud mental de la población. Algunas propuestas son las siguientes: •	Mantenimiento y sostén de una vigilancia epistemológica desde el ámbito académico de manera permanente en todo movimiento o propuesta derivada del Estado. •	Conformación de un observatorio de políticas públicas, establecido desde las instituciones universitarias. •	Participación activa y directa del programa de Alcohólicos Anónimos y sus derivaciones en el tratamiento del abuso de drogas dentro de la salud pública y en los programas académicos universitarios. •	Incremento de investigaciones, estudios y programas de prevención e intervención con la inclusión del concepto de dispositivo; un elemento clave para que, a partir de su implementación en el orden institucional, se abra la posibilidad de atender de manera consistente los problemas de salud pública.
Marihuana Efectos psicosociales y de salud
xiste un gran número de investigaciones que ha abordado el uso de la marihuana y su impacto en la salud del consumidor. No obstante, en nuestra opinión, las variables de este fenómeno no siempre están claras y ello imposibilita tener seguridad en las asociaciones que se establecen con este tipo de droga. Algunos estudios han demostrado que, cuando se comienza a fumar marihuana desde edades tempranas, hay un mayor riesgo de desarrollar ciertos problemas, sobre todo, de tipo cognitivo. La mayoría de los involucrados en este asunto estarían de acuerdo en que habría de reducirse la edad de inicio del consumo de marihuana. No obstante lo anterior, no existe evidencia de que se generen los mismos daños si se comienza a una edad mayor.
Luciana Ramos Lira Investigadora del Instituto Nacional de Psiquiatría. Licenciatura en Psicología por la UAM-Xochimilco, maestría y doctorado en Psicología Social por la UNAM; su línea de investigación principal es el impacto psicológico de la violenciaen víctimas de delitos.
Acerca del consumo de cannabis sativa y el desarrollo de ciertas problemáticas de salud, aún no puede concluirse de manera definitiva si existen asociaciones entre ese tipo de cannabis en particular y el daño señalado, pues no todas las marihuanas son iguales; existen diferentes variedades con distintas cantidades de delta-9-tetrahidrocannabinol (DTH), la sustancia psicoactiva que genera los efectos por los que se busca su consumo. La dosis y el modo de administración también son puntos determinantes en sus efectos, pues no es lo mismo una persona que fuma un cigarro, que otra que fuma tres; tampoco ocurre lo mismo si la droga es fumada, ingerida o inhalada. La experiencia previa del usuario con esta droga es fundamental; hay diferencia entre ser el usuario nuevo y ser una persona que ya tiene tiempo de consumirla. Asimismo, cuando el consumidor se forja expectativas hacia la sustancia y éstas no se cumplen, es frecuente que se asuste y se presente un ataque de pánico o una baja de presión, conocido como la pálida. El contexto social también es fundamental. En un contexto donde se ve una sustancia como negativa o como marginal, cambia el impacto en el significado que tiene el consumo, por lo que puede considerarse como una práctica tolerada y aceptada. Ciertos problemas, como el bajo rendimiento escolar, la deserción escolar, las prácticas sexuales de riesgo, los accidentes
y la violencia se cuentan entre los efectos psicosociales más investigados en su posible asociación con el consumo de marihuana. Ante investigaciones que afirman “Este estudio señala que quienes usaron marihuana tuvieron algún comportamiento violento”, habría que preguntarse si estamos hablando del mismo tipo de sustancia, porque no hay suficiente información acerca de las propiedades de lo que se consume; por ejemplo, en México los farmacólogos se quejan de que es muy difícil hacer investigación con las plantas. Es fundamental conocer el tipo de consumo: no es lo mismo un uso recreativo que uno de tres veces a la semana —incluso cotidiano—; tampoco es lo mismo un consumo crónico, uno problemático, un trastorno por uso de sustancias, una situación de abuso o uno de dependencia de la sustancia. Y aquí cabe señalar que no todo usuario de marihuana es dependiente de la sustancia, así como tampoco todo el usuario de alcohol es alcohólico. Otro problema es el policonsumo, porque en la actualidad la mayoría de los usuarios de marihuana usa otras sustancias, como tabaco, alcohol o cocaína. Por ello, no es fácil determinar el porcentaje que la marihuana acarrea en un determinado comportamiento. Por otra parte, las características del usuario se vinculan a cuestiones genéticas relacionadas con el posible desarrollo de algún episodio psicótico que no es esquizofrenia, pero sí puede haber un episodio psicótico por una vulnerabilidad genética, cierto tipo de personalidad, cierto trastorno —incluso mental—, cierta historia de vida. La violencia es un factor de riesgo importante, pues puede desarrollarse con un uso problemático de marihuana. Los ámbitos donde se hacen los estudios también deben considerarse como una variable esencial, ya que no es lo mismo realizar un estudio en los chavos de la comunidad, que en universitarios, en la cárcel, en un hospital psiquiátrico o en un servicio de emergencias, porque se trata de poblaciones totalmente diferentes; por la misma razón, tampoco podemos comparar resultados entre estas poblaciones. Muchos estudios transversales y pueden tener una muestra grande, hacer enormes contribuciones, como las encuestas nacionales; pero es muy difícil hablar de una temporalidad en la ocurrencia de las variables, es decir, una causalidad en el tiempo por los problemas, los sesgos que de ahí provienen y el tipo de usuario. También hay una gran dificultad para definir qué se considera como violencia. Para algunos investigadores, decir una grosería es violencia, pero para otros, violencia implica llevar una pistola, haber cometido
un delito y estar en la cárcel. Son concepciones muy diferentes y eso dificulta el análisis comparativo. A lo anterior se añade otro lo que llamamos variables de confusión; hay muchas variables confusoras en los diseños de investigación, porque los efectos del consumo de la marihuana en los seres humanos son más complicados que los que aparecen en ratas de laboratorio, donde hay aislamiento. Si no se controlan estas variables, afectarán los resultados. Es importante subrayar que los niveles de THC de las marihuanas han cambiado. Se han sofisticado los métodos, y en marihuanas más sofisticadas —como la que hacen en Colorado, en Washington— pueden lograrse concentraciones de THC muy altas que afectan de una manera diferente a las personas. Por ejemplo, en la encuesta de usuarios de drogas ilegales que realizó el Colectivo por una Política Integral hacia las Drogas (Cupihd), hallamos que la marihuana puede mezclarse mucho con cocaína, con anfetaminas, con inhalables, y se consumen al mismo tiempo; pero otra cosa es un usuario que consume diferentes sustancias en diferentes momentos. De este modo, una asociación estadísticamente significativa no quiere decir que, de entrada, la marihuana sea causal; además, en muchos estudios hay serios problemas metodológicos. Por ello, conviene pensar idealmente en investigaciones realizadas en nuestro país, que estén a la altura de estudios estadounidenses, europeos, puesto que son los que tienen este tipo de diseños: no hablan de causalidad, pero sí dan un orden en la presencia de las variables. Nos referimos a los estudios prospectivos, donde hay seguimiento a personas y es posible observar si van apareciendo ciertos comportamientos. Otro aspecto es que, si pensamos que la marihuana puede generar en algunas personas el comportamiento violento, cabe la pregunta de por qué podría ser así. La doctora en Ciencias, Feggy Ostrosky, señala que la violencia es posible porque hay alteraciones de las funciones cognitivas superiores con efectos desinhibitorios, debido a cierto tipo de personalidad o a algún trastorno del comportamiento, por los ataques de pánico, sentimientos paranoides documentados en ciertas personas, la despersonalización, el incremento del ritmo cardiaco. Por ejemplo, n comportamiento violento puede presentarse por la abstinencia. Existe otro tipo de variables más relacional, comunitario e incluso cultural; nos referimos a qué tanto el usuario adopta ciertos comportamientos antisociales o violentos, debido a que tiene un estilo de vida que lo acerca más a conductas de riesgo, ilegales o antisocia-
les. En nuestro país, esto es evidente, pues el usuario de marihuana tiene que comprar en mercados ilegales. Los efectos dependen de la pureza de la droga o de si se mezcla con otras. Por el otro lado, hay autores que sostienen que en su revisión no encontraron una asociación entre el uso de marihuana y los comportamientos violentos; argumentan que se trata de una droga relajante que incrementa estados de ánimo positivo. Es interesante la existencia de estudios que señalan que, en cierto ámbito social, hay una idea de la marihuana como una sustancia de buena onda, no violenta, lo cual que tiene que ver con la idea de la cultura cannábica: Bob Marley, el Rey, cierta música, el hipismo. Éste es un fenómeno cultural muy interesante, que no se presenta con otras sustancias; también es cierto que tal cultura cannábica ha ido diluyéndose, de modo que hoy quien utiliza marihuana no necesariamente escucha reggae. Habría que pensar si esta perspectiva cannábica en los países desarrollados también ocurre en los latinoamericanos, donde las condiciones son diferentes por la marginación, la pobreza y la desigualdad. No podemos dejar de señalar que la falta de información adecuada sobre el tema ha conllevado una estigmatización. Una serie de representaciones negativas criminaliza a los usuarios de marihuana —incluso la palabra marihuano se asocia con delincuente, vicioso—, lo cual determina su acceso al tratamiento para los usuarios, porque tal estigma hace que no tan fácilmente se acerquen a solicitar ayuda. Aquí hay un tema muy importante en términos también socioculturales y de normas, valores, en la medida en que esta perspectiva ha criminalizado a ciertos sectores porque, en particular, son hombres jóvenes y, además, de ciertos sectores sociales. Como dicen quienes trabajan en los estudios de juventud, el delito de esos muchachos es la portación de cara prohibida: ser morenos y pobres, vestirse de cierta manera, usar cierto tipo de peinado; son objeto de persecución y de discriminación por su aspecto y por un asunto clasista y racista. Es innegable que no pasa lo mismo en términos de persecución o discriminación con los usuarios de otras clases sociales. Entonces, reiteramos la imposibilidad de establecer una relación causal entre el consumo y la violencia interpersonal. Y sí hay, por otro lado, evidencia de algunos cambios en el control de impulsos y la impulsividad en ciertas personas que consumen. Además, la exposición a la violencia podría ser un factor de riesgo que incrementa la probabilidad de un uso problemático. Resulta interesante que al hablar de violencia, podemos rastrear su tipo para ver esa asociación.
Una gran cantidad de estudios aborda la violencia de pareja y el consumo de marihuana, y el consumo de otras sustancias; se han encontrado datos interesantes. Por ejemplo, para saber si en una relación de pareja uno o los dos consumen y hay violencia, tendría que considerarse el patrón de cada uno; pero no hay que olvidar que, según algunos estudios, el conflicto en una pareja muchas veces viene porque la mujer bebe alcohol y el hombre no, o porque él consume marihuana y tal vez otra droga, mientras ella no, todo lo cual provoca conflicto y genera violencia. Como puede observarse, intervienen muchos elementos en el asunto de la violencia y su relación con el consumo de marihuana. Es necesario contar con un panorama más completo, pues el efecto de las sustancias a veces no es directo sobre el comportamiento, sino que implica procesos mucho más complejos. Debemos reflexionar mucho más en el tema del sexo y del género —hay elementos biológicos distintos entre uno y otro género—, en la construcción sociocultural y las identidades de hombres y mujeres que los ponen en mayor o menor riesgo de ciertos comportamientos y problemáticas. Por ejemplo, las mujeres han incrementado su consumo de alcohol o de otras sustancias, a edades más tempranas. Hay información cada vez más clara en el sentido de que haber experimentado violencia en edades tempranas sí es un factor de riesgo que incrementa la probabilidad de consumir a edad más temprana y tener un consumo problemático. Se ha tratado de explicar esto a partir de efectos postraumáticos —por ejemplo, a partir del desarrollo de ciertos problemas emocionales— y se han planteado hipótesis como la automedicación; es decir, por la violencia se genera una problemática emocional ante la cual el uso de alcohol o el uso de cannabis o de otra droga puede servir para medicarse en vez de tomar una medicina o un fármaco para bajar la ansiedad; eso puede hacer que se desarrolle un proceso de abuso con mayor probabilidad. Todo lo anterior son aspectos que no podemos dejar de lado, porque revelan la importancia de trabajar en la prevención en la infancia y de la violencia. Asimismo, el abuso sexual en las mujeres y el físico en hombres es un esencial factor de riesgo; se asocia mucho con problemas de dependencia de sustancias en las mujeres. También existe la posibilidad de desarrollar algún episodio psicótico por cuestiones genéticas; algunas investigaciones señalan que, si se ha estado expuesto a violencia en la infancia y hay propensión genética, existe mayor probabilidad de desarrollar un episodio de este tipo.
Ser testigo de violencia se asocia con el consumo; no sólo violencia en la familia, sino incluso en la comunidad. Sus manifestaciones son muchas: en citas, en el noviazgo, en parejas jóvenes. Un estudio de Hal Shorey informa que mujeres que reportaron haber sufrido violencia en una cita consumieron cannabis al otro día. Otras investigaciones señalan que ciertos grupos discriminados, vulnerables, también son consumidores mayores de sustancias; por ejemplo, los indios nativos americanos en Canadá, los hispanos en Estados Unidos, cuya percepción de ser discriminado y de vivir situaciones estructurales de exclusión los lleva a una mayor probabilidad de consumo. Cuando hablamos de la asociación del uso de cannabis con problemas psicosociales, habría que considerar el consumo de cannabis con alcohol. Algunos investigadores calculan que 9% de quienes prueban cannabis desarrollará dependencia, pero cabe señalar que la probabilidad es dos o tres veces mayor en el caso del alcohol. Tampoco debe dejarse de lado el hecho de que trastornos previos o subyacentes, problemas internalizados, externalizados, situaciones de violencia y diferentes adversidades son factores desencadenantes de la adicción. El mismo rubro de la violencia debe investigarse si la violencia ocurre durante la intoxicación o la abstinencia, con qué patrones y si el uso de marihuana incrementa el riesgo de involucrarse en conductas criminales no necesariamente violentas. Los datos de cárcel que asocian crimen y uso de marihuana suelen ser altos, pero hay que señalar que muchos otros factores están involucrados. Es necesario tomar en cuenta qué papel representa el trauma psicológico en el inicio, en el uso y en el abuso de cannabis —y de otras sustancias—, a qué responden las diferencias por sexo y género entre violencia ejercida y padecida, cuáles son los mecanismos y si el consumo es posterior o previo a esto. En conclusión, las grandes encuestas están dando indicadores muy generales y, por lo tanto, muy vagos. La situación del país requiere acercamientos mucho más particulares, por lo cual deben realizarse estudios de otras circunstancias de violencia; también debe investigarse más en nuestro país, en particular, en contextos de violencia extrema más locales, más pequeños, más en comunidades.
Discusiones generales en torno a la marihuana
a marihuana es una planta cuyos componentes tienen tanto propiedades psicoactivas —los tetrahidrocannabinoides— como propiedades medicinales —cannabinoides, como el cannabidiol y el cannabinol—. Según algunos investigadores, sus efectos varían de acuerdo con el patrón de consumo, el organismo, la vulnerabilidad física y psiquiátrica de la persona y la manera en cómo se administran.
Raúl Martín del Campo Sánchez Licenciatura en Psicología por la UAA, maestría en Psicología de la Salud con residencia en adicciones por la UNAM, 17 años de experiencia en prevención y tratamiento de adicciones, rehabilitador de farmacodependientes en instituciones públicas y privadas, fundador y director del Instituto Mexiquense contra las Adicciones, investigador de la Universidad de Texas y de la Universidad Johns Hopkins sobre el diagnóstico epidemiológico del consumo de sustancias adictivas, director de coordinación de programas y coordinador del Observatorio Mexicano de Tabaco, Alcohol y Drogas, director general de atención y tratamiento de adicciones del Centro Nacional para la Prevención y Control de las Adicciones.
Ningún organismo, ninguna persona sabe qué vulnerabilidad tiene antes de empezar a consumir marihuana o cualquier otra sustancia. Es decir, no sabemos si hay defectos, trastornos en la salud que van a desarrollarse en la persona después de consumirla durante uno, dos o tres meses de consumo. Es adictiva. Su potencial de adicción ha sido controversial porque tiene una característica muy particular: se deposita en los tejidos grasos del organismo, por lo que, a diferencia de otras sustancias psicoactivas, no se presenta un síndrome de abstinencia tan claro, pues suele haber mucha biodisponibilidad de la sustancia en el organismo. Un antidoping de marihuana puede aplicarse hasta 30 días después de que el usuario consumió marihuana y dar positivo. También se afirma que alrededor de 9% de las personas que prueba la marihuana podría desarrollar dependencia, y que tal vez se eleve a 17 o 20% si se consume desde la adolescencia. Es necesario estudiar más a fondo estos fenómenos, porque se relacionan con asociaciones estadísticas que a menudo no consideran su causalidad. Sin embargo, varios estudios muestran los efectos de la marihuana en el aprendizaje; el THC interactúa con las neuronas del hipocampo y de ahí provienen estas afectaciones. Incluso se señala que, si el consumo comienza durante la adolescencia, es más difícil pensar que tales cambios —sobre todo, los cognitivos y cerebrales— sean en verdad reversibles. La probabilidad de accidentes automovilísticos aumenta, porque la percepción de tiempo se modifica cuando la persona está intoxicada con marihuana. En alguna ocasión, un paciente refirió que, mientras manejaba bajo el influjo de la marihuana, volteó al espejo retrovisor para cambiarse de carril y asegura haber visto muy lejos un carro que venía en el otro carril, pero al momento del cambio recibió el impacto. Es
imposible saber cuánto tiempo pasó desde que vio el espejo retrovisor hasta que cambió de carril, pues su percepción del tiempo estaba alterada. En cuanto a los problemas psicóticos, es más probable que se presente un episodio agudo, sobre todo si la persona no tiene tolerancia a la sustancia. El daño pulmonar y los problemas en el embarazo son visibles, con evidencia de bronquitis, del potencial carcinógeno de la marihuana. La marihuana, como el tabaco, genera irritación importante de las vías aéreas, lo que a su vez provoca otro tipo de problemas. En el caso de niños y adolescentes, los riesgos de minimización del cerebro son posibles. Las áreas prefrontales —que hasta los 22 años continúan desarrollándose— también resultan afectadas por la marihuana, del mismo modo que otras sustancias interfieren con la maduración del cerebro, lo cual trae como consecuencia que las zonas encargadas del pensamiento abstracto y del control de los impulsos puedan no desarrollarse como lo harían en una persona no consumidora de la droga. El Instituto Nacional de Psiquiatría, junto con la Comisión Nacional Contra las Adicciones (Conadic), aplicó a estudiantes de secundaria y bachillerato una encuesta nacional representativa de los 32 estados y de 9 ciudades; por primera vez, levantamos datos en 5° y 6° de primaria. De acuerdo con los resultados, 17% de los alumnos reporta haber probado alguna sustancia ilegal una vez en la vida, lo que arroja un número cercano a 1 800 000 alumnos. En cuanto a los estudiantes de secundaria y bachillerato, la prevalencia de consumo cambia de forma significativa: en hombres, el porcentaje es de 28, mientras que en las mujeres es de 21; la probabilidad de haber probado drogas ilegales casi se duplica en este rubro. La principal droga de consumo es la marihuana: 12%, en el caso de hombres y 9% en el de mujeres, lo que reporta que cerca de 1 millón de estudiantes de secundaria y bachillerato ya probaron la marihuana. Respecto del nivel de primaria, la encuesta se aplicó a los alumnos de 5° y 6° y los datos revelan que 3% de ellos —hablamos de niños de 10 y 11 años— ya ha probado la marihuana, lo que equivale a cerca de 100 mil niños en nuestro país; además, 160 mil niños ya han experimentado con alguna otra droga ilegal. Esta situación evidencia la necesidad de intervención, pues el consumo ha aumentado de manera considerable, sobre todo, el de la marihuana.
Si comparamos los datos de esta encuesta, realizada en 1991, con los de otros países de Latinoamérica, hallamos que los consumidores más altos son Chile, Estados Unidos y Canadá. Uruguay también ha incrementado su consumo y ha llegado a afirmarse que tal vez se deba a los cambios en las políticas públicas. En un cruce de variables con estos datos, se descubre que nuestros jóvenes cada vez más creen que la marihuana es menos peligrosa, lo cual representa una variable que determina el aumento de la probabilidad de consumo; en ello también influye la tolerancia, en el sentido de que es muy posible que los jóvenes la consuman cuando perciben que sus amigos y padres conciben esta droga como no tan peligrosa. Lo anterior pone de relieve la necesidad de trabajar en campañas dirigidas a nuestros jóvenes, para informarlos adecuadamente y para que sepan de los riesgos reales del consumo. Es claro que no se trata de presentarla como una planta satánica; pero es indudable la urgencia de señalar las consecuencias de fumarla. No podemos arriesgarnos a dar por sentado que los jóvenes tienen plena conciencia del debate que al respecto ocurre en México. Debe cuidarse que la juventud no piense que la marihuana está injustamente criminalizada por los adultos, porque ello puede volver atractiva la idea de probarla. Cuando un paciente llega a un centro de tratamiento aseverando que muchos dicen que la marihuana “es buena para la salud”, entonces el mensaje se ha trastocado. Los estudios de Conadic profundizan en la probabilidad de que los adolescentes se involucren en el consumo de otras sustancias y de haber padecido algunos otros problemas relacionados con la salud mental, abuso sexual o comisión de actos antisociales. Puesto que los datos proceden de la estadística, en todo momento se procura manejar la información de modo que no haya lugar para la discriminación de quienes consumen estas sustancias; algunas de sus decisiones les han acarreado serios problemas con el consumo, y nuestra labor es siempre atenderlos. De acuerdo con los resultados de la Encuesta Nacional de Adicciones de 2015, en nuestra población el consumo de marihuana no es tan alto en comparación con otros países. En lo concerniente al estatus legal de la marihuana, la Conadic realizó un estudio con el apoyo de un grupo de académicos, científicos y farmacólogos para resolver si en la práctica la cantidad de marihuana que puede portarse sin transgredir la ley es suficiente, y no cierra la posibilidad de revisar y discutir la necesidad de incrementar tal cantidad, para evitar que los consumidores vayan a la cárcel por portar cantidades muy pequeñas. Es claro que no se piensa en una polí-
tica de legalizar cualquier cantidad de sustancias, sino de cuidar que los consumidores de marihuana o de otras sustancias no estén enfrentados constantemente con el sistema judicial. En otro rubro de nuestra investigación, resalta que la marihuana está a punto de convertirse en la principal droga por la que los jóvenes acuden a los centros de atención para recibir tratamiento. La edad de la mayor parte de usuarios de nuestros servicios oscila entre los 12 y 17 años; en segundo lugar, se ubican quienes tienen entre 18 y 29 años; el año pasado, atendimos 36 niños de 5 a 11 años por consumo de marihuana. Otra fuente de información son nuestros centros residenciales de tratamiento. Algo relevante es que 62% de la población que acude a tratarse es llevada por el consumo de la marihuana y va incrementándose de manera preocupante. También hemos extraído datos reveladores sobre el número de publicaciones que han abordado el tema de la mariguana. Analizamos 5 mil revistas científicas y buscamos cuáles de ellas tenían artículos sobre marihuana con usos medicinales; encontramos más de 400 artículos, de los cuales, después de revisarlos con detenimiento, se observó que 70% versaban sobre la marihuana fumada. Eso es lamentable, porque debe hacerse un balance entre los beneficios que el medicamento aporta y los problemas que acarreará a futuro. Esto ocurre sólo con la marihuana fumada; lo deseable sería contar con estudios sobre sus metabolitos, los cannabinoides, los cannabidioles para determinar su efectividad terapéutica; porque la marihuana fumada no sólo genera problemas respiratorios, sino también del sistema nervioso central. Sólo 30% de todos los estudios revisados abordaba los efectos de estos medicamentos, y uno enfatizaba el poco control en las variables y en los grupos; también reveló que los efectos de estos medicamentos, comparados con un placebo, resultaron mejores; pero también mostró que, en la comparación con medicamentos ya existentes en el mercado, no fueron calificados como superiores. Frente a estos resultados, la postura de Conadic es que no existe problema en dar luz verde a más medicamentos elaborados a base de cannabinoides en el mercado nacional, pero se insiste en que la gente debe saber que hay mejores medicamentos que los derivados de la marihuana. Sin pretensión de abordar temas que distraigan de nuestro propósito, deseamos citar algunos datos sorprendentes en los estudios: unos no reportaban si los pacientes ya fumaban marihuana antes o no de participar en la investigación; en otros, recetaban mari-
huana fumada a mujeres embarazadas y brownies de marihuana, a personas de la tercera edad, sin el consentimiento informado. En otro estudio —del British Medical Journal—, un psiquiatra prescribió marihuana fumada a dos pacientes obsesivo-compulsivos, quienes afirman haber experimentado una mejoría; después de la publicación del texto, en doce páginas de internet se afirmaba que la droga se usaba para trata el trastorno obsesivo compulsivo. En otro más se utilizó la marihuana para que los personas dejaran de consumir otras sustancias, lo que es éticamente controvertible. Otros sostenían que los medicamentos a base de cannabinoides pueden coadyuvar a aumentar el apetito y a disminuir síntomas como la náusea o el dolor. Destaca un estudio realizado para México, acerca del gasto general que representaría legalizar todas las drogas; sostiene que habría que incrementar diez veces más la inversión actual, y siete veces sólo en la prevención. También hallamos un caso en Colorado, según el cual 30% de los estudiantes menores de edad está consiguiendo la marihuana de un adulto al que se la dan con fines médicos. Otros datos de este mismo estudio muestran que Colorado es un mal modelo de cómo se ha regulado: aumenta la frecuencia y la prevalencia de consumo, las expulsiones escolares (34%), las hospitalizaciones, los accidentes automovilísticos con presencia de marihuana (41%), menores que adquieren marihuana por medio de amigos mayores de edad (29%), niños intoxicados por comer alimentos con marihuana comprados por sus papás. Toda la información que hemos recopilado por diferentes medios revela que, en este momento histórico de México, bien podemos aprender en cabeza ajena para no reproducir errores.
Elementos clínicos de la práctica psicoanalítica relacionados con el consumo de cannabis
l tema de la marihuana ha cobrado auge en los últimos tiempos y uno de sus tópicos es el llamado consumo responsable. Surge la inquietud de reflexionar sobre ambas palabras por separado; primero, qué se entiende por consumo y, después, qué es un sujeto responsable.
Rosana Fautsch Fernández Psicoanalista. Docente de la maestría en Estudios en Psicoanálisis en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Asociada a la Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano.
En la perspectiva actual, en los procesos llamados de globalización, se producen modificaciones de lazo social a un ritmo de vértigo que afecta el corazón mismo de hombres y mujeres. Los dispositivos tradicionales que regulan las relaciones entre los sujetos, su lazo social —la estructura de la sociedad y la familia— se han fracturado. En la llamada hipermodernidad, la droga ha usurpado el lugar del sujeto, rechazándolo. En este sentido, la eficacia de la droga se hace evidente. Lacan, el psicoanalista francés, anticipó en los sesenta que el avance del discurso capitalista, empujado por el discurso de la ciencia, produciría fenómenos de segregación sin precedentes. En su alianza con el discurso del capitalismo, el discurso científico ha entrado decididamente en una estrategia de evaluación y de control, en distintas categorías sociales, como sujetos de un goce intolerable para la sociedad que asegura a veces el peor de los destinos sociales. Así, existen límites en nuestro campo de acción del psicoanálisis que nos llevan a situar de un modo específico el ámbito posible de nuestra práctica ética. Si bien no desconoce las categorías sociales como las de la toxicomanía, se plantea más bien el problema de la función en el caso específico de la sustancia, esto es, la relación de un sujeto con una sustancia. Puede responder a diferentes motivos, los que podrán retroactivamente deducirse de la economía de goce en lo que se inscribe una posición subjetiva.
¿Qué se entiende por una economía de goce de un sujeto, desde el psicoanálisis? La función que la droga cumple para un sujeto requiere un procedimiento para interpretar características de su existencia, en términos lógicos y en un plano semántico. El uso de la función nos advierte respecto del peligro de utilizar ciegamente, es decir, sin interrogarnos, la categoría social de toxicómano, alcohólico.
La intoxicación nos interpreta; en la clínica, se trata de pasar de esa positividad muda de la intoxicación, a una cuestión del deseo del sujeto, es decir qué satisfacción obtiene el sujeto al consumir la sustancia. Para el psicoanálisis y la orientación lacaniana, las toxicomanías no sólo implican el consumo de drogas, sino un nexo con lo ilimitado. Lacan propone un cambio de época y, por consecuencia, en las presentaciones clínicas de los síntomas. Cada vez con mayor frecuencia, en la clínica observamos un frenesí de presentaciones clínicas donde se produce lo ilimitado de la serie; lo mismo ocurre, en cierto modo, con la anorexia. La sociedad del consumo nos invita al desenfreno, lo que a menudo provoca que el sujeto pierda el sentido y que lo que está consumiendo ya no tenga ningún valor de bienestar o de placer. Para el psicoanálisis, el síntoma que presenta el sujeto es su modo singular de orientarse o de arreglárselas para vivir en este mundo. Si el sujeto cae en la vorágine del más, en su lugar surge el núcleo tóxico de ese síntoma. Cuando recurrimos a la expresión el tóxico del síntoma, aludimos a la doble significación del término griego farmacon, que implica tanto el remedio como la enfermedad o el veneno, y que Freud destaca sistemáticamente y Lacan retoma respecto del síntoma. Así, el síntoma puede ser tanto un remedio como una enfermedad, y ello dependerá del uso que pueda hacerse de él. Lo anterior nos ubica en la antiquísima discusión sobre el uso de drogas y narcóticos.
¿Lo tóxico lo encontramos en la sustancia o en el sujeto? Entre otras líneas de investigación, el psicoanálisis se ha planteado esta pregunta, desde diferentes perspectivas teóricas y con distintos casos clínicos. Para Freud, lo tóxico no está ni en la sustancia ni en el sujeto, sino en el síntoma, un síntoma que amarra al sujeto de manera singular, pues muestra a cielo abierto su toxicidad cuando está separado de los sentidos. La paradoja que conlleva la función psíquica freudiana del clímax del placer coincide con la abolición misma del sujeto, la toxicidad del goce. En la clínica de orientación lacaniana, es necesario determinar la función del tóxico y su vínculo singular con el sujeto.
¿Cómo entra el tóxico en la economía de goce del sujeto? En el psicoanálisis, se llama goce a las cosas que le pasan al cuerpo. Cuando se refiere a la función del
tóxico, hay una distinción: no se va a llamar a los consumidores con el nombre generalizado de goce, agrupándolos por categorías, pues esto cerraría el goce singular que aquéllos obtienen de la sustancia. Esta función aplicada a cada ser hablante revela que la responsabilidad del sujeto no puede ser transferida a otro. Si el goce es metabolizado, de ese modo adquiere la posibilidad de transformarse en saber, pero querer saber de ese goce; en general, esto es problemático, porque contraría la posición del sujeto. De este modo, si el goce son las cosas que le ocurren al cuerpo, el sujeto no dispone de ningún libro de instrucciones para organizar ese goce. El psicoanálisis de orientación lacaniana se basa justo en eso: no hay libro de instrucciones. Incluso la pulsión de la que hablaba Freud —el modo en que el goce se ordena en ciertos recorridos—, en estas zonas erógenas tiene un punto no domesticable, de lo que pueden dar cuenta las personas que quieren dejar de consumir algo y no pueden. El ser hablante es animado por el goce que no conoce límites y por eso necesita barreras: las de la civilización, las de la educación, incluso las de la pulsión. Sin todo eso, el goce llevaría al sujeto a la autodestrucción. Por eso, el psicoanálisis no puede ni debe ser optimista, porque sabe de aquello que Freud llamó pulsión de muerte. Esto significa que nada está preparado ni en el micromundo ni en el macromundo para la felicidad de los seres hablantes. Lacan situaba la ética del psicoanálisis como no desear lo imposible; no obstante, el sujeto que recurre a un análisis sí debe desearlo, y una parte del análisis consiste en que el sujeto aprenda a reconocer lo imposible y a encontrar una salida. Hay que agregar que tal imposible es relativo; en cada sujeto hay una parte imposible, un goce imposible de domesticar al que llamamos un trozo de realidad. Por consiguiente, el goce no tiene que ser algo mortífero para el sujeto. En la opinión del psicoanalista Jaques-Alain Miller, el psicoanálisis puede hacer de ese goce algo disfrutable, más vivible. La droga como defensa contra lo real acarrea problemas. Hay otras formas de encarar la realidad que nos ha determinado y que puede empujarnos a lo peor. Otras investigaciones muestran la eficacia de la droga como defensa contra la realidad, pero suele tener un límite; cuando el sujeto llega a él, es momento de pedir ayuda. Los psicoanalistas de orientación lacaniana se han formado para trabajar sobre eso real y fijar límites a la pulsión de muerte.
Reflexiones sobre la marihuana: crimen, pobreza y corrupción
Jesús Becerra Pedrote Licenciatura en derecho por la UNAM, maestría por la Universidad Panamericana, miembro de la Barra Mexicana Colegio de Abogados, presidente de la agrupación política Coordinadora Ciudadana, investigador del asesinato del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y abogado general de la Universidad Intercontinental.
rente al pronunciamiento de la Suprema Corte de Justicia, se disparó una serie de voces, posiciones y exigencias totalmente fuera de control: legisladores, ex presidentes del campo internacional y políticos mexicanos han emitido su opinión. Ha habido congresos, eventos y otras actividades organizadas por la Secretaría de Gobernación para alcanzar algunos acuerdos. Ante una bandeja de agua revuelta, ya no sabemos qué se está proponiendo, hacia dónde se camina, cuáles son las opciones. Cuando la Suprema Corte de Justicia se pronunció, varias voces advirtieron que era una puerta para legalizar el uso de la marihuana. Ésta tiene tantos derivados que no se precisó de cuál se estaba hablando; apareció la expresión ludismo, que refiere a la naturaleza de juego de las personas, lo cual nos presenta al uso de la marihuana justo como un juego. Luego nos enteramos de que también se está hablando de la dignidad y la libertad de las personas para utilizar la marihuana o lo que fuera necesario para alcanzar la plena libertad de cada individuo. Bajo estas consideraciones, hay por lo menos dos temas que deben estar presentes en las reflexiones. El primero de ellos consiste en advertir que la marihuana no es una droga aislada. La variedad de enervantes es grande; incluso el propio proceso de creación de esas drogas es tan variado que podría afirmarse que la marihuana es sólo un punto en el escenario. El segundo tema importante es el de la organización criminal, de las acciones criminales y de estas entidades que conocemos como organizaciones del crimen. El tratado La diáspora del crimen, obra de cinco investigadores de talla internacional —Canadá, Estados Unidos, Argentina, México—, advierte cómo estas organizaciones criminales han crecido, se han desarrollado y ahora son de naturaleza internacional. Estas organizaciones ya tienen características y objetivos diferentes de los que se les conocía tradicionalmente. Ejercen fuerza y acción en diferentes países y en diferentes continentes. Tienen una estructura y cuadros de personas de diferentes calidades, naturalezas y profesiones. En la base de los sicarios, se encuentran los distribuidores de la droga, los que se enfrentan en las calles, pero tienen grupos de personas que manejan las finanzas, las relaciones públicas, la vida política, de
tal manera que estas organizaciones han multiplicado sus acciones para mantener su actividad: cometen asaltos, robos de vehículos, secuestros, extorsiones, y, por supuesto, el manejo de la droga. Una mirada sobre ellas nos permite ver que si nosotros colocáramos un solo dedo en sus acciones —como intentar quitarles el mercado de la marihuana—, tendrían muchos otros recursos para seguir generando la violencia que puebla hoy el país. Estos aspectos anteriores resultan fundamentales para la reflexión de cómo marcar una política de Estado, sin reconocer estas acciones, que incluso involucran autoridades del más alto nivel. Sabemos de presidentes de la República que se han implicado en asuntos de drogas; hemos oído también escándalos acerca de gobernadores. Tal vez el tema lacerante de México es el número de pobres que tiene. De 120 millones de mexicanos, las estadísticas oficiales reportan que 60 millones viven en pobreza, están desempleados y tienen dificultades para adquirir los servicios mínimos; del restante 50%, 30 millones viven en extrema miseria. Ésta es una realidad que debe considerarse cuando se habla del tema de las drogas, pues sabemos que la pobreza impulsa a los grupos juveniles a las organizaciones delincuenciales porque ahí encuentran reconocimiento, recursos económicos, la posibilidad de ser alguien. No podemos perder de vista aspectos como la pobreza, la desnutrición, el desempleo, la falta de educación, al momento de reflexionar si el uso legal de ciertas drogas es correcto. Otros flagelos que azotan a México son la corrupción y la impunidad. En tiempos recientes, el Instituto Mexicano para la Competitividad presentó un estudio sobre corrupción; los datos son alarmantes. En la tabla internacional, estamos en los primeros lugares. De cuarenta gobernantes puestos bajo la lupa por temas de corrupción, sólo cuatro han ido a la cárcel; de cuarenta asuntos, sólo cuatro han sido debidamente sancionados. Se reporta que 900 mil millones de pesos es el daño calculado por la corrupción, lo que significa 87 veces el recurso que se entrega a la Universidad Nacional Autónoma de México. También se declara que 73% del pago por la corrupción proviene de las clases medias, porque no tienen posibilidades de eludir tan grave problema. Se afirma que el modelo político de México hace que la corrupción sea inherente al sistema. Por lo anterior, debemos preguntarnos si cuando se constituya el esfuerzo por establecer una política pública o hacer un cambio en el viaje vamos a encontrarnos con gente que piense en la salud del mexica-
no, que piense en el destino de hacer bien a México, a cada una de las personas, o si estaremos hablando nuevamente de corrupción. Cuando llegó la nueva administración a Sedesol, se señaló que todos los programas presuntamente usados para abatir la pobreza eran falsos; sólo unos cuantos habían realizado un esfuerzo por cumplir, pero todos los demás habían sido permeados por la corrupción. Cualquier cambio de política estará envuelto en este tema y, desde luego, a la corrupción le sigue la impunidad. Ortega Sánchez y García Valseca publicaron un interesante libro que lleva por título Desafío de Enrique Peña Nieto. La obra presenta las tablas de impunidad que hay en México; tan grave problema ha provocado que ya nadie crea en la justicia. María de la Luz Lima Malvido, doctora en derecho, afirmaba que en 90% de los delitos que se causan a los mexicanos no hay denuncia. Según estadísticas, un millón de órdenes de aprehensión no se ha cumplido, a pesar de los esfuerzos, las investigaciones y del gasto de recursos. El país también sufre problemas de salud pública. Se emitió una disposición para retirar del mercado algunas medicinas, de modo que serán las personas quienes tendrán que arreglárselas para procurarse salud. Todos estos aspectos de la vida de México nos alertan sobre la decisión que se tome respecto de las drogas; debemos ser muy cuidadosos. No se trata de un asunto en el que podamos transitar de manera amable; más bien, vamos a tener fuerzas de oposición que intentarán manipular el deseo de mejorar las condiciones sobre este asunto. El diálogo interdisciplinar sobre la regulación de la marihuana puede ser muy fecundo siempre que no perdamos de vista todos los aspectos que afectan a este tipo de cambios. Estoy seguro que México saldrá adelante de todas estas crisis, pero necesita la participación, el esfuerzo y nuestra tenacidad para impulsar los cambios.
D.R.© UIC Universidad Intercontinental, A.C. Av. Insurgentes Sur núm. 4303 Col. Santa Úrsula Xitla, C.P. 14420, México, Ciudad de México Prohibida su reproducción por cualquier medio sin la autorización del autor.
Foro Marihuana. Usos y legalidad en la sociedad actual
Atendiendo a la responsabilidad social que distingue su ser u quehacer, la Universidad Intercontinental promueve el intercambio de ideas. Po...