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Timestamp: 2018-06-22 22:19:03
Document Index: 37289369

Matched Legal Cases: ['artículo 3', 'artículo 3', 'artículo 3', 'artículo 3', 'artículo 3', 'artículo 4', 'artículo 3']

Acta correspondiente a la Sesión Extraordinaria del Soberano Congreso Constituyente del Imperio Mexicano del 19 de Mayo de 1822 | Asociación Monarquista Mexicana
SESIÓN EXTRAORDINARIA DEL SOBERANO CONGRESO CONSTITUYENTE DEL IMPERIO MEXICANO
Reunido el Soberano Congreso constituyente en sesión extraordinaria, para que fueron citados los señores diputados de orden del Excelentísimo Señor Presidente, se leyó un oficio Señor Ministro de la guerra, su fecha a las cuatro y media de la mañana de hoy, que con los documentos que lo acompañó, es todo del tenor siguiente:
“Habiendo dado cuenta al Supremo Consejo de la Regencia con las representaciones de los generales, jefes y oficiales, regimientos de infantería y caballería del ejército, que originales acompaño, acordó lo manifieste a Vuestra Excelencia como lo hago a fin de que se sirva mandar reunir al Soberano Congreso, y a manifestar a Su Majestad las presentes ocurrencias.- Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años.- Excelentísimo Señor.- Antonio de Medina.- Excelentísimo Señor Presidente del Soberano Congreso de éste Imperio.”
“Serenísimo Señor.- Los generales, jefes y oficiales que suscriben, ruegan a Vuestra Alteza Serenísima se digne enviar al Soberano Congreso Mexicano, la adjunta manifestación que han creído deber hacerle en las presentes circunstancias con el informe que Vuestra Alteza Serenísima, tenga a bien añadir sobre el particular. Y para ponerla en manos de Vuestra Alteza Serenísima, e instruirle de las ocurrencias que refiere, han comisionado a los señores Mariscal de Campo Don Anastasio Bustamante, brigadier Don Joaquín Pérez, y coronel conde de San Pedro del Álamo.- Dios guarde a Vuestra Alteza muchos años.- México 19 de mayo de 1822, a las tres y media de la mañana.- Serenísimo señor.- Pedro Celestino Negrete.- Manuel de la Sotarriva.- Luis Quintanar.- Anastasio Bustamante.- Manuel María de Torres.- Diego García Conde.- El Marqués de Vivanco.- José Antonio Echavarri.- José Armijo.- Rafael Ramiro.- Joaquín Parres.- Manuel Barrera.- El Conde de San Pedro del Álamo.- José Mendivil.- Francisco de las Piedras.- Ignacio del Corral.- José Francisco Guerra de Manzanarez.- Francisco Manuel Hidalgo.- Pedro Otero.- Vicente del Rivero.- José Antonio Matianda.- Diego Rubín de Celis.- José María Guerra.- Miguel Cabaleri.- Manuel de Llata.- Francisco de Paula Tamariz.- Tomás Illañes.- José María Quintero.- Ramón Carrillo.- Vicente Domínguez.- José Guadalupe de Palafox.- Andrés Ruíz de Esparza.- Ramón Rey.- Carlos de Urrutia.- Bernardo Amat.- Bonifacio de Horta.- El Marqués de Salvatierra.- Pablo Unda.- Manuel de Lebrija.- Manuel Francisco Casanova.- José María de Gondra.- El Marqués de Casa de Cadena.- José Camino.- Mateo Quilty Valois.- Juan José Portillo.- Por Don Juan de Arago, el Conde de San Pedro del Álamo.- Juan José Rubio.- Mariano Chico.- El Marqués de Uluapa.- Mariano Paredes y Arrillaga.- José María Quintana.- Narciso Torre de Sanz.- José María González.- José Ramón Malo.- José Bernal.- Francisco Olmedo.- Guillermo de la Peña.- Ignacio de la Blanca.- Juan de la Peña y del Río.- José María de Mendoza.- Serenísimo Señor Presidente y Vocales de la Suprema Regencia del Imperio.”
“Señor.- Los regimientos de infantería y caballería del ejército imperial mexicano existentes en esta capital, en masa y con absoluta uniformidad han proclamado al serenísimo señor, Generalísimo Almirante, Presidente de la Suprema Regencia Don Agustín de Iturbide, Emperador de la América Mexicana. Éste pronunciamiento se ha seguido con las demostraciones más vivas de alegría y entusiasmo por el pueblo de ésta capital, reunido aún en sus calles. Los generales, jefes y oficiales que suscriben, se ocupan en conservar el orden y tranquilidad pública; y al mismo tiempo han creído de su deber manifestar a Vuestra Majestad esta ocurrencia; para que tomándola en consideración, delibere sobre un punto de tanta importancia.- Dios guarde a su Vuestra Majestad muchos años.- México 19 de Mayo de 1822 a las tres de la mañana.- Señor.- Pedro Celestino Negrete.- Manuel de la Sotarriva.- Anastasio Bustamante.- Luis Quintanar.- Manuel María de Torres.- Diego García Conde.- El Marqués de Vivanco.- José Antonio Echavarri.- Joaquín Parres.- José Armijo.- Rafael Ramiro.- Ignacio del Corral.- El Conde de San Pedro del Álamo.- José Mendivil.- Manuel Barrera.- José Francisco Guerra de Manzanarez.- Pedro Otero.- Francisco de las Piedras.- Francisco Manuel Hidalgo.- José Antonio Matianda.- Diego Rubín de Celis.- José María González de Arévalo.- Mariano Paredes y Arrillaga.- Manuel de la Llata.- Ramón Carrillo.- José Mariano Guerra.- José María Quintero.- Tomás Illañez.- Carlos de Urrutia.- Antonio Ruíz de Esparza.- Santiago de Menocal.- Francisco de Paula Tamariz.- Miguel Soto.- Miguel Cabaleri.- El Marqués de Salvatierra.- Bonifacio de Horta.- Vicente Domínguez.- José Camino.- José Guadalupe de Palafox.- El Marqués de Casa de Cadena.- Bernardo Amat.- El Marqués de Uluapa.- Ramón Rey.- Juan José Rubio.- José María de Gondra.- Vicente del Rivero.- Narciso Sort de Sanz.- José María Mendiola.- Félix María Survaran.- José María Quintana.- Mateo Quilty Valois.- Mariano Chico.- Ignacio de la Blanca.- Por Don Juan de Arago y a su nombre, el Conde de San Pedro del Álamo.- Francisco Olmedo.- Pablo Unda.- José María Fernández.- José Ramón Malo.- Juan de la Peña y del Río.- Manuel de Lebrija.- Manuel Francisco Casanova.- Alvino Pérez.- José Bernal.- José Falco y Escandón.- José Portillo.- Al Soberano Congreso Mexicano.”
“Mexicanos: Me dirijo a vosotros solo como un ciudadano que anhela el orden y ansia vuestra felicidad infinitamente más que la suya propia. Las vicisitudes políticas no son males cuando hay por parte de los pueblos la prudencia y la moderación de que siempre disteis pruebas.- El ejército y el pueblo de ésta capital acaban de tomar partido: al resto de la Nación corresponde aprobarle o reprobarle: yo en estos momentos no puedo más que agradecer su resolución y rogarles, si, mis conciudadanos, rogaros, pues los mexicanos no necesitan que yo les mande, que no se dé lugar a la exaltación de pasiones, que se olviden resentimientos, que respetemos las autoridades, porque un pueblo que no las tiene o las atropella, es un monstruo (¡Ah no merezcan nunca mis amigos este nombre!), que dejemos para momentos de tranquilidad la decisión de nuestro sistema y de nuestra suerte; van a suceder luego a luego. La nación es la patria: la representan hoy sus diputados: oigámosles: no demos un escándalo al mundo; y no temas errar siguiendo mi consejo. La ley es la voluntad del pueblo: no hay sobre ella: entendedme y dadme la última prueba de amor que es cuanto deseo, y lo que colma mi ambición. Dicto estas palabras con el corazón en los labios: hacedme la justicia de creerme sincero y vuestro mejor amigo.- Iturbide.- México 18 de mayo de 1822.”
En consecuencia, comenzó a dudarse si habría número suficiente de señores para formar el congreso; pero debió entenderse que si, porque excedían de noventa. Se discutió si debía ser pública o secreta la sesión, sobre lo que no llegó a recaer declaración alguna, aunque desde mucho antes se hallaba el edificio rodeado de un inmenso pueblo que gritaba, ¡viva el Emperador! Y deseaba penetrar en las galerías. En este estado, se creyó de toda preferencia el calmar esta inquietud popular, a cuyo fin, se nombró una comisión de cuatro señores diputados, que de orden del soberano Congreso, pasase a la regencia para que se tomasen medidas oportunas, a fin de asegurar la tranquilidad pública, y la libertad de la deliberación. Esta comisión regreso sin una respuesta capaz de satisfacer las miras del Congreso. Seguidamente se creyó como medio más a propósito, que viniese el señor Generalísimo con los generales al seno del Congreso, lo que se acordó después de una ligera discusión, nombrándose otra comisión para este efecto. Entretanto, quedó la discusión interrumpida hasta que se anunció por la comisión la venida de sus generales, y en brazos del pueblo que le proclama, con cuyo motivo se hizo la sesión pública, cubriéndose las galerías y la entrada del salón por un concurso numerosísimo.
En este estado de general expectación, el presidente tomó la palabra, y dirigiéndola a Su Alteza, le invitó a que hiciese cuanto estaba de su parte para serenar la efervescencia pública, a fin de que el Congreso deliberase, con la calma, libertad y circunspección que demandaba la gravedad del negocio, siendo así, que el pueblo debía tener la mayor confianza en cualquiera resolución del soberano Congreso. A lo que contestó el señor Generalísimo, recordando sus esfuerzos anteriores para eludir el entusiasmo, con que el agradecimiento público, había intentado elevarle a la dignidad que jamás apeteció; siendo así, que todo su ardor y su conato se limitad a liberar de la esclavitud a su cara Patria, cumpliendo en todo sus ofrecimientos: que consecuente a estos principios, había hecho todo lo posible desde la tarde del día anterior, en que tuvo la noticia de lo que ocurría, para calmar esta nueva manifestación de entusiasmo público en que no tenía parte alguna.
Entonces se dirigió al pueblo exhortándole enérgica y expresivamente a resignar su voluntad en la deliberación del soberano Congreso, ampliando los conceptos vertidos en la proclama inserta. Pero el pueblo interrumpiéndole reiteradas veces manifestaba que era su deseo la inmediata proclamación de Su Alteza Serenísima.
En éstas circunstancias tomó la tribuna el señor Guridi y Alcocer, y después de haber hecho mérito de la docilidad del pueblo mexicano, de la prudencia y valor de los generales del ejército, y la ilustración, virtud y heroísmo de los diputados; expuso, que los poderes de éstos están muy limitados, y tanto, que no podrían sancionar la aclamación que anoche hizo el ejército y el pueblo de ésta ciudad, de Emperador en el héroe inmortal Don Agustín de Iturbide, sin exponerse a que se quiera anular por esta falta, por lo que suplicó encarecidamente, se tenga una poca de espera, ínterin se ocurre respectivamente a las provincias.
El señor San Martín hizo igual súplica, y concluyó pidiendo se lean las proposiciones que tienen presentadas y firmadas por los señores Gutiérrez (Don José Ignacio), Terán, Anzorena y Rivas (Don Francisco): cuyo tenor es como sigue:
“Señor.- Como individuos particulares, desde luego convenimos con la exposición de los generales que anuncian la proclamación de Emperador en la persona del señor Iturbide; mas como diputados, hacemos presente a Vuestra Majestad., que la soberanía reside radicalmente en el pueblo americano: que éste no se compone de sólo habitantes de México: y que de los representantes de las otras provincias, tenemos unos poderes limitados. Por tanto, para no faltar a ellos y no desmerecer su confianza, hacemos a Vuestra Majestad, las proposiciones siguientes:- 1.- Que para dictaminar tan importante asunto, suspenda Vuestra Majestad su resolución, hasta que a lo menos, dos terceras partes de las provincias hayan ampliado sus poderes y dado una instrucción sobre la forma de gobierno que se ha de adoptar.- 2.- Que entretanto, el señor Iturbide quede de único Regente, depositándose en sola su persona todo el Poder Ejecutivo.- 3.- Que se nombre una comisión compuesta de trece individuos del mismo seno de Vuestra Majestad para que dentro del brevísimo y perentorio término que se designare, forme un estatuto, que deberán observar las potestades constituidas, entre tanto se reciben las instrucciones de que se habla en la primera proposición.- México 19 de Mayo de 1822.- José de San Martín.- José Ignacio Gutiérrez.- Manuel Terán.- José Mariano Anzorena.- Francisco Rivas.”
Concluida la lectura de estas proposiciones, se pusieron a discusión; pero fueron desechadas en medio de un debate interrumpido y ruidoso. Por lo que el señor Presidente dispuso, que se pasase a la lectura de otra, presentada por el señor Gómez Farías, y firmada por más de cuarenta señores, la que a la letra dice:
“Señor.- El grande y memorable acontecimiento que se nos ha comunicado en día de hoy, lo tenía preparado el mérito singular del héroe de Iguala. Su valor y sus virtudes lo llamaban al trono; su modestia, su desinterés y la buena fe en sus tratados lo separaban. Si la soberbia España hubiera aceptado nuestra oferta, si Fernando VII no hubiera despreciado los Tratados de Córdoba, si no nos hiciera la guerra, si no hubiera provocado a otras naciones que no reconociesen nuestra emancipación, entonces fieles al juramento, y consecuentes a nuestras promesas, ceñiríamos las sienes del monarca español con la corona del Imperio de México; pero rotos ya el plan de Iguala y los Tratados de Córdoba como es bien constante por documentos indubitables; yo me creo con poder, conforme al artículo 3 de los mismos tratados, para votar porque se corone el grande Iturbide, y entiendo que Vuestra Majestad se halla igualmente autorizado. Señor, confirmemos con nuestros votos las aclamaciones del pueblo mexicano, de los valientes generales, y de los oficiales y soldados beneméritos del ejército trigarante, y así recompensaremos los extraordinarios méritos y servicios del libertador de Anáhuac, y conseguiremos al mismo tiempo la paz, la unión y la tranquilidad, que de otra suerte desaparecerán de nosotros para siempre.- Señor: este voto que suscriben conmigo otros señores diputados, y que es el general de nuestras provincias, lo damos con la precisa e indispensable condición de que nuestro Generalísimo Almirante se ha de obligar en el juramento que preste a obedecer la Constitución, leyes, órdenes y decretos que emanen del Soberano Congreso Mexicano.- Valentín Gómez Farías.- Pascual Aranda.- El Conde de Peñasco.- José Antonio de Castaños.- José María Cobarrubias.- Salvador Porras.- Ignacio Izazaga.- Bernardo J. Benites.- Santiago Alcocer.- Martínez de la Vea.- El Marqués de San Juan de Rayas.- Lino Fregozo.- Ortiz de la Torre.- Dr. Agustín Iriarte.- Antonio Galicia.- José Antonio de Andrade.- Manuel Sánchez del Villar.- José Antonio Aguilar.- José María de Abarca.- Ramón Martínez de los Ríos.- Manuel José de Zuloaga.- Rafael Pérez del Castillo.- Francisco Velasco.- José María Ramos Palomera.- Argandar.- Pedro de Lanuza.- Juan Miguel Riesgo.- Camilo Camacho.- Manuel Ignacio del Callejo.- José Ignacio Esteva.- José María Portugal.- José Anselmo de Lara.- Bocanegra.- Diego Moreno.- Luciano de Figueroa.- Manuel López Constante.- José Rudesindo de Villanueva.- José Joaquín de Gárate.- Peón y Maldonado.- José Ponce de León.- Manuel Flores.- Gaspar de Ochoa.- Labairu.- Pedro Celis.- Garza.- Martín de Inclán.- Antonio J. Valdés.”
Leída que fue ésta proposición, su autor dijo: que cedía la palabra al señor Valdés, diputado por Guadalajara, quien tomó desde luego la tribuna, y se expresó en estos términos.
“Señor.- Yo he sido acaso el primero que atento a mis deberes y juramentos he sostenido constantemente el llamamiento de la casa de Borbón al impero mexicano, según establecen nuestras bases fundamentales, y jamás me habría separado de estos principios que ligaban mis facultades en seno de Vuestra Majestad, si España con más prudente acuerdo adopta un sistema de política más ilustrada y conforme con la justicia; pero la conducta de aquella nación, aparece hasta el día la más inconsecuente. Señor: nuestros ofrecimientos insertos en el Plan de Iguala y tratados de Córdoba, fueron necesariamente condicionales, como se entiende de un modo claro e inconcuso, por el artículo 3 de dichos tratados, en que se sienta positiva y determinantemente, que las cortes mexicanas dispondrán de la corona del imperio, por la no aquiescencia de la dinastía española. En éste caso nos encontramos, señor, y hace tres días que lo tengo indicado a nuestro digno presidente, por medio de una proposición presentada a Su Excelencia provocando sesión secreta; pero dicho señor, cuya prudencia y talentos nos son bien conocidos, me ha devuelto mi proposición, conviniendo en la justicia de sus fundamentos y suplicándome la difiera para más adelante, porque observa a la patria amagada de una revolución que él quisiera prevenir…”
En éste estado, el presidente interrumpió al señor Valdés, invitándole a leer la proposición, la que efectivamente leyó y es como sigue:
“Señor.- Consecuente con mis principios, me creo en el deber indispensable de presentar a Vuestra Majestad la posición que sigue, con la calidad de urgente e imperiosamente necesaria al decoro e intereses que Vuestra Majestad representa.- Me explicaré: Por las sesiones de las cortes españolas, insertas en las gacetas de Madrid del 13 y 14 de febrero última, consta de un modo auténtico, oficial e incontrovertible, que dichas cortes, después de una detenida discusión, anularon los tratados de Córdoba que llaman a la corona de este imperio la familia reinante de España. Es indudable a Vuestra Majestad que en asuntos de la naturaleza y gravedad del presente, el poder ejecutivo, o lo que es lo mismo el rey, no tiene en España facultad constitucional para comprometerse en ningún tratado sin la aprobación de las cortes; luego por el acuerdo de estas, constante en dichas sesiones, el monarca español se encuentra en la absoluta incapacidad de acceder a los tratados de Córdoba; y de consiguiente, nosotros nos hallamos desobligados para con aquellos príncipes, respecto del llamamiento a la corona. Esto sentado, pido a Vuestra Majestad, que sin pérdida de tiempo se sirva hacer la siguiente declaración, dándole la mayor publicidad:”
“Declaración.- El Soberano Congreso Constituyente del Imperio Mexicano, en vista de los acuerdos de las cortes españolas, celebrados en las sesiones del 12 y 13 de febrero último; en que dichas cortes dan por ilegítimos y nulos los tratados de Córdoba, firmados en 24 de agosto del año próximo pasado, por el general mexicano Don Agustín de Iturbide, y el general español Don Juan de O’Donojú; se ha servido declarar, como por la presente declara, que consecuente a los expresados acuerdos, la nación mexicana queda desobligada respecto de la española en el contenido del artículo 3 de los tratados de Córdoba, que llama a reinar en el Imperio Mexicano, la familia reinante en España: y de consiguiente, queda libre y expedita para resolver este grave negocio, lo que convenga a su decoro, tranquilidad e intereses, ya sea con la misma dinastía por medio de un nuevo pacto, o de otro modo conforme a nuestra bases fundamentales.- Si Vuestra Majestad adopta desde luego mi proposición, habrá obrado en armonía con el decoro e intereses del imperio. Con el decoro, porque respondemos con la dignidad que debemos a lo resuelto por el Congreso Español; y con los intereses, porque nos declaramos en la actitud ventajosa de acordar o no nuestra corona a la familia real de España. Van adjuntas las dos gacetas de Madrid a que me refiero.- México 17 de mayo de 1822.- Antonio J. Valdés.”
El señor Valdés continuó diciendo:
“No hay cosa, señor, mas infausta en política para un país y para un país que se establece, como un sistema indefinido de gobierno. Nuestra cara patria demanda imperiosamente a sus representantes una pronta resolución que fije de una vez sus destinos. Si así no lo resolvemos, nos haremos responsables a las calamidades que sobrevengan. Las consecuencias pueden ser difíciles e incalculables. Es de consiguiente nuestro deber, acudir al remedio con energía. El mal es grande, y su reparación está en nuestras manos. Facultades nos sobran, supuesto que, rotos los lazos que, nos obligaban con España, quedamos legalmente expeditos y de consiguiente en el deber de proveer con mano fuerte a la salud de la patria. Nosotros hemos demostrado al mundo nuestra religiosidad en el cumplimiento de nuestras promesas; ¿Qué más podemos hacer? El hombre jamás debe obrar de manera que tenga que arrepentirse, mucho menos un Congreso en quien residen naturalmente la prudencia y la sabiduría. Apoyo, por tanto, la proposición del señor Farías que ya dejo con mi firma.”
El preopinante bajo de la tribuna con aplauso general del pueblo, y tomó la palabra el señor Martínez de los Ríos en los términos siguientes:
“Señor: me congratulo con Vuestra Majestad con Su Alteza el Generalísimo, con sus dignos subalternos y con el pueblo Mexicano: con Vuestra Majestad porque va a mirar a su frente su hijo predilecto, con el Generalísimo porque va a recibir el premio a su patriotismo y demás virtudes: con los generales, por lo que han contribuido a la exaltación de su jefe; y con el pueblo en fin, por la manifestación de gratitud al héroe nuestro libertador. Pero señor, la misma grandeza de este acto, sus trascendencias y el propio deseo de Vuestra Majestad, del Generalísimo, de sus subalternos, y del pueblo, está pidiendo calma y serenidad en todos nosotros. Obremos con prudencia mexicanos: esta grande y majestuosa obra no es de momentos. No demos lugar a que digan las provincias que todo es efecto de la fuerza, de la sorpresa, o de otros principios menos legítimos. No retardemos nuestro reconocimiento por los Estados Unidos, que tal vez lo dilataron considerando este acto vicioso e inmaturo; y en fin alejemos toda ocasión de que la negra y maldiciente envidia hinque su venenoso diente en obra que nos es tan grata…”
Un rumor sordo de desaprobación que se oyó en las galerías enmudeció al orador. Entonces el señor Generalísimo hablando al pueblo dijo:
“Mexicanos: las reflexiones del señor Martínez, son justas e hijas de la prudencia, y del buen juicio de…”
El murmullo continuó, varios señores intentaron simultáneamente hablar, y el señor Lanuza tomando la tribuna dijo:
“Digo, señor, que dos puntos son los que debemos resolver, y son el único objeto que debe llamar la atención de Vuestra Majestad. Primero: si estamos en el caso de anular el tratado de Córdoba, que por incidencia está fundado en el plan de Iguala, sobre el derecho concedido al Rey de España y demás, para coronarse en este imperio; y el segundo, si faltando el primero, reside en Vuestra Majestad facultades legítimas para determinarlo. Digo pues, que para aclarar la cuestión es menester de Vuestra Majestad se haga cargo de las siguientes reflexiones. Cuando los pueblos del Imperio del Anáhuac, proclamaron su independencia con arreglo al Plan de Iguala, les fue muy sensible tener que sucumbir a la dinastía borbónica; pero como lo que deseaban era salir de la esclavitud, prefirieron su libertad a un doloroso resentimiento justo y sagrado: ahora bien, es menester que observemos de parte de quien ha estado el defecto. Lo diré de una vez: el rey de España declaró nulos e ilegítimos los tratados de Córdoba: las cortes no han reconocido nuestra justa independencia, y de consiguiente el enlace de la potencias por medio de sus tratados, se ven en la necesidad de guardarle consecuencia a la España, el castillo de Ulúa, escándalo del Imperio, tácita y expresamente se ha negado a igual reconocimiento, pues no hace más que lanzar desde su seno amenazas contra nuestra libertad. Luego ¿qué debemos hacer en vista de estos antecedentes? La consecuencia de una sana y estricta lógica, es la ingratitud con que nos desprecian creyendo que el vasto Imperio Mexicano mendiga quien deba ser su Emperador, y de la no admisión tácita o expresa, resuelta la disolución de aquel tratado.”
“El segundo punto de vista es, sobre si tenemos facultad legítima para resolver esta gran cuestión. Voy a probar pues, que no tenemos necesidad de ocurrir por nuevos poderes para resolverla, y me fundo en que no habiendo sido nosotros los que hemos faltado, sino el gobierno español, es visto que el soberano Congreso mexicano, legítimamente constituido, tiene el derecho concedido por los pueblos y por el juramento que prestó ante el Dios de la verdad, de solicitar y contribuir a su mayor prosperidad y engrandecimiento: ¿y cuál diremos que es el medio más acertado para conseguirlo? A mi entender y por la experiencia que adquirí en la misión que hice en el reino de Guatemala para lograr su independencia que conseguí de la provincia de Chiapa, a virtud del celo patriótico de todos sus habitantes, así como el conocimiento que de sus respectivas provincias tienen los demás señores diputados, gradúo que pues los sentimientos de las ciudades, villas, pueblos y lugares de más de trescientas leguas que corrí, deseaban tener Emperador del seno del Imperio, está visto que por identidad, necesidad y conveniencia, y en razón de los antecedentes estamos aptos, y debemos elegir Emperador. Ahora bien, satisfechas las dudas anteriores, ¿Quién será el hombre singular, y que sin perjuicio, ni reclamo de otro, merezca cenir sus sienes en tan grandes laureles? Lo diré, el virtuoso, el valiente, el caritativo, el humilde y sin igual hombre de los siglos, el señor Don Agustín de Iturbide, que el Dios de la bondad lo destinó a romper al águila las cadenas de fierro con que por tres siglos le hizo abatir sus alas el tirano de España. ¡Oh pueblo mexicano, no es la adulación la que me inspira estos sentimientos, no la conozco, mi carácter es decidido por vuestra felicidad; vivid satisfecho, que si yo hubiera conocido en Su Alteza Serenísima que era tirano, con estas manos que la naturaleza me ha hecho fuertes, hubiera empuñado una daga, y hubiera derramado hasta la última gota de sangre por el bien de la Nación Mexicana; ¡pero ah! Quien como él generoso sin ambición, padre amable y…lo que siento es que me esté oyendo; pues de lo contrario mi corazón ya diría cuáles son sus méritos y sus virtudes, a pesar que el mundo entero las conoce. Concluyo pues, con decir a Vuestra Majestad que para el bien de la Nación, y afecto de ponerla a cubierto, del inminente peligro de que se ve amenazada en estos momentos, por dentro y fuera de ellas, no debemos detenernos en colocar en su trono al héroe de Anáhuac que de las terribles garras del León, arrancó la imperial corona de la libertad, y ciño con ella nuevamente al antiguo Imperio Mexicano. Ceñidlo pues, con esta misma, que nada hacéis mexicanos en darle lo que el cielo benigno le ha destinado.”
El señor Lanuza bajo de la tribuna con mucho aplauso de las galerías, y el señor Don Pascual Aranda dijo:
“Señor, yo soy uno de los que han suscrito las proposiciones que acaba de oír Vuestra Majestad. Estas no dicen otra cosa, sino que estamos en el caso de uniformar nuestros votos con el pueblo mexicano y ejército benemérito que aclaman Emperador al Libertador de la Patria: hoy lo exigen así porque en ellos se versa la salud de la misma: yo soy un representante de la provincia de San Luis Potosí, debo desde luego hablar con franqueza conforme a los sentimientos de mi provincia: allí se procedió a las elecciones de diputados para éste augusto Congreso, de conformidad con la convocatoria que tuvo a bien dictar la extinguida Junta Provisional: a la junta electoral de dicha provincia, de la que yo era individuo, no se ocultó que los poderes que confería a sus diputados, a primera vista parece que no estaban concebidos en toda la generalidad que debieran, y así, esta se reunió en la inmediata noche en casa del Jefe Político: allí entre varias discusiones se ocupó de preferencia en la que si en vista de parecer restringidos nuestros poderes, y consiguiente a la voluntad de todos los partidos ella representaba, convendría o no darnos poderes reservados y generales para que obrásemos con libertad en un caso como el que en este momento ocupa Vuestra Majestad. Acomodó universalmente este pensamiento, y no se pudo en práctica fue sólo por no singularizarnos, y no por que nuestros comitentes no estuviesen de acuerdo con la idea referida. En vista en esto, las críticas circunstancias en que nos hallamos, y rotos los vínculos que nos ligaban con la España, yo me creo plenamente autorizado, y mi provincia llevará a bien, y verá con gozo sumo que hoy mismo quede elegido el señor Iturbide Emperador, afianzando así la salud de la Patria.”
Ésta opinión fue aclamada por el pueblo, y seguidamente el señor Portugal tomó la palabra del modo que sigue:
“Señor: en el momento mismo en que veo a la Patria en el borde de su precipicio, oigo que se suscitan dudas y escrúpulos, que temo mucho, sean motivo de sujetarla a un yugo extranjero, o de sumergirla en la más espantosa anarquía, por los juramentos prestados de guardar las bases del plan de Iguala y de los tratados de Córdoba: y se duda si los poderes de los señores diputados, sujetos a dichos pactos tienen amplitud bastante para que los que somos apoderados de los pueblos en la fijación de forma de gobierno, y en la elección de Emperador Constitucional, pudimos hacer otra cosa que lo que aquellos pactos prescriben en el ofrecimiento de nuestra corona a la dinastía de los Borbones.”
“Todo pacto social tiene sus bases que son inalterables, después que se ha jurado obrar con arreglo a ellas, y tiene otras leyes o artículos que aunque derivados de aquellos, pueden alterar más o menos según convenga, a la necesidad y felicidad de los pueblos, que por su voluntad se sujetaron a la observancia de este pacto: los de Iguala y Córdoba ligan a los pueblos, a observar siempre sus bases juradas, de religión, independencia y unión, y a los diputados a obrar con arreglo a éstas, pero ni unos ni otros están obligados a obrar con arreglo a observar los artículos, que emanando de aquellas bases, estén por la variación de las circunstancias en contradicción por la felicidad de la Patria, que debe preferentemente promoverse en el seno de Vuestra Majestad, y así es que un cuando el artículo 3° de los Tratados de Córdoba no dijera tan terminantemente que las cortes mexicanas, pueden elegir Emperador, desde luego que se nieguen a venir los llamados de la casa reinante española; sabiendo ya que por una felicidad de este precioso y opulento Imperio, no sólo se niegan los de aquella dinastía a venir a ceñir sus sienes con la rica diadema, que por una generosidad americana se les brindó; sino que reclaman el bárbaro derecho que creen tener aún de continuarnos en una degradante esclavitud, estaba ya rescindido todo juramento que sólo nos ligaba a llamarlos, y no a instarles, en caso de negarse, con degradación y envilecimiento de una Nación libre por su naturaleza, generosa por su carácter, y que aspira a su bien por el irresistible deseo del que siente todo hombre en el fondo de su corazón, aún cuando parece que corre a precipitarse a el mal.”
“Nuestros poderes concebidos al tenor de los pactos referidos , y sujetos a la observancia sus bienes, tampoco nos ligan a que con degradación y envilecimiento de los pueblos que depositaron en nosotros su confianza y voluntad, aguardemos todo el tiempo que gusten para convencerse los príncipes españoles que quizá responderían a la largueza y ciega confianza del generoso americano, con prisiones, cadalsos y misteriosas reservas en su administración en su administración hasta volvernos a una esclavitud más dura que la anterior, y más degradante y dolorosa después de haber alcanzado y gustado la libertad, antes bien los creo bastante amplios para confirmar la elección que hizo anoche el ejército y pueblo de México, y que han hecho ya los demás pueblos, por donde gloriosamente marchaban las triunfantes huestes americanas, por una virtuosa gratitud y justo reconocimiento hacía su generoso libertador, que lleno siempre del amor de su Patria y de la memoria de sus anteriores sufrimientos, jamás sin duda abusará del poder que le da la diadema: y me decide a esta opinión la misma gratitud que compulsó al ejército y pueblo de la capital, y el deseo de cumplir con mi primera, más estrecha y sagrada obligación de salvar la Patria, que sufre hoy los movimientos de una convulsión que terminará quizá con ponerla en manos extranjeras que la destrozarían, sin poder ya sus hijos poner remedio alguno.”
Concluyó el señor Portugal con la aprobación manifiesta de las galerías, y varios señores se expresaron con alguna variedad de opiniones, entre ellos el señor José Ignacio Gutiérrez, que tomando la tribuna dijo:
“Señor: La facultad que la provincia de Durango me confirió, como a su representante en este Soberano Congreso, fue entre otras, la de formar la constitución de este Imperio, bajo las bases fundamentales del Plan de Iguala y tratados de Córdoba. La misma facultad he jurado observar en presencia de ese santo Cristo. Es innegable que, como ya se ha indicado por el señor Valdés y otros señores diputados, el artículo 3 de los tratados que he citado, dice así: Será llamado a reinar en el Imperio Mexicano (previo juramento que designa el artículo 4 del plan) en primer lugar el señor Don Fernando VII rey católico de España, y por su renuncia o no admisión, su hermano el serenísimo señor infante Don Carlos, por su renuncia o no admisión, el serenísimo señor infante Don Francisco de Paula; por su renuncia o no admisión, el serenísimo señor Don Carlos Luis infante de España, antes heredero de Etruria, hoy de Luca, y por la renuncia o no admisión de éste el que las cortes del imperio designares.”
“Séame pues, permitido en estos críticos momentos, supuesto que han sido desechadas mis tres anteriores proposiciones, hacer una cuarta, suplicando a Vuestra Majestad, se digne fijar en ella toda su alta penetración. Es esta: que en el acto que se declare por Vuestra Majestad, si en virtud de las noticias vulgares o de oficio, que tenemos, relativas a si la España aprueba o no aprueba el plan de Iguala y tratados de Córdoba, estamos o no estamos en el caso que designa el expresado artículo 3…Lo diré más claro, Señor: consecuente a dichas tres proposiciones que suscribió conmigo el señor San Martín, y han merecido el desprecio público, quiero que se discuta suficientemente y con libertad, si previa la declaración que pido, estamos o no, habilitados por nuestros limitados poderes, para poner la corona en las sienes del señor Iturbide, o de la persona que éste Soberano Congreso designare.”
No se dio trámite a esta proposición.
El señor Paz fue de sentir, que no parecía consecuente dar la corona al señor generalísimo, sin que estuviese concluida la constitución con que habría de gobernar. Este discurso fue interrumpido por un murmullo de desaprobación en las galerías; pero el señor Presidente, Martínez de los Ríos, Valdés y otros señores, pidieron que se guardase orden, dejándose a los diputados la libre manifestación de sus opiniones: y el señor Valdés contestó al señor Paz, que sus objeciones no tenían lugar, pues si Fernando VII hubiese accedido a la elevación al Trono Imperial que se le había ofrecido, estaba en aptitud de venir y ser inaugurado, aún cuando la constitución no se hallase sancionada; pero que en tal evento, se entendía quedaría sujeto a su observancia, y que del mismo modo, podría ser alzado al imperio el señor generalísimo, cuyas virtudes públicas no creía necesario recordar; pero que siempre insistiría en la conclusión de éste negocio, que creía identificado con la pública tranquilidad.
El señor Covarrubias continúo la discusión, diciendo:
“Soy de tan contraria opinión a la de algunos señores que me han precedido en hablar, que lejos de que el plan de Iguala y los tratados de Córdoba, nos desautoricen para elegir hoy Emperador, que por ellos mismos estamos obligados a hacerlo. Uno y otro nos dejan en libertad a constituir este pueblo en República, uno y otro, y nuestras provincias nos precisan a constituirlo en Monarquía. Fernando VII no puede ser ya nuestro Emperador; porque por todo género de testimonios, gacetas, diarios de cortes, papeles oficiales, cartas privadas, es nuestro enemigo. Carlos y Francisco de Paula son sus pupilos, y aunque quisieran, no pueden venir. Carlos, archiduque de Austria, es enemigo de la intolerancia religiosa y del sistema constitucional, y así no puede ser nuestro Emperador. Carlos Luis está bajo la férula de Austria, como duque de Luca, y bajo el pupilaje de Fernando, como Borbón, así es imposible que los dejen venir. Conmovido pues, el pueblo y el ejército, y estando expuesto el Imperio a una conflagración general, estando libres de todo vínculo, pidiéndolo el pueblo, y siendo el más adecuado Don Agustín de Iturbide, no sólo podemos, sino que debemos elegirlo Emperador.”
El señor Argandar tomó la palabra, y dijo:
“Salud del pueblo, Señor, salud del pueblo, que es la suprema ley: ¡Encantadora y dulce expresión! ¡Ah! Ella envuelve los sagrados imprescriptibles derechos, los sólidos bienes que el Autor de la naturaleza concede a todo hombre que viene a éste mundo. De aquí es, que cuando una mano benéfica pone a los humanos en su goce y posesión, ella es la que con caracteres indelebles forma esta ley grata, o la saca del olvido a que la habían condenado sus opresores. Al ver un hombre tal, los pueblos beneficiados le tributan homenaje, y lo llaman Libertador y su padre. Este Congreso soberano, ante quien otra vez he preconizado las virtudes del héroe de Iguala, no se ha negado a reconocerlas y por lo mismo en su reciente instalación, hice ver al público, que cada uno de los dignos representantes de esta grande Nación, le vivía agradecido; y que tenía muy presente el insigne mérito del héroe de la Patria, para premiarlo debidamente, sin que en esto excedieran jamás a la generosidad y gratitud de los del opulento Imperio del Anáhuac.”
“En esta virtud, pueblo de México que me escuchas, pueblo que puedes gloriarte de ser el primero entre las provincias, que en desahogo de tu gratitud quieres coronar y proclamas Emperador al que te libertó, ¿A qué fin tanta exaltación? No se ha oído una sola negativa de los señores diputados. Los que te parecen ¡Oh pueblo generoso! Que disienten, sólo querían la mayor solidez, para asegurar más la corona, el laurel que debe ceñir las sienes de nuestro Libertador. Esto es, en su propia honra. Yo llamo vuestra atención, ¡Pueblo de México! Ponderáis las virtudes del que clamáis se os haga Emperador: proponeos, por lo tanto, el imitarlo; mirad su humildad, su mansedumbre, su calma, su desinterés, y su indiferencia a vuestros representantes. (Dirigiéndose después al Congreso). Y voz, ¡Oh Señor! ¿No miráis la presente conmoción? El estado en que se haya Vuestra Majestad todos lo ven, todos lo observan. El pueblo que clama, lo generales y la tropa decididos, más de la mitad de los representantes que lo quieren; ¿A qué esperamos? ¿Daremos lugar a una sangrienta revolución? ¿Permitiremos y veremos con serenidad los padres de la Patria que esta sea envuelta en los horrores y desastres de la anarquía que debería seguirse? Medite Vuestra Majestad, Señor, las circunstancias que se mira. ¿Demorará este Congreso su resolución? ¿Será semejante al de Rastardt en su lentitud? ¡Congreso de Rastardt acusado de moroso! ¡¿Cuál fue tu suerte?! Pero…Vuestra Majestad los sabe, y…yo…me suspendo.”
Este discurso fue aplaudido por el pueblo, y el señor Lombardo tomó la palabra, y se expreso como sigue:
“Dos puntos, Señor, se presentaban el día de hoy a la deliberación de Vuestra Majestad, el primero si estando al parecer limitados nuestros poderes podrá procederse a determinar la forma de gobierno más análoga y adaptable a nuestra situación, designando a más el monarca, establecida la monarquía constitucional; y el segundo, si la actualidad recomienda hoy mismo la arriesgada sanción de Vuestra Majestad. Sobre ambas diré Señor mi dictamen, en medio de las circunstancias más comprometidas en que nos hallamos; pero con aquel carácter de ingenuidad y sencillez que entiendo me es propio.”
“Me es bastante para lo primero, recordar a Vuestra Majestad, he tenido el honor de desaprobar las pretendidas bases sancionadas el día de su deseada instalación: Tuve presente, Señor, aquel día, cual era la voluntad expresa de la Nación que nos había colocado en el seno de Vuestra Majestad, como diputado a su Congreso Constituyente, concepto incompatible a mi ver con los límites que pusiera otra potestad que no fuese la Nación misma: no olvidé, Señor, las circunstancias todas que debía considerar en el juramento que habíamos prestado: el perjuicio, no de un tercero, sino de mil y mil ciudadanos, cuya suerte vinculada con la nuestra, se había en la de la sociedad comprometido: que la calamidad que abrumaba tres siglos, hacía a un pueblo digno de mejor ventura y demás luces recomendaba imperiosamente su libertad, no debiendo sucumbir, ni a la dominación de potencias extranjeras, ni a la perpetuidad de aislados intereses, concluyendo entonces, como ahora que la salud sola de la Nación, su prosperidad futura y su engrandecimiento, debía ser el objeto único de nuestras tareas, sin reconocer más límites que los que prescribiera la justicia y la necesidad; pero pasando al segundo punto, digo: que no es hoy Señor, día en que pueda deliberarse; medite Vuestra Majestad, las circunstancias de nuestra situación actual, por lo que jamás debemos sacrificar los intereses sagrados de la Patria, y aunque nuestra existencia…”
El señor Vea y otros señores, hablaron sobre el caso en que nos hallábamos de considerarnos desobligados respecto del juramento con España, y el señor Mangino dijo que en su concepto se iba extraviando la discusión, y se haría interminable, si no se ventilaban las cuestiones por el orden que se debían proponer: que le parecían preliminares dos de las que se habían enunciado en la sesión secreta; y contrayéndose a la que actualmente se discutía, opinó que era indispensable consultar la voluntad de las provincias, así por las restricciones de los poderes que estas dieron a sus diputados, como por otras consideraciones indicó.
El señor Iriarte prosiguió la discusión diciendo: que considerando a la Nación desobligada en llamar al Trono del Imperio a los comprendidos en los Tratados de Córdoba, por haber declarado a estos nulos el Rey de España, y por constar en varios papeles ministeriales y cartas particulares (dignas de fe), que la Nación española, desaprobaba nuestra Independencia, y la miraba como rebelión, y al héroe de Iguala, como un disidente, era de parecer que estábamos en el caso de elegirnos el monarca que nos pareciese, usando el poder inconcuso que nos ha dado la Nación precisamente para esto, impugnando a algunos señores que querían sostener, no tenían los señores diputados poder para la dicha elección, en cuya impugnación usó del raciocinio siguiente, con que concluyó: “Nuestros poderes dicen: doy mi absoluto y pleno a D.N. para que constituya a la Nación conforme al plan de Iguala y tratados de Córdoba”; es así, que los tratados de Córdoba dicen: que, en el caso de no venir los llamados, las cortes elijan el monarca que les parezca; y por otra parte no solo no han de venir, sino que ni se han de llamar; luego hoy mismo podemos nosotros elegir el Emperador que nos que nos parezca.
El señor Múzquiz dijo:
“Señor: No me opongo a la coronación del señor generalísimo; pero quiero se verifique de un modo sólido y decoroso, ya a Vuestra Majestad, ya al héroe que se trata de coronar: quiero por lo mismo, que Vuestra Majestad se ocupe del modo de uniformar la voluntad de las provincias, para lo que creo indispensable consultarla. No soy de los hombres del momento; y he opinado contra el llamamiento de los Borbones, desde el día en que Vuestra Majestad declaró la instalación del Congreso: uno de los señores que me han precedido, es testigo de lo que acabo de decir, pues por este modo de pensar, hace pocos días que me llamó en este mismo Congreso, traidor y perjuro, ocupándose ahora en hacer proposiciones, que acaso no haría, si no fuese por los aplausos de las galerías. Acudiendo, pues, a la solidez y decoro del asunto que se ventila, soy de dictamen que se oigan las provincias.”
Continúo la discusión con alguna variedad e interrupción y el señor Valdés, creyéndose implicado en una indicación del señor Múzquiz, juzgo satisfacer diciendo:
“Señor: Mientras laboraba en mi juicio la posibilidad política, de que un príncipe español viniese a reinar entre nosotros, mi opinión jamás se apartó en el seno de Vuestra Majestad, del respeto que era debido al que mirábamos monarca presuntivo del Imperio. Consecuente en este concepto, mis ideas fueron siempre consonante al juramento que me ligaba y debo decir, que miraba como perjuros a los que se desviaban públicamente de la línea de conducta que nos estaba trazada. Yo creía Señor, que no nos era dado saltar trancas, atropellando derechos de que no éramos autores, pero si depositarios. Nuestro comprometimiento no se limitaba al Imperio, ni aún a la misma España, sino que era universal, y no habíamos de dar lugar a que los pueblos extranjeros nos calificasen de inconsecuentes. Pero nuestro candor y buena fe han sido constantes. Los tratados de Córdoba suponían dos partes contratantes: España ha faltado, desde ese momento mi conducta varió, porque mis obligaciones para con aquel estado cesaron.”
“También he procurado repeler con el mismo sistema de conducta, los embates del republicanismo. Conozco la excelencia de este sistema social, y el mérito distinguido de algunos de sus apreciables defensores; pero debo decir con franqueza, que semejante especie de gobierno no la concibo adecuada a los elementos, ni físicos, ni morales que nos presentan los pueblos. Yo lo creo todo predispuesto y proporcionado a una monarquía moderada, cuya organización política es la invención más feliz en línea de sociedad. Vuestra Majestad debe proceder a su realización con la constancia más cuidadosa. Todo lo podemos hacer libremente en las actuales circunstancias: derechos nos sobran por la calidad de nuestros poderes: la conveniencia pública así lo requiere: el decoro nuestro así nos lo exige: la voluntad pública así nos lo insinúa. Fijemos, pues, el edificio augusto de la Patria para siempre.”
“Se nos amenaza a veces con que provocaremos la guerra con la Europa contra nosotros; pero la Europa es como imposible que se halle interesada en nuestra esclavitud. Sólo Inglaterra, temerosa del peso inmenso que añadiremos a la fuerza política y material de los Estados Unidos, puede mirar con disgusto nuestra emancipación, porque Inglaterra observa en los Estados Unidos el único rival que amenaza su imperio de los mares; pero Inglaterra jamás nos hará una guerra ostensible. Ya Portugal, la nación que menos lo esperábamos, ha hecho entender a los gobiernos del Río de la Plata y sus limítrofes, que reconoce de hecho la independencia de aquellos pueblos, y el agente portugués en Buenos Aires ha declarado oficialmente que Su Majestad Fidelísima acreditará en Lisboa a los ministros americanos que se presenten en aquella corte con carácter diplomático, y que serán admitidos como cónsules los que se dirijan con este encargo a las plazas marítimas de la monarquía portuguesa. Esto consta por gaceta en Madrid que casualmente traigo conmigo. Pero en todo caso, Señor, los mejores políticos convienen en que el pueblo que quiere ser libre lo será en efecto, porque la libertad es el prestigio que más arrebata al racional. Penétrese por tanto Vuestra Majestad de sus altos deberes para con sus comitentes, y resuelva en consecuencia. Lejos de nosotros bajos temores que infamen nuestro carácter (aplauso continuado).”
Seguidamente tomaron la palabra en medio del bullicio de las galerías, varios señores diputados; pero habiéndose restablecido el silencia se declaro el asunto suficientemente discutido, y se disponía la votación, cuando el señor Generalísimo dirigiéndose al pueblo, le exhortó a guardar el mejor orden y respeto a la soberanía nacional, exigiéndole con expresiones insinuantes que si amaba a su persona, le prometiese someterse respetuosamente a la deliberación del soberano Congreso, sea cual fuere su resultado, siendo así que en aquella asamblea residía la voluntad reunida de la Nación, representada por sus diputados. Este discurso fue interrumpido con voces clamorosas que manifestaban el deseo público de que se proclamase Emperador de México a Su Alteza Serenísima; pero habiendo cesado el bullicio, se procedió a la votación que se fijó en estos términos: si se nombraría inmediatamente Emperador al señor Generalísimo o se consultaría para el efecto a las provincias. Pidió otra vez la palabra el señor Don José Ignacio Gutiérrez y concedida subió a la tribuna y dijo:
“Señor: Antes de principiarse la votación, permítame Vuestra Majestad, deshacer una equivocación de un señor diputado que sin mayor fundamento asegura que se promoverá por todas las provincias una anarquía en el mismo hecho de excitárselas a que nos ampliasen los poderes, del modo que pedí en la primera de mis cuatro desechadas proposiciones. Señor: soy uno de los representantes de la provincia de Durango: son muchas las relaciones que tengo con aquella provincia: conozco perfectamente su opinión pública: detesta, abomina en lo general, toda la raza Borbónica: lejos de ponerse en anarquía porque se le pida la ampliación de nuestros poderes, reunirá desde luego sus más sinceros votos a los de este numeroso pueblo, a los de los generales y tropa del ejército que nos escuchan, y a los que ya han manifestado y suscrito algunos señores diputados, pues todos, todos, justamente están desde anoche clamando por la pronta coronación del héroe que está a la vista (Dirigiéndose al Generalísimo). No hay duda, serenísimo Señor, en que las provincias nos ampliaran los poderes, y darán las instrucciones necesarias sobre la forma de gobierno que debemos adoptar; y tampoco la hay en que respecto de que será éste monárquico constitucional, las sienes de Vuestra Alteza Serenísima serán las únicas, sobre que dignamente pondremos todos los diputados la corona del Imperio…(el murmullo de las galerías suspendió por unos momentos el discurso) Ya desde ahora se está aquí gritando: Viva el Emperador: Viva Agustín primero; pero, serenísimo señor, Vuestra Alteza mismo ha dicho en su enérgica proclama, que al resto de la Nación corresponde aprobarlo o reprobarlo, y este mismo pueblo acaba e oír de los labios de Vuestra Alteza Serenísima que doscientas mil almas que tendrá esta capital, no son los ocho millones que tendrá todo el Imperio…Con tan poderoso apoyo insisto pues, Señor, (al Congreso) en que se consulte a las provincias, sin temor a la anarquía: yo respondo por mi provincia de Durango. En tal concepto, y supuesto que también fue desechada mi cuarta proposición, procédase a votar, como ya está prevenido.”
Concluido este discurso, los señores diputados fueron acercándose a la mesa para dar su voto, y resulto del escrutinio, que sesenta y siete señores opinaron por la inmediata proclamación, y quince por la consulta a las provincias.
Publicada que fue la votación, el señor Presidente cedió a Su Majestad Imperial el asiento que le correspondía bajo el solio y la satisfacción pública fue tan pronunciada, que en más de un cuarto de hora, no se oyó más que, viva el Emperador, viva el soberano Congreso, con aclamación general del pueblo, oficialidad y demás concurso reunidos, hasta que Su Majestad Imperial dejó el salón, en medio del más vivo entusiasmo de alegría.
Se levantó la sesión a las cuatro de la tarde.
Los votos recogidos que por todos hacen ochenta y dos, no son los de todos los diputados que se hallaron presentes, porque algunos salieron antes de la votación, unos fiados en que habían firmado la proposición leída por el señor Farías, la creyeron suficiente para expresar su voto y otros porque se hallaban esparcidos en los gabinetes de distracción. (N.B. La propia acta certifica al inició que había más de noventa diputados).
Original Facsímil: http://biblio.juridicas.unam.mx/libros/1/292/16.pdf