Source: http://muerte.bioetica.org/mono/mono25.htm
Timestamp: 2018-05-23 14:55:05
Document Index: 332902834

Matched Legal Cases: ['Artículo 28', 'artículo 28', 'Artículo 28', 'Artículo 31', 'artículo 28', 'artículo 43', 'artículo 11']

I- PLANTEO DEL PROBLEMA
II- HIPOTESIS
V- PRESENTACION
VI- CONCEPTOS
VII- LA MUERTE Y LA PRACTICA MEDICA
VIII- PRINCIPIOS BIOETICOS
IX- CONSENTIMIENO INFORMADO
X- CUIDADOS PALIATIVOS
XI- DIGNIDAD
XII- TESTAMENTOS EN VIDA
XIII- CODIGO INTERNACIONAL DE ETICA MEDICA
XIV- JURISPRUDENCIA
XV- LA RELIGIÓN DE POR MEDIO
XVII- BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
¿Se justifica mantener artificialmente la vida de un paciente terminal, sometiéndolo a tratamientos inútiles, sin una esperanza razonable de recuperación?.
Extender artificialmente la vida de una persona y someterla a un "encarnizamiento terapéutico", cuando no existe la posibilidad de modificar el pronóstico de la enfermedad, atenta contra el derecho que toda persona tiene a vivir y a morir dignamente.
Lograr desentrañar el debate en torno a las decisiones del final de la vida.
Comprobar si la biotecnología afecta negativa o positivamente al enfermo terminal.
Identificar si el enfermo terminal tiene derecho de decidir acerca de prácticas sobre su propio cuerpo.
Diferenciar cuáles son las opciones que el paciente terminal tiene en relación a una muerte digna.
Verificar la eficacia de los cuidados paliativos sobre un enfermo terminal.
Para verificar o refutar mi hipótesis realizaré los siguientes pasos:
Definir los conceptos relacionados con la eutanasia.
Identificar cómo es la práctica médica al final de la vida.
Averiguar si los principios bioéticos nos brindan una solución al tema.
Definir el concepto de "Dignidad" y su relación con la biotecnología y el derecho a una muerte digna.
Conocer la aplicación de los cuidados paliativos.
Definir el "testamento de vida".
Estudiar el Código Internacional de Etica Médica.
Conocer la jurisprudencia sobre el tema.
Analizar las posturas y soluciones que brindan la Iglesia Católica y el Judaísmo en relación a este tema.
Vivir y morir no son conceptos antagónicos, sino que ambos se integran. El morir puede ser considerado como un proceso, que se va cumpliendo a medida que vamos viviendo, por eso digo que los conceptos se integran. La medicina siempre ha tratado de prolongar la vida del hombre, evitando o alejando el instante de la muerte lo más posible, a veces a cualquier costo, mediante el desarrollo de técnicas de reanimación y de aparatos capaces de mantener artificialmente vivos a pacientes por tiempo indeterminado. En los últimos años ha podido apreciarse un cambio, ya no se busca sólo prolongar la vida, sino que se habla de vida útil, de vida humana, lo que se intenta no es sólo ir sumando años, sino dar calidad de vida a esos años, para lo cual se toman en cuenta los distintos planos en los que se desenvuelve un ser humano, el físico, el psicológico, el moral, el espiritual.
Es necesario tener presente cuál es el objetivo, en que se va a centrar la atención del profesional, si éste pone el acento en la lucha contra la enfermedad, indudablemente estará más dispuesto a intentar mantener al paciente con vida a toda costa, si por el contrario ese acento lo pone en el paciente, es decir si tiene en cuenta que esa enfermedad se desarrolla en un ser humano, y que el campo de batalla en el que habrá de luchar será ese hombre, mujer o niño que es su paciente, probablemente su decisión sea muy diferente.
Lo que me propongo analizar en este trabajo es justamente la etapa del final de la vida en relación a las decisiones que se suelen presentar en ella, acerca de la conveniencia de tratamientos o prácticas extraordinarias o no. Abordaré en especial el Derecho a la Dignidad y a la Vida que tienen los enfermos terminales y la eutanasia y los cuidados paliativos como forma de aliviar el dolor, ya sea a través de una buena muerte o de seguir viviendo dignamente en un marco de contención y compasión.
Muerte digna: es la muerte con todos los alivios médicos adecuados y los consuelos humanos posibles. Ejemplo: en la casa, rodeado de personas afectivamente significativas que atiendan y acompañen al moribundo con amor y cuidado. La muerte digna es mucho más que un estilo particular de muerte: es un concepto amplio, una filosofía del morir basada en el respeto por la dignidad del ser humano hasta la hora de su muerte. Entonces, en la categoría de muerte digne se pueden incluir los cuidados paliativos y cualquier otra clase de muerte que el sujeto juzgue como tal. La muerte digna no es un mito ni corresponde al esquema romántico e idealizado de la muerte perfecta, y comprende diversas opciones que algunos pueden censurar y otros acoger de acuerdo con su autonomía, creencias religiosas y preferencias individuales. También se denomina ortotanasia.
Eutanasia: es la acción u omisión por parte del médico con intención provocar la muerte del paciente por compasión. Etimológicamente la palabra eutanasia deriva del griego “eu”, bien y “tanasia” muerte o sea podríamos traducirlo como la “buena muerte”.
Eutanasia pasiva: la muerte que ocurre como consecuencia de la abstención de emplear, o la interrupción, de todas las medidas artificiales de soporte vital como diálisis, ventilación mecánica, uso de sondas nasogástricas, procedimientos invasivos, antibióticos, etc. Esto generalmente ocurre cuando luego de analizar sus efectos y resultados se concluye que no están cumpliendo una función diferente a la de posponer o demorar el evento de la muerte, o cuando el paciente así lo desee y lo exprese verbalmente o por escrito. En estos casos, la intención no es matar sino permitir que la muerte sobrevenga en forma natural, en el momento en que corresponda y como consecuencia de la enfermedad incurable e irreversible que el paciente padece.
Eutanasia activa voluntaria: es el acto médico orientado explícitamente a ponerle fin a la vida de un paciente víctima de una enfermedad incurable y ya en fase terminal, por requerimiento suyo y debido a la intratabilidad del dolor o de los sufrimientos.
Suicidio Asistido: la muerte que el enfermo terminal se procura, empleando los medios sugeridos o proporcionados por un médico ( pastillas, inyección letal, etc). La diferencia entre la eutanasia activa y el suicidio médicamente asistido no radica en el medio que se emplea sino en el sujeto que la lleva a cabo: en la primera, el médico es el agente activo a solicitud del paciente, sujeto pasivo; en el segundo, el paciente es el sujeto activo, asistido y aconsejado por el médico.
Distanasia: es la muerte en malas condiciones, con dolor, molestias, sufrimiento... Sería la muerte con un mal tratamiento del dolor, o la asociada al encarnizamiento terapéutico. También hace referencia a la muerte que se difiere o pospone mediante la aplicación de procedimientos y tratamientos biotecnológicos. Aquí predomina el criterio de cantidad de vida sobre el de calidad de vida.
Abandono: es la muerte que ocurre en circunstancias degradantes, indignas y humillantes, no por el abuso ni el empleo indiscriminado de los avances biotecnológicos que retardan la muerte, sino por lo contrario: la carencia de la atención médica mínima que le proporcione al enfermo analgesia adecuada para soportar dolores agobiantes, de medicación para los síntomas propios de la enfermedad y de información acerca de la gravedad del pronóstico y la cercanía de la muerte.
Encarnizamiento terapéutico: es la aplicación de tratamientos inútiles; o, si son útiles, desproporcionadamente molestos o caros para el resultado que se espera de ellos.
La medicina es una profesión curativa. Los médicos deben descubrir la enfermedad, tratarla y eliminarla; en términos generales, por definición, sus esfuerzos están orientados a ayudar a las personas a vivir más y a funcionar mejor. Este enfoque de la práctica médica es casi una visión de túnel a favor de curar a cualquier costo, de luchar sin cuartel por la vida, sin importar sus circunstancias ni su calidad. Sin proponérselo, ha ido dejando de lado un enfoque más claro y amplio que incluya la atención médica y humana adecuada para el paciente en trance de morir. En otras palabras, cuando el propósito de la medicina se define solamente en términos de curar y prolongar la vida, no hay directrices para asistir al moribundo.[1]
En nuestra época, la muerte ya no se considera un proceso natural e inevitable sino algo que debe combatirse con todas las armas de la biotecnología. Cuando ello ya no es posible, su significado es trivializado: “se hizo hasta lo imposible”, “no hay nada más que hacer”, “todos nos vamos a morir”, “no se preocupe, es posible que yo me muera antes que usted”, suelen decir los médicos.
Dejar morir en paz cuando el momento ha llegado se considera la peor de las derrotas médicas. Aún la muerte “inevitable” de un paciente representa una amenaza y un fracaso, y el deseo de impedirla lleva al médico, en muchas ocasiones, a recomendar al paciente y a su familia nuevos procedimientos, aún sabiendo que son totalmente inútiles para el caso. Todo esto para encubrir su incapacidad de admitir la “derrota”, de aceptar la muerte y de cambiar, con humanidad y humildad, el rumbo de sus intervenciones para pasar de curar al paciente a aliviarlo y preparar a la familia para el final. Recordemos esa máxima del quehacer médico: “Curar, algunas veces, aliviar con frecuencia y consolar siempre”.
Si cada médico se atreviera, como un ejercicio ético, a mirar retrospectivamente su práctica clínica y reflexionara sobre la justificación de muchas de sus intervenciones en pacientes con enfermedades incurables en su etapa terminal, seguramente admitiría que en varios casos se realizaron esfuerzos inútiles e injustificados, con altos costos económicos, físicos y emocionales para el paciente y su familia, tan sólo para postergar la muerte un día o unas horas más, para extender la vida una semana sin tener en cuenta su calidad. Con argumentos como “mientras haya un soplo de vida hay esperanza”, cientos de pacientes han sido sometidos a verdaderas torturas, y sus familiares a un inolvidable martirio psicológico y emocional. En ocasiones, muchos años después ellos aún se reprochan el haber permitido para su ser querido una muerte tan indigna, degradante y solitaria.
No abandonar a un paciente es el compromiso ético más importante de un médico. Consiste en acompañarlo en el trayecto de la enfermedad, no importa qué rumbo tome esta ni cuál sea su desenlace. Esta es la esperanza que muchos abrigamos: contar al final con un médico amigo, con un profesional humano que, consciente de nuestra condición de seres mortales, nos permita morir en su compañía, con los síntomas aliviados y respetando nuestra autonomía.
Para muchos, morir en una unidad de cuidados intensivos, con su aislamiento y su infinita soledad en medio de tantos extraños, anula o desploma de un tajo la esperanza de no estar abandonados a las buenas intenciones y a los alcances tecnológicos de un equipo profesional altamente entrenado y capacitado, pero ajeno e impersonal. Tan abandonados como los que mueren sin atención médica, tirados en una cama, con dolor y sin que su sufrimiento sea tratado. "El hospital y la clínica se han convertido en el sitio de la muerte solitaria".[2]
Hace años, los libros que trataban el tema de la muerte no incluían un aparte sobre las decisiones acerca del final de la vida. La razón era muy sencilla: la muerte natural, como tal, sí se presentaba. Como no existían los avances médicos, no era necesario explicitar a las familias y al médico los deseos y las expectativas personales en torno a las circunstancias deseables para morir. No había mayores decisiones que tomar: se moría en casa, pues los hospitales no fueron diseñados para morir en ellos, sin adelantar y sin retrasar el evento de la muerte y sin ningún tipo de medidas artificiales de soporte vital (la diálisis, la ventilación mecánica, las complejas cirugías, los catéteres y los sofisticados antibióticos no existían). En vez de la alimentación parenteral, el enfermo recibía en su cama, de manos de un familiar amado, el tradicional caldo casero. Se moría al lado del médico de la familia, quien ya había anunciado al paciente y a su familia acerca de la proximidad del final, y con el apoyo de un sacerdote , rabino o ministro de otra iglesia, que los preparaba y reconfortaba espiritualmente. Se temía a la muerte repentina pero no a la causada por una enfermedad.
La ciencia dispone de recursos médicos que pueden dilatarla por meses o años, manteniendo al paciente vivo biológicamente, pero sin capacidad de vivir a plenitud. Cada órgano o sistema que falle puede ser reemplazado para no dejar morir a la persona. El sufrimiento, el dolor y el costo de una intervención no se tienen en cuenta al tomar la determinación de hacerla, pues el objetivo único es ampliar el tiempo de vida, aunque esto muchas veces signifique olvidar su calidad y la voluntad del paciente.
Durante mucho tiempo la medicina estuvo regida por un espíritu paternalista que le otorgaba al médico poderes de "semidios". El paciente y la familia depositaban en él la responsabilidad de tomar las determinaciones, con la certeza de que ellas serían las más acertadas, sensatas y adecuadas, y sin atreverse a cuestionarlas y mucho menos a contrariarlas. Pero la aparición de importantes avances médicos y tecnológicos rompió ese equilibrio: la muerte dejó de ser un evento triste, pero inevitable y previsible, para convertirse en algo incierto, solitario, que inspira temor y en lo cual, muchas veces, ni el paciente ni su familia tienen participación alguna. El morir viviendo se puede alargar interminablemente gracias a la sofisticación de aparatos y procedimientos, mientras los pacientes y sus familias se preocupan por el desenlace y por el prospecto de un morir de inquietante calidad. Es así como surgen en el mundo entero los movimientos -de tipo eutanasia y no eutanasia- a favor del derecho a morir dignamente, ahora más que nunca susceptible de ser violado debido a los abusos de la tecnología. Esto ante la necesidad de defenderse, de agruparse para reclamar el control perdido y la autonomía que establece la diferencia entre morir y poder “vivir mi muerte".
Con la conciencia de la propia autonomía y la divulgación de los derechos que asisten al paciente terminal -por ejemplo, a rehusar tratamientos o a solicitar al médico verbalmente o por escrito, a través de documentos como esta es mi voluntad, que ante la perspectiva de una calidad de vida deplorable e indigna no aplique medidas inútiles y desproporcionadas a la situación -se dio origen a un terreno propicio para el conflicto entre la omnipotencia del médico y la voluntad del paciente informado, autónomo y competente. A pesar de eso, hoy en día parece haber consenso en torno al derecho que tiene todo paciente a ser informado. También se acepta, en menor escala, que su voluntad y sus deseos, expresión de su autonomía como ser humano, deben ser protegidos y respetados.
¿A Quién Corresponde Decidir?: El paciente mentalmente competente y adecuadamente informado acerca de las opciones que existen para enfrentar su grave enfermedad, debe poder tomar la decisión de aceptarlas o rehusarlas, aún si la oposición del médico es contraria. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y discernimiento. En caso contrario, por aquellos que tienen los derechos legales, respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente. Sin lugar a dudas una decisión reflexiva, tomada en consenso entre el paciente y el médico, y en segundo lugar la familia, sería lo ideal.
Calidad de vida y calidad de muerte: sí como existe una preocupación por optimizar la calidad de vida hasta el final, es igualmente importante preocuparnos por ofrecerle a la persona una muerte con la calidad que ella espera, teniendo en cuenta sus deseos y necesidades.
Autonomía: Las decisiones de un paciente adulto, mentalmente competente y suficientemente informado, son éticamente inviolables, aún si ellas implican el rechazo a tratamientos e intervenciones que el médico puede considerar aconsejables. Cuando el paciente no está capacitado para comunicarse o para tomar decisiones, debe hacerlo el familiar delegado con base en los deseos expresados previamente por él. Si no existe esa persona o no se conocen explícitamente los deseos del paciente, el equipo tratante debe usar su buen juicio.
Beneficencia: Toda decisión debe orientarse a hacer el bien al paciente. Permitir la muerte a quien lo desea o a quien padece inevitables dolores y sufrimientos, es hacer el bien y es éticamente correcto.
No Maleficencia: Obliga a no hacer daño intencionadamente. En ética médica, este principio está íntimamente relacionado con la máxima primum non nocere: "En primer lugar, no hacer daño". Los profesionales sanitarios apelan a menudo a ella, aunque ni su origen ni sus implicancias están muy claros. El juramento hipocrático manifiesta la obligación de los profesionales tanto a la no maleficencia como a la beneficencia: "Haré uso del régimen de vida para ayuda del enfermo, según mi capacidad y recto entender. Del daño y de la injusticia me preservaré".[3]
No existen rupturas claras entre el no infligir daño y el ofrecer un beneficio, pero el principio de beneficencia requiere potencialmente mayor implicación que el principio de no maleficencia, ya que los sujetos deben dar pasos positivos para ayudar a otros, y no únicamente abstenerse de realizar actos perjudiciales.
Justicia: La distribución éticamente sensata de los recursos disponibles es el cuarto principio orientador en la toma de decisiones. El empleo indiscriminado de las opciones en aquellos casos en los que de antemano se sabe que no se podrá obtener ningún beneficio, es censurable e incorrecto éticamente. El uso del respirador mecánico y la práctica de cirugías o tratamientos extensos como pueden ser la quimioterapia, los transplantes de órganos y otros procedimientos extremos, injustificados y costosos, que desembocan frecuentemente en lo que denomina "encarnizamiento terapéutico" deben ser claramente orientados de acuerdo con la prioridad de la justicia. De la misma manera es inaceptable éticamente ofrecerle a un enfermo terminal un abanico de opciones terapéuticas que escapen de sus posibilidades económicas, geográficas o de recuperación.
Cabe considerar que la revolución que se ha producido en la medicina, de alguna manera, ha venido acompañada con una mayor participación de los pacientes que exigen ser considerados como sujetos morales autónomos, libres, y responsables de sus actos. Asimismo dentro de los principios básicos que nos trae la bioética encontramos el de “autonomía”, principio que incorpora, al decir del Informe Belmont dos convicciones éticas: así pues por un lado los individuos deberán ser tratados como entes autónomos; la segunda implica que aquellas personas cuya autonomía se encuentra disminuida deberán ser objeto de protección (vg: menores, pacientes terminales).
En primer lugar, debemos decir que según el origen etimológico del término “autonomía”, proviene del griego autos: uno mismo y monos: regla, gobierno propio o autodeterminación; es pues la condición del agente moral (racional y libre) que genera el principio de respeto por la autonomía de las personas, e implica un derecho de no-interferencia y una correlativa obligación de no coartar las acciones autónomas.
Dicho reconocimiento de la autonomía del paciente es una consecuente con el derecho a decidir libremente y sin coerción, de acuerdo a sus valores, creencias o idiosincrasia, los problemas o la solución de los problemas de salud; también existe una estrecha relación con el derecho a la integridad física y el derecho a la no vulneración de su propio cuerpo.
Anterior a la aparición del Principio de Autonomía la relación medica paciente se basaba en los parámetros de un modelo paternalista, que no permitía al paciente decidir sobre su salud, sobre su integridad física, ni existía hasta ese momento la posibilidad de un “diálogo sincero y veraz con el paciente”.
No obstante ello, se ha desarrollado el derecho que permite al paciente obtener la información necesaria para “ hacerse una idea objetiva y correcta de su estado de salud y que sea capaz de decidir sobre los procedimientos a seguir en su caso concreto”
Asimismo un auténtico consentimiento informado requiere el suministro de una correcta información en la cual se tengan en cuanta los siguientes elementos de importancia:
Explicación del padecimiento;
Explicación del procedimiento a seguir y las posibles consecuencias,
Descripción del tratamiento y procedimientos alternativos,
Descripción de beneficios o posibles secuelas,
Contestar las preguntas del paciente.
Por otra parte, será importante adecuar el lenguaje de acuerdo a la capacidad o nivel de instrucción del paciente; y a su vez para que dicho consentimiento sea receptado de una manera correcta por el paciente, será necesario:
Disponer de una información suficiente,
Comprenderla adecuadamente,
Encontrarse libre para disponer de sus propios valores,
Ser competente para tomar la decisión en cuestión.
No obstante, fundamentalmente el consentimiento informado se logra como parte de un diálogo de proceso y colaboración en el cual se tienen en cuenta la voluntad y los valores del paciente.
Resta tener presente que el concepto jurídico de “capacidad” no coincide necesariamente con el concepto bioético de “competencia” cuando se trata de la toma de decisiones referidas al propio cuerpo y a la salud. Así por ejemplo una persona con incapacidad jurídica absoluta (un demente declarado en juicio) puede sin embargo tener el discernimiento suficiente para participar en la toma de decisiones atinentes a la salud; y asimismo un menor de edad para la legislación vigente, siendo incapaz absoluto (impúber) o relativo (púber), puede ser sin embargo competente en mayor o menor medida, atendiendo a su desarrollo psíquico y emocional, es decir, de acuerdo con su grado de madurez en la situación concreta.
Y otro es el caso en el cual la persona siendo totalmente capaz, por encontrarse en una pérdida de conciencia, resulta ser incompetente bioéticamente para la toma de tales decisiones.
Son los que buscan procurar bienestar al enfermo. Se trata de un programa coordinado e interdisciplinario que presta servicio de control del dolor y de los síntomas y brinda apoyo a las personas con enfermedades mortales y a sus familiares.
El cuidado paliativo, como aproximación científica y humana al tratamiento médico de pacientes incurables, incluye principios, valores y técnicas diferentes de las del cuidado médico tradicional.
Concentra sus esfuerzos en mantener o mejorar, si es posible, la calidad de vida del paciente y en aliviar sus síntomas, no en tratar de erradicar la enfermedad ni de prolongar la vida.
El cuidado paliativo lo presta un equipo de expertos en distintas disciplinas de la salud que busca responder a las necesidades multidimensionales de un ser humano que enfrenta la muerte en un período más o menos breve. El compromiso del equipo de expertos con el paciente y su familia se sustenta en el no abandono del caso bajo ninguna circunstancia y en su disponibilidad permanente.
El cuidado paliativo tiene como propósito dar apoyo y cuidado a las personas que están en la etapa final de una enfermedad mortal, permitiéndoles vivir de la manera más plena y confortable posible. El cuidado paliativo es una confirmación de la vida, y mira a la muerte como un fin natural. El cuidado paliativo ni acelera ni pospone la muerte. Su filosofía es que a través de un sistema de asistencia personalizada y de una comunidad sensible que se preocupa, los pacientes terminales y su familia puedan alcanzar la preparación de una muerte que les sea satisfactoria.
En síntesis los cuidados paliativos:
proveen alivio del dolor y otros síntomas.
no intentan acelerar ni posponer la muerte.
integran los aspectos psicológicos y espirituales del cuidado.
ofrecen un sistema de soporte para ayuda a la adaptación de la familia, durante el período de enfermedad y posteriormente en el duelo.
utilizan un abordaje para identificar las necesidades del paciente y su familia, incluyendo el soporte en duelo si estuviera indicado.
incrementan la calidad de vida y pueden influenciar positivamente sobre el curso de la enfermedad.
son aplicables precozmente en el curso de la enfermedad, junto con otros tratamientos que intentan prolongar la vida, e incluyen aquellas investigaciones necesarias para evaluar y tratar mejor las complicaciones clínicas.
Dignidad y Muerte: Las diversas actitudes que se dan hoy en torno a la relación entre dignidad y muerte del hombre pueden reducirse a dos posiciones polares.
Una proclama la dignidad intangible de toda vida humana, incluso en el trance del morir: todas las vidas humanas, en toda su duración, desde la concepción a la muerte natural, están dotadas de una dignidad intrínseca, objetiva, poseída por igual por todos: esa dignidad rodea de un aura de nobleza y sacralidad inadmisibles todos los momentos de la vida del hombre.
La otra afirma que la vida humana es un bien precioso, dotado de una dignidad excelente, que se reparte en medida desigual entre los seres humanos, y que, en cada individuo, sufre fluctuaciones con el transcurso del tiempo, hasta el punto de que puede extinguirse y desaparecer: la dignidad consiste en calidad de vida, en fundada aspiración a la excelencia. Cuando la calidad decae por debajo de un nivel crítico, la vida pierde su dignidad y deja de ser un bien altamente estimable. Sin dignidad, la vida del hombre deja de ser verdaderamente humana y se hace dispensable: esa vida ya no es vida. Entonces, anticipar la muerte es la solución apetecible cuando la vida pierde su dignidad.
Dignidad y "encarnizamiento terapéutico": Curiosamente, las actitudes pro-vida y pro-eutanasia coinciden en un punto capital: la condena del encarnizamiento terapéutico que, además de ser mala medicina, es siempre un grave atentado a la dignidad del moribundo. La condena es universal: viene de las instancias pro-vida, lo mismo que desde las filas de los pro-eutanasia; de las organizaciones profesionales de médicos y enfermeras lo mismo que de los comités, nacionales o internacionales, de bioética.
La bibliografía sobre la futilidad médica es hoy inabarcable. Basten para este análisis dos testimonios sobre la conexión entre dignidad en el morir y mensura terapéutica, que vienen de posiciones éticas antípodas. En un polo, la Declaración Iura et bona, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que describía sucintamente esa conexión de este modo: “Es muy importante hoy proteger, en el momento de la muerte, la dignidad de la persona humana y la concepción cristiana de la vida contra un tecnicismo que corre el riesgo de hacerse abusivo. De hecho, algunos hablan de ‘derecho a morir’, expresión que no designa el derecho de procurarse o hacerse procurar la muerte a voluntad, sino el derecho a morir con serenidad, con dignidad humana y cristiana”.
En el otro polo, el crítico de la medicina, Richard Taylor, se expresaba con dureza acerada acerca del abuso terapéutico de las unidades de cuidados intensivos de los años setenta, en estos términos: “Hileras de preparados fisiológicos, conocidos también como seres humanos, yacen rodeados de un número asombroso de artilugios mecánicos [...] A través de innúmeros tubos se inyectan o se drenan líquidos de mil colores. Los respiradores artificiales impelen gases, los aparatos de diálisis rezongan, los monitores disparan sus alarmas, el oxígeno burbujea en los humectadores. Los desgraciados prisioneros de la tecnología, ajenos afortunadamente a lo que ocurre a su alrededor, a causa de los medicamentos o de la enfermedad, yacen inermes, mientras se ejecuta el ritual de profanación de su dignidad”.
El derecho a morir con dignidad: Tomando la argumentación de que el derecho a la vida lo es en tanto en cuanto se trata de una vida digna de hombre, podemos afirmar que el derecho a morir existe pero no como derecho a morir de cualquier modo, sino como derecho a morir con dignidad.
Para no incurrir en desviaciones o equívocos, hay que partir de un hecho incontestable, a saber: que la muerte temporal es un imperativo biológico integrado en la vida, a la manera de epílogo o episodio final, y que, por lo tanto, hay que preverla y aceptarla con responsabilidad, incluso, como decía Séneca, como la mejor invención de la vida. Es el propio derecho a la vida el que asume con la vida, limitada como es, la muerte que la extingue. El derecho a una vida digna lo es, por ello, a una muerte digna, es decir, a un término natural y no artificial de la vida humana. No sería digno prolongar la agonía.
Biotecnología y Muerte Digna: Llevado al extremo de la irracionalidad, el esfuerzo de la medicina por preservar y cuidar la salud de las personas ha demostrado que es capaz de volverse en contra de aquellos a quienes pretende proteger. Cuando los médicos se empecinan en extender la vida aún más allá de las posibilidades fisiológicas y del deseo de sus pacientes aparece lo que se ha dado en llamar el encarnizamiento terapéutico.
“La agonía injustificadamente prolongada, el sufrimiento extremo, la desfiguración y el aislamiento del paciente; cualquiera de ellas puede ser la consecuencia del encarnizamiento terapéutico que conlleva formas de morir que resultan una caricatura de la dignidad personal", señaló el doctor Carlos Gherardi, en el simposio "Cuestiones éticas al final de la vida", organizado por el Consejo Académico de Etica en Medicina.
Y es que, a veces, "el intento de respetar la vida puede acabar en trato inhumano o degradante, es decir, indigno", escribió hace algunos años Diego Gracia, miembro de la Fundación de Ciencias de la Salud, de España, en el prólogo del libro Morir con dignidad (Fundación de Ciencias de la Salud, 1996).
Pero estirar la vida innecesariamente no sólo perjudica a quienes se les priva del derecho a una muerte digna. En un mundo donde los recursos públicos que se destinan al cuidado de la salud no sólo son finitos, sino que muchas veces resultan insuficientes, su uso irracional parece cercenar aún más el acceso de la población en general al cuidado de su salud.
¿Hasta cuándo es lícito extender artificialmente la vida de una persona?.[4]
Desde hace algunas décadas, los expertos en bioética han elaborado una serie de criterios que permiten ponerle freno al afán desenfrenado de los médicos por vencer a la muerte, evitando así el encarnizamiento terapéutico.
"Es una larga historia la que relata la domesticación del morir por parte de la medicina", señala el doctor José Alberto Mainetti, director del Instituto de Bioética y Humanidades Médicas. De lo que no cabe ninguna duda es de que la invención del respirador artificial significó un antes y un después. Lentamente, las unidades de cuidados intensivos estaban comenzando a poblarse de un nuevo tipo de pacientes: personas que jamás recuperarían la conciencia, pero que podían ser mantenidas con vida artificialmente durante décadas. Sucede que por aquel entonces estaba aún vigente la idea tradicional de muerte, que la asocia al cese de la actividad cardíaca y respiratoria.
Los "testamentos en vida" son documentos o declaraciones legales firmados ante testigos en los cuales un adulto, en su sano juicio, libremente informa al personal médico acerca de su deseo de que no le administren o le retiren medios extraordinarios de conservación de la vida en ciertas circunstancias, es decir, si se encuentra en los últimos momentos de su vida y si en dichos momentos no está capacitado para tomar la decisión por sí mismo.[5]
En 1989, la Confederación Episcopal propuso como redacción el siguiente: “A mi familia, a mi médico, a mi sacerdote, a mi notario. Si me llega el momento en que no pueda expresar mi voluntad acerca de los tratamientos médicos que me vayan aplicar, deseo y pido que esta declaración sea respetada como si se tratara de un testamento.
Considero que la vida en este mundo es un don y una bendición de D’s, pero no es un valor supremo y absoluto. Se que la muerte es inevitable y pone fin a mi existencia eterna, pero desde la fe creo me abre el camino a la vida que no se acaba, junto a D’s. Por ello, yo el que suscribe...............pido que por si mi enfermedad llegara a estar en una situación crítica irrecuperable, no se me mantenga en vida por medio de tratamientos desproporcionados o extraordinarios, que no se me aplique la eutanasia activa, ni me prolonguen abusiva e irracionalmente el proceso de mi muerte, que se administren los tratamientos adecuados para paliar los sufrimientos.
Deseo poder prepararme en paz, con la compañía de mis seres queridos y el consuelo de mi fe cristiana.
Suscribo esta declaración después de una madura reflexión, y pido que lo que tengaís que cuidarme respeteís mi voluntad. Soy consciente de que os pido una grave y díficil responsabilidad. Precisamente para compartirla con vosotros y para atenuaros cualquier posible sufrimiento de culpa, redacto y firmo esta declaración”.
Artículo 28.1. El médico nunca provocará intencionadamente la muerte de un paciente ni por propia decisión, ni cuando el enfermo o sus allegados lo soliciten, ni por ninguna otra exigencia. La eutanasia u "homicidio por compasión" es contraria a la ética médica. (Adoptado en Londres, 1949. Enmendado en Sydney, 1968, y Venecia, 1983)
Así es como se ha de entender hoy la noción de eutanasia en el contexto eticomédico. La Declaración sobre Eutanasia, de la Asociación Médica Mundial (Madrid, Octubre de 1987) comienza así: "La eutanasia, es decir, el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente, ya sea por su propio requerimiento o a petición de los familiares, es contraria a la Ética". Y en las conclusiones del Grupo de Trabajo de la British Medical Association para revisar las directrices de la Asociación sobre eutanasia, hechas públicas en Mayo de 1988, se lee: "No se debe cambiar la ley. La muerte deliberada de un ser humano debe seguir siendo un delito. Este rechazo de cualquier cambio en la ley actual, de modo que se permitiera a los médicos intervenir para poner fin a la vida de una persona, (...) es, sobre todo, una afirmación del supremo valor del individuo, sin que importe cuán sin valor o cuán sin esperanza pueda sentirse". Es imprescindible no incurrir en ambigüedades
Es fácil distinguir entre eutanasia por omisión y no incurrir en encarnizamiento terapéutico. En efecto, no aplicar o suspender cuidados médicos puede ser, unas veces, una forma de conducta eutanásica (de matar o dejar morir deliberadamente a un paciente), mientras que otras veces es el modo correcto de cumplir el mandato ético, que impone el artículo 28.2, de no someter al paciente incurable y terminal a tratamientos inútiles y probadamente ineficaces. No aplicar o suspender cuidados médicos es también una forma ética de respetar a aquellos pacientes que se niegan a someterse a determinados tratamientos, pues el médico no puede violentar, fuera de casos de obvia incapacidad o pérdida de razón, el deseo del paciente de no ser tratado. Éste tiene un deber ético de cuidar de su salud y de su vida y de aceptar los tratamientos para preservarlas, si se trata de medios que ofrecen una esperanza razonable de beneficiarle y que pueden obtenerse y aplicarse sin grave inconveniente, dolor o gasto. Puede, por consiguiente, el paciente rechazar los tratamientos que no ofrezcan una esperanza razonable de beneficio y que no pueden recibirse si no es con gran sufrimiento, o con gastos o inconvenientes graves.
La penalización de la eutanasia es una defensa de la profesión médica
La tolerancia legal de la eutanasia, aun la máximamente restrictiva, desembocaría de modo inevitable en una brutalización de la Medicina. Porque si el médico se supiera impune, tanto si trata como si mata a ciertos pacientes, se iría apagando su vocación de cuidador de la vida. Además, la legislación permisiva es intrínsecamente expansiva: las restricciones impuestas en los textos legales irían cayendo ante el empuje incontenible de la demanda utilitarista de eliminar vidas improductivas o molestas.
Artículo 28.2. En caso de enfermedad incurable y terminal, el médico debe limitarse a aliviar los dolores físicos y morales del paciente, manteniendo en todo lo posible la calidad de una vida que se agota y evitando emprender o continuar acciones terapéuticas sin esperanza, inútiles u obstinadas. Asistirá al enfermo hasta el final, con el respeto que merece la dignidad del hombre.(Adoptado en Londres, 1949. Enmendado en Sydney, 1968, y Venecia, 1983)
Este artículo establece, en primer lugar, la obligación del médico de asistir al paciente incurable y al moribundo y de cuidarle en la fase terminal de su enfermedad, aliviando su dolor y su angustia. Condena, a renglón seguido, el ensañamiento terapéutico. Concluye con la proclamación de que, en la fase terminal de la vida, la atención médica debe seguir respetando la dignidad del hombre enfermo.
1. Nunca se destacará bastante el alto valor profesional de la Medicina paliativa, que requiere tanta ciencia y experiencia como las restantes especialidades médicas. En una Declaración sobre la Eutanasia, que hizo pública la Comisión Central de Deontología en junio de 1986, se dice que "la asistencia médica al moribundo es uno de los más importantes y nobles deberes profesionales... El médico está obligado a desempeñar su genuina función de ayudar y atender al morir de sus pacientes por medio de un tratamiento competente del dolor y de la angustia. Ha de empeñarse en procurar el mayor bienestar material; ha de favorecer, según las circunstancias, la asistencia espiritual y el consuelo humano al moribundo; prestará también su apoyo a los allegados de éste".
Así pues, el médico no puede permanecer ajeno a las necesidades del paciente y de sus allegados y ha de saber confortarles en ese trance final. Para ello, necesita, además de conocer suficiente Medicina paliativa, tener sensibilidad para percibir las necesidades físicas y morales del moribundo y cooperar para que no le falte ni el consuelo humano ni la atención espiritual que, de ordinario, son la necesidad primordial del paciente y sus familiares y amigos.
Se condena todo tratamiento inútil. La medicina reconoce sus límites y se dignifica ayudando a morir, si sería ya injustificado un tratamiento que intentara la curación
2. Por otro lado, condena este artículo la obstinación o encarnizamiento terapéutico. Todo tratamiento inútil es antiético. No por razón de que el médico practique una ética utilitarista, sino porque el tratamiento demostradamente ineficaz, en especial cuando implica el uso de tecnologías costosas y se separa al paciente del trato con familiares y amigos, es, en primer lugar, un error de indicación terapéutica: el médico ignora más allá de lo tolerable los datos pronósticos del caso que atiende y le aplica remedios incapaces de oponerse al curso, ya ineluctable, de la enfermedad. El médico, por ejemplo, está obligado a juzgar con objetividad y concienzudamente cuándo un paciente debe ser ingresado en una unidad de cuidados intensivos porque su cuadro es un episodio crítico del cual puede ser rescatado; y cuándo no debe hacerlo, porque su enfermedad terminal ya no tiene remedio médico. Ha de tener el médico la rectitud moral de no ofrecer o no permitir que se aplique atención intensiva o cualquier otra intervención agresiva cuando, juzgadas las circunstancias del caso, concluya que son inoperantes. Hay una necesidad de conocer y de investigar seriamente las constelaciones de factores pronósticos, para que la decisión de tratar o no tratar no sea el fruto de la intuición o del humor, sino una medida prudente e informada.
En otras ocasiones, el encarnizamiento terapéutico no es resultado de la incompetencia médica, sino resultado de una falsificación, unas veces comercialista, política otras, de los fines de la Medicina. En ambos casos, es un error ético con el agravante de que proporciona a los activistas de la eutanasia su principal argumento para reclamar el derecho a morir con dignidad.
La citada Declaración de junio de 1986 señalaba que "el médico dignifica la muerte cuando se abstiene de tratamientos dolorosos e injustificados y cuando los suspende porque ya no son útiles". La deontología impone al médico el deber de reconocer los límites de la actuación médica aun ayudada por la más poderosa tecnología, de ser consciente que el abuso tecnológico causa en el paciente y en los allegados del paciente sufrimiento, humillación e indignidad, de modo que la Medicina es tachada de inhumana y altanera.
Artículo 31. El médico en ningún caso dejará de prestar su atención al paciente que la necesitara por intento de suicidio, huelga de hambre o rechazo de tratamiento. Respetará la libertad de los pacientes y tratará de persuadirlos a que depongan su conducta, aplicando, en las situaciones límite, previo requerimiento de la autorización judicial, la imprescindible asistencia médica. (Adoptado en Londres, 1949. Enmendado en Sydney, 1968, y Venecia, 1983)
Asistencia del médico al que ha intentado el suicidio. Al que atenta contra su vida, el médico ha de curarle de sus lesiones y, después, le ayudará a reinstalarse en la vida recuperada y procurará prevenir nuevas tentativas. No tienen razón quienes sostienen que el médico debe de abstenerse de atender a quien había decidido suicidarse, porque su intervención salvadora va en contra de la decisión autónoma de la víctima que había decidido poner fin a sus días. La experiencia indica que la inmensa mayoría de los que intentaron el suicidio quedan agradecidos a quienes les rescataron de la muerte. Aparte de atender a las víctimas de los intentos de autodestrucción, el médico debe contribuir también a la lucha contra ese mal endémico de nuestra sociedad: deberá conocer algo de la epidemiología del suicidio para detectar los factores de riesgo e intervenir sobre ellos (Ya se ha comentado a propósito del artículo 28.1 la condena deontológica de la cooperación médica al suicidio voluntario).
En las situaciones límites, el médico que atiende a un huelguista de hambre, podrá requerir la autorización del juez para preservar su vida.
La asistencia médica al huelguista de hambre. En caso de huelga de hambre, el médico, prescindiendo de su juicio particular sobre la huelga y sus motivaciones, respetará la voluntad del huelguista mientras sea posible, le ayudará informándole sobre las consecuencias de su conducta, y le ofrecerá sus consejos y los tratamientos oportunos, tratando de persuadirle a que deponga su actitud. Advertirá al huelguista cuando la prolongación del ayuno implique un daño grave para su salud o un riesgo para su vida.
El huelguista encarcelado puede radicalizar su conducta y decidir prolongar su ayuno hasta la muerte. El médico le informará de los efectos biológicos que puede acarrear su conducta y de su disposición de prestarle cuidados médicos en todo momento. Pueden darse entonces situaciones muy complejas, pues el médico no puede imponer un tratamiento forzado a quien voluntaria y conscientemente lo rechaza. No puede el médico de prisiones, obligado estatutariamente a visitar cada día al huelguista, romper su relación profesional con él, aunque podría ser de aplicación en esta circunstancia lo que señala el artículo 43.3 del Código: el médico, ante la negativa del paciente a ser tratado, se retira y transfiere al director de la prisión la responsabilidad de resolver con el recluso el conflicto planteado. Pero el Código es taxativo: en la situación límite el médico aplicará la imprescindible asistencia médica, previo requerimiento de la autorización del juez, para protegerse de cualquier eventualidad judicial. En España, el Tribunal Constitucional ha declarado recientemente, en su sentencia 121/1990, que la preservación de la vida es, en esta situación, un bien que ha de prevalecer sobre el respeto de la autonomía.
Si el paciente insiste en no atenerse al plan médico, éste puede considerar rota la relación médico-paciente.
Rechazo de tratamiento necesario. Son de muy distinta magnitud los problemas éticos creados al médico por los pacientes que rehúsan seguir el tratamiento prescrito. En muchos casos se trata de omisiones de pequeña importancia en el plan terapéutico: unas veces, más que una manifestación de rebeldía, son una velada advertencia al médico de que su prescripción no ha sido acertada y que debe introducir cambios en el tratamiento. En tales casos, la conducta del médico ha de estar guiada por la tolerancia y la aceptación de las indicaciones del paciente.
Cuando el paciente no sigue las normas de tratamiento o prescinde de elementos básicos del plan terapéutico, el médico tendrá que considerar qué grado de energía puede y debe emplear para hacerle entrar en razón. Una negociación inteligente y comprensiva puede resolver muchos problemas. El médico, después de haber intentado en vano persuadir a su paciente, si éste insistiera en no cumplir el plan propuesto, puede considerar que ha perdido su confianza, por lo que podrá suspender su relación a tenor de lo establecido en el artículo 11.3.
Es necesario referirse aquí a la conducta del médico ante los pacientes que, por razones culturales o religiosas, rechazan el tratamiento que puede salvar la vida, cual es el caso de los testigos de Jehová. Éstos rechazan la transfusión de sangre y de concentrados de hematíes o plaquetas y tienen actitudes diferentes con respecto a la administración de hemoderivados, la hemodilución y la transfusión de sangre recuperada del campo operatorio. El médico, en principio, está obligado a respetar esas actitudes en la medida en que no interfieran con una atención médica aceptable. Está incluso moralmente obligado, por respeto a las personas, a buscar soluciones fuera de lo ordinario para llevar adelante sus intervenciones (en cirugía, en quimioterapia antitumoral, en medicina de urgencia) sin que resulten lesionadas las convicciones de sus pacientes. Deberá informar sincera y honestamente a sus pacientes sobre los riesgos que corren en razón de su negativa. Y juzgará si, en conciencia, puede asumir la atención del caso respetando la voluntad del paciente. Si el médico estimara que, en determinadas circunstancias, no puede asumir en conciencia el riesgo de renunciar a la transfusión o de aplicar una alternativa terapéutica menos satisfactoria, podrá suspender la relación con su paciente. No parece conforme a la ética del respeto engañar benignamente al paciente, prometiéndole seguir una conducta y quebrantar después la promesa. Cuando los padres o tutores testigos de Jehová impongan la prohibición de transfundir sangre o hemoderivados a menores o incapaces, el médico, previa solicitud de la autorización judicial, podrá aplicar esos tratamientos aun en contra de aquella prohibición.
A través de los casos que se presentarán a continuación trataré de responder al siguiente dilema: ¿qué decisión tomar cuando el paciente se encuentra imposibilitado de expresar su voluntad como resultado de lo avanzado de su dolencia?
Si un paciente terminal, en buenas condiciones mentales, puede lícitamente rehusar un tratamiento inútil, las personas responsables de un paciente inepto mentalmente deben poseer tal derecho. En el caso de menores de edad, la práctica reconoce el derecho de los padres a rehusar un tratamiento inútil. Sin embargo se han dado un buen número de casos en los que el hospital ha rechazado la decisión de los padres y ha recurrido a los jueces para obtener la autorización.
Caso Quinlan: "En 1975, la joven Karen Ann Quinlan, de 21 años, sufrió un colapso (por sobredosis de drogas y alcohol) y entró en un coma profundo que la llevó al síndrome vegetativo persistente. No recuperó su estado de conciencia y fue mantenida en vida mediante un respirador y alimentación intravenosa por muchos meses. Si bien había sufrido la muerte de su corteza cerebral, sus funciones vegetativas estaban intactas. Esto implicaba que su caso no reunía los criterios de muerte cerebral. Por lo que a pesar de que los médicos reconocían que jamás se recuperaría, se negaban a acceder al pedido de los padres de desconectar el respirador artificial que la mantenía con vida. En 1976, la corte de Nueva Jersey falló por unanimidad y decidió aceptar el pedido de desconexión. Continuó así por diez años más y finalmente murió en 1.986.
Caso Parodi: En la Argentina, casi veinte años después, el caso Parodi sentó jurisprudencia en relación con el derecho de los pacientes a rechazar un tratamiento médico, aún cuando la negativa conlleve un riesgo de muerte. "En 1995, el juez Pedro Hooft, de Mar del Plata, falló en favor de este paciente diabético que se negaba a que le amputaran una pierna gangrenada que ponía en peligro su vida".[6]
Caso Nancy Cruzan: En 1983, víctima de un accidente de tránsito, esta joven de 25 años entró en coma irreversible; como su tronco encefálico se hallaba intacto, Nancy era capaz de seguir respirando sin necesidad de ser ventilada. Carecía sin embargo de la posibilidad de alimentarse, por lo que los médicos decidieron darle de comer mediante un tubo que se conectaba directamente con su estómago. Ese destino no era el que los padres de Nancy deseaban para su hija, por lo que acudieron al tribunal. El problema era que no sólo no reunía los criterios de muerte cerebral, sino que estaba incapacitada para expresar su voluntad que, según sus padres, hubiera sido poner fin a su existencia.
El juicio duró años, hasta que antiguos amigos de Nancy recordaron que les había dicho cosas que sugerían que desearía morir si estuviera en una situación semejante. El tribunal aceptó entonces que había pruebas claras y convincentes de que su deseo era que no la mantuvieran viva en ese estado y permitió que le retiraran el tubo de alimentación.
Cuando Nancy murió, habían pasado casi ocho años desde el día del accidente.
La cuestión en el catolicismo: El tema de la eutanasia se plantea como un dilema ético con fuertes raíces en valores religiosos y en concepciones de la vida humana.
Los ateos y agnósticos (personas que no creen en D’s, ni en la vida después de la muerte) son quienes están más de acuerdo con la aplicación de la eutanasia.
Aunque la mayoría de éstos sostienen que la muerte física debería significar el fin de la existencia, casi seis de cada diez de ellos preferirían que le aplicaran la eutanasia antes que someterse a un tratamiento doloroso.
La actitud de quienes se definen como católicos o cristianos es relativamente distinta a la de los ateos o agnósticos.
La creencia en la vida después de la muerte no parece estimularlos para que quieran apresurar el fin de la vida terrenal.
Lejos de ello, los valores cristianos de resignación frente al sufrimiento, y la idea de que muerte asistida –propia o ajena- constituye pecado, parece prevalecer entre católicos y cristianos.
La mayoría de ellos está en desacuerdo con la eutanasia en cualquier nivel.
De cualquier modo, hay algunas situaciones en las cuales las diferencia entre quienes están a favor y en contra son relativamente pequeñas.
Tanto entre católicos como entre cristianos uno de cada cinco (21% y 19% respectivamente) estaría dispuesto incluso a ayudar a un familiar cercano a terminar con su vida.
La opinión en el judaísmo: El judaísmo prohíbe la eutanasia y considera todas las formas de eutanasia activa como asesinato. Es válido aún si el paciente pide ser muerto. Porque el cuerpo, para esta religión, pertenece a D’s, el paciente no tiene el derecho al suicidio o a conseguir ayuda para sí mismo y quien presta ayuda comete asesinato. Ningún ser humano tiene derecho a destruir o aun dañar la propiedad de D’s.
Pero el paciente tiene el derecho de rogar a D’s que le permita morir, porque El, a diferencia de los seres humanos, tiene el derecho de destruir su propiedad. Por otra parte el judaísmo permite la eutanasia pasiva en circunstancias específicas y actualmente son esas circunstancias las de extremo interés médico.
Se deduce a partir de algunas citas talmúdica que no debe prolongarse artificialmente la vida de un paciente terminal. El Sefer Jasidim –libro básico de ética de la judería europea, escrito en el Siglo XIII- prohibe toda acción que pueda prolongar la agonía y prohíbe llorar a los que atienden al paciente, por temor a que el ruido devuelva el alma al muerto. De acuerdo a algunas autoridades, aun los medicamentos que puedan retardar la partida del alma, deben usarse.
Hoy, la tecnología corriente permitiría mantener los latidos y las funciones renales y pulmonares por medios mecánicos. La cuestión que surge es cuándo termina la obligación y cuándo el permiso para dejar que la naturaleza comience su curso.
Las autoridades disienten. Todas están de acuerdo en que se puede permitir que la naturaleza tome su curso cuando la persona se vuelve un moribundo. Aunque varían las definiciones de ese estado, lo más conveniente es limitarlo a la situación en que los medios médicos son utilizados y sin embargo los médicos manifiestan la inminencia de la muerte. Otros precisarían un permiso más amplio.
Pero hay un acuerdo general, en que un judío no necesita medidas heroicas para mantener su vida, sino sólo las medicinas y procedimientos de que se dispone en la época y lugar de la persona
Dada la complejidad de los dilemas bioéticos y las encrucijadas que plantea la toma de decisiones acerca del final de la vida, tanto para el paciente y su familia como para el médico, hay que recalcar la importancia de no caer en generalizaciones y de estudiar y valorar cada caso individual, con sus circunstancias vitales, historia particular y tipo de enfermedad. Las decisiones rara vez son entre blanco y negro; generalmente se ubican en algún punto de una extensa gama de grises, y para acertar se requiere inteligencia, conocimiento, tacto, empatía y respeto por la dignidad humana y por la autonomía del enfermo y del médico, además de una buena dosis de compasión y sensibilidad. Hay que tener también la flexibilidad suficiente para replantear tal decisión una vez más mañana, de acuerdo con las circunstancias.
Luego de haber desarrollado el tema en profundidad puedo corroborar que prolongar la vida a cualquier costo, sometiendo al paciente a sufrimientos terribles sólo por mantenerla un tiempo más, es una práctica que atenta contra la vida y la dignidad. El Juramento hipocrático, manda al médico a poner todo su esfuerzo para salvar la vida humana, prohibiéndole expresamente provocar la muerte o dañar a su paciente. En síntesis su obligación es intentar salvarle la vida.
Pero, cuando hablamos de mantener, de respetar o salvar la vida, debemos preguntarnos ¿qué entendemos por vida?, especialmente ¿qué entendemos por vida humana?.
Sabemos de la existencia en todo el mundo de pacientes que viven, pero lo hacen sólo gracias al apoyo artificial que reciben, que están reducidos a una condición animal, o peor aún, a una condición vegetal. Han perdido la noción de sí mismos y la capacidad de relacionarse con el prójimo.
Como dije en el comienzo muerte y vida van de la mano no pueden disociarse. El derecho a la vida, a una buena vida, ¿no se integra también con el derecho a la muerte, a una buena muerte?
Por todo le expuesto verifico la hipótesis.
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[1] Fonegra de Jaramillo, Isa: De Cara a la Muerte, Editorial Andrés Bello, Colombia, 2.001, pp. 69
[2] op. Cit., pp. 8
[3] Beauchamp, Tom L., and Childress, James F. Principles of Biomedical Ethics, cap. 4.
[4] Ríos, Sebastián a: Cuando prolongar la agonía no ayuda a vivir, La Nación, 6 de octubre de 2002
[5] Castañeda, Adolfo J.: Los "Testamentos en vida"
[6] op.cit., pp. 19