Source: http://www.nuevostextos.com/blog/category/intildeaki-de-las-heras
Timestamp: 2020-01-25 07:53:16
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Un trampantojo eléctrico: empresas que ganan juicios apelando a la Revolución francesa
​Aprovecho este blog para comentar un fenómeno que no deja de resultarme llamativo por lo que tiene de efecto óptico. Se manifiesta en diversos ámbitos económicos, pero es en el eléctrico en el que, por deformación profesional, mejor lo tengo catalogado. Se trata del desfiguramiento de espíritu que a veces sufren las leyes y que hace que una norma ideada con un fin concreto acabe usándose para otro completamente distinto (aunque resulte legítimo y aunque también se mantenga el fin inicial).
Ejemplos de esto hay muchos. En literatura y en el ámbito de las normas sociales y las convenciones, no te cuento. Como caso extremo, está el de los bomberos de la distópica novela Fahrenheit 451, que seguían recibiendo ese nombre, el de bombero, a pesar de que no se dedicaban a apagar incendios, sino a lo contrario, a exhalar de sus mangueras una larga llamarada para quemar libros. Nadie recordaba su función inicial, que había quedado semánticamente desplazada. En la cuestión que nos ocupa, más jurídica, se me ocurre sin ir más lejos un ejemplo palpable y real, el de nuestra ley de amnistía. Concebida en su origen para exonerar de delito político a los represaliados del franquismo y celebrada por la izquierda, al cabo de los años acabó convertida en el parapeto de los represores de la dictadura para quedar libres de responsabilidad. Todo un trampantojo, un deslizamiento de terrenos semánticos, un juego de espejos deformantes.
En las recónditas regiones del sector eléctrico, hay un caso que me llama especialmente la atención y que viene a consistir en el uso de una ley fundamental con fines algo diferentes a los inicialmente previstos. Antes que nada, que conste en acta que no cuestiono lo legítimo ni la base de esta práctica jurídica. ¡Hasta ahí podría llegar! Sin embargo, permítase que un ignorante como yo sienta cierta curiosidad ante este asunto.
El caso que quiero exponer se refiere al artículo 14 de la Constitución, que no tiene nada que ver con el mundo empresarial, que uno sepa. Este artículo dice lo siguiente: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”. Subráyese el sujeto, “los españoles”.
Este emocionante enunciado, en Derecho, es como la llegada del hombre a la Luna. Condensa el legado de la Ilustración y de la Revolución francesa, y la mejor esencia del pensamiento liberal de John Stuart Mill. Es en suma uno de los pilares de nuestra democracia, la garantía de que ninguna persona, por pertenecer a una minoría o por el libre desempeño de su particularidad o la expresión de sus opiniones, va a resultar discriminada durante el proceso de elaboración de las leyes.
Pues bien, en el sector eléctrico este artículo 14 ha sido evocado en infinidad de ocasiones por las empresas cada vez que se sienten discriminadas, entiendo yo, por alguna “condición o circunstancia personal o social”, ya que cuesta pensar que la agresión provenga de su raza o sexo (hasta la fecha no se conoce una eléctrica provista de estos atributos).
A bote pronto, se me vienen a la cabeza las denuncias de las grandes eléctricas contra el Gobierno por vulnerar el artículo 14 al obligarles a financiar el déficit de tarifa (perdieron), a costear el bono social (ganaron), a ofrecer el suministro de último recurso (ganaron) o a pagar los planes de ahorro y eficiencia (ganaron). Hay muchos ejemplos. Si uno busca en la base de datos de sentencias del CGPJ, verá qué infrecuentes son las denuncias al amparo del artículo 14 de leyes que discriminan a minorías por sexo o religión y cuánto abundan los litigios empresariales de todo pelaje. No digo que esté mal, repito, pues por supuesto la ley también debe ser justa y equitativa con las empresas.
En varias de las ocasiones en las que las eléctricas salieron victoriosas tras blandir el artículo 14, el Gobierno se resarció escribiendo de nuevo la norma y justificando la discriminación, que dejaba así de ser arbitraria. Por ejemplo, cuando las eléctricas denunciaron la obligación de costear el bono social por vulneración del artículo 14, el Ministerio de Industria sacó una norma diciendo que esta ayuda la pagarían las empresas “verticalmente integradas”, lo cual es otra forma de llamar a las grandes eléctricas, pero de forma no discriminatoria. Lo mismo pasó con el suministro de último recurso: se cambió la redacción de la norma, se utilizó un criterio basado en el número de clientes en una región concreta y las eléctricas tuvieron que pasar por el aro.
¿Qué ha pasado entonces para que un artículo de la Constitución que dice “los españoles son iguales ante la ley” venga a significar “las empresas son iguales ante la ley”? Esto al parecer no es un fenómeno nuevo ni inusual. Viene aplicándose desde hace tiempo en Estados Unidos, desde el siglo XIX, según se narra en el documental ‘The Corporation’. Tras la Guerra de Secesión, en 1868, se ratificó la Decimocuarta Enmienda (también un número 14) para garantizar los derechos de los antiguos esclavos. “Ningún estado (de los que forman Estados Unidos) podrá crear o implementar leyes que limiten los privilegios o inmunidades de los ciudadanos”, decía. De los 307 casos juzgados en los tribunales en los que se evocaba esta enmienda, 19 fueron originados por denuncias de afroamericanos y los 288 restantes procedieron de corporaciones empresariales. Los abogados de las empresas ganaron posteriormente otro caso apelando al concepto de persona jurídica que había usado el papa Inocencio V en la Edad Media para crear un estatus legal para los monasterios. En fin, fueron sentando jurisprudencia al otro lado del charco.
Las corporaciones se han convertido por tanto en personas jurídicas capaces de compartir algunos de los derechos más fundamentales del individuo. A eso se suma que los directivos de las propias corporaciones están obligados a denunciar cualquier norma que pueda contrariar o inquietar los intereses empresariales bajo amenaza de que sus accionistas les denuncien. Cuando un periodista pregunte por qué se denuncia tan insistentemente normas de lo más triviales, un alto directivo de una eléctrica cotizada le responderá con mucha probabilidad que su obligación es defender a sus accionistas, y añadirá para sus adentros: por la cuenta jurídica que me trae.
El artículo 14 es en definitiva un curioso campo de batalla entre las eléctricas y el Gobierno. También lo es entre otras empresas del sector y el Gobierno, por supuesto. A juzgar por la seriedad con la que los jueces abordan la cuestión, esta estrategia jurídica resulta irreprochable. Insisto: no es en absoluto mi intención cuestionar esta práctica y mucho menos defender la discriminación arbitraria entre empresas porque, en última instancia, es una discriminación entre individuos.
Podría sugerir como idea elegante incluir un triste artículo en el Código Mercantil que dijese que las empresas, estas personas jurídicas hechas y derechas, “son iguales ante la ley”, pero eso resultaría demasiado osado, siendo como soy un lego ignorante en el asunto. Lo que sí me resulta llamativo, desde la óptica del deslizamiento del terreno de los significados, es que ese artículo diseñado para evitar discriminaciones por razones de sexo, nacimiento, raza o religión se manifieste sobre todo como instrumento mercantil. Cuando se invoca el espíritu de esta norma, es por una minucia de ponme aquí unos milloncejos. Si no hay discriminación de la otra y si para este uso residual ha quedado la norma, bienvenido sea. A nadie debería molestarle demasiado estos espectros mientras la norma conserve su espíritu. Eso sí, algo me dice que los padres de la Constitución no redactaron este artículo pensando en quién debía financiar el déficit de tarifa del sistema eléctrico. Solo eso. Que de las mangueras de los bomberos a veces también salen llamaradas de fuego.
El oficio del periodista puede ser muy tedioso, salvo que a uno le agrade el desmigue de una roca al caer desde una colina. Como Sísifo, el periodista debe cargar cada día con la pesada piedra de la actualidad, ascender una empinada cuesta y verla caer desde arriba. Día tras día debe iniciar desde abajo la tarea, sin percibir que se diga mucho poso de cimiento, construcción o crecimiento de algo. No hay acuerdo acerca de los motivos de este castigo, pero se dice que Sísifo era avaro y mentiroso, y también dicen que se dedicaba a asesinar viajeros, y hay quien le acusa de desvelar los designios de los dioses. Una cosa y otra y la otra se parecen, en definitiva, al oficio del periodista. Lo cierto es que, como Sísifo, el periodista, héroe y mentiroso a partes iguales, debe levantar cada día la losa del día y verla caer desde lo alto de la colina. Y lo cierto es que a veces da gusto ver la roca rodar colina abajo y resquebrajarse y desmigarse y cubrir el aire de polvo.